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Prieto, Pedro

Miguel Ángel Quintana Paz

Este es el relato. Había una vez un país cuyo partido socialista se llamaba PSOE y era uno de los más antiguos en su escenario político. También de los más importantes. Importante porque obtenía miles y miles de votos (aunque últimamente renqueaba un tanto), importante (quizá aún más) porque sus fieles habían penetrado en varias capas de la sociedad y usaban allí de poder e influencia. Ahora bien, este partido tenía un problema: era para todos claro que él solito no sería capaz (al menos en los próximos años, probablemente en los próximos lustros, quién sabe si en las próximas décadas) de derrotar electoralmente a los partidos situados a su derecha. Su número de votos apenas superaba el 20 %. A militantes y dirigentes del PSOE les costaba entenderlo: ¿por qué no se les echaba esta esquiva España en sus acogedores brazos?, ¿no eran ellos, a la postre, los que tenían las mejores ideas para ella? (Aunque, a fuer de sinceros, reconozcamos que a muchos de ellos les costaría especificar exactamente cuáles eran tales ideas).

Ese partido socialista se hallaba dividido, pues, en dos tendencias. La primera de ellas pensaba que lo principal era fortalecer el sistema democrático en que, a pesar de sus imperfecciones, los españoles por fin convivían libres e iguales en derechos. Y que por tanto el partido socialista debería colaborar, poniendo sobre la mesa su aún no escaso poder, con aquellos otros partidos que, aunque estuviesen situados a su derecha, creían también en esa España democrática. Entre otras cosas, para reformarla.

La segunda tendencia de ese partido socialista, sin embargo, pensaba lo contrario. Creía que cualquier pacto o colaboración con los partidos situados a su derecha mancharía a los socialistas igual que a un musulmán le contamina el contacto con un perro húmedo. De modo que el PSOE debería colaborar preferentemente con los partidos situados a su izquierda. Aunque alguno de estos había nacido precisamente de la repulsión que sentían hacia los socialistas. Y aunque tuvieran ligazones evidentes con Gobiernos de países en que la democracia brillaba por su ausencia. Como, además y por desgracia, la suma de socialistas y extrema izquierda tampoco bastaba para alcanzar la mayoría en aquella España (hay que ver lo difícil que esta les ponía las cosas a los buenos), esa segunda tendencia del PSOE no le hacía ascos tampoco a colaborar con partidos independentistas. A pesar de que estos habían dejado ya tan clara como la luna llena su voluntad de destruir el marco común de solidaridad llamado “España”, algo que diríase que a un socialista le debería importar.

El lector acaso haya identificado raudo que estoy hablando del PSOE actual. Lo cual es verdad, pero no es toda la verdad. Cuanto he dicho podría aplicarse también perfectamente a la situación en que se hallaba el mismo PSOE hace ahora ochenta años justos. En aquel 1936 el PSOE era ya uno de los partidos políticos españoles más antiguos, con nada menos que cincuenta y nueve años a sus espaldas. Tenía ya centenas de miles de votos y una penetración importante en el mundo sindical e intelectual. Aun así, en las elecciones anteriores (las de 1933) había obtenido resultados algo renqueantes (solo un 21,68 % de los electores había optado por él; más o menos como el PSOE en diciembre y junio pasados). De modo que estaba entonces claro, como lo está ahora, que no iba a obtener de momento mayorías absolutas que le permitieran en solitario gobernar.

Se le abrían, pues, también dos posibilidades. Una era colaborar con aquellas opciones moderadas a su derecha que apostaban asimismo por la imperfecta democracia de la II República. La segunda posibilidad era la de colaborar con partidos a su izquierda que habían nacido (como el PCE en 1921) precisamente de su rechazo hacia los socialistas, y que dependían de países dictatoriales como la URSS. (Por no hablar de los anarquistas, enfrentados al socialismo ya desde tiempos del mismo Marx). Como, incluso así, los números no daban (aunque ignoro si esta expresión se utilizaba ya en 1936), le sería necesario cooperar igualmente con partidos independentistas, sobre todo catalanes, que no habían tenido empacho en saltarse la ley por mor de fragmentar España (de hecho, sus dirigentes habían sido sometidos a procesos judiciales, análogamente a lo que ocurre hoy otra vez).

Ante tal tesitura, dos corrientes en el PSOE lo tenían claro: la que abanderaba Julián Besteiro no parecía tener excesivos problemas en ponerse a construir con los partidos a su derecha una España común para todos. La que capitaneaba Largo Caballero, sin embargo, prefería coquetear con la ultraizquierda y el secesionismo, hasta el punto de perdonar sus delitos (que, por entonces, tras la revolución de 1934, eran mucho más importantes que lo son hoy los del grotesco Bódalo o el bukanero Alfon). En medio de ambas tendencias se hallaba Indalecio Prieto, que no quería perder apoyos ni por un lado, ni por el otro.

Estoy señalando algunas similitudes entre ambas situaciones, pero bien podría igualmente señalar sus muchas diferencias. Una de ellas es que en 1936 los socialistas no hacían escraches contra sí mismos a la puerta de su sede, como el que contemplamos el pasado sábado en Ferraz. De hecho, hacían cosas mucho peores: como aquel mitin socialista en la plaza de toros de Écija, del que Prieto tuvo que salir pitando, entre botellazos y pistolas de sus propios militantes, mientras la turba socialista secuestraba a su secretario personal. También hay otras diferencias: hoy por suerte no se espera que suceda nada parecido a aquello de que un escolta personal de Prieto, Luis Cuenca, protagonice el asesinato del líder de la oposición de derechas, Calvo Sotelo.

Pero tanto entonces como ahora el PSOE va a tener que asumir su verdadero tamaño como partido. De hecho, desde 1986 el PSOE no obtiene en las urnas una mayoría absoluta (la de 1989 lo fue solo accidentalmente, al retirarse del Congreso los electos por Herri Batasuna), mientras que solo en los últimos dieciséis años el PP lleva ya dos. Creo que el PSOE del siglo XXI va a tener que habituarse, pues, a ser un partido de cierto peso, pero incapaz de volver a gobernar España solito, como en sus dulces años 80. Eso no significa que no pueda volver participar en sus Gobiernos. Pero tendrá que decidirse para ello entre dos posibles vías. La primera es optar, como hizo al final Prieto, por una alianza con la ultraizquierda y el secesionismo. Lo cual no es seguro que salga bien: en su día, de hecho, le salió mal. Mal, nivel: muertos en las cunetas.

Puede no obstante caminar en sentido contrario. Darse cuenta de que le une mucho más con ese centroderecha al que nunca deja del todo de proclamar su odio, y atreverse a reformar la España del siglo XXI en un clima de concordia como el que, a diferencia de 1936, por lo general vivimos hoy los españoles de a pie. (Salvo excepciones, bien es cierto: como cuando algunos escrachan la sede de Ferraz). Le será duro (hay que cambiar el cultivo del aborrecimiento al PP por el cultivo de las virtudes cívicas). Le será doloroso (tendrá que aceptar que la realidad ya no es, ni en España ni en Europa, la de la socialdemocracia triunfante de antes). Le será, en cierto sentido, anticontemporáneo (hoy se lleva una política en que parezca que no te comprometes nunca a nada, mientras que lo que le pide lo real hoy al PSOE es comprometerse de lleno con una u otra opción). Será un esfuerzo tan hercúleo que todos los que no somos socialistas tendremos el deber de ser generosos con ellos y valorarles sus pasos en la buena dirección. Uno de los cuales ha sido, sin duda, librarse de Pedro Sánchez y hacerlo, esta vez, sin necesidad de secuestrar antes a su secretario, César Luena.

La cultura española, un referente de la televisión británica

Leticia Martínez

Foto: Vincent West
Reuters

España fue allá por los años 60 y 70 escenario de múltiples rodajes internacionales, ahora nuestro país ha conseguido volver a retomar esa popularidad en la televisión. Las grandes producciones de Hollywood como aquellas películas del spaghetti western  que se rodaron en el desierto de Tabernas, Almería han dado paso a series, programas y realities, que demuestran la versatilidad de nuestro país. La televisión británica es un ejemplo de ello. La gastronomía, cultura y también la fiesta, para qué nos vamos a engañar, de ciudades como Palma de Mallorca, Santander, Magaluf o Sevilla se dan citan cada semana en la programación televisiva de Reino Unido y como siempre está bien mirarnos a través de los ojos de los demás, aquí están algunos de las series y realities que tienen nuestro país como telón de fondo.

1. Trip to Spain

La serie, dirigida por Michael Winterbottom, sigue a dos hombres maduros, Steve Coogan y Rob Brydon, a través de su viaje por España. En él, los dos cómicos británicos pasarán por una crisis existencial diseñada para hacer reír e incomodar a partes iguales. Lo singular de esta serie es que Coogan y Byron se recorrerán de norte a sur la Península pasando por los mejores restaurantes del país como el Txoko Getaria en Vizcaya, el Etxebarri, con estrella Michelín, en Guipuzkoa, La Casa del Doncel en Sigüenza o El Refectorium en Málaga. Las conversaciones entre ambos sobre la vida, la muerte o el amor tienen también como escenarios inmejorables las cuevas de Altamira en Santander, los viñedos de La Rioja o los molinos de Castilla La Mancha. La literatura tampoco se deja de lado, pues Winterbottom sigue los pasos de Don Quijote y Sancho Panza por la Mancha, cuya historia bien podría ajustarse a la de los personajes de la serie, y la obra del poeta Laurie Lee, quien luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil Española.

2.Benidorm

Esta comedia británica, una de las más longevas y con mayor éxito de Reino Unido, lleva emitiéndose desde 2007. Hasta ahora, la serie cuenta con nueve temporadas, todas ellas rodadas en un hotel de Benidorm. El programa cuenta la historia de la familia Garvey, en la que se entremezclan con otros pintorescos personajes , incluidos el personal del hotel. Es como si todos los vecinos de Aquí no hay quien viva decidieran pasar unas vacaciones en Reino Unido. Durante los 45 minutos que dura cada episodio, los personajes intercalan nuestra cultura con la suya, para dar lugar a un sinfín de estereotipos tanto españoles como británicos.

3. The Night Manager

Basada en una novela de John Le Carré, The Night Manager, es una mini serie de espías rodada en los increíbles paisajes de Mallorca. En general, la serie muestra los lujos de la isla, hoteles de cinco estrellas, restaurantes al lado del mar, yates y calas de azul turquesa. Palma, la capital, también parece ser uno de los lugares predilectos del director, pues muchos planos rodados en la ciudad representan el Cairo, Turquía e incluso Madrid. La serie es muy recomendable para aquellos que se sientan especialmente atraídos por el suspense y las novelas de espías con desenlaces inesperados.


4. Ibiza Weekender

Los realities están más que asentados en la televisión española, y Reino Unido no se queda atrás. Este reality sigue a adolescentes de entre 18 y 24 años en sus primeras vacaciones sin padres. Los chavales se alojan en un hotel de Magaluf, Ibiza, en el que los representantes del hotel les proporcionan las vacaciones más locas. El programa lleva en antena seis años y se puede ver de todo, igual que en Geordie Shore.

5. A place in the Sun: Home or Away?

Pero no todo se reduce a fiestas y gastronomía, también hay programación para aquellos ingleses que quieran invertir en una residencia permanente en España. Por ejemplo, si una pareja desea dejar la lluviosa Inglaterra para pasar los 365 días del año al sol, los presentadores intentan convencerlos primero de que en Inglaterra también pueden de conseguir algo parecido para más tarde volar hasta España, casi siempre a Murcia o Almería, y enseñarles unas tres o cuatro posibles residencias. La pareja primero decide si realmente quiere mudarse a España o quedarse en Inglaterra y luego hacen una oferta sobre la casa de sus sueños.

6. Sun, Sex and Suspicious Parents

Con el mismo formato que Ibiza Weekender, las cámaras siguen a un grupo de adolescentes que creen estar de vacaciones sin sus padres en la costa española. Sin embargo, lo que no saben es que sus padres también han viajado hasta aquí y que están vigilando todos y cada uno de sus pasos. Los chicos después de borracheras y gamberradas varias, acaban por encontrarse a sus padres cuando menos se lo esperan…y con las consecuencias que eso conlleva, claro.

Renacido y moldeado al vacío

Jesús Nieto Jurado

Foto: CRISTINA QUICLER
AFP PHOTO/ FILES

Pedro es los sueños de los militantes que por fin tocaron pelo. Es el sueño de una poetisa desencantada de Podemos que se huele el tufillo a Stalin. Pedro pudo ser camisa blanca, pero lleva una chaqueta viajera, como el baúl de la Piquer: con los olores de cada nación de su “nación de naciones” impregnado en el sobaquillo macho. El jueves, los suyos, Lastra y esos podemitas sin cocer que le hacen las inmaculadas fontanerías, revelaron lo que van a presentar al 39 Congreso Federal: una torrija constitucional como un demonio.

Era Pedro contra el aparato, y bien sabíamos que el ‘pedrismo’ era esa colcha zurcida entre el desencanto y los que quisieron ver más allá del desmochado ‘Partido Único’ en Andalucía: en España. Del ideario de Sánchez qué vamos a decir que no sea sino recuerdo del vacío, camaleonismo de situación, y hasta las cabezonadas machaconas de su pareja Begoña; rotunda por vasca y compañera: ‘SÍ es SÍ’, ‘NO es NO’, e ‘Izquierda es Izquierda’ porque Susana era Íbex, parqué, salón y moqueta. Silogismo perfecto en estos tiempos.

Pedro volverá a tener el honor del humo doctrinal en Ferraz, que es algo que ya hizo Zapatero cuando fue amasando España de una forma que no la conoció ni su madre: como un anuncio de compresas donde fueron creciendo estos lodos que hoy son barros y que serán, Dios nos libre, artículo 155.

El mensaje de este niño bien de Madrid está claro. Acercar el partido a la militancia y desalojar de Ferraz las baronías y las élites. Aunque creer en la juventud de Sánchez es pitorrearse de Suresnes y de esa generación de los que tuvieron que dejar su patria y sus principios hace ya unos decenios.

Pedro Sánchez es un compendio de virtudes que van de la buena presencia a no decir nada a voz en grito. Demasiado ‘fisno’ para el populismo, aunque ya le llegará el momento de nuevo.

En Andalucía hay quien el mismo día simultaneó bolo de Podemos y de Pdr. Con casi ochenta primaveras y renacido al ‘pedrismo’.

Los peligrosos mitos sobre las vacunas que ponen en riesgo la salud de todos

Jorge Raya Pons

Foto: Bryan Snyder
Reuters

En Italia se han encontrado con un problema: en menos de cinco meses han registrado 2.935 casos de sarampión y la causa de fondo parece llamativa. El 89% de ellos no fue vacunado y todo responde a un movimiento antivacuna cada vez más ruidoso, extendido e influyente. El gobierno decidió atajar la crisis adoptando un decreto por el que impone la vacunación obligatoria de los niños menores de seis años si quieren ser escolarizados. A edades superiores, podrán hacerlo siempre que estén dispuestos a pagar multas de hasta 7.500 euros.

“Con esta decisión enviamos un mensaje fuerte a la población”, advirtió la ministra de Salud, Beatrice Lorenzin, que se encontró con la oposición del Movimiento Cinco Estrellas, que insinuó que su decisión no responde tanto a argumentos sanitarios como a intereses de la industria farmacéutica.

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Beatrice Lorenzin, ministra de Sanidad italiana. | Foto: Remo Casilli/Reuters

En 2015 se diagnosticaron 250 casos de sarampión en Italia; el año pasado fueron 840. El aumento ha sido del 1.174% en año y medio. El 48% de los casos de sarampión en la Unión Europea se produce en Italia y Rumanía, según la Organización Mundial de Salud (OMS). “Y aquí el sarampión es que te salgan granitos y mucho picor, pero en África causa la muerte a 150.000 niños cada año”, recuerda José Antonio Forcada, coordinador del Grupo de Trabajo en Vacunaciones del Consejo de Enfermería de la Comunidad Valenciana (CECOVA) y miembro de la Asociación Española de Vacunología (AEV).

Porque la pregunta que nos hacemos al ver unas cifras tan altas en un país tan similar, tan cercano como España, consiste en si esto podría ocurrirnos a nosotros, en si estamos en una condición de vulnerabilidad equiparable a Italia. Forcada, tajantemente, responde que no. “Nadie en su sano juicio se ha atrevido a abrir un debate sobre si sería necesario poner las vacunas obligatorias o no”, dice el experto. “En España estamos trabajando con una cobertura en los dos primeros años superiores al 95%, somos una excepción en el mundo. Yo creo que tiene mucho que ver con que los padres creen que son obligatorias”. Y claro, bromea Forcada, “nosotros tenemos una cultura en la que basta con que nos digan una cosa para hacer la contraria”.

Una familia de Olot denunció a una asociación antivacuna por aconsejar que su hijo, que murió de difteria, no se inmunizara

Este escenario de tasas de cobertura tan altas garantiza lo que en términos médicos se conoce como inmunidad de grupo: cuantas más personas estén vacunadas, más difícil será la circulación de estos microorganismos. Sin embargo, siempre existen casos aislados.

El 27 junio de 2015, en la localidad gerundense de Olot, un niño de seis años murió por difteria después de un mes hospitalizado. Los padres no lo habían vacunado y denunciaron a la asociación que les recomendó no hacerlo. Después de la muerte del niño, las autoridades descubrieron que otros 47 chicos del colegio permanecían vulnerables al no estar inmunizados a la bacteria que provoca esta enfermedad grave, que afecta a las funciones respiratorias, cardíacas y renales del cuerpo. “Es muy triste que en un país donde nadie tiene problemas para acceder a la vacunación se produzca un caso como este”, declaró el entonces conseller de Sanidad, Boi Ruiz.

También en Estados Unidos, en diciembre de 2014, un brote de sarampión en el parque temático de Disneyland, California, se extendió por todo el país y provocó 102 casos de infección en 14 estados. La circunstancia despertó la alerta sobre una enfermedad que las autoridades sanitarias creían erradicada; los niños afectados no habían sido vacunados y se volvió a poner el foco sobre la influencia de los lobbies antivacuna, tan influyentes en el país, que se han alimentado de una infinidad de mitos para crecer como la espuma.

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La gran arma de los movimientos antivacuna reside en su capacidad para sacar a relucir los casos en que se han producido reacciones adversas, que son excepcionales. | Foto: Pascal Lauener/Reuters

“En España hay grupos antivacuna que piensan que es mejor que un niño pase una enfermedad a que lo vacunes”, explica Forcada. “Es gente que actúa de buena fe, siguiendo sus creencias, por tu naturismo. Pero luego está quien se aprovecha de las circunstancias, quien busca a las personas que han tenido alguna reacción para tener notoriedad, para ganar dinero, para vender libros”.

Forcada cree que estos movimientos exprimen los casos residuales para convencer a los sectores más escépticos: “Es verdad que a veces la noticia no es que el perro haya mordido a un hombre, sino que el hombre haya mordido al perro. Si de 200.000 niños vacunados hay cuatro que tienen una reacción adversa, no vemos que hay casi 200.000 a los que estamos librando de una enfermedad que puede matarles”.

“Si se dejara de vacunar, podrían rebrotar enfermedades y tener consecuencias muy graves”

Con todo, aboga por mantener el régimen actual, ahora que la información funciona, que no existen grandes campañas y se confía en el trabajo de concienciación diaria de los sanitarios, que explican a los padres la importancia de vacunarse y prevenir causas mayores. En cuanto a los antivacunas, cree que la clave consiste en ignorarlos: “Una lucha encarnizada contra ellos sería amplificar el ruido”.

Las vacunas, recuerda, han permitido que enfermedades como la polio, que hace medio siglo persistía en España provocando muertes y parálisis, hayan desaparecido. Esta enfermedad permanece únicamente en Nigeria, Pakistán y Afganistán. Por este y otros motivos, incide en la importancia de vacunar contra enfermedades como la meningitis C, la tos ferina o la difteria. “Si se dejara de vacunar”, concluye, “cualquiera de estas enfermedades podría rebrotar y tener consecuencias muy graves”.

Nacionalismo catalán: los ladrones de palabras

Teodoro León Gross

No es fácil, incluso en las liturgias líquidas de la política, contemplar un abismo entre las palabras y la realidad equiparable a la intervención de Puigdemont dando un ultimátum con el referéndum bajo el título de ‘Invitación a un acuerdo’. Claro que no se trata de algo excepcional. La ruptura aceptada entre discurso y realidad es uno de los signos de la época. Los populismos han invadido los campos semánticos para apropiarse de ‘la gente’, pero no es privativo de ellos; estos días se ha visto a los socialistas estrangularse con el orgullo y la dignidad, y al PP apelar a sus fetiches de la seriedad y estabilidad para abordar la corrupción. Pero el secesionismo supera todo eso. En sus delirios retóricos han llegado a identificarse como apartheid, como si la riquísima sociedad abierta de Cataluña fuera el Soweto de los años de plomo. Cuando las palabras se desconectan de la realidad, comienza una realidad paralela.

El plan secesionista es anticonstitucional, antiestatutario y antidemocrático, pero el éxito del secesionismo ha sido precisamente generar el marco mental de que libran una batalla por la democracia. ‘Democráticamente inviolable’ dijo Puigdemont. Junqueras: “O referéndum o referéndum; o democracia o democracia”. Colau: “urnas para conseguir una salida democrática”. También Pablo Iglesias.: “la libre decisión democrática es imprescindible”. Y todos repiten ese mantra, bajo la lógica tan goebbelsiana de que repetido cientos de veces se convertirá en la verdad. Apuntaba Guy Durandin en La información, la desinformación y la realidad que la existencia de palabras hace creer en la existencia de cosas, e instala en las mentes juicios de valor. A golpe de repetir la misma letanía, su clientela no ve más que eso: sacar las urnas como gran ejercicio democrático. En una realidad paralela así son las cosas: un ultimátum para destruir el Estado que exigen que sea atendido por ‘sentido de Estado’.

Peter Handke decía el lunes, en víspera de ser investido doctor honoris causa por Alcalá de Henares, que “el proyecto de Cataluña da miedo”. Lo terrorífico es la ceguera del marco mental invocando la democracia, ¡la democracia!, para no pensar más allá. Contra cualquier argumento –Ley, Historia, Europa, resultados electorales…– la respuesta es ¡democracia! ¡democracia! En definitiva, contra la democracia claman ¡democracia! Es el ‘elefante’ con que, según la teoría de Lakoff, han ganado la batalla. El plan es chantajear el Estado con una ley de desconexión sin soporte legal mínimo con la que establecer una Justicia sectaria sin separación de poderes o restringir la libertad de prensa… en definitiva un corpus autoritario reivindicado al grito de ¡democracia! Esto Philip K. Dick lo explicó en dos frases: “La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que usará esas palabras”.

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