El Subjetivo
Políticas de la atención
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05.12.2016 Decía nuestro Ortega que el enamoramiento es un fenómeno de la atención. Quiere decirse: de la atención del enamorado, centrada de manera irresistible en el objeto de su amor. Pues bien, lo mismo puede decirse de la política contemporánea, o al menos de uno de sus aspectos decisivos. A saber: aquel que consiste en ganarse la atención de los ciudadanos. A fin, se entiende, de persuadirlos de la bondad de un argumento; argumento que opera políticamente en la esfera de la cultura antes de convertirse -si tiene éxito- en norma estatalmente sancionada. Aunque también puede ocurrir que la norma ya exista y no sea lo bastante respetada, en cuyo caso la tarea persuasiva tiene por objeto su asimilación individual y social. Es el caso de la peculiar protesta que ha llenado de ropa interior usada las calles de Johannesburgo. Su propósito, además de reclamar de las autoridades una mayor eficacia policial en la lucha contra los delitos sexuales, es introducirse en el software del delincuente potencial e inhibirlo así de su acción, por la vía de incrementar la reprobación social del violador.

Sucede que allí donde la atención es escasa, porque sobreabundantes son los estímulos que nos reclaman en un contexto mediáticamente saturado, también es cara. Así, la justicia de una reclamación importa menos que su escenificación, que será la que opere en el nivel de las sensaciones visuales con valencia simbólica: las bragas colgantes de Johannebusrgo, las manos blancas contra ETA, los cuerpos desnudos de Femen. ¡Sin olvidar los flashmobs! Para que el ciudadano pueda sentirse interpelado, a fin de cuentas, es necesario que los medios de comunicación difundan la protesta en cuestión. Algo que solo tendrá lugar si posee la fuerza dramática suficiente, medida con arreglo a criterios publicitarios. Es ahí donde la ciudadanía empieza a convertirse en público.

Salta a la vista que esta feroz competencia por la atención no se traduce en un refinamiento de los argumentos, sino más bien en un perfeccionamiento de las técnicas persuasivas: quien hile dos frases subordinadas seguidas ya ha perdido a la audiencia. En buena medida, el ciudadano actúa aquí como el enamorado: su implicación es afectiva antes que racional. Pero no todas las emociones son iguales, ni todos los recursos sentimentales dejan la razón a un lado. Sabedor de mi interés por estos temas, un amigo me remitía hace unos días al vídeo que, con objeto de evitar la victoria del candidato de la ultraderecha en las elecciones presidenciales austríacas, tenía por protagonista a una anciana superviviente de Auschwitz cuyas últimas palabras llaman al votante a “elegir juiciosamente”. Tal vez sea este un ejemplo del sentimentalismo antipopulista que puede emplearse para rearmar afectivamente a las democracias. ¿Funcionará? Es dudoso: convencer a los demás es más arduo de lo que solemos pensar. Solo en situaciones excepcionales, por añadidura, pueden las democracias liberales recurrir a la épica ilustrada. Claro que quizá nos encontremos en uno de esos momentos. Lo iremos sabiendo: presten atención.