Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Los cinco ¿retos? para el nuevo Gobierno de Rajoy

Miguel Ángel Quintana Paz

Me pide Ignacio Peyró, director de esta sección de El Subjetivo en The Objective, que escriba los que creo que son “los cinco retos principales” a que se enfrenta el nuevo Gobierno de Mariano Rajoy. Uno tiene la sensación de que entender como “retos” algo relacionado con Rajoy acaso ya sea un punto de partida no del todo acertado: uno sospecha que este registrador de la propiedad pontevedrés afronta las cosas más como hace cualquier otro funcionario con los encargos de su oficina, que como un deportista o un héroe clásico se enfrenta a sus “retos”. Pero sea, llamemos por un rato “retos” a esos cartapacios con expedientes que te ha traído a la mesa el jefe de negociado y veamos cuáles son, en mi humilde opinión, los cinco más peliagudos de ellos.

1) Nacionalismo

Para abordar un problema lo importante es empezar por ponerle el nombre adecuado. Y el problema no se llama “Cataluña”, como en tiempos de ETA no se llamó “País Vasco” ni hace unos años, en la Italia en que prosperó la Liga Norte, se llamaba “Padania” (que, para empezar, era un nombre inventado). El problema se llama nacionalismo y lleva siendo un problema no solo para España, sino para toda Europa, y después para todo el mundo, desde sus orígenes a finales del siglo XVIII.

El nacionalismo es el típico problema que en realidad se nos presenta como una solución: es una ideología que afirma que todo irá mejor si cada “pueblo” puede expresar su “identidad” en un Estado propio. Como hablar de la “identidad” de un “pueblo” es algo así como hablar del quinchinpún de la quinchinpán (es decir, un término que no significa nada o significa cualquier cosa que queramos), refutar a un nacionalista a veces se vuelve tan complicado como responder a alguien que nos hable en idioma dothraki: no sabemos muy bien ni qué quiere decir.

Pero lo que sí sabemos es para qué se usa ese idioma extraño. Resulta ser extremadamente útil para conseguir que las masas vayan detrás de ti mientras agitas una bandera y echas la culpa a los de fuera de todos los males de dentro. Así hizo el presidente catalán Artur Mas hace unos años, cuando la crisis económica le forzó a aplicar ajustes en su Gobierno (como ocurrió con todos los Gobiernos europeos), pero no quiso ser él quien asumiera la responsabilidad por ello. Siempre es más útil que el responsable de las cosas feas que haces sea el quinchinpún de la quinchinpán a serlo tú.

Y desde entonces tenemos, con ayuda de los medios de comunicación y la escuela nacionalistas, a  buena parte de los catalanes convertidos a esa fe: persuadidos de que la causa de sus problemas somos el resto de los españoles. ¿Qué puede hacer el Gobierno de Rajoy ante ello? Existen al menos tres estrategias posibles. La primera  la explicó el filósofo José Ortega y Gasset hace ya décadas: no intentemos resolver este problema, decía Ortega, limitémonos a saber conllevarlo, igual que uno acaba habituándose a una enfermedad crónica. Esta parece haber sido la estrategia de Mariano Rajoy hasta ahora, dado que no se le conoce medida alguna para resolver el nacionalismo, sino solo una resistencia pétrea para capear sus sacudidas.

La segunda opción, naturalmente, es ponerse a resolver el problema. Algo que es poco probable que se produzca en esta legislatura, siendo el problema tan viejo y toda legislatura, por definición, tan corta en términos históricos. Además, sabemos que adanistas como Rodríguez Zapatero, que creyeron poder resolver de una vez con un nuevo Estatuto el problema nacionalista, no hicieron sino agravarlo.

Quizá, entonces, debería resultarnos más atractiva la tercera opción: que no es tanto resolver el problema, sino disolverlo. Es decir, empezar a socavar todas aquellas bases se apoya el nacionalismo. Al igual que cualquier otra cosa en la vida, el nacionalismo no surge por generación espontánea. Empecemos a corromper todo lo que le da alimento. Y quienes mejor saben de ello son los intelectuales catalanes no nacionalistas. Una de las pocas cosas buenas que creo que le debemos al nacionalismo de nuestras Españas es que ha permitido que surjan entre nosotros un número apreciable de expertos en desmontar el propio nacionalismo, de un nivel intelectual general que no se conoce en otros países europeos (pues ellos no han sufrido tan virulentamente ese problema). A menudo he preguntado a varios de estos intelectuales si el Gobierno de todos los españoles alguna vez les consulta, les pide impresiones, intercambia con ellos ideas. La respuesta suele ser negativa. Estaría bien que el Gobierno de Rajoy empezara pues el famoso “diálogo con Cataluña” con esta parte aún mayoritaria en Cataluña: la de los no nacionalistas, que son los que mejor saben de cómo tratar a la otra parte.

2) Populismo

Este cartapacio se parece mucho al anterior. El populismo, ya sea de derechas (Donald Trump, Marine Le Pen…), ya sea de izquierdas (Pablo Iglesias, Nicolás Maduro…) no consiste solo en decirle a los votantes cosas seductoras: todo político ha tenido siempre una parte de seductor. El populismo es mucho más concreto. Trata de seducir con ese mismo mecanismo que ya hemos descrito en el caso del nacionalismo: persuadir a tus votantes de que la culpa de todos sus males la tienen entes malvados y ajenos, excitar luego las pasiones más bajas contra ellos y, aupados en esa indignación, asaltar finalmente el poder. Es importante el componente emocional del populismo porque este evita que cualquiera haga los razonamientos más sencillos: no, señora nacionalista catalana, el dinero gastado en la educación de un niño extremeño no tiene la culpa de sus males; no, señor populista, Merkel no tiene la culpa de que usted se metiera en una hipoteca que era improbable que pudiera pagar (y mire que siento ese su desafortunado cálculo), ni tampoco obligó a los dirigentes de la caja de ahorros que le dio tal hipoteca a derrochar su dinero yéndose de Carnaval a Venecia para aprobarse prejubilaciones millonarias.

Pero el populismo ha cundido por toda España. Y aunque, de momento, parece contenido por el dique de la hipocresía de sus defensores, no resulta agradable tener en el Congreso de los Diputados a tantos oradores que esputan odio cada vez que intervienen; ni tampoco es agradable que siga habiendo un número tan alto de jóvenes españoles seducidos por esos flautistas de Hamelín. El Gobierno de Rajoy tendrá que ayudar en la tarea de desmontar las mentiras populistas. Y esto no significa, naturalmente, caer en el error de otros políticos europeos, como Nicolas Sarkozy o Theresa May, que han introducido dosis populistas en sus propios discursos conservadores para vencer en su terreno al populismo de sus naciones. Si copias al populismo, en el fondo legitimas al populismo.

3) Mercado de trabajo.

El flautista de Hamelín populista tiene especial éxito entre los jóvenes españoles porque la situación de los jóvenes españoles es especialmente injusta, y no hay nada que sepan hacer mejor los populistas que aprovechar injusticias reales para seducirnos con soluciones irreales. La situación de los jóvenes españoles es injusta porque su tasa de desempleo es altísima. Esta no es la maldición que ninguna bruja alemana nos haya impuesto, sino algo de lo que somos responsables los propios españoles. Nuestro sistema laboral, desde el franquismo, protege extraordinariamente a los viejos que ya poseemos un trabajo fijo, mientras deja a la intemperie de encadenar contrato precario tras contrato precario al joven que intenta entrar en la vida adulta. Esto ha sido así antes y después de la última reforma laboral, así que echarle a esta la culpa, como tanto insistía aquel señor que se llamaba Pedro Sánchez, es solo una mentira más. Hay que tener los arrestos de hacer por fin una reforma verdadera de nuestro mercado de trabajo. Arrestos como los que tuvo Ciudadanos en las elecciones de diciembre 2015, aunque seis meses después también se acobardaran y eliminaran de su programa la idea de contrato único.

4) Recortes

Otra área en que hará falta que el Gobierno se arme de esas dos virtudes señeras, la de la sinceridad y la de la valentía, es esta: los recortes que España habrá de efectuar con miras a reducir su déficit. En primer lugar, sinceridad: contar de una vez a los españoles, ahora que ya se ha acabado esta última campaña electoral que nos ha acompañado un año (y en la que nadie nos lo ha contado), que no es posible seguir viviendo indefinidamente de un dinero que no tenemos, pues eso es lo que significa el latinismo “déficit”. En segundo lugar, valentía: para eliminar todos los gastos superfluos que es justo eliminar, y para resistir la venganza que te espera de aquellos que viven gozando de ellos.

5) Rellénelo usted mismo.

Soy escéptico con que el Gobierno de Rajoy sea capaz de arrostrar con eficacia ninguno de los cuatro retos que he señalado. Pero aún lo soy más de que sea competente ante este quinto epígrafe, debido a lo que empecé diciendo: que a Rajoy le van más los cartapacios oficinescos que los retos propiamente dichos. Y este quinto reto consiste precisamente en que creo que el Gobierno de Rajoy debería echar mano de la imaginación y proponer a los españoles un nuevo reto ilusionante con el que afrontar las décadas en que nos adentramos. Ya hemos contado que Artur Mas lo supo hacer (aunque se tratara del reto equivocado) cuando propuso a los catalanes el reto de lograr su secesión del resto de España. Theresa May o Nicolas Sarkozy también están renovando su discurso, aunque se trata de nuevo de una renovación errada. ¿Sería mucho pedir al centroderecha español que lo intentara y, en lugar de conformarse con gestionar mal que bien los problemas que otros le traen, marcara él mismo los retos, los objetivos, el proyecto de qué quiere ser España en el mundo globalizado actual? ¿Sería mucho pedir empezar a pensar que tal vez España no sea solo una oficina de registro?

Susana es susuna: todos a una

Gonzalo Gragera

De las Juventudes Socialistas del barrio del Tardón, en Triana, a los pasillos del ayuntamiento de Sevilla. Primeros años del nuevo siglo; cambio de milenio, mudanza en las bases del futuro socialismo andaluz, tan parecido, paradoja viene, al de la eclosión de los años ochenta. Por aquel entonces, Susana Díaz contaba veinticuatro años y un aval de nombres de poder en la selva de lo local y de lo regional, en esa micropolítica que sirve de ensayo, de preparación, de entrenamiento: terreno de juego en donde todo se reduce, en donde las posibilidades de crecer disminuyen, aunque ese pequeño espacio propicie mejores vistas al político joven con ganas de conocer el cómo funciona las redes internas un partido. Menor escala, sí, pero mayor cercanía, que traducido al verbo de las aspiraciones partidistas significa tenerlo todo más a mano, más próximo, más manejable, laboratorio de experiencias que llegarán una vez se cumpla la prometedora carrera política. En cuanto Madrid llame a la puerta.

Susana Díaz supo jugar sus cartas, y aprender de ellas, en esos años de juventud partidista. Juventud en la que consolidó cualidades que la han acompañado durante su trayectoria socialista. Dotes que ella misma demuestra, aunque de manera sibilina, en esta pugna por el poder del PSOE: capacidad para anular a los enemigos, y aquí la clave, sin que se note. En silencio. Tomando alianzas mediáticas –esa medalla de Andalucía a Antonio Caño, director de El País– y financieras –su amistad con Antonio Pulido, en La Caixa-; perpetrando la emboscada mediante las bases, la militancia; desgastando, de puro desconcierto y cansancio, las propuestas de sus rivales, que son López y Sánchez, sí, pero que fueron Pepe Griñán y Manolo Chaves. Recordemos la cita que el primero le apunta al segundo en cuanto se entera de que Díaz comentó en una rueda de prensa que ambos deberían dejar sus ocupaciones políticas debido al caso ERE: “Pepe, Susana nos ha matado”. Si así trató a sus mentores, ¿cómo lo hará con sus rivales?

Dicen que la cámara vieja del PSOE apoya a Díaz, y es cierto, aunque de motivos no vayan sobrados. Es un apoyo más de identidad que de convicción; más de “mal menor” que de confianza, incluso de caballo ganador, de me arrimo a quien me garantiza posición y puesto. La mayoría de los argumentos que se oyen tienen por contenido la abstracción de los ideales –sentido de Estado es uno de los más citados- o las vaguedades del discurso de aplauso mitinero, el carisma, que es la palabra de los que no tienen nada que decir. Así sucede en Andalucía, en donde todo es propaganda de la tele pública y abrazos a señores mayores en las residencias, a pesar de la reducción del dinero público a la sanidad. Mayor recorte de España. Pero Díaz controla la opinión, el gesto, la cúpula y el noticiero. Los cuatro puntos cardinales del político que apunta al cosmos nacional desde la autonomía, ese instrumento del que se benefició para alcanzar lo que de verdad ha ambicionado estos últimos cinco años, que no es la presidencia de Andalucía, sino de España. Susana es susuna: todos a una.

Por qué la izquierda es moralmente inferior

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: DYLAN MARTINEZ
Reuters

Es probable que si usted ha convivido con personas políticamente “de izquierdas” haya notado que suelen sentirse moralmente superiores a las demás. Hay también, naturalmente, gente de derechas que adolece de ese mismo hábito: aunque mi impresión, y la de Nietzsche, es que son cada vez menos. En un reciente artículo publicado en otro medio (Ctxt) su autor, Ignacio Sánchez-Cuenca, coincide conmigo en la idea de que los que más se prodigan en sentir superioridad moral sobre los demás son los izquierdistas. Lo curioso de Sánchez-Cuenca es que él mismo se adscribe a la izquierda. ¿Por qué entonces no le cuesta reconocer que él y los suyos sienten superioridad moral? Sencillo: porque cree que ese sentimiento de superioridad moral está plenamente justificado. Dicho con sus propias palabras: “las personas de izquierdas tiene (sic) una mayor sensibilidad hacia las injusticias que las personas de derechas y por eso desarrollan un sentimiento de superioridad moral”.

La columna de Sánchez-Cuenca está poco argumentada: es solo un esbozo de lo que este autor espera, en textos ulteriores, desarrollarnos. Ahora bien, mi impresión es que ese artículo (y los que puedan subseguir) parten de una base errónea. En realidad, la explicación de que la izquierda se sienta moralmente superior no es que, de hecho, sea moralmente superior. Por el contrario, creo que la izquierda se siente moralmente superior porque, en realidad, es moralmente inferior. Es más, sostengo que existen argumentos académicos para apoyar esta tesis: opino que, dado nuestro grado de conocimientos sobre psicología actuales, lo más razonable es concluir que la izquierda está lejos de ser moralmente superior.

Sánchez-Cuenca, y otros muchos izquierdistas, dan por supuesto que la gente de izquierdas es “más exigente” con la justicia y, por ello, “sus ideas son moralmente superiores a las de la derecha” (le cito de nuevo). Pero no proporcionan ningún argumento que apoye esta superioridad, más que la propia convicción de los izquierdistas de su propia superioridad moral y de su inmensa “preocupación por la justicia”. Es como si admitiésemos que un tipo que se cree Vladímir Lenin es ya, solo por ello, Lenin; y que, como le preocupa mucho tomar el Palacio de Invierno, ya solo por eso ha tomado el Palacio de Invierno. Mi posición, por el contrario, es que sí existen argumentos (ni de izquierdas ni de derechas, sino intelectuales) que nos permiten distinguir cuál de esas dos tendencias ideológicas es éticamente mejor. Y que, cuando conocemos esos argumentos académicos, la conclusión razonable es admitir que la derecha tiene una posición moral más rica, más interesante y, por lo tanto, preferible a la de la izquierda.

Estoy hablando todo el rato de “mi posición” pero eso no significa, naturalmente, que sea yo el que haya descubierto los argumentos que voy a defender. (De hecho, no creo haber descubierto solito ninguna de las ideas que poseo). Hablo de “mi posición” como una abreviatura de “la posición que voy a mostrar en este artículo”. Sus orígenes están en los descubrimientos que durante estos últimos años han venido testándose en el área de la psicología moral. En este sentido, es meritoria la labor realizada por Jonathan Haidt y su equipo, y que ya describí hace algún tiempo en este otro artículo. Resumiré brevemente su contenido, para no repetirme: lo que estos investigadores han descubierto es que las personas de izquierdas son muy capaces de detectar (y de condenar éticamente) situaciones en que se hace daño a otras personas o situaciones en que se oprime a otras personas. En esto creo que estaría de acuerdo Sánchez-Cuenca.

Ahora bien, ¿hace esto a las personas de izquierdas más perceptivas en asuntos éticos que las de derechas? Lo cierto es que no, pues lo que estos investigadores están mostrando es que los individuos de derechas se desempeñan igual de bien que los de izquierdas al detectar (y reprobar) situaciones en que se causa daño u opresión a los demás. Lo que pasa es que las personas de derechas, además de ver esos dos factores morales, son también capaces de detectar otros que pasan más desapercibidos para los izquierdistas. Así, una persona de derechas se dará cuenta de que en muchos casos hay que tener también en cuenta cosas como si se está engañando a alguien con quien deberías ser justo. O si se está traicionando a alguien a quien deberías lealtad. O si se están respetando la autoridad debida. O si se está cayendo en algo que nos degrada como personas. En otras palabras: la gente de izquierdas cree que la moralidad se reduce a dos asuntos (no oprimir y no hacer daño), pero la de derechas, asumiendo también esos dos aspectos, incorpora otros cuatro “fundamentos morales” (como los llama Haidt) que acabo de citar.

Como los izquierdistas no ven esos otros cuatro factores morales (o los ven más borrosos), llegan a la conclusión de que no existe más que lo que ellos ven y se creen superiores pues ellos, esos dos aspectos, los ven muy bien. Pero es su propia ceguera moral lo único que los conduce a creerse moralmente mejores.

Esta teoría parece que se está corroborando bastante bien en los experimentos que sobre ella hacen los psicólogos morales. Ahora bien, aquí podemos ir un paso más allá y preguntarnos: ¿implica esta teoría que la gente de derechas tenga una moralidad preferible a la de izquierdas? ¿No muestra, simplemente, que ambas tienen formas de pensar distintas, que ambas tienen en cuenta factores distintos al analizar una situación? (Algo que ya sabíamos desde el principio, por cierto: que la gente de derechas e izquierdas opina distinto sobre un montón de cosas).

Creo que sí cabe extraer de estos datos que he citado la conclusión de que la posición moral de la derecha es preferible a la de la izquierda. En el fondo, lo que Haidt y otros nos están mostrando es que la gente de derechas es capaz de percibir más cosas (en moralidad) que la de izquierda. Y, normalmente, ser más perceptivo es preferible a ser menos perceptivo. Es preferible que una persona utilice el sentido de la vista y del olfato a que utilice solo el del olfato; y si en vez de solo el olfato es además capaz de utilizar otros cuatro sentidos (vista, oído, gusto o tacto), sin duda ello es preferible a limitarse solo a uno o solo a dos. O, por poner otro ejemplo, siempre consideramos preferible que una persona posea un ángulo de visión amplio (en el ser humano puede llegar a los 180 grados) en vez de que, por la carencia que sea, solo sea capaz de captar 60 o 40 grados de visión.

Por este motivo, que las personas de derechas sean capaces de captar muchos más matices en las situaciones morales es una ventaja indudable que poseen con respecto a los que, debido a su izquierdismo, limitan su ángulo de visión a no hacer daño o a no oprimir. Naturalmente, esto no significa que todas las personas de derechas sean moralmente superiores a todas las de izquierdas: aunque un amigo mío tenga el sentido de la visión intacto y yo sin embargo sea bastante miope, eso no significa que él no pueda sufrir en un momento dado una ilusión óptica o ver un espejismo (y yo no). Solo significa que, en general, será más fiable él que yo (sobre todo si yo no llevo mis lentillas correctoras de mis docenas de dioptrías puestas). Y significa que, en términos de vista general, él es más agudo que yo, su visión es superior a la mía. Y haré bien en dejarme aconsejar por él si no veo algo claro.

Del mismo modo, las personas de derechas pueden portarse en ciertos momentos peor que las de izquierdas: pueden, sin duda, no hacer caso a su visión ética y portarse, nítidamente, como meros truhanes. Pero, en general, un análisis ético de una persona de derechas incorporará más factores y será, por ello, más rico que un análisis izquierdista. Y, por tanto, será preferible.

Esto no significa que las personas de derechas deban irse pavoneando por ahí de su superioridad moral. De hecho, como han notado casi todas las grandes figuras morales de la historia, blasonar de tu superioridad moral es ya una forma de empezar a perderla. (Esto, curiosamente, no lo han percibido izquierdistas como Sánchez-Cuenca, que nos narran a los demás cuán moralmente superiores se sienten, sin darse cuenta de que justo eso ya les quita lustre moral). Lo que esto sí significa es que las personas que tengan una visión más amplia de la moral, porque no son de izquierdas, deberán esforzarse por ser magnánimos (que es otra importante virtud ética) y tratar de hacer ver a esas otras personas más miopes, las izquierdistas, que la moral incluye más factores de los que ellas creen. Reconozco que a veces este trabajo de intentar mostrar a quien no ve algo que ese algo está ahí y es importante es una tarea hercúlea. Pero Hércules, precisamente, se puso a menudo en la tradición clásica como modelo de buena visión moral. Es decir: Hércules, seguramente, no era de izquierdas.

Los tiempos cambian... quién sabe hacia dónde

Víctor de la Serna

Foto: Michael Buholzer
Reuters/File

Fue hace medio siglo largo, y los chavales del ‘baby boom’ -hoy provectos ancianos- emulábamos con entusiasmo a Bob Dylan y nos desgañitábamos: “The times – they are a-changin’!”. Y poco más tarde llegaba la ópera-rock ‘Hair’ a remacharlo: “This is the dawning of the Age of Aquarius!”…

El cambio ha sido nuestro ‘leitmotiv’ desde los años 60. Su embrujo fue tan grande que una simpleza tan grande como “Por el cambio” se convirtió en magnífico lema electoral para el PSOE. Pero, ¿saben?, lo que vemos los provectos ancianos es que, sí, cambios hemos tenido. Pero nunca los previstos. Apliquémonos el cuento hoy.

Hace justo 50 años esperábamos la era de la paz y del amor fraterno: “When the Moon is in the seventh house and Jupiter aligns with Mars, then peace will guide the planets and love will steer the stars”… Pero de inmediato tuvimos una Guerra de los Seis Días, un enconamiento -que hoy perdura- de los conflictos en Cercano y Medio Oriente y dos crisis del petróleo seguidas, que nos dejaron para el arrastre a la vez que el islamismo radical se adueñaba de Irán, uno de los países entonces más avanzados de aquella zona que desde entonces tiene en vilo al mundo.

Otro cambio del que esperábamos mucho tras mil trepidaciones -que si el muro de Berlín, que si aquel golpe anti-perestroika que no se frustró hasta que el bravo Boris Yeltsin se encaramó a un tanque y lo paró- fue el colapso del comunismo, antesala de un triunfo de la economía liberal de mercado, de las mañanas capitalistas que cantan. Y no digamos cuando se descubrió la varita mágica llamada internet. Pero esa burbuja tecnológica estalló en 2000, y la de la economía dizque liberal, que resultó estar montada sobre el ladrillo y la deuda y los esquemas piramidales, en 2008. Y nuestro mundo feliz, cuasi huxleyano, se fue al garete.

Ahora los cambios que se esperan son más oscuros, más impenetrables para el común de los mortales, aún anonadados por la última crisis. Tan anonadados que absurdidades como Donald Trump se hacen realidad. Que dicen los gurús de la inteligencia artificial que ya les quedan tres telediarios a los humanos, que nunca más se volverá a crear empleo de calidad, que nuestra raza probablemente pasará a un segundo plano frente a los robots antes de fin de siglo. Y los nuevos héroes son personajes casi extraterrestres -al menos, para nosotros, los provectos ancianos- como ese Elon Musk que asegura que vamos a poder subirnos las Siete Revueltas del puerto de Navacerrada soltando el volante del coche y sin despeñarnos, porque el coche ya no nos necesitará…

En fin: que nuestra esperanza es que este nuevo cambio, que se anuncia verdaderamente telúrico, siga el ejemplo de los anteriores y, por lo menos, no acabe ciñéndose a lo anunciado. Y que, por una vez, salga mejor de lo que se espera.

Algunas claves sobre el Brexit

Redacción TO

Foto: YVES HERMAN
Reuters

La notificación oficial por parte de Reino Unido a sus todavía socios de la Unión Europea de abandonar el bloque, ha puesto en marcha este miércoles un mecanismo hasta ahora desconocido en la historia de la UE, acostumbrada a realizar ampliaciones desde su creación en 1957. Han pasado 40 años desde que Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia y Luxemburgo pusieron en marcha una comunidad europea que en la actualidad cuenta con 28 socios.
La Unión Europea ha protagonizado seis ampliaciones y ningún abandono hasta ahora, con la invocación del artículo 50 del Tratado de Lisboa y el envío de la carta formal del gobierno británico a Bruselas que pone en marcha oficialmente el Brexit, la desconexión del Reino Unido, y un proceso de negociaciones que durará dos años como máximo.

La promesa del referéndum

Reino Unido ha mantenido desde que se integró en la UE el 1 de enero de 1973 una relación en el que no han faltado los desencuentros con el bloque que ha provocado la desconfianza mutua y el aumento del número de euroescépticos entre los ciudadanos británicos, según las encuestas publicadas durante años.

En el ámbito político, el pistoletazo de salida del Brexit lo inició en 2013 David Cameron. El entonces primer ministro del Partido Conservador se comprometió a celebrar un referéndum antes de 2018 sobre la permanencia o salida del Reino Unido de la UE si ganaba las elecciones en mayo de 2015. El Partido Conservador ganó los comicios con mayoría absoluta y en septiembre el parlamento autorizó la convocatoria de una consulta popular.

Resultado inesperado

El prometido referéndum se celebró el 23 de junio de 2016. El gobierno de Cameron protagonizó una campaña a favor de la continuidad de Reino Unido en una Unión Europea “reformada” que, confiaba, calara entre los ciudadanos tal y como apuntaban las encuestas, que daba una estrecha victoria a los defensores de permanecer en Europa. Ni el gobierno británico ni la Unión Europea imaginaron que el referéndum lo ganaría la opción del Brexit, que se impuso con un 51,9% de los votos al 48,1% de quienes votaron a favor de seguir en la UE.

Por regiones, en Inglaterra se impuso la opción del Brexit con un 53,4% frente al 46,6%. También Gales votó a favor de la desconexión (52,5% contra 47,5%). Escocia votó mayoritariamente a favor de la permanencia con un 62% frente al 38%. También en Irlanda del Norte ganó el no al Brexit aunque por una diferencia menor (55,8% frente al 44,2%).

La sociedad británica quedó dividida y tras el referéndum se han sucedido las manifestaciones a favor y, sobre todo, en contra del Brexit.

Claves para entender el Brexit 1
Portada de un periódico con el anuncio de la dimisión de Cameron tras perder el referéndum | Foto: Matt Dunham / AP Photo

Para los que defienden la salida de la UE, el principal argumento es que el bloque impone muchas exigencias que perjudican los negocios británicos y, sobre todo, los euroescépticos consideran que Reino Unido paga una contribución económica muy alta por pertenecer al bloque y recuperar el control de la fronteras, además de reducir el número de inmigrantes que llegan al país.

Theresa May

La derrota de la opción defendida por David Cameron le llevó a anunciar su dimisión el mismo día del referéndum, aunque no se hizo efectiva hasta julio, cuando la titular de Interior, Theresa May, es proclamada líder del Partido Conservador, pese a haber defendido la permanencia en la UE aunque manteniendo un perfil bajo durante la campaña. Dos días después, el 13 de julio, Cameron presenta su dimisión a la reina Isabel II y May recibe el encargo para formar Gobierno.

Empiezan entonces a tomarse las primeras decisiones  para cumplir con el mandato de los ciudadanos, empezando por el nombramiento de David Davis como ministro encargado de negociar la salida del país de la UE. May deja claro desde el primer momento que “Brexit means Brexit”, y, por tanto, que Reino Unido dejará de formar parte de la Unión Europea, y por tanto del Mercado Único y de la Unión Aduanera. Se compromete a iniciar el proceso antes de finales de marzo de 2017, como así ha sido, después de cumplir con la obligación del Tribunal Superior de Londres de consultar al Parlamento británico antes de activar el Brexit, tras perder el recurso presentado contra esta decisión.

La libre circulación de los ciudadanos europeos es la principal preocupación para Reino Unido y la Unión Europea 

El pasado mes de enero el Gobierno presentó el ‘Proyecto de ley de la Unión Europea (Notificación para la retirada)’ para invocar el artículo 50 y lo somete a debate y votación en la Cámara de los Comunes que el 8 de febrero aprueba la ley del Brexit con 494 votos a favor y 122 en contra. El texto pasa a la Cámara de los Lores que da su visto bueno con la inclusión de una enmienda para “garantizar los derechos de los ciudadanos comunitarios que viven en Reino Unido”, uno de los temas que más preocupan. El proyecto es aprobado definitivamente por el Parlamento el 13 de marzo y tres días después es sancionado por la reina, dando luz verde al Gobierno de Londres a comunicar a Bruselas su decisión de activa la salida del Reino Unido de la UE.

El artículo 50

Mucho se ha hablado del artículo 50 y su vinculación con el Brexit. Incluido en el Tratado de Lisboa suscrito por los Estados miembros en 2009, establece el mecanismo formal para que un país de la UE pueda abandonar el grupo con la exigencia de que, una vez activado, el proceso finalice antes de los dos años desde su invocación.

¿Y ahora qué?

Existen muchas incertidumbres sobre lo que va a pasar a partir de ahora y cómo y en qué términos se van a llevar las negociaciones para el proceso que ponga fin a la presencia de Reino Unido como socio de la UE. Ambas partes deben establecer las bases de dicha negociación y cómo se articularán las relaciones entre ambas partes. Las autoridades de la Unión Europea ya han dicho que quieren empezar abordando el espinoso tema de la factura que supondrá para Reino Unido abandonar el grupo y que cifra en 60.000 millones de euros.

Tras la notificación formal de la invocación del artículo 50, se sentarán las bases para comenzar la histórica negociación. Está previsto que el 29 de abril, la UE ofrezca una respuesta formal a la iniciativa de Reino Unido en la cumbre de jefes de Estado y del Gobierno que, por primera vez se celebrará con 27 miembros, ya sin Reino Unido.

El tema que más preocupa a ambas partes es la libre circulación de los ciudadanos. May ya expresó en su momento su deseo de “garantizar los derechos de los ciudadanos de la Unión Europea residentes en Reino Unido y los de los británicos que se encuentran en otros países” del bloque “lo antes posible”. Algo en lo que coincide con los estados miembros.

Desde Bruselas se ha insistido en que la salida de Reino Unido no será un castigo pero está claro que el ex socio quedará en una situación de desventaja en muchos aspectos con respecto al resto de los países del grupo. La UE teme el efecto dominó si las negociaciones benefician a los intereses de Reino Unido.

“Queremos un Brexit fluido y tranquilo”, ha declarado Theresa May durante su intervención en el Parlamento británico tras invocar el artículo 50. “Habrá consecuencias para Reino Unido, sabemos que perderemos influencia”, ha admitido, “pero nos acercamos a una posición de cooperación sincera a la negociación”, ha añadido. Reino Unido quiere seguir siendo amigo de la UE y ambas partes deben salir beneficiadas de este proceso, ha indicado.

Claves para entender el Brexit 2
La primera ministra Theresa May firma la invocación del artículo 50 para iniciar el proceso del Brexit | Foto: Christopher Furlong / Reuters

TOP