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La pureza y las mujeres

Marta Parreño Gala

16 becas pero solo para jóvenes vírgenes. Así abre la noticia. Es el requisito que ha impuesto la alcaldesa de una localidad de Sudáfrica para otorgar becas escolares: la virginidad. Y yo me pregunto muchas cosas, entre ellas la siguiente: ¿Las toquetearán y les harán pruebas para comprobar que además de impuras no son mentirosas? La noticia no menciona edades, pero sí géneros, y una vez más es el nuestro, chicas, el que se lleva la palma. Así que ahí va otra pregunta: ¿Por qué se presupondrá que la pureza es solo cosa nuestra? A colación de la cuál me nace la siguiente: ¿Qué tendrá que ver la pureza con el sexo? ¿Y por qué sigue siendo el sexo tan problemático en más de medio mundo, por no decir en el mundo entero?

El objetivo de la señora alcaldesa no es otro que alentar a otras chicas a ser “puras y enfocarse en la escuela”, porque ya se sabe que uno sólo puede enfocarse en una cosa y que el sexo es el demonio, sobre todo para ellas. Pero lo peor de todo es que esta medida estúpida, discriminatoria y antinatura habrá sido aplaudida por un sector amplio y habrá quien asienta convencido y con la cabeza bien alta que esta mujer está haciendo lo correcto. Porque si ya se sabe que a las chicas no se las puede dejar que decidan por sí mismas ¿cómo las vamos a dejar que decidan sobre sus cuerpos? Hay que protegerlas, está claro, porque las pobrecitas no saben lo que hacen. Y sus cuerpos son de todos, no lo olvidemos.

Ando perdida intentando averiguar en qué momento el ser humano empezó a alejarse de su esencia hasta tal punto de entender que el lenguaje de los cuerpos es impuro. Ando perdida intentando entender por qué continuamente se quieren adueñar del nuestro, mujeres; con la virginidad, con el embarazo, con el aborto o con el monopolio de la belleza física, que se nos ha adjudicado y nos ha hecho entrar en un peligroso juego en el que nunca saldremos ganando. Ando tan y tan perdida que leo estas noticias y ya ni me sorprenden, solo me hacen bostezar y a veces, ya muy pocas veces, maldecir por tanta imbecilidad. Me canso.

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Los beneficios de hablar solo

Néstor Villamor

Foto: Noah Silliman
Unsplash

Hablar solo sigue siendo una actividad polémica. Por una parte, la percepción general es que se trata de un síntoma de inestabilidad mental o emocional; por otra, la ciencia no deja de tumbar ese estereotipo. Un estudio publicado en la revista Nature ha concluido que conversar con uno mismo ayuda a regular las emociones y mantener el autocontrol.

Pero este estudio, a diferencia de otros publicados anteriormente, da una nueva vuelta de tuerca al asunto. Para empezar, plantea que es preferible que el soliloquio no sea en voz alta, así que adiós al estigma. Y además, sugiere que estos beneficios aparecen cuando la persona habla consigo misma en tercera persona. Es decir, en lugar de preguntarse “¿Cómo me siento?”, es más beneficioso plantearse “¿Cómo se siente Carlos?”. De ese modo, sugieren los investigadores, Carlos tendrá un mejor control sobre sus sentimientos al poder percibirse con la distancia que siempre se tiene con cualquier interlocutor.

Como dice el estudio, “todos tenemos un monólogo interno en el que nos sumergimos de vez en cuando; una voz interior que guía nuestras reflexiones cotidianas”. Pero el modo en el que nos dirigimos a nosotros mismos tiene efectos diferentes en función de qué pronombre utilicemos. “Concretamente”, observa la investigación, “utilizar el propio nombre para referirse a uno mismo durante esta introspección en lugar del pronombre de primera persona ‘yo’ aumenta la habilidad de las personas de controlar sus pensamientos, sus sentimientos y su comportamiento bajo situaciones de estrés”.

Dos experimentos

Para llegar a tales conclusiones, los autores del estudio -liderados por el investigador de Psicología Jason Moser, de la Univeresidad Estatal de Míchigan- llevaron a cabo dos experimentos. En el primero, los investigadores pidieron a 37 voluntarios que hablaran consigo mismos acerca de lo que sentían cuando les enseñaban imágenes desagradables. Midiendo la actividad cerebral con un electroencefalograma, los científicos descubrieron que cuando la conversación se producía en tercera persona no solo se conseguía reducir la ansiedad antes, sino que se reducía en menos de un segundo.

“Los resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”

En el segundo experimento, los investigadores pidieron a los participantes que reflexionaran en silencio sobre experiencias dolorosas de su vida, tanto en primera como en tercera persona. Utilizando esta vez escáneres cerebrales, los científicos descubrieron que, de nuevo, la segunda opción ayudaba a los participantes a regular mejor sus emociones. “Juntos, estos resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”.

Los beneficios que ha encontrado este estudio se suman a muchos otros sobre el mismo tema, del que la ciencia se está empezando a preocupar. Una investigación de hace cinco años publicada en The Quarterly Journal of Experimental Psychology mostraba que hablar solo (pero esta vez en voz alta) ayuda a encontrar objetos perdidos. El motivo, según los investigadores, es que oír en alto el nombre del objeto que se busca crea una asociación visual más poderosa.

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Charles Bukowski entre mujeres

Romhy Cubas

Foto: Terraignota Ediciones
Terraignota Ediciones

“Las mujeres del pasado siguen llamándome
Ayer mismo llegó otra de afuera del estado
Quería verme
Le dije “no”
No las quiero ver
No las veré
Sería incómodo, terrible e inútil
Sé de gente que puede ver la misma película más de una vez
Yo no” (…)

Del poema Novias de Charles Bukowski

Antes de ser Charles fue Heinrich Karl Bukowski, nacido en Alemania un 16 de agosto de 1920. La crisis económica en el país europeo tras la Primera Guerra Mundial llevaría a su familia emigrante hacia América, y para que se acoplara al ritmo estadounidense los padres de Heinrich comenzaron a llamarlo Henry. El resto es historia, el mito de Bukowski y sus irreverencias poéticas en la ciudad de Los Ángeles.

A su alrededor: su trabajo, relaciones, carácter y hasta su predilección por la bebida conspiraron para formar esa leyenda de poeta veterano e indolente. No fue hasta los 40 años que sus versos obtuvieron reconocimiento, y aunque hizo el intento de estudiar periodismo y arte su principal profesión y sustento monetario durante más de una década residieron en la oficina de correos de la ciudad de Los Ángeles. Como una especie de agente encubierto Bukowski era cartero de día y poeta de noche.

No obstante, una vez su editor y publicista John Martin le prometió 100$ mensuales por el resto de su vida para que se dedicara a escribir y dejara el oficio diurno de las cartas a los profesionales, la carrera de Bukowski se aferró a su prosa sentimental e irreverente, toda ella contradicciones, para presentarse como uno de los grandes poetas del siglo XX, sin mencionar que se le ha asociado a la Generación de los Poetas Beat y de los escritores “malditos”. Pero la voz de Bukowski realmente nunca vino acompañada de grupos viscerales, él siempre fue un solitario.

Aunque en su marca personal no podía faltar el tabaco y la botella de whisky, las groserías y esa imagen desaliñada de viejo indecente, como su alter ego Henry Chinaski, hay varios mitos sobre Bukowski además de su ineludible talento como escritor que se tambalean entre la ficción y la realidad.

A menudo tildado de borracho y misógino, no hay que buscar demasiado para encontrar archivos y fotografías de ese Bukowski alcoholizado por el cual suenan las campanas. Tampoco hay que leer demasiado entre líneas para encontrar entre sus poemas y relatos de “amor” una prosa peyorativa y contradictoria hacia las mujeres como objeto-sujeto. Su relación con estas fue igual de contradictoria, por un lado se podría decir que Bukowski respetaba y amaba a las mujeres, sus más allegados así lo respaldaban, y sin embargo, trabajos como La Máquina de Follar, Se busca Mujer o tal vez el más evidente Mujeres, exponen versos en donde es fácil cruzar la línea entre la sinceridad y la desfachatez, la irreverencia y la misoginia.

Está el detalle que expone el mismo Bukowski cuando se burla de sí mismo en sus textos, o cuando crea una imagen comercial que su ex novias y su publicista John Martin suavizan, pero fueron precisamente esos detalles, mitos o no, los que hicieron a Bukowski “el escritor”, el mujeriego, el poeta no tan romántico, el cartero más famoso de Los Ángeles.

“Hay en mí algo descontrolado, pienso demasiado en el sexo. Cuando veo a una mujer la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos.” Charles B en Mujeres.

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Jane Cooney Baker y Charles Bukowski | Imagen vía: Alternative Reel

La prostituta de 300 kilos

Bukowski a menudo se refería a su iniciación en el plano sexual con una anécdota que reiteró en numerosas ocasiones y sazonó en sus historias. De entrada el escritor adopta una actitud usual en sus poemas y relatos y recuerda cómo con 24 años de edad conoció en un bar a “la primera mujer” que gustó de él.

La narración está grabada en video y Bukowski, Whisky en mano, recuerda a la “prostituta de 300 kilos” que al igual que él buscaba compañía aquella noche. La pareja subió al hotel y a la mañana siguiente, al no encontrar su billetera, el escritor echó a la mujer de la habitación creyendo que esta era la responsable de su desaparición. La billetera apareció minutos después al lado de su cama, y en vano Bukowski persiguió arrepentido y con resaca a la mujer con la cual perdió su virginidad en un motel de Los Ángeles.

Jane Cooney Baker

Fue su mayor musa y tal vez su romance más definitivo. Sus relatos y poemas están repletos de versiones de esta mujer diez años mayor que él a quien conoció –de nuevo- en un bar de Los Ángeles. Entre botellas y humo de cigarrillos se sucedió esta relación tumultuosa y reveladora. Esa misma adicción por el alcohol llevó a Jane a su muerte en 1962.

El escritor luego reconocería que de todas sus compañeras Jane sería la única por la cual regresaría.

“…hace 28 años / que estás muerta / y sin embargo te recuerdo / mejor que a cualquiera de las otras / vaya un trago / por tus huesos / con los que este viejo perro sueña / todavía”.

Linda King

A esta poeta y escultora la conoció porque la primera esculpía rostros de poetas famosos, y cuando oyó que uno de los mejores prosistas de Los Ángeles estaba en la ciudad solicitó tallarlo.

Su relación se prolongó intermitentemente por cinco años a principios de los 70. Volátil, agresiva y turbulenta fue de una de sus relaciones más inestables y temperamentales; sin embargo, llama la atención que en entrevistas posteriores al referirse a Bukowski Linda King rara vez es despectiva o insiste en los momentos violentos, más bien hace énfasis en la particular personalidad del escritor, en sus inseguridades y manías.

“Siempre pensé que le faltaba confianza en sí mismo. Si hubiera sido un hombre físicamente bien parecido y hubiera tenido éxito con las mujeres, creo que nunca hubiera pensado en aquello”, recuerda King en una entrevista para Vice.

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Linda Lee Bukowski y Charles Bukowski | Imagen vía: Taringa

Linda Lee Beighle

Fue la segunda esposa de Bukowski, la primera fue Bárbara Bukowski, quien murió bajo misteriosas circunstancias en un viaje a la India. A Linda la conoció en un puesto de comida, con ella compró una casa en San Pedro y fue esta quien estuvo a su lado en el hospital cuando el escritor murió de leucemia el 9 de marzo 1994.

Como la mayoría de sus compañeras, Lee recalca la timidez y falta de confianza de Bukowski, sus habilidades sociales, o más bien la falta de ésta, y su preferencia por la máquina de escribir ante la posibilidad de tener que entablar conversaciones con otras personas.

“Jamás hablaba de su trabajo, pensaba que le traería mala suerte”, explica Lee. “A veces escribía poemas en plena noche. Bebía un vaso y me lo leía. Pero esto pasaba sólo una vez al año. Por lo general no mostraba sus trabajos a nadie, los enviaba todos directamente a su editor”.

Ellas no fueron las únicas mujeres en la vida del poeta, hubo novias, amigas, amantes y romances de una noche. La mayoría de estas relaciones llegaron con la mediana edad y su alza como escritor. Todas ejercieron un papel básico en su manera de escribir y de relatar el “amor”. De todos los mitos sobre Bukowski tal vez el más claro está en sus contradicciones, ya que su imagen de bebedor empedernido fluctuaba con sus testimonios, y el de su misoginia con la voluntad de conversar de aquellas mujeres.

“Mujeres: me gustaban los colores de sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos”.
Del libro Mujeres de Charles Bukowski

Es ineludible que como personaje literario, estereotipado o no, fue y sigue siendo referencial. A su muerte dejó una obra compuesta por más de 1.000 poemas, cinco novelas y seis libros de relatos. Ahora, en cuanto al mito, la manera más sensata de aclararlo está en sus propias ficciones, que han demostrado después de todo ser la adicción más sana y fiel de Bukowski, el “viejo indecente”.

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Elvis Presley: 7 cosas que quizá no conocías sobre el Rey

Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo

La sombra de Elvis es alargada: no solo ha vendido entre 500 y 600 millones de discos —parece imposible dar una cifra exacta—, sino que se ha convertido en una referencia cultural básica del siglo XX. Con su pelo engrasado, los mechones meciéndose en su frente cuando movía las rodillas y las caderas. Antes de morir el 16 de agosto de 1977, hace 40 años, Elvis apenas podía respirar cuando se presentaba ante el público, obeso y cansado, pero conservaba ese atributo hipnótico y nada común de absorber todas las miradas. Desde entonces nadie ha conseguido alcanzarle y, a día de hoy, mantiene el trono del rock and roll.

Si quieres conocer un poco más sobre el Rey, te contamos siete cosas que quizá no conocías sobre él.

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El tamaño no importa

Jesús Montiel

Un paseo por el barrio pijo de La Herradura sirve como polígrafo del alma. Para quien ande geográficamente despistado, La Herradura es un pueblo de la costa granadina frontero con Málaga que muchos extranjeros con parné eligen como diana vacacional. Se nota en los coches que pululan sus caminos asfaltados, en las propinas que uno ve en los chiringuitos con luces tropicales y también en los negros que cantan Sinatra para niños rubísimos en esos mismos chiringuitos.

Digo que mis paseos por el barrio más pijo de La Herradura me sirve como polígrafo del alma porque muchas veces, durante los mismos, me sorprendo soñando con que una de esas casas será mía cuando me haga millonario gracias a mi quehacer literario (no se rían que esto es serio). A la vuelta del paseo, no obstante, cuando entro en la casa que ocupo por dos semanas y que es la de mi abuelo paterno, me ocurre todo lo contrario: que dejo de soñar con casas a lo Bertín Osborne. Mi abuelo compró ésta con su trabajo y yo me siento culpable por ocuparla y tumbarme sobre su esfuerzo. La ocupo porque que mi abuelo ya no viene, no puede, su casa es la farmacia. A punto de cumplir noventa veranos, él y mi abuela van aprendiendo forzosamente a desprenderse de todo, son alumnos de la pérdida  porque a la muerte se entra sin piso playero, y sin libros (hace poco mi abuelo me entregó los suyos con expresión tristona).

Me encuentro entonces con dos sentimientos contrarios: de una parte mi afán de riqueza durante mis paseos matinales por el barrio más opulento de La Herradura; y de la otra un deseo de no atesorar si pienso en mi abuelo y en el piso que ocupo y que fue suyo. Quiero decir que dentro de mí anida un ansia de atesorar lo que perece, y fuera encuentro una ley antónima que me invita al desprendimiento porque nada se lleva uno más que el amor que ha procurado.

Precisamente hoy he bajado a las ocho para mi paseo por el barrio pijo y me esperaba al pie del ascensor el cadáver de un hombre que, aun con los ojos cerrados, sin vida que los abriera, me miraba con fijación a medida que yo bajaba las escaleras y los del 061 intentaban resucitarlo con desfibriladores. Afuera, su mujer gimoteaba arropada por otros vecinos disimulando el terror con palabras que todos aprendemos para momentos de catástrofe humana. Escribo ahora con los ojos del muerto delante de mí, sobre la mesa, como los cráneos que coronaban aquellas de los antiguos anacoretas. El tamaño no importa, me dice el cráneo mientras mis hijos me importunan con sus requerimientos, lo importante es que haya un hogar al otro lado de la puerta de entrada y no solo una casa.

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