El Subjetivo
En qué se equivocan (casi) todos mis amigos de derechas
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30.11.2016 El ajolote es uno de los pocos animales capaces de regenerar no solo sus patas o su cola cuando se las cortan, sino incluso su corazón o su riñón si estos empiezan a funcionarle mal. Como es natural, esto ha llamado la atención de numerosos investigadores. Hoy algunos de ellos intentan copiar en el cuerpo humano esa habilidad del ajolote para autorregenerarse. Pero resulta dudoso que científico alguno logre replicarla en otro animalito que bien que lo necesitaría: la derecha española actual.

En estos momentos, según lo veo yo, hay tres tendencias fundamentales en nuestra derecha. Y me temo que todas se equivocan.

Llamaré a la primera de ellas, recientemente enfervorizada, la derecha trumpiana. Esta derecha acierta en algunas cosas (todas lo hacen). Está cansada, con razón, de ciertos excesos de lo políticamente correcto (pero, o pera, ¿quién de nosotros o nosotras no lo estamos o estamas?). Aborrece que en cualquier discusión política la izquierda adopte automáticamente una postura de superioridad moral. No le gusta que en todo debate baste ser miembro de una minoría (mujer, gay, negro, hablante de quechua…) para exigir que automáticamente se le dé a uno la razón. Esta derecha tiene motivos para detectar injusticias en todo esto y, como luego señalaré, ello no es baladí.

Ahora bien, esta derecha trumpiana yerra cuando de ahí extrae la conclusión de que es la hora de (volver a) despreciar a esas minorías; o que está bien hundirse en la bajeza moral (como ha ocurrido a menudo durante la campaña electoral de Donald Trump, en cuyo triunfo mucha de esta derecha ha visto una especie de revancha). La solución a los excesos de lo políticamente correcto no es abismarse en las gamberradas adolescentes. La derecha trumpiana española tiene además tintes propios poco prometedores. Miembros suyos, como Santiago Abascal, intentan recuperar a estas alturas el nacionalismo españolazo. Y con ello ignoran que los campeones en España contra el nacionalismo catalán o vasco (Fernando Savater, Arcadi Espada, Albert Boadella, Jon Juaristi…), lejos de abrirles el camino a ellos, los trumpianos, en realidad han dado motivos para desmontar, con igual tino que los periféricos, cualquier posible nacionalismo español.

Hay también una parte de esa derecha trumpiana (pienso ahora, verbigracia, en Jaime Mayor Oreja) que trata de aprovechar que el Misisipí pasa por Nueva Orleans para reabrir debates hoy ya superados en España: por ejemplo, el que nos concede iguales derechos a todos sea cual sea nuestra orientación sexual. Los trumpianos gustan de presentarse como los últimos guardianes de la civilización occidental en un mundo asediado por islamistas, izquierdistas y relativistas; por desgracia, a menudo ignoran que uno de los méritos de ese Occidente al que proclaman su amor es justo que muchos no queramos ni oír hablar de dar derechos desiguales en función de cuál sea tu raza, sexo u orientación sexual.

Un segundo tipo de derecha entre nosotros es la que podríamos llamar rajoyana. A diferencia del pesimismo con que los trumpianos contemplan España (y el mundo, y la Historia universal), esta derecha me recuerda a los fans de Rodríguez Zapatero entre los años 2004 y 2008; cuando les hacías evidente la errabunda política de ese presidente, te respondían raudos: “Sí, pero gana elecciones”. La derecha rajoyana no entiende que vencerle las elecciones en Europa a un grupo de chavistas no es gran mérito; que triunfar frente a un Partido Socialista atribulado porque sus “hijos” se han pasado al chavismo no es seña de especial valía. La derecha rajoyana está convencida de que si ella no se mueve entonces el mundo no se moverá. Es como el crío que, asomado a la ventana de un AVE, se fija solo en las inertes montañas lejanas para figurarse que en realidad no circula a 200 kilómetros por hora, mientras disfruta del menú del poder.

Esta derecha rajoyana desaprovechará la oportunidad que tiene ahora, con tanto rival político convaleciente, para regenerarse. Y avanza rauda hacia un congreso, el del Partido Popular el próximo febrero, cuya democracia se acerca más a las repúblicas bananeras que a países como Francia (donde el centroderecha acaba de celebrar unas primarias encomiables). Pues de república bananera es que el censo de sus militantes no esté verificado: recordemos que el PP ya ha sido condenado en los tribunales por inventarse que tenía afiliados que en realidad no poseía. Y no de república bananera, pero sí un tanto aplatanada, es no atreverse a elegir a su candidato por sufragio universal, secreto y directo; o imponer plazos lo más pequeñitos posible para la presentación de candidaturas. En suma: lo que podría ser un congreso para renovar las ideas del Partido Popular se está planteando como un mero remedo de spot publicitario. Resulta iluso pensar que con ilusionismos semejantes ilusionarán a muchos. Diríase que el PP está obstinado en parecerse al grueso de sus votantes y en ser, como ellos, un jubilado de la profesión a la que se dedicaba antes, que en su caso era hacer política.

Por último, al tercer tipo de derecha española actual la denominaré obsecuente. Esta derecha, como la rajoyana, ha abandonado el esfuerzo por repensar sus ideas. Pero no se conforma, como los rajoyanos, con la mera gestión del día a día del poder, sino que simplemente ha externalizado la producción de nuevas ideas. Y la ha externalizado, como siempre que se hace outsourcing, a un lugar donde se producen ideas más baratitas: concretamente, a la izquierda actual. Se trata de una derecha que simplemente va adoptando las ideas de la izquierda con diez o doce años de retraso. Es hasta cierto punto comprensible el cansancio que sienten los trumpianos hacia esta obsecuencia y su anhelo, por contraposición, de reinventar la derecha.

Pero una reinvención de la derecha no triunfará si consiste solo en hacerla más populista: si el populismo de Trump ni siquiera ha ganado en votos en EE. UU., donde todos reconoceremos que hay un caldo más proclive a ello, parece improbable que lo haga en España. Y sí parece probable que, puestos a ser populistas, el populismo que aquí venza sea de otro signo bien distinto y bien chavista. De modo que es mejor, aunque solo sea por motivos prácticos, tener cuidado con usar ese juguete populista de las verdades a medias y las emociones a flor de piel.

¿Hay, pues, algún otro tipo de derecha posible en España? Seguramente sí, aunque hoy se halle un tanto sumergida. Cuando emerja se tratará seguramente de un proyecto amplio que agrupe, como bien sabe expresar mi amiga Isabel Benjumea, a todos los que estén a la derecha de la izquierda. Y que por lo tanto no coincidirá, en términos de partido, ni con el actual PP ni con el Ciudadanos actual. Tal vez por ello ni siquiera el nombre de “derecha” a secas le sea del todo adecuado. Aunque lo de menos será el nombre y lo de más será que haga unas cuantas apuestas claras. La apuesta por una radical democracia interna. La apuesta por atraer a tantos jóvenes que hoy creen que solo la izquierda les atiende. La apuesta por mostrar que la libertad es una idea poderosa que en el fondo todos anhelamos, pues solo si somos libres nos sentimos realizados como personas. La apuesta por un patriotismo no nacionalista, que sabe que preocuparte y ocuparte de tu país es una virtud, pero que ese país son sus gentes, no imponerles a estas una u otra identidad.

En inglés es fácil hacer un juego de palabras y mostrar que la derecha (right en ese idioma) debe preocuparse sobre todo de lo correcto: lo que está, en inglés, right. En español, dejémoslo en que alguien deberá defender lo que es justo frente a una izquierda actual que, ante cualquier problema, pareciera a menudo que solo busca identificar cuál es el colectivo que le suscita más compasión para ponerse sin más de su lado. Esto significa, y sé que con ello me opongo a mucho #LET, que no debe ser la libertad solo, sino también la justicia fuente primordial del centroderecha español. Y más ahora que hay tanta gente cansada de las injusticias que comete la izquierda en nombre de la igualdad; más ahora que psicólogos evolutivos como Jonathan Haidt han mostrado que buscar la justicia constituye una de las fuerzas más poderosas de la moralidad.

Si hasta el ajolote sabe identificar qué partes de su cuerpo no están del todo ajustadas, y las regenera, ¿no sabrá el centroderecha detectar sus propias carencias y corregirlas, para luego ayudar a mejorar nuestra nación?