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En defensa de la libertad de expresión

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Dejemos las cosas claras desde el principio: a nadie le gusta la libertad de expresión. Que la haya implica que ese tipo con ideas tan descabelladas (tómese el lector quince segundos para determinar cuál es el campeón mundial entre todos los necios que conozca: pues sí, me refiero a ese) pueda difundir sus estupideces con exactamente igual derecho que usted. Abracadabrante. Y más si tenemos en cuenta que usted tiene las ideas más correctas, mejor formuladas y más interesantes de todas. ¿Qué necesidad hay de que la gente equivocada hable? Milenios de evolución humana, caminando entre falsedades, se justifican para que por fin usted pueda pensar como piensa (y estar en lo cierto en, seamos modestos, casi todo): ¿no es un desperdicio tolerar que aún prolifere por ahí el error?

Y, sin embargo, de manera insólita, hace unos cuatro siglos, hubo gente en Europa que comenzó a ponderar que la libertad de expresión era deseable. Hubo varios motivos para ello. El primero seguramente fue que empezó a resultar enojoso quemar en la plaza del pueblo a todos los que tuvieran ideas originales o ideas minoritarias. De todo se cansa uno en la vida.

Pero hay más motivos para estar a favor de la libertad de expresión, por engorrosa que nos resulte. En 1859 sintetizó varios de ellos el filósofo inglés John Stuart Mill. El libro en que lo hace se denomina “Sobre la libertad” aunque, significativamente, está consagrado en buena parte a una sola libertad en concreto: esta.

Un buen argumento de Mill para defender que la gente pueda decir cosas equivocadas (recordemos: a casi nadie nos molesta que haya libertad para decir esas cosas tan correctas que son las que cada uno pensamos; el problema viene con los que difunden el error) puede ilustrarse del modo siguiente. Imaginemos que queremos mantener nuestro cuerpo fuerte y sano: una estrategia equivocada para hacerlo sería protegerlo todo el día sin movernos de nuestro sofá y rodeados de una pantalla de plástico. Es cierto que de ese modo no nos picaría ningún mosquito, pero resulta dudoso que ello nos volviera más lozanos.

A la verdad le ocurre algo parecido: si evitamos que se confronte con otras opiniones (erradas), al final olvidamos cuáles son sus puntos fuertes, o incluso perdemos de vista su verdadero significado. Corremos el riesgo de que esa verdad sea un mero formalismo sobre el que nos tumbamos plácidamente, pero deja de vivificarnos y lanzarnos hacia nuevas pesquisas. Si a eso le añadimos que quizá, solo quizá, no tengamos con nosotros toda la verdad, es probable que al cotejar nuestras ideas con las de otros descubramos nuevas verdades. Es cierto que el coste de todo ello es aceptar que no somos infalibles, pero se antoja un coste pequeño en comparación con los proficuos frutos que nos puede rendir.

La historia parece confirmar las teorías filosóficas de Stuart Mill. A finales del siglo XVI, un pequeño país, Holanda, empezó a experimentar con esta posibilidad: se convirtió en el país más tolerante del mundo con las opiniones ajenas. Los beneficios no tardaron en afluir. De hecho, se conoce el siglo XVII como el Siglo de Oro neerlandés. Por allí pasaron muchos de los intelectuales más interesantes del momento: Spinoza, Descartes, Locke, Huygens padre, Huygens hijo, Hugo Grocio… El comercio y el negocio bancario floreció, la prensa vivió un auge que hoy resulta envidiable. Se crearon instrumentos científicos que nos permitían ver muy lejos (el telescopio) o muy de cerca (el microscopio). Los barcos holandeses llegaron hasta Extremo Oriente y sus médicos hasta recovecos ignotos de nuestra anatomía. No es extraño, pues, que varios países se lanzaron a robar cerebros holandeses para que les enseñaran las técnicas más avanzadas. Se trata, en suma, de unos tiempos maravillosos que, sin embargo, emiten una música familiar: un auge parecido experimentaron los Estados Unidos de Norteamérica tras que, recién fundados, establecieran como primera enmienda de su Constitución la freedom of speech.

Pero no solo la historia corrobora lo útil que nos es la libertad de expresión. En el campo de la psicología evolutiva, un libro recién publicado por Hugo Mercier y Dan Sperber, The Enigma of Reason, ha venido a confirmar ideas que llevan años avanzado, de un modo u otro, autores tan distintos como Jonathan Haidt o el matrimonio Cosmides-Tooby. Todos ellos insisten en que nuestra razón está diseñada, sobre todo, no para comprender la lógica abstracta o el mundo físico, sino para argumentar y contraargumentar con nuestros semejantes.

Las mentes de nuestros antepasados en la sabana africana no necesitaban resolver problemas de física cuántica, pero sí ganar discusiones razonando unos frente a otros: fue esto lo que explica que se desarrollara tanto su cerebro, pues. Los seres humanos no somos especialmente buenos al captar la verdad por nosotros mismos (somos proclives a decenas de sesgos y falacias), pero sí que lo somos en detectar los fallos de los demás y así, entre todos, ir superándolos. Siempre y cuando nos dejen hablar, claro. De modo que, nada menos que desde los inicios del homo sapiens, la libertad de expresión ha sido una estrategia vencedora para que los humanos avancemos.

Hay un problema, no obstante, en esto de repasar la historia de la libertad de expresión: y es que casi todos los ejemplos que se nos vienen a las mientes atañen a asuntos religiosos o cosmológicos. Tendemos a pensar en Miguel Servet, por ejemplo, o Giordano Bruno, o Galileo Galilei: y colegimos que, como ya no se persigue a nadie en Occidente por sus ideas sobre la Santísima Trinidad o por sus opiniones sobre astronomía, vivimos en un paraíso de libertad de expresión. Pero no es así: si somos más tolerantes con las ideas religiosas o cosmológicas de los demás es simplemente porque vivimos un tiempo (que muchos llaman postmetafísico) en que no damos tanta importancia a la religión o la cosmología.

Para saber si seguimos estando a favor de la libertad de expresión hay que mirar, pues, a aquellas cosas que sí nos importan. Aquellas cosas sobre las que no toleramos fácilmente opiniones discrepantes o ni siquiera risitas. Para saber si hoy aceptamos la libertad de expresión sobre lo sagrado, hay que atender a qué hemos elevado hoy al rango de sagrado.

Sospecho que una de esos nuevos ídolos es la historia. Vivimos tiempos en que algunos se afanan en elevar al rango de verdad sacra su visión, parcial e ideologizada, de la historia. En España sufrimos de esa dolencia particularmente. Y la saña contra quien se atreva a discrepar recupera uno de los rasgos menos gloriosos de nuestro pasado.

Lo hemos vivido recientemente en el caso de la condena al periodista Hermann Tertsch por un juzgado de Zamora. Avanzo que suelo discrepar de Tertsch en muchas cosas; pero no digo esto para distanciarme de él, a quien tengo por gran amigo, sino para aplicar a su caso lo que vengo diciendo en los párrafos anteriores: que, justo porque Hermann y yo discrepamos mucho, me conviene que ambos gocemos de libertad de expresión para exponer nuestras visiones. Y así dejemos que venza en la discusión pública la más razonable.

La jueza que ha condenado a Tertsch, sin embargo, parece pensar de un modo diferente al mío. Ha impuesto a Tertsch el pago de una fuerte indemnización (12.000 euros) y la obligación de borrar entero un artículo suyo de la hemeroteca de ABC porque, según la jueza, de apellido Mongil, ese artículo atenta contra el honor de Manuel Iglesias, abuelo del actual dirigente máximo de Podemos. ¿Cuál ha sido tal intromisión en el honor de tal abuelo? Que Tertsch ha recordado que fue acusado por varias personas de colaborar en el asesinato de dos civiles, Joaquín Dorado y Pedro Ceballos, durante nuestra guerra civil.

Cierto es que, en su artículo, Tertsch incurre en un error técnico: afirma que el abuelo de Pablo Iglesias llegó a ser condenado por ese motivo, cuando lo cierto es que la Justicia franquista le condenó por otro. Y yo entendería que cualquier juez, tan preocupado por la verdad histórica como lo estoy yo, obligara a incluir una rectificación de este dato al final del artículo de Hermann. Ocurre todos los días en la prensa: rectificaciones que se publican (por desgracia, menos frecuentemente de lo que se debería) para esclarecer la verdad. Esa rectificación puntualizaría que los tribunales franquistas no condenaron a Manuel Iglesias por asesinato. Ahora bien, como no vamos a convertir ahora lo que hicieron o dejaron de hacer esos tribunales dictatoriales en verdad absoluta, dejaríamos así abierta la investigación histórica de si quien acusó a Manuel Iglesias de colaborar en dos asesinatos tenía o no razón. De hecho, la jueza Mongil no aclara en ningún momento este punto, dado que es jueza, no historiadora.

En cambio, la draconiana condena a Hermann no parece interesada tanto por esa rectificación y esa verdad cuanto por impartir castigos ejemplares a quien ose investigar qué pasó en nuestra historia (sobre todo, si lo que ocurrió en nuestra historia no resulta halagüeño para ciertos líderes políticos). Es este el motivo por el que cualquier buscador de la verdad debe indignarse ante lo sufrido por Tertsch.

En el futuro, será deseable que los historiadores descubran si Manuel Iglesias colaboró, efectivamente, en sacas o no: al fin y al cabo, se trata del referente moral de uno de los candidatos a presidente del Gobierno de España. También será interesante la investigación histórica de por qué el franquismo le acabó acortando la pena de cárcel a que le condenó y por qué le recompensó luego, incluso, con un puesto de funcionario: comportamiento que solía aplicarse a quienes delataban a otros compañeros. De momento el propio Pablo Iglesias se ha mantenido sorprendentemente silencioso a este respecto, pese a su afición a rememorar a su antecesor. En el curso de esas investigaciones, habrá historiadores que emitirán hipótesis que luego pueden ser refutadas por otros historiadores; y lo deseable es que así sea, sin intromisiones de jueces que condenen a quien se salga del camino predefinido. Al fin y al cabo, si nuestra capacidad de argumentar libres nos sacó de las cavernas prehistóricas, bien puede evitar igualmente que algunos nos conduzcan de nuevo a ellas.

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Estados Unidos acaba con la neutralidad de la red: ¿Es el fin de Internet como lo conocemos?

Ana Laya

Foto: Kyle Grillot
Reuters

Desde el jueves 14 de diciembre Internet ha dejado de ser un servicio público de libre acceso. La norma, aprobada por la mayoría republicana de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos, le ha otorgado a las compañías proveedoras de Internet el poder de modificar las experiencias online de millones de ciudadanos estadounidenses, ya que ahora éstas podrán bloquear páginas o cobrar extra por una mayor calidad del servicio o por el acceso a ciertos contenidos (¿bajo qué criterio? Buena pregunta, la respuesta es tristemente obvia). Esta medida no solo afecta directamente a Estados Unidos sino que además sienta un precedente peligroso para el resto del mundo.

Como explica la web Save the Internet, la neutralidad es el principio básico que siempre ha regido a Internet. Es Internet, tal y como lo conocemos hasta ahora, sin que compañías como AT&T, Comcast y Verizon, en el caso de Estados Unidos, o en un futuro en España: Movistar, Orange y Vodafone, tengan el derecho a decidir a qué contenidos puedes acceder y cómo acceder a ellos. La neutralidad es lo que garantiza que no haya exclusión, que todos, independientemente de que nos conectemos a la red desde un locutorio o desde un iPhone X, tengamos acceso a los mismos contenidos.

La propuesta de revertir las reglas que la misma FCC aprobara en 2015 fue liderada por Ajit Pai, actual Presidente de la FCC nombrado por Donald Trump y ex-abogado corporativo de Verizon. Pai ignoró la presión no sólo de la opinión pública sino también de una gran parte de abogados, legisladores, corporaciones y organizaciones sin fines de lucro. Mientras que parte de los apoyos que logró la polémica discusión online de la propuesta, aparentemente fueron dejados por… ¿zombies?.

La FCC acaba con la neutralidad de la red: ¿Es el fin de la internet como la conocemos? 1
Sí, el hombre que bebe (siempre) de una taza de Reese’s gigante y le parece una broma graciosísima es el que de momento ha logrado acabar con la neutralidad de la red. | Foto: Aaron P. Bernstein / Reuters.

El argumento de esta mayoría nada silenciosa, entre la que se encuentran los representantes de gigantes como Facebook, Twitter y Amazon, es que esta ley pretende solucionar un problema que no existe y sus consecuencias, en cambio, son peligrosas. “La decisión adoptada por la FCC hoy es decepcionante y dañina”, comentó Sheryl Sandberg, COO de Facebook, “un Internet abierto es clave para nuevas ideas y oportunidades económicas”, agregó.

Werner Vogels, CTO de Amazon, Brad Smith CLO de Microsoft, Alexis Ohanian, cofundador de Reddit, y plataformas como Netflix y Vimeo también expresaron a través de Twitter su rechazo a la decisión de la FCC augurando que este es solo el comienzo de una larga batalla legal.

La FCC acaba con la neutralidad de la red: ¿Es el fin de la internet como la conocemos? 2
Manifestantes congregados frente a la FCC durante las deliberaciones. | Foto: Yuri Gripas / Reuters.

Sí, la neutralidad en la red no es simplemente importante, la neutralidad ES la red. Aquí algunas claves para entender lo que la decisión de la FCC simboliza, implica, permite, prohibe y cómo puede ser revertida:

¿En qué consiste la decisión de la FCC?

Después de una batalla de 10 años sobre el futuro de Internet, en 2015 la FCC adoptó medidas para asegurar la neutralidad de la red basándose en el Título II del Acta de Comunicaciones.

Específicamente, en febrero las compañías proveedoras de Internet fueron recalificadas como “teleoperadores comunes” bajo el Título II, dándole así a la FCC la autoridad de asegurar que compañías como Verizon, AT&T y Comcast no pudieran bloquear, ralentizar o interferir de ninguna manera con el tráfico web (AT&T fue condenada en el pasado por bloquear FaceTime, y en general, los teleoperadores no son empresas que gocen particularmente de buena fama en cuanto a transparencia), preservando así un terreno de juego neutral para todos los involucrados. Estas reglas acompañaron un pico histórico de innovación e inversión online especialmente en Estados Unidos.

Ahora, de acuerdo con la nueva decisión de la FCC, los teleoperadores han dejado de estar calificados bajo ese “Título II”. Esto deja con las manos atadas a la FCC porque retira su capacidad de imponer sanciones a las compañías que decidan, por ejemplo, discriminar la velocidad de transmisión de datos de algunos servicios a su favor. La única regla real que tienen que seguir los proveedores de Internet es anunciar que están haciendo lo que están haciendo. Por ejemplo, si un servicio de streaming pertenece o tiene algún acuerdo con un proveedor, este podría funcionar mejor que otro sin dicho acuerdo. Sin ir muy lejos, HBO, Netflix, Amazon Prime, se verían afectadas a menos que se decidan a pagar un fee, una cuota, o a asociarse (¿a qué costo?) a un teleoperador.

Y si esto afecta a los gigantes del streaming y a los de la redes sociales, está demás decir cómo afectará a los potenciales nuevos emprendedores que quieran triunfar o busquen sencillamente tener algo de presencia online.

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Manifestantes en California a favor de la Net Neutrality. Photo: Kyle Grillot / Reuters.

¿Cómo rechazar la decisión?

El Congreso tiene la potestad de revertir la decisión de la FCC, por eso numerosas entidades como Save the Internet están llamando a los ciudadanos a escribirle a sus representantes en el Congreso para que implementen una ‘moción de desaprobación’. Medida permitida por una ley conocida como Revisión de Acta del Congreso (Congressional Review Act, CRA).

Michael J. Coren afirma en Quartz que el uso de la CRA es probablemente el único camino que podría seguir el Congreso y que, en efecto, en 2017 los republicanos ya se han valido de la misma para rechazar 15 regulaciones impuestas por la Administración Obama, y esta vez por primera vez podría ser usada para salvar una.

El senador de Massachussetts Ed Markey y el representante de Pensilvania, Mike Doyle, ambos demócratas, ya han comunicado sus planes de aplicar la CRA para que se discuta la decisión de la FCC en el Congreso. Si la moción pasa y recibe la firma del presidente, la decisión de la FCC sería rechazada, el orden abierto de Internet de la era Obama sería reinstaurado y cualquier decisión similar de la FCC tendría que tener aprobación previa del Congreso.

La Administración Trump está haciendo todo lo posible para acallar a las voces disidentes, señala Save the Internet. “Si perdemos la neutralidad de la red, lo habrá logrado”, sentencia.

¿Afectará esta medida a Europa?

Michael McLoughlin señala en El Confidencial que por aquí Internet seguirá siendo igual, por lo menos hasta nuevo aviso, y que “el pasado año la UE dio luz verde a una serie de directrices emitidas por el Berec, la máxima autoridad comunitaria a la hora de regular las telecomunicaciones en el Viejo Continente”. Las regulaciones publicadas por Berec el 16 de agosto para proteger Internet son hasta la fecha, según el grupo Save the Internet Europe, fuertes y representan una victoria avasallante de la neutralidad.

Sin embargo, añade McLoughlin, las consecuencias de la votación de la FCC pueden sentirse en Europa, ya que plataformas como Netflix o HBO son globales, y “si una de estas plataformas se ve afectada en un mercado tan importante como EEUU esto podría conllevar, por ejemplo, una subida de precios o la restricción de algunos servicios debido a menores capacidades de transmisión”.

Por otra parte, Saurabh Singh, en India Today señala que aunque técnicamente la medida aplicada en Estados Unidos no debería tener demasiado impacto, considerando que Internet es una entidad con menos fronteras que los mercados financieros o de bienes, los expertos de la industria creen que sus efectos se harán sentir en muchos otros países, incluida, en este caso, India. No será inmediatamente, señala, pero será pronto (¿y será para siempre?).

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Trabajar en un café con internet gratis (de manera medianamente eficiente) puede convertirse en un recuerdo lejano. | Foto: Brendan McDermid / Reuters.

¿Cómo te puede afectar a ti?

Un buen ejemplo de los cambios que podrían suceder ahora que las compañías teleoperadoras se ven empoderadas frente a los individuos es que Internet empiece a funcionar como lo hace la televisión por cable. Los teleoperadores podrían empezar a vender Internet por paquetes, uno básico sin costes adicionales, que incluya Wikipedia y Google, por decir algo, y otro premium que incluya acceso a redes sociales, y así.

Ro Khanna, representante del Congreso por el Distrito 17 de California (donde está Silicon Valley) ha mostrado el modelo portugués como ejemplo de lo que podría y no debería suceder.

Otra gran preocupación es que sin reglas que prohiban el acceso prioritario prepago a grandes compañías a Internet de alta velocidad, los pequeños negocios, las startups innovadoras pero sin un mecenas millonario, los estudiantes, las bibliotecas públicas y cualquier usuario con menor poder adquisitivo, serán relegados al “canal lento” de Internet.

Si bien, como argumentaba Farhad Manjoo en el New York Times el pasado noviembre, internet como lo conocemos está agonizando, ya que las grandes compañías como Apple, Facebook, Google, Microsoft y Amazon ya controlan “gran parte de la infraestructura online, desde las app stores hasta los sistemas operativos y la nube para almacenar contenidos”, la desaparición de lo que queda de neutralidad, no ayuda para nada. En todo caso introduce un nuevo gigante en la ecuación: los teleoperadores.

Si las reglas de juego ya no eran particularmente justas, en este escenario son directamente absurdas. Este, por suerte, parece no ser el capítulo final de esta historia.

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¿Qué pasa en Cataluña?

Laura Fàbregas

Foto: YVES HERMAN
Reuters

¿Qué pasa en Cataluña? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué los que no somos independentistas hemos tardado tanto en hablar?

La respuesta tiene que ver con el factor humano. Hemos tardado tanto en alzar la voz porque por mucho tiempo hemos sentido que formábamos parte de ellos: del mismo pueblo, no sé si un sol poble, pero sí un pueblo cívicamente unido. Hemos abandonado progresivamente el espacio público por temor al ostracismo o la muerte civil. A que nuestros más allegados pensaran que no éramos dignos de su confianza. Porque, digan lo que digan, la libertad más difícil no se ejerce ni contra el poder –en democracia, siempre algo abstracto y lejano– ni tampoco contra la publicidad. La libertad más difícil se ejerce contra los amigos. Contra los tuyos.

El sociólogo Émile Durkheim habló de “efervescencia colectiva” para explicar este fenómeno donde una sociedad comparte prácticas, hábitos y creencias como, por ejemplo, las Diadas. Durkheim ha sustituido a Montesquieu quien, probablemente, hoy sería un facha para la mitad de catalanes.

En Cataluña se han roto los valores de la ilustración. Los que hacen que un individuo pueda discrepar de los suyos a través de la razón independientemente de la compasión, el amor y las emociones que pueda sentir por ellos. Por eso tanta gente se sintió interpelada en la jornada del 1 de octubre al ver que una parte de los suyos recibía porrazos. Aunque pensara que eran ellos los que estaban equivocados. Como una madre que no quiere que metan a su hijo en la cárcel, aún sabiendo que es culpable. El valor está en decirle a su hijo que se ha equivocado, pero nadie discutiría el amor y lealtad de esa madre.

El nacionalismo destroza el terreno común que posibilita el debate, incluso entre familiares. Un liberal, un socialdemócrata e incluso un comunista pueden debatir sobre cuál es la mejor manera de generar riqueza y distribuirla. Un nacionalista no puede, porque aunque lo vista de racionalidad, el último eslabón de esta ideología apela a la parte emocional. Y si no estás con los tuyos, eres un traidor.

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Inés a secas

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Pau BARRENA
AFP

‘Merlín el encantador’ es una de las películas que más me gustaban cuando era pequeña. Todavía recuerdo los diálogos. Al principio de la historia, cuando Arturo conoce al mago, este le dice que puede llamarle “Merlín a secas”. Durante mucho tiempo pensé que “Asecas” era el apellido. Luego entendí que Merlín no necesitaba un apellido para ser reconocido.

El cómico Toni Albà llamó el otro día “mala puta” a Inés. Inés a secas. Esta Inés es una persona que, al parecer, se disfraza de demócrata para conseguir votos. Todo el mundo entendió que se refería a Inés Arrimadas, a la que el independentismo desprecia porque va camino de conventirse en la candidata más votada en Cataluña. Tanto la temen que la expresidenta del Parlament, Núria Gispert, quiso mandarla de vuelta a su Andalucía natal: “¿Por qué no vuelves a Cádiz?”.

De este asunto hemos sacado en claro que el actor es un humorista con muy poca gracia y también un machista impresentable. Pero el machismo tiene bula cuanto más a la izquierda en el eje ideológico y más hacia la independencia en el eje territorial se formula. También lo sabe Miquel Iceta, que hace unos días sufrió los insultos homófobos de un profesor de nanociencia, nanotecnología y enano mental de la Universidad de Barcelona.

Ante la indignación y el revuelo provocados por las palabras de Albà, el actor se ha apresurado a decir que no se refería a Arrimadas. Un torpe intento por buscar una exculpación que no ha de llegar. No solo porque Inés, como Merlín, no necesite de apellido para ser reconocida, sino porque no cabe disculpa para quien llama mala puta a ninguna Inés del mundo.

No obstante, estoy convencida de que, de ser preguntado, Albà afirmaría con sinceridad rotunda no ser machista. También creo que Gispert, en su fuero interno, está convencida de que la xenofobia es una idea aborrecible. Y el profesor de Barcelona negará tener nada contra los homosexuales. Pero, ay, todos esos atributos: ser mujer, haber nacido fuera, ser gay adquieren una dimensión moral nueva una vez se pasan por el filtro de la identidad nacional.

Entonces sí, bajo la luz de la vergüenza, contemplados en su españolidad, Iceta es un maricón e Inés es una mala puta que ha de volver a su tierra. No tendrán tanta suerte. Cádiz sabrá esperar.

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