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El misterioso caso de que no haya futbolistas gais

Miguel Ángel Quintana Paz

España tiene fama de país fiestero. Pero este año 2017 la celebración que nos traerá a mayor número de visitantes no honrará a ninguno de nuestros santos o vírgenes. Será más bien la celebración mundial del Orgullo Gay en Madrid, que está previsto que congregue a entre dos y tres millones de personas.

No es un dato sorprendente: desde hace años las conmemoraciones del Orgullo son el principal acontecimiento festivo de la capital española y uno de los mayores de esta clase en el mundo. Tampoco es un dato aislado: según la última encuesta del Pew Research Center, nuestro país es el que tiene un menor número de personas que consideren moralmente inaceptable la homosexualidad (solo un 6 % de nuestros compatriotas la ven así). Quizá una consecuencia, o una causa de ello, es que España fuese el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo, casi al mismo tiempo que Canadá y solo por detrás de los Países Bajos y Bélgica. Fue en 2005 y el principal partido que entonces se opuso a ello, el PP, celebró hace cosa de dieciséis meses la boda entre uno de sus vicesecretarios y su novio, con asistencia entre otros del mismo Rajoy que diez años antes bramaba contra tal posibilidad. Hoy en día, el futuro electoral que le aguardaría a un partido que abogara por eliminar ese tipo de derechos sería similar al de uno que defendiera que la Tierra es plana o que deberíamos volver a prohibir los matrimonios interraciales. Sus argumentos también lo serían.

Todos estos datos positivos sobre el respeto que existe en nuestro país hacia gais, lesbianas, bisexuales, transexuales y demás minorías sexuales (que es práctico abreviar bajo las siglas LGBT) no ocultan sin embargo dos excepciones señeras. Dos instituciones que se identifican en todo el mundo con lo típicamente español, la iglesia católica y el fútbol, son a su vez nuestras dos asignaturas pendientes a este respecto.

El caso de la iglesia católica española merecería un artículo por sí solo. Baste de momento decir que protagonizó hace once años la principal campaña de oposición a dejar que las personas del mismo sexo disfrutaran felizmente de sus matrimonios, con el extraño argumento de que crear nuevas familias (con padres LGBT) iba a “destruir” las otras familias (con padres heterosexuales). Hoy sabemos que tal hecatombe destructiva no se produjo. Pero todavía su doctrina oficial sigue considerando que los actos homosexuales o las identidades transgénero son ejemplos de “moralidad desordenada” (con poco éxito, a tenor de lo que dicen las encuestas, entre sus propios fieles, todo sea dicho). Además, los sacerdotes que admiten públicamente su homosexualidad son apartados de su cargo. Todo esto no ha cambiado un ápice con la llegada del papa Francisco, que no ha modificado coma alguna de la doctrina oficial (aunque hay que reconocer que sí ha hecho gestos jesuíticos muy bien recibidos por todos aquellos que aman los gestos jesuíticos).

Mas, reconozcámoslo, cuando uno viaja por el mundo y dice que es español lo que un chaval turco te responde o una señora nepalí te recuerda no es ni al cardenal Rouco Varela ni al Opus Dei, sino al Real Madrid y al Barcelona. El fútbol no solo cautiva las tardes de millones de españoles cada semana, sino que resulta una industria lucrativa: un 0,75 % de nuestro PIB nos va en ello. Algunas de las palabras españolas que más se conocen por todo el orbe son “liga” o “el clásico”. Estoy convencido de que cuando visito países lejanos y confieso que no me interesa mucho ese deporte, algunos de mis interlocutores dudan de mi españolidad más que si les soltara una vibrante proclama independentista.

Y bien, esa marca española que es hoy el fútbol conforma también uno de nuestros misterios más misteriosos. ¿Cómo es posible que, de los seis centenares, aproximadamente, de jugadores que disputan la Primera División, y aún más la Segunda, ninguno se identifique como gay? Reconozcamos que las probabilidades estadísticas de algo así son escasas. Más aún cuando sabemos que no se trata de algo exclusivo del fútbol español: sucede igual en las principales ligas del mundo. De modo que seguramente la estadística no es la que nos explique este inaudito fenómeno.

Y sí nos lo explique más, por ejemplo, la historia de Justin Fashanu. Justin fue el primer futbolista de alto nivel que se declaró públicamente gay, ya en 1990. No lo tuvo fácil desde entonces en la liga de su país natal, Inglaterra; acabó emigrando a los Estados Unidos y, finalmente, suicidándose. Desde entonces, ningún otro futbolista inglés, ni español, ha reconocido públicamente ser gay.

También nos ayudará a entender las cosas el caso de un árbitro español, Jesús Tomillero, que saltó el año pasado a los medios de comunicación debido al constante acoso al que le sometían las gradas futboleras a cuenta de su homosexualidad. Tomillero tuvo que dejar de arbitrar. Recibió entonces un apoyo masivo desde casi todos los sectores de la sociedad española, menos uno. Curiosamente, el más relacionado con su oficio: los futbolistas, que salvo pocas excepciones callaron como si les hubiesen preguntado sobre los últimos avances en arqueología vetona.

¿Significa esto que los futbolistas españoles son todos una panda de homófobos? Seguramente no; aunque sí que existe miedo a declarar dentro del mundillo futbolístico la más mínima proximidad con lo gay. Y si existe miedo es porque se sabe que las consecuencias de ello no serían precisamente relajantes. Es llamativo que en otros deportes, como el rugby, ocurra todo lo contrario y hace tiempo que desaparecieran parejos temores.

¿Se está convirtiendo el fútbol español en el último cobijo de una homofobia que, por suerte, es en España mucho menor que en la media de los demás países del mundo? De ser así, urge ponerle remedio. Pues a medida que pase el tiempo y el fútbol (o la ya mencionada iglesia católica) se vean como los pocos refugios que quedan en España para sostener posiciones homófobas, ambas instituciones atraerán a más y más homófobos. De modo que cada vez será más difícil poner fin desde dentro de ellas a deriva tan feota.

En un vídeo reciente de la campaña Con la voz bien alta un par de actores fingen ser turistas norteamericanos que visitan España. Con cámara oculta, abordan a algunos de nuestros conciudadanos para mostrarles un caso claro de acoso hacia ellos por parte de un presunto propietario de su hostal. La reacción de los españoles es, como era de prever, compasiva hacia los turistas e indignada hacia el acosador. Pero llama la atención que algunos de ellos insistan ante los estadounidenses en que esas cosas “aquí, en España”, no están permitidas. ¿Se ha convertido la tolerancia hacia los gais en una nueva seña de identidad de nuestro país, más allá del sol y la paella? ¿Es posible un nuevo patriotismo español que blasone orgulloso del modo en que aquí protegemos esos derechos? Los países más interesantes del mundo son aquellos que saben reinventarse con el paso del tiempo. ¿Se quedará el fútbol fuera de esa España que, en vez de vivir de glorias pasadas, quiere aportar al mundo de mañana empeños tan nobles como el respeto, la tolerancia y la alegría de vivir libre tu sexualidad?

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Qué ideología defiende hoy Rusia (y por qué conviene conocer a San Pablo para saberlo)

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Natallia Ablazhei
Reuters/File

Pocas dudas existen de que la política rusa sigue recabando interés en lares occidentales, y por buenos motivos. Los vínculos de Rusia con las últimas elecciones en EE. UU., su amenaza hacia los más recientes comicios europeos, su papel durante los turbios sucesos catalanes del pasado otoño: todo ello está siendo investigado, a menudo de modo bien competente, por nuestros periodistas, académicos, jueces y agencias de inteligencia.

Ahora bien, quizá también nos pueda aportar algo el análisis filosófico de las ideas que están detrás de esas actividades rusas. Ello no significa olvidar, ni mucho menos, que Vladímir Putin es ante todo un político pragmático; y que, por lo tanto, ninguna ideología resulta capaz de explicar todas y cada una de sus acciones. Pero incluso ante el más pragmático de los gobernantes cabe parafrasear aquello que John Maynard Keynes aseveraba de los “hombres prácticos”: que hasta aquel que se cree más exento de toda influencia intelectual, en realidad es solo el esclavo de algún intelectual difunto. En el caso de Rusia no son solo difuntos, además, sino pensadores bien vivitos y coleando los que están proporcionando al proyecto político de Putin cierto empaque en el mundo de las ideas. ¿Cuáles son aquellos y qué tesis son estas?

La verdad es que sus nombres (Alexander Projanov, Serguei Kurguinian, Leonid Ivashov, Natalia Narochnitskaya…) resultan poco conocidos entre nosotros, con excepción del principal de ellos, Alexander Duguin. Aunque Putin se cuida mucho de elevarles al rol de ideólogos oficiales de su política (pues implicaría compartir con ellos cierto poder, lo cual le resulta más antipático al mandatario ruso que compartir su cepillo de dientes), tampoco ha ocultado las buenas relaciones que les ligan: cuando hace dos años visitó con oropeles de nuevo emperador bizantino el Monte Athos, epicentro espiritual de la iglesia ortodoxa, no solo se hizo acompañar por el patriarca de su propia iglesia rusa, Kirill, sino también por Duguin mismo. Y la mejor prueba de que esas relaciones son buenas de verdad es que tienen una traducción contante y sonante: el Izborsk Club, think tank que reúne a los principales intelectuales de esta corriente, halla generosa financiación en el Kremlin.

Ahora bien, ¿qué ideas caracterizan a este grupo? Una primera paradoja que nos encontraremos al abordarlas es el papel central que ellas juega el marxista Antonio Gramsci, a pesar de que los autores citados se muevan hoy (aunque no siempre en su pasado) lejos del pensamiento comunista. En efecto, para estos intelectuales lo más importante en el mundo actual no es tanto ejercer directamente el poder (rol que dejan gustosos a Putin, y a él no le resulta menos gustosa tal dejación). Por encima de la política está lo que llaman “metapolítica”, que tiene que ver con lo que Gramsci llamaba “hegemonía cultural”: esa lenta tarea de ir influyendo a la opinión pública a través de los medios de comunicación, internet, la educación, las creaciones culturales, los pequeños grupos de estudiosos; en definitiva, todo aquello que vaya haciendo calar entre las masas, silenciosamente, un clima favorable a su propia forma de pensar.

Hablo de “forma de pensar”, pero quizá debería referirme más bien a “forma de sentir”. Pues este es otro punto clave del movimiento que estamos analizando. Para los representantes de este “nuevo conservadurismo ruso” o “conservadurismo postsoviético” (tales son los nombres que se les han atribuido) o “cuarta teoría política” (este es el nombre que a veces se atribuyen ellos mismos, frente a liberalismo, comunismo y fascismo) no importa tanto convencer con razones cuanto persuadir con emociones. De hecho, uno de los muchos errores que atribuyen al liberalismo occidental (su bestia negra) es la mentira, que este propaga, de que la política tiene que ver con argumentos racionales, con “datos” o con “verdades” que uno capte con su mera razón. Las democracias liberales engañan a sus ciudadanos y al resto de pueblos de la Tierra desde tiempos de la Ilustración, según estos rusos, porque en realidad la política tiene que ver con sentir juntos cosas importantes (la patria, la religión, la comunidad propia), y no tanto con hallar soluciones meramente cerebrales a los problemas del día a día.

En coherencia con tales planteamientos, los neoconservadores rusos no critican a Occidente mostrando sus errores o sus contradicciones, sino sobre todo su fealdad: nuestras democracias están vacías por dentro; son moralmente deformes; vagan ayunas de sacrificio, heroísmo y todas las virtudes que hacen la vida digna de ser vivida; en ellas triunfan solo los mercaderes, los mangantes, los rebaños satisfechos y los mediocres. Al igual que una mala película, lo malo de Europa y Estados Unidos no es que no tengan razón, sino que son aburridas y deprimentes. Y, por tanto, los textos de Duguin y sus compañeros no son tanto monótonos tratados academicistas en que se refuten una a una las libertades occidentales, sino más bien vibrantes manifiestos, de tono panfletario, repletos de símbolos y metáforas, en los que se aspira a ofrecer una alternativa más alta y noble a la plebeyez de nuestras decadentes sociedades.

Es en ese juego de símbolos y alegorías donde entra en juego San Pablo. Y lo hace de la mano de un autor del pasado, Carl Schmitt, que junto con el antes citado, Gramsci, suele figurar en el arsenal de todos los críticos radicales de nuestras democracias (algunos bien próximos a nosotros los españolitos). En efecto, Schmitt recuperó para la teoría política una palabra que en los textos de San Pablo aparece solo una vez (es, pues, lo que se llama un hápax legómenon) y que ha traído siempre de cabeza a los intérpretes de la Biblia. La palabra en cuestión es “katechon”.

Pablo la utiliza en el segundo capítulo de la segunda carta a los tesalonicenses, cuando explica a sus discípulos que no esperen de inmediato la Segunda Venida de Jesús, porque antes debe triunfar “el hijo de la perdición”, “el hombre de iniquidad” (no sabemos exactamente a quién se refería; quizá al Anticristo del que hablaba San Juan). Y hay sin embargo, siempre según San Pablo, algo que está reteniendo la victoria de este malvado: se trata de un “retenedor” o, en griego, katechon (aún sabemos menos a qué o quién aludía). Si nos fijamos en lo dicho, además (y ello complica aún más las cosas), resulta que ese katechon tiene un papel terriblemente ambivalente: por una parte, impide el triunfo momentáneo del Mal; pero, por otro, como este triunfo es requisito previo para la posterior llegada definitiva de Cristo, de hecho, está impidiendo también la victoria definitiva del Bien y el Paraíso final.

Como es previsible, esta ambigüedad del término katechon ha dado lugar a ríos de tinta durante dos milenios que lo han interpretado de una u otra forma; y Carl Schmitt fue uno más de los que contribuyó, con su particular afluente, a ello. Schmitt utilizó además esta metáfora de manera no menos ambivalente que el propio San Pablo. A veces resaltó su rol positivo (aquello que impide el triunfo del desorden, por ejemplo, los reyes medievales que, a la caída del Imperio, preservaron Europa del caos). Otras veces, en cambio, empleó el término de modo más bien peyorativo (se lo atribuyó verbigracia a EE. UU. y al Reino Unido que, para él, como simpatizante con el nazismo, no es que representaran lo mejorcito del mundo posterior a la II Guerra Mundial).

Toda esa ambivalencia se deja sin embargo de lado en Alexander Duguin, aunque recoja el término de las manos de Schmitt: el katechon para este ruso y los suyos es siempre alguien o algo positivo (no en vano han dado ese nombre a su principal web de difusión internacional). Se encarna en aquello (por ejemplo, Rusia) que preserva al mundo cristiano actual del caos, amenazado como se halla tanto por la superficialidad espiritual de Occidente como por el fanatismo violento del islam. La Rusia-katechon retiene en nuestro mundo la nobleza del mensaje evangélico, las culturas nacionales de los países cristianos, que si no fuera por ella (y por Putin, claro) quedarían sepultadas por culpa tanto de los debiluchos occidentales (que, como no creen en nada, dejan que sus países se inunden de musulmanes y ateos), como por un islamismo que no duda en recurrir a la violencia para ampliar su poder.

Ahora bien, resulta palpable que, pese a todo, la postura de esta ideología rusa frente a Occidente no puede escapar a cierta ambigüedad: por una parte, los occidentales somos para ella unos réprobos decadentes; por otra parte, sin embargo, pertenecemos a la antigua Cristiandad y, por consiguiente, somos potenciales aliados suyos en su tarea del katechon, de “detener el mal”. Con lo que resulta que, después de todo, la ambivalencia que había en San Pablo no la han perdido estos rusos por completo. Y eso quizá ayude a explicar un tanto la, por otra parte, paradójica política exterior rusa: que lo mismo apoya la unidad de España que juguetea con la secesión de Cataluña; lo mismo apoya a la ultraderecha de nuestro país que a la ultraizquierda ídem; lo mismo parece querer salvarnos de nuestros demonios que ansiar enfrentarnos de una vez por todas con ellos. Sin que además quede muy claro que lo que venga luego vaya a ser el Paraíso Final.

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Transparencia y control en las ONG´s

Melchor Miralles

Foto: Andres Martinez Casares
Reuters

Tras Oxfam le toca ahora a Médicos Sin Fronteras, que reconoce ahora que prefirió actuar ella misma antes que le sacaran el escándalo a la luz y que expulsó a una veintena de trabajadores en 2017 por varios casos de abuso sexual, seis de ellos en MSF España. Estos dos asuntos han puesto en el escaparate un asunto del que se viene hablando hace tiempo y que conocemos todos los que hemos viajado a países necesitados de ayuda. Del mismo modo que he visto con mis ojos y grabado con mis cámaras el formidable trabajo de tantos cooperantes que desinteresadamente entregan su vida para salvar la de otros o para aliviar en parte su sufrimiento en docenas de países de los cinco continentes, también he conocido casos como los que ahora se denuncian. Leo que estos días en España se están dando de baja miles de socios de estas ONG, y me alarma todo, porque su trabajo es necesario, incluso imprescindible, para muchos seres humanos que viven desatendidos en sus países devastados.

Estos comportamientos son inaceptables en cualquiera, pero más aún en quienes forman parte de organizaciones que tienen como estandarte principios éticos de solidaridad y ayuda humanitaria. A partir de ahora, las ONG van a tener que hacer un esfuerzo extra de transparencia para recuperar una credibilidad ante los ciudadanos que sería injusto que perdieran por dos casos entre centenares. Proliferan las ONG. Las hay de todos los tamaños, ideologías y dedicaciones.

La mayoría de ellas no son puramente ONG´s, porque reciben cuantiosas ayudas gubernamentales sin las que no podrían sobrevivir, lo cual ya lastra su identidad de inicio. La mayoría de ellas, también, realizan un trabajo ímprobo que agradecen miles de seres humanos de todo el planeta que padecen situaciones irreversibles e insoportables que les llevan a morir la vida y que sin esa ayuda estarían abandonados a su suerte maldita. No sería justo que tres decenas de indeseables reventaran el trabajo de miles de seres humanos maravillosos que se entregan a los demás a cambio de nada. Pero, la verdad, esperaba que, como ha hecho MSF, fueran las propias organizaciones las que hubieran dispuesto de mecanismos de control primero para evitar que sucedieran estos hechos asquerosos y, en caso de no poder evitar que sucedieran, poder ser ellas mismos quienes lo detectaran, denunciaran y sancionaran. Y, estando las cosas como están, han de estar en disposición de garantizar que no van a volver a suceder hechos de esta gravedad. Para ello han de extremar el cuidado en la selección de su personal, y, una vez consumado este, los controles del trabajo sobre el terreno, donde disponen de manga ancha para manejar el presupuesto y para actuar sin que exista una supervisión de su conducta. Intuyo, además, que ha existido miedo en algunos compañeros a denunciar los hechos. Como espero de algunas organizaciones, como por ejemplo Naciones Unidas, una investigación a fondo, porque a ellos también les ha salpicado el asunto, y hay antecedentes, lo cual es más grave por tratarse de la ONU, donde han fallado a veces también las personas y los controles, como sabemos cualquiera de los que hemos visto actuar a las tropas internacionales, sobre todo en África.

Los hechos son graves, y no sería justo que llevara a generar una sospecha generalizada, pero al no ser un caso aislado, es necesario extremar los controles porque la gravedad es insuperable, como el daño que hacen a tantos como entregan su vida a la ayuda y la solidaridad con los más necesitados del planeta, que cada día son más.

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Teoría de la visibilidad

José María Albert de Paco

Foto: Stephan Savoia
AP

Extrañamente, en ninguna lista de palabras-del-año de los cuatro anteriores (fuente principal: Fundeu) se hallaba, siquiera abrochando el inventario, la que vertebra en los últimos tiempos la mayor parte de las reivindicaciones progresistas. Me refiero a ‘visibilidad’. No en vano, y a rebufo del fragor identitario al que la izquierda ha fiado su discurso, no hay proclama que desate tantos aleluyas como la de ser más visible o visible a secas, según se trate de situarse en plano de igualdad con otros colectivos o emerger a la realidad, equiparable, aquí, a ‘normalidad’. Sin perjuicio de que la superposición de visibilidades redunde en la saturación del mundo, gremios, géneros (incluso literarios) y otras camarillas reclaman para sí una mirada ponderativa. O lo que es lo mismo: el derecho a exhibir su condición sin tasa o servidumbre de ningún tipo.

Un googleo a vuelapluma brinda manifiestos por la visibilidad de los traductores, las enfermeras, la diversidad funcional, las mujeres deportistas, los voluntarios, las kelllys o la regla (“éste es el zumo de mis entrañas, del que no huyo, una mancha sin límites, un rezumar que no pueden parar”). Veleidades polipoéticas al margen, algunas de estas exigencias presentan un trasfondo moralmente idéntico. Así, los traductores abogan por que su nombre figure en la cubierta del libro, junto al del autor; los voluntarios, por que se les rinda honores de héroe posmoderno, y las enfermeras, por que su labor asistencial sea considerada poco menos que decisiva (“No somos simples secretarias del médico”, alegan, lo que tal vez movilice a las secretarias en defensa de su visibilidad, quién sabe si esgrimiendo que ellas no son simples pasantes…).

En otras palabras: ser traductor (e incluso serlo orgullosamente) sin que ello suponga renunciar al prestigio del que goza el autor; lucir galones de médico por el procedimiento de saberse enfermero visible; y ser voluntario, sí, mas con oropeles de Gran Orden Civil. En espera del día en que el reparto igualitario, sabiamente equitativo, de la visibilidad, nos convierta por fin en invisibles.

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ERE qué ERE

Enrique García-Máiquez

Foto: Raul Caro
EFE

El estribillo de moda de las tertulias radiofónicas es lamentar el poco caso que hacen (esas mismas tertulias) al caso de corrupción de los ERE. Comparado, sobre todo, con la polvareda irritada que levanta cualquier caso de corrupción en Madrid o en Barcelona. El hecho parece indudable.

Las explicaciones que se dan tampoco son disparates. Mientras en otros casos de corrupción, los beneficiados directos han sido los mangantes o sus partidos, en el caso andaluz la corrupción cayó muy repartida, como un premio de lotería. Eso rebaja los grados de la indignación popular, por razones morales muy de andar por caso. Aunque sería fácil explicar que el partido que, mediante el reparto del dinero público, ganaba votos también se beneficiaba a sí mismo (¡y cuánto!) y que el político que se llevaba sus elecciones de calle no fue una hermanita de la caridad. Sería fácil de entender.

Otros sostienen que la diferencia la marca el partido involucrado, que contra la derecha se crea más ruido mediático inexorablemente. Yo eso no lo tengo tan claro, pero si los escándalos del PP indignaran más que los de otros habría que sopesar si es o porque todavía la gente se extraña más de que en el PP haya corrupción que en otros partidos, lo que, a estas alturas, no creo; o porque el PP ha exigido sacrificios a los españoles y ha hecho sus recortes y entonces molesta más que se lo lleven calentito, encima.

Yo vengo a añadir otra razón de Perogrullo, pero que nadie dice. La política andaluza, a pesar del tamaño de la región y de su fuerza demográfica, tiene muy poco peso en la política nacional, fuera de alguna condescendencia ocasional. Ojalá tuviésemos un instrumento para medir lo que el gobierno de España ha pensado en Cataluña en los últimos meses y compararlo con lo que habrá pensado, si acaso, en Andalucía. O un gráfico de los tratamientos mediáticos de la comunidad de Madrid y de Andalucía. A ojo de buen cubero, hay una buena brecha.

Si ahora los ERE no producen revuelo mediático, es natural. Los escándalos son directamente proporcionales a la atención previa. Quejarse de que los ERE no despiertan indignación en el conjunto de España, cuando uno se ha puesto de perfil o por encima del hombro con todo aquello que venía de Andalucía, no será hipócrita —porque es indudable la sinceridad del lamento—, pero casi y poco consistente.

Conste que yo, como andaluz, no vengo a quejarme, aunque lo de los ERE me parezca, en efecto, gravísimo. Estoy, quizá por un efecto rebote, viviendo unas semanas de deliciosa desintoxicación política, después de la vorágine de los últimos meses. Sí me permito arrimarme la moraleja a mi sordina. A veces no estar en el candelero, cuando vienen las horas oscuras, es una magnífica oportunidad para pasar de puntillas. Cierto esquinamiento puede resultar, sin duda, bastante confortable.

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