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Un poli de plástico para la policía de Río

Melchor Miralles

Foto: YASUYOSHI CHIBA
AFP PHOTO

Buceo en las cloacas de Río de Janeiro, cuerdo de atar, siguiendo los pasos del hombre que no fue. Sorteo transeúntes por las favelas. Transito por una ciudad con elevado índice de delincuencia. Pero en dos días no me he cruzado con un solo policía por las calles. Me extraña. Mucho. Y me topo con lo increíble, lo insólito, que es el culmen del periodismo.

Me acerco con mi equipo, pertrechados de cámaras de televisión, focos, micros y esas cosas, a la sede de la Policía Federal de Río de Janeiro. El corazón de la lucha contra el crimen, que aquí es cosa seria. Fuera del edificio no hay ni un agente. Entro. Solicito a un funcionario en un mostrador un portavoz para que me aclare cosas. Doy con un policía uniformado. Me dice que me olvide, que llevan seis meses de huelgas parciales y que no habla ni Dios. Cero posibilidades.

Educado, pregunto si podemos grabar en el exterior, imágenes del edificio. Y una entrevista. Me dice, literal: “el jefe se ha ido a comer. Tienes dos horas para grabar lo que quieras”. Salgo. Tiramos de cámaras. Y veo a un policía en la garita de entrada de vehículos. Me acerco a ver si me cuenta algo. Y me quedo de piedra.

Un poli de plástico para la policía de Río 1
Poli de plástico. Foto: Melchor Miralles.

Llevaba varios segundos interrogándole cuando mi operador de cámara me dice: “Hablas con un muñeco”. ¿Perdoooooooón? Y sí. Un muñeco de plástico instalado para disuadir. Y allí entraba y salía el personal, en coche o caminando. Y el muñeco ahí instalado. De plástico. O de caucho. Pero muñeco. La locura. El descojono. Lo increíble. Una samba del despropósito.

Buceo en la prensa local. En las últimas cuarenta y ocho horas no ha habido ningún asesinato en Río. No hay noticia de ningún delito grave. Igual es que los muñecos son más efectivos que los humanos. Sobre todo tienes la garantía de que no se corrompen. Brasil. Brasil. Brasil. Un carnaval del despropósito.

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Nosotros, los disrrumpidos

Juan Claudio de Ramón

Foto: Geert Vanden Wijngaert
AP

Cuando hablamos de disrupción tecnológica nos solemos referir a los efectos destructivos que sobre empresas y trabajadores tienen adelantos técnicos que de manera súbita hacen obsoletas viejas y asentadas maneras de producir. El ejemplo más claro quizá sea el de los taxistas, que ven desplomarse el valor de sus licencias y desaparecer su modus vivendi ante el auge de las aplicaciones móviles que permiten geolocalizar conductores privados dispuestos a realizar el mismo trayecto a menor coste. En este y en otros sectores, el vertiginoso ritmo que ha alcanzado el cambio tecnológico (admira pensar que el smartphone sólo tiene diez años) abrirá escenarios difíciles de gestionar por los gobiernos. Pero nosotros, los usuarios, a los que se nos suele creer beneficiarios netos de las nuevas técnicas, ¿no hemos sido también disrrumpidos?

El verbo es horrible, el participio feísimo, pero quizá por ello, preciso y adecuado. Basta con pensar en algunos pasos de nuestra vida diaria, antes rutinarios y placenteros, hoy penosos y enmarañados. En el parque empujo el columpio de mi hija, y mientras lo hago, siento la llamada del smartphone en el bolsillo. Al poco tiempo estoy empujando con una mano y chateando con la otra, privándome de ese momento de intimidad con mi hija que no tardaré en añorar. Y si levanto la mirada, veo que a otros padres les sucede lo mismo. Por la noche, intento ver una película con mi mujer. Compruebo que, por buena que esta sea, me cuesta seguir la trama hasta el final. Y es que nuestro lapso de atención se ha reducido enormemente, y ya la mente cede a la distracción ante todo cuanto excede de las pequeñas píldoras informativas de la era digital. Los viejos atracones de lectura, basados en la capacidad de concentración –concentrarse en aburrirse sin dejar de rendir– quedaron atrás.

Leo en este periódico que las apps de mensajería son ya el principal canal de comunicación de adultos y adolescentes. Bien lo sé: cinco chats diversos llevan un rato parpadeando en mi móvil. Antes de que acabe esta columna, los habré mirado. Y aunque lejos de mí cualquier tentación mecanoclasta, me pregunto qué estará haciendo esta tecnología a mi cerebro. No es buena señal que los que la inventaron, allá en Silicon Valley, estén todos arrepentidos. Justin Rosenstein, el ingeniero que diseñó el botón “me gusta” en Facebook, admite que le quita el sueño haber contribuido a alumbrar un mundo en que todos estamos distraídos todo el tiempo. Llevar el dedo a la pantalla del móvil 2.617 veces al día de media no puede ser bueno para un cableado mental que sencillamente no evolucionó para saber hacer varias cosas a la vez.

Ya veremos cómo acaba todo esto. Mi esperanza es que el péndulo vuelva pronto a la posición de reposo. Nos quedan muchas tardes de parque disfrutando de la venerable tecnología lúdica del columpio. La próxima vez, me dejaré el teléfono en casa.

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El más viejo fantasma

Pablo Mediavilla

Foto: Jean-Marc Bouju
AP

Diría que es un sueño, si no estuviera seguro de haberlo vivido. Eran dos o tres mansiones blancas en lo alto de una colina de tierra roja. No tenían puertas, ventanas o muebles; eran carcasas de otro tiempo habitadas por familias enteras; la lumbre al pie de la escalinata y las miradas desconfiadas -quizás solo cansadas- hacia los recién llegados. Los niños, que no tienen miedo, se acercaron, y rieron a carcajadas con la crema solar que les aclaraba las mejillas. Estábamos en una antigua hacienda belga en la región de Bunia, al noreste de la República Democrática del Congo, y los descendientes de los esclavos ocupaban las residencias de los amos.

Cada brazo amputado, cada castigo bíblico que los belgas infligieron a los congoleños para que sacaran más caucho y maderas y oro, engrosó la fortuna del rey Leopoldo II y de Bélgica. Con ella pagó la construcción de la estación de tren de Amberes, una de las más fastuosas del mundo, en la que, como describe W.G. Sebald en su novela Austerlitz: “resultaba apropiado que en los lugares elevados, desde los que, en el Panteón romano, los dioses miraban a los visitantes, en la estación de Amberes se mostraran, en orden jerárquico, las divinidades del s. XIX: la Minería, la Industria, el Transporte, el Comercio y el Capital”. Es una historia vieja y, como todas, ilumina el presente.

Llegan ahora imágenes de ventas de esclavos en Libia. Se sabía ya, pero la CNN ha conseguido las primeras imágenes, grabadas con un teléfono móvil, vehículo del horror contemporáneo. Son jóvenes negros, fuertes, aterrados, y, como antaño, sus cualidades tienen precio. Dice el periodista que el negocio se solventa en minutos. En París, otros jóvenes negros se manifestaron contra la ignominia, y futbolistas negros, como Kondogbia, del Valencia, o Pogba, del Manchester United, han expresado su indignación por el asunto. Desde que Italia -la Italia sobrepasada y abandonada por el resto de Europa en el rescate de refugiados en el mar- paga a los señores de la guerra libios para frenar los envíos a sus costas, el tráfico se ha reducido en un 85%. Los tratantes han virado el negocio, sin más.

La esclavitud no desapareció, solo dejó de practicarse a la luz del día. Es probable que, por cuestiones demográficas, haya más esclavos ahora que en el siglo XIX. Está presente en todos los continentes, en los burdeles de nuestras nacionales y en los campos de cultivo de medio mundo; en los talleres de costura y en las fábricas que, por no saber, no sabemos ni que existen. En la soltura de la transacción libia está la costumbre de lo que nunca se ha abandonado. La imagen digital nos devuelve la incredulidad y el terror ante el más viejo fantasma. Querríamos olvidarlo, devolverlo a la oscuridad, pero una vez visto, ya no es posible.

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Los vencedores siempre pagan mejor

Jordi Bernal

Foto: YouTube
Youtube

Se cumplen 75 años de Casablanca. No es objetivamente la mejor película de la historia del cine, y sin embargo es puro cine. En Casablanca, más precisamente en el humeante bar de Rick, se hacina una manera de hacer cine, de verlo, destriparlo y sobre todo vivirlo. Una mitología anclada en el siglo XX y convertida irremediablemente en nostalgia cinéfila. Aunque algunas líneas de guión todavía refuljan como navajas ansiosas, su invocación solo sirve ya como un guiño cansado o como material con que se forjan ocurrentes tuits.

El film nació con una voluntad manufacturera. Un producto más en la cadena de montaje de la gran fábrica de sueños que fue Hollywood antes de la avalancha de tipos disfrazados de fantoches que vuelan y mareantes videojuegos para adultos infantilizados. Fue pura carambola y azar. Es bien sabido que el libreto se escribió a salto de mata, en orgía de guionistas e improvisando diálogos en el set, que Bogart daba por perdido su pasaje a la fama, que el director de fotografía Arthur Edeson bordeó el ataque de nervios intentando primeros planos de Bergman sin sombras en su peculiar nariz, que el realizador Michael Curtiz naufragó en su intento de imponer control al caos o que los capitostes de la Warner se planearon en varias ocasiones cargarse el proyecto.

Pero tal vez la improvisación y la urgencia sean dos de las condiciones más admirables en esta obra inmarcesible. Pues detrás de una acartonada historia de amor a manera de triángulo melodramático y zurcido con lapidarias sentencias de corazón latiendo a cañonazos, palpamos el transcurrir vertiginoso de su tiempo. El cínico Rick encarna esa América que no tuvo más remedio que mojarse frente a la propagación del horror. Pese a que finja que su nacionalidad es el alcohol y su única bandera un dólar ondeante, el sentimental toma al fin partido por esa Europa amada y perdida (Ilsa) con su mítica y mitificada resistencia (Victor Laszlo). Como compañero de fatigas, el turbio y fascinante capitán Louis Renault, quien mandará al infame gobierno de Vichy a la basura de la historia.

Esa es a mí entender la más emocionante cualidad de Casablanca: convertir un estridente melodrama en un talentoso aldabonazo propagandístico requerido por las circunstancias. Mientras Leni Riefenstahl ofrecía al III Reich un imaginario colosal de fuerza mecánica y masa enardecida, en defensa de los aliados sonaba La Marsellesa empañando ojos y sacudiendo conciencias en un tugurio clandestino de África.

Frente a estadios erizados de antorchas, trapos sangrientos y cánticos oscuros, un enclenque buscavidas neoyorquino prefigura la ética y la estética del héroe existencialista. Luchador contra la anexión de Austria y del lado de los perdedores en la Guerra Civil española. ‘Pagaban bien’, le dice al respecto Rick al capitán Renault. A lo que este último responde inapelable: ‘Los vencedores pagaban mejor’.
Así es. La enseñanza de Rick también supone la aceptación cargada de hombros de que los vencedores siempre pagan mejor.

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Dilemas climáticos

Manuel Arias Maldonado

Foto: John Macdougall
AFP

Mientras las tiendas de ropa siguen sin colocar su stock invernal debido a la benignidad del otoño y unos senderistas españoles despeñaban a un jabalí en los montes asturianos por el puro placer sádico de verlo morir, se celebraba en Bonn durante la pasada semana la llamada COP23, cumbre internacional dedicada al desarrollo del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. En ella, los delegados de los países firmantes trataban de escribir la letra pequeña de aquel acuerdo, que desde su firma se ha visto debilitado por la salida de los Estados Unidos de Donald Trump. Éste, como tantos otros populistas de derecha, es un negacionista climático y actúa en consecuencia. Por eso, resulta mucho más significativa la dificultad que encuentra Ángela Merkel -apodada “la canciller del clima”- para que cumpla sus compromisos descarbonizadores esa formidable potencia industrial que es Alemania. Diga lo que diga cuando salga al estrado.

Yo vivía en Alemania cuando, en marzo de 2011, tuvo lugar el accidente en la central nuclear de Fukushima. Una ola de histeria se apoderó entonces de uno de los países con mayor conciencia medioambiental de Europa; aunque esto último, a juzgar por el singular caso noruego, no implique necesariamente una menor contribución a las emisiones globales. Merkel detectó la posibilidad de poner en marcha una política popular y decretó el cierre de las centrales nucleares alemanas, lanzando con ello el ambicioso Energiewende: un giro energético destinado a convertir Alemania en el país más limpio en el menor plazo posible. Paradójicamente y a pesar de una inversión en renovables no siempre eficiente, ahora el país depende más que nunca del carbón y está muy lejos de cumplir sus objetivos internacionales.

Se trata de un fracaso preocupante, dada la potencia intelectual e industrial de Alemania: si ellos no consiguen descarbonizarse eficazmente, ¿quién podrá? Pero lo sería aún más si no tuviéramos en Gran Bretaña el ejemplo contrario de una exitosa reducción de emisiones lograda por el camino más fácil: la imposición de un elevado precio al carbón que, desincentivando su uso, obliga a las empresas a la búsqueda de alternativas. Políticamente, el asunto puede ser más complicado y ahí está el problema de Merkel: en la pujanza que conserva en Alemania un sector del carbón del que dependen decenas de miles de empleos. El dilema está sobre la mesa en las negociaciones para la formación de gobierno. Mientras los Verdes están por la labor, los Liberales son reacios a empañar su regreso al gobierno con una política tan impopular. Es verdad que el 76% de los alemanes quiere acabar con el carbón del que depende el 40% de la electricidad nacional, pero los empresarios y trabajadores de las regiones afectadas no están tan convencidos.

Estamos ante la enésima demostracion de que el voluntarismo es una mala guía política. No basta con querer cerrar las centrales nucleares; ni siquiera con una firme voluntad descarbonizadora. Es necesario, también, arbitrar las medidas adecuadas para lograr una reducción significativa de emisiones sin especial detrimento para la capacidad energética global: quien esté pensando en el decrecimiento, que se presente a las elecciones. Recordemos todos estos matices, rabiosamente humanos, la próxima vez que cualquiera de nosotros participe en una conversación de sobremesa donde se culpe al “sistema”, en abstracto, de que no termine de llegar el invierno o ya nunca llueva.

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