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Quién (no) fue Jesús de Nazaret

Miguel Ángel Quintana Paz

Arduo resulta encontrar una figura que haya marcado la historia mundial de modo más contundente que Jesús de Nazaret, cuyo nacimiento conmemoramos estos días. De los 7.400 millones de personas que hoy pululan por la Tierra, casi un tercio pertenecen a alguna de los miles de confesiones religiosas que se remontan a él como protagonista de su fe. Otras religiones, como la mormona, o la islámica, que agrupa a una cuarta parte de la población mundial, también le otorgan un papel sumamente destacado. La misma Natividad se celebra por todo el planeta, incluso en culturas budistas, hinduistas o la japonesa, muy alejadas todas ellas del Occidente que solemos asociar con lo navideño. Y, contra la percepción que solemos tener los europeos de un declive del número global de cristianos (dado que en nuestro continente ese número sí que baja y baja cada vez más), lo cierto es que cada año aumenta en aproximadamente un 1 % el número de seguidores de Jesús en todo el mundo. De hecho, los seguidores del cristianismo evangélico han crecido en las últimas cuatro décadas a un ritmo el doble de veloz que el también pujante islam, verbigracia.

Con todo y con eso, Jesús sigue siendo una de las figuras más misteriosas de nuestro pasado. Lo fue ya en su presente: cuando Jesús hizo una pequeña encuesta entre sus seguidores para saber qué se contaba de él por ahí, las respuestas que recibió fueron de lo más variopintas (Mt 16:14). Ahora bien, por fortuna vivimos una etapa maravillosa de la humanidad en que ciencias de todo tipo (desde la arqueología hasta la historia, pasando por la filología, la hermenéutica o incluso la botánica) están suministrando una inmensa cantidad de saberes que nos ayudan a despejar mil y una dudas sobre este personaje. Aunque también sea típico de nuestros tiempos que el público general, por desgracia, conozca bastante menos de esos desarrollos científicos que de las elucubraciones novelísticas, también contemporáneas, sobre si Jesús tuvo relaciones sexuales o no con María Magdalena, por ejemplo.

¿Cuáles son esas cosas que las ciencias nos han enseñado en los últimos decenios sobre Jesús? Lejos de mi intención está, naturalmente, pretender resumir aquí todas esas ricas y a menudo sesudas aportaciones. Pero sí podemos recordar unas cuantas. Por ejemplo, unas cuantas cosas que ya sabemos casi con certeza que Jesús de Nazaret no fue.

Jesús no fue, para empezar, un ser inexistente, inventado por unos seguidores confabulados para hacérselo creer al resto de la humanidad. Es cierto que resulta más sensacionalista y te hará conseguir unos cuantos clics más de internet el negar tajantemente que este galileo siquiera viviera. Mas la verdad es que existe un consenso prácticamente absoluto entre todos los estudiosos (ya sean creyentes, agnósticos o ateos) sobre esto. Como suele recordar el profesor Antonio Piñero (uno de los investigadores españoles con más prestigio en este campo, acérrimamente agnóstico por lo demás), si negamos la existencia de Jesús tendríamos que negar también la de otras figuras como Alejandro Magno o Julio César: pues de ellas contamos comparativamente con muchos menos testimonios. Existe además un sólido argumento para confirmar la existencia real de Jesús: desde el inicio del cristianismo se lanzó todo tipo de acusaciones contra su persona para desprestigiar a los que le proclamaban como su salvador. Se acusó a Jesús de ser el hijo bastardo de la coyunda de una judía, María, con un legionario romano llamado Pantera; se le tildó de mago engañabobos con sus milagritos; se le pintó como un demagogo seductor de la plebe más ignorante. Pero nunca, nadie (y los enemigos no fueron pocos) acusó a Jesús en aquellos primeros tiempos de ser un mero invento. Si tus enemigos más crueles no te acusan de algo es que saben que tienen pocas probabilidades de triunfar con esa acusación; en este caso, y estando tan cercana la época en que vivió Jesús, parece claro que acusarle de inexistente iba a ser poco exitoso cuando aún vivían personas, no necesariamente afines a Jesús, que podrían confirmar el haberle visto, y dejar por tanto al que le acusara de inexistente como un mero cantamañanas.

Otra cosa que sabemos que Jesús no fue es esa figura mansurrona y pacifista, una especie de gurú hippie, que muchos (tanto cristianos como progres no cristianos) quieren dibujarnos. Cierto es que parece que Jesús acató su condena a muerte por las autoridades romanas sin rebelarse (aunque no olvidemos que de poco le habría valido resistirse: si hay algo en que los romanos no fallaban era en aplastar a cuantos les desafiaran). Pero el resto de su vida está pespunteado de sucesos que es imposible calificar como “no violentos”: cuando, fuera de la temporada de higos, se acerca a comer de una higuera y, lógicamente, esta no tiene higos, su reacción es maldecirla y secarla de raíz (Mc 11:12-14, 20-21). Cuando extrae los demonios de un poseso en Gerasa, los dirige hacia una piara de unos dos mil cerdos, que endemoniados se precipitan hacia un barranco y mueren en su totalidad (Mc 5:13). Cuando los romanos le prenden, su seguidor más íntimo, Pedro, saca una espada y corta con ella la oreja de uno de los atacantes (Jn 18:10): algo que indica que Jesús no había aplicado en su grupo ni mucho menos una política de cero armas. Y cuando el propio Jesús agredió a los mercaderes y cambistas del templo de Jerusalén lo hizo de tal modo que, si hoy alguien atacara así a los que venden postales a la entrada de cualquier catedral católica, lo reputaríamos de bien poco pacífico (Mt 21:12). Puede argüirse que toda esa violencia contra plantas, animales o personas son solo alegorías usadas por los redactores de los evangelios; pero, desde luego, son alegorías que no habrían utilizado los seguidores de alguien a quien considerasen un alma almibarada, incapaz de toda violencia.

Por último, y tal vez lo más curioso, hoy no cabe duda de que Jesús no fue… cristiano. El cristianismo es una religión que crean los seguidores de Jesús cuando ven que no pueden continuar haciendo lo que en principio ellos querían continuar haciendo, dado que era lo mismo que le habían visto hacer a Jesús: seguir cumpliendo con la religión judía. Jesús fue judío, tan judío como hoy lo es Netanyahu o como lo es cualquier personaje ídem de una película de Woody Allen. Todo un libro bíblico, los Hechos de los apóstoles, nos narra esa época primera en que seguir a Jesús no era más que una corriente peculiar del judaísmo (como también lo eran los fariseos, saduceos o esenios). Enseguida, naturalmente, surgirían los problemas: la mayoría de los judíos no aceptó esa forma especial que tenían los partidarios de Jesús de seguir la religión judía; les acabarían expulsando de sus sinagogas y los cristianos tendrían que adoptar un nuevo nombre (que los propios Hechos nos narran que surgió en Antioquía, lustros después de muerto Jesús) y constituirse como nuevo grupo religioso. Pero el propio Jesús jamás usó ni oyó, ni mucho menos promovió, la etiqueta de “cristiano” más que la de “fan del Real Madrid” o “amante del impresionismo francés”.

Durante siglos de religión cristiana, al modo de hablar de lo divino que no hace afirmaciones (“Dios es esto o aquello”), sino negaciones (“Dios no es ni esto ni aquello”) se le ha llamado apofático. Y ha sido el modo de hablar favorito de sus místicos. Alguien podría decir que este artículo nos ha quedado un tanto apofático: nos hemos concentrado en lo que Jesús no fue más que en aquello que realmente fue. El contraste con tanto predicador que, segurísimo de quién fue de veras Jesús, proclama sus ideas sobre él desde púlpitos u ondas radioeléctricas acaso resulte llamativo. Pero ese es siempre el sino de la ciencia: estar más segura de lo que puede refutarse que de lo que puede aseverarse con rotundidad. Aunque siempre nos quedarán, por supuesto, cosas que afirmar rotundamente: como, pongamos por caso, mi deseo de unas muy felices fiestas a todo el que, leyendo este artículo, me haya acompañado hasta aquí.

5 claves para conocer mejor el Ramadán

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Ammar Awad
Reuters

Cinco son los pilares del Islam, la religión monoteísta que profesan más de 1.600 millones de personas en el mundo, y uno de ellos, es sin duda, la realización del ayuno durante el Ramadán. Desde The Objective ofrecemos 5 claves para conocer mejor el Ramadán.

Este es el nombre que lleva el noveno mes del calendario lunar musulmán y que sin duda es el mes más sagrado, y en el que los fieles realizan ayuno desde que amanece hasta que anochece. Los otros cuatro pilares del islam son: la shahada o profesión de fe, el salat u oración, el zakat o limosna, y el El hajg o peregrinación a La Meca.

¿Cuándo se celebra y en qué consiste?

El calendario musulmán es lunar y el Ramadán debe empezar después de la luna nueva, en cuanto asoma el primer trazo de la creciente. Como el año en el calendario lunar es 11 o 12 días más corto que el calendario solar no coinciden todos los años con las mismas fechas del calendario gregoriano. Este 2017 (1.438 según el calendario islámico) el Ramadán ha comenzado el sábado 27 de mayo y termina el 25 de junio.

Durante este mes sagrado los musulmanes deben cumplir con el ayuno o sawn, uno de los cinco pilares del islam, además de mantener una moral pura y ayudar a sus vecinos, especialmente los más necesitados. Por supuesto, la oración, otro de los pilares del islam, es esencial en esta fecha.

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Un hombre musulmán en la Mezquita de los Omeyas de Alepo, Siria, en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Según las creencias musulmanas el ayuno enseña a tener paciencia y humildad, y es sin duda un período de celebración familiar y de unión de la comunidad, la Ummah . El ramadán es un mes de piedad y una ocasión para los musulmanes de estar cerca de los más necesitados privándose de alimentos y de agua.

En los países de mayoría musulmana, durante este mes se ralentiza mucho la vida económica debido a la debilidad física que provoca un ayuno tan severo. Es por ello que muchos gobiernos musulmanes reducen o cambian los horarios comerciales y facilitan la práctica del Ramadán.

Los fieles se levantan temprano, antes de que amanezca, para realizar la primera comidaSuhur, que les dará el aporte energético necesario para llevar bien el ayuno a lo largo de todo el día.

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Venta de dátiles en El Cairo | Foto: Amr Nabil/AP Photo

La comida que tiene lugar tras la puesta de sol, con la que se rompe el ayuno, es conocida como iftar, y tiene lugar después del cuarto rezo del día, el Mahgrib. Normalmente es compartida con amigos y familia, y en toda mesa no pueden faltar los dátiles. La tradición dice que el profeta Muhammad rompía el ayuno ingiriendo uno de estos calóricos frutos.  Los dátiles son un alimento muy popular dentro del mundo arabo-islámico, por ejemplo, en toda boda marroquí se realiza el ‘ritual de los dátiles y la leche’: el novio da de comer dátiles y de beber leche a la novia, y ella, a su vez, le da de comer y de beber a él.

En algunos países de mayoría musulmana, como Siria o Egipto, es muy típico una vez realizado el iftar, ver las conocidas mosalsalat -telenovelas rodadas para Ramadán -.

Durante estas fechas se elaboran también algunos dulces típicos, como el güllaç en Turquía, un postre tradicional hecho con leche, agua de rosas, granada y almidón, o  las chebbakias en Marruecos, un postre tradicional hecho con una masa frita con almendras y bañado en miel.

En Egipto es costumbre que las calles se llenen de puestos ambulantes en los que se pueden comprar dátiles, frutos secos e incluso elementos de decoración, como los famosos Fanus, unos farolillos de hojalata que se usan para iluminar las calles y los hogares.

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Fanus tradicionales en Egipto | Foto: Mohamed Abd El Ghany/Reuters

¿Qué se conmemora?

El Ramadán coincide con la fecha en la que el profeta Muhammad recibió la primera revelación del Corán, el libro sagrado de los musulmanes, por lo que es considerado el mes más sagrado del calendario islámico. “En el mes de Ramadán fue revelado el Corán como guía para la humanidad y evidencia de la guía y el criterio” (Corán 2:185).

En este mes se encuentra la más grandiosa de las noches del año: la Noche del destino, Laylat al-Qadr, en la cual, los musulmanes acuden a la mezquita para mostrar un fervor mayor y rezar durante largas horas durante la noche. La tradición dice que a quien realice actos de adoración con fe y devoción durante esta noche, Allah le perdonará todas sus faltas pasadas.

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Fieles musulmanes rezan en la Mezquita de los Omeyas de Damasco, Siria, en 2010 | Foto: Rodrigo Isasi

Esta noche es una de las diez últimas noches de Ramadán, y hay discrepancias en cuanto a su fecha concreta. Convencionalmente, la mayoría de los suníes celebra esta fecha durante la noche del 26 al 27, mientras que los que los chiíes creen que fue la noche del día 23.

¿Quién está obligado a hacerlo?

El Ramadán es obligatorio para todo musulmán sano desde el momento en el que llega a la pubertad. Por tanto, los niños no están obligados a realizar el Ramadán, si bien es cierto que algunas corrientes del islam recomiendan que los pequeños de la casa se unan al mes de ayuno tantos días como aguanten.

Los ancianos tampoco están obligados a realizar el ayuno durante este mes sagrado.

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Un hombre lee el Corán en una mezquita de El Cairo | Foto: Rodrigo Isasi

Por su parte, las mujeres que se encuentran en los días del período menstrual, que están embarazadas o en su período de lactancia, pueden saltarse el ayuno. Lo mismo ocurre con los enfermos y aquellos que estén de viaje durante estas fechas. No obstante, todos ellos deben recuperar los días de ayuno después del mes sagrado y antes de que finalice el año.

¿Qué está prohibido y qué no?

En la lengua árabe hay dos palabras que designan aquello que está prohibido, que sería Haram, de lo que está permitido o autorizado, que sería Halal.

Durante el Ramadán es haram ingerir cualquier tipo de comida o bebida, fumar y llevar a cabo prácticas sexuales, incluida la masturbación,  durante las horas de sol.

Es halal durante todo el día ducharse, enjuagarse la boca o lavarse, siempre y cuando no se trague agua.

En caso de que una persona realizara una de las cosas prohibidas durante el Ramadán, bien sea intencionadamente o sin querer, el ayuno del día quedará invalidado y deberá ser recuperado posteriormente.

El final del ayuno

Tras el ayuno del mes sagrado llega el Eid al-Fitr, la gran fiesta musulmana por excelencia que dura tres días.

Los musulmanes celebran esta fiesta del final del ayuno estrenando ropa nueva. Los hombres usan vestimenta blanca, simbolizando pureza. El día entero es celebrado por los creyentes visitando los hogares y comiendo los platos especiales cocinados en esta ocasión. Ese día, los más pequeños de la familia reciben regalos.

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Musulmanes indios acuden a la mezquita Jama en Nueva Delhi para celebrar el Eid al-Fitr | Foto: Manish Swarup/AP Photo

Según la sunna, los documentos que recogen los dichos, recomendaciones y enseñanzas del profeta, los musulmanes deben vestirse con la mejor ropa que tengan, acudir al Eid, el primer rezo de la mañana y realizar el Zakat el Fitr, dar una limosna a los más necesitados y que en origen consistía en el equivalente a cuatro manos llenas de pasas, dátiles, grano o queso; si no es posible dar alimento se puede entregar dinero. Durante este día también es recomendable utilizar el Miswak para cepillarse los dientes, una rama del árbol Salvadora Pérsica.

Lo posible y lo imposible

Daniel Capó

Foto: Manu Fernandez
AP Foto

La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

Hace apenas unos días, en su último ensayo, publicado poco antes de morir, Peter Augustine Lawler constató que “todas las instituciones que Tocqueville había registrado como medios para combatir el individualismo de los estadounidenses (gobierno local, familia, religión, etc.) han sido demolidas por una mutación en los valores culturales que afecta a todos los ciudadanos americanos sofisticados”.

La evolución europea es distinta, aunque haya amenazas comunes a la convivencia. En el caso español, el asunto crucial es el referéndum y la aparente imposibilidad de encontrar puntos de encuentro entre el Gobierno catalán y el central.

Parece lógico que Rajoy se niegue a dialogar sobre lo que la ley no autoriza y que además rompería los acuerdos básicos que sustentan la democracia en nuestro país. El empecinamiento de la Generalitat solo se explica desde una lectura maximalista de su posición, que se traduce en un “cuanto peor, mejor”; seguramente porque saben que la independencia exige una previa descomposición del Estado, algo que no parece plausible a corto plazo.

Frente a la hábil flexibilidad mostrada por los nacionalistas vascos a la hora de acordar con el Gobierno el voto favorable a los presupuestos generales, sorprende el dogmatismo que rige en la política catalana. Querer negociar fuera de la ley solo conduce al desastre. A no ser que lo que se pretenda sea otra cosa: pavimentar el suelo para unas próximas autonómicas.

Un europeísmo "aggiornato"

Valenti Puig

El paso de Donald Trump por Europa, la OTAN y el G-7 ha tenido algo del pistolero que llega al last chance saloon, marca territorio sin guardar las formas y acaba solo en la barra. La relación entre los Estados Unidos y Europa nunca ha carecido de tensiones pero en general se apostaba por mantener las formas, incluso a costa de abusar de la hipocresía geoestratégica. Al margen de otras consideraciones, Hillary Clinton hubiese llevado las cosas de otra manera, al igual que el viejo establishment republicano, los realistas de Bush padre o los republicanos centristas. El propio Obama, a pesar de su fase mortecina, mantiene en Europa una apreciación muy por encima de la del actual presidente de los Estados Unidos. Según un sondeo del Pew Center, el nivel de confianza europeo en Obama es del 77 por ciento mientras que su sucesor se queda en un 7 por ciento.

Desde luego, todo el mundo sabe que la mayoría de miembros de la UE no cumplen con la debida contribución a la defensa común y que el paraguas defensivo europeo va en muy buena parte a cargo del contribuyente norteamericano. Aun así, salvo para contentar a sus votantes del Midwest o reafirmar su ego, ¿de qué le sirve a Trump atropellar al presidente de Montenegro? La vieja Europa es un paraje complicado pero para eso existen unos mínimos escenificables del lenguaje diplomático y no consisten en actuar como un elefante en la cacharrería. ¿Qué aporta al frágil orden mundial que a Donald Trump se le note tanto su incomodidad –impostada o real- con el modus vivendi de la integración europea? Incluso para las contiendas comerciales –y las habrá- los escenarios han de ser los apropiados.

Dicho esto, es comprensible que para la Casa Blanca a veces cueste entender las formalidades enrevesadas de la UE. En verdad, en la propia Europa hay quien considera que el europeísmo oficialista debiera transformarse en un europeísmo aggiornato, tanto de puertas afuera –China, por ejemplo- como de puertas adentro –crisis de la inmigración-. El embajador Von Ribbentrop dejaba la embajada alemana en Londres para ocupar el ministerio de exteriores del Tercer Reich. Winston Churchill asiste al almuerzo que el primer ministro Chamberlain ofrece al embajador alemán. Pasan los años y Churchill escribe: “Fue la última vez que vi a Herr von Ribbentrop antes de que fuese ahorcado”. Lo fue en la prisión de Spandau, en 1946. En el entreacto, toda la Segunda Guerra Mundial. En aquella conflagración, como en la Gran Guerra, la intervención norteamericana es a la vez afortunada y decisiva. Ocurrió lo mismo con los primeros pasos de la Comunidad Europea, cuando el totalitarismo comunista se había impuesto en medio continente. Por entonces se perfilaba la Alianza Atlántica que ahora suena a armamento oxidado y a generales ociosos, siendo en realidad la única gran alianza militar victoriosa sin haber disparado un tiro.

Dos años después de la ejecución de Von Ribbentrop, Europa ya estaba buscando un mejor horizonte entre sus propios escombros, contigua a las divisiones de Stalin que dominaban 22 millones de kilómetros cuadrados. Frente a esa magnitud, los entendimientos entre Adenauer, Schuman y De Gasperi tienen la estricta consistencia de la razón y de una cierta esperanza impensable mientras el plan Marshall comienza a ejecutarse. Sesenta años después del Tratado de Roma, las tareas pendientes que tiene la Unión Europea parecen haberla llevada al colapso: atañen a recursos energéticos, credibilidad institucional, flexibilización de los mercados de trabajo, la grave crisis migratoria, defensa y seguridad común, el dilema turco, el Brexit y ahora –last but not least– los modos de Donald Trump. La retórica prometeica del europeismo ha generado europesimismo. Incluso en plena postcrisis y solo en apariencia, Europa se asemeja a veces a un perrito faldero que come con manteles de hilo. Eso es lo que piensa Trump.

Finca de Indecentes, Fulleros y Amorales (FIFA)

Melchor Miralles

Leo en The Objective que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, antes dedicado a los “sorteos”, sicario de Joseph Blatter, ha admitido que algunos trabajadores involucrados en la construcción del estadio de San Petersburgo para el Mundial de 2018 han sufrido violaciones de derechos humanos. En una carta enviada a los presidentes de cuatro asociaciones nórdicas, ha reconocido que algunos empleados norcoreanos, cuyas condiciones de trabajo son “habitualmente horribles”, han sido empleados en la construcción del Zenit Arena.

Los trabajadores, tratados como esclavos, vivían hacinados en contenedores abarrotados, y se conoce al menos un caso de uno de ellos que murió de un ataque al corazón sin recibir ninguna asistencia. La FIFA dice “estar al tanto” de que la ONU ha denunciado las condiciones de trabajo de muchos hombres en Corea del Norte en China, Rusia y Oriente Medio, “similares a la esclavitud, pues son enviados por el régimen totalitario a cambio de una miserable comisión”, y añade que lo “condena” y que “ha tratado con el contratista general y con la compañía” que construyó el estadio los “asuntos encontrados”. O sea, y esto lo digo yo, que no efectuó ninguna comprobación previa para evitarlo, y que, denunciado el caso por la prensa noruega, se ha limitado a lamentarlo y “tratarlo” con los responsables. Una conducta no sé si penalmente, pero sí moralmente cómplice, repugnante, una más de la FIFA y sus mandamases, desde hace años una banda de delincuentes corruptos hasta las cachas que van cayendo poco a poco ahora por una investigación puesta en marcha por el FBI.

Podríamos cambiarle el nombre y denominar a este gang “Finca de Indecentes, fulleros y amorales”, porque desde su fundación, es protagonista de uno de los mayores escándalos de corrupción jamás conocidos, sus dirigentes, una manada de corruptos insuperables, la gestionan como una finca, carecen de la más mínima y exigible decencia, son fulleros, porque han robado tanto y con tanto descaro que se les ha pillado hace tiempo, aunque hasta hace poco los tribunales les han dejado irse de rositas con la complicidad de los Gobiernos, y son amorales, porque además de robar, han tolerado en muchos países casos como este de San Petersburgo, y han sido cómplices de dictaduras horribles como la argentina de Videla, Massera y compañía. Un asco de FIFA, una organización que debiera desaparecer, pero que ahí sigue, moviendo los hijos del fútbol, que ya no es un deporte, sino un negocio multimillonario del que se benefician unos pocos aprovechando la fuerza de los miles de millones de seguidores que tienen en todo el mundo los clubes y las selecciones. Un asco de organización. Una banda, esta FIFA.

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