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Qué nos está pasando

Miguel Ángel Quintana Paz

“No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”, escribía el filósofo José Ortega y Gasset en una obrita que, significativamente, subtituló “Esquema de la crisis”. Y seguramente llevaba buena parte de razón. Ahora bien, ochenta y tres años más tarde de ese pequeño trabalenguas acaso ya tengamos alguna pista de qué nos está pasando ¿Hay alguna línea de puntos que una el brexit, la victoria de Donald Trump, el escepticismo hacia el cambio climático, el próximo cincuentenario de mayo del 68, las redes sociales, el mandarinato en la antigua China y (permítanme una pequeña querencia hacia mi tierra) los excelentes resultados en el informe PISA de la educación en Castilla y León? Algunos pensamos que sí.

Uno de los que lo piensa es otro filósofo, el italiano Mario Perniola. En español tenemos la fortuna de que casi todas sus obras están traducidas. Allí Perniola plantea una hipótesis inquietante:  por primera vez en la historia de Occidente estaríamos asistiendo en nuestros días (nuestros años, nuestras décadas) a un desprestigio generalizado de todo “lo intelectual”. Y especialmente, claro, de “los” intelectuales.

Esto no significa, por supuesto, que no hayan existido vigorosas corrientes antiintelectuales en nuestro pasado. Ya desde que Sócrates, Platón o Aristóteles empezaran a apostar por usar la razón para orientarnos en la vida tendrían enfrente a los sofistas, que creían que usar las emociones, los trucos retóricos o la mera fuerza bruta resultaba a la postre más remunerativo. En llegando el cristianismo a Europa se produjo de hecho una virulenta lucha entre ambas tendencias: por una parte, estaban los cristianos que querían hacer de la nueva religión algo razonable (Justino Mártir fue seguramente el primero). Por otra, los cristianos que en cambio deseaban difundirla como un mero irracionalismo. “Creo precisamente porque es absurdo”, llegaría a decir uno de los principales predicadores de esta segunda vertiente, Tertuliano, tan deseoso él o su colega Taciano de abofetear a todos los intelectuales griegos y sus papiros, al igual que Nigel Farage lo está hoy de denigrar a la “casta” de expertos británicos que osaron argumentar ¡con datos! contra el brexit.

Pero al final el gato se lo llevarían al agua quienes preferían ver la racionalidad y el cristianismo, a Platón y a Jesucristo, como cosas compatibles. Y eso explica las jugosas bibliotecas de los monasterios cistercienses, la creación de las universidades en plena Edad Media cristiana (no entre aztecas, zulúes o tagalos) y las luchas intelectuales (en vez de campales) que tanto entretuvieron a jesuitas, dominicos y franciscanos durante la primera Modernidad. Nuevos conatos irracionalistas pespuntearían, desde luego, todos y cada uno de los siglos que nos separan de Tertuliano; románticos de uno u otro signo se levantarían contra la “opresión” de la razón; sentimentalismos varios se refugiarían en la literatura o en las artes más cursis. Pero nadie pondría seriamente en aprietos una creencia preponderante para el occidental: que la razón, el estudio y los expertos son mejores guías, pese a la aridez de la primera, el esfuerzo que exige el segundo o la arrogancia que exhiben los terceros, que la sinrazón, la sentimentalidad desbocada o los ignorantes. Europa ha sido el sitio donde ser intelectual, al final, acarreaba un respeto.

Lo que de reciente nos pasa es que esto, ya, no es así. Cada vez es más frecuente que tildar algo de intelectual, o de razonable, o de saber experto, lejos de implicar un elogio, suponga prácticamente un denuesto. Cualquier tuitero está dispuesto, mediante tres frases ingeniosas, a creer que ha “refutado” el trabajo que a cientos de expertos les ha llevado años configurar ¡Zasca! Una noticia falsa y resultona tiene muchos más lectores que un estudio en que nuestras mejores mentes hayan pensado sobre ese mismo tema ¡Zas! Si se te ocurre señalar que un político comete una contradicción incluso dentro de una misma frase, o que alguien opina sobre algo sin los rudimentos básicos de ese tema, se te tachará inmediatamente de elitista ¡Zas en toda la boca!

Los orígenes más cercanos de este desdén hacia lo intelectual cabe rastrearlos, según Perniola, en mayo del 68. Fue entonces cuando empezó a criticarse a la escuela como una institución “represiva”; a vituperarse la universidad como un mero apéndice del “sistema”; a escribirse grafitis como aquel que en la Sorbona aseveraba “Por culpa de los exámenes y los profesores el arribismo comienza a los seis años de edad” o aquel otro que en Nanterre enunciaba “Mis deseos son la realidad”. De hecho, para Perniola, la gran ironía de nuestros días es que esa tendencia, inicialmente propia de una izquierda nada moderada, ha acabado confluyendo con la derecha más arriscada. Hoy los populistas de derecha menosprecian a los expertos universitarios que les llevan la contraria con no menor tesón que un veinteañero parisino escribiría en las paredes de su facultad “Profesores, ustedes nos hacen envejecer”.

¿Qué nos espera en esta nueva circunstancia? Perniola nos recuerda que, aunque es novedoso en Occidente un alzamiento generalizado contra los intelectuales (“¡Muera la inteligencia!”, que diría Millán Astray, al que desde aquí humildemente propongo como patrón de los antiintelectuales hispanos), no ocurre igual con China. Allí han sido frecuentes a lo largo de toda su historia sucesivas rebeliones contra su élite intelectual, los mandarines, seguidas como en un balanceo por épocas en que estos se han elevado al mayor prestigio social. El resultado de ese péndulo ha sido que toda una China haya estado a menudo cerca de lograr grandes descubrimientos (técnicos, geográficos, científicos) pero se haya quedado no pocas veces a pocos milímetros de lograrlos. Porque nada hay más sospechoso para un chino antimandarín, un tuitero o un trumpiano que esos seres misteriosos que se tiran largas horas haciendo eso que ellos llaman “investigar”, en vez de hacer esa otra cosa que todos entendemos, y que es producir (aunque sea zascas en tuits).

Pintan mal las cosas para Occidente, pues. Eso sí, en algunos rincones de la estepa castellana y leonesa, en escuelas que no tienen más dinero, ni más profesores, ni leyes diferentes a las del resto de España, el último informe de PISA nos descubre que nuestros jóvenes alcanzan logros similares a los de otras planicies, las finlandesas, que a menudo se señalan como modélicas en educación. Y una de las hipótesis de por qué esto ocurre es que son las familias de Castilla y León las que mejor conservan el aprecio por el saber que transmiten luego a sus hijos. Y a sus buenos resultados. ¿Será Castilla, será León el lugar en que refugiarse en tiempos de desprecio generalizado del intelecto? Yo, por si acaso, de momento así haré.

¿Para qué sirven los clones?

Jorge Raya Pons

Foto: Paul Clements
AP Photo

Hace veinte años se anunció la clonación de la oveja Dolly y desde entonces, al menos en este campo, nada ha vuelto a ser como antes. Las ficciones se han ocupado de crear universos ilusorios donde los clones toman el planeta y todo se vuelve un desastre, con los humanos perdiendo el control y salvando los muebles en el último intento. Con todo, más allá de la literatura y del cine y de todas las formas de entretenimiento y especulación posibles, existe una realidad que nos recuerda que la clonación no es una ilusión peligrosa, sino un método necesario para el progreso de la especie humana.

Esas ficciones modernas son el reflejo de las preocupaciones del ciudadano medio, y ha sido la clonación reproductiva la que ha encendido más alarmas. Esto es extraño cuando se evidencia que la clonación de la que más cerca nos hallamos es la terapéutica, centrada en descubrir nuevos tratamientos contra enfermedades muy graves. Se trata de una ciencia radical y efectiva que consiste en sustituir órganos o tejidos enfermos por unos nuevos creados con células sanas. De este modo, el cuerpo reconoce esta parte de su estructura y no la rechaza, como ocurre con tantas técnicas convencionales.

“No vamos a ver que se haga un cerebro, pero veo factible que se haga un riñón o un tejido de hígado que se pueda implantar”

Jordi Barquinero es responsable del grupo de Terapia Génica y Celular del Vall d’Hebron Institut de Recerca (VHIR) y conoce bien de cerca los progresos en estas investigaciones. “Creo que de aquí a diez años vamos a ver cosas muy atractivas”, adelanta. “No vamos a ver que se haga un cerebro, pero veo factible que se haga un riñón o un tejido de hígado que se pueda implantar”.

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Un grupo de japoneses partidarios de la clonación de humanos, en una manifestación en enero de 2003. |  Foto: Itsuo Inouye/AP Photo

La clonación terapéutica se basa en coger una célula pluripotente y emplearla para desarrollar cualquier tipo de tejido adulto. Esta célula es como una célula embrionaria y a partir de ella se pueden crear estructuras. Si necesitas piel, la cultivas en las condiciones adecuadas y obtienes más piel, que se multiplica. Si necesitas un hígado, a partir de estas células puedes desarrollarlo. Parece futurista e improbable, pero los científicos ya trabajan en ello, aun encontrando numerosos inconvenientes, especialmente cuando se trata de tejidos complejos. “Por ejemplo”, explica Barquinero, “hacer un corazón nuevo, aunque tengas las células propias, es muy difícil. Estas células igual las puedes inyectar donde se ha producido el infarto y con eso, a lo mejor, favoreces que se regenere el tejido. Pero hacer un corazón entero es imposible, y hacer un cerebro es ciencia-ficción”.

La clonación terapéutica se basa en coger una célula pluripotente y emplearla para desarrollar cualquier tipo de tejido adulto

Los grandes avances de la clonación son aquellos que persiguen una finalidad médica, que permiten alargar los años de vida y la calidad de esos años. El ser capaces de crear un órgano a partir de una célula, sustituir un órgano enfermo y reemplazarlo por uno sano y propio, es un paso hacia el infinito. Quizá no sea posible crear un hígado por el momento. Pero el hecho de existir proyectos lo suficientemente ambiciosos y prometedores invita a imaginar un mundo donde la muerte queda cada vez más lejana.

Clonar seres humanos

La clonación terapéutica es, en cualquier caso, una materia distinta a la clonación reproductiva, respecto a la cuál existen muchas dudas sobre su utilidad en términos estrictamente prácticos. “Ayudaría a parejas que no pueden tener hijos”, dice Jordi Barquinero. “Aunque se me hace extraño que un padre o una madre quieran un hijo que sea el clon de uno de ellos”.

¿Para qué sirven los clones?
Investigadoras de la Universidad Nacional de Seúl, Corea del Sur, en 2004. | Foto: Lee Jin-man/AP Photo

Las implicaciones morales de clonar personas abre frentes irreconciliables, y Barquinero reconoce que es una cuestión que se le escapa. No obstante, Francisco Montero, filósofo y miembro del Comité de Ética Asistencial del Vall d’Hebron, escribió en 2014 un ensayo revelador sobre las dimensiones de esta materia. En el texto, se deshace del ruido de quienes rechazan la clonación de personas bajo cualquier circunstancia y defiende que “la misma naturaleza genera clones espontáneamente”, haciendo referencia a los gemelos monocigóticos y recordando que los seres humanos, desde siempre, hemos intervenido en la naturaleza y en nuestro entorno con la tecnología de cada época .

“Una persona no es solo su cuerpo. Es el aprendizaje adquirido y sus vivencias”

Es una cuestión delicada y que requiere de una reflexión profunda, provista de un contexto amplio. Lo que es seguro es que este clon humano, de nacer algún día, no sería más que la copia física de otro humano, nada más que eso. Barquinero se ocupa de destacar este aspecto: “Una persona no es solo su cuerpo. Es el aprendizaje adquirido y sus vivencias”. Esto significa que los recuerdos no se trasladan, las condiciones en que nacemos y crecemos son las que nos marcan. Y un clon no deja de ser un hombre nuevo; con todo por venir, con una vida por delante.

¿Y si te pagaran por moverte en bici?

Redacción TO

Foto: MICHAEL KOOREN
Reuters/Archivo

Poder desplazarte en cualquier momento y a cualquier lugar en las ‘bicicletas 2.0’. Ese es el objetivo de las Startups que están apostando fuerte por los vehículos de dos ruedas (sin motor) para moverse por las calles de las ciudades chinas. La manera de utilizarlas es sencilla: debes descargarte una aplicación, dejar un depósito de dinero y a través de un GPS podrás encontrar las bicicletas más cercanas y desbloquear una de ellas con el teléfono, escaneando un código QR (o de respuesta rápida). Treinta minutos de uso cuesta alrededor de un yuan (15 céntimos de dólar), y ahora Mobike, una de las principales empresas de bicicletas compartidas de China, ha ido un paso más allá: paga al usuario por utilizar la bici.

Esta empresa, que nació hace un año en Shanghái, trabaja también en Pekín y planea extenderse a otras ciudades del país y del extranjero. Sin embargo, durante este tiempo, la compañía se estaba encontrando con un problema importante: sus bicicletas, en numerosas ocasiones, quedaban aparcadas en lugares marginales o vecindarios demasiado tranquilos a los que no llegaba mucha gente, y por tanto era complicado recuperar esa bici y devolverla a zonas más transitadas. Así, y echando mano de la tecnología, Mobike ha resuelto el problema, o al menos, lo está intentando. Al abrir la aplicación para ver las bicicletas que están disponibles, el usuario podrá ver también los llamados bonus bikes, etiquetados con un sobre rojo. Aquellos que utilicen estos bonus bikes, al menos durante diez minutos, podrán recibir un regalo en efectivo que oscila entre uno y cien yuanes, es decir, que podrían ganar hasta casi 15 dólares. El regalo mínimo ya paga el coste del paseo durante treinta minutos.

“El premio puede aumentar si se deja cerca del metro”

¿Y si te pagaran por moverte en bici?
Aquellos que utilicen las bicicletas cerca de donde hay un sobre rojo, podrán obtener un premio en efectivo. | Imagen: Mobike

Por tanto, recuperar estos vehículos tiene un premio que puede aumentar, además, si la bici se recoge y se deja cerca de una boca de metro o de un distrito de negocios, que son áreas altamente transitadas, según afirmó un representante de Mobike para la publicación Quartz. Empresas como Ofo o la propia Mobike compiten con los servicios públicos de alquileres de bicicletas, aunque con la ventaja de que no tienen puntos de aparcamiento fijos, y se puede dejar la bici en cualquier lugar.

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Mobike está ganando popularidad en distintas ciudades chinas. | Foto: Andy Wong / AP

Pero, ¿cómo puede Mobike darse el lujo de pagar a los usuarios para montar sus bicicletas? Recientemente, la compañía ha recibido más de 300 millones dólares en fondos de capital de Temasek de Singapur e inversión complementaria de Hillhouse Capital, incluyendo, además, la financiación dirigida por el gigante tecnológico chino Tencent. Estos inversores han demostrado que están dispuestos a apostar fuerte por el próximo gran negocio en China, un país donde la contaminación y los atascos producidos por millones de vehículos no dan tregua.

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La polución en Pekín hace la atmósfera irrespirable. | Foto: Jason Lee / Reuters Archivo

Más incentivos para moverse en bici

La bicicleta cada vez está más integrada como medio de transporte alternativo, sobre todo en ciudades europeas. En países como Francia, el Gobierno llevó a cabo un proyecto piloto por el que 18 empresas voluntarias pagaron 25 céntimos de euro por kilómetro a los empleados que iban en bici al trabajo. En tan solo seis meses, el porcentaje de personas que decidieron pedalear aumentó en un 50%. Debido al éxito de la medida, el Gobierno decidió tramitarlo por ley, y el reembolso para aquellos que se mueven en bici puede ser de hasta 200 euros al año, que las empresas se deducirán de las cotizaciones sociales.

El sistema de referencia para los franceses es el que se viene aplicando desde hace años en Bruselas. En la capital belga se pagan 22 céntimos de euro por kilómetro recorrido, con un máximo de 15 kilómetros por jornada, además del privilegio de quedar exentos del pago de impuestos relacionados al transporte. Todas estas medidas han conseguido que el 8% de los trayectos laborales en Bélgica se realicen actualmente en bicicleta.

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Bruselas es una de las ciudades referentes en el uso de la bicicleta. | Foto: Geert Vanden Wijngaert / AP

España se sitúa muy lejos de este porcentaje porque, a pesar de haberse producido un aumento en el uso de la bicicleta, solo en 1,6% de la población la utiliza para moverse por las ciudades. Los beneficios en la salud, en la economía y también en el medioambiente no se potencian en la sociedad española, ya que la mayoría de las urbes no están acondicionadas para este medio de transporte, aunque sea en distancias cortas.

Las graves consecuencias de una contaminación que nos asfixia está obligando a los gobiernos a tomar medidas para limitar, por ejemplo, el uso de los vehículos privados. Al tiempo, las advertencias de los expertos sobre los riesgos para el planeta y por ende, para nuestra salud, siguen aumentando el tono para denunciar un modelo económico en el que las mascarillas serán, más pronto que tarde, un complemento imprescindible.

Por qué implicarse

Andrea Mármol

Foto: Sergio Moraes
Reuters

Cinco o seis individuos violaron presuntamente a una adolescente en la ciudad Chicago la pasada semana y retransmitieron la agresión en vivo a través de Facebook. El subtítulo que acompaña a la noticia en la mayoría de digitales relataba cómo hasta cuarenta personas, según la policía, fueron testigos en directo en la red social. Ninguno de ellos alertó a las autoridades de los atroces hechos. Fue la madre de la víctima la que hizo llegar a la policía de la ciudad imágenes capturadas del vídeo, que posteriormente fue eliminado de la red.

La sombra del caso de Kitty Genovese, la mujer que en 1964 fue asesinada en el distrito neoyorquino de Queens, es alargada. También una cuarentena de vecinos fueron testigos de la agresión mortal sin que uno solo de ellos reaccionara para evitar el trágico suceso. Entonces, el silencio del resto legitimó la ausencia de reacción de cada uno de ellos, dando pie al conocido ‘efecto espectador’. Hoy, parece que la condición de co-testigo digital contribuye también a diluir la responsabilidad cívica de quienes en solitud no tendrían dificultad en señalar el mal y replicar contra él.

Todo hombre es culpable del bien que no hizo, sentenció Voltaire. Penalmente resulta dificultoso e incluso imprudente en algunos casos atribuir delitos a testigos no involucrados en la escena del crimen, y sin embargo, cualquiera que se someta a un honesto examen de conciencia puede reprobarse el silencio ante la violencia, el odio y la humillación a las víctimas. Se insiste de manera escasa en el hecho, casi etimológico, de que la ‘publicación’ de cualquier contenido implica de manera inevitable el sometimiento del mismo al escrutinio de la comunidad. Todos somos responsables cívicos para alzar la voz ante hechos cuyos autores se sienten tan congratulados como para exponerlos públicamente. Es una labor de virtud ciudadana.

A diferencia del caso Genovese, ya no estamos en 1964. Debemos aprovechar las facilidades que nos proporcionan las redes sociales para la tarea. Como escribió en estas páginas Juan Claudio de Ramón, a veces las reacciones son exitosas, como en el caso del bus de Hazte Oír, y otras lo son menos: los insultos y vejaciones a los españoles desde la televisión pública vasca.

Los malhechores siempre serán los auténticos culpables del mal causado, pero si conseguimos hacer de la esfera pública una sala de penalización, denuncia y sometimiento de conciencia, no solo estaremos poniéndolos en su lugar haciéndoles miserables. Estaremos ejerciendo una pequeña parcela del bien y de cuya práctica virtuosa puede contagiarse también el vecino, amigo, conciudadano o seguidor.

El discreto encanto de la imperfección

Joseba Louzao

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Que la realidad es imperfecta es una lección que, a estas alturas de nuestra historia, ya deberíamos haber aprendido. Valentí Puig nos lo lleva recordando desde hace demasiado tiempo. De una vez por todas, tendremos que aceptar que vivimos en un mundo que será siempre dinámicamente imperfecto. Los atentados terroristas del yihadismo, la aparición de una nueva guerra fría, la victoria del Brexit, la agitada presidencia Trump y otras noticias tantas con las que seguiremos desayunando lo testimonian con tenacidad. Sin embargo, cuando miramos a la esfera pública, a izquierda y a derecha, nos encontramos con una legión de individuos que pretenden construir un mundo perfecto, a su imagen y semejanza, desde la santificación de la propia postura y la negación de las opciones ajenas. Hay soluciones para todos los gustos porque la palanca utilizada puede ser la clase, la nación, la religión, el género, la raza y, a veces, una mezcolanza más o menos lograda de varios de estas sinécdoques identitarias.

La prudencia y realismo no gozan de la mejor prensa en un escenario sociopolítico marcado por conflictos normativos enquistados y pujantes guerras culturales. Con semejante contexto, imperfección e incertidumbre se entrelazan y agitan el miedo persistentemente. Los populistas saben jugar en este campo enfangado. No son pocos los ciudadanos desconcertados y airados que se dejan engatusar por estos planteamientos: ¿acaso van a ser capaces de sacarnos de esta crisis a nivel internacional quienes nos metieron en ella? De hecho, los populistas se mueven como pez en el agua apuntalando una alternativa radical que nace de la sospecha y de un idealismo que estimula a mirar hacia quiméricas tierras prometidas. Y es que el populismo tiene una peligrosa y atractiva extensión utópica que no se suele destacar en los análisis que nos invaden por doquier. Este utopismo populista se asienta, sobre todo, en un arrogante deseo de perfección, alimentado, a su vez, por nuestra irreprimible superioridad moral. Sin embargo, la realidad es difícilmente controlable. Y, lo más preocupante, estas derivas utópicas parecen ser un reflejo de las ensombrecidas distopías que atravesaron el siglo pasado.

Aunque no reconozca la imperfección humana, el populismo sabe aprovecharse de la misma. El reto aún es mayor porque nuestros gobiernos e instituciones tampoco quieren reconocer esta dimensión imperfecta para no mostrarse frágiles o dilapidar sus apoyos electorales. Si los políticos se habituaran a decir la verdad, la mayoría de sus propios votantes la rechazarían. Por esa razón, se acogen a la firme promesa de lo imposible, lo que les acerca peligrosamente a los postulados que dicen combatir. En el fondo, es más sencillo ofrecer fórmulas idealistas como “otro mundo es posible” que la menos atractiva “un mundo posible es mejor”. La fantasía y la retórica siempre han sido más codiciadas que la defensa institucional de la democracia liberal. Aún sabiendo que este sistema no es perfecto. Probablemente reconocer este pragmatismo escéptico sea el resguardo más fiable que tenemos a nuestro alcance, aunque el camino nunca será fácil. Otra cuestión es saber cuándo descubriremos cómo responder a los desafíos del presente. Como ha recalcado en más de una ocasión José María Lassalle, la libertad y la razón han sido las boyas que nos han salvado y que nos permitirán desactivar los peligros de una época marcada por el cansancio global.

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