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Los cinco ¿retos? para el nuevo Gobierno de Rajoy

Miguel Ángel Quintana Paz

Me pide Ignacio Peyró, director de esta sección de El Subjetivo en The Objective, que escriba los que creo que son “los cinco retos principales” a que se enfrenta el nuevo Gobierno de Mariano Rajoy. Uno tiene la sensación de que entender como “retos” algo relacionado con Rajoy acaso ya sea un punto de partida no del todo acertado: uno sospecha que este registrador de la propiedad pontevedrés afronta las cosas más como hace cualquier otro funcionario con los encargos de su oficina, que como un deportista o un héroe clásico se enfrenta a sus “retos”. Pero sea, llamemos por un rato “retos” a esos cartapacios con expedientes que te ha traído a la mesa el jefe de negociado y veamos cuáles son, en mi humilde opinión, los cinco más peliagudos de ellos.

1) Nacionalismo

Para abordar un problema lo importante es empezar por ponerle el nombre adecuado. Y el problema no se llama “Cataluña”, como en tiempos de ETA no se llamó “País Vasco” ni hace unos años, en la Italia en que prosperó la Liga Norte, se llamaba “Padania” (que, para empezar, era un nombre inventado). El problema se llama nacionalismo y lleva siendo un problema no solo para España, sino para toda Europa, y después para todo el mundo, desde sus orígenes a finales del siglo XVIII.

El nacionalismo es el típico problema que en realidad se nos presenta como una solución: es una ideología que afirma que todo irá mejor si cada “pueblo” puede expresar su “identidad” en un Estado propio. Como hablar de la “identidad” de un “pueblo” es algo así como hablar del quinchinpún de la quinchinpán (es decir, un término que no significa nada o significa cualquier cosa que queramos), refutar a un nacionalista a veces se vuelve tan complicado como responder a alguien que nos hable en idioma dothraki: no sabemos muy bien ni qué quiere decir.

Pero lo que sí sabemos es para qué se usa ese idioma extraño. Resulta ser extremadamente útil para conseguir que las masas vayan detrás de ti mientras agitas una bandera y echas la culpa a los de fuera de todos los males de dentro. Así hizo el presidente catalán Artur Mas hace unos años, cuando la crisis económica le forzó a aplicar ajustes en su Gobierno (como ocurrió con todos los Gobiernos europeos), pero no quiso ser él quien asumiera la responsabilidad por ello. Siempre es más útil que el responsable de las cosas feas que haces sea el quinchinpún de la quinchinpán a serlo tú.

Y desde entonces tenemos, con ayuda de los medios de comunicación y la escuela nacionalistas, a  buena parte de los catalanes convertidos a esa fe: persuadidos de que la causa de sus problemas somos el resto de los españoles. ¿Qué puede hacer el Gobierno de Rajoy ante ello? Existen al menos tres estrategias posibles. La primera  la explicó el filósofo José Ortega y Gasset hace ya décadas: no intentemos resolver este problema, decía Ortega, limitémonos a saber conllevarlo, igual que uno acaba habituándose a una enfermedad crónica. Esta parece haber sido la estrategia de Mariano Rajoy hasta ahora, dado que no se le conoce medida alguna para resolver el nacionalismo, sino solo una resistencia pétrea para capear sus sacudidas.

La segunda opción, naturalmente, es ponerse a resolver el problema. Algo que es poco probable que se produzca en esta legislatura, siendo el problema tan viejo y toda legislatura, por definición, tan corta en términos históricos. Además, sabemos que adanistas como Rodríguez Zapatero, que creyeron poder resolver de una vez con un nuevo Estatuto el problema nacionalista, no hicieron sino agravarlo.

Quizá, entonces, debería resultarnos más atractiva la tercera opción: que no es tanto resolver el problema, sino disolverlo. Es decir, empezar a socavar todas aquellas bases se apoya el nacionalismo. Al igual que cualquier otra cosa en la vida, el nacionalismo no surge por generación espontánea. Empecemos a corromper todo lo que le da alimento. Y quienes mejor saben de ello son los intelectuales catalanes no nacionalistas. Una de las pocas cosas buenas que creo que le debemos al nacionalismo de nuestras Españas es que ha permitido que surjan entre nosotros un número apreciable de expertos en desmontar el propio nacionalismo, de un nivel intelectual general que no se conoce en otros países europeos (pues ellos no han sufrido tan virulentamente ese problema). A menudo he preguntado a varios de estos intelectuales si el Gobierno de todos los españoles alguna vez les consulta, les pide impresiones, intercambia con ellos ideas. La respuesta suele ser negativa. Estaría bien que el Gobierno de Rajoy empezara pues el famoso “diálogo con Cataluña” con esta parte aún mayoritaria en Cataluña: la de los no nacionalistas, que son los que mejor saben de cómo tratar a la otra parte.

2) Populismo

Este cartapacio se parece mucho al anterior. El populismo, ya sea de derechas (Donald Trump, Marine Le Pen…), ya sea de izquierdas (Pablo Iglesias, Nicolás Maduro…) no consiste solo en decirle a los votantes cosas seductoras: todo político ha tenido siempre una parte de seductor. El populismo es mucho más concreto. Trata de seducir con ese mismo mecanismo que ya hemos descrito en el caso del nacionalismo: persuadir a tus votantes de que la culpa de todos sus males la tienen entes malvados y ajenos, excitar luego las pasiones más bajas contra ellos y, aupados en esa indignación, asaltar finalmente el poder. Es importante el componente emocional del populismo porque este evita que cualquiera haga los razonamientos más sencillos: no, señora nacionalista catalana, el dinero gastado en la educación de un niño extremeño no tiene la culpa de sus males; no, señor populista, Merkel no tiene la culpa de que usted se metiera en una hipoteca que era improbable que pudiera pagar (y mire que siento ese su desafortunado cálculo), ni tampoco obligó a los dirigentes de la caja de ahorros que le dio tal hipoteca a derrochar su dinero yéndose de Carnaval a Venecia para aprobarse prejubilaciones millonarias.

Pero el populismo ha cundido por toda España. Y aunque, de momento, parece contenido por el dique de la hipocresía de sus defensores, no resulta agradable tener en el Congreso de los Diputados a tantos oradores que esputan odio cada vez que intervienen; ni tampoco es agradable que siga habiendo un número tan alto de jóvenes españoles seducidos por esos flautistas de Hamelín. El Gobierno de Rajoy tendrá que ayudar en la tarea de desmontar las mentiras populistas. Y esto no significa, naturalmente, caer en el error de otros políticos europeos, como Nicolas Sarkozy o Theresa May, que han introducido dosis populistas en sus propios discursos conservadores para vencer en su terreno al populismo de sus naciones. Si copias al populismo, en el fondo legitimas al populismo.

3) Mercado de trabajo.

El flautista de Hamelín populista tiene especial éxito entre los jóvenes españoles porque la situación de los jóvenes españoles es especialmente injusta, y no hay nada que sepan hacer mejor los populistas que aprovechar injusticias reales para seducirnos con soluciones irreales. La situación de los jóvenes españoles es injusta porque su tasa de desempleo es altísima. Esta no es la maldición que ninguna bruja alemana nos haya impuesto, sino algo de lo que somos responsables los propios españoles. Nuestro sistema laboral, desde el franquismo, protege extraordinariamente a los viejos que ya poseemos un trabajo fijo, mientras deja a la intemperie de encadenar contrato precario tras contrato precario al joven que intenta entrar en la vida adulta. Esto ha sido así antes y después de la última reforma laboral, así que echarle a esta la culpa, como tanto insistía aquel señor que se llamaba Pedro Sánchez, es solo una mentira más. Hay que tener los arrestos de hacer por fin una reforma verdadera de nuestro mercado de trabajo. Arrestos como los que tuvo Ciudadanos en las elecciones de diciembre 2015, aunque seis meses después también se acobardaran y eliminaran de su programa la idea de contrato único.

4) Recortes

Otra área en que hará falta que el Gobierno se arme de esas dos virtudes señeras, la de la sinceridad y la de la valentía, es esta: los recortes que España habrá de efectuar con miras a reducir su déficit. En primer lugar, sinceridad: contar de una vez a los españoles, ahora que ya se ha acabado esta última campaña electoral que nos ha acompañado un año (y en la que nadie nos lo ha contado), que no es posible seguir viviendo indefinidamente de un dinero que no tenemos, pues eso es lo que significa el latinismo “déficit”. En segundo lugar, valentía: para eliminar todos los gastos superfluos que es justo eliminar, y para resistir la venganza que te espera de aquellos que viven gozando de ellos.

5) Rellénelo usted mismo.

Soy escéptico con que el Gobierno de Rajoy sea capaz de arrostrar con eficacia ninguno de los cuatro retos que he señalado. Pero aún lo soy más de que sea competente ante este quinto epígrafe, debido a lo que empecé diciendo: que a Rajoy le van más los cartapacios oficinescos que los retos propiamente dichos. Y este quinto reto consiste precisamente en que creo que el Gobierno de Rajoy debería echar mano de la imaginación y proponer a los españoles un nuevo reto ilusionante con el que afrontar las décadas en que nos adentramos. Ya hemos contado que Artur Mas lo supo hacer (aunque se tratara del reto equivocado) cuando propuso a los catalanes el reto de lograr su secesión del resto de España. Theresa May o Nicolas Sarkozy también están renovando su discurso, aunque se trata de nuevo de una renovación errada. ¿Sería mucho pedir al centroderecha español que lo intentara y, en lugar de conformarse con gestionar mal que bien los problemas que otros le traen, marcara él mismo los retos, los objetivos, el proyecto de qué quiere ser España en el mundo globalizado actual? ¿Sería mucho pedir empezar a pensar que tal vez España no sea solo una oficina de registro?

Continúa leyendo: 13 canciones para empeorar tu depresión, por C. Tangana

13 canciones para empeorar tu depresión, por C. Tangana

Redacción TO

Foto: Javier Ruiz
Sony Music Spain

C. Tangana no necesita presentación, a menos, claro, que hayas desembarcado en la Tierra no hace muchas horas y en tu planeta no exista Internet.  Si ese fuera el caso, para que no te quedes fuera, te aclaramos que estamos hablando del artista urbano con más proyección en España en 2017.

Su primer álbum para Sony Music, Ídolo, no solo logró acaparar la atención de todos en 2017, sino que destruyó etiquetas y tabúes en la música española al poder mezclar con desenfado calidad y éxito de masas en la escena musical patria. Ídolo es un disco conceptual, descarado, provocador pero sobre todo honesto y auténtico.

Gracias a una Mala Mujer que dejó cicatrices por todo su cuerpo con sus uñas de gel ganó un doble disco de platino en 2017 y ganó reconocimiento internacional. Pero como en Ídolo lo eléctico manda, no hay reglas, solo impulsos, y por eso junto al beat latino hay sencillos que son ejemplo de rap sin concesiones como Caballo ganador y Tiempo.

Ídolo, que fue lanzado únicamente en formato digital, ocupó el primer puesto en las listas de streaming durante tres semanas y se mantuvo en el Top 10 durante muchas más.

13 canciones para empeorar tu depresión por C. Tangana 1
Fragmento letra No te pega. Presentación en Madrid. | Foto: The Objective.

Pero ojo, que para disfrutar de C. Tangana antes de los festivales de verano hay dos fechas, solo dos: el 2 de marzo en Razzmatazz (Barcelona) y 27 de abril en la tropical La Riviera (Madrid).  Abriendo la noche estará Sticky M.A. y cerrándola estaréis todos vosotros porque a cada concierto le seguirá un after con DJs y artistas del entorno de Agorazein, además de otros invitados especiales.

13 canciones para empeorar tu depresión por C. Tangana 2
Foto: Javier Ruiz. / Cedida por: Sony Music Spain

¿Que te deprime que no haya más presentaciones en vivo de C. Tangana desde abril hasta el verano? Perfecto, él mismo nos ha preparado esta playlist con 13 temas para empeorar tu depresión. Desde Joy Division y NIN hasta Los Punsetes y Notorious B.I.G. Eclecticismo y lágrimas. Úsala a discreción y, para cualquier duda, consulta a tu médico.

Continúa leyendo: La historia que no conocías detrás de El Rastro

La historia que no conocías detrás de El Rastro

Redacción TO

Foto: Ana Laya
The Objective

El Rastro forma parte de los llamados “barrios bajos” de Madrid en el sentido geográfico, ya que está situado en un terreno que desciende hacia el río Manzanares. El origen de su nombre ha sido ampliamente estudiado por historiadores y cronistas.

Está documentado, desde 1740, como un lugar de encuentro para la venta, cambio y trapicheo de objetos de segunda mano que se formaba alrededor de los mataderos que se ubicaban en la actual plaza General Vara de Rey y los curtidores que se instalaron en Ribera de Curtidores durante sus orígenes.

“Rastro” era en el siglo XVI sinónimo de carnicería o desolladero y cuenta la tradición popular que los restos de los animales degollados eran arrastrados desde el matadero, dejando a su paso un “rastro” de sangre. De allí el nombre del famoso mercado dominical.

¿Por qué El Rastro se llama El Rastro? 1
Una venta de libros en El Rastro. | Foto: Ana Laya / The Objective

Esta teoría también la sostiene el libro El origen del Rastro y los mataderos de Madrid por Antonio López Gómez (1976) que señala que en la plaza del General Vara del Rey estaba “el matadero y carnicería real” en el siglo XVIII. También habla de la coexistencia del rastro con otros mataderos, uno “viejo”, en el siglo XVI, y otro “nuevo”, a partir del siglo XVII en la Puerta de Toledo.

Según el diccionario de Covarrubias, el “rastro”, en una de sus acepciones, se refiere al “lugar donde se matan los carneros (…) porque los llevan arrastrando, desde el corral hasta el sitio donde los desuellan, y por el rastro que deja se le dio este nombre al lugar (mercado)”. Por su parte, el Diccionario de la Academia mantiene -en cuanto a “rastro”- la acepción de “matadero o sitio de venta de carnes al por mayor en determinados días y aún se utiliza en algún lugar”.

¿Por qué El Rastro se llama El Rastro? 2
Este año, cumple 267 de como mercado dominical. | Foto: Ana Laya / The Objective

Aunque esta es la teoría más famosa, hay autores que la califican de “tópico y equívoco”, Tal es el caso de José A. Nieto Sánchez quien en Historia del Rastro: Los orígenes del mercado popular de Madrid, afirma que, aunque había venta de carne, esta es solo una arista más de su historia pero no la única razón del nombre. Este año, se cumplen 267 años de El Rastro como mercado dominical y ya en 1914 Ramón Gómez de la Serna escribió sobre el mercadillo: “Solo en medio del libertinaje y la soltura del Rastro las cosas se enseñan a sí mismas, y personalmente se encaran y expresan”.

Continúa leyendo: Cataluña para los catalanoparlantes

Cataluña para los catalanoparlantes

Ricardo Dudda

Foto: Bernat Armangue
AP

El debate lingüístico en Cataluña nunca ha tenido que ver con la lengua, sino con la cultura.
Un ejemplo es una frase como “Cataluña es el catalán”, que se ha usado en los debates
sobre la inmersión lingüística esta semana y que difícilmente puede defenderse como una
idea liberal (lo digo porque quien la ha usado es un liberal socialdemócrata, y porque un
partido progresista como el PSC es un gran defensor del monolingüismo en la escuela).

La defensa de una sola lengua en una sociedad plurilingüe va contra el pluralismo liberal, y
en cierto modo recoge el argumentario nacionalista, que considera la lengua uno de los
hechos diferenciales. Para los clásicos nacionalistas, como Herder, la lengua refleja un
modo de pensar y una forma de ser. La lengua es la esencia del nacionalismo: una nación
para cada lengua.

Uno puede usar argumentos pragmáticos para defender la inmersión lingüística, como la
idea de que es una manera de elevación social (los castellanoparlantes catalanes tienen
mayores cifras de fracaso escolar que los catalanoparlantes). También se suele decir que la
inmersión es el gran consenso de la sociedad catalana, pero un estudio de Roberto Gravia y
Andrés Santana muestra que es falso: “existe un alto nivel de consenso sobre el modelo
lingüístico de las escuelas, pero el rasgo definitorio de dicho consenso es la pluralidad
lingüística, no la posición hegemónica de ninguna de ellas: los votantes de todos los
partidos coinciden en que al menos un 28% de las clases deben ser en catalán, un 25 % en
inglés, y un 20 % en castellano; y difieren en cómo debe impartirse el 27% restante de
horas.” Gravia y Santana afirman que “la sociedad catalana está muy lejos del amplio
consenso a favor de la inmersión lingüística, que más parece ser un mantra que reflejo de
las preferencias de la sociedad catalana”.

Al defender el modelo monolingüe se defiende la idea nacionalista de que la lengua catalana
ha de preservarse per se, sin importar su número de hablantes (son más los
castellanoparlantes en Cataluña que los catalanoparlantes). La lengua se defiende porque es
un bien en sí mismo. De ahí a preservarla para que no se contamine de otras lenguas (que
es lo que hacen las lenguas y así es como se forman) hay muy poco.

Esto crea situaciones difícilmente explicables, como explica Félix Ovejero: “que la lengua
mayoritaria y común en Cataluña sea el castellano y que sin embargo no sea la que
proporciona identidad nos lleva a situaciones conceptualmente complicadas”. La lengua va
antes que la ciudadanía. Es un argumento nacionalista. Al defender la lengua se defiende
una especie de esencia y cultura inmutable. Es una lógica peligrosa, que los más radicales
han usado para defender su idea de “Cataluña para los catalanes”.

Continúa leyendo: Me llena de odio -y de satisfacción-

Me llena de odio -y de satisfacción-

Gonzalo Gragera

Foto: Sipi
EFE

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo incorrecto equivocado Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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