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Barbarie en Japón

Melchor Miralles

Foto: KIM KYUNG-HOON
Reuters/File

Este jueves han sido ahorcados dos hombres en Japón que habían sido condenados a muerte. Suponen la decimoctava y decimonovena ejecuciones bajo el actual Gobierno de Shinzo Abe. Primero fue ajusticiado Masakatsu Nishikawa, de 61 años, condenado por el asesinato de cuatro mujeres en los años 90. Después Koichi Sumida, de 34 años, que asesinó a una compañera de trabajo en 2011.

El ministro de Justicia, Katsutoshi Kaneda, dice que firmó las ejecuciones tras “pensarlo cuidadosamente”. Con un par. La realidad es que en Japón se sigue practicando la barbarie, como en los Estados Unidos de Norteamérica, los dos únicos países industrializados que mantienen la pena capital. Una barbarie con la que no se hace justicia, sino que es un ejercicio de venganza social. Intolerable. Arcaico. Inútil. Porque, además, allí donde hay pena de muerte existe la posibilidad de que un inocente sea ejecutado, lo cual es barbarie, pura barbarie.

Desde Cesare Beccaria a otros menos ilustres penalistas no hay uno que se precie que no esté en contra de la pena de muerte. Y menos aún en el Siglo XXI. Resulta inconcebible en todos lados, pero más aún en países que son punteros en desarrollo tecnológico, cultural y en todos los ámbitos. No debemos parar de denunciarlo. Los delitos cometidos por los ejecutados, si eran culpables, son terribles, odiosos. No hay duda. Merecen una severa sanción penal. Pero la pena de muerte es inaceptable. Y como escribió Martin Luther King, lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos ante la barbarie. Hoy en Japón, mañana en cualquiera de los 60 países que la mantienen vigente.

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Google Japón cambia el street view por el dog view en Odate, la ciudad natal de Hachiko

Carola Melguizo

Foto: Mikhail Vasilyev
Unsplash

Si compartes tu vida con un perro, en algún momento te has preguntado cómo se ve el mundo desde su perspectiva. De ahí que triunfen en internet los vídeos grabados con cámaras deportivas en los que por unos minutos vemos lo que ve un animal cuando corre hacia el mar o cuando juega en el parque. Ahora, gracias a Google Japón podemos descubrir una ciudad entera a través de los ojos de un perro. Y no se trata de una ciudad cualquiera, sino de Odate, la ciudad natal de Hachiko, el perro que se convirtió en símbolo de lealtad después de esperar durante años que su humano fallecido volviera a la estación de tren en la que se encontraban cada día.

Se trata de dog view, una versión del ya clásico street view de Google con la que podemos recorrer las calles de la ciudad de Odate, en el norte de Japón, desde la perspectiva (en 360º) de un perro. La idea es promover el turismo en la zona y la elección de la ciudad no es casualidad. Odate es parte de la prefectura de Akita, lugar de origen de la raza del mismo nombre. Los guías, como es de esperar, son tres akitas: Asuka, Ako y Puko que recorren la ciudad con una pequeña cámara en el arnés y muestran al visitante las principales atracciones turísticas y algunos lugares especiales conocidos, hasta ahora, solo por los locales. Asuka, por ejemplo, es el encargado de mostrar la estatua de Hachiko, el akita más famoso de la historia.



Como la cámara va en el lomo, en los recorridos, además de la vista panorámica de la ubicación, se ven las orejas de los perritos y al girar, se ven las colas. Un toque extra de ternura que hace que la experiencia sea incluso más especial. En el blog de Google Japón, los responsables aseguran que la grabación fue divertida tanto para el equipo humano como para el canino. Para demostrarlo, publicaron un making of en el que se ve a los perros disfrutar en la nieve durante el paseo:

La historia de Hachiko

Los lazos de la raza con la ciudad son muy especiales. Los locales los veneran como símbolo de prosperidad, salud y buena fortuna. Sin embargo, entre todos los akitas hay uno que destaca: Hachiko, el ejemplo de lealtad. Nació el 10 de noviembre de 1923 en una granja de Odate y a las pocas semanas fue regalado a Eisaburō Ueno, ingeniero agrónomo y profesor de la Universidad de Tokio. Se volvieron inseparables. Cada día Hachiko acompañaba al profesor a la estación de Shibuya para que tomara el tren que lo llevaba a la universidad. Al atardecer, regresaba para recibirlo y volvían juntos a casa. La rutina terminó de forma brusca en 1925 cuando Ueno murió a causa de un derrame cerebral durante una clase.

Durante más de nueve años el perro acudió cada tarde a la estación con la esperanza de volver a encontrarse con su humano y se convirtió así en uno de los mayores ejemplos de lealtad. Los comerciantes de la zona lo cuidaron y alimentaron hasta el día de su muerte el 08 de marzo de 1935. Actualmente, las dos estatuas de Hachiko están en Japón, una en Odale y otra en Shibuya, pero el reconocimiento ha traspasado las fronteras niponas, en gran parte gracias al cine.

La vida del can llegó a la gran pantalla en 1987 con la película ‘La historia de Hachiko’, del cineasta japonés Seijiro Kojama. En 2009, Lasse Hallström dirigió un remake protagonizado por Richard Gere llamado ‘Siempre a tu lado, Hachiko’. Advertencia: imposible no llorar.

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La posverdad es pecado

José María Albert de Paco

Foto: Lluis Gene
AFP

Un banco de alimentos es un observatorio de la pobreza. El reparto de comida entre los más necesitados no tendría sentido sin un protocolo que cuantificara la demanda por municipios, distritos, barrios; que constatara, por ejemplo, la existencia de un súbito pico de menesterosos en un área determinada y, en razón de ello, y en cooperación con los servicios sociales de la localidad, evaluara a qué obedece, de qué modo paliarlo o si va acompañado de otras carencias. Se trata de que la beneficencia no sea únicamente un parche más o menos redentor, sino también una oficina de monitorización de la miseria o, por emplear un tecnicismo al uso, del riesgo de exclusión social. Para los (des)amparados, obviamente, esa cuota de burocracia suele ser desagradable. Nombre, estado civil, número de hijos, profesión…  Nadie responde de buena gana a la taxonomía  de su propia desventura.

Esta semana ha trascendido que en la misa del domingo día 8 celebrada en los Capuchinos de Sarriá, comunidad colaboradora del Banco de Alimentos, el oficiante instó a los feligreses que llevaran alimentos a la iglesia, ya que, según alegó, el Banco había dejado de proveerles. Así era, en efecto. Los responsables del Banco de Alimentos llevaban meses reclamando a los frailes que se ciñeran al protocolo por el que se rigen las más de 300 entidades a las que surten. Siempre en vano. Entretanto, la afluencia de desvalidos a dicha iglesia venía registrando un inusitado incremento (Sarriá pertenece al distrito con la renta más alta de Barcelona), lo que, muy probablemente, estuviera relacionado con que el reparto empezaba a parecerse más a la apertura de compuertas de El nombre de la rosa que a las redes de ayuda de un país civilizado. La caridad a granel no exige preguntas, y los auxiliados, insisto, bien que lo agradecen.

El lunes empezó a circular la especie de que el Banco de Alimentos había represaliado a los Capuchinos por la misa que éstos habían oficiado semanas atrás en favor de los presos. El 155 llega a la caridad, se llegó a decir en los forocoches del nacionalismo. No faltó quien, en lugar de a España, señaló a Colau, cuando lo cierto es que el Banco de Alimentos (privado, apolítico, aconfesional) carece de vínculos orgánicos con el Ayuntamiento. Tanto es así que, según me hace saber un empleado del BA, en sus tres años de mandato, la alcaldesa aún no ha puesto un pie en el almacén de la entidad, en la Zona Franca.

Así que ni la sombra del 155 ni la mano de Colau. Detrás de la crisis no había más que incompetencia chapada en soberbia. ¡Formularios a nosotros, que dimos al mundo la palabra ‘capuchinada’! La misma soberbia, en fin, con que el superior de la orden, Enric Castells, al preguntarle una reportera de TV3 si había alguna relación entre la suspensión del envío de alimentos y la homilía por Junqueras y compañía, declamó: “Objetivamente, no podemos afirmar que sea así por falta de pruebas”. La mentira en formol y la verdad en sordina. Todo sea por devoción a la estelada. Objetivamente.

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Un millón de millones de razones para evitar el dólar

Andrés Miguel Rondón

Foto: YURI GRIPAS
Reuters

Tal es el remolino de escándalos que azota a Washington (el ex-director del FBI, James Comey, y su nuevo libro revelador; Michael Cohen, abogado del imperio Trump, a escasos pasos de la cárcel; el reciente ataque a Siria; los gastos personales de Scott Pruitt, director de la Enviromental Protection Agency; las compras de silencio desde el partido republicano a ‘playmates’ y amantes de políticos del mismo; la robótica defensa de Zuckerberg, dueño de Facebook, ante la revelación del mayor escándalo de privacidad de la historia; la impetuosa investigación de Mueller ante la influencia rusa en las pasadas elecciones; etc, etc, etc) que lo que sucede un lunes ya el viernes se ha olvidado. Más aún si se trata de la emisión de una nueva estadística, afónica ante tanto ruido. Pero resulta que el pasado lunes ocurrió la noticia más importante ya no de la semana, sino de lo que va de año. Y es, por supuesto, un numerito, publicado con cierta timidez por la Oficina de Presupuestos del Congreso: 1,000,000,000$. Un trillion* de dólares.

Este el tamaño del déficit de la deuda americana a partir del año 2020 según sus más imparciales tecnócratas. Lo que quiere decir que cada año que pasa a partir de la próxima década, Estados Unidos estará gastando un trillón de dólares más de lo que recauda en impuestos. Un trillón de dólares — el problema de los números es que es difícil ponerlos en perspectiva. Por eso no tengo más remedio que volver a repetirlo. Un millón de millones. Cada año que pasa. Poco menos de todo lo que produce toda España en un año, pero en deuda. Acumulándose, además. Estados Unidos, perdonen la insistencia, tendría que recibir todos los años todo lo que produce toda España para equilibrar sus gastos. Favor, vale acotar, que no os recomiendo que hagáis.

Lo peor es que este brutal aumento del déficit (producto, principalmente, de la tremenda bajada de impuestos en EEUU el año pasado y de su incremento en gastos de defensa este año) ocurre no durante una guerra, ni una recesión, sino durante el décimo año de crecimiento continuo de su economía. Este era momento de empezar a ahorrar. Los años cuarentones del presente ciclo. No de duplicar el gasto. Hacer lo que ha hecho Trump es como comprarse a crédito un Lamborghini para celebrar el nacimiento de tu quinto hijo. Con tres hipotecas bajo el brazo, además.

Se calcula que para mediados de la próxima década, EEUU estará pagando más en intereses de su deuda que en gastos de defensa. La consecuencia de todo esto es que, además de presiones inflacionarias, este aumento en servicio de la deuda obligará tarde o temprano a los americanos a devaluar su moneda. Pero ya los inversores extranjeros se les han adelantado, como hemos visto en los mercados de divisa, y han empezado a vender sus dólares. Cosa novedosa: extranjeros temiendole al dólar, decimonónica moneda de resguardo. Puesto por el cual se pelean ya el Euro y el Yen.

La teoría diría que las subidas de tasas de interés en EEUU deberían hacer que el dólar se fortaleciera ante las otras monedas, las cuales siguen en políticas monetarias expansivas. La práctica es que el valor final de las divisas no es su rentabilidad, sino su fortaleza. Y el dólar, como hemos visto ya por un trillón de razones, no es tan fuerte como antes.

*En castellano el trillion americano es un billón. Es decir, un millón de millones. En este escrito uso el método de contabilidad americano por ya ser el estándar del mercado financiero.

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Todas las cosas tienen su momento

Daniel Capó

Foto: CRISTINA QUICLER
AFP

Mariano Rajoy pasa por ser un político prudente y experimentado, poco dado a las sorpresas o a los extremismos. En su modus operandi, prima el estilo conservador hasta rozar una especie de quietismo desconcertante para adeptos y adversarios, más escéptico que doctrinario. No es una actitud necesariamente desacertada: Rajoy ocupa el centro del campo y hace que el partido languidezca esperando el fallo del rival. En un juego de desgaste, como es a menudo la política, resistir equivale a evitar la derrota. Hábil en el control de los tempi, a Rajoy Arcadi Espada lo ha calificado de “único político adulto” en una época caracterizada por el tono adolescente de nuestro debate público.

Sin embargo, si hacemos caso a Michel de Montaigne, “todas las cosas tienen su momento”. “Incluso las buenas”, puntualizó el ensayista francés; y, por supuesto, también las malas. No en vano las sociedades, al igual que los individuos, constituyen “un objeto extraordinariamente vano, mudable y fluctuante”.  Es decir, que nada funciona siempre. La Historia juzgará a Rajoy por su capacidad de resistencia, pero también por el perímetro de su inmovilismo ante la gravedad de las circunstancias que vivimos. No sea cosa que, al final del camino, el saldo contable salga negativo y el tiempo, que todo lo redime, también lo destruya todo, incluido al PP. Porque, del congreso sevillano de los populares, se desprende el peligroso escapismo de quienes no desean afrontar los problemas que van pudriendo al país: la pésima selección de sus elites; la metástasis moral, que reduce las virtudes públicas al corral de la opinión mediática; el ataque incesante al marco fundante de la democracia, representado por la Constitución; y el conflicto territorial abierto en Cataluña, que amenaza con extenderse al corazón mismo del proyecto europeo. Es la prudencia lo que define el estilo conservador, no la inacción. Y mucho menos la huida de la realidad. Si “todas las cosas tienen su momento”, a Rajoy se lo juzgará también por su capacidad de liderar los cambios necesarios. Y por su determinación a la hora de llevarlos a cabo.

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