Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

≪Podemos≫: De movimiento a politburó

Miguel Ángel Rodriguez

Las locuras e infantiladas de los movimientos sociales cuentan con la anuencia de la mayoría porque se supone que todo lo hacen para mejorar la sociedad a su manera extravagante y pueril. Si yerran, si se rodean de amiguetes, si se pasan de la raya, si no saben argumentar bien, la mayoría social mira para otro lado, dándoles una oportunidad tras otra porque, en el fondo, Robin Hood no tenía que ser un burócrata ni un abogado, sino un alma caritativa.

El problema es cuando se pasa de Movimiento a Politburó, que es una figura odiada hasta en la misma izquierda: la dictadura brutal de los burócratas.

≪Podemos≫ ha elegido su Presídium  soviético, y eso ya no es un Movimiento Social digno de clemencia: es una máquina de destruir la sociedad a través del Comunismo, régimen que ha fracasado en toda su historia y que hoy tiene bajo su bota militar el cuello de millones de mujeres y hombres, a los que presiona, roba, encarcela y asesina sin piedad.

Pablo Iglesias ya no es el representante del 15-M: es el jefe comunista que odia la Democracia y que no dudará en trabajar con todo tipo argucias para  dinamitar los cimientos de la sociedad española libre del Siglo XXI.

De su Asamblea ha salido tan endiosado que camina rodeado de unos matones, sus miembros del Buró Político, una suerte de políticos-guardias de seguridad con tono macarra. Sus palabras ayer cándidas se están convirtiendo en intolerables porque les falta una base esencial en Democracia: el respeto al adversario; el pensar que el de enfrente puede tener alguna razón.

Pero es que los comunistas no entienden de rivales políticos: tienen enemigos a los que encarcelar y matar.

El mundo ha erradicado el fascismo, pero no ha conseguido hacer desaparecer el Comunismo: es tiempo de defender la Libertad.

Y entretanto, Sevilla...

Jesús Nieto Jurado

Y Sevilla. Dicen que en Sevilla hay que morir, que Dios descansó a las orillas del Padre Betis, que si te atropella un coche en Sevilla probablemente la culpa, la culpita, sea del chófer de un ‘diresto generá’ que dicen por ahí abajo de los gerifaltes de la Junta. En abril, Atocha es ya la previa de la caseta y el recuerdo de ese tiempo risueño del felipismo que te ponía un pabellón en la Expo 92 y te tapaba la “cal viva”: magia pura. Pero en Sevilla hay que morir, que Sevilla es Castilla frutalmente propagada. La ciudad de Juan Joya “Risitas” y de Machado. La ciudad de Jaime Moreno y de Murillo, la barroca y la de los chabolos. La de la Macarena y la Triana  (topicazo que queda bien). La Sevilla dual que sesea o cecea según el barrio o los barros del Aljarafe. La de Joselito y Belmonte. La ciudad donde Javier Arenas nunca fue victorioso y donde todo tiene calor de ‘servesita’ y sueño perdido. En Sevilla hay que morir, si es posible en Feria y convidado por un capillita al que probablemente no vuelvas a ver. A Sevilla iba yo convocado por Griñán antes de que saliera su quilombo, y allí había compadreo entre los ERES y los plumillas, que la Justicia es lenta y la Feria corta. Y el gobierno autonómico del mismo color siempre, vestido de faralae en una imagen que nunca olvidaré.

A la gloria, sevillanos, a la gloria, que cantó Carlos Herrera a una ciudad donde la pena lleva farolillos.  Veo la foto que ilustra este texto y veo a Silvia, mi primer amor sevillano bajo los arcos de la Plaza del Salvador. Y veo la Feria, tras Cristo Resucitado y una trianera, muy suya, a la que llaman Susana y rumorean que sabe las cuatro reglas. En Sevilla hay que morir, y lo dice un madrileño que veranea en Málaga y llora cera en Sevilla.

Un madrileño, yo, que quiere el “Romero Murube” o se la corta -la coleta- y la tira al Río. Ese río donde Morante sueña versos hechos marisma y oro.

Un ministro del Interior para la política exterior

Antonio García Maldonado

Ha vuelto a suceder con las elecciones francesas. En los medios españoles han proliferado los análisis que partían o concluían con semejanzas con nuestra política doméstica. Al parecer, Albert Rivera sería Macron, Sánchez sería Hamon y Mélenchon es Pablo Iglesias. Que no haya un Fillon o un Le Pen claros en nuestra política no ha impedido que las comparaciones se hayan dado en medios y redes sociales. Periodistas, analistas y líderes políticos han comenzado a extraer conclusiones no tanto apresuradas como inservibles. Porque se pasa por alto el detalle de que no somos franceses.

Si bien la comparación puede ser útil para visualizar tendencias muy generales y comunes, el abuso de la misma ha revelado cierto narcisismo, una tendencia extendida a pasar por el filtro local situaciones exteriores que poco tienen que ver con nuestra coyuntura. Cuando se pasa de la comparación de las corrientes de fondo a poner nombre y apellido a quién sería el equivalente en nuestro país, el análisis desbarra. España no es el centro del mundo, ni su mentalidad y formas políticas sirven de base para analizar países políticamente tan singulares como Francia o Reino Unido. Es comprensible que esto ocurra en la batalla política diaria, aunque más inexplicable es que desde el periodismo se insista tanto en esta visión provinciana de la política internacional.

Esta incapacidad para analizar la política exterior sin el filtro del debate doméstico también se ve en la mezquindad con la que Podemos y sus periodistas afines despachan el asunto de Venezuela cuando se les pregunta. Aunque sus principales líderes no hubieran trabajado asesorando a aquel Gobierno, la pregunta es pertinente en un país hermano. Pero habiéndolo hecho, es obligada. Sin embargo, la respuesta suele ser la de acusar al periodista o al rival político de hablar de eso “para no hablar de la trama” española, o cosas parecidas. La falta de generosidad con los venezolanos y la falta de autocrítica son buena muestra de lo que ocurre cuando se unen las anteojeras ideológicas con el localismo analítico.

Cuando en 1998 la India lanzó la Operación Shakti con la que el Gobierno llevó a cabo ensayos nucleares, los servicios de inteligencia occidentales se quedaron estupefactos. A pesar de que los responsables de la India llevaban amenazando y anunciando que lo harían durante años, casi nadie se había tomado en serio la posibilidad. Los análisis se basaban, grosso modo, en que la India “no se va a arriesgar a perder el favor de Occidente”, en que “no le hace falta”… Hay un libro seminal en la materia que estudió este caso de la India para hablar de lo equivocado de analizar situaciones ajenas con las gafas culturales y políticas propias. En Psychology of Intelligence Analysis, el ex analista de la CIA Richard Heuer Jr. argumenta la necesidad de ser conscientes de nuestros sesgos para intentar atenuarlos en el análisis de la realidad de otros países. Justo lo contrario de lo que solemos ver y leer aquí.

Esta tendencia a ver la política exterior a través de lo más coyuntural de nuestra política interna no deja de ser, además de equivocado en términos analíticos, una muestra del trabajo que aún debemos hacer en nuestro país para cambiar una mentalidad de ‘España First’, políticamente provinciana, con la que es difícil ser competitivo. No todo pasa por España, aunque sí le influya, y por eso se llama política exterior.

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

Cuando en octubre de 2015 Netflix llegó a España ya se empezaba a rumorear -y a soñar- con una producción del gigante del streaming en nuestro país. Las producciones españolas destacan por su increíble relación calidad-precio, como demuestra el interés de gigantes del audiovisual como HBO, que lleva temporadas rodando su ‘buque insignia’, Juego de Tronos, en territorio hispano. Bien, pues un año y medio después del aterrizaje de Netflix en los dispositivos españoles, la plataforma presenta su primera producción made in Spain: Las chicas del cable.

Esta serie, que ha firmado por dos temporadas de ocho episodios, llega este viernes 28 de abril de la mano de los creadores de la súper exitosa producción de Antena 3, Velvet. La historia está protagonizada por cuatro jóvenes actrices con gran proyección internacional: Maggie Civantos (en el papel de Ángeles), Ana Fernández (como Carlota), Nadia de Santiago (interpretando a Margarita) y Blanca Suárez (en el rol de Alba). Las chicas del cable se desarrolla en el Madrid de finales de los años 20, y sus protagonistas encarnan a unas chicas de toda índole y condición que comienzan a trabajar en una moderna empresa de telecomunicaciones.

La trama feminista de Las chicas del cable fue lo que más atrajo al gigante del streaming

Las chicas del cable es, a fin de cuentas, una historia de superación y búsqueda de independencia por parte de cuatro mujeres -lo que ahora llaman “empoderamiento femenino”-, y se ve envuelta en no pocos líos amorosos, incluida una relación homosexual -todo un reto para dos mujeres de aquella época-. Lo que une realmente a Ángeles, Carlota, Margarita y Alba, es -aparte de su puesto laboral como telefonistas- la amistad, y la búsqueda incansable la realización de sus sueños. Las chicas del cable es la primera historia española que podrá verse a escala global en Netflix, y su trama feminista fue lo que más atrajo al gigante del streaming.

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’ (Pipocas) 1
Las chicas del cable mostrará la España de los años 20 al mundo entero. | Foto: Netflix

Iniciativas que marcan la diferencia

La entrada de Netflix en España fue un acierto. Acabamos de conocer que la piratería descendió en 2016 en nuestro país por primera vez en diez años, según un informe del Observatorio de la Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales. Este dato revela que la irrupción de ésta y otras plataformas digitales es beneficiosa en términos de derechos de autor. Ahora, además, Netflix se convierte en un gran escaparate para el talento patrio, pudiendo elevar al cielo a intérpretes y realizadores españoles. ¿Serán las cuatro chicas del cable mundialmente conocidas como las reclusas de Litchfield? El tiempo sentenciará.

Pepsi descubre el calimocho y lo presenta como un cóctel de lujo

Redacción TO

Foto: Matthew Mead
AP Photo

Una camarera sirve 3 onzas de vino tinto en una copa, le añade 4 onzas de refresco de Cola, coloca una pajita y con mucha finura, culmina la bebida poniendo una rodaja de limón en el borde de la copa. Visto así, y con una música sugerente de fondo, pareciera que se está presentando un cóctel premium. Así es la última campaña de Pepsi, la cual ha sorprendido en España, y no es para menos, la compañía ha presentado el archiconocido calimocho, bebida popular en las fiestas de los pueblos de este país, como si de un cóctel de lujo se tratase. Su vídeo, publicado en Twitter, no ha tardado en hacerse viral.

“Lo llamamos ‘cali-mocho’ y lo bebemos con amigos. Pilla una Pepsi 1893 y prepara uno (o varios) esta noche!”, titula Pepsi el tweet en el que presenta este combinado elaborado con su producto en la versión más clásica “1893” como si fuera un sofisticado cóctel coronado con una rodaja de limón sobre el borde de la copa.

Esta campaña, no tiene nada que desdecir a otros vídeos de la compañía sobre cócteles elaborados con su producto, como el ‘Original Juniper Cocktail‘ o el ‘Ginger and Mint Julep Remix‘, que ya se pudieron ver en 2016. No obstante, es la primera vez que el calimocho asciende a la categoría de cóctel de lujo. Las reacciones en Twitter desde España, no se han hecho esperar:

El origen del calimocho

El calimocho, también denominado ‘kalimotxo’, y su invención están asociados con el País Vasco, tanto es así que desde la propia página web del Ayuntamiento de Getxo, una localidad cercana a Bilbao, aseguran que el origen de esta bebida está unido al Puerto Viejo de Algorta. “Aunque la mezcla de vino tinto y refresco de cola ya existía en España en los años 20 del siglo XX, era una bebida minoritaria debido a que apenas había establecimientos que sirvieran el refresco americano”.

La cosa cambió en 1953 con la puesta en marcha de la primera fábrica de Coca Cola en España y la mezcla se popularizó bajo diferentes denominaciones: Rioja Libre, Mochete, Tincola, Cuba Libre del Pobre o Cubata del obrero, entre otras. Pero no fue hasta el 12 de agosto de 1972, en plenas fiestas de San Nicolás del Puerto Viejo de Algorta (Getxo), cuando nació el calimocho, según asegura la misma fuente.

La invención de este término se atribuye a la cuadrilla vasca Antzarrak que aquel año asumió la organización de los festejos. Para ello, compró 2.000 litros de vino tinto que, no se sabe la acusa, pero estaba picado. Para no tener que tirar todo el vino, que aún era apto para el consumo, según les confirmó un médico, decidieron mezclarlo con otra bebida para arreglar el mal sabor que tenía. Realizando diferentes pruebas, dieron con la bebida adecuada, la Coca Cola. De esta manera pudieron dar salida a los 2.000 litros de vino.

Pepsi descubre el Kalimotxo y lo presenta como un cóctel de lujo 1
Una de las calles del Puerto Viejo de Algorta | Foto: Rodrigo isasi

A la hora de poner nombre al nuevo brebaje, surgieron las dudas, hasta que finalmente se quedó con el de calimocho. “En ese momento de incertidumbre apareció un chico de Erandio, al que algunos conocíamos, y al que alguien le llamó por su apodo, “Kalimero”. Mecánicamente y bastante aburridos por el esfuerzo ya realizado, empezamos a conjugar su nombre. Uno indicó que la persona en cuestión era bastante fea y otro dijo que en euskera “feo” se decía “motxo”. Un tercero, más docto, empezó a pontificar que ello no era cierto en todo el País Vasco y que en algunas zonas significaba lo contrario. Mientras, la mayoría, sin hacerle caso conjugaba febrilmente el apodo y, tras muchos intentos, surgió una palabra sin significado, Kalimotxo que, reiteradamente repetida, gustaba”.

Así explica el origen del nombre la propia cuadrilla en el libro El invento del kalimotxo y anécdotas de las fiestas, editado por ellos mismos y de descarga gratuita. posteriormente a esta publicación, algunos miembros de la cuadrilla han declarado en algunos programas de televisión de la cadena vasca ETB que en la cuadrilla también había un miembro apodado Morotxo, y que ‘Kalimotxo’ es una fusión entre los dos motes.

No obstante, su origen a día de hoy sigue siendo algo incierto, ya que en el libro Por Dios, por el país y por la Coca Cola: la historia definitiva del gran refresco americano y la empresa que lo creó, su autor,  Mark Pendergrast, explica que, en los primeros años del s. XX, “los inmigrantes italianos descubrieron que mezclando la Coca Cola con su vino chianti podían beber toda la noche, tardando mucho en emborracharse y manteniéndose alerta por la cafeína”.

TOP