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Diamantes de sangre, diamantes de muerte

Melchor Miralles

Foto: Finbarr OReilly
Reuters/Archivo

No he podido evitar escribir sobre este asunto del diamante de Sierra Leona. Al ver la foto, esa mano negra, la piedra preciosa, el agua sucia… Se me han revuelto los recuerdos de la primera vez que pisé Freetown, el viaje hasta Madina, la selva, la frontera con Conakry, los jóvenes que fueron niños soldados en contra de su voluntad, sus miradas, sus palabras, esa cuneta maldita en la que asesinaron a Miguel Gil. Sierra Leona, donde se libró una de las guerras más repugnantes que conoce la historia. Por los diamantes, los putos diamantes, y todo lo que rodeaba el control de esas piedras, que llevó el país al desastre ante una comunidad internacional que, como casi siempre, llegó tarde.

Un pastor cristiano encontró el miércoles uno de los diamantes más grandes del mundo en Kono, al este de Sierra Leona. 709 kilates. Ahora está en el Banco Central. El presidente agradeció al jefe local que no sacara el diamante de Sierra Leona, y añadió que “los propietarios deben obtener lo que se les debe y el hallazgo debe beneficiar al país en su conjunto”. Es más que probable que el beneficio sea exiguo para el país, incluso para el propietario, porque siempre es así.

África es un nido de corrupción en buena parte de los Gobiernos, que lo han aprendido con tino de ese “primer mundo” que de vez en cuando lava su conciencia con su ayuda insuficiente y tardía. El pastor que encontró el diamante y sus colegas de Kono, gente decente como la mayoría allí, al menos, no han perdido la vida. Hace no mucho les habrían cortado el cuello a machetazos tras pillarles la piedra con la que habrían comprado las armas para alimentar la guerra para controlar el país. El círculo vicioso que se repite y se repite. Diamantes de sangre. Diamantes de muerte. Diamantes de mierda que debieran haber hecho de Sierra Leona un país rico y próspero, pero que lo convirtieron en un gran cementerio. Y ahí siguen, peleando la vida, con una sonrisa. Y con un par.

El atentado de Londres, en imágenes

Redacción TO

Foto: Stephan Wermuth
Reuters
El atentado de Londres, en imágenes 8
Los primeros homenajes a la memoria de las víctimas del atentado de Westminster llegaron en la misma noche del miércoles. En este ramo de flores puede leerse: “Amor para todos. No tenemos miedo”. | Foto: Hannah McKay / Reuters

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La policía acordonó las inmediaciones del Parlamento tras conocerse el atentado. | Foto: Stefan Wermuth / Reuters
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Un helicóptero ambulancia llega a la zona de Westminster. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

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Una de las víctimas del atropello múltiple es atendido por otros ciudadanos. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Otro plano de la víctima asistida en el asfalto del puente de Westminster | Foto: Toby Melville / Reuters

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Un herido recibe asistencia médica. | Foto: Matt Dunham / AP Photo

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Los paramédicos tratan de reanimar a una víctima del atentado. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Una de las posibles víctimas mortales, tendida en el asfalto. | Foto: Toby Melville / Reuters

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Varios hombres y mujeres siendo evacuados del Parlamento, a pocos metros del ataque. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

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El coche implicado en el ataque y, a la derecha, una víctima tendida en la acera. | Foto: James West / AP Photo

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Un día después, la policía investiga en la zona afectada por el atentado, que sigue acordonada. | Foto: Tim Ireland / AP Photo

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Los miembros del Parlamento británico homenajean un día después a las víctimas del atentado del 22 de febrero. | Foto: AFP Photo

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Una flor en los cordones que acotan la zona investigada por la policía. | Foto: Daniel Leal-Olivas / AFP Photo

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Ramos de flores colocados frente a la sede de Scotland Yard, en Londres, un día después del ataque. | Foto: Will Oliver / EFE
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Alemania ilumina la puerta de Brandeburgo con los colores de la bandera de Gran Bretaña | Foto: Fabrizio Bensch / Reuters

Chuck Berry: nunca se sabe

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Josh Reynolds
AP Images / Archivo

En cuanto supe que había muerto Chuck Berry fui a escuchar “You never can tell”, su alegre canción de 1964, también conocida como “C’est la vie”: música rock, letra bien articulada y tono afectuoso, levemente burlón, sobre el matrimonio de dos adolescentes de Nueva Orleans sin un chavo, que –“you never can tell”, nunca se sabe- sale bien; “Pierre” y la “mademoiselle” prosperan, él encuentra trabajo, ella aprende a cocinar, con el paso de los años su modesto piso se va llenando de estupendos artículos de consumo, incluidos 700 discos de jazz y rock, y, en fin, hasta trucan un viejo coche para volver a Nueva Orleans y celebrar el aniversario de su boda.
Curiosamente esta canción tan feliz en todos los sentidos la compuso Berry en la cárcel, donde lo pasó bastante mal y de donde salió bastante amargado. Treinta años después le dio nueva vitalidad, entre otros, Quentin Tarantino, haciendo que la bailaran John Travolta y Uma Thurman en la famosa secuencia de “Pulp Fiction”. Travolta interpreta a un sicario, y Thurman a la chica de su jefe. Antes de ponerse a bailar se descalzan; ella lleva las uñas de los pies pintadas, y él calcetines agujereados.
Creo que con esa escena Tarantino quería homenajear el madison de Michel Legrand que bailan de manera encantadora, y falsamente improvisada –pues ensayaron cada día durante todo un mes–, Anna Karina, Claude Brasseur y Sami Frey en “Bande à part”, a su vez acaso un tributo al baile de “Parlami d’amore, Mariu” en “Gli uomini, che mascalzoni” de Vittorio de Sica, 1932. Todas, escenas de una gracia misteriosa, y justamente memorables, sobre las que podría extenderme folios y folios pero bastará con decir que pueden verse en youtube.

Flores para DiMaggio

Jorge Raya Pons

Joe DiMaggio era un hombre alto y delgado con unos brazos para el béisbol que no podían tomarse a la ligera. El bateador DiMaggio ganó las series mundiales en siete ocasiones, jugó trece partidos de las estrellas y estableció un récord de hits consecutivos —56— que no ha batido nadie. Pero Joe DiMaggio no solo fue un jugador extraordinario, el mejor de todos, sino también una leyenda. Tanto es así que el escritor Ernest Hemingway le dedicó dos líneas en su novela corta El viejo y el mar:

“Me gustaría llevar al gran DiMaggio de pesca”, dijo el viejo. “Dicen que su padre fue pescador. Quizás fue tan pobre como nosotros y así comprendería”.

Porque Joe DiMaggio creció en San Francisco en una familia con una larga tradición pesquera, de cuando migró desde Sicilia, en una casa abarrotada donde eran nueve hermanos, cinco varones y cuatro mujeres, además del padre y de la madre. Y a pesar de vivir trece exitosos años profesionales en Nueva York, donde jugó para los New York Yankees, tras su retiro decidió volver a casa y abrir un restaurante frente al mar, al que llamó DiMaggio’s.

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Joe DiMaggio conectando con la pelota en un partido de 1949 | Foto: John J. Lent / AP

Era verano de 1966 y Joe tenía 51 años y un pelo gris “que le escaseaba en la coronilla, pero solo un poco”, cuando el periodista Gay Talese apareció sin previo aviso en la puerta de su restaurante y subió las escaleras que llevaban hasta el salón. Desde allí, a lo lejos, pudo ver a DiMaggio conversando con otro hombre. Talese es un tipo discreto y no quiso interrumpirles, así que en lugar de dirigirse directamente envió a un trabajador del restaurante para comunicar su llegada. El trabajador —luego descubrió que era el sobrino de Joe— cumplió con el encargo y DiMaggio optó por abandonar la sala por la puerta de la cocina. Fue el encargado del restaurante quien se ocupó de atenderle.

—¿Se ha marchado Joe? —preguntó Talese.
—¿Qué Joe?
—¡Joe DiMaggio!
—No lo he visto —mintió el encargado.
—¿Cómo que no lo ha visto? ¡Si estaba de pie junto a usted hace un segundo!
—No, ese no era yo —insistió el encargado, sereno.

Talese no soportó las mentiras y le dio la espalda, furioso, saliendo del restaurante y dirigiéndose hacia su coche, y tuvo que alcanzarlo el sobrino de Joe para traerlo de vuelta, esta vez con la promesa de que su tío hablaría con él. Una vez en el restaurante, le invitó a ponerse al teléfono. DiMaggio, que estaba en el otro lado de la línea, habló sin cortesías: “Está violando mis derechos; yo no le pedí que viniera; supongo que usted tiene un abogado; tiene que tener un abogado; ¡consígase un abogado!”.

En realidad, el gran bateador no era tan tímido como receloso de su intimidad, y conocía de primera mano que los periodistas que se acercaban a su restaurante no querían saber sobre él, sino sobre Marilyn Monroe, fallecida cuatro años antes, de la que se había divorciado en 1955. Pudo averiguar más adelante que Talese viajó con otras intenciones.

Joe era la clase de hombre que no sabe amar a una mujer de otro modo que reteniéndola, ignorando que esta es la forma más rápida de perderla. Joe y Marilyn tuvieron un matrimonio breve, de nueve meses. Sin embargo, Joe llenó de flores la tumba de Marilyn durante 20 años, tres veces por semana. No quedó nada de Joe DiMaggio tras su muerte. El bateador de leyenda murió casi 40 años después, el 8 de marzo de 1999, con Marilyn en el recuerdo, con sus fotos por toda la casa, incapaz de amar a otra mujer. DiMaggio se fue viejo y triste y demostrando que un hombre puede ser destruido, pero también derrotado.

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Joe DiMaggio en el funeral de Marilyn Monroe, el 8 de agosto de 1962 | Foto: Staff / AP

¿A quién pedimos cuentas por no acoger más refugiados?

Antonio García Maldonado

La atención a los que huyen de la guerra e intentan entrar en Europa para salvar su vida debería ser una de las prioridades políticas de todas las administraciones públicas. Y así lo reclama cada manifestación que durante los últimos días se ha convocado a lo largo y ancho del continente, con especial fuerza en Barcelona. Se exige un cambio en la política de acogida: más cuotas, mejor trato. Welcome Refugees. Son reclamos legítimos y esperanzadores que yo comparto y defiendo. Hay un deber moral que no se puede eludir, y no hay un “wonderful and beautiful wall” que pare a personas que no tienen nada que perder.

Pero no deja de sorprender que el foco de los reclamos se haya puesto, precisamente, en las instituciones comunitarias. La UE, dominada por los Estados y el Consejo en un momento de repliegue nacionalista y auge del populismo xenófobo, no es culpable de la cuota rácana que cada país ha decidido con el único criterio de que su panorama político no sea engullido por los Le Pen, Wilders, Farage, Orban o Kazynscki. La Comisión es una institución encargada de realizar el trabajo sucio, el brazo ejecutor y no decisor de una política basada en el repliegue identitario del Estado-nación, no en el federalismo europeo. La culpa, por tanto, no es de la Unión Europea, sino de los Estados, ineficientes a fin de cuentas para resolver un problema de esta envergadura, pero que conservan el poder balsámico de la promesa de la frontera segura. Más Europa es menos Estado. Y eso hay que votarlo.

Aunque, siendo los Estados más responsables que la UE, tampoco son estos entes insolidarios por capricho. La realidad es que, a poco que los países aprueban políticas de asilo generosas, la extrema derecha crece. Pensemos en Merkel, a la que creció a su derecha Alternativa por Alemania apenas soltó un Wilkommen a los refugiados. O en Gert Wilders, que sigue subiendo en las encuestas pese a decir que acabará “con la escoria marroquí” de Holanda. Muchos ciudadanos apoyan estas declaraciones. Y esa presión de base se traslada a sus Gobiernos, que su vez empujan en el Consejo para restringir las cuotas de asilo.

¿Qué tal, por tanto, si empezamos por admitir que este no es un problema de una casta de burócratas insolidarios de Bruselas contra un pueblo deseoso de echar una mano frente al drama? A lo mejor más de uno se encontraba, sin darse cuenta, manifestándose contra sí mismo. Estamos en una lucha política entre unos ciudadanos y otros, y es en el mercado político electoral donde se jugará la partida. No en los despachos de Bruselas. Las manifestaciones contra los gestores son necesarias, pero más aún la persuasión con el vecino receloso.

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