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Por qué es tan difícil defender nuestra democracia

Miguel Ángel Quintana Paz

Existen, a grandes rasgos, dos modos de defender que la democracia es el mejor (o el menos malo) de los sistemas políticos conocidos hasta hoy. Uno consiste en mostrar la democracia como un terreno donde ciertos valores, buenos de por sí (el pluralismo, la libertad de expresión o religiosa, el respeto a las minorías, la igualdad de derechos, la propiedad privada…), florecen mejor. Y donde ciertos males (el abuso de poder, las detenciones arbitrarias, las torturas, las injerencias en nuestra vida privada…) tienen más arduo prosperar. Esta manera de defender la democracia reposa, por tanto, en una idea: que hay una diferencia entre el bien y el mal; y que la democracia es buena porque es un método que contribuye al primero y pone coto al segundo.

El segundo modo de abogar en pro de la democracia es completamente diferente. Según esta segunda forma de ver las cosas, en realidad no está nada claro que haya bien o que haya mal. Ahora bien, justo porque no está nada claro qué sea lo bueno y qué sea lo malo, para eso viene en nuestro auxilio la democracia: puesto que ninguna opinión vale más que otra, puesto que ninguna opción es de por sí mejor que ninguna otra, dejemos que sea el mero número de los que apoyan el que decida. Que la cantidad decida la calidad. Al fin y al cabo, este método siempre será menos incómodo que usar la violencia para acceder al poder. Un jurista, al igual que Arnold Schwarzenegger, austronorteamericano, Hans Kelsen, se halla entre los principales sostenedores de esta concepción, que podríamos llamar relativista. (De la otra concepción han sido tan variopintos los valedores que cuesta darle un nombre o un autor como portaestandarte).

Soy poco propicio a la moda actual de criticonear la Transición española. Pero hace unos meses, según anduve repasando discursos parlamentarios de aquella época, noté algo. Cuando en ellos hacía falta defender el nuevo sistema democrático, abundaban los argumentos del segundo tipo mentado, el relativista (o, al menos, abundaban más de lo que le habría gustado a alguien, como yo, que no solo cree que existen cosas buenas y cosas malas, sino que la democracia ayuda a fomentar las primeras). Durante el debate para la aprobación de la Ley de Reforma Política (noviembre de 1976), su defensor, el exfranquista Fernando Suárez, llegó a afirmar que cualquier visión política era igual de digna que cualquier otra, y que justo ese era el motivo para dejar que fuese el pueblo quien votara cuál de ellas prefería. Suárez llegaría años más tarde a catedrático de Derecho, para lo que le vendría bien esta familiaridad con Kelsen.

Los exfranquistas tenían buenos motivos para defender la democracia como un mero recurso a las urnas para decidir qué era lo bueno y lo malo, precisamente porque llevaban cuarenta años haciendo lo contrario: prohibiendo utilizar las urnas con el argumento de que Franco ya sabía en nombre de los españoles qué era para nosotros lo bueno y lo malo. El principal partido de la oposición, el comunista, también tenía buenas razones para reducir la democracia a ir a votar. En primer lugar, porque estaba convencido de que en esas elecciones sus resultados serían magníficos (el chasco de Pablo Iglesias Turrión al ver que el pasado 26 de junio perdía un millón de votos no es nada comparado con la decepción de Santiago Carrillo en 1976, cuando comprobó que su partido solo alcanzaba 20 diputados: ser de ultraizquierda es ir de desengaño en desengaño en España). En segundo lugar, los comunistas se apuntaron a esta concepción relativista porque no pensaban que una democracia española, similar al resto de las europeas, tuviera de por sí ningún valor propio (más allá de facilitarles a ellos el acceso al poder): los comunistas eran marxistas y para Marx la despectivamente llamada “democracia burguesa” no era sino un fraude.

Otros partidos, como el PSOE, que tal vez habrían podido reivindicar la democracia por sus valores propios, tampoco estaban en condiciones de hacerlo. Y por motivos parecidos al PCE: hasta 1979 el PSOE se confesaba marxista, y muy despistado marxista sería uno que alabara más los bienes que nos proporciona la democracia en vez de execrar sus males, con el fin de superarla en un sistema futuro mejor. En suma: nuestra democracia nació relativista, tras un coqueteo libidinoso con la idea de que ningún principio vale más que ningún otro y que, por ello, pongámonos a votar para decidirlo todo, que, como diría Cole Porter, anything goes. Creo que hemos sufrido y estamos sufriendo desde entonces las consecuencias de esta opción filosófica.

Hemos sufrido este relativismo cuando se nos decía que los partidos que apoyaban el terrorismo no podían ser prohibidos, dado que mucha gente les votaba y quién era nadie para prohibir otra opción política. Lo sufrimos cuando nuestros estudiantes salen de la educación obligatoria pensando que democracia equivale a votar mucho y sobre cualquier cosa, no a la defensa de unos derechos absolutos que no son votables. Lo sufrimos cuando otra profesora de Derecho (bien es cierto que no de idéntico nivel intelectual que el de los citados Kelsen o Suárez) y exministra del Gobierno de España, María Antonia Trujillo, defiende que lo mismo vale el derecho de unos estudiantes encapuchados a boicotear una conferencia que el de los conferenciantes a impartirla. Lo sufrimos cuando nos quedamos sin un nombre, distinto al de “democracias”, para los países, como Venezuela o Turquía, en que se celebran elecciones, sí, pero se conculcan todos demás principios democráticos.

¿Existe algún remedio para tales sinsabores? La buena noticia es que existe, ya está inventado y ya está probado. Se llama democracia militante: una democracia que no acepta que quepa cualquier cosa en ella con tal de que “consiga votos”, sino que sabe que defiende unos valores concretos, como los que citamos al inicio. Eso sí, para que una democracia sea militante, hacen falta demócratas que militen en ella. Y será en esta legislatura que se nos viene cuando constataremos si hay más militantes de la democracia que militantes de cada partidito político en nuestra España. O, dicho de otro modo, si hay más patriotas que sectarios.

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¿Cada cuánto deberías lavar las toallas de tu baño?

Redacción TO

Foto: David Cohen
Unsplash

Las toallas sucias tienen todo tipo de microbios y es imposible mantenerse plenamente aislado de ellos. Con todo, limpiando las toallas con frecuencia puedes combatirlos y evitar, así, el riesgo de sufrir infecciones. Porque, nada más lejos de la realidad, las toallas son un nido de bacterias y cada vez que te secas con ellas estás trasladándolas a tu cuerpo.

Aun así, se hace complicado vivir con tranquilidad sabiendo que las toallas son un hábitat perfecto para los gérmenes por estar húmedas, ser absorbentes y permanecer en lugares cálidos, por no mencionar que no suelen recibir la luz del sol. Podríamos decir incluso que el baño no es el lugar más adecuado para una toalla, pero es para el que está destinado. Charles Gerba, microbiólogo de la Universidad de Arizona, asegura que en ellas conviven bacterias que pueden acarrearnos infecciones y enfermedades.

De acuerdo con uno de sus últimos estudios, el 90% de las toallas examinadas presentaban bacterias coliformes, que suelen encontrarse en grandes cantidades en las heces humanas y animales. Asimismo, el 14% tenían la conocida bacteria E. Coli. Gerba reconoce a Newsweek que, cuando no nos lavamos las manos a conciencia y luego las pasamos por la toalla, dejamos bacterias que son peligrosas para nuestro organismo. “Después de dos días, secarse la cara con la toalla de mano supone recibir más E.coli que metiendo la cabeza en el inodoro”, dice el experto en la revista Neewsweek.

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Foto: Jason Briscoe/Unsplash

Emily Martin, profesora asociada de Epidemiología en la Universidad de Michigan, resta importancia a las apreciaciones de Gerba. “Nuestros cuerpos están adaptados para ser capaces de vivir en un entorno rodeado de microbios”, explica. Con todo, el riesgo de contagio de enfermedades a través de las toallas es real.

Un estudio publicado en The New England Journal of Medicine desveló que el brote de SARM –Staphylococcus aureus resistente a la meticilina, una cepa bacteriana que se ha hecho resistente a muchos antibióticos– que afectó a todo un equipo de fútbol americano de Los Ángeles en 2003 se pudo deber a que compartían toallas en los vestuarios.

Así, la solución pasaría por lavar las toallas con mayor frecuencia y en condiciones más severas. Gerba sostiene que lo deseable sería lavar las toallas cada dos días, más si cabe si están al alcance de niños pequeños. Además, sería necesario lavarlas en agua caliente y con detergentes de oxígeno activo para minimizar riesgos. Otra especialista, la directora de microbiología en el Presbyterian de Nueva York, sostiene que mientras se sequen bien y se utilicen con higiene, basta con lavar las toallas una vez por semana.

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El pueblo más independentista de Cataluña tolera (de momento) disidentes

Borja Bauzá

Foto: Borja Bauzá
The Objective

En el pueblo más independentista de Cataluña se puede vivir sin hablar catalán y ceceando. Es el caso de Antonio, un jubilado que nació hace 74 años en Sevilla y lleva casi medio siglo en Arenys de Munt. El municipio, situado a 50 kilómetros de Barcelona, ha acaparado titulares desde que en 2009 varios vecinos sacasen adelante la primera consulta popular sobre la independencia. Ganó el sí. En las últimas elecciones autonómicas, las del 2015, el 62% de los votos fue a parar a Junts pel Sí. El segundo partido más votado fue la CUP. De los 8.500 habitantes que tiene la localidad, sólo un millar votó a partidos contrarios al referéndum anunciado para este domingo. Antonio resume todos esos datos en una sola frase: “Este es el pueblo más malo de toda Cataluña”.

Cabe preguntarse si Antonio se ha planteado una mudanza. Contesta que no, que mientras le dejen en paz –“como hasta ahora”– no tiene pensado moverse. Tampoco cree que el próximo domingo, bautizado en toda España como el 1-O, vaya a darse ningún referéndum. Pero en el hipotético caso de que se celebre, él insiste: mientras nadie le pida explicaciones todo en orden. “Y si se quejan pues que me paguen lo que cuesta mi casa y me voy”, aclara. No parece preocupado.

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Plaça de Arenys de Munt | Imagen vía Borja Bauzá/The Objective

Sus declaraciones sorprenden a quien ha llegado hasta Arenys de Munt esperando encontrarse una suerte de reducto abertzale a la catalana. Sin embargo, no muy lejos del banco en el que toma el sol Antonio hay un bazar chino que vende banderas de España. La mujer que se sienta en la caja no quiere contestar preguntas, pero la clientela –que se expresa en catalán– no parece tener ningún reparo con el souvenir.

Frente al bazar oriental, cruzando la carretera que parte el municipio en dos, se encuentra un bar llamado ZiamClub. Es bastante popular en el pueblo gracias a un generoso menú del día que sale por 10 euros todo incluido. El almuerzo discurre plácidamente –y en catalán– hasta que un comensal sentado consigo mismo decide poner una canción a todo volumen en su teléfono: “No vais a votar, referéndum ilegal; no vais a votar, os van a calentar”. Las mesas de alrededor callan y miran de reojo, pero nadie dice nada. Cuando termina la canción el comensal, un hombre en la cincuentena, se saca un puro del bolsillo y pide fuego al camarero. Saliendo del ZiamClub, en una casa en obras, se observa una pintada castigada por el paso del tiempo: “No a la independencia”. Nadie la ha tachado.

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Los “Sí” del independentismo están por muchas partes de Cataluña, Arenys de Munt no es la excepción | Imagen vía Borja Bauzá / The Objective

La mayor concentración de bares en Arenys de Munt se da, como es lógico, en su arteria principal: la Rambla de Sant Martí. A seis días de la fecha del referéndum, y coincidiendo con la cita del alcalde, Joan Rabasseda (ERC), en la Fiscalía de Mataró por su apoyo al Govern de la Generalitat, muchos parroquianos optan por discutir las victorias del Barça y del Espanyol en la última jornada de Liga.

En un tiempo en el que el periodismo tiende a magnificar anécdotas, conviene no llevarse a engaño: pese a todo lo anterior, y como demuestran los últimos comicios, Arenys de Munt es un pueblo independentista. Los periódicos que más se venden, y con diferencia, en los dos kioscos de la localidad son El Punt Avui, el Ara y las ediciones en catalán de La Vanguardia y El Periódico. La calle principal está plagada de esteladas, pancartas a favor de la independencia y carteles que animan a votar “para ser libres”. En el ayuntamiento lucen las banderas catalana y europea; en el mástil central, donde debería ondear la española, no hay nada.

Un vecino que prefiere no ser citado explica que lo que se vive estos días en Arenys de Munt y, por extensión, en toda Cataluña es la calma que precede a una gran tormenta. En su opinión, la chispa puede saltar en cualquier lado. “Fíjate en cómo empezó la Primavera Árabe, con un tendero quemándose en Túnez porque no le devolvían su carro ambulante”, dice.

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Lo que se vive estos días en Arenys de Munt es la calma que precede a una gran tormenta.| Imagen vía Borja Bauzá / The Objective

Es posible que de momento la convivencia entre vecinos se mantenga porque todos, los partidarios del referéndum y los que se oponen a él, están convencidos de que lo deseado es lo que va a suceder. Esperan que la realidad golpee al adversario y luego ya veremos. Muchas personas en el pueblo parecen pensar de esta manera. Cuando pregunto a Teresa, encargada de una tienda de ropa en la misma Rambla de Sant Martí, qué cree que sucederá el domingo me devuelve una sonrisa radiante: “Que votaremos”. No percibo el menor atisbo de duda.

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Gabo, el niño que con sus caricaturas retrata la crisis en Venezuela

Tal Levy

Foto: José Clemente
The Objective

Tiene once años pero para su mamá “es un viejito”, “el Profe” como le decían sus compañeritos y maestras de escuela, el que desde pequeño hablaba con palabras que los niños no usaban, el que opinaba de temas sobre los que los chiquillos de su edad por lo general no se ocupaban.

¿A cuenta de qué vas a mezclar tus dibujos con política?– le preguntó su madre sorprendida al ver el giro que advertía con esas elocuentes frases que rebosaban de actualidad.

–Es que ahora me gusta la caricatura– respondió.

–¡Sigue haciendo lo tuyo, tus dibujos de animalitos, de cangrejitos, de pececitos!– le replicó.

Pero Gabriel Moncada González o simplemente Gabo, nombre con el que desde pequeño le llaman y que adoptó como firma, sabía muy bien lo que quería. Le rogué a mi mamá que subiera mi caricatura a Facebook y vi que a la gente le gustó. Así que empecé a hacer más con la esperanza de que alguien importante las publicara”.

El 23 de diciembre del año pasado le llegó por anticipado su regalo navideño cuando el portal Te Lo Cuento News comenzó a difundir sus caricaturas, precisamente una de un pino en el que en lo alto, inalcanzable, figuraba un pavo y no una estrella de Navidad.

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Una muestra de las caricaturaas de Gabo | Imagen vía TeLoCuentoNews

“Me gustan las caricaturas porque son una forma de denuncia con ese toque gracioso que lo suaviza todo. Mi objetivo es que la gente reflexione sobre lo que está pasando en Venezuela y se dé cuenta de que aquí no la estamos pasando bien, que hay problemas muy graves como la falta de medicinas, la escasez de alimentos, hay niños que se están muriendo de hambre en este momento, la juventud del país está emigrando porque aquí realmente no tiene futuro”, dice Gabo en esta su primera entrevista.

Como la mayoría de los niños venezolanos, su cotidianidad se ha visto afectada por la crisis. “Antes, cuando tenía 7 u 8 años, solíamos ir a restaurantes, a pasear por allí, pero eso ya no se puede porque muchas cosas se han puesto casi impagables, ni siquiera puedes salir a caminar al parque a las 5, a las 6 de la tarde, ya que se hace de noche y la delincuencia es extrema. En mi salón de clase, tres amigos se han ido del país y hace poco tiempo dos de mis primas emigraron a Miami”.

Las 28.479 muertes violentas que de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia ocurrieron en 2016, convirtiendo a Venezuela en el segundo país del mundo con la mayor violencia letal, es una realidad a voces que como un fantasma aterrador persigue a los venezolanos.

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“No tengo que pensar mucho con este gobierno ya que todos los días hay material para caricaturas”, afirma Gabo | Imagen vía TeLoCuentoNews

Dar la vuelta y ver más allá

“Esto ha traspasado todo, ya no hay disimulo posible. Por más que uno quiera mantenerlos ajenos a una realidad tan cruda, es muy difícil. Cuando en una casa no hay qué comer, los niños se enteran, y eso está pasando en todos los hogares; cuando hay inseguridad en el barrio, ellos lo ven. Los niños saben lo que está pasando, les afecta su vida diaria, porque si antes iban al cine, ahora ya no; si antes estrenaban uniforme para empezar el año escolar, ahora no, además del estrés, de la angustia de los padres”, ahonda su madre, la periodista venezolana Cecilia González, de quien Gabo afirma haber heredado “ese don de investigar, de dar a conocer las cosas que están pasando”.

Venezuela tiene la inflación más alta del mundo, proyectada por el Fondo Monetario Internacional en 720% para 2017. El billete de más alta denominación equivale a menos de un euro según la cotización del mercado paralelo y a unos 5 euros en el mercado oficial.

Cuando se vive en una suerte de mundo al revés, como destaca González, no es fácil ser la mamá de un niño caricaturista. “Él siempre ve las cosas más allá, dándole la vuelta a todo, buscando dónde está la idea para la próxima caricatura. Entonces, termina indagando, haciendo miles de preguntas sobre cosas que los niños muchas veces a esa edad no preguntan, de la vida política, de lo que no debería ser y está pasando en el país. Y uno tiene que buscar la forma de darle respuesta a asuntos tan duros, tan crueles, como lo es la violación de derechos humanos o la existencia de presos políticos. Son cosas difíciles que los niños no deberían estar viendo ni viviendo”.

En Venezuela el número de presos políticos asciende a 590, de acuerdo con la ONG Foro Penal Venezolano en su informe de agosto de 2017. Frente a la escalada de violaciones a los derechos humanos, el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, con la ayuda del ex fiscal jefe de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno Ocampo, trabaja conjuntamente con expertos independientes para determinar si hay elementos suficientes para llevar al gobierno de Nicolás Maduro ante la CPI por crímenes de lesa humanidad.

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Más de las caricaturas de Gabo | Imagen vía TeLoCuentoNews

Trazos de hambre

Gabo sabe decir las cosas que quizá muchas veces la gente no logra entender de otra manera, asegura quien se considera su mamá artística. “Te Lo Cuento News es un medio de oportunidades. Tener al caricaturista más joven de Venezuela es un lujo. Sus caricaturas son de calidad, no tiene nada que envidiarle a los de avanzada trayectoria. Las ha ido mejorando, en sus líneas, sus colores”, afirma la directora de la página web, María José Ramírez, una periodista venezolana radicada en Estados Unidos.

Con su ingenio, sus pueriles trazos abordan desde la delincuencia hasta la inflación, pasando por la injusticia, la escasez de productos básicos, el hambre, la crisis en general.

“¿Y la comida? Nos la quitaron”, se preguntan las ratas al ver unas manos humanas hurgando entre los desechos en una de sus más recientes caricaturas. “Tristemente, cerca de donde yo vivo y en toda la ciudad de Caracas tú ves gente comiendo de la basura de lo difícil que está la situación. Sólo ponte a pensar, esa gente no tiene dinero para comprar un kilo de auyama o un pan, claro, si es que lo consigue”, cuenta Gabo.

La carestía y la falta de alimentos es una realidad de la que es difícil apartar la mirada. Son necesarios 15 salarios mínimos para comprar la canasta básica de alimentos. Que la población y sobre todo los niños pierdan peso y hasta talla es una señal inequívoca.

La fundación Caritas Venezuela ha encendido la alerta con el Monitoreo de la Situación Nutricional en Niños Menores de 5 años pues entre abril y agosto de 2017 en 68% de los evaluados se registró algún grado de déficit nutricional o riesgo de padecerlo.

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Aedes aegypti | Imagen vía TeLoCuentoNews

El comunismo como plaga

En otra de sus caricaturas aparece el Aedes aegypti, el mosquito transmisor del zika, el dengue y la chikungunya, junto a una frase: “Aedes comunismus. El animal más nocivo del mundo. ¡Cuídate!”.

“En mi escuela habíamos hablado de enfermedades como el dengue, el zika; entonces, creo que escuché un comentario de que el comunismo es una enfermedad y allí me vino a la mente esa idea. Como recién había dibujado un mosquito para el trabajo de la escuela, pues no se me hizo nada difícil”, explica.

El comunismo, una palabra con resonancias muy grandes en boca, o más bien trazo, de un niño todavía. “Para mí es una ideología que dice que nadie tiene derecho a tener más que el otro, pero eso en realidad no es a así. Si una persona se faja (dedica intensamente) estudiando, hace un posgrado de 5 años y consigue un buen empleo, tiene derecho a tener mucho más que el flojo que no ha hecho nada en toda su vida”.

Todo le sirve de material para sus caricaturas. “Vi un programa de la evolución humana y me puse a pensar: se supone que la evolución es para mejorar una especie y con Maduro no parece que haya pasado eso”.

Una mascota o 2,5 kilos de carne

Pero ¿cómo es su proceso creativo, es decir, cómo surge la idea y le da forma, la plasma? “Antes de hacer una caricatura, yo suelo ver las noticias para enterarme de lo que está pasando. Después me pongo a pensar hasta que me llega la idea. De vez en cuando me llega así, de repente, o la veo en mi vida cotidiana, aunque en realidad no tengo que pensar mucho ya que con este gobierno todos los días hay material para caricaturas”, dice este aficionado al dibujo y la lectura.

Frente al llamado Plan Conejo que Maduro junto a su gabinete expuso recién al país entre sorna al afirmar que este animal no es una mascota, sino “dos kilos y medio de carne con alta proteína y sin colesterol”, para introducir su cría y su consumo en la dieta de los venezolanos, Gabo se resiste y ha dibujado a un imaginario Copito acompañado de un “yo era feliz como mascota y ahora los rojos dicen que soy comida”. Sabe que hay gente que lo ingiere pues forma parte de su cultura, pero “en lo personal lo veo como una mascotita, yo no podría comerme un conejo”, confiesa quien el próximo 12 de octubre cumplirá 12 años.

De sus cerca de 40 caricaturas, que se publican cada viernes en la sección “Así lo mira Gabo” en Te Lo Cuento News, esa es su favorita, quizá porque supo que la retuiteó el artista plástico y humorista gráfico venezolano Eduardo Sanabria, mejor conocido como Edo.

“Antes, cuando comprábamos periódicos, siempre venía una caricatura y a mí me encantaba verlas, me divertían mucho. Eran graciosas, pero te pones a pensar y son una denuncia, tocan de una forma casi perfecta un tema bastante triste en realidad”, señala Gabo.

Fue gracias a la obra de Rayma, Edo y Weil, caricaturistas de los principales medios venezolanos que hoy se han visto en la necesidad de emigrar de su país, como se interesó por el humorismo gráfico.

“Desde que llegó Hugo Chávez al poder el tema político impregnó todo el país y ahora con Nicolás Maduro más, y este muchacho no se ha escapado a eso. Tiene madera, de verdad que sí. Dibuja bastante bien para su edad”, comenta Edo.

Y es que le sorprende que un niño de 11 años tenga el tema del humor gráfico político tan claro. “A diferencia de uno cuando tenía su edad, él está imbuido en todas las redes sociales y sabe que hay muchas caricaturistas que hacen humor político, entonces tiene ese camino más claro. Los tiempos han cambiado, las redes te dan esta oportunidad de expresar tu opinión, que hace muchos años si no eras un Zapata (artista plástico y caricaturista venezolano emblema ya fallecido) era más difícil. Las redes son una bendición”.

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El caricaturista de 11 años que busca que la gente reflexione sobre lo que está pasando en Venezuela | Imagen vía José Clemente

Un pasatiempo que da vida

Pero ¿de dónde proviene la fijación de Gabo en la política? “Me interesa porque esas pocas personas importantes son las que tienen que encargarse de dar una buena calidad de vida a todas las personas de un país”, responde.

Lo primero que se le ocurre es el dibujo, antes que la frase que lo acompaña. “Cuando tengo la idea, me tardo como 40 minutos. A la semana suelo hacer una o dos caricaturas, inclusive tres si me inspiro. Sé que no soy el mejor dibujante del mundo, pero cuando dibujo siento que le doy vida a lo que estoy pensando, porque primero viene el lápiz y después el color”. Sus padres, según dice, son su control de calidad.

¿Y cómo quisiera que fuera su país?, ¿cuál es la Venezuela que Gabo imagina? “A mí me gustaría una Venezuela próspera, libre, con un buen gobierno, con un bolívar que valga algo, donde pueda salir a las calles sin miedo a que te roben o inclusive te quiten la vida, donde no te puedas morir de hambre, donde los anaqueles de las tiendas siempre estén llenos y la gente siempre esté feliz porque lo tiene todo”.

Frente a la ineludible pregunta sobre qué le gustaría ser cuando sea grande, contesta sin titubear que biólogo marino. “Las caricaturas creo que me las voy a tomar como un hobby o quizá como un segundo empleo, nadie sabe”.

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El triunfo del relato falaz

Jordi Bernal

Foto: Mondelo
EFE/Archivo

La novela que nos gusta y el periodismo clásico compartían una premisa precisa: contar una historia. Y contarla bien. En el ámbito del marketing político ha hecho fortuna el término storytelling, que no es otra cosa que transmitir un relato con fines persuasivos. O sea la Biblia de toda la vida pero en eslóganes torcidos. No hay que negarle eficacia a la estrategia nacionalista de construir, en los tres últimos siglos, y de manera intensísima en los últimos cuarenta años, un relato áureo que desafiaba, manipulaba y en último término tergiversaba los hechos más elementales de la historia. Para ello, como es bien sabido, ha contado con unos medios de comunicación públicos y privados bien cebados de subvenciones y con el adoctrinamiento pertinaz en centros de enseñanza básica, media y universitaria. Había que ser un pedazo de Haffner para resistir el bombardeo. Aunque el parapeto de las lecturas acertadas y las compañías cabales ayudaron a unos pocos a cuestionar el redil.

Ahora, merced al relato pacientemente urdido, los disidentes son señalados como renegados, traidores y vendidos al oro de Madrit. Incluso Serrat, el nano del Poble Sec, un hombre al que tan poco le gusta molestar y que siempre ha mantenido una hábil diplomacia, ha levantado las iras independentistas por cuestionar maneras marrulleras y carencias democráticas en el referéndum suspendido, dándole la razón así a Lluis Llach, a quien siempre le costó disimular su aversión visceral por el autor de Mediterráneo.

El relato, a manera de pegajosa tela de araña, se extiende a los desafectos perdidos para la causa. El odio que sienten por el catalán que en su propio idioma les rebate el cuento de sus mentiras (Boadella, Borrell, Marsé e incluso el pactista Serrat) es proporcional a la baba que se les cae rendida cuando el foráneo o charnego aparece en TV3 esforzándose por expresarse en catalán antes de disculparse cabizbajo por su precaria competencia con tan sacro idioma.

A estos ejemplos de la carencia de pluralidad (aunque se ufanan de pluralistas por incluir en todas las tertulias de sus medios a un unionista de guardia, siempre y cuando sea de derechas, la líe parda con los pronombres débiles o sea tierna carne de cañón) y de la fractura social producida en Cataluña, debe añadirse el que tal vez sea el triunfo del relato falaz y que puede convertirse en piedra de toque de un escenario dramático a partir del 1 de octubre: la democracia está por encima del estado de derecho. España demuestra que no ha superado su pasado franquista y que sigue siendo en esencia totalitario.

Dos axiomas que, en la lógica nacionalista, dejarían la calle en manos de la CUP. Y entonces el relato devendría en sangre y fuego frente al estado opresor.

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