El Subjetivo
Supremacismo catódico
Manuel Arias Maldonado / Supremacismo catódico
10.01.2017 Si de conversaciones de sobremesa se trata, nada peor que no estar al día. Y nadie está menos al día, de un tiempo a esta parte, que quien carece del conocimiento suficiente sobre la producción televisiva contemporánea. ¡Imperio de las series! Semejante infeliz apenas puede meter baza, y habrá de callar mientras se desenvuelve el debate sobre cuál es la serie verdaderamente imprescindible que uno no puede, bajo ningún concepto, perderse. Bien es verdad que siempre habrá alguien más avezado que los demás, un connoiseur capaz de sentenciar sin vacilación que, si no se ha visto la última producción alemana sobre las mafias del puerto de Hamburgo, no se ha visto nada. En cualquier caso, un conocimiento básico que vaya más allá de las perogrulladas habituales sobre The Wire ("cumbre indiscutible"), True Detective ("la segunda no vale nada") o Borgen ("refleja la política tal cual es") resulta inexcusable antes de salir a la calle. Por algo tiene dicho Daniel Gascón que las series televisivas han terminado por convertirse en parte de la conversación culta de nuestro tiempo: o estás dentro, o te quedas fuera. Aunque reconózcase, a cambio, que se trata de una temática bastante más inclusiva que el nouveau roman o los elementos fundamentales del materialismo histórico: lo que hemos perdido en sofisticación, lo ganamos en democracia.

Bien está. Hay productos televisivos excelentes que sirven para iluminar, con las herramientas propias del medio, nuestra condición y nuestra época. Es además innegable que estas ficciones poseen una acreditada capacidad para capturar nuestra atención una vez que ponemos el ojo en ellas. Sobre eso, no hay duda. Pero lo que de ningún modo cabe seguir aceptando es la condescendiente afirmación que a menudo las acompaña, a modo de guinda sobre su pastel: que han terminado por superar a su hermano mayor, el cine. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Podemos entender las premisas: entregado Hollywood al trapicheo de las secuelas, se diría que el talento ha emigrado a la televisión y ésta ha empezado a producir “películas de varias temporadas” mejores que las películas de siempre. Podemos aceptar las premisas, sí, pero no la conclusión.

Ya que el cine es y seguirá siendo una forma artística de superior complejidad y mayores posibilidades expresivas, liberada como está de las exigencias dramáticas de la ficción televisiva y dueña de unos recursos visuales que esta última no puede sino desperdiciar, por razones que atañen a su propia naturaleza serial y a la necesidad de uniformizar el trabajo de varios directores. ¿Acaso ha dado la televisión alguna imagen comparable a aquellas que jalonan la historia del cine? En modo alguno; aunque nos haya dado notables personajes, atmósferas y tramas narrativas. Pero sucede que el cine se liberó hace tiempo de la tiranía del guión y de ahí que las series no puedan rivalizar con su capacidad -desde luego no siempre cumplida- para la creación de imágenes. Juan Francisco Ferré, él mismo gran consumidor de series, lo ha expresado así:

“No es extraño, por tanto, que todos aquellos para los que el cine se reduce a una buena historia contada en imágenes sometidas a las necesidades narrativas básicas encuentren hoy en el medio televisivo satisfacción absoluta. Nunca entendieron lo que es el cine” (Así en el cine como en la vida, Excodra Editorial, 2015).

Nada de esto significa que las series hayan de ser menospreciadas. ¡Al contrario! Pero hay que juzgarlas con arreglo a lo que son, sin pedirles aquello que no pueden darnos ni ver en ellas lo que no son. Deshagámonos este año, pues, de una idea innecesaria: el supremacismo catódico. Y, como reza el título de una sitcom formidable, moderemos nuestro entusiasmo.