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Oda a las cosas

Marta Parreño Gala

Le robo el título a Neruda porque el periódico que sostiene este hombre no es solo un periódico. Y él ya evocó algo parecido en su “Oda a las cosas”. Este periódico no es un periódico porque es un clavo al que agarrarse en mitad del precipicio, una luz tenue pero testaruda que llega hasta el fondo de un pozo muy hondo. Siempre me ha fascinado la manera que tenemos de restablecer la normalidad en medio de la destrucción; cómo pequeños detalles le sirven a uno para ascender a la superficie y respirar cuando parece que todo se acaba.

En plano drama, tormenta tropical, enfermedad, terremoto o guerra sangrienta, siempre aparecen esos objetos aparentemente cotidianos a los que en nuestra vida corriente de autómatas programados no solemos prestar atención y que, en determinados momentos de crisis, no solo se vuelven tremendamente importantes, sino que devuelven la luz a todo el entorno como por arte de magia.

Un sofá de madera cubierto con una funda blanca de flores verdes, un taburete y un periódico. Dos personas distraídas como si estuvieran en el salón de casa. A su alrededor, destrucción, guerra, cascotes. Estos dos hombres se relajan en un lugar que bien podría ser el fin del mundo, pero no parece importarles, porque tienen un periódico repleto de noticias del día y un teléfono móvil que les recuerdan que hay vida ahí fuera.

Que ya lo dijo el poeta:

“Muchas cosas
me lo dijeron todo.
No solo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte”.

Nepal, y los nepales que quedan

Melchor Miralles

Hasta las tragedias hacen aflorar la golfería. Entre la inmensa mayoría que se entregan en la ayuda se mezclan los canallas que quieren sacar tajada hasta a los cadáveres.

Ahora ha sido Nepal. Más de cinco mil muertos por el terremoto. Y en algunas bocas escuchamos lo de siempre, la pregunta de la ignorancia bienintencionada: “¿Por qué las desgracias se ceban siempre con los más pobres?”. Y no es así. Las desgracias que provoca la naturaleza destrozan a quienes viven en los lugares en los que no se han hecho las cosas como debieran hacerse en todos lados.

El mismo terremoto en un país desarrollado, en el que las construcciones se hubieran hecho como mandan los cánones en las zonas de riesgo, y en las demás, no hubiera dejado el saldo terrible que ha generado. Siempre es lo mismo. Cada imagen, cada video, me retrotrae a Haití. Y a tantos otros lugares donde han vivido el drama.

Y como en algunos he estado, y lo he vivido, supongo que en Nepal ha ocurrido como en tantos otros lugares. Habrán aterrizado miles de ONG, centenares de personas dispuestas a ayudar. La inmensa mayoría con el alma limpia y el corazón inmenso. Entregando hasta el último suspiro por quienes lo necesitaban. Pero pasarán unos pocos meses y allí se quedarán unos pocos. Y por el camino también se habrá distraído dinero y ayuda material.

Hasta las tragedias hacen aflorar la golfería. Entre la inmensa mayoría que se entregan en la ayuda se mezclan los canallas que quieren sacar tajada hasta a los cadáveres. Ocurrió en Haití. Ocurre seguro en Nepal. Y sucederá en los nepales que quedan. Es la condición humana. La de quienes no se molestan en prevenir la desgracia y la de quienes se aprovechan del horror para su trinque. Lo peor de la especie junto a lo mejor, los nadie del gran Galeano que nos ha dejado.

No son turistas, son pijos maleducados

Victor Riverola

Rodar documentales en Nepal aporta experiencia. Te das cuenta de donde estás, quien eres, que eres…con respecto al resto del mundo.

Rodar documentales en Nepal aporta experiencia. Te das cuenta de dónde estás, quién eres, qué eres… con respecto al resto del mundo. Ser alpinista ayuda a sentirse pequeño, fomenta el compañerismo, cura el alma y en ocasiones, te obliga a tirar de humildad, grandes dosis de humildad, cuando dejas los Pirineos y los Alpes y te lanzas a la conquista de cumbres situadas en lo que conocemos como el Tercer Mundo.

Nepal ha vivido el horror, ha experimentando la violencia de la madre naturaleza, atrapando a miles y miles de turistas que se encontraban en Kathmandú y en los valles que descienden de varios ochomiles. Algunos se encontraban en Pockara, otros en Kathmandu y algunos en Luckla, con su aeropuerto espectacular, desde donde parte el trekking del campo base del Everest, donde de momento, han fallecido mas de 20 alpinistas. Las cornisas de hielo que separan la cumbre del Pumori del Everest, por encima de la cascada del hielo del Khumbu, son peligrosas a lo largo del año. Con un terremoto de 7,9 la situación cambia por completo y tal y como ha sucedido, la mayoría de cornisas se han desprendido, causando avalanchas impresionantes. Solo quien ha vivido un alud puede saber lo que se siente. De momento, junto a los miles de fallecidos y heridos, tenemos a ocho millones de nepalíes afectados por el terremoto. Unas 72.000 personas están abandonando a pie la zona del valle de Katmandú en busca de agua y comida, mientras miles de occidentales protestan porque les están evacuando lentamente. Algunos incluso se quejan de que les tratan como perros…

Quienes son incapaces de comprender dónde están, en qué país están y lo que les ha pasado a las gentes que les acogen, no son turistas, son pijos maleducados. Gente sin alma, sin corazón, que viven a golpe de talonario creyéndose superiores a los demás. Si el aeropuerto es un caos, te esperas. Si tienes hambre, piensa que los nepalíes todavía tienen más hambre. Ellos han perdido su casa, tú no. Ellos han perdido a familiares y amigos, y no tienen un país que les acoja y les envíe un avión. Tú tienes American Express, ellos no. Viajar a zonas pobres, por muy cool que pueda parecer, conlleva aceptar unas normas del juego que muchos desconocen, o peor… muchos no han sido educados para conocerlas.

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Todos somos niños muertos

Francisco Segarra

La naturaleza es cruel. La llamada “madre tierra” es cualquier cosa menos madre; es un Saturno, tal vez, que devora a sus hijos.

La naturaleza es cruel.La llamada “madre tierra” es cualquier cosa menos madre; esunSaturno, tal vez, quedevora a sus hijos. Tiemblan los montes del Nepaly se tragan a los hombres ya todas las utopías que prometen el control de este mundo nuestro, tanfrágil. Y es la conciencia de esta fragilidad la que nos llena de terror. Somos todos niños muertos de miedoal vacío, al dolor, a la muerte, a la maldad.

Tenemos miedo incluso de la libertad. Las cadenas de nuestras esclavitudes nos tranquilizan. Y así buscamos efímeros consuelos en dioses menores: el dinero, el poder, la droga, el alcohol, el juego, el sexo, la política o el fútbol. Peroni un terremoto logrará arrancarnos de nuestraprisión: nos encontramos a gusto en la celda del egoísmo que es, en el fondo, la más evidente, la más trágica cara del miedo que atenaza, siempre, nuestro corazón herido. La única solución posible está siendo, a su vez, crucificada en Siria, Irak, Libia o Egipto, ante la sonrisa cómplice del príncipe de este mundo.

Habla la tierra

Teresa Viejo

Somos un suspiro en mitad de moles de piedra humeantes a punto de reventar, de terrenos sólidos que se resquebrajan sin aviso. Pulgas en mares, sorteando olas que nos tragan a la mínima.

Llora él y nos arrugamos nosotros, porque un desastre así carece de nacionalidad. El sufrimiento por la pérdida del patrimonio es universal lo contrario, permanecer frío ante esta imagen, sería casi una sociopatía.

Cada catástrofe natural se convierte en, además de un drama mayestático y un duelo perenne por las víctimas, un golpe a nuestro egocentrismo. Somos un suspiro en mitad de moles de piedra humeantes a punto de reventar, de terrenos sólidos que se resquebrajan sin aviso. Pulgas en mares, sorteando olas que nos tragan a la mínima. El hombre se piensa el centro y es apenas un punto en un dibujo que ni siquiera traza él. El terremoto del Nepal, además de enlazarnos en una cadena de la que no debemos salir porque cada ayuda prestada se vuelve a nuestro favor tarde o temprano, además de dolernos por la devastación que dejan a su paso los retortijones de nuestro planeta, debe reflejarnos en el espejo de los nepalíes lo insignificantes que resultamos. Nada. Creamos, inventamos, sublimamos el arte en obras imperecederas, sucumbimos a poseer un conjunto de ladrillos, a arar terruños que pagamos a tocateja convencidos de que nos pertenecen, pero la sensación de propiedad es ilusoria. Aún así alardeamos de que el mundo gira en la dirección que le imponemos.

Tiene mucho de espeluznante la fotografía de un magnífico templo a cuyos pies han orado generaciones enteras, que ambicionaba albergar en él otras tantas por los siglos de los siglos, deshecho en un suspiro. Claro que quien sopla con espíritu aniquilador es quien manda. La tierra. Un planeta que se mueve ajustado a su desorden interno. Que se revuelve como animal herido. Que brama. O que se desliza mansamente. Habla y a nosotros, nano partículas en un escenario que no dominamos por mucho que lo creamos, con frecuencia nos hiere.

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