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De ladrones y hoteles de lujo

Melchor Miralles

Foto: LIONEL BONAVENTURE
AFP

El personaje de Marcello Mastroianni en la inolvidable Rufufú lo decía: “Robar es un oficio duro. Hace falta gente seria, no como vosotros. Vosotros, como mucho, podríais trabajar”. Y todo apunta que los cinco ladrones del Ritz de París no eran profesionales, no eran gente seria. La cagaron. Uno de ellos dejó caer en la escapada una bolsa con joyas y relojes. Aunque el personal alojado en el hotel las pasó canutas, sobre todo quienes estaban en la clásica cafetería y aquellos que apuraban los rayos de sol pese al frío en la terraza central dejándose ver, porque acojona ver a cinco tipos armados con hachas en un Ritz, ya se imagina uno que no son botones ni empleados de Recepción. Y los cacos no se habían enterado previamente de que las puertas traseras están bloqueadas, y tuvieron que pasarse el botín a través de una ventana, perdiendo parte de él. Tres de ellos han sido detenidos y todo apunta que los dos que lograron pirarse, uno en coche y el otro en moto, caerán pronto.

Si ustedes supieran la cantidad de robos que se producen en los hoteles de lujo. Y, les cuento, la mayoría de ellos no se denuncian. Hay un hotel bajo estrecha vigilancia policial y de agencias de detectives desde hace años en Barcelona, de mucho fuste, que ha sido denunciado por la Compañía aseguradora por la cantidad ingente de robos que se perpetran en su interior. Y no de cacos de segunda como los de París, no. Hay profesionales al loro de transacciones importantes o de viajeros con las maletas o maletines repletos de billetes o de joyas, y se roba mucho en esos hoteles. Y las víctimas muchas veces no dicen nada a la Policía porque lo robado es a su vez de procedencia ilícita, pero sí lo denuncian en recepción, y cuando llega la poli no hay rastro de las víctimas. Ladrones que roban a ladrones, lujo que oculta miseria inmensa, ladrones y policías y más ladrones. Entramos en un hotelazo y no somos conscientes a veces de que detrás de los tapices, el lujo y el oropel hay mucha mierda que no se ve, y riesgo, claro, porque si te pillan con el hacha los cacos te pueden hacer un destrozo, Pero la felicidad tiene los ojos cerrados, y muchos son felices cuando se ven dentro del hotelazo, porque incluso sienten que jamás soñaron con poder siquiera franquear la puerta. Creían que una vez traspasado el umbral se accede a otro mundo en el que todo va bien y no hay problemas. Y vaya si los hay. Algunos muy gordos, como aquellos que dejaron atrás la Place Vendôme al entrar en el Ritz, a tomarse un cortado de 20 euracos, y creyeron que ahí dentro no podía pasarles nada, porque además en el edificio contiguo está el Ministerio de Justicia y hay mucha pasma por la zona, en la que está la Rue Saint Honoré con todas sus tiendas de marca, y mucha peña con pieles y mucho Ferrari y esas cosas de los ricos que se gastan la tela en que se les note.

Por eso es bueno que se sepa, en los hotelazos de mucho lujo hay que andarse con cuidado, porque te pueden limpiar el forro como en cualquier lado. La maldad humana no hace distingos entre ricos y pobres. Y puesto a robar parece más cabal ir a donde están quienes tienen pasta que a un barrio marginal, donde solo puedes robar miseria. Y al final, ya se sabe, el atraco perfecto no existe porque parece fácil borrar las huellas, aunque no lo es porque, como ya escribió Lao Tse, no se puede caminar sin pisar el suelo, y si llevas un hacha en la mano por el pasillo de un hotel, por muy Ritz que sea, es jodido que no terminen pillándote.

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El quinto mandamiento

José Carlos Rodríguez

Foto: Alessandro Bianchi
Reuters

No sé si Francisco es capaz de realizar milagros, pero sí ha logrado obrar maravillas, como tenernos a los agnósticos rezando por su conversión. El Vicario de Cristo es un hombre muy mundano. Está apegado a esta tierra como el catoblepas; con un ojo mirando al frente y otro al suelo. Aquí abajo se manifiesta sobre las cuestiones que nos interesan a los pecadores. Cristina Kirchner buena, Mauricio Macri malo. Nicolás Maduro bueno, Sebastián Piñera malo. En este sentido, el de la comunicación, es un hombre eminentemente moderno. Contemporáneo. Digital. Atrás quedan las tortuosas sutilidades del escolasticismo. El pensamiento hashtag es lo que se lleva. Manes tuitero.

Los cascotes del materialismo forman parte de su dialéctica. El evangelio de Francisco es el nuevo Libro verde de Gadafi, el nuevo Libro rojo de Mao. Francisco es el nuevo líder moral de los no alineados. Y así aprendemos que el hombre ya no es el guardián de la Tierra, como ha defendido la Iglesia hasta Benedicto XVI, sino su devorador malvado e inconsciente. Y la libertad humana ya no está cerca de la verdad. La verdad de la doctrina social de Francisco es que la libertad de producir e intercambiar el fruto de ese esfuerzo es el camino hacia el mal.

Ahora sabemos que de las interioridades de la conciencia de Francisco sale el juicio moral según el cual los terroristas de Sendero Luminoso son mejores que las “monjas chismosas”. Será una broma. Cabe pensar que lo es. Cabe pensar que no lo es. Y que en su escalafón moral las bombas que sueltan las monjas cotillas son comparables a las del grupo terrorista, con sus 70.000 muertos.

El escándalo y el oxímoron han formado parte del mensaje cristiano desde su mismo profeta. Pero dejan de hacer gracia cuando la chanza se refiere al quinto mandamiento.

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Mansa Musa y el lujo de la envidia

Andrés Miguel Rondón

Foto: STELIOS VARIAS
Reuters

Hace ocho siglos ser, como era Mansa Musa (emperador del Tombuctú y de sus minas de oro), el hombre más rico de la historia del mundo te compraba cincuenta y siete años de vida, doce mil esclavos vestidos de seda, veinte ciudades de lodo y el más esplendoroso Hajj a la Meca en la historia del Islam. Es decir, cosas mínimas. Hoy en día el mismo viaje que le tomó al rey Mali más de diez meses en completar (inmersos, no olvidemos, en las ardientes arenas del Sáhara, al ritmo del camello taciturno y sin Youtube), además de media tonelada de oro, la hago yo, por ochocientos euros, en seis horas y media de avión, con audífonos, un libro traducido y un bote de aspirinas. Y eso no siendo ni Bill Gates ni muchísimo menos, sino ganando el salario medio en España en este siglo veintiuno.

Aun así, a la pregunta “¿Quién fue más feliz en su vida – Mansa Musa o yo?” No logro darle una respuesta convencida. Y no por ser yo infeliz – yo estoy, según el diagnóstico de mi portera (que no es médico), ‘bien’. Algunos días hasta ‘favorecido’. Pero quién soy yo para sospechar sobre el estado de ánimo de un rey. Que conquistó ciudades, se hizo el roadtrip más famoso de la historia. Que acarició, en su época, el imposible (ir a la Meca desde el África occidental). Y que luego regresó, sin cansancio alguno, a fundar las legendarias librerías de Tombuctú -en búsqueda, vale acotar, y sin ganas de faltarle el respeto, de verdades metafísicas que yo consigo en dos segundos en Google. Pero bueno -que hizo lo que quiso. Y que fue rico. Muy, muy rico.

Aun así, y para dejarme de merodeos, este Mansa Musa es un indigente al lado de los 102.000 suicidas que hubo en el mundo occidental en el año 2014. Aquellos que, según la misma lógica progresista del sistema en el que vivimos, debían de haber sido tantas veces más feliz que él. Que tenían expectativas de vivir noventa años sin pasar un día de mucho calor o mucho frío gracias al gas y el aire acondicionado. Que tenían resguardados casi todos sus derechos. Con internet y toda su oferta gratuita de entretenimiento a sus manos. Con acceso ilimitado a aquel condimento tan preciado en la África del medioevo – la sal. Tanta sal como Musa tenía oro. Pero que sin duda fueron muchas veces más infelices que él.

Tal es la impotencia final del progreso y la relatividad del dinero. Es verdad susurrada que toda la riqueza del primer mundo no contenta a sus habitantes, cuyo mayor lujo es seguir muertos de la envidia. Evidencia de lo cual es admitir que todos en algún momento hemos fantaseado con ser príncipes en un pasado sin microondas. O con gozar más, a pesar de nuestras actuales comodidades, en el futuro que nos prometen tanto populistas como autores de ciencia ficción. O en vivir la vida del vecino. Es la verdad y debemos admitirla. A pesar de tanto progreso nunca seremos, plenamente, felices. Ni siquiera en la utopía… Con lo cual mejor vivir para otras cosas.

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No sóc aquí

Pilar Cernuda

Foto: Daniel Pérez
EFE

Comentaba días atrás un miembro de ERC que “lo que no supera nadie es el ridículo, y al ridículo es a lo que nos está llevando la huida de Puigdemont y su empeño en gobernar desde Bruselas”.

Boadella, un genio, que cuando estaba en su apogeo el pujolato en su saga de “Ubú President” se ensañó con Pujol y Ferrusola ridiculizándoles a base de bien, ejerce ahora como Jefe de Estado de Tabarnia, y ha comenzado su mandato con un mensaje institucional de obligada visión para quien busque la vertiente desdramatizada del problema independentista. Comienza con un “No sóc aquí” que rememora el histórico “Ja sóc aquí” de Tarradellas, pero aplicado a quien pretende ser presidente desde fuera de Cataluña. No falsea Boadella su propia situación, porque el mensaje lo grabó fuera de Cataluña, y desde fuera de Cataluña piensa ejercer ridículamente el ridículo cargo de jefe de Estado de un Estado que no existe.

Tabarnia es una broma, pero se puede convertir en algo serio si aglutina a quienes están no ya hartos de independentismo, que también, sino hartos de políticos que con sus disparatadas actuaciones han despojado a Cataluña de su imagen de región avanzada, culta, europeísta, señorial y de sólida economía. Los promotores de Tabarnia, con Boadella a la cabeza, se resisten a que un puñado de políticos que han hecho del engaño su bandera y que han destacado sobre todo su mediocridad, lleven a Cataluña al abismo. Cuentan con dos millones de votos, es cierto, pero en ese triunfo innegable tiene mucho que ver que la falacia suele encontrar terreno abonado para conseguir adeptos, y si han demostrado sobradamente su torpeza en los asuntos de gestión, sin embargo son espléndidos en los de comunicación, y sus lemas sencillos y reiterativos, aunque mendaces, han calado en parte de una sociedad dispuesta a pensar que España es el origen de todos sus males. No ha ayudado mucho la acción de los sucesivos gobiernos centrales, también hay que decirlo, por eso están las cosas ahora como están. Mal. Sin embargo, la idea de Tabarnia y el fichaje de Boadella suponen un elemento de esperanza: nada mejor que echar mano del ridículo para destrozar al adversario.

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Cuarteles de invierno

Daniel Capó

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

Por los despachos del poder empiezan a circular telegramas de cansancio con el PP. Son desahogos en voz baja que, tras el episodio catalán, empiezan a filtrarse a la calle. Ya no cuenta la recuperación económica –¿achacable a las buenas políticas del gobierno o a los vientos de cola internacionales?–, sino una sensación de fatiga generalizada. Cuestión de imagen, tal vez: Rajoy sería un presidente del siglo XX para un país ansioso de novedades. El primer gran impulso de cambio generacional tuvo lugar en la década de los ochenta, cuando empezó a construirse el modelo territorial de las autonomías, el Estado del bienestar y una democracia inserta en el corazón de Europa. El segundo gran cambio generacional está sucediendo ahora, tras el crash económico de 2008 y el cuestionamiento de las instituciones del 78. ¿Una época nueva exige nuevos partidos? No necesariamente, pero sí elites distintas y relatos que conjuguen otra gama de valores. El principal riesgo del PP se mide según este binomio: mala selección de los cuadros de mando y ausencia de un relato de futuro. A lo que se añade el pesado fardo de la corrupción.

Los rumores en Madrid insisten en que Rajoy no tiene intención de acortar la legislatura y que es probable que, antes de la primavera, acometa una remodelación del Gobierno. Esto último, de ser cierto, iría contra los instintos más básicos del presidente, que valora la estabilidad como un activo fundamental. Con Soraya amortizada dentro de la derecha española y De Guindos mirando de reojo hacia Europa, es posible que Rajoy –uno de los grandes animales políticos de estos últimos treinta años- empiece a pensar en ir retirándose a sus cuarteles de invierno. Posible, pero no probable. El poder busca perpetuarse y rara vez los cambios de ciclo son suaves. A su favor, el PP cuenta con una base de voto muy notable –quizá del 30 %– y con un momento económico que favorece la firma de presupuestos más generosos. Mientras tanto, el PSOE de Pedro Sánchez llama a la puerta de Cs. Por ahora con disimulo. Más adelante será distinto.

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