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Todos a la cárcel

Melchor Miralles

Me lo cuenta un colega que estaba allí, en la Audiencia de Palma. Entraba Urdangarín y la peña, cabreada, le gritaba “ladrón, ladrón”, e incluso una señora, muy caliente, exaltada, lanzó un “todos a la cárcel” rotundo. Todos. Todos al talego. Y me espanta. No. Yo no quiero que vayan todos a la cárcel. No sé a qué “todos” se refería la señora, pero yo quiero que solo vayan a la cárcel quienes hayan sido declarados culpables en sentencia firme. O quienes esperan el fallo definitivo, pero en circunstancias que objetivamente hagan previsible una fuga, o la destrucción de pruebas. O sea, quiero vivir en un Estado de Derecho. Lo siento. ¿Debo pedir perdón a las masas? Pues no lo voy a hacer. No quiero que vayan todos a la cárcel, así, porque sí. Ojo por ojo y todos nos quedaremos ciegos.

Dicho eso, la sentencia del “Caso Nóos” me pareció excesivamente benévola, sobre todo en comparación con otras recientes con la de Fitur. La absolución de la infanta Cristina me resultó incomprensible. Y la decisión de que Urdangarín y su socio no vayan a prisión sin pagar fianza y no se les retire el pasaporte me parece que no resiste comparación con otras decisiones recientes, como por ejemplo la de meter entre rejas a Alvaro Pérez, “El bigotes”, con el que objetivamente hay menos riesgo de fuga que con Urdangarín, y que lleva años sin pasaporte. O sea, que sí, que la ley es igual para todos, pero su interpretación y aplicación no. Y es insoportable. Porque, además, los que salen beneficiados son siempre los mismos. Los que están cerca del poder político, económico o mediático.
Ahora a ver qué pasa con Blesa y Rato, también condenados. Esto es un no parar. Ha habido mucha corrupción, unos pocos se han llevado mucho y muchos llevan años jodidos como consecuencia de la actuación de estos golfos apandadores que no debieran irse de rositas. Pero dicho, esto, comprendido el cabreo general, dejo constancia. No quiero que vayan todos a la cárcel, así, a boleo, a granel. Sólo quiero que vayan a la cárcel quienes hayan sido condenados en sentencia firme. Prefiero cien culpables en libertad a un inocente entre rejas.

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La 'incredible' India no tiene quien hable en sus stands de Fitur

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Estamos sentados frente a una mesa, en silencio. B. B. Mukherjee observa la pantalla de su teléfono, pone la cabeza en alto, con sus gafas de diseño a rayas grises y negras sobre su nariz. Mukherjee luce un estrecho bigote con una forma más parecida a un triángulo que a un cuadrado, y viste un traje descatalogado de franela y color marfil que combina con una corbata de otra década. Estamos sentados a la distancia de un metro y B. B. Mukherjee, que es subgerente del Ministerio de Turismo indio en España, sigue en silencio tras cinco minutos y mirando con atención vídeos indescifrables con un volumen moderadamente alto. Tiene un reloj de oro en su muñeca izquierda y tantos anillos como dedos en sus manos. La responsable de prensa está sentada a mi izquierda y me mira con nerviosismo, como esperando una respuesta, y yo le sonrío y eso le tranquiliza.

Estoy sentado frente a Mukherjee en el stand indio de Fitur porque los dos responsables más importantes de la delegación de la India, que puso mucho interés para promocionar su país y mucho dinero para instalar este espacio tan grande –por no hablar de que el nombre de la marca, Incredible India, aparece prácticamente en cada folleto que circula por aquí dentro como principal patrocinador del evento–, están en sus respectivos hoteles desde una hora indeterminada que no logro averiguar, cuando quedan todavía dos horas para el cierre de la jornada.

La situación es particularmente divertida y extraña. Mukherjee levanta repentinamente la mirada, sonríe mucho y extiende la mano, como advirtiendo –en este momento– que está acompañado. Luego entrecruza los dedos, esperando la primera pregunta, y sus anillos brillan como diamantes.

Le comento, a modo de arranque, que han aumentado mucho su disposición en 2018. Él asiente con la cabeza y dice, con un acento marcadamente indio que solo escuché en películas: “Sí, este año hemos estado en todas las ferias importantes de Europa como patrocinadores”. Pero, casi en una maniobra de escapismo, desvía con velocidad su respuesta y sostiene que India es un país tremendamente rico y diverso, con bosques y templos y ruinas y playas y montañas, y continúa con una explicación nada concisa e inesperada del estado de salud del sistema judicial y político indio y de la calidad sanitaria. “Tendrías que ver qué cirujanos tenemos”, dice, levantando las cejas. “Son muy buenos”.

Después le pregunto por la vocación de su presencia en Madrid y no parece importarle: continúa con su respuesta anterior, explicando las bondades de su presidente y la fortaleza de su democracia, y describe a la India como un país muy rico y “paradójico” donde la riqueza no impide la miseria. Le digo que eso significa que hay mucha desigualdad. El subgerente de Turismo sonríe y concluye: “Sí, qué paradójico, ¿verdad?”.

Y en cada pregunta hay una respuesta similar, como si nos encontráramos en conversaciones ajenas, y la conversación es tan frustrante y claramente incontrolable que finalmente desisto y pienso en la segunda entrevista.

La 'incredible' India no tiene quien hable en sus stands de Fitur
Entrevista a B.A. Devaiah en uno de los stands de ‘Incredible India’. | Foto: Interface

Más al sur, Karnataka

La responsable de prensa se disculpa mientras me conduce hasta el área donde se instala la delegación de Karnataka, una región del sur con 55 millones de habitantes, más salvaje y más verde que el norte –el lugar al que suelen ir a parar los turistas–. La parada está adornada con plantas y una ambientación premeditadamente exótica, con bancos en todas partes y la representación más o menos conseguida de un tigre de Bengala sobre una alfombra verde. Karnataka es una de las zonas que persiguen explotar en los próximos años y hacen un esfuerzo verdadero por crear una imagen atractiva.

Así que el gabinete de comunicación organiza una conversación con el consejero de Turismo, un hombre joven y bien vestido con un inglés perfecto. Esperamos mientras cumple con otro compromiso y al volver se acerca hacia nosotros, con rostro serio, y dice que prefiere no hacerla: se niega, en principio, por estar cansado. Ellos procuran convencerle de lo contrario y finalmente concede una confesión: él no es el consejero de turismo, sino B.A. Devaiah, de Starks Communications, una agencia contratada por el Gobierno regional para representarlos. Lo hace extendiendo una tarjeta que recojo.

Le pregunto si está legitimado para hablar en nombre del Gobierno y él asiente, nos sentamos y hay una conversación fructífera en un primer momento: responde con interés y educación y habla de una región que conoce porque es la suya. Karnataka está en el sur del país y las diferencias respecto al norte, más transitado, más exprimido, son abismales. Un modo distinto de comprender la religión y las tradiciones, un idioma que no es el mismo –hablan mayoritariamente el kannada– y una gastronomía que, presume, únicamente se asemeja en la frecuencia del arroz blanco. Un atributo que, de cualquier modo, comparten la mayor parte de los países de la región.

Devaiah se encuentra menos cómodo y pone más reparos si hay que hablar de seguridad. Él alude, directamente, a las violaciones de mujeres. No las niega, aunque asegura que muchos occidentales viven en la zona y lo hacen con tranquilidad. Dice que si se producen tantas es porque hay muchos habitantes, sin aludir a razones concretas.

–¿Y en cuanto a las infraestructuras?–le planteo.

“Sí, tenemos”, responde, con un largo silencio.

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Enoturismo en Chile: una oportunidad de desarrollo y crecimiento

Lidia Ramírez

Chile está de moda. Tierra de contrastes, en ella se encuentra uno de los desiertos más secos del planeta, el desierto de Atacama, así como una de las zonas más fría de la Tierra, la Antártida. Este pasado 2017, además, el país sudamericano recibió por segundo año consecutivo el premio al Mejor Destino de Turismo de Aventura, concedido por los prestigiosos premios de turismo World Travel Awards.

Todo esto se promociona en el stand de llamativos colores naranjas y azulados dedicado al país en el pabellón 3 de Ifema, donde hasta el 21 de enero se celebra la Feria Internacional de Turismo (Fitur). Música popular chilena suena para amenizar el lugar donde a los visitantes se les agasaja con un vino de la tierra.

Porque ¿qué mejor forma que conquistar a un potencial turista que con un buen vino acompañado de buena música y ambiente? Y es que teniendo en cuenta que Chile ocupa la cuarta posición en el ranking mundial de países exportadores de vino, por detrás de España, Italia y Francia, y que más de 150 países del mundo consumen vino de este país, se puede decir que buena parte de esta conquista está lograda.

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Stand de promoción turística de Chile en Fitur 2018. | Foto: L.R. / The Objective

Sin embargo, el sector enoturístico de Chile no es suficientemente conocido e internacionalmente carece de un posicionamiento relevante. Por eso, uno de los grandes retos a los que se enfrenta este sector es el fomento entre establecimientos empresariales, asociaciones y entidades públicas en torno a una marca global. “Tenemos mayor reconocimiento del vino, que del turismo y el vino. Por eso estamos haciendo esa ligación y esa estrategia de comercialización entre la industria del vino y el turismo”, apunta a The Objective Javiera Montes, subsecretaria de Turismo de Chile. “Hay otros países mucho menos conocidos en el mundo por su vino y, sin embargo, son más reconocidos por el enoturismo. En este punto, todavía tenemos mucho que hacer”, insiste.

No hay duda de que este tipo de turismo es una oportunidad de crecimiento para un país que en 2017  batió un nuevo récord de visitantes, un total de casi 6.5 millones de personas, lo que representó un alza del 13,3% respecto a 2016, nos informan desde el Ministerio de Turismo del país. Y es que el turista vitivinícola es un turista con un valor añadido, “normalmente son personas con alto poder adquisitivo”.

Con más de 340 bodegas abiertas al público, 1.000 kilómetros de viñedo y 78 viñas –según datos de 2016– vinculadas a este mercado (alrededor de 270 no reciben turistas) hacer que estas dos industrias se conozcan es una de las “grandes fallas”, señala Montes, que hasta ahora ha tenido el sector enoturista en Chile. Por ello, sus esfuerzos en estos últimos años se han centrado en desarrollar rutas enoturistas –hasta el momento 11– para promocionar este sector. Estos recorridos transcurren por los principales valles del país donde encontramos centenarias cepas, como la ruta del vino del Valle de Elqui o del Valle del Limarí, ubicados en la región vitícola de Coquimbo; o rutas  por los valles de Valparaíso y del Maipo, este último la región vitivinícola con mayor oferta de viñas abierta al turismo.

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Viñedo en Alto Maipo Viña Undurraga. | Foto: Wikipedia

De esta forma, si en los últimos años unos 600.000 visitantes –30% internos , 60% internacionales– llegaron a alguna de las 78 viñas abiertas al turismo, para el 2020, según la Subsecretaría de Turismo, el objetivo es aumentar en un 40% el número de turistas de viñas, además de “abrir más viñas al turismo”.

Amante del vino tinto, Javiera Montes señala que la producción de vino en el año 2017 alcanzó los 949.000.000 litros, de los cuales 805.000.000 corresponden a vinos con denominación de origen. Las variedades más conocidas son la Carmenere, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Cot, Merlot y Verdot.

Y es que como señalaba el presidente de la Cámara de Comercio de España, José Luís Bonet, durante la conferencia ‘El Futuro del Enoturismo’, “el vino no es solo un placer líquido, es paisaje, es territorio y es nación”. Un gran tesoro de la naturaleza que forma parte del alma y la personalidad de un país.

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Puigdemont 'reloaded'

José María Albert de Paco

Foto: PASCAL ROSSIGNOL
Reuters

Ojalá la Mesa del Parlament no acepte el voto delegado de los diputados fugitivos. No ya porque de ese modo el órgano rector se estaría ateniendo a lo que disponen los letrados, sino porque, además, ello propiciaría que Puigdemont intentara personarse de incógnito en la Cámara el día de la sesión de investidura.

Lo publicaba ayer El Confidencial, y por mucho que el procés nos haya acostumbrado al esperpento, la noticia merece un ¡paren máquinas!: “(Según fuentes conocedoras de los movimientos de Puigdemont, éste se plantea) acceder camuflado al Parlament el día de la investidura”. Sería, prosigue el diario, una de sus “únicas opciones de repetir al frente del Ejecutivo y evitar el desgaste de un destierro casi perpetuo en Bélgica”.

Dado que el presidenciable ya lleva la peluca de serie, cabría esperar de él un redoble de audacia. Que se disfrazara, por ejemplo, de Inés Arrimadas, aun a riesgo de que en la confusión tuviera que corresponder a un achuchón de Xavier Cima, al que apenas sorprendería el súbito acento tractoriano de su esposa, al cabo un caso milagroso de integración.

Sí, la peculiarísima voz de Puigdemont, ese orfeón de gallos, haría sospechar al más crédulo, pero si Jack Lemmon y Tony Curtis lograron dar el pego, cómo iba a ser menos nuestro Fantomas de Amer. Y si no de Arrimadas, de Mayka Navarro, mímesis que acaso comportara que, sin comerlo ni beberlo, el Puchi fuera reclamado para intervenir donde Ana Rosa.

Bien pensado, no habría nada más infalible que la treta Espartaco, a saber: que todos los diputados soberanistas se hicieran pasar por Puigdemont, lo que permitiría al genuino camuflarse entre ellos, o sea entre sí mismo, obrando así el prodigio de quebrar, al tiempo que la ley, la gramática. Y desvelando, de paso, el único sentido posible de eso que llaman ‘una sola Catalunya’.

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Ideología de género y el género del columnismo

Enrique García-Máiquez

Un amigo de las redes sociales se extraña mucho en público y por privado de que yo escriba en The Objective, señalándome cierta querencia del medio por la ideología de género que él y yo consideramos una malandanza. Me ofrece una ocasión estupenda para reflexionar sobre el papel del columnista en los medios. Y si, de paso, podemos evitar cierto desconcierto en los lectores de una o de otra orilla, mejor que mejor.

Si el columnista sólo pudiese escribir en los medios afines, lo llevaría crudo. Siendo reaccionario, como es mi caso, iría listo de papeles. Sólo podría escribir pintadas en los muros de los palacios decrépitos, y eso tampoco, porque él estaría naturalmente en contra de los graffitti. También se perdería uno de los grandes placeres del escritor, que es ser leído por quienes piensan distinto, ganarse su respeto y, ojalá, a veces, su asentimiento.

Por parte del medio, también hay dos condiciones para que esta relación digamos transversal funcione. Que no esté engañado, por supuesto. Y seguro que aquí no es el caso. El jefe de opinión, que me fichó, me conoce de antiguo y de hondo. Cuando él hablaba de que habría diversas sensibilidades políticas en The Objective, de la socialdemocracia al centro-derecha, ya sabía él que yo me salía bastante del abanico, sin duda, pero es que quería que hubiese, de verdad, diversas sensibilidades. El segundo requisito es el respeto a la libertad del escritor, que aquí ha sido siempre exquisito. Llevo mucho tiempo escribiendo lo que me da la gana y nadie ha dicho ni mu.

Volviendo a la ideología de género, la presencia de voces discordantes (y la mía no es la única) es más importante si cabe. Porque, con independencia de que esa ideología esté equivocada o no, que ese no es el tema de esta columna y habrá que discutirlo después, lo más inminente y peligroso suyo es la unanimidad que pretende imponer, poco a poco, con presión creciente, en ámbitos cada vez más amplios de la esfera pública. Que, en tu pequeño ángulo oscuro, te dejen susurrar “no” es muy importante.

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