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Un poli de plástico para la policía de Río

Melchor Miralles

Foto: YASUYOSHI CHIBA
AFP PHOTO

Buceo en las cloacas de Río de Janeiro, cuerdo de atar, siguiendo los pasos del hombre que no fue. Sorteo transeúntes por las favelas. Transito por una ciudad con elevado índice de delincuencia. Pero en dos días no me he cruzado con un solo policía por las calles. Me extraña. Mucho. Y me topo con lo increíble, lo insólito, que es el culmen del periodismo.

Me acerco con mi equipo, pertrechados de cámaras de televisión, focos, micros y esas cosas, a la sede de la Policía Federal de Río de Janeiro. El corazón de la lucha contra el crimen, que aquí es cosa seria. Fuera del edificio no hay ni un agente. Entro. Solicito a un funcionario en un mostrador un portavoz para que me aclare cosas. Doy con un policía uniformado. Me dice que me olvide, que llevan seis meses de huelgas parciales y que no habla ni Dios. Cero posibilidades.

Educado, pregunto si podemos grabar en el exterior, imágenes del edificio. Y una entrevista. Me dice, literal: “el jefe se ha ido a comer. Tienes dos horas para grabar lo que quieras”. Salgo. Tiramos de cámaras. Y veo a un policía en la garita de entrada de vehículos. Me acerco a ver si me cuenta algo. Y me quedo de piedra.

Un poli de plástico para la policía de Río 1
Poli de plástico. Foto: Melchor Miralles.

Llevaba varios segundos interrogándole cuando mi operador de cámara me dice: “Hablas con un muñeco”. ¿Perdoooooooón? Y sí. Un muñeco de plástico instalado para disuadir. Y allí entraba y salía el personal, en coche o caminando. Y el muñeco ahí instalado. De plástico. O de caucho. Pero muñeco. La locura. El descojono. Lo increíble. Una samba del despropósito.

Buceo en la prensa local. En las últimas cuarenta y ocho horas no ha habido ningún asesinato en Río. No hay noticia de ningún delito grave. Igual es que los muñecos son más efectivos que los humanos. Sobre todo tienes la garantía de que no se corrompen. Brasil. Brasil. Brasil. Un carnaval del despropósito.

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De los trastornos y las drogas

Melchor Miralles

Foto: STEVE DIPAOLA
Reuters

Las estadísticas tienen lo suyo, y siempre muchas lecturas. Hoy sabemos que en 2015 250 millones de personas consumieron algún tipo de droga en el mundo, y al menos 190.000 murieron por causas directas relacionadas con los estupefacientes, según el Informe Mundial sobre Drogas de la ONU, que asegura también que casi 30 millones de personas padecen trastornos graves por esta causa. La más consumida es el cannabis, pero la heroína figura como la más nociva y la que más muerte causa. Los números, qué duda cabe asustan.

Me parece un trabajo relevante de la ONU. Los científicos que lo han hecho merecen mi respeto. Pero si se quiere entrar a fondo en la materia hay que ir al fondo. Las drogas lo que son es un gran negocio que enriquece a muchos. Su combate es imposible a nivel nacional, un solo país no puede acabar con la causa del problema. Y como genera ríos de millones de beneficios, quienes se enriquecen a su costa tienen la capacidad de neutralizar con dinero a gobiernos, jueces y policías. Y el problema crece cada año. Y seguimos manejando estadísticas, y escandalizándonos, y lo que nos queda por ver.

Esos treinta millones de personas que padecen los trastornos a que se refiere este informe quizá hayan empezado a trastornarse antes, y por ello han acabado en la droga, donde han encontrado un refugio y un cobijo que no tenían, puede que incluso sabiendo el daño que iba a causarles. Hemos construido una sociedad que cada día genera motivos para el disgusto, el hartazgo, el desasosiego y el dolor. Crecen el hedonismo y el egoísmo, aumenta el culto al dinero y cada vez importan menos los seres humanos, que tenemos sentimientos, sufrimientos, dolores y penas que nos afligen.

Bien por Naciones Unidas, el doctor ya ha diagnosticado la enfermedad. Ahora me gustaría que nos dijeran estos expertos de la cosa cual es la solución. Para acabar con los trastornos, y para que las drogas solo se utilicen para aquellos casos en los que son útiles. Me temo que tardará en llegar.

Contra el mito del auge asiático y el declive europeo

Antonio García Maldonado

Uno de los lugares comunes del análisis internacional dice que el poder se ha desplazado a Asia y que Trump o el Brexit no dejan de ser pataletas ante ese hecho inevitable. Los flujos económicos van hacia esa región, las actividades se deslocalizan en China o Bangladesh, sus economías crecen y emergen grandes clases medias con un poder de consumo que hace las delicias de las grandes compañías internacionales. A este diagnóstico suele seguir el que dice que, en este contexto, Europa estaría llamada a convertirse en un museo para turistas ricos, en una Venecia gigante que sirve de testimonio kitsch del pasado ante su irrelevancia en el presente y el futuro.

Como todo lugar común, tiene algo de cierto pero también mucha adiposidad interesada. Asumir sin matices que el poder reside allí donde está el peso económico es desconocer las nuevas formas de poder, influencia y gestión que las nuevas tecnologías de la comunicación han favorecido. El análisis de la decadencia de Europa y el auge asiático tiene mucho de capitalismo industrial decimonónico, con la fábrica humeante como símbolo del progreso. Tengo para mí que el auge de Asia se debe, en parte, a que se puede gestionar desde Occidente. Sus ciudades están muy contaminadas, los servicios básicos son caros y de peor calidad, la desigualdad hiere, no hay derechos laborales efectivos –y cuando los hay, es fácil eludirlos– y las megaurbes en las que ese “progreso” se estaría manifestando son impersonales y en muchos casos peligrosas. La estratificación es la norma, y los precios son escandalosos.

Es en Europa –o como en Europa– donde desea vivir la mayoría, trabajadores o ejecutivos. Conozco a pocos residentes en Pekín, Yakarta o Singapur que no hayan terminado su etapa asiática con alivio por irse y alegría por llegar a Madrid, Bruselas o Berlín. Muchos de ellos vuelven para formar aquí una familia, ante la imposibilidad o el nulo atractivo de hacerlo en países y ciudades hostiles para ello. En muchas carreras profesionales, la “temporada asiática” es más una mili o un sacrificio en pos de un mejor puesto en Europa en el futuro que un deseo genuino. Incluso en sociedades con una personalidad tan fuerte como la china o la vietnamita, la creciente clase media exige estándares “europeos”.

Si Asia es una opción profesional, Europa sigue siendo una opción vital, que mal que bien conjuga la creación de riqueza con el ocio, la creatividad, el descanso y el bienestar. Si Asia es el auge, contento me quedo entre las ruinas del museo europeo (como hacen muchísimos gestores a distancia de ese teórico esplendor).

Aquí, un PSOE

Jesús Nieto Jurado

Foto: CRISTINA QUICLER
AFP PHOTO

Las vendettas, dentro de la izquierda que se quiere plural y que está ya ‘sorpassada’, vienen siempre camufladas con la etiquetilla de nuevos tiempos. Aceptamos que no hay un gobierno de los mejores, y conforme a esa realidad metafísica se da todo lo demás: la política, la vida. Este Pedro Sánchez victorioso ya ha tirado de sus fieles y de esa amalgama de rencores, fidelidades y causas distintas que han venido llamando militancia. Por la militancia de Sánchez pasan los que un día fueron represaliados, aquellos que un día estuvieron a punto de tocar pelo, alguna veleta ‘errejonista’ que ha visto cómo se las gastan en el partido morado, y hasta una señora de Brazatortas que no deja de ver a Pedro Sánchez como un nuevo Suárez, guapo y renovador según sus entenderas. Y el equipo de Sánchez está ya aquí; de Lastra con sus tácticas guerrilleras  y de Margarita Robles en esa portavocía gritona, con colores juveniles, a la hora que conecta con Ferreras y todo español parece culpable de algo. Y, mientras tanto, el partido que dicen que más se parece a España con el eterno retorno del conflicto catalán, del encaje, o de como quieran llamar estas tiranteces periferiantes para mantener la rosa, siquiera simbólicamente, en el cinturón rojo de Barcelona

El PSOE de Sánchez hará lo posible con más poder; esto es, las consignas más resultonas del zapaterismo vendrán a imponerse como cuestión de fe. Se desconectará con el pasado, y hasta en Andalucía anda el sanchismo dinamitando desde dentro aquellas estructuras que Susana Díaz creyó un día como propias. Y de contenido social, poco, pues que lo importante está en volver a la enésima refundación de este partido de cal y de arena, de rosa y de Íbex, de iluminados y de fontaneros.

Calderiana intempestiva

José María Albert de Paco

Foto: Andreu Dalmau
EFE

En la sección de librería del Corte Inglés no hay libreros, sino empleados que tratan de compensar sus lagunas con una actitud más o menos servicial. Para cualquier letraherido, la experiencia de consumo en estos establecimientos carece del embrujo que envuelve a esas librerías en las que todo está dispuesto para que el comprador se crea poco menos que Harold Bloom, desde la altivez de los dependientes hasta el crujido de las lamas del parqué. Tanto es así que sus propietarios no se consideran exactamente libreros, sino prescriptores del buen gusto, comisarios culturales que, imbuidos de redentorismo, determinan qué obras merecen un lugar de privilegio y cuáles, en cambio, un nicho mortuorio en el más recóndito anaquel.

La librería Calders, de Barcelona, ha declarado en Twitter persona non grata al escritor Gregorio Morán, haciendo así honor a la catalanísima costumbre del señalamiento (ni siquiera la librería Europa llevó tan lejos su bravuconería). Desconozco en qué consiste que una librería te declare persona non grata, ni si los declarantes exhibirán un cartel del tipo ‘prohibida la entrada a perros y mexicanos’. Lo desconozco, digo, porque hasta ahora, por una cuestión de cercanía, era cliente de la Calders, y me consta que no hacía falta que declarasen a nadie non grato para vetar sus libros. Empezando, por cierto, por el libro sobre Ciudadanos que Iñaki Ellakuría y yo escribimos hace año y medio, y que fue la única novedad del sello Debate que, por aquel entonces, no encontró acomodo en el apartado de ensayos políticos. Obviamente, la censurita del tendero no se ciñe a obras menores; en ocasiones, también apunta alto: véase el caso de María Elvira Roca Barea y su Imperiofobia, de cuyo lanzamiento no hubo noticia en la Calders, como no suele haber noticia de nada que huela a disidencia. Puede parecer paradójico, pero el progreso de la humanidad no se debe al sensiblero ingeniero social que pretende salvarte de ti mismo, sino al jefe de planta poco instruido que por cada Roca Barea se lleva un 0,2%. Y en esa evidencia, en fin, radica el gran triunfo de Antonio Escohotado.

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