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Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Ahmed Saad
Reuters

¿Ser cristiano te hace mejor persona, peor o te deja prácticamente igual? Ha siglos que discuten sobre ello filósofos, escritores y vecinas del quinto izquierda, sin que hasta hoy ninguno haya llegado mucho más allá de meras conjeturas.

Ya el filósofo Celso en el siglo II acusaba a los cristianos de ser especialmente arrogantes, desleales y vanidosos. Porfirio, en la siguiente centuria, escribiría quince libros en igual sentido, distinguiendo además entre Jesús de Nazaret (al que reconocía como un hombre piadoso) y sus seguidores: a estos los denostaba como viciosos empedernidos. En cuanto al otro bando del debate, lo capitanearon enseguida autores de la talla de Orígenes o San Agustín. De hecho, estos respondieron con tanto pormenor a las citadas acusaciones, que si hoy conocemos aquellas es en realidad gracias a ellos: las obras originales de Celso y Porfirio acabarían alimentando las hogueras de cristianos que decidieron terminar con sus argumentos de modo quizá menos filosófico, pero sin duda más expeditivo.

Después de mil novecientos años de discusión se agradece, pues, que tres investigadores europeos (J. E. Gebauer, C. Sedikides y A. Schrade) se hayan lanzado a poner algo de ciencia en todo este asunto. Lo acaban de publicar en el Journal of Personality and Social Psychology, donde usan un ingenioso método.

Empecemos aclarando que, naturalmente, su propósito no es valorar todas las posibles virtudes (o posibles vicios) que puedan distinguir a los cristianos de los demás: ello agrandaría en exceso su campo de estudio. Gebauer, Sedikides y Schrade se concentran solo en un defecto ético: el de la soberbia. Es decir, el error de valorar tus atributos, o a ti mismo, por encima de los demás… en cosas en que en realidad no los superas. Así, el asunto se convierte en algo lo suficientemente limitado como para poderse investigar, pero no tanto como para resultar baladí: recordemos que ahuyentar la soberbia y cultivar la humildad es firme insistencia de la Biblia para todo cristiano (Mt 11:29; Mc 9:35; Lc 9:48; Lc 14:11; Rm 10:16; Ef 4:2; 1 Pe 5:5-6). Y que consiguientemente si el cristianismo hace a las personas más humildes o, por el contrario, resulta que las vuelve más soberbias, ello resulta sin duda, según los propios criterios cristianos, un buen indicio de su éxito a la hora de hacer a la gente mejor.

¿Cómo han explorado estos investigadores si el cristiano medio adolece de especial soberbia o, por el contrario, obedece a la Epístola a los Filipenses (2:3) y se estima a sí mismo, humildemente, por debajo de los demás?

Para resumir su minucioso estudio, digamos que lo primero que han preguntado a un grupo de cristianos es si consideran que cumplen ciertos preceptos morales mejor de lo que lo hacen, por lo general, los demás cristianos. Y luego han planteado el mismo interrogante a un grupo de no cristianos. Esto ha arrojado un dato contundente: el cristiano medio se considera a sí mismo más virtuoso que la media de sus hermanos en la fe. Esto, naturalmente, no puede responder a la realidad: es como si todos los españoles creyésemos estar por encima de la altura media de los españoles. Además, esta sobrevaloración que hace de sí el cristiano medio es superior a lo que se sobrevaloran los no cristianos. Por tanto, el cristiano medio se engaña con respecto a lo muy virtuoso que es; el cristiano medio adolece de soberbia; y lo hace en mayor medida aún de lo bien soberbio que es ya, por lo general, el resto del mundo.

Otro experimento de Gebauer y compañía arroja parejos resultados. Cuando les piden a los cristianos que evalúen su propio conocimiento en diversas áreas del saber (y luego les ponen una prueba para comprobar cuánto saben realmente de ellas), los cristianos tienden a sobrevalorar su conocimiento de cuestiones sociales o religiosas. Y, de nuevo, son ahí más optimistas acerca de su propio saber de lo que le ocurre a cualquier otra persona. (En otras áreas, como las científico-naturales, los cristianos se sobrevaloran también, pero no más de lo que lo haría cualquier otro). Creerte sabio cuando no lo eres es una buena definición de soberbia, según Tomás de Aquino; por desgracia para este santo, sus condiscípulos cristianos tienden de media a lucir ese pecado más que los que no lo son.

¿Debe preocupar este descubrimiento científico a los creyentes en Jesús de Nazaret? Curiosamente, si un miembro de la cristiandad se sintiese escandalizadito por él (“¡cómo se le ocurre a estos profesoruchos decir algo malo de mí y de mi religión!”), sin aportar más datos, estaría revistiéndose justo de esa soberbia que le ofende que le atribuyan. Así pues, lo más sensato sería que (al menos esto) lo aceptara con humildad. De hecho, en lo que resta de este artículo, voy a apuntar que incluso podría ir más allá. Que todos los cristianos podrían alegrarse de este hallazgo experimental.

Para comprender lo que quiero decir, hagámonos unas cuantas preguntas: ¿es lo más importante del cristianismo su moralidad? ¿Es el cristianismo, en el fondo, un mecanismo para hacer a las personas más éticas, más bondadosas, mejores cumplidoras de unos u otros mandamientos? ¿Se parecen entonces los cristianos a otras gentes empeñadas en que nos comportemos según lo que ellas consideran más moral: guerreros de la justicia social (SJW), adalides de lo políticamente correcto, animalistas, feministas, puritanos, estrellas de Hollywood, multiculturalistas, periodistas progres y demás paladines de la virtud?

Las dos primeras preguntas se han respondido a menudo de manera positiva; pero, curiosamente, lo han hecho a menudo autores que no simpatizaban demasiado con el cristianismo. Thomas Jefferson, por ejemplo, creía que lo único importante de los evangelios eran sus recomendaciones morales; y editó incluso una versión de los mismos en que mantenía estas y expurgaba todo lo demás. Buena parte de sus coetáneos ilustrados pensaban de modo similar: el cristianismo está muy bien como moral misericordiosa hacia tus semejantes, pero el resto de lo que sostiene es mera irracionalidad. En ocasiones los propios cristianos han mordido esta fruta y, como nos recordaba Jacques Ellul, si “a los ojos de la mayoría de nuestros contemporáneos el cristianismo es, ante todo, una moralidad, ¿no es porque la Iglesia ha mostrado fijación a menudo por determinados actos y conductas?”.

Ahora bien, de ser todo así, la tercera pregunta que planteé antes debería responderse también de modo positivo: el cristianismo no sería más que una batalla moral más, al lado de otras tantas que hoy insisten por captar nuestra atención (y nuestros dineros). De este modo se explicaría, además, la similitud que muchos ven entre los valores cristianos y los valores políticamente correctos: atención a los débiles, compasión por las víctimas, mansedumbre, cierta complacencia ante tus semejantes, delicadeza al hablar sobre los demás… Los cristianos no serían sino un escuadrón más dentro del ejército de los guerreros de la justicia social.

No obstante, cabe la posibilidad de pensar el cristianismo de modo bien distinto. Como escribió C. S. Lewis, aunque el cristianismo parece a primera vista consistir en una moralidad (con deberes y reglas y culpa y virtud), esa apariencia se desvanece si vamos más allá de tan inicial ojeada. Echemos un vistazo a las cartas de San Pablo, por ejemplo: en especial, a aquellas que casi con total seguridad escribió él mismo. Pablo habla allí sobre todo de liberación, de libertad, de sentirse salvados; y luego, como meras advertencias, recuerda a sus interlocutores que esta sensación de vivir por fin libres no debe ser para ellos una excusa para refocilarse en el vicio. Pero resulta cristalino que lo importante para él es esa experiencia de liberación, no unos u otros mandamientos. Al fin y al cabo, la moralidad del cristiano del siglo I no se diferenciaba excesivamente de la del judaísmo coetáneo. De modo que, para ese viaje, si fuera solo un viaje moralista, no harían falta las alforjas de ir construyendo una comunidad diferente a la judía (y a menudo enfrentada a ella con violencia).

¿Cuál es esa experiencia cristiana que Pablo temía que condujera a la laxitud, a la autocomplacencia, a la lenidad? El filósofo Ludwig Wittgenstein creyó que cabía resumirla en cierta frase que escuchó una vez encima de un escenario: “Me siento seguro pase lo que pase”. Es una expresión paradójica, desde luego: muchas cosas pueden pasarte en la vida que te quiten no solo la seguridad, sino incluso esa vida misma. ¿Cómo diantres puedes sentirte tan invulnerable, cómo diantres te puedes sentir salvado de todo mal? La tarea de un cristiano (de un cristiano no moralista ni guerrero social ni políticamente correcto, sino más similar a San Pablo y a C. S. Lewis y a Wittgenstein que a la última cantante pop que nos pide limosna para ayudar a las jirafas) sería explicarnos que esa aparente paradoja no es tal.

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Todo podría ser mentira

Gregorio Luri

Foto: EMILIO MORENATTI
AP

Este artículo está escrito con un estado de ánimo tan exaltado que no estoy seguro de que deban leerlo quienes me consideran una persona ecuánime, pero es que la alcaldesa de Barcelona me ha puesto de los nervios al considerar que es más digno de rememoración un payaso que un soldado. No es una anécdota que esta mujer insípida se permita dar una calle a un actor que si fuera de derechas sería machista, mientras desprecia al Almirante Cervera. Es la confirmación de que se ha instalado en la ortodoxia un síndrome político que podemos caracterizar por los siguientes síntomas:

  1. Tendencia irrefrenable a estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.
  2. Convicción de ser el pueblo. Pero se enfadan mucho si les preguntas: “¿Cuando hablas de pueblo te refieres a ti y a quién más?”
  3. Ignorancia olímpica del arte fundamental del humanismo, el “ars nesciendi” de Vives. No saben que no saben.
  4. Insolencia ante las contrariedades. Si los hechos les llevan la contraria, desprecian a los hechos.
  5. Es decir, tachan de fascista a cualquiera que ponga en cuestión sus ocurrencias.
  6. Libertad de expresión, que ejercen con más frecuencia que la libertad de pensamiento.
  7. Igualdad, entendida como igual derecho a ser distinto… siempre que sean ellos los que decidan qué diferencias son respetables.
  8. Espíritu crítico (que es aquel que coincide con el suyo).
  9. Autonomía. Al mismo tiempo que hacen de la autonomía proclamada el principal dogma de la religión laica del presente, están llenando el mundo de terapeutas. La utopía, por lo que se ve, es una sociedad terapéutica.
  10. Respetan la naturaleza de todos los seres… excepto la del hombre, al que ven como un inocente polimorfo.
  11. Antimilitaristas y pacifistas. Es decir, aceptan que nunca asumirán la responsabilidad de gobernar la nación y eso les permite, para decirlo con palabras de Orwell, reírse de los uniformes que velan sus sueños.
  12. Son de lágrima fácil ante todo aquello que les permite sentir lástima. Creen que la bondad es adornarse la conciencia con abalorios emotivos.
  13. Piensan que la indignación es una virtud política… siempre que vaya dirigida contra los otros.
  14. Memoria selectiva. Poseen el monopolio de la memoria histórica.
  15. Antiautoritarios. Tanto, que no consideran necesario levantarse de la silla cuando le entregan las llaves de la ciudad al presidente de un gobierno extranjero.
  16. Innovadores. Hasta el punto de que no les importa estar equivocados… con tal de no estar anticuados.
  17. Laicos y respetuosos con toda religión que no sea la de sus abuelos.
  18. Revolucionarios. Ya han invadido la lengua con comisarios políticos.
  19. Pluralistas y multiculturales, hasta el extremo de estar erosionando la cultura común, que es el ecosistema humano que nos permiten disponer de estrategias compartidas para entendernos con desconocidos.
  20. Son la ortodoxia y por lo mismo, son incapaces de alejarse de sí mismos para contemplarse irónicamente.

¿Es grave?

Honestamente, no sé hasta qué punto el cabreo agudiza o entorpece mi mirada. Ante la duda, quizás deba acabar diciéndoles a ustedes lo que dijo un pastor sueco a sus feligreses un Viernes Santo que le salió un sermón terrorífico: “No lloréis, hermanos, que todo podría ser mentira”.

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La última batalla del Gabo

Carlos Mayoral

Foto: Rogelio A. Galaviz C.
Flickr bajo Licencia Creative Commons

El Gabo dijo adiós un abril hace ahora cuatro años. Había muerto haciendo con la batalla lo que hacía el coronel de su obra: presentarla, que es mucho más importante que haberla ganado. García Márquez no coincide con Aureliano en eso de promover treinta y dos levantamientos y perderlos todos. Sabía muy bien que hay algo de paradoja en ese juego: la primera victoria consiste en haberlo intentado. El Gabo peleó, como ese mismo coronel que llevaba quince años esperando la carta con la pensión de veterano de guerra, silenciosamente, consciente de que serían los idealismos de una tierra y no el hambre asociado a ella los encargados de juzgar al hombre latinoamericano. No dejó de intentarlo el de Aracataca, presentó esa batalla en un mundo de las letras anquilosado, decimonónico y que desde el punto de vista hispánico se deshacía: olvidado a un lado del océano, ahogado bajo las aguas turbias de la dictadura al otro.

¿Y cómo peleó contra él? Hasta la llegada del colombiano, los pocos puentes establecidos entre Europa y Sudamérica, véanse los Rubén Darío o los César Vallejo, adoptaban el talento iberoamericano bajo el aspecto ajado con maquillaje gris y tacones de aguja de la vieja Europa. Dicho de otro modo, hasta su llegada, el escritor hispanohablante no podía ser conocido sin el rigor formal europeo. El Gabo cambia las normas. Con un estilo heredado de maestros como Carpentier u Onetti, decide que la literatura hispanoamericana colocará el corazón allí, en el centro del continente que más magia y más hechizo desprende de todo el globo. Llamen a ese corazón Macondo, Comala, Xurandó, Leoncio Prado o Santa María, me importa un carajo. Lo realmente sustancial es que de una vez por todas el párrafo o la estrofa habita allí, en el único lugar donde un coronel, por volver al principio del texto, puede ser derrotado en treinta dos levantamientos y pasar por el gran héroe que todos quisimos ser. Aparece un nuevo léxico, un nuevo escalón gramatical. Aparecen nuevos escenarios, nuevas personalidades. Aparece una nueva forma de entender la realidad. Todo desemboca en un estallido de cuya onomatopeya surgió la etiqueta del grupo literario más talentoso del siglo XX. Es el legado del Gabo más allá de la batalla, lo que quedará cuando el ruido y el polvo hayan desaparecido.

Libró su última batalla contra la memoria. Y ganó, claro. Había dejado en las nuestras, por suerte, la sensación constante de que hay un tipo de narración que permite una sorpresa en el siguiente renglón, que encuentra magia en lo cotidiano. Durante su última batalla demostró que su pluma sobreviviría al olvido y a la soledad. Es decir, permitan que acabe este texto como lo empecé, quiero decir, con una paradoja: Gabriel García Márquez sabía muy bien que hay olvidos que permanecen en la memoria. Millones de lectores siguen olvidándole hojeando sus páginas cada día. Ese hojeo seguirá vivo. Pasen cuatro o, como ocurrió con aquellas estirpes condenadas, cien años más de sufrimiento.

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El árbol de la vida

José Antonio Montano

Foto: Mikhail Pavstyuk
Unsplash

He terminado ‘El árbol de la vida’, el libro de memorias que Eugenio Trías escribió en 1999 y publicó en 2003. Yo lo leí entonces y me decepcionó, y esa decepción significó el enfriamiento de mi pasión de casi veinte años por Trías. Ahora, en cambio, me ha encantado y mi pasión renace. Quizá porque Trías ya está muerto, lo que ha acentuado en el libro su intención testamentaria, y porque en estos años yo me he hecho más receptivo a lo que el libro tenía que decir, que decirme. Este, y no aquel, era el momento.

Su tema es la vocación; la aventura de una vida encaminándose a la vocación y, una vez desvelada, abriéndose paso con ella. Una aventura con tropiezos y con regresiones pero que, al cabo, traza una línea con apariencia de fatalidad (de fatalidad gozosa). Igual que en el ‘azar objetivo’ de los surrealistas, el azar de los hechos puede leerse después como necesidad. La vida, al fin, como novela, como poema. Tiene que ver con lo que se propuso Goethe, uno de los autores predilectos de Trías, cuando contó también su vida en ‘Poesía y Verdad’.

La vocación que descubre y a la que se entrega Trías es la filosofía. Le tentaba ser poeta, novelista, músico, director de cine, pero se impuso la filosofía: la indagación en “el enigma de nuestra propia existencia”, con una voluntad metafísica que no era ya de su tiempo (pero que Trías inserta en su tiempo). Su instrumento fue la escritura en su forma ensayística (sí fue, plenamente, escritor): “Yo entiendo el ensayo como un ejercicio de tiento y experimentación con la escritura en su búsqueda de las claves más secretas de nuestra experiencia; o de ese ‘dato’ que se nos da bajo la forma de la existencia”.

Lo mejor de ‘El árbol de la vida’ es que nos permite conocer el trasunto vital de su filosofía, que tan intensamente ha influido en la vida de sus lectores. Es como ir de la vida de los lectores de Trías a la vida de Trías. La filosofía es la mediación. Así operó en el propio Trías. En su momento descubre, y decide: “Fue entonces, también, cuando comprendí una verdad que estaba latente en lo que llevaba escribiendo, pero que no había asumido en toda su radicalidad y verdad: que la única fuente auténtica de la filosofía, o de lo que a partir de entonces sería ‘mi’ filosofía, solo podía hallarla en el manantial, entonces inagotable, de mi propia experiencia de vida”. Y esto lo llevaría a cabo, dada su opción por el ensayo filosófico, así: “Mi filosofía sería, desde entonces, una especie de espejo transferencial, aparentemente ‘objetivo’ (y lleno de ‘efectos distanciadores’ brechtianos) de mis propios ciclos o episodios de vida”.

Esa tensión (esa energía, esa pasión) que fundaba su filosofía se cumplió en mí como lector.

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Huber Matos: "Díaz-Canel es una figura decorativa que usará Raúl para quitarse la responsabilidad histórica"

Anna Carolina Maier

Foto: ADALBERTO ROQUE
AFP

Huber Matos lleva el nombre de su padre, quien fue quizá el preso político más importante de Fidel Castro. Tiene 74 años y vive desde los 15 en Costa Rica. Tuvo que huir del régimen cubano después de que su “papá”, como él lo llama, fuese condenado a 20 años de cárcel (1959-1979). Huber Matos, padre, fue un dirigente revolucionario, escritor, docente, disidente y comandante del Movimiento 26 de Julio, que ayudó en el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista como parte de la Revolución Cubana (1956-1959). Luego, tras rebelarse contra Fidel, fue encarcelado por volverse un “traidor”.

59 años después de la llegada de Fidel al poder, Huber Matos, hijo, fundador del grupo opositor Cuba Independiente y Democrática (CID), considera que con este cambio de rostro en el poder, lo que busca Raúl es tapar el fracaso que le espera a la Revolución porque los tiempos están cambiando.

Huber Matos: "Díaz-Canel es una figura decorativa que usará Raúl para quitarse la responsabilidad histórica" 2
Huber Matos cuando fue arrestado por Fidel Castro. | Foto: Hubermatos.org

Suena como un acto importante que los Castro dejen de ser el rostro visible del poder en Cuba, ¿cree que cambiarán las cosas?

En primer lugar, si no dejas el poder, no dejas el Gobierno. Se puede gobernar con hilos, como estando detrás de un maniquí. Creo que Raúl es un hombre con muchos temores. Le huyó siempre a la Sierra Maestra, a las batallas. Él sabe que el sistema está en una crisis muy grande, por dos razones. Una es la gravedad de lo que vive el pueblo de Venezuela y otra es que el pueblo cubano se ha agotado. El sistema se ha frenado y él tiene miedo a lo que viene. De modo que él prefiere que fracase otro.

Dice que el pueblo cubano se ha agotado, ¿por qué puede decir que se ha agotado ahora y no antes? ¿Cuál es el futuro de la llamada Revolución?

Creo que el Gobierno está obligado a hacer algunos cambios para oxigenarse y ganar tiempo. Tiene que hacer algunas promesas, más o menos creíbles, para que la gente le dé más tiempo (de permanencia). ¿Ahora y no antes? Porque el Comunismo demostró en la Unión Soviética y en otros países como en Polonia, donde ha habido gente valiente, que es como un virus. Que nace y requiere de un tiempo para morir. Es un virus que muere con generaciones. No es que tiene un ciclo político sino su propia dinámica. Es decir, hay una generación que se monta en el poder por las nuevas esperanzas que despierta, otra que resulta reprimida y luego otras que empiezan a liberarse del yugo mental. Es un proceso largo y siempre hay un detonante. En la Unión Soviética fue la aparición de (Mijaíl) Gorbachov. Pero en Cuba, Díaz-Canel (recién nombrado por el Parlamento como sustituto de Raúl Castro en la presidencia) es una figura decorativa que le va a servir a Raúl para quitarse la responsabilidad histórica y poder permitir que efectúe los cambios que ellos creen que pueden salvar el sistema.

¿Desde cuándo cree que se está gestando este cambio?

Me parece que todo fue planeado en los tiempos de (Barack) Obama. Durante esas conversaciones secretas que se dieron, se tuvieron que haber acordado muchas cosas. Yo creo que ahí se acordó que para que el Gobierno de (Hillary) Clinton, quien ellos consideraban que ganaría la Presidencia de Estados Unidos, pudiese levantar el embargo y hacer más concesiones, era necesario que Raúl aparentemente quedara como retirado…

Pero ganó Donald Trump, ¿por qué Raúl sigue el juego?

Es que con Trump le salió mal la jugada y, sin Clinton, Raúl no puede ver el acomodo con los americanos. Obama y Clinton estaban de acuerdo con llegar a un acomodo, siempre y cuando Cuba cumpliera con algunos requisitos que no necesariamente eran la instauración de una democracia sino una apertura al capitalismo. El plan falló porque triunfó Trump, pero Raúl se enfrenta a una promesa de dejar el poder que ya hizo en tiempos de Obama, a la situación de Venezuela y a la situación en Cuba.

¿Ha sido Raúl mejor que Fidel?

Raúl es un hombre con más temores que Fidel, por eso no fue a la VIII Cumbre de las Américas en Lima. Allí tenía que enfrentar a América Latina completa. De hecho, hace dos años estuvo en Venezuela y dijo que allí se estaba decidiendo la batalla de América Latina. El muy valiente y muy líder ahora no fue a Lima por miedo. Yo creo que lo que sabe es que tiene menos estatura que Fidel Castro, quien era más audaz.

Volviendo al futuro de la Revolución, ¿qué cree que le depara a Cuba?

Va a depender mucho de lo que suceda en Venezuela. Cuba ha vivido del dinero de Venezuela, de los barriles de petróleo, más de todos los recursos que le ha llegado vía la corrupción, como las plantas eléctricas por las que Cuba cobró un precio excesivo. El régimen cubano primero se sostuvo por la subvención soviética y ahora por la venezolana. El petróleo ha subvencionado todos los errores de los comunistas. Ahora están en crisis porque el petróleo está por el suelo.

¿Qué lección deja al mundo el Gobierno de los Castro?

Que la mentira puede imponerse por la fuerza y que el mundo democrático es cómplice de lo que ha sucedido en Cuba ya que, por muchos años, ha callado la verdad. Nunca hubo logros de la Revolución, siempre han sido logros del dinero extranjero.

Pero se repiten a menudo varios éxitos de esa Revolución como que la tasa de alfabetización, según los datos del Banco Mundial, en 2012 alcanzaba el 99,8%, por encima de países como España (98,3%). También que la cobertura sanitaria, con sus limitaciones logísticas, es universal y gratuita. Además de que tiene una de las esperanzas de vida más elevadas del mundo: 80 años. La media internacional se situó en 71 años en 2015. De modo que no todo ha sido malo, ¿o si? ¿Cómo calificaría estos datos?

Es como si me comprara un Ferrari con dinero que me regalaran y lo atribuyera a mi esfuerzo. Un país no puede atribuirse logros económicos con dinero de otros países porque, además, esos “logros” se han pagado con la falta de libertad. Antes de los Castro, Cuba también tenía un índice muy alto alfabetización y de producción per cápita. Pero para mí, esa alfabetización que es leer no se traduce en cultura. Si no te permiten leer o pensar diferente, esa alfabetización resulta una cosa de muy poco valor. Es mejor no poder leer o escribir y ser libre.

¿El libro de su padre (Cómo llegó la noche), por ejemplo, se puede comprar o leer en Cuba?

No se puede.

¿Cree que su padre celebraría un día como este en el que la Presidencia de Cuba ya no será de los Castro?

Él vería esto como un acto de enmascarar el proceso y de responsabilizar a otro con el fracaso. Recuerdo que cuando Fidel le cedió a Raúl el poder alegando problemas de salud, mi padre me dijo: “Conozco muy bien a Fidel. Es un truco. Quiere que Raúl asuma su fracaso”.

¿Qué frase que le haya dicho su padre recuerda con frecuencia?

Mi padre antes de morir, cuando se dio cuenta de que le quedaban minutos, me dijo: “La lucha continúa, ¡viva Cuba libre!”.

Huber Matos: "Díaz-Canel es una figura decorativa que usará Raúl para quitarse la responsabilidad histórica" 1
Huber Castro después de salir de prisión | Foto: Jose Caruci | AP

El padre de Huber fue un importante comandante que rompió con Castro en 1959. Murió 34 años después, tras salir de la cárcel, en Miami (Estados Unidos). El dirigente que perteneció –igual que Castro- al Partido Ortodoxo, se separó de Fidel “porque la Revolución le prometió al pueblo una democracia multipartidista, y en los primeros meses después del triunfo revolucionario el 1 de enero de 1959, empezó a notar que el proceso estaba tomando el rumbo de una dictadura comunista”, según reconoció él mismo hace dos años en una entrevista con esta misma periodista para el diario venezolano El Estímulo.

Hace 59 años, Huber estaba aterrorizado. Su padre iba a ser fusilado. La audiencia se celebró en una ciudad militar que en tiempos de la Revolución la rebautizaron con el irónico nombre de Ciudad Libertad. Matos se salvó en aquella ocasión de las balas, aunque el sonido de estas lo acompañaron durante los 20 años de prisión, cuando escuchaba a sus otros compañeros presos ser fusilados. En su libro recuerda que era común el grito de “¡Viva Cuba Libre!”, seguido por los disparos.

Después de su detención el 21 de octubre de 1959, Castro preguntó a una muchedumbre durante una manifestación si era justo ejecutar a Huber Matos. La gente contestó: “¡Paredón!”. Después del mitin, Fidel llamó a una Junta de Gobierno para definir su suerte. El Che Guevara y Raúl Castro eran de los que favorecían la ejecución y tres de sus ministros que cuestionaron este procedimiento fueron de inmediato reemplazados por figuras incondicionales al Gobierno.

“Cuando mi padre llegó al teatro (para su juicio) escoltado había como 200 rebeldes, los llamados soldados de la revolución, quienes sorpresivamente comenzaron a aplaudirle”, recuerda, aún con emoción su hijo. El proceso judicial duró varios días. “Tuvo careos con Raúl y con Fidel, pero él quedó muy bien pues Fidel estaba tratando con un individuo que no tenía miedo y que tenía gran capacidad de oratoria. Él tenía la verdad y no tenía miedo de que lo fusilaran. De hecho, mi padre hace un alegato muy bien construido, y los militares que estaban en el juicio, incluso se levantaron y lo aplaudieron”.

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