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Qué nos está pasando

Miguel Ángel Quintana Paz

“No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”, escribía el filósofo José Ortega y Gasset en una obrita que, significativamente, subtituló “Esquema de la crisis”. Y seguramente llevaba buena parte de razón. Ahora bien, ochenta y tres años más tarde de ese pequeño trabalenguas acaso ya tengamos alguna pista de qué nos está pasando ¿Hay alguna línea de puntos que una el brexit, la victoria de Donald Trump, el escepticismo hacia el cambio climático, el próximo cincuentenario de mayo del 68, las redes sociales, el mandarinato en la antigua China y (permítanme una pequeña querencia hacia mi tierra) los excelentes resultados en el informe PISA de la educación en Castilla y León? Algunos pensamos que sí.

Uno de los que lo piensa es otro filósofo, el italiano Mario Perniola. En español tenemos la fortuna de que casi todas sus obras están traducidas. Allí Perniola plantea una hipótesis inquietante:  por primera vez en la historia de Occidente estaríamos asistiendo en nuestros días (nuestros años, nuestras décadas) a un desprestigio generalizado de todo “lo intelectual”. Y especialmente, claro, de “los” intelectuales.

Esto no significa, por supuesto, que no hayan existido vigorosas corrientes antiintelectuales en nuestro pasado. Ya desde que Sócrates, Platón o Aristóteles empezaran a apostar por usar la razón para orientarnos en la vida tendrían enfrente a los sofistas, que creían que usar las emociones, los trucos retóricos o la mera fuerza bruta resultaba a la postre más remunerativo. En llegando el cristianismo a Europa se produjo de hecho una virulenta lucha entre ambas tendencias: por una parte, estaban los cristianos que querían hacer de la nueva religión algo razonable (Justino Mártir fue seguramente el primero). Por otra, los cristianos que en cambio deseaban difundirla como un mero irracionalismo. “Creo precisamente porque es absurdo”, llegaría a decir uno de los principales predicadores de esta segunda vertiente, Tertuliano, tan deseoso él o su colega Taciano de abofetear a todos los intelectuales griegos y sus papiros, al igual que Nigel Farage lo está hoy de denigrar a la “casta” de expertos británicos que osaron argumentar ¡con datos! contra el brexit.

Pero al final el gato se lo llevarían al agua quienes preferían ver la racionalidad y el cristianismo, a Platón y a Jesucristo, como cosas compatibles. Y eso explica las jugosas bibliotecas de los monasterios cistercienses, la creación de las universidades en plena Edad Media cristiana (no entre aztecas, zulúes o tagalos) y las luchas intelectuales (en vez de campales) que tanto entretuvieron a jesuitas, dominicos y franciscanos durante la primera Modernidad. Nuevos conatos irracionalistas pespuntearían, desde luego, todos y cada uno de los siglos que nos separan de Tertuliano; románticos de uno u otro signo se levantarían contra la “opresión” de la razón; sentimentalismos varios se refugiarían en la literatura o en las artes más cursis. Pero nadie pondría seriamente en aprietos una creencia preponderante para el occidental: que la razón, el estudio y los expertos son mejores guías, pese a la aridez de la primera, el esfuerzo que exige el segundo o la arrogancia que exhiben los terceros, que la sinrazón, la sentimentalidad desbocada o los ignorantes. Europa ha sido el sitio donde ser intelectual, al final, acarreaba un respeto.

Lo que de reciente nos pasa es que esto, ya, no es así. Cada vez es más frecuente que tildar algo de intelectual, o de razonable, o de saber experto, lejos de implicar un elogio, suponga prácticamente un denuesto. Cualquier tuitero está dispuesto, mediante tres frases ingeniosas, a creer que ha “refutado” el trabajo que a cientos de expertos les ha llevado años configurar ¡Zasca! Una noticia falsa y resultona tiene muchos más lectores que un estudio en que nuestras mejores mentes hayan pensado sobre ese mismo tema ¡Zas! Si se te ocurre señalar que un político comete una contradicción incluso dentro de una misma frase, o que alguien opina sobre algo sin los rudimentos básicos de ese tema, se te tachará inmediatamente de elitista ¡Zas en toda la boca!

Los orígenes más cercanos de este desdén hacia lo intelectual cabe rastrearlos, según Perniola, en mayo del 68. Fue entonces cuando empezó a criticarse a la escuela como una institución “represiva”; a vituperarse la universidad como un mero apéndice del “sistema”; a escribirse grafitis como aquel que en la Sorbona aseveraba “Por culpa de los exámenes y los profesores el arribismo comienza a los seis años de edad” o aquel otro que en Nanterre enunciaba “Mis deseos son la realidad”. De hecho, para Perniola, la gran ironía de nuestros días es que esa tendencia, inicialmente propia de una izquierda nada moderada, ha acabado confluyendo con la derecha más arriscada. Hoy los populistas de derecha menosprecian a los expertos universitarios que les llevan la contraria con no menor tesón que un veinteañero parisino escribiría en las paredes de su facultad “Profesores, ustedes nos hacen envejecer”.

¿Qué nos espera en esta nueva circunstancia? Perniola nos recuerda que, aunque es novedoso en Occidente un alzamiento generalizado contra los intelectuales (“¡Muera la inteligencia!”, que diría Millán Astray, al que desde aquí humildemente propongo como patrón de los antiintelectuales hispanos), no ocurre igual con China. Allí han sido frecuentes a lo largo de toda su historia sucesivas rebeliones contra su élite intelectual, los mandarines, seguidas como en un balanceo por épocas en que estos se han elevado al mayor prestigio social. El resultado de ese péndulo ha sido que toda una China haya estado a menudo cerca de lograr grandes descubrimientos (técnicos, geográficos, científicos) pero se haya quedado no pocas veces a pocos milímetros de lograrlos. Porque nada hay más sospechoso para un chino antimandarín, un tuitero o un trumpiano que esos seres misteriosos que se tiran largas horas haciendo eso que ellos llaman “investigar”, en vez de hacer esa otra cosa que todos entendemos, y que es producir (aunque sea zascas en tuits).

Pintan mal las cosas para Occidente, pues. Eso sí, en algunos rincones de la estepa castellana y leonesa, en escuelas que no tienen más dinero, ni más profesores, ni leyes diferentes a las del resto de España, el último informe de PISA nos descubre que nuestros jóvenes alcanzan logros similares a los de otras planicies, las finlandesas, que a menudo se señalan como modélicas en educación. Y una de las hipótesis de por qué esto ocurre es que son las familias de Castilla y León las que mejor conservan el aprecio por el saber que transmiten luego a sus hijos. Y a sus buenos resultados. ¿Será Castilla, será León el lugar en que refugiarse en tiempos de desprecio generalizado del intelecto? Yo, por si acaso, de momento así haré.

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Pielfinismo en pleno siglo XXI

Carlos Mayoral

Foto: Vincent West
Reuters/Archivo

Créanme, hay un momento al día en que pienso que no podemos tensar más la piel, fina piel, que cubre esta sociedad moderna y avanzada y renovadora y revolucionaria y bla, bla, bla. Pero luego llega la noche para recordarme que siempre hay tiempo para un penúltimo estirón. Es ésta una sociedad ofendida de base, que cree en la ofensa como método para exhibir cualidades morales que no hacen falta ser exhibidas, y que eleva al ofendido a un altar donde será venerado por remover pijiconciencias ocultas. Pero lo peor en esta peligrosa deriva es la tendencia que empieza a calar en el ánimo del pueblo: nada ofende tanto al hombre medio como el arte. Es extraño, pues el arte, elemento disruptivo por excelencia, ha bombardeado otras corazas, pero pocas veces las del pueblo, que suele aliarse con él para enderezar tuertos y desfacer agravios.

Sí, el arte está más perseguido que nunca, los hostigadores son aquellos que siempre estuvieron de su parte. Sin ir más lejos, días atrás, una noticia corría como la espuma por todas las cabeceras nacionales: un colectivo de payasos de no sé qué país europeo exigía la retirada inmediata de la película ‘It’, basada en una novela de Stephen King, por “denigrar la profesión” y, ojo, por “ofender sus sentimientos”. Vaya, la figura ofendida es esta vez, nada más y nada menos, que el payaso, el pilar en el que se apoyó, por ejemplo, Chaplin para darle vida a Charlot, el maravilloso personaje que con tanta elegancia enarboló la bandera de la crítica social y de la ofensa (aquí sí) conveniente. No, señores payasos, el arte, esa arma que ustedes mismos empuñan, no puede censurarse porque la quemadura en la piel fina de esta sociedad lo exija. El arte está muy por encima de eso.

Pero no todas las censuras se cocinan en “no sé dónde”. España, país de extremos, eleva este pielfinismo a la categoría de costumbre. Sin ir más lejos, hace unos días, artistas como Loquillo, Alejandro Sanz o los chicos de Radio Futura veían cómo ciertas canciones de su autoría eran excluidas de las fiestas de un pueblo de Toledo porque herían la piel del concejal de turno. Este concejal, supongo, no sabe que a menudo el arte vive precisamente de eso, de la herida que provoque. De hecho, y volviendo al asunto de los payasos, precisamente el ‘clown’ en el que se apoyó Chaplin para desarrollar su carrera era español, de Jaca, respondía al nombre de Marcelino Ordés y llegó a convertirse en un icono de la sociedad cultural británica y norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Años más tarde, una criada se encontró el cuerpo de “Marceline“ sobre la cama de un modesto hotel de Manhattan, perforada la sien por una bala funesta. ¿El porqué del suicidio? El payaso consideraba que su arte había dejado de herir. En el entierro, allá en el cementerio de artistas de Kensico, Nueva York, una corona de flores destacaba sobre el resto. La enviaba Charles Chaplin, el hombre que pocos años más tarde hirió de muerte al nazismo con el aire cómico de su gran dictador. Y es que la herida, insisto, está por encima del herido.

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El fin de los coches de gasolina y diésel, cada vez más cerca

Redacción TO

Foto: Mike Blake
Reuters

Los coches de gasolina y diésel tienen los días contados. Los elevados niveles de contaminación junto con la reducción de los costes de producción de los vehículos eléctricos está haciendo que cada vez más gobiernos se planteen eliminar del mercado los coches de gasolina y diésel.

Además, los coches eléctricos supondrán el mismo coste para el usuario que los vehículos de gasolina o diésel alrededor del 2020, según explicó el vicepresidente senior de vehículos eléctricos de Renault, Gilles Normand, en una entrevista. Por tanto, puede que llegue un momento en el que sean los propios clientes quienes se inclinen por este tipo de vehículos.

Francia

El 6 de julio de este año, el Gobierno de Francia anunció que quiere acabar con la comercialización de coches de diésel y gasolina para el año 2040, informó el ministro de la Transición Ecológica, Nicolas Hulot.

Aunque el gobierno admite que será una meta difícil de cumplir, especialmente para los fabricantes, considera que estos están preparados para asumir este cambio.

Un claro ejemplo de esto es cómo las empresas automovilísticas francesas Peugeot, Citroen y Renault se colocaron en 2016 a la cabeza de la lista de la Agencia Europea de Medioambiente de grandes fabricantes que generan menos cantidad de contaminantes.

Reino Unido

La contaminación se ha convertido en un grave problema en Reino Unido, donde ha causado una epidemia de enfermedades respiratorias, especialmente en niños. Por este motivo, el Gobierno británico también quiere unirse a la lucha contra la contaminación y el cambio climático eliminando los coches de gasolina de su mercado.

A finales del mes de julio, el ministro de Medio Ambiente, Michael Gove, anunció que la venta de automóviles con motores diésel y gasolina acabará en el año 2040.

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Las gasolineras podrán desaparecer con la prohibición de la venta de coches de gasolina y diésel. | Foto: Caroline Spiezio/AP

El objetivo de esta medida es reducir la contaminación provocada por el dióxido de nitrógeno producido por este tipo de vehículos, ya que Reino Unido es uno de los países que recibió una advertencia de la Unión Europea por la mala calidad de su aire.

“No podemos seguir utilizando automóviles diésel y de gasolina, no solo por los problemas de salud que plantean sino que también porque sus emisiones significan una aceleración del cambio climático, dañan nuestro planeta y a las generaciones futuras”, dijo el ministro.

China

El mayor mercado del mundo del automóvil también puede sufrir un gran cambio en los próximos años. China prohibirá “en un futuro cercano” la venta de coches de diésel y gasolina, informó a principios de septiembre el viceministro de Industria y Tecnología de la Información, Xin Guobin.

En China ya se vende una gran cantidad de vehículos híbridos y eléctricos. Solo en 2016 se vendieron 507.000 unidades de este tipo de coches.

El ministro considera que las empresas “deberían esforzarse para mejorar el nivel de ahorro de energía de los coches tradicionales y desarrollar vigorosamente nuevos vehículos energéticos” pues asegura que estas medidas darán un “empuje a la industria automovilística de China”.

Tras varios meses de alianzas estratégicas en el sector automovilístico chino, sumadas a estas nuevas medidas, el país asiático pretende convertirse en el líder mundial del sector de los vehículos eléctricos.

Noruega

El país nórdico fue uno de los más adelantados en cuanto a la eliminación de los coches de diésel y gasolina del mercado.

Aunque la medida aún no ha sido aprobada definitivamente, la previsión es que la venta de estos vehículos esté prohibida en Noruega en 2025, según anunciaron en 2016 algunos representantes de la derecha del país.

Elon Musk celebró este anuncio a través de su cuenta de Twitter. “Acabo de oír que Noruega prohibirá la venta de coches de gasolina en 2025. Qué país más impresionante”, dijo el magnate americano, fundador de SpaceX y cofundador de Tesla.

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Casi un 25% de los coches de Noruega son eléctricos. | Foto: Rodrigo Garrido/ Reuters

Sin embargo, todavía existe controversia en torno a esta medida, ya que una parte importante de la economía noruega se basa en el petróleo, aunque casi un cuarto de los coches en este país ya son eléctricos.

Países Bajos

Igual que Noruega, los Países Bajos quieren prohibir la venta de coches de diésel y gasolina para el año 2025. En abril de 2016, el Partido del Trabajo impulsó una medida que fue apoyada por la mayoría de de diputados de la Cámara baja.

Aunque lejos del alto porcentaje de coches eléctricos que circulan por Noruega, los Países Bajos también cuentan con un elevado número de este tipo de vehículos, ya que casi un 10% de los coches que circulan por este país son eléctricos.

La implementación de esta medida supondrá que los coches de gasolina que aún estén circulando podrán seguir haciéndolo hasta su completa avería, pero no se podrán fabricar ni vender más vehículos con este tipo de motores.

India

Los alarmantes niveles de contaminación en uno de los países más poblados del mundo han llevado al Gobierno de India a tomar medidas. En el año 2030, este país no venderá coches movidos por gasolina o diésel, anunció el ministro de Energía, Piyush Goyal, en el mes de mayo.

“Vamos a introducir vehículos eléctricos a gran escala. Vamos a fabricar vehículos autosuficientes. La idea es que para 2030 no se venda ni un solo coche diésel ni de gasolina en el país”, dijo el ministro.

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India tiene un grave problema con la contaminación producida por la gran cantidad de coches que circulan en sus carreteras. | Foto: Stringer/ Reuters

Sin embargo, la contaminación no ha sido el único motivo de India para prohibir la venta de estos vehículos, sino que los costes que implican la importación de combustible han tenido también una gran influencia en esta decisión.

España

El Gobierno de España no ha anunciado ninguna medida similar a la de países como Francia o Reino Unido respecto a los coches de diésel y gasolina, pero sí lo ha hecho el Ayuntamiento de Madrid, aunque con medidas mucho menos ambiciosas.

En diciembre de 2016, la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, anunció que en el año 2025 los coches con motores diésel desaparecerán de la capital.

La medida se incluye dentro de un pacto alcanzado con París y Ciudad de México durante la Cumbre de Alcaldes y también cuenta con medidas para incentivar el uso de vehículos alternativos, mejorar las infraestructuras para las bicicletas e incentivar los desplazamientos a pie.

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El pluralismo como opción

Joseba Louzao

Foto: ALBERT GEA
Reuters

La pluralidad es un hecho indiscutible en las sociedades contemporáneas, pero el pluralismo no. Puede, de hecho, darse el caso de que una sociedad sea plural sin ser pluralista. El pluralismo es una opción que debería penetrar las categorías morales propias del ordenamiento liberal-democrático. Porque el pluralismo es, en realidad, una lectura positiva de la pluralidad inherente a toda sociedad y, muy especialmente, a cómo ésta se puede ordenar políticamente. Hemos aprendido que reconocer la diversidad de concepciones morales, políticas o religiosas de los individuos – y de los colectivos que estos conforman- enriquecen nuestro espacio público. Nos ha costado mucho aprender la lección y, lo vamos comprendiendo, no es un logro ni mucho menos irreversible.

Al contrario, aunque nadie está dispuesto a reconocerlo, la tentación de construir sociedades cerradas, en las que la pertenencia a un determinado grupo étnico, religioso, político-ideológico o nacional es prefigurada como la identidad más relevante. Esto tiene sus efectos en cuestiones centrales, como el reparto del poder político, la participación en la esfera pública, la práctica movilizadora y simbólica o el ejercicio de la libertad de expresión. El pluralismo es la única opción que tenemos frente a esta impulso que tiende a la hegemonía y a la imposición. Porque el pluralismo solamente funciona cuando los cleavages, las líneas de división, se neutralizan y frenan por múltiples afiliaciones o lealtades.

La opción pluralista debe alimentar el discurso, las políticas de identidad y memoria de las instituciones públicas o las formas de expresión y comportamiento de los partidos políticos y de la sociedad civil. Estas semanas nos están demostrando que en Cataluña el pluralismo ha dejado de ser una opción. Más allá de lo que suceda de aquí al 1-0, parece claro que el pluralismo, el elemento central en las democracias liberales, no es un opción por el momento en la agenda parlamentaria. Les guste o no a los independentistas, el referéndum no resolverá los problemas políticos de un territorio tan plural como diversa. Hace tiempo, el gobierno tomó la iniciativa de cuartear aún más una sociedad que se encuentra en un callejón sin salida, donde la mayoría parece no ser tan mayoritaria, ni la minoría tan minoritaria.

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Ser o no ser incómodo: el dilema al que da respuesta Al Gore en la era Trump

Tal Levy

Foto: MARIO ANZUONI
Reuters

Ver al exvicepresidente estadounidense Al Gore sortear las calles inundadas de Miami Beach, con botas de lluvia y el agua no digamos que hasta el cuello, pero sí literalmente hasta las rodillas, en una escena de su nuevo documental estrenado en Estados Unidos, no es un mero efecto y, para atestiguarlo, allí están los asistentes a la proyección privada para la prensa de la película en el Cine Regal, quienes al salir de la sala constataron ese lluvioso primero de agosto cómo la realidad casualmente refrendaba lo recién visto en pantalla.

“Las inundaciones de ese martes son consecuencia del calentamiento global. Fueron seis pulgadas de agua en sólo dos horas. Increíble”, afirmaría a El Nuevo Herald un Al Gore que como una madre cuyos hijos desoyen sus advertencias, en su caso sobre los dramáticos efectos del cambio climático, no le queda más que esperar hasta poder replicar un se los dije. Nos lo dijo. Y es que Miami es la ciudad más amenazada del mundo en términos de activos en riesgo debido al aumento del nivel del mar, seguida por Guangzhou y Nueva York.

Ya no se trata de hacer proyecciones atemorizantes para alertar sobre los peligros del calentamiento global o explicar en qué consiste con gráficos y hasta jocosas animaciones, como si fuera una conferencia en directo. Pasó más de una década desde Una verdad incómoda (An Inconvenient Truth) y, al parecer, es la hora de cederle la palabra a la realidad y a quien lanzó la advertencia a los cuatro vientos en primer plano: Al Gore.

Este es el espíritu que anima la secuela Una verdad muy incómoda: ahora o nunca (An Inconvenient Sequel: Truth to Power), dirigida por Bonni Cohen y Jon Shenk, que se ha presentado en los festivales de Sundance y Cannes y que se espera llegue a España en octubre.

Las que parecían exageraciones, como que el agua del mar llegaría hasta el lugar donde se levantaba la construcción en honor a las 3.000 víctimas del ataque terrorista del 11-S en Nueva York, se concretaron la noche del 29 de octubre de 2012, cuando el huracán Sandy provocó la inundación del memorial que se erigía en el que fuera el World Trade Center.

Si en el primer documental, del realizador Davis Guggenheim, se evidenciaban los destrozos por la crecida del agua debido al impacto del Katrina, en el nuevo se muestran los efectos devastadores de Sandy. El conductor de la historia, Al Gore, insiste en que ahora cada tormenta es distinta debido a la crisis climática.

Tanto en uno como en otro filme se hace referencia a que el año más caliente fue el que le precedió, es decir, el 2005 y el 2016, respectivamente, porque sencillamente el calor va en aumento. De allí que la secuela comience con tomas del preocupante deshielo como una demostración de las consecuencias del calentamiento global, que contrastan con los comentarios que se escuchan seguidamente de quienes despreciaron Una verdad incómoda, al punto que se oye cuando el magnate Donald Trump pidió que se le retirara a Gore el Premio Nobel de la Paz que le fue entregado en 2007.

“Gore-centrismo” en pantalla

Una verdad muy incómoda: ahora o nunca es precisamente una reivindicación de la lucha del político demócrata estadounidense devenido en líder activista global, una reafirmación de sí mismo y de la necesidad de un cambio.

“Me llamo Al Gore y solía ser el próximo presidente de Estados Unidos”, bromeaba al inicio del primer documental quien estuvo a un paso de habitar la Casa Blanca. Ese largometraje no escapó a la polémica debido a imprecisiones advertidas por científicos, pero lo cierto es que tuvo gran resonancia, más aún después de hacerse merecedor en 2006 del Oscar al Mejor Documental, así como a la Mejor Canción Original.

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Al Gore en Davos durante el World Economic Forum (2017) | Imagen: REUTERS/Ruben Sprich

Si se quiere, el filme recién estrenado es una suerte de desquite frente a las críticas de los escépticos y los negacionistas del cambio climático con Gore en primera persona, en primer plano.

Así, él aparece quitándose sus botas empapadas y quedándose con sus pies al descubierto tras recorrer las calles inundadas de Miami Beach; pisando un glaciar en Groenlandia y advirtiendo moulins, esos agujeros en la capa de hielo que drenan agua y que hacen que asemeje a un queso suizo; caminando apesadumbrado por un cementerio en Filipinas entre cruces que rememoran a las miles de víctimas del supertifón Haiyan, que provocó 4,1 millones de refugiados; dirigiéndose a una audiencia con su verbo entrenado; viajando en coche y en avión; hablando por teléfono y volviendo a su casa en Tennessee, esta vez para recordar cuando evaluó junto a su familia los pro y los contra para postularse a las elecciones presidenciales, así como el difícil momento en que debió aceptar la decisión de la Corte Suprema que dio al traste con su aspiración, situación que ya expuso en Una verdad incómoda.

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Un grupo de adolescentes ve las grandes olas producidas por el Tifón Haiyan | Imagen vía REUTERS/Simon Kwong

Como comentaría quien ayudó a negociar el Protocolo de Kioto sobre la reducción de gases de efecto invernadero, “la vida tenía un plan diferente para mí”. Es sobre este plan que versa la secuela, pero no por ello marginal, tanto que un buen tramo del documental se dedica a evidenciar el destacado papel que jugó el ex senador en la consecución del Acuerdo de París, “¡un nuevo capítulo de esperanza para el mundo!”.

De cara a ese encuentro que reunió a muchas de las personas más influyentes del planeta le fue pedido, según se refiere, ayuda para hacer de esa conferencia sobre el clima un éxito. Así es como se ve también a un Al Gore haciendo el lobby necesario para lograr que la India cediera en sus posiciones en aras del convenio a cambio de recibir apoyo tecnológico de la empresa Solar City. Es en este punto cuando la película se torna más lenta y quizá “demasiado Gore-céntrica”, como la tildó Andrés Oppenheimer en El Nuevo Herald.

Esa victoria alcanzada en Francia sufriría un revés cuando, ya como presidente, Trump anunció el pasado 1 de junio el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París, adoptado con el respaldo de 195 naciones en 2015 dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. EEUU es el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero, superado sólo por China; entre ambos generan 40% del dióxido de carbono del planeta.

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Barak Obama y Al Gore durante la campaña presidencial en 2008 | Imagen vía: REUTERS/Rebecca Cook

Cuando era sólo magnate, Trump no pudo, claro, hacer que le quitaran el Nobel a Gore, pero sí logró al llegar a la Casa Blanca opacar ese logro casi personal suyo y de los demócratas, con Barack Obama a la cabeza, como es presentado el convenio de París en la película.

Olas que matan

El global warming, o calentamiento global, no es un concepto, es una tendencia por demás manifiesta, palpable, debido al aumento del dióxido de carbono y demás gases de efecto invernadero. La sequía y la desertificación, el deshielo, las altas temperaturas, los refugiados climáticos y al fondo, como siempre, los pobres: los más afectados.

Las cifras son alarmantes. “En todo el mundo, la contaminación atmosférica mata a 6,5 millones de personas cada año, se destaca en el libro An Inconvenient Sequel: Truth to Power, de Al Gore, que acompaña al documental. Ahí se detallan los estragos de sendas olas de calor, como la que en Europa, sobre todo en Francia, acabó con la vida de 70.000 personas en 2003, o la que en Pakistán provocó 2.000 víctimas mortales en 2015 o la que en la India, ese mismo verano, dejó 2.500 muertes.

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Una de las pancartas durante las protestas al G20 en Hamburgo, | Imagen vía: REUTERS/Hannibal Hanschke

El incremento en las temperaturas tiene incidencias en la propagación de enfermedades tropicales como el zika, para el cual la respuesta, como subraya Gore, no puede ser la inaudita petición que hicieron algunos países de evitar los embarazos mientras se controla el mal.

Y es que el aumento del calor favorece al mosquito transmisor del dengue y del zika, el Aedes aegypti, pues hace que se reproduzca más rápido y se expanda geográficamente.

Basta con mirar que el cielo no se ve azul, dice Gore, quien propone, por tanto, escuchar el clamor de la madre naturaleza y no olvidar que los seres humanos formamos parte de una familia global y este es nuestro hogar.

Retoma, así, esa primera foto de la Tierra tomada desde el espacio que impactó la conciencia de la humanidad, con la que le gusta iniciar sus conferencias y que apareció también en Una verdad incómoda, imagen captada en la Nochebuena de 1968 gracias a la misión Apolo 8 y 18 meses después de la cual el movimiento ecológico echaría a andar.

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Al Gore usa una fotografía de la Tierra tomada por la NASA en una misión de Apolo para ilustrar su punto en la Conferencia Mundial del Instituto Milken (2005) | Imagen: REUTERS/Fred Prouser

De igual modo, muestra la instantánea del disco completo del planeta, totalmente iluminado por el Sol, difundida en 2015 por la agencia espacial estadounidense NASA gracias al satélite Dscovr, que informalmente fue conocido como el GoreSat pues fue él, Al Gore, quien impulsó el entonces llamado satélite Triana cuando fue vicepresidente de Estados Unidos, durante la administración de Bill Clinton. Paralizado durante el gobierno del republicano George W. Bush, fue finalmente puesto en órbita con la llegada de Obama a Washington bajo el nombre de Observatorio Climático del Espacio Profundo o, simplemente, Dscovr, el cual permite monitorizar en tiempo real la actividad solar y sus efectos sobre la Tierra.

Líderes del cambio

A fin de cuentas, no todo son malas noticias. En Una verdad muy incómoda: ahora o nunca se presentan ejemplos esperanzadores como el de Chile, país que ha dado un vuelco impresionante hacia el uso de la energía solar que sobrepasa los gráficos, las expectativas.

Por años Gore ha tratado de comunicar la urgente necesidad de actuar. Cuando inició su programa de capacitación hace una década en el granero de su granja de Tennessee, con las primeras 50 personas, no podía imaginar cuánto se multiplicaría el interés sobre la crisis climática y el modo de resolverla. Hoy entrena a miles cada año, quienes sirven a su vez de agentes de cambio llamados Climate Reality Leaders.

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Smog en Santiago de Chile | Imagen REUTERS/Ivan Alvarado

“Hay hambre de información sobre lo que está sucediendo, por qué está sucediendo y cómo podemos solucionarlo”, sostiene el exvicepresidente de 69 años de edad en el documental.

Más de 12.000 activistas se han sumado a The Climate Reality Project, organización internacional sin fines de lucro con sede en Estados Unidos y sucursales en Australia, Brasil, Canadá, China, Europa, India, Indonesia, México, Filipinas y África.

Aparte de la visibilidad que Una verdad incómoda le dio al tema del cambio climático, gracias al Oscar y al Nobel, cuando en 2016 se cumplieron 10 años de su estreno hubo una campaña en redes sociales con el hashtag #ait10 en la que los internautas compartieron el impacto, individual claro está, que tuvo en sus vidas.

Christine Kim, por ejemplo, apuntó que tras ver la película decidió comprometerse a usar la menor cantidad posible de químicos tóxicos y pesticidas, mientras que Pierre Richard fue uno de los tantos que se convirtió en activista, en su caso uniéndose a Climate Reality Canada, ONG con la cual ya ha dictado 43 conferencias sobre cambio climático.

Cada quien hace lo suyo como el mismo Gore, quien además conduce un carro eléctrico y provee de energía a su casa en Nashville con 33 paneles solares.

Con el futuro en la mira, pensando en las nuevas generaciones, el último llamamiento de la secuela es claro y contundente: “Lucha como si tu mundo dependiera de ello porque el mundo depende de ello”.  

Al término se puede leer una invitación a la que poco a poco se van sumando voces como la de Paul McCartney, Bono y Adam Levine, entre muchas otras, a asumir el compromiso de #BeInconvenient (sé incómodo) y publicar un vídeo que le diga al poder la verdad a la cara. “Si el presidente Trump no lidera, el pueblo estadounidense lo hará”.

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