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Diamantes de sangre, diamantes de muerte

Melchor Miralles

Foto: Finbarr OReilly
Reuters/Archivo

No he podido evitar escribir sobre este asunto del diamante de Sierra Leona. Al ver la foto, esa mano negra, la piedra preciosa, el agua sucia… Se me han revuelto los recuerdos de la primera vez que pisé Freetown, el viaje hasta Madina, la selva, la frontera con Conakry, los jóvenes que fueron niños soldados en contra de su voluntad, sus miradas, sus palabras, esa cuneta maldita en la que asesinaron a Miguel Gil. Sierra Leona, donde se libró una de las guerras más repugnantes que conoce la historia. Por los diamantes, los putos diamantes, y todo lo que rodeaba el control de esas piedras, que llevó el país al desastre ante una comunidad internacional que, como casi siempre, llegó tarde.

Un pastor cristiano encontró el miércoles uno de los diamantes más grandes del mundo en Kono, al este de Sierra Leona. 709 kilates. Ahora está en el Banco Central. El presidente agradeció al jefe local que no sacara el diamante de Sierra Leona, y añadió que “los propietarios deben obtener lo que se les debe y el hallazgo debe beneficiar al país en su conjunto”. Es más que probable que el beneficio sea exiguo para el país, incluso para el propietario, porque siempre es así.

África es un nido de corrupción en buena parte de los Gobiernos, que lo han aprendido con tino de ese “primer mundo” que de vez en cuando lava su conciencia con su ayuda insuficiente y tardía. El pastor que encontró el diamante y sus colegas de Kono, gente decente como la mayoría allí, al menos, no han perdido la vida. Hace no mucho les habrían cortado el cuello a machetazos tras pillarles la piedra con la que habrían comprado las armas para alimentar la guerra para controlar el país. El círculo vicioso que se repite y se repite. Diamantes de sangre. Diamantes de muerte. Diamantes de mierda que debieran haber hecho de Sierra Leona un país rico y próspero, pero que lo convirtieron en un gran cementerio. Y ahí siguen, peleando la vida, con una sonrisa. Y con un par.

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Emmerson Mnangagwa, el 'hombre más rico de Zimbabue' y sustituto de Mugabe

Redacción TO

Foto: PHILIMON BULAWAYO
Reuters

Emmerson Mnangagwa, exvicepresidente del Gobierno de Mugabe, siempre quiso el poder en Zimbabue. Su ambición, que era un secreto a voces, se ha hecho realidad después de jurar su cargo como presidente interino tras la dimisión el pasado martes del dictador Robert Mugabe, quien dirigió al país con mano de hierro durante 37 años.

Pero ¿quién es en realidad este hombre? A Emmerson Mnangagwa se le conoce como el ‘cocodrilo’ por su astucia política. Wikileaks le acusa de explotación ilícita de minas en la República Democrática del Congo, con más de 1.100 minerales y metales preciosos.

La BBC publica que el hombre que ejerció durante décadas como ministro de Defensa, recibió entrenamiento militar en China y Egipto; fue torturado por las fuerzas de Rhodesia (nombre que recibió Zimbabue cuando fue colonia británica, de 1923 a 1980); ayudó a dirigir la guerra de independencia en los años 70; se convirtió en jefe de los espías del país durante la guerra civil de los 80 y fue acusado de planear ataques contra simpatizantes de la oposición en las elecciones de 2008.

Mnangagwa, de 75 años, llegó a Harare 72 horas antes de su investidura después de pasar algunos días en el exilio tras su destitución el 6 de noviembre, por orden de Mugabe, de 93 años, quien supuestamente quería favorecer las ambiciones políticas de su mujer Grace Mugabe. El ex número dos del régimen fue nombrado el domingo presidente del partido en el poder, el Zanu-PF, y candidato a las elecciones presidenciales de 2018.

Un ‘cocodrilo’ adinerado

Según The Citizen, Mnangagwa es conocido también como ‘el hombre más rico de Zimbabue’. Su nombre ha aparecido en las filtraciones de Wikileaks por supuestos acuerdos ilícitos en trabajos de las minas en la República Democrática del Congo.

El calificativo de ‘hombre más rico de Zimbabue’ se lo dio un embajador de Estados Unidos en 2001 quien lo llamó así en algunos documentos filtrados en Wikileaks, aunque la riqueza del político no ha sido estimada.

El medio señala que Mnangagwa tiene estrechos vínculos comerciales con el coronel Lionel Dyck, un oficial blanco del ejército de la antigua Rhodesia que fundó Mine Tech, una empresa de limpieza de minas, que obtuvo contratos lucrativos con el gobierno de Zimbabue tras la guerra.

El año pasado, el Gobierno tomó el control de todas las operaciones de diamantes ya que aseguraba que “los mineros han robado la riqueza del país”. Hasta entonces, el Gobierno era el socio principal de las empresas extractoras de diamantes, llevándose el 50% de los beneficios, según la BBC.

Varias fuentes, incluidos los medios de comunicación de Zimbabue y del Reino Unido, alegan que Mnangagwa ganó gran parte de su dinero mientras era secretario de finanzas en Zanu-PF. Esto, de acuerdo con unos informes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 2002 y 2003, fue complementado por su participación como uno de los explotadores de minerales ilegales en el la República Democrática del Congo. El informe menciona a Mnangagwa en una larga investigación de las Naciones Unidas sobre el saqueo de la riqueza mineral del Congo, añade The Citizen.

¿Más democracia?

El cambio de presidente no garantiza “más democracia”, según el analista Rinaldo Depagne, del International Crisis Group (ICG).

Y la población es consciente de ello. “Con elementos del Zanu-PF todavía en el poder, tengo dudas de que haya avances”, dice Munyaradzi Chihota, un empresario de 40 años. “No queremos que cambien a un dictador por otro”, afirma por su parte Oscar Muponda, otro habitante de Harare, la capital.

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Seguidores del exvicepresidente Emmerson Mnangagwa esperan su llegada a Harare el 22 de nobiembre. | Foto: Mike Hutchings / Reuters

Emmerson Mnangagwa ha sido un hombre clave en el aparato de seguridad del Estado y estaba al mando en las sucesivas olas de represión de los últimas décadas, informa AFP.

Amnistía Internacional ya ha pedido al nuevo presidente que evite los “abusos del pasado”, recordando que en los 37 años de presidencia de Mugabe “decenas de miles de personas fueron torturadas, desaparecieron o fueron asesinadas”.

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Así ven el mundo los millennials: 5 cosas que no sabías de ellos

Callum Brodie

Foto: Maxim Shemetov
Reuters/File

Más de la mitad de la población mundial tiene menos de 30 años. Cerca de 25.000 personas de entre 18 y 35 años de edad de 186 países y territorios han participado en la Encuesta Anual de Global Shapers 2017. Esta ha revelado que los millennials son una fuerza cada vez más poderosa y constituyen el futuro de la sociedad pero, el 55,9% de ellos considera que sus opiniones no se tienen en cuenta al tomar decisiones importantes. La influencia de los millennials solo se hará más fuerte a medida que ocupen un porcentaje cada vez mayor de la fuerza de trabajo mundial y la base de votantes, y su poder adquisitivo crezca.

La Comunidad de Impulsores Mundiales (Global Shapers) del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), ha sido la encargada de recoger los datos de la encuesta, que ofrece una perspectiva interesante de cómo los millennials ven el mundo y sus desafíos. Estas son cinco cosas que no sabías de ellos:

El cambio climático, una prioridad

De todos los temas que afectan el mundo de hoy, los jóvenes están más preocupados por el impacto del cambio climático y la destrucción general de la naturaleza. Este es el tercer año consecutivo en que el cambio climático se vota como el problema mundial más importante, lo que indica que los jóvenes aún no están convencidos de los esfuerzos globales —como el Acuerdo de París— para enfrentar el problema.

Quizá no resulte sorprendente que el nivel actual de inestabilidad global, las guerras y la desigualdad se enumeran como la segunda y tercera preocupación más grande. La pobreza, los conflictos religiosos y la responsabilidad y transparencia de los gobiernos también ocupan un lugar destacado.

Así ven el mundo los millennials: cinco cosas que no sabías de ellos 2
El cambio climático es el problema mundial más importante para los millennials | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

No confían en los medios ni en los gobiernos

El crecimiento de la desconfianza hacia los medios de comunicación entre los millennials se puede explicar por el surgimiento de noticias falsas durante las recientes elecciones en todo el mundo. Poco más del 30% de los encuestados dijeron que confiaban en los medios de comunicación, en comparación con casi el 46% que dijo que no lo hacían.

Existen niveles similares de desconfianza hacia las grandes empresas, los bancos y los gobiernos. Esto refleja el hecho de que al 22,7% de los millennials les preocupa la corrupción. Las instituciones a las que los jóvenes consideran más dignas de confianza son las escuelas, las organizaciones internacionales, los empleadores y los tribunales de justicia.

Así ven el mundo los millennials: cinco cosas que no sabías de ellos
Instituciones en las que confían los millennials | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

Workaholics

En algunas ocasiones se ha tachado a los millennials de ser perezosos, sin embargo, los datos recogidos en la Encuesta Anual de Global Shapers 2017 demuestran que, en realidad, están muy enfocados en su carrera profesional.  Ante el reto de los jóvenes de enfrentarse a nuevas oportunidades de trabajo, el salario es una de sus principales preocupaciones, seguido por la identificación con una meta y el progreso profesional. Solo alrededor del 16% aseguró estar dispuesto a sacrificar la carrera y el salario para disfrutar de la vida.

Para confirmar el punto de que los jóvenes no son holgazanes, la encuesta reveló que el 81,1% de los encuestados estaría dispuesto a trasladarse al extranjero para avanzar en su carrera.

Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Alemania y Australia se consideran los países más atractivos para trasladarse por una oportunidad de trabajo.

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Países a los que prefieren trabajar los millennials | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

¿La tecnología destruirá empleos?

Los avances tecnológicos de los últimos años han despertado la preocupación dentro de la sociedad en general de que los empleadores buscarán cambiar trabajadores humanos por robots. Sin embargo, el 78,6% de los jóvenes  cree que la tecnología generará empleos en lugar de destruirlos.

Cuando se les pidió que nombraran la próxima gran tendencia tecnológica, el 28% de los encuestados dijo que la inteligencia artificial tendrá el impacto más significativo. Consideran que la educación es el sector con más probabilidades de beneficiarse de la adopción de nuevas tecnologías.

Sin embargo, solo el 3,1% de los encuestados confiaría en los robots para tomar decisiones en su nombre. Ante la posibilidad de insertar un implante debajo de la piel, el 44,3% de los jóvenes encuestados rechazó la idea.

Así ven el mundo los millennials: cinco cosas que no sabías de ellos 3
Los millennials no confían en los robots para tomar decisiones en su nombre.| Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

Se preocupan por los refugiados

Según la encuesta de este año, esta es una generación empática. Esto quizá se refleje mejor con el hecho de que casi tres cuartas partes, el 73,6 %, aseguraron que recibirían refugiados en su país.

Ante la pregunta de cómo deberían responder los gobiernos a la crisis mundial de refugiados, más de la mitad, el 55,4 %, sostuvo que sería necesario hacer más para incluir a los refugiados en la mano de obra nacional. Solo el 3,5% dijo que se debería deportar a los refugiados.

En tiempos de incertidumbre global y de tendencia al aislacionismo, la gran mayoría de los jóvenes, el 86,5%, se considera simplemente “humano”, en lugar de identificarse con un país, una religión o un grupo étnico determinado.

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Los millennials se muestran dispuestos a acoger refugiados. | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

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Hay una gran literatura africana (y la estamos ignorando)

Jorge Raya Pons

Foto: Neil Hall
Reuters

Cuenta Sonia Fernández, experta en literatura africana, que el conocido autor Nuruddin Farah supo expresar con acierto la situación de silencio que sufren los autores africanos en el mundo editorial, salvo por excepciones como la suya: soy el somalí que el mundo ha aceptado en la fiesta. En la misma lista de invitados aparecen nombres como J.M. Coetzee o Chimamanda Ngozie Adichie. Ambos en grandes editoriales, con difusión y lectores; el primero con un Premio Nobel de Literatura, incluso. Con todo, la realidad nos demuestra que existe toda una literatura riquísima que no llega a las librerías o que, solamente a veces, asoma con timidez en los últimos estantes.

Hace unas semanas, en los días anteriores a que se anunciara el ganador del Premio Nobel de Literatura de 2017, cobró fuerza el nombre del keniano Ngugi Wa Thiong’o. Pero se lo llevó Kazuo Ishiguro. “La literatura africana es muy desconocida”, dice Fernández, con cierto lamento. “Encontrar un libro de literatura africana en una librería es muy difícil. Este año he empezado a ver, y es algo significativo. Pero muy poquito, a cuentagotas”.

El escritor Antonio Lozano ahonda en el debate y afirma: “Es como si no existiera: le hemos dado la espalda”. Luego añade: “La literatura africana no es que haya sido olvidada, es que no ha sido visitada. Existe un cuerpo literario riquísimo desde los años 20 hasta ahora. Pero es raro encontrar a gente que haya leído literatura africana”.

Así pues, a beneficio de la literatura africana, surgen varias preguntas.

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Chinua Achebe, posando para una entrevista en 2008. | Foto: Craig Ruttle/AP

¿Cómo hacer que el lector español (o europeo) se interese por esta literatura?

Fernández reconoce que no aboga por ofrecer privilegios como método: “No soy partidaria de que haya que darle visibilidad por ser de África”. Pero asegura que la mejor manera es esforzarse en dar difusión a las obras que nos gustan. “Una forma que hemos encontrado últimamente y que está dando mucho resultado son los clubs de lectura basados únicamente en letras africanas”, dice. “Es una forma de dar visibilidad”.

Esta postura guarda muchos puntos comunes con las propuestas de la novelista ecuatoguineana Remei Sipi Mayo, afincada en Barcelona. “Debemos hacer mucho trabajo de campo”, dice. “Difundir para crear interés en el público llano. Tanto por la literatura como por África, que no interesa”.

La escritora sostiene que hay dos razones por las que no se lee literatura africana: porque –a priori– no tienen lectores y no dan dinero, por lo que las editoriales grandes renuncian a ella, y porque África no interesa: “La gente solo conoce África por estereotipos: mujeres sumisas, niños con los mocos caídos, etcétera”.

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Nuruddin Farah, durante una entrevista. | Foto: Thomas Mukoya/Reuters

En su ansia por encontrar lectores, ¿para qué público están escribiendo los autores africanos?

Fernández responde con entusiasmo: “Es uno de los eternos debates”. Dice que la mayor parte de los temas que preocupan a los escritores de África tienen que ver con nuestra visión respecto al continente. Dice que abordan cuestiones de inmigración, de racismo. “No es lo mismo que una historia que se desarrolla en Uganda con personajes de Uganda y problemáticas de Uganda”, dice. “Esa clase de obras se ven con cuentagotas”.

Y va más allá: clasifica a los autores africanos –si puede aplicarse como concepto más que como gentilicio– en tres categorías. El primero tiene que ver con los autores que viven, escriben y publican en África. El segundo, con los que han vivido en África pero, por circunstancias laborales o personales, han salido al extranjero y han desarrollado su obra en Europa o Estados Unidos. El tercero, con los que no han nacido en el continente africano, aquellos que son de segunda generación. Dice que los dos últimos grupos acaparan el 90% de la literatura africana que llega a nuestras manos.

“Sin duda el escritor africano escribe más bien para el lector europeo y americano, o en todo caso para la élite cultural de sus propios países”, comparte Lozano. “Hay que pensar que estos países suelen tener una alta tasa de analfabetismo”. En este sentido, surge la cuestión de la lengua: conforme menos extendida esté la lengua de los escritores, más difícil es encontrar un mercado. A veces es incluso imposible encontrar traductores. Por ello, muchos renuncian a sus idiomas maternos para escribir en la lengua de los colonizadores, principalmente francés o inglés. Hay honrosas excepciones, como el propio Ngugi, que renunció al inglés en los 70 para escribir únicamente en kikuyu, exclusivo de su etnia. Y esta es una cuestión que genera cierta discusión entre autores, que se cuestionan entre sí el compromiso con su cultura en función de la lengua que emplean.

“Los autores africanos suelen escribir en las lenguas del antiguo colonizador y en países ajenos al suyo”, continúa Lozano. “Es que la industria editorial está poco desarrollada en África, sobre todo en la África negra. Aunque en el Magreb, por ejemplo, hay muchos escritores que escriben en árabe y publican allí”.

A pesar de estas posiciones, Sipi Mayo no se resigna a aceptar esta visión. “Los autores africanos no escriben para el público europeo, solamente”, dice, desencantada. “Tampoco para el público africano, solamente. El escritor escribe para que le lean, sin elegir el público. Para que le lean y sobre lo que conoce”.

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Ediciones en castellano de ‘Todo se desmorona’, de Chinua Achebe (Mondadori), y ‘Mi carta más larga’, de Mariama Ba (Altaya).

¿Con qué libros o autores hacer la primera incursión en las letras africanas?

“Hay bastante literatura africana traducida al español”, arranca Lozano. “La Casa de África ha hecho una colección que tiene ya 18 títulos importantes, pero hay otras editoriales que también han publicado cosas. También es verdad que son editoriales pequeñas, de difícil acceso”. Así, Fernández recomienda que el lector comience con títulos más recientes, que aborden problemas de hoy, para luego continuar con los clásicos, aquellos centrados en la etapa precolonial.

Lozano se lanza a dar nombres: “Hay títulos fundamentales, como Todo se desmorona, de Chinua Achebe. Hay novelas reivindicativas muy importantes, como El baobab que enloqueció, de Ken Bugul. O la primera gran obra feminista, que es Mi carta más larga, de Mariama Ba. O Boubacar Boris Diop, del que destacaría Murambi, que es una obra sobre el genocidio de Ruanda”.

A estos, Sipi Mayo añade nombres como la propia Chimamanda o Buchi Emechita, aunque también incluye a Colson Whitehead, que es estadounidense. Lo hace por su libro El ferrocarril subterráneo. “Describe la situación de la gente que vivió la esclavitud”, dice la escritora. “Y si hablas de esclavitud, tienes que partir de África”. Para Sipi Mayo, esta literatura también forma parte de las letras africanas.

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La impunidad de los crímenes contra periodistas, un obstáculo a la libertad

María Hernández

Foto: CATHAL MCNAUGHTON
Reuters

El periodismo es una de las profesiones más peligrosas en algunos lugares del mundo. Secuestros, torturas, detenciones arbitrarias y asesinatos tienen a los periodistas como objetivos en algunos países donde no se respeta la libertad de prensa.

El 2 de noviembre se celebra el Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas para recordar que el 90% de los asesinatos de los informadores queda impune, lo que “daña a la sociedad en su conjunto al encubrir la corrupción, los abusos graves de derechos humanos y muchos otros crímenes”, denuncia Naciones Unidas.

Para concienciar sobre este grave problema, la Asamblea General de la ONU aprobó en 1997 una resolución instando a los estados miembros a hacer todo lo posible para acabar con la violencia contra los trabajadores de los medios de comunicación y asegurar que los responsables de dichos actos sean juzgados. “La impunidad solo agrava la situación, y mientras los autores de los crímenes sepan que no deberán responder por sus actos, los periodistas seguirán siendo blancos fáciles”, explica la Unesco.

Más de 900 periodistas asesinados en 11 años

Un total de 1.259 profesionales de los medios han sido asesinados desde 1992, de acuerdo con un informe de la ONU. Sólo entre enero y octubre de 2017, 51 informadores han sido asesinados, denuncia el Comité para la Protección de los Periodistas.

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Una pancarta dice “no se mata la verdad matando periodistas” en una protesta tras el asesinato de un periodista en México. | Foto: Stringer/ Reuters

Estas cifras no incluyen otros actos de violencia contra periodistas como torturas, detenciones arbitrarias, secuestros, intimidación o acoso, por lo que las cifras de delitos contra este colectivo son mucho más elevadas.

¿Cuál es el motivo?

La principal causa de estos crímenes –  asesinatos u otro tipo de violencia – es impedir la publicación de noticias relacionadas, sobre todo, con la corrupción o la guerra.

La información relacionada con la guerra es la más perseguida, seguida de la información política, la relacionada con la violación de los derechos humanos, la corrupción y el crimen organizado.

“El tipo de noticias que son ‘silenciadas’ es exactamente el tipo de información que necesita la opinión pública”, asegura la ONU. “La información es esencial para tomar las mejores decisiones en la vida, ya sean económicas, sociales o políticas”, añade la Unesco, organismo para el que la información de calidad es la base de cualquier democracia y garantía de una instituciones eficaces.

¿Dónde hay más asesinatos?

Ya sea por el número de asesinatos que se producen o por las dificultades que tienen los periodistas para cumplir con su trabajo de una manera pacífica, hay países donde los periodistas sufren graves riesgos a la hora de desarrollar su profesión.

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Un mural con fotografías de numerosos periodistas asesinados fue colocado en el Ministerio de Interior de Ciudad de México como protesta por el asesinato de un periodista. | Foto: Rebecca Blackwell/AP

El primero es Irak, donde 185 periodistas han sido asesinados desde el año 1992, según datos del Comité para la Protección de los Periodistas. A Irak le sigue Siria, con 113 asesinatos, Filipinas con 78, Somalia con 64 y Pakistán y Algeria con 60. También Rusia, Colombia y México están en la lista de países donde no se respeta la libertad de prensa y los profesionales sufren sus consecuencias con detenciones y crímenes.

¿Dónde hay más impunidad?

La impunidad crece en escenarios de conflicto donde poderosos actores, a menudo, emplean la intimidación violenta para controlar la cobertura informativa”, explica el Índice Global de la Impunidad, elaborado anualmente por el Comité de Protección de los Periodistas. Además, “la ausencia o debilidad de la ley y el orden aumentan la probabilidad de los ataques”.

Somalia, con más de dos docenas de periodistas asesinados en los últimos diez años, lidera este índice en el que se encuentran los países con cinco o más casos de asesinatos no resueltos. En el índice de 2017 se incluyen 12 países: Somalia, Siria, Irak, Sudán del Sur, Filipinas, México, Pakistán, Brasil, Rusia, Bangladesh, Nigeria e India.

Estos países son los responsables de casi el 80% de los crímenes no resueltos ocurridos en el mundo en los últimos diez años hasta el 31 de agosto de 2017, explica el informe.

La lucha contra la impunidad

Actuar contra los autores de estos delitos depende de los gobiernos de cada país. Por eso, la ONU ha adoptado cinco resoluciones que instan a los estados a tomar medidas para promover la justicia y esclarecer los asesinatos de informadores.

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Un grupo de manifestantes protesta por la muerte de tres periodistas en Guatemala. | Foto: Jorge López/Reuters

El Comité de Protección de los Periodistas considera que “la atención internacional a la cuestión de la impunidad por el asesinato de periodistas se ha incrementado en los últimos 10 años”, y explica que 23 países han respondido favorablemente a la solicitud de Naciones Unidas de informar sobre el estado de las investigaciones sobre estos crímenes, lo que supone un pequeño pero importante avance en la lucha contra la la persecución de los profesionales de los medios de comunicación.

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