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España lucha contra la despoblación

Miguel Ángel Rodriguez

Foto: JUAN MEDINA
Reuters/Archivo

La Escuela de Organización Industrial (EOI) organizó esta semana un acto en el pueblo palentino de Herrera de Pisuerga para dar una llamada de atención sobre un problema vital en España, aunque parezca que las únicas complicaciones de nuestro país sean las que crean los independentistas. Hablo de la despoblación que sufren tantas comunidades, empezando por Castilla y León.

El caso de Herrera de Pisuerga y de la zona del norte de Palencia es especial: una comarca con pleno empleo que no puede acoger más habitantes porque no tiene casas ni para alquilar ni para vender; zona turística gracias a sus fiestas del cangrejo y al canal de Castilla que no puede acoger a más visitantes porque carece de plazas hoteleras suficientes.

Resulta que la despoblación no tiene el sabor amargo de la desertización, sino de la falta de ideas claras y de inversión, en un país que puede y debe utilizar sus recursos en intenciones como las que desarrolla la Diputación de Palencia: que el gasto en Turismo, en Comercio y en industrialización Agroalimentaria se centre en los pueblos, no en las ciudades, para atraer repobladores que, a buen seguro, tendrán una mejor calidad de vida.

EOI, ayuntamientos de la zona y Diputación de Palencia tienen un Plan: el canal de Castilla será el eje de un desarrollo turístico, hotelero, de viviendas y de comercio. Les van a ayudar las nuevas tecnologías: si un ejecutivo puede trabajar desde su ordenador contemplando aquellos paisajes, lo más seguro es que pida el traslado. Ahora bien, si no tiene casa para alquilar, ni wifi para conectarse, la idea de la repoblación será muy voluntariosa, pero fútil.

Repoblar los pueblos de España es fundamental. Y resulta que no se trata de luchar contra un fantasma que se oculta, sino poner remedios concretos con planes concretos.

Orgullosos

Miguel Ángel Quintana Paz

Hay gente a la que no le gusta festejar la Navidad, hay gente que aborrece la Semana Santa e incluso, por incomprensible que me pareciera de pequeño, hay gente que desprecia a los Reyes Magos. Por consiguiente, no parece extraordinario que haya también gente a la que displazca la fiesta del Orgullo LGBT. Ahora bien, el problema suele empezar cuando se ponen a justificar ese su desagrado: suelen proporcionar argumentos asombrosamente endebles.

El primer argumento de este tipo lo comparte el Orgullo con Halloween: ambos son acusados de ser festividades “foráneas”, “importadas” y, por tanto, sospechosas de algún tipo de confabulación antinacional. La verdad es que razonamientos así resultan un tanto sorprendentes: ni la Navidad, ni la Semana Santa, ni el día de Reyes se idearon tampoco en un piso de Alcobendas o junto a alguna vaca asturiana. Si nos tuviésemos que quedar solo con las celebraciones nacidas en nuestra tierra, en Salamanca, por ejemplo, disfrutaríamos solo de fiestas un tanto políticamente incorrectas: San Juan de Sahagún, que cometió el milagro de atrapar un toro desbocado (para disgusto de animalistas), y el Lunes de Aguas, en que se conmemora el retorno de las prostitutas, tras la Cuaresma, a la ciudad (para disgusto de Pedro Sánchez y su afán de prohibir la prostitución). En un mundo en que se importa mantequilla, iPads, tatuajes, armas, electricidad y toallas, no parece desquiciado importar también algo tan divertido como una festividad.

Un segundo motivo que se aduce para oponerse al Orgullo LGBT nace de una mala comprensión de lo que significa la palabra “orgullo”. Una reciente carta al director en la edición sevillana de ABC mostraba de modo paradigmático este tipo de razonamiento: “Se puede sentir orgullo de haber terminado los estudios con matrícula de honor”, aducía Antonio Rodríguez Mármol, su autor, “por haber sacado el número uno en unas oposiciones, por haber sido campeón mundial de alguna competición… Pero sentirse orgulloso por ser gay o lesbiana… hombre no [sic]”. La idea que aquí parece presuponer el señor Rodríguez es que el orgullo solo es legítimo si uno ha realizado proezas insólitas: por ejemplo, si eres campeón mundial de bádminton acaso sí que puedes enorgullecerte, pero si solo eres subcampeón nacional o campeón local quizá ya no. Dado que ser gay, lesbiana, bisexual o transexual no resulta algo inaudito (en España se calcula que su porcentaje ronda el 7 %, aunque se acerca al 15 % entre los jóvenes), la lógica conclusión es que poco orgullo cabría ante algo tan relativamente común.

Sin embargo, no es cierto que para estar orgulloso de algo deba resultar inusitado o convertirnos en los mejores del mundo al respecto. Pondré un ejemplo: el señor Rodríguez podría, acaso, aprender un día a poner la coma que va tras “hombre” cuando se usa como en su carta; y asimismo podría luego sentirse orgulloso de haber por fin asimilado tal cosa, aun cuando ello no le convierta en campeón de ortografía mundial.

De hecho, ni siquiera es preciso, para estar orgullosos, que lo estemos de algo que hayamos conseguido por nuestros propios méritos, como también parecen presuponer quienes hablan así. Uno bien puede sentirse orgulloso de sus padres, por ejemplo, y no parece que hayamos hecho muchos esfuerzos por tener los padres que tenemos o porque sean como son: simplemente nos acaeció. El orgullo consiste en cierto respeto por ti mismo, cierta satisfacción por tu propio valor y por el de tus seres cercanos, que te instala más a gusto en la vida y, por tanto, te vuelve proclive a acometer grandes obras. Aristóteles ya decía que quien siente orgullo tiene el alma amplia (megalopsicología) y lo oponía al pusilánime o de alma pequeñita, de quien poco cabe esperar. Como toda virtud, claro, el orgullo puede exagerarse y degenerar en un vicio: sería la vanidad, es decir, el blasonar de aspectos que en realidad son vanos; o la soberbia, el darte una importancia a ti mismo mucho mayor que la real. Estos vicios, aunque parecen engrandecer nuestra alma, solo nos la hinchan. Bien entendida, en cambio, la virtud del orgullo solo molesta a los envidiosos, que se sienten achicados cuando ven que otro sabe expandir su alma como ellos no. Bienvenido sea, pues, el orgullo de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales, como empalizada frente a todos cuantos aún les intentan capitidisminuir.

Una tercera razón, en este caso contra los desfiles del Orgullo LGBT, surge de la ignorancia de lo que en realidad significan: gente que nunca los ha visto más que a través del sensacionalismo televisivo (perdón por la redundancia) cree que los pocos exhibicionistas que las cámaras persiguen son representativos de sus cientos de miles de asistentes. Toda esa gente se sentirá decepcionada si un día, por fin, acuden a contemplar el desfile por sí mismos: lejos de la bacanal y muy menguado el frenesí que sus mentes imaginaron, comprobarán que la mayor parte de los que participamos somos personas (más o menos) decentes que vestimos nuestras (más o menos) aburridas ropas de siempre. Cierto es que, a diferencia de Halloween o Carnaval, el Orgullo se celebra en pleno verano y ello invita a cierta ligereza en el atuendo.

Pero, en contra de lo que temen (¿o desearían?) ciertos puritanos, no es tan fácil contemplar una orgía callejera. Además, sería un error juzgar toda una fiesta por lo que hacen solo algunos de sus participantes: si así hiciésemos, la Nochebuena habría de verse como una fiesta de borrachos, y el 12 de octubre como un día en que todos tenemos que descubrir nuevos continentes.

Por último, una cuarta argumentación usada a veces contra la celebración del Orgullo LGBT es que no existe algo así como “el Orgullo heterosexual”. En coherencia con todo lo que he expuesto antes, la verdad es que yo no vería ningún problema a que también se celebrase semejante orgullo. Bienvenido sea el disponer de más fiestas con que hacer más liviano nuestro fugaz paso por esta vida mortal. Animo desde aquí, pues, a cuantos heterosexuales animosos haya para que convoquen a tantos millones de personas como ya congrega el Orgullo LGBT, y a organizar una fiesta al menos igual de divertida.

Y es que, de hecho, tras haber desmentido varias razones contra la celebración del Orgullo LGBT, me queda por indicar cuál es el principal argumento por la que estoy a favor de tales galas. Todo empieza porque estoy convencido de que vivimos en aquello que el escritor Robert Hughes anunció hace ya casi 25 años: en una cultura de la queja. Esto no solo significa que hoy nos circunde todo tipo de jeremiadas, sino que llega a parecer que el único modo de llamar la atención en el espacio público es gimotear contra algo o alguien. “Me quejo, luego existo”, parece ser el lema en boga. Debido a esa obsesión por llenar nuestras calles y plazas de lamentos, quejicas, exigencias iracundas, reproches, ceños fruncidos y puños airados, a muchas personas no se les ocurre honestamente cómo podrían defender algo en público si no es por tan lúgubres métodos.

A todas esas personas les invito a aprender del ejemplo de gais, lesbianas, bisexuales, transexuales y demás minorías sexuales. Han conseguido hacer de sus reivindicaciones una colorida fiesta: la más multitudinaria de una ciudad, de por sí, fiestera como Madrid. Han conseguido oponerse a cosas y estar a favor de cosas (algo consustancial a la democracia), pero con regocijo en vez de con rencores, con gozo de ser uno mismo en lugar de con resentimiento ante cómo viven otros. Bailando, en vez de lamentando. En ese sentido, la fiesta del Orgullo es todo un ejemplo moral cuya mera contemplación nos hará seguramente mejores personas, como ya atisbó Santo Tomás de Aquino: plus movent exempla quam verba. Ojalá todos en la vida aprendiésemos a llevar los estigmas con que otros tratan de dañarnos derrochando tanta alegría como este desfile arcoíris.

Cataluña: fiarlo todo al día después

Iñaki Ellakuría

Foto: ALBERT GEA
Reuters

En estos días de verano, cuando el curso político catalán se acerca al breve parón estival, una pregunta se cuela en la mayoría de conversaciones: ¿Qué ocurrirá en otoño? A veces es planteada con una mueca de satisfacción, la del independentista que anhela tras cinco años de proceso que se rompa la baraja; otras, con un rictus de preocupación y hartazgo por un horizonte de agitación, inestabilidad y más ruido. Y en ninguno de los casos, actores del proceso, espectadores o rehenes del mismo, nadie sabe exactamente qué responder. ¡Qué decir si los dirigentes en Barcelona y Madrid parecen huidizos adolescentes cuando se les cuestiona sobre el cacareado choque de trenes!

El proceso se ha instalado en un tiempo de espera e incertidumbre, donde cualquier predicción es una osadía. Con todo, hay elementos que no invitan al optimismo de los moderados. Veamos:

Los funcionarios. El informe de los letrados del Parlament expresando su preocupación y consejos técnicos a la propuesta de modificar el reglamento de la Cámara, una treta urdida por el bloque separatista para agilizar la tramitación de la llamada ley de “desconexión”, pone en evidencia como la estrategia de la confrontación iniciada por el Gobierno de Puigdemont empieza a romper las costuras de las instituciones catalanas e incomodar a muchos funcionarios que no quieren subvertir el marco legal. Ya sea por convicción o simplemente para evitar una inhabilitación.

Escalada verbal. A medida que el proceso se ha ido acercando a la frontera que separa la retórica de los hechos (y sus consecuencias), el discurso independentista ha optado por dividir, ya sin disimulo, la sociedad entre el pueblo, los independentistas, y los “antidemócratas”, todo aquel (persona, partido o institución) que no asuma como legítimo un referéndum unilateral. Esta escalada verbal recibe, ciertamente, el aplauso del núcleo duro separatista, al tiempo que enciende redes sociales y tertulias radiofónicas, pero también agranda la brecha político/sentimental que reflejaron las urnas el 27-S. Incomoda, asimismo, al independentismo moderado y expulsa a los catalanes que apuestan por modificar desde el pacto el actual marco constitucional. Mientras, el inmovilismo del Gobierno central alimenta a los predicadores de la confrontación.

Abucheos. Un síntoma del malestar que acumulan los tildados de “antidemócratas”, fueron los abucheos dirigidos a Puigdemont en Llefiá (Badalona) y Meridiana (Barcelona), dos barrios populares y populosos, donde, como en tantos otros del área metropolitana, el artero relato del “España nos roba” no cuela. La reacción de algunos independentistas, incluido un alto cargo de la Generalitat, fue la de calificar a los presentes de arrabaleros, colonos y fascistas.

Resignación. Recientes declaraciones confirman que Gobierno y Generalitat, uno confiado en la acción de la justicia, el otro anhelando una movilización como la de la cairota plaza Tahir, dan por hecho el choque otoñal. Soraya Sáenz de Santamaría, en un acto en Barcelona, afirmó: “Se habla mucho del 1 de octubre, pero la inmensa mayoría de los que están en el debate público están pensando en el 2 de octubre, y espero que sea el día del sosiego”. Oriol Junqueras, en La Vanguardia, declaró: “Hay que pensar en el día después del 1-O y actuar con responsabilidad”.

Nos aventuramos, pues, a tres mes de larga cuenta atrás y guerra de posiciones. Paciencia y cuerpo a tierra.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Pierre perdió a toda su familia y ahora está solo en Madrid, arrastra una mirada triste y su pelo es rubio en un tono intenso. “La vida es complicada”, dice, bajando la mirada. “Estoy aquí como refugiado político”. Tiene 27 años y salió de Camerún siendo muy joven; apenas 22 años y no tuvo más remedio que dejar atrás su vida en África. Después de un largo camino llegó en 2015 a España, vivió 10 meses en un centro de Ceuta hasta que le concedieron el asilo. Pierre se fue de Camerún acosado por ser homosexual.

“En mi país hay mucha tradición, no se acepta”, dice Pierre, en un castellano todavía pobre. “En África no tienes libertad si eres homosexual, transexual o lesbiana. Allí existe la mutilación genital. En África es complicado. En África matan por eso”. Pierre cuenta que su padre lo rechazó, que tiene un hermano en Francia con quien no se habla, que su madre fue la única que lo protegió. “Pero mi madre está muerta”, dice. “Yo estaba aquí cuando murió”.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado 2
Pierre, refugiado camerunés, en el restaurante L’Artisan. | Foto: J.R./The Objective

Y aunque no pudo terminar la escuela, siempre se interesó por la cocina; ahora estudia en una escuela gastronómica en Alonso Cano y vive como puede en Madrid, en un piso compartido que le dispuso un amigo dominicano. Cuenta que le interesa la comida francesa, la americana, que va conociendo la española. “Hago cocido”, dice. Ahora participa en una iniciativa, Refugee Food Festival, que nació de la sinergia de la ONG Food Sweet Food y de Acnur, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Pierre estará este fin de semana cocinando en el restaurante L’Artisan, en la calle Ventura de la Vega.

España solo ha acogido a 744 de los 17.000 refugiados a los que se comprometió en Bruselas

En esta campaña, puesta en marcha el año pasado en París y extendida en esta ocasión a ciudades como Madrid, Florencia o Ámsterdam, varios cocineros –todos ellos refugiados- comparten su cultura a través de la cocina en una serie de restaurantes que se prestan como voluntarios. El resultado en Madrid es nueve restaurantes que dan empleo a ocho refugiados de cuatro nacionalidades durante una semana –en días alternos-, ofreciéndoles la oportunidad de compartir sus inquietudes culinarias con sus comensales.

Refugee Food Festival, que termina su segunda edición este domingo, es una ocasión para dar visibilidad a los desplazados. Hay historias trágicas detrás de cada uno de ellos; esta iniciativa nos empuja a esforzarnos por comprenderlos, por escucharlos. España es el país que más donativos privados aporta a Acnur. Sin embargo, es el mismo país que incumple los acuerdos de acogida de refugiados pactados en Bruselas: se comprometió a acoger a 17.000 personas y solo han llegado 744.

Refugee Food Festival: olvidando entre fogones la tragedia de ser refugiado
Mariana, ofreciendo uno de sus postres. | Foto: J.R./The Objective

Mariana también tuvo que abandonar Ucrania con su marido y con su hijo. Tiene 24 años y estudió Económicas en la universidad de su ciudad, Ternópil, a 200 kilómetros de Polonia. Llegó hace un año y medio y su gran barrera, confiesa, es el idioma. “Quiero vivir en España, quiero trabajar en la repostería”, dice Mariana, que prepara postres en el restaurante Keyaan’s (Blasco de Garay, 10). “Me gusta muchísimo la gente de aquí”. Mariana huye de un país en guerra, con todas sus consecuencias, y sigue en contacto con su madre, a la que escribe por WhatsApp. “España nos ha ayudado muchísimo”, dice, agradecida. “En un futuro me gustaría abrir una pequeña pastelería”. Mariana no piensa en regresar a Ucrania.

Tampoco lo hace Pierre, que remueve una tila que no ha probado. “No puedo volver a Camerún, no tengo familia allí”, dice, muy serio. “Yo sueño con estar en España, con tener mi propio negocio: un restaurante con comida de cuatro continentes –África, América, Asia, Europa-. Y ya está”.

7 destinos rurales para huir de la ciudad

Redacción TO

Foto: DAMIR SAGOLJ
Reuters

Contaminación, aglomeraciones, tráfico, estrés. La rapidez de las ciudades no se va de vacaciones, pero sus habitantes sí pueden. Irse al pueblo es una opción socorrida: ver a la familia y los amigos de toda la vida, rememorar la infancia y, sobre todo, tener alojamiento gratis son solo tres de los atractivos que ofrece esta opción. Pero ¿qué pueden hacer aquellos que han nacido en ciudad y no tienen pueblo al que ir? No entrar en pánico es el primer paso. El segundo, tomar buena nota de los siete destinos propuestos a continuación.

O Cebreiro, Lugo

7 destinos rurales para escapar de la ciudad
Las características pallozas de O Cebreiro. | Imagen: santiagoturismo.com

Estamos en el año 2017 después de Jesucristo. Toda Galicia está ocupada por los turistas… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles gallegos resiste todavía y siempre al invasor. Se trata de O Cebreiro, en el municipio de Pedrafita do Cebreiro, y todavía conserva tesoros arquitectónicos prerromanos, sus pallozas, herencia celta de esta localidad que, al no tener costa, no tiene tanto volumen de turistas. El grueso de los visitantes lo forman las personas que realizan el Camino de Santiago, ya que esta localidad forma parte de la ruta de Roncesvalles. La ausencia de playas, eso sí, queda compensada con las vistas a la Sierra del Courel.

Luarca, Asturias

7 destinos rurales para huir de la ciudad
Vista del puerto marítimo de Luarca. | Foto: turismoasturias.es

Atravesada por el río Negro, Luarca ofrece, como localidad asturiana que es, mar, campo y montaña en el mismo paquete. Luarca forma parte del municipio de Valdés, que cuenta con una de las playas más vistosas de toda la costa cantábrica, la de Barayo. El arenal forma, junto a las dunas y acantilados que lo rodean, la Reserva Natural Parcial de Barayo. Además, Luarca tiene el privilegio de ser la localidad que vio nacer a dos de los españoles más célebres del siglo XX: el ganador del Nobel de Medicina Severo Ochoa y el doble ganador del premio Oscar Gil Parrondo.

Foz de Arbayún, Navarra

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Vista aérea del cañón. | Foto: Wikimedia Commons

Este cañón de unos seis kilómetros de longitud llega a los 400 metros de profundidad y a la completa verticalidad. Un paraje de vértigo taladrado durante siglos por el río Salazar, supone uno de los paisajes más explosivos y singulares de toda la península Ibérica. Esta Reserva Natural navarra tiene, además, uno de los ecosistemas de aves más ricos y diversos de España. Desde los característicos buitres leonados hasta las águilas reales pasando por los quebrantahuesos.

Puerto Lápice, Ciudad Real

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Plaza de la Constitución de Puerto Lápice. | Foto: Ciudad-real.es

“Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino [a don Quijote] fue la de Puerto Lápice”, dejó escrito Miguel de Cervantes en el segundo capítulo de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. El autor no vuelve a referirse a la localidad en ningún otro pasaje de la novela, así que el lector se queda con el misterio de saber qué ocurrió en Puerto Lápice, pero este pueblo forma parte de la ruta del Quijote. Con una plaza de la Constitución típicamente castellana y unos molinos de inconfundible sabor manchego, Puerto Lápice es uno de los destinos rurales más interesantes de Castilla-La Mancha.

Alcántara, Cáceres

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Puente romano de Alcántara. | Foto: Efe

Con un puente romano de la época del emperador Trajano que atraviesa el río Tajo en impecable estado de conservación, este municipio extremeño limita al oeste con Portugal, lo cual permite que el viajante se pueda dar una escapada (dentro de la escapada) para aprovechar y conocer tierras lusas. Además de la construcción que ha dado nombre al pueblo (‘Alcántara’ viene de ‘Al Qantarat’, que en árabe significa ‘El puente’), la localidad extremeña es famosa también por el Conventual de San Benito. En uno de sus elementos más reconocibles, la galería porticada de Carlos V, se celebra anualmente el Festival de Teatro Clásico de Alcántara.

Culla, Castellón

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Paisaje fluvial de Culla. | Foto: Turismodecastellon.com

Recorrer sus callejuelas rodeadas de pequeños edificios de piedra típicamente castellonenses, hacer senderismo por sus prados bañados por los ríos Monleón y Mollinel, hacer una excursión por las cuevas del parque minero del Maestrat… Este pueblo medieval del interior de la Comunidad Valenciana ofrece naturaleza, tradición y descanso sin el bullicio turístico de otras localidades de la autonomía, como Denia o Peñíscola.

Zuheros, Córdoba

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Castillo medieval de Zuheros. | Foto: Zuheros.es

Con su castillo medieval de origen incierto y su famosa Cueva de los muerciélagos, declarada Bien de Interés Cultural en 1985, Zuheros es uno de los destinos andaluces todavía por descubrir para el resto de España. Sin el ajetreo ni el bullicio de los pueblos de la costa andaluza pero con una arquitectura inequívocamente sureña, Zuheros se levanta sobre uno de los mayores tesoros montañosos de España: la Cordillera Subbética.

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