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La incomunicación verbal y sus consecuencias

Melchor Miralles

El asunto me parece delirante, pero ha despertado mi interés. Achacarle a Uber la responsabilidad de su divorcio, como ha hecho un ciudadano francés, y reclamar una indemnización de 45 millones de euros resulta de coña, sin conocer el detalle de la causa judicial. Dice el tipo que contrató los servicios de Uber desde el teléfono de su esposa, tras solicitar el servicio y cerrar la sesión, ella estuvo recibiendo notificaciones de sus viajes, el nombre del conductor y la hora de llegada, lo cual despertó dudas en la señora de posibles infidelidades, en un conflicto que terminó en divorcio.

Está el debate sobre la privacidad de nuestros datos cuando contratamos servicios o hacemos compras por internet. Es una batalla perdida. Si lo haces, da por finiquitada tu privacidad. Si quieres mantenerla a salvo, no utilices internet. Así de claro. Me interesa más la incidencia en las relaciones personales de los teléfonos móviles, unos aparatos concebidos para facilitar la comunicación que están acabando con muchas relaciones, fomentando la incomunicación, la introversión, las depresiones, el aislamiento y las relaciones virtuales. Un asunto muy serio.

No soy un antiguo, no reniego de los móviles ni del uso de la red, pero cada día percibo cómo el mal uso de los móviles genera problemas entre parejas o amigos, padres e hijos y todo tipo de relaciones, que se rompen por descubrimientos inesperados, equívocos que hablando cara a cara no se producirían, situaciones confusas consecuencia de acceder a los dispositivos ajenos de hurtadillas. Muchas veces las cosas no son como parecen leyendo un mensaje o siguiendo un rastro por la red. La falta de comunicación verbal es un desastre. Esto es lo serio. De ahí a decir que la culpa de un divorcio la tiene Uber hay un trecho. Este tipo me parece que tiene una jeta importante. Pero igual hasta gana el juicio.

Si no tiene libros en casa, fóllatelo también

Jesús Terrés

Foto: Eli Francis

Es curiosa, cuanto menos, la necesidad que tenemos (tantos) de justificar lo que en realidad no necesita ser justificado. Rascarte las pelotas en el sofá, follar porque sí, devorar Doritos, beber Coca Cola con 35 gramos de azúcar, ir al cine a ver la segunda parte de John Wick (exterminó a setenta y siete pavos en la primera: no debieron matar a su chucho), comerte un cuarto de libra con queso o leer cómics de grapa; culos, tetas y pollas en Tumblr o escuchar ‘Despacito’. El remix de Justin Bieber. ‘Placeres culpables’, dicen los cursis. ¿Culpables por qué? El placer es placer y jamás tiene nada que ver con la culpabilidad, tan pía. Tan gris.

Con los libros y el sexo pasa un poco igual, culpa —en parte, de John Waters y aquel bonito eslogan suyo: “Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles”. Mentira, claro; pues anda que no habrá empotrado canis el amigo de Baltimore… pero a lo que iba: estos días se celebra la Feria del Libro, con motivo de la efeméride más necesaria y más nuestra: la de la lectura, los libros y las librerías (veintitrés de abril porque ese día fallecieron Cervantes, Shakespeare, Josep Pla o Garcilaso de la Vega)… serán días de comprar miles de novelas -¿algún regalo más bonito en el mundo?- de patear casetas al sol y pasar la mano por tantos tesoros impresos en a saber qué librería de viejo o, quizá, en algún puesto de la cuesta de Moyano, a la vera del Jardín Botánico y el Museo del Prado. “Mientras existan librerías existirá esperanza” es uno de los claims de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros y no puedo estar más de acuerdo; quizá sea en Calders, en Central o en Futurama, en los Viveros de Valencia o en las Ramblas durante la Diada de Sant Jordi. Pero un consejo antes del adiós del negro sobre blanco: si no tiene libros, fóllatelo también.

Aguirre por toda la eternidad

Rafa Latorre

Foto: SERGIO PEREZ

Esperanza Aguirre lleva yéndose desde el San Valentín de 2016. El día en que la Guardia Civil irrumpió en primera de planta del 13 de la calle Génova de Madrid, Aguirre decidió ir yéndose, anunció su dimisión como presidenta del PP de Madrid, asumió “la responsabilidad política de todos esos años” y emprendió un largo adiós en el que lleva ocupada un año y dos meses. 

Siempre que Aguirre anunció que se iba yendo -en 2012 se fue yendo por primera vez- Mariano Rajoy la despidió exactamente con la mismas dos palabras: “Lo comprendo”. La afectuosa despedida del presidente es una declaración política en la que se aprecia con toda nitidez el cariño que le guarda a su compañera de partido.

El día que detuvieron a su sucesor y al que fuera su mano derecha, Esperanza Aguirre derramó ante los periodista lágrimas socialdemócratas en una última impugnación, la estética, del ideario liberal. Porque su legado es eso, la perfecta refutación del programa teórico que comenzó a defender cuando siendo una joven concejala le organizaba homenajes a Ludwig Von Mises.

Independientemente de lo que digan los jueces, lo que ya sabemos es que en Madrid lo público y lo privado se confundían en una sórdida bacanal lubricada por el dinero del contribuyente. Eso fueron el nachismo y el granadismo, dos ramas, ella dirá que dos herejías, del aguirrismo. Eso ocurrió durante “todos esos años”, cuya responsabilidad política asumió la matriarca del liberalismo español realmente existente cuando, mientras la Guardia Civil revolvía los cajones del primer piso del 13 de la calle Génova, se sentó a reflexionar y llegó a la conclusión de que era el momento de empezar a ir yéndose. Por toda la eternidad.

Recomendaciones Subjetivas

Redacción TO

Foto: The Objective
The Objective

Nuestros subjetivos nos sugieren, a propósito del Día Internacional del Libro, una serie de títulos que deberían ser leídos para hacer más entendible nuestro contexto histórico.

¡Disfruten!

La hija de Stalin

Recomendación de Valentí Puig

La hija de Stalin es uno de los personajes secundarios más enigmáticos del siglo XX, aterrada por la vida desde que supo, años más tarde, que su madre se disparó en el corazón. Una infancia en el Kremlin de Joseph Stalin lo pervierte todo o, dicho en otros términos, convierte la vida emocional en una disfunción. Lo cuenta la escritora canadiense Rosemary Sullivan en “La hija de Stalin” (Debate), que viene a complementar los dos libros de Simon Sebag Montefiore sobre Stalin y su crónica de los Romanov. El primer amor de Svetlana fue a parar al Gulag, pero solo a la muerte de su padre en 1953 ella supo del horror estalinista. Huyó de Rusia de modo espectacular, regresó y al poco estaba de nuevo en Occidente, con una vida privada de vértigo. De niña quiso a su padre. Inestable y paranoica, sus cenizas fueron a parar al Pacífico.

Platón y Europa

Recomendación de Gregorio Luri

Llevo a Jan Patocka siempre conmigo. Lo llevo con tanto entusiasmo que hasta me permití la imprudencia de reivindicar su figura académicamente en la Universidad Masaryk de Brno ante  un grupo de discípulos suyos. Aunque es apreciado como uno de los principales fenomenólogos europeos, lo que me interesa especialmente de él es su desacomplejada reivindicación del cuidado autónomo del alma (la “victoria de sí mismo”, diría nuestro Melchor Cano) como nuestra esencia: aquello sin lo cual Europa dejaría de ser ella misma. En la Checoslovaquia comunista esto debía hacerse clandestinamente, en un ejercicio arriesgado de heroísmo de la razón que acabó costándole la vida. Precisamente en un sótano de Praga impartió el seminario recogido en Platón y Europa.

El cuidado del alma tiene, efectivamente, un sesgo subversivo. Por eso mismo comienza a ser urgente reivindicar a Patocka: no puede excluirse la posibilidad de que Europa quiera desembarazarse de sí misma.

La Vegetariana.

Recomendación de Lea Vélez

Rata_, una editorial joven y valiente, con discurso claro, con ánimo de cerrar huecos y carencias entre los lectores, nos trae La Vegetariana, de Han Kang, autora galardonada con el Booker internacional. Es un libro-alimento que he devorado en una tarde. Es trepidante por cómo está narrada la historia sencilla de un matrimonio, de una familia coreana, de su forma de ver el mundo, envueltos en las normas sociales.  Una mujer, sin previo aviso, se sale de lo común dejando de comer carne y esto causa un efecto dominó de momentos cotidianos y reacciones familiares lleno de sorpresa, drama, emoción. Un libro de prosa precisa y trabajada, hipnótico, con imágenes poderosas, poéticas, que fluye como alimento. Un libro sobre el alimento que es puro alimento del espíritu y te hace disfrutar y pensar sin saber qué estás pensando, que es como deben ser los buenos libros.

Martín Lutero. Vida, mundo, palabra.

Recomendación de Juan Claudio de Ramón

Cada elegante elipse de la Tierra alrededor del Sol trae al menos un par de pretextos para leer sobre algún tema de importancia. Este año 2017 viene pintiparado, por ejemplo, para indagar en la abundante literatura sobre la Revolución rusa. Pero también para saber algo más del agustino recoleto que hace quinientos años cambió la historia para siempre, al clavar sus noventa y cinco tesis en el portón de la iglesia del palacio de Wittemberg. En España, Lutero es una figura mal conocida, vista siempre al trasluz de su enfrentamiento con Carlos V. No hay, sin embargo, acontecimiento más importante para comprender el origen de nuestro presente que la Reforma. Por ello, mi recomendación para el día del libro es Martín Lutero: Vida, mundo, palabra, excelente obra de Thomas Kaufmann, editada en España con su habitual pulcritud por Trotta. Breve y accesible, su lectura me ha atrapado. Kaufmann condensa la almendra de las querellas teológicas de Lutero con sus contemporáneos, al tiempo que ofrece las pinceladas históricas que permiten entender que el profesor de Biblia de Wittemberg triunfara como reformador donde otros habían fracasado como herejes: la crisis de reputación de la iglesia existente, el desapego del Imperio respecto del Papado, y de los propios príncipes alemanes respecto del emperador, y la velocisima circulación de textos gracias a la imprenta, que hace de Lutero, dice Kaufmann, «la primera estrella mediática de la historia».

Pero nada hubiera sido igual sin la seductora y compleja personalidad de Martín Lutero: monje y burgués, hereje y profeta, teólogo de la gracia negador de las capacidades humanas en su trato con Dios y, sin embargo, predicador de una voluntad sobrehumana. Escritor de genio, en fin, que disputaba en latín y unificó la lengua alemana, al movilizarla para su empresa evangelizadora. Por lo demás, el que fue hombre de su siglo no tenía la menor idea de estar inaugurando una nueva época histórica. Como otros, pensaba que el fin del mundo estaba cerca y que pronto Dios confirmaría que había enseñado bien. Hay algo conmovedor en esta total certeza de la fe que hoy resulta difícil de entender. Aunque si es cierto, como dejó escrito el propio Lutero, que tener una religión es «tener algo en lo que el corazón confía por completo», puede que aún estemos a tiempo de salvarnos.

El triunfo del objeto

Jaime G. Mora

Foto: Kathy Willens
AP Images

—Tú que trabajas con libros digitales —le digo a A.—, a ver si me puedes convencer de que son mejores que los de papel.

 —No te puedo convencer de eso porque para mí responden a necesidades diferentes —me contesta—. El libro digital es algo muy práctico. Puedes llevar tantos libros como quieras en un único dispositivo. Si te vas de viaje, no es necesario que cargues con varios libros, solo necesitas un ereader. Si quiero leerme los Diarios de Alejandra Pizarnik en papel debo hacerlo, casi por obligación, en casa: es pesado cargar con las mil y pico páginas cada día. Un libro digital me lo puede solucionar. Además, me permite seleccionar fragmentos y encontrarlos con rapidez, no como en papel. Un ebook es especialmente útil en textos académicos. El hecho de poder vincular enlaces al libro hace que puedas enriquecerlo con un montón de contenido: así el lector puede explorar muchos hilos distintos solo con hacer un clic. Todo esto en  libros de formato convencional, con texto plano. En otro tipo de libros ya entran sonidos, imagen en movimiento… Eso solo te lo da un libro digitalme parece muy interesante de cara al público infantil. Luego está el deterioro, que nunca se da. No se agotan, siempre hay stock y puedes disponer de él cuando y donde quieras. Y puedes cambiar el tamaño del texto, el interlineado… es más cómodo para el lector, que lo modifica a su gusto. También promueve la lectura social, que se ha popularizado con el auge de los libros digitales. Consiste en compartir todo lo relacionado con la obra: subrayados, citas, opiniones… Aunque siempre se ha compartido contenido, con el asentamiento del ebook el asunto ha cogido grandesproporciones: muchos usuarios que probablemente ni siquiera conoces están recibiendo tu selección o tus comentarios. Incluso el propio autor. Hay un montón de plataformas de lectura social con éxito. Yo solamente uso Goodreads, pero están 24symbols, un modelo parecido a Spotify. Nubico y Anobii, enfocadas a recomendar y compartir contenido. Wattpad, dirigida a compartir historias. Hasta El País se subió al carro y creó Librotea. En 24symbols y Wattpad se lee exclusivamente en digital. Y también en todas las plataformas de creación de fanfic. En la lectura digital y todo lo que la rodea, Estados Unidos lleva la delantera. El problema del digital es que con las altas tasas de piratería (es facilísimo burlar un DRM) no se puede saber con certeza cuánto se compra. Eso no pasa en papel. Puedes ver a cinco personas leyendo el mismo ebookquizá solo una lo habrá pagado. Es algo descontrolado, como pasó con la industria de la música, por mucho que las editoriales se empeñen en pagar profesionales antipiratería.

 —Pero tú los Diarios de Pizarnik los tienes en papel —le digo por fin a A.

 —Sí, y los de Silvia Plath. Los tendría en ambos formatos, pero el libro en papel es un objeto. Yo de un autor que me gusta quiero tener el papel como un acto de posesión.

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