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≪Podemos≫: De movimiento a politburó

Miguel Ángel Rodriguez

Las locuras e infantiladas de los movimientos sociales cuentan con la anuencia de la mayoría porque se supone que todo lo hacen para mejorar la sociedad a su manera extravagante y pueril. Si yerran, si se rodean de amiguetes, si se pasan de la raya, si no saben argumentar bien, la mayoría social mira para otro lado, dándoles una oportunidad tras otra porque, en el fondo, Robin Hood no tenía que ser un burócrata ni un abogado, sino un alma caritativa.

El problema es cuando se pasa de Movimiento a Politburó, que es una figura odiada hasta en la misma izquierda: la dictadura brutal de los burócratas.

≪Podemos≫ ha elegido su Presídium  soviético, y eso ya no es un Movimiento Social digno de clemencia: es una máquina de destruir la sociedad a través del Comunismo, régimen que ha fracasado en toda su historia y que hoy tiene bajo su bota militar el cuello de millones de mujeres y hombres, a los que presiona, roba, encarcela y asesina sin piedad.

Pablo Iglesias ya no es el representante del 15-M: es el jefe comunista que odia la Democracia y que no dudará en trabajar con todo tipo argucias para  dinamitar los cimientos de la sociedad española libre del Siglo XXI.

De su Asamblea ha salido tan endiosado que camina rodeado de unos matones, sus miembros del Buró Político, una suerte de políticos-guardias de seguridad con tono macarra. Sus palabras ayer cándidas se están convirtiendo en intolerables porque les falta una base esencial en Democracia: el respeto al adversario; el pensar que el de enfrente puede tener alguna razón.

Pero es que los comunistas no entienden de rivales políticos: tienen enemigos a los que encarcelar y matar.

El mundo ha erradicado el fascismo, pero no ha conseguido hacer desaparecer el Comunismo: es tiempo de defender la Libertad.

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El pueblo más independentista de Cataluña tolera (de momento) disidentes

Borja Bauzá

Foto: Borja Bauzá
The Objective

En el pueblo más independentista de Cataluña se puede vivir sin hablar catalán y ceceando. Es el caso de Antonio, un jubilado que nació hace 74 años en Sevilla y lleva casi medio siglo en Arenys de Munt. El municipio, situado a 50 kilómetros de Barcelona, ha acaparado titulares desde que en 2009 varios vecinos sacasen adelante la primera consulta popular sobre la independencia. Ganó el sí. En las últimas elecciones autonómicas, las del 2015, el 62% de los votos fue a parar a Junts pel Sí. El segundo partido más votado fue la CUP. De los 8.500 habitantes que tiene la localidad, sólo un millar votó a partidos contrarios al referéndum anunciado para este domingo. Antonio resume todos esos datos en una sola frase: “Este es el pueblo más malo de toda Cataluña”.

Cabe preguntarse si Antonio se ha planteado una mudanza. Contesta que no, que mientras le dejen en paz –“como hasta ahora”– no tiene pensado moverse. Tampoco cree que el próximo domingo, bautizado en toda España como el 1-O, vaya a darse ningún referéndum. Pero en el hipotético caso de que se celebre, él insiste: mientras nadie le pida explicaciones todo en orden. “Y si se quejan pues que me paguen lo que cuesta mi casa y me voy”, aclara. No parece preocupado.

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Plaça de Arenys de Munt | Imagen vía Borja Bauzá/The Objective

Sus declaraciones sorprenden a quien ha llegado hasta Arenys de Munt esperando encontrarse una suerte de reducto abertzale a la catalana. Sin embargo, no muy lejos del banco en el que toma el sol Antonio hay un bazar chino que vende banderas de España. La mujer que se sienta en la caja no quiere contestar preguntas, pero la clientela –que se expresa en catalán– no parece tener ningún reparo con el souvenir.

Frente al bazar oriental, cruzando la carretera que parte el municipio en dos, se encuentra un bar llamado ZiamClub. Es bastante popular en el pueblo gracias a un generoso menú del día que sale por 10 euros todo incluido. El almuerzo discurre plácidamente –y en catalán– hasta que un comensal sentado consigo mismo decide poner una canción a todo volumen en su teléfono: “No vais a votar, referéndum ilegal; no vais a votar, os van a calentar”. Las mesas de alrededor callan y miran de reojo, pero nadie dice nada. Cuando termina la canción el comensal, un hombre en la cincuentena, se saca un puro del bolsillo y pide fuego al camarero. Saliendo del ZiamClub, en una casa en obras, se observa una pintada castigada por el paso del tiempo: “No a la independencia”. Nadie la ha tachado.

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Los “Sí” del independentismo están por muchas partes de Cataluña, Arenys de Munt no es la excepción | Imagen vía Borja Bauzá / The Objective

La mayor concentración de bares en Arenys de Munt se da, como es lógico, en su arteria principal: la Rambla de Sant Martí. A seis días de la fecha del referéndum, y coincidiendo con la cita del alcalde, Joan Rabasseda (ERC), en la Fiscalía de Mataró por su apoyo al Govern de la Generalitat, muchos parroquianos optan por discutir las victorias del Barça y del Espanyol en la última jornada de Liga.

En un tiempo en el que el periodismo tiende a magnificar anécdotas, conviene no llevarse a engaño: pese a todo lo anterior, y como demuestran los últimos comicios, Arenys de Munt es un pueblo independentista. Los periódicos que más se venden, y con diferencia, en los dos kioscos de la localidad son El Punt Avui, el Ara y las ediciones en catalán de La Vanguardia y El Periódico. La calle principal está plagada de esteladas, pancartas a favor de la independencia y carteles que animan a votar “para ser libres”. En el ayuntamiento lucen las banderas catalana y europea; en el mástil central, donde debería ondear la española, no hay nada.

Un vecino que prefiere no ser citado explica que lo que se vive estos días en Arenys de Munt y, por extensión, en toda Cataluña es la calma que precede a una gran tormenta. En su opinión, la chispa puede saltar en cualquier lado. “Fíjate en cómo empezó la Primavera Árabe, con un tendero quemándose en Túnez porque no le devolvían su carro ambulante”, dice.

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Lo que se vive estos días en Arenys de Munt es la calma que precede a una gran tormenta.| Imagen vía Borja Bauzá / The Objective

Es posible que de momento la convivencia entre vecinos se mantenga porque todos, los partidarios del referéndum y los que se oponen a él, están convencidos de que lo deseado es lo que va a suceder. Esperan que la realidad golpee al adversario y luego ya veremos. Muchas personas en el pueblo parecen pensar de esta manera. Cuando pregunto a Teresa, encargada de una tienda de ropa en la misma Rambla de Sant Martí, qué cree que sucederá el domingo me devuelve una sonrisa radiante: “Que votaremos”. No percibo el menor atisbo de duda.

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El triunfo del relato falaz

Jordi Bernal

Foto: Mondelo
EFE/Archivo

La novela que nos gusta y el periodismo clásico compartían una premisa precisa: contar una historia. Y contarla bien. En el ámbito del marketing político ha hecho fortuna el término storytelling, que no es otra cosa que transmitir un relato con fines persuasivos. O sea la Biblia de toda la vida pero en eslóganes torcidos. No hay que negarle eficacia a la estrategia nacionalista de construir, en los tres últimos siglos, y de manera intensísima en los últimos cuarenta años, un relato áureo que desafiaba, manipulaba y en último término tergiversaba los hechos más elementales de la historia. Para ello, como es bien sabido, ha contado con unos medios de comunicación públicos y privados bien cebados de subvenciones y con el adoctrinamiento pertinaz en centros de enseñanza básica, media y universitaria. Había que ser un pedazo de Haffner para resistir el bombardeo. Aunque el parapeto de las lecturas acertadas y las compañías cabales ayudaron a unos pocos a cuestionar el redil.

Ahora, merced al relato pacientemente urdido, los disidentes son señalados como renegados, traidores y vendidos al oro de Madrit. Incluso Serrat, el nano del Poble Sec, un hombre al que tan poco le gusta molestar y que siempre ha mantenido una hábil diplomacia, ha levantado las iras independentistas por cuestionar maneras marrulleras y carencias democráticas en el referéndum suspendido, dándole la razón así a Lluis Llach, a quien siempre le costó disimular su aversión visceral por el autor de Mediterráneo.

El relato, a manera de pegajosa tela de araña, se extiende a los desafectos perdidos para la causa. El odio que sienten por el catalán que en su propio idioma les rebate el cuento de sus mentiras (Boadella, Borrell, Marsé e incluso el pactista Serrat) es proporcional a la baba que se les cae rendida cuando el foráneo o charnego aparece en TV3 esforzándose por expresarse en catalán antes de disculparse cabizbajo por su precaria competencia con tan sacro idioma.

A estos ejemplos de la carencia de pluralidad (aunque se ufanan de pluralistas por incluir en todas las tertulias de sus medios a un unionista de guardia, siempre y cuando sea de derechas, la líe parda con los pronombres débiles o sea tierna carne de cañón) y de la fractura social producida en Cataluña, debe añadirse el que tal vez sea el triunfo del relato falaz y que puede convertirse en piedra de toque de un escenario dramático a partir del 1 de octubre: la democracia está por encima del estado de derecho. España demuestra que no ha superado su pasado franquista y que sigue siendo en esencia totalitario.

Dos axiomas que, en la lógica nacionalista, dejarían la calle en manos de la CUP. Y entonces el relato devendría en sangre y fuego frente al estado opresor.

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¡Qué escándalo! ¡Aquí se beben gintonics!

Cristian Campos

A Antonio Baños, periodista, músico y cabeza de lista de la CUP en las elecciones autonómicas de 2015, le fotografiaron el fin de semana pasado trasegando gintonics en la terraza del Hotel Casa Fuster, uno de los más lujosos de la ciudad, junto al teniente de alcalde podemita Jaume Asens y el presentador de TV y productor de radio Toni Soler. Todos ellos declaradamente independentistas. Las redes sociales no tardaron en hacer sangre de tan pigmeo acontecimiento y en acusar de hipócritas a los allí presentes.

Cierto que las masas independentistas andaban a esas horas durmiendo sobre el césped y frente al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, pero todo es cuestión de prioridades en esta vida. El pueblo prefiere, al parecer, gastarse quinientos euros en una tienda de campaña Heimplanet para disfrutar de la experiencia de vivir como un pobre, tirado sobre los parterres de una avenida peatonal del centro de una ciudad de un millón y medio de habitantes como Barcelona, en vez de veinte en un cocktail bien mezclado en la terraza de un hotel al que, por otra parte, no le barran el paso a nadie. Allá ellos. Parafilias más absurdas he visto y puestos a calificar a alguien de pijo (como si eso fuera algo malo, por otro lado) tengo claro que los del parterre se lo merecen cien veces más que Baños.

Hace algunos meses me explicó un conocido periodista cómo había coincidido con cierta lideresa de cierto partido independentista, feminista y anticapitalista en una de las peluquerías más caras de la zona alta de Barcelona. Según le explicaron las peluqueras, era la primera vez que la lideresa aparecía por allí. Casualmente, pocos días después de cobrar su primer sueldo público. En plata. A la mujer le había faltado tiempo para pegarse el capricho de que le pegaran el hachazo (en los dos sentidos del término: el financiero y el capilar) en la misma peluquería en la que se corta el pelo la elite de la intelectualidad antinacionalista barcelonesa.

No veo nada de malo en ello. Que el izquierdismo es un capricho de niños bien que desean disfrutar de una experiencia revolucionaria sin riesgos y ligera de calorías para después retornar a su vieja cuchara de plata es una obviedad. La única mudanza ideológica que veo aquí es la que les lleva de vivir de sus padres a vivir del presupuesto público. Es decir de sus vecinos. Pero no veo qué tiene que ver eso con Antonio Baños. Por cierto una de las figuras intelectualmente más interesantes del independentismo catalán.

Aquí el crimen no es el gintonic, un brebaje que puede permitirse hasta el último desharrapado de este país, sino el hecho de que Xavier Albiol, líder regional del partido que gobierna este país, difunda la fotografía de tres ciudadanos en un contexto perfectamente inocente para que la estupidez y el gregarismo de la turbamulta tuitera los linche a modo. Nada más faltaría que a las ya innumerables beaterías modernas le sumáramos la más estúpida de todas ellas: la de no poder beberte un miserable gintonic de veinte euros donde te salga de las narices. ¿Pero qué miserias son estas, hombre?

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¿Por qué no ha acogido España a todos los refugiados que debía?

María Hernández

Foto: ALVARO BARRIENTOS
AP

Este martes se acaba el plazo para que España cumpla la cuota de acogida de refugiados establecida por la Unión Europea. Sin embargo, España solo ha recibido al 11% de los refugiados que debía acoger obligatoriamente. La Unión Europea estableció que debía acoger a 17.337 personas, 9.323 de las cuales eran de obligado cumplimiento.

La media de cumplimiento con el cupo de acogida obligatoria en Europa se sitúa en torno al 50%, lo que demuestra que a España aún le queda mucho por hacer en este aspecto, aunque no es la única. El 86% de las personas refugiadas en todo el mundo son acogidas en algunos de los países más empobrecidos, como Pakistán, Irán, Etiopía o Jordania, por lo que Europa solo recibe un pequeño porcentaje de los más de 65 millones de personas que se han visto obligadas a huir de su país, explica la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).

Los motivos del incumplimiento

Las organizaciones de defensa de los refugiados denuncian a menudo los diferentes motivos por los que la Unión Europea en general, y España en concreto, no cumplen con las cuotas establecidas de acogida de refugiados.

El primero de estos motivos es la limitación de reubicación a personas que tengan una nacionalidad que supere el 75% de reconocimiento de protección internacional por parte de los estados miembro. CEAR critica que este criterio de nacionalidad está dejando fuera a refugiados de países como Afganistán, Sudán o Nigeria.

Además, los criterios de reconocimiento no son iguales en todos los países, por lo que existe una falta de coordinación, especialmente entre la Oficina Europea de Apoyo al Refugiado (EASO) y países como Italia o Grecia.

Otro aspecto de gran importancia respecto a la acogida de refugiados es el acuerdo al que llegaron la Unión Europea y Turquía en marzo de 2016, tras el cual los estados miembros decidieron que las personas que llegaran a Grecia desde ese momento no podrían solicitar su reubicación a otro país europeo.

Esta decisión está estrechamente relacionada con la última comunicación la Unidad de Reubicación Griega, en la que afirmaba que no hay en Grecia más personas con un perfil adecuado para la reubicación. CEAR asegura que esto no es cierto, pues la Comisión Europea cifra en 4.700 las personas “potencialmente elegibles” para ser reubicadas desde Grecia, sumadas a las más de 7.200 personas que han llegado este año a Italia.

Además, CEAR destaca que existe una gran falta de voluntad política en los países de la Unión Europea, cuyos gobiernos han utilizado el discurso del miedo para justificar el incumplimiento de las cuotas de acogida de refugiados que ha establecido la Comisión Europea.

Las peticiones de CEAR

El hecho de que no exista un mecanismo efectivo de sanciones a los países que incumplen las cuotas establecidas por la Comisión Europea ha sido uno de los principales motivos por el que ningún país de la Unión Europea ha cumplido con el 100% de las acogidas obligatorias.

Por esta razón, desde CEAR piden que se impongan sanciones al Gobierno español y al resto de incumplidores para “que no queden impunes”, explica la secretaria general de la organización, Estrella Galán.

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Un grupo de manifestantes pide que España acoja más refugiados. | Foto: Emilio Morenatti/ AP

Además, Galán ha recordado que España cuenta con una ley de asilo que no se está aplicando, así como con una directiva de protección temporal que le permitiría trasladar a personas con necesidades concretas durante un tiempo determinado, por lo que “no hay excusas, España debe seguir con su cumplimiento”, dice Galán.

Desde CEAR también piden a las autoridades que eliminen la discriminación por nacionalidad en el proceso de aceptación de solicitudes de asilo, así como que se deje de discriminar a las personas con vulnerabilidad, especialmente a los menores no acompañados, un grupo a menudo más rechazado por los países europeos debido a que necesitan más recursos que el resto.

El cumplimiento del acuerdo no acaba ahora

La directora de Políticas y Campañas de CEAR, Paloma Favieres, recuerda que, aunque el plazo fue establecido para el 26 de septiembre, el cumplimiento de la cuota de acogida de refugiados no debe finalizar.

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Un grupo de manifestantes protestan contra el acuerdo de la Unión Europea con Turquía. | Foto: Jon Nazca/ Reuters

La Comisión Europea habla de un plazo “razonable” para seguir acogiendo refugiados hasta cumplir con la cuota establecida, explica Favieres, que insiste en que España debe seguir recibiendo a los solicitantes de asilo hasta cumplir con el número fijado a pesar de que se haya cumplido el plazo.

Además, señala que “la carta de Grecia no puede ser la excusa” para dejar de recibir refugiados, sino que todos aquellos que llegaron tras el acuerdo con Turquía también deben ser reubicados, así como los que lleguen hasta el día 26 de septiembre a las costas griegas.

El proceso de acogida en primera persona

Las cifras nos muestran que España se queda muy atrás en lo que respecta a acoger e integrar refugiados, pero son los propios refugiados los que mejor transmiten cómo es el proceso de reubicación a España.

Nedal, un refugiado sirio que llegó a España tras más de dos años de espera, explica que “mucha gente en España no acepta a los refugiados”, por lo que la integración en la sociedad es difícil en algunos casos.

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Un manifestante protesta por los largos procesos que viven los refugiados para entrar en España. | Foto: Francisco Seco/AP

Nedal fue a la universidad en Siria, pero la guerra le impidió llevar una vida normal y tuvo que huir a Líbano, desde donde comenzó el proceso para venir a España. Aquí estudia español, alemán y un curso de Administración y Asistencia a la Dirección.

Todo suena muy bien, pero acabar sus estudios en España tampoco está siendo fácil para Nedal. “No todo el mundo acepta a los refugiados aquí”, explica, motivo por el que le está resultando muy complicado encontrar una empresa donde llevar a cabo las prácticas necesarias para acabar su curso.

También son difíciles otras situaciones cotidianas como la búsqueda de piso. Nedal asegura que en numerosas ocasiones le han denegado el alquiler de un piso por el simple hecho de ser un refugiado árabe. A pesar de todo, asegura que hay mucha gente que le ha ayudado en España y que “claro está, no todos son iguales”.

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