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La incomunicación verbal y sus consecuencias

Melchor Miralles

El asunto me parece delirante, pero ha despertado mi interés. Achacarle a Uber la responsabilidad de su divorcio, como ha hecho un ciudadano francés, y reclamar una indemnización de 45 millones de euros resulta de coña, sin conocer el detalle de la causa judicial. Dice el tipo que contrató los servicios de Uber desde el teléfono de su esposa, tras solicitar el servicio y cerrar la sesión, ella estuvo recibiendo notificaciones de sus viajes, el nombre del conductor y la hora de llegada, lo cual despertó dudas en la señora de posibles infidelidades, en un conflicto que terminó en divorcio.

Está el debate sobre la privacidad de nuestros datos cuando contratamos servicios o hacemos compras por internet. Es una batalla perdida. Si lo haces, da por finiquitada tu privacidad. Si quieres mantenerla a salvo, no utilices internet. Así de claro. Me interesa más la incidencia en las relaciones personales de los teléfonos móviles, unos aparatos concebidos para facilitar la comunicación que están acabando con muchas relaciones, fomentando la incomunicación, la introversión, las depresiones, el aislamiento y las relaciones virtuales. Un asunto muy serio.

No soy un antiguo, no reniego de los móviles ni del uso de la red, pero cada día percibo cómo el mal uso de los móviles genera problemas entre parejas o amigos, padres e hijos y todo tipo de relaciones, que se rompen por descubrimientos inesperados, equívocos que hablando cara a cara no se producirían, situaciones confusas consecuencia de acceder a los dispositivos ajenos de hurtadillas. Muchas veces las cosas no son como parecen leyendo un mensaje o siguiendo un rastro por la red. La falta de comunicación verbal es un desastre. Esto es lo serio. De ahí a decir que la culpa de un divorcio la tiene Uber hay un trecho. Este tipo me parece que tiene una jeta importante. Pero igual hasta gana el juicio.

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¿Son realmente privados tus mensajes de Facebook Messenger? Descúbrelo y protégelos

Redacción TO

Foto: Eric Risberg
AP

Más de 1.000 millones de personas se comunican diariamente a través de la aplicación de mensajería de Facebook Messenger. El gigante de las redes sociales asegura que está tomando medidas para mantener segura la información privada de los usuarios. Pero, ¿son seguros realmente esos millones de mensajes? Vyas Sekar, miembro del laboratorio de ciberseguridad de la Universidad Carnegie Mellon de Pensilvania (Estados Unidos) y profesor de Ingeniería Informática, ha dado a la revista Time las claves para descubrirlo y proteger nuestras conversaciones.

¿Qué medidas de seguridad ha implantado Facebook?

La red social utiliza los mismos protocolos de seguridad que los bancos y las páginas web de tiendas, según la propia red social. Además, en Facebook aseguran que utilizan una protección adicional para frenar el spam y el malware. En 2016, la compañía de Mark Zuckerberg incorporó un filtro adicional de seguridad llamado “conversaciones secretas” que ofrece una encriptación similar a la que ya utiliza WhatsApp (también propiedad de Facebook): de extremo a extremo. Eso supone que los mensajes están cifrados desde el emisor hasta el receptor de manera que ni la propia red social puede tener acceso a ello. Sin embargo, mientras, esta opción de cifrado está activada por defecto en WhatsApp y otras apps como Signal, hay que activarlas manualmente en Facebook Messenger. Ese es uno de los primeros pasos necesarios para proteger la cuenta.

¿Se puede burlar la seguridad de Facebook?

“Es importante recalcar que todo puede ser hackeado“, ha dicho el experto en ciberseguridad. Sekar ha añadido que en ocasiones no cuenta solo la seguridad interna del cifrado, sino también si alguien puede tener acceso físico a los dispositivos. Esta última parte es la más importante, puesto que en el momento en el que dejamos que alguien tenga acceso físico al dispositivo la seguridad se puede ver gravemente comprometida con la instalación de una aplicación espía que de un acceso continuo a la información del teléfono o el ordenador, explica el experto.

¿Son realmente privados tus mensajes de Facebook Messenger? Así puedes descubrirlo
Conferencia de desarrolladores de Facebook en San José, California. | Foto: Noah Berger/AP

Otro punto débil son las contraseñas. Al contrario que apps como WhatsApp a las que se solo se puede acceder desde el teléfono del usuario, Facebook es una web con entrada por contraseña. “Para los hackers es posible utilizar herramientas de robo de contraseñas para entrar en la cuenta de Facebook de la víctima. Además, es muy frecuente que la gente dé en su perfil público suficiente información para encontrar la contraseña”, ha advertido Sekar. Por lo que, otro consejo: utilizar contraseñas elaboradas, los expertos recomiendan una mezcla de números, letras y signos, además de utilizar distintas combinaciones para cada red social, correo y aplicaciones.

Además, los hackers también pueden lanzar una aplicación falsa que imite a la interfaz de Facebook y Messenger, lo que implica que el usuario al intentar entrar con su propia contraseña está, en realidad, dándosela a terceras personas, ha avisado Sekar.

Entonces, ¿cómo puedo proteger mis mensajes?

Esta es la recopilación de consejos:

1. Activar el cifrado de extremo a extremo en Facebook Messenger.

2. Mantener el dispositivo físico seguro, con un código de acceso que solo el usuario sepa para entrar al terminar.

3. Poner contraseñas largas, con letras, números y símbolos, diferentes para el resto de cuentas.

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Vértigo

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: ANDREA COMAS
Reuters/File

Fue una imagen triste. El Pleno del Congreso de los Diputados rechazó este martes una proposición no de ley para cerrar filas en la defensa del Estado de derecho. Algunos señalaron la inconveniencia de la iniciativa planteada por Ciudadanos, y otros reprocharon a los socialistas su falta de arrojo para votar con populares y naranjas. No es el cometido de este artículo analizar las razones de una y otra posturas políticas, sino extraer conclusiones de ese desafortunado desencuentro que parece haber debilitado la acción constitucionalista en su misión de frenar el desafío independentista.

La primera de ellas tiene que ver con el alcance geográfico del problema secesionista. Hace ya muchas semanas que constatamos con dolor que, pasara lo que pasara en Cataluña en las próximas fechas, aquella sociedad y sus instituciones quedarían fracturadas y enfrentadas por largo tiempo. Ahora, esa quiebra amenaza con extenderse también al Parlamento nacional. Es cierto que la división no ha llegado a las calles de España, donde los ciudadanos siguen los acontecimientos con una mezcla distancia y desafección, pero la votación del martes ha puesto de manifiesto hasta qué punto el procés ha mediatizado a la cámara legislativa. Es como si ese eje centro-periferia que lleva décadas condicionando las elecciones autonómicas catalanas se hubiera trasladado al Congreso, afectando a la estrategia, el juego de alianzas y el equilibrio de fuerzas políticas, quién sabe si de forma permanente.

La segunda conclusión sugiere un viraje en las filas de la oposición. Aquella alianza moderada que hizo posible un pacto de gobierno, después frustrado, entre PSOE y Ciudadanos hoy sería irrepetible. Ambos partidos parecen haber derivado en oposiciones mutuamente excluyentes, tendencia que aleja la posibilidad de una alternativa al PP que pivote sobre el centro del espectro ideológico. El retorno de Pedro Sánchez al frente de la dirección socialista ha supuesto un desplazamiento hacia posiciones más escoradas a la izquierda, en un intento por recuperar a los votantes que se marcharon a Podemos en las últimas citas electorales, y una reacción casi alérgica a cualquier contacto con la derecha.

Con todo, los flujos de votos que se produzcan entre PSOE y Podemos no alterarán de forma sustancial el peso neto de la izquierda nacional parlamentaria. Así, una vez escenificada la ruptura con sus antiguos socios naranjas, es posible que Sánchez busque el apoyo de las formaciones independentistas para plantear una moción de censura con opciones de prosperar. Es posible también que ese apoyo tenga lugar a cambio de respaldar un gobierno tripartito en unas hipotéticas elecciones autonómicas, presidido por ERC y con PSC y Catalunya sí que es pot como socios comprometidos con la celebración de un referéndum pactado.

Por su parte, Podemos constituye un elemento de inestabilidad parlamentaria, habida cuenta de su carácter antisistema o semileal al sistema, y de su capacidad para condicionar la acción política. La formación no pudo acometer el desborde popular al que aspiraba en las pasadas elecciones y ha perdido apoyo social en los últimos meses. Íñigo Errejón atribuyó los límites electorales del proyecto populista a la ausencia de una crisis orgánica en España. Es decir, el descontento político y social no consiguió deslegitimar las instituciones democráticas, que continuaron contando con el respaldo y el reconocimiento de la mayor parte de los ciudadanos.

En este sentido, Podemos parece haber descubierto en el procés una ventana de oportunidad para desencadenar la anhelada crisis del sistema, y a este propósito parecen encaminadas sus acciones en el conjunto de España. Al mismo tiempo, la formación morada espera que las arriesgadas maniobras emprendidas por Pedro Sánchez y Miquel Iceta terminen por propiciar la ruptura del PSOE. Algo de eso se vislumbró también el pasado martes, cuando varios diputados socialistas rompieron la disciplina de partido para abstenerse en la votación de la iniciativa de Ciudadanos.

En resumen, la votación del pasado martes nos deja la imagen de un bloque constitucionalista dividido que ha de hacer frente a un independentismo sin fisuras. Estas diferencias dan cuenta de que la cuestión nacionalista no ha conseguido difuminar los matices del discurso político de los grandes partidos, pero también evidencian que el eje centro-periferia se ha instalado en el Congreso y que va a debilitar la respuesta común que exige el reto secesionista. Hace unos meses, despedíamos con optimismo un bipartidismo de décadas para dar la bienvenida a un pluralismo que creíamos moderado. Sin embargo, los últimos acontecimientos nos hablan de polarización y crisis orgánica. Nos hemos instalado en el vértigo.

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Choque de trenes

Gregorio Luri

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Una parte de Cataluña, convencida de que representa a la Cataluña genuina, ha decidido crear una situación constituyente para dar forma de Estado a lo que tiene por patria. No soy tan ingenuo como para no saber que las naciones suelen cubrir sus orígenes con un velo púdico, porque así como la moralidad surge con frecuencia de la inmoralidad, la legalidad más de una vez ha nacido de la ilegalidad. No estamos viviendo el primer intento histórico de crear un momento constituyente. Léase a Kelsen o a Schmitt.

Todo momento constituyente es un acto de violencia fundadora que no necesariamente ha de ser sangriento, pero que inevitablemente deja heridas, porque pretende instaurar un nuevo orden jurídico fuera del marco jurídico existente, precisamente porque éste último no contempla otro momento constituyente legítimo que el que de su autoconstitución. Es una apelación a la fuerza de los hechos para romper, de facto, con el orden jurídico que hasta ese momento se había acatado; un intento de crear un contrapoder capaz de impugnar la legalidad imperante por medios no legales para fundar así una fuente legítima de derecho. Se pretende, en suma, imponer la voluntad sobre la legalidad mediante el recurso de presentar a la primera como “voluntad popular”.

En agosto del 2011 Jordi Pujol advirtió: “cal que passi alguna cosa, ni que sigui en forma de xoc de trens, en els anys immediats”. La profecía se ha cumplido. Pero en la Europa actual a nadie le gusta ser señalado como el responsable de un choque de trenes o, de lo que es lo mismo, de un momento constituyente. Por eso hay que presentar verosímilmente el encontronazo como un acto de justicia e incluso como un deber moral. No lo crítico. Lo constato. También constato la torpeza del Estado que, no solamente ha ido siempre detrás de los acontecimientos sino que se muestra incapaz de desarrollar un discurso retórico y simbólico que pueda enfrentarse al discurso independentista. Parece carecer de recursos ideológicos para hacerlo, quizás porque lo que llaman “régimen del 78” los hijos mimados del mismo, sólo supo desarrollar un argumento absurdo para desmontar ideológicamente el nacionalismo vasco y catalán: criticar el nacionalismo.

Pierre Vilar recordaba que mientras Menéndez Pelayo inventaba a “España como ideología”, Michelet, en Francia, se sacaba de la chistera a “Francia como persona”. Quizás por eso cuando hemos querido saber qué era España nos hemos perdido en enigmas, problemas y “vividuras”, mientras que Rovira i Virgili o Soldevila creaban una historia nacional en la que “Cataluña es una persona, no un problema”.

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Pielfinismo en pleno siglo XXI

Carlos Mayoral

Foto: Vincent West
Reuters/Archivo

Créanme, hay un momento al día en que pienso que no podemos tensar más la piel, fina piel, que cubre esta sociedad moderna y avanzada y renovadora y revolucionaria y bla, bla, bla. Pero luego llega la noche para recordarme que siempre hay tiempo para un penúltimo estirón. Es ésta una sociedad ofendida de base, que cree en la ofensa como método para exhibir cualidades morales que no hacen falta ser exhibidas, y que eleva al ofendido a un altar donde será venerado por remover pijiconciencias ocultas. Pero lo peor en esta peligrosa deriva es la tendencia que empieza a calar en el ánimo del pueblo: nada ofende tanto al hombre medio como el arte. Es extraño, pues el arte, elemento disruptivo por excelencia, ha bombardeado otras corazas, pero pocas veces las del pueblo, que suele aliarse con él para enderezar tuertos y desfacer agravios.

Sí, el arte está más perseguido que nunca, los hostigadores son aquellos que siempre estuvieron de su parte. Sin ir más lejos, días atrás, una noticia corría como la espuma por todas las cabeceras nacionales: un colectivo de payasos de no sé qué país europeo exigía la retirada inmediata de la película ‘It’, basada en una novela de Stephen King, por “denigrar la profesión” y, ojo, por “ofender sus sentimientos”. Vaya, la figura ofendida es esta vez, nada más y nada menos, que el payaso, el pilar en el que se apoyó, por ejemplo, Chaplin para darle vida a Charlot, el maravilloso personaje que con tanta elegancia enarboló la bandera de la crítica social y de la ofensa (aquí sí) conveniente. No, señores payasos, el arte, esa arma que ustedes mismos empuñan, no puede censurarse porque la quemadura en la piel fina de esta sociedad lo exija. El arte está muy por encima de eso.

Pero no todas las censuras se cocinan en “no sé dónde”. España, país de extremos, eleva este pielfinismo a la categoría de costumbre. Sin ir más lejos, hace unos días, artistas como Loquillo, Alejandro Sanz o los chicos de Radio Futura veían cómo ciertas canciones de su autoría eran excluidas de las fiestas de un pueblo de Toledo porque herían la piel del concejal de turno. Este concejal, supongo, no sabe que a menudo el arte vive precisamente de eso, de la herida que provoque. De hecho, y volviendo al asunto de los payasos, precisamente el ‘clown’ en el que se apoyó Chaplin para desarrollar su carrera era español, de Jaca, respondía al nombre de Marcelino Ordés y llegó a convertirse en un icono de la sociedad cultural británica y norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Años más tarde, una criada se encontró el cuerpo de “Marceline“ sobre la cama de un modesto hotel de Manhattan, perforada la sien por una bala funesta. ¿El porqué del suicidio? El payaso consideraba que su arte había dejado de herir. En el entierro, allá en el cementerio de artistas de Kensico, Nueva York, una corona de flores destacaba sobre el resto. La enviaba Charles Chaplin, el hombre que pocos años más tarde hirió de muerte al nazismo con el aire cómico de su gran dictador. Y es que la herida, insisto, está por encima del herido.

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