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El caballo de Troya

Óscar Monsalvo

En el Parlamento Europeo se ha ratificado el CETA, el tratado de libre comercio entre Canadá y Europa. En el interior del Parlamento, la Izquierda Unitaria (EH Bildu, Podemos) ha votado lo mismo que la derecha de Le Pen, que para estas cosas parece que ya no es ultra o extrema sino simplemente euroescéptica, por eso de las confluencias indeseadas. No hace mucho, Echenique intentó explicar estas extrañas confluencias aludiendo a los motivos: Trump es contrario al libre comercio porque quiere beneficiar a los ricos, mientras que en Podemos son contrarios al libre comercio porque quieren beneficiar a los pobres. Es lógico.

Lo interesante, más allá de estas contradicciones sistemáticas, ocurría fuera del Parlamento, donde unos activistas disfrazados de payasos protestaban contra el tratado. Pancartas coloridas, pelucas, pintura facial, narices postizas, sombreros, globos y hasta un caballo de Troya adornaban la performance. Un caballo de Troya. Hinchable. Esto es lo habitual desde hace años, en la mayoría de las protestas. Sea por los recortes, por los tratados del Capital o por el especismo, la protesta tiene que ser esencialmente una fiesta en la que se baila, se canta y se juega.

La sensación es que una parte de la política no es ya, si es que alguna vez lo fue, una continuación de la guerra por otros medios. Es una continuación del jardín de infancia por los mismos medios: las pinturas, las cartulinas y las canciones. Tal vez sea una consecuencia de haber convertido también la educación secundaria y hasta el Bachillerato en una continuación de la guardería, aunque no sé hasta qué punto esta interpretación puede ser deformación profesional.

En cualquier caso, se podría decir que este comportamiento no supone un gran peligro. Se podría decir incluso que es una forma distinta de ver la política y la vida, y que no hay por qué esforzarse en entenderla. Cada uno ocupa su tiempo como le parece.

Pero había algo fuera de parlamento que sí era preocupante, porque ocurría precisamente dentro del parlamento. Miguel Urbán, eurodiputado de Podemos, llevaba a cabo una “acción” durante la votación del tratado, que consistió en precintar una parte de la cámara. “De la calle al parlamento, del parlamento a la calle”, decía en un tuit.

Y fuera, vacío, el caballo de Troya.

La izquierda de las naciones

Ricardo Dudda

El PSOE de Pedro Sánchez compró el relato de Podemos e Izquierda Unida de que el partido no es suficientemente de izquierdas, en lugar de controlar el discurso y determinar qué es ser de izquierdas en el siglo XXI. Ser de izquierdas en el siglo XXI casa difícilmente con una declaración del país como plurinacional. España es multicultural y diversa. Tiene diferentes lenguas. Un Estado moderno debería respetar las diferencias y fomentar su reconocimiento sin mencionar naciones históricas ni atavismos.

En el PSOE afirman que su afirmación de la plurinacionalidad no trocea la soberanía, pero crea regiones más privilegiadas que otras: están las naciones y luego las comunidades autónomas. Y las naciones, en tanto naciones, necesitan un trato especial. Y cuando se reconoce simbólicamente una nación el siguiente paso es reconocer su soberanía propia, y para ello necesita convertirse en Estado. Porque el Estado es tangible, al contrario que la nación, inexplicable y mística.

El PSOE y Podemos coinciden en un discurso de una izquierda acomplejada ante los nacionalismos, que solo sabe hablar de República pero no de valores republicanos. Sin embargo, y a pesar del viraje de Sánchez hacia posturas más izquierdistas, hay todavía muchas diferencias: el PSOE sigue siendo el PSOE, y Podemos puede aprovechar (y ya está haciéndolo) para pedir a los socialistas mayor pureza (lo que entienden ellos por pureza). El caso del independentismo es una buena prueba. En Podemos afirman que hay que dejar votar a los catalanes, aunque sea en un referéndum ilegal. En el PSOE denuncian el referéndum ilegal. Entrar en la dinámica de la identidad implica competir en pureza. Si el PSOE y Podemos se plantean un futuro juntos, lo harán desde la lógica identitaria, y en ella juega mucho mejor Podemos.

De fracaso en fracaso...

Ferrán Caballero

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

Que Podemos perdería la moción de censura era tan evidente como que para poder ganar una guerra hay que atreverse a perder alguna batalla (y algunos cuantos miles de hombres). Por eso el éxito de la moción no pasaba por ganar el gobierno sino por seguir asediando a la oposición. No se trataba más que de seguir por la senda de la machacona insistencia en que los de Podemos son la única oposición al gobierno porque son la única oposición al sistema.

Y así, aunque sea imposible ganarse el apoyo de todos para echar al PP, sí es posible ganarlos a todos echándolos hacia el PP. Se trataba de seguir fomentando una visión maniquea de la política en la que vayan quedando los buenos a un lado y los del sistema, corruptos e iguales, al otro.

Y contra esto, la tarea es doble y doblemente urgente: hay que seguir demostrando la pluralidad inherente al sistema y hay que seguir demostrando su superioridad ideológica y moral sobre cualquier alternativa posible.

Por eso me pareció un grave error la ocurrencia de Rivera al decir que lo que más teme de Pablo Iglesias no es su ideología sino su incompetencia. Entre otras cosas, porque cuando se trata de su ideología es imposible distinguir entre el competente y el incompetente. Su ideología se basa precisamente en la sustitución de los tecnicismos de la competencia por la pureza de la voluntad, y no es extraño que elogien sin rubor a gente de tan sutil competencia política como Chávez, Fidel o Maduro o que todo su programa político se resuma en un berrido de niños como Sí, se puede.

Decía Gómez Dávila que todo revolucionario está convencido de que la anterior revolución fracasó porque no la lideró él. Y hace mal Rivera en reforzar este estúpido error cuando sabe bien que el problema no es el líder sino el hecho. Por eso reía Iglesias, porque sabe bien que en su relato la incompetencia es irrelevante y que ese es justo el discurso que ni Rivera ni los partidos del sistema se pueden permitir el lujo de comprar.

Porque el problema es que, ahora y aquí, no hay revolución posible ni deseable. Y que por eso sigue siendo preferible un demócrata incompetente que un revolucionario competente. Precisamente porque este no tiene problema en pasarse la vida de fracaso en fracaso.

Lo insignificante

Aurora Nacarino-Brabo

Todo lo que es exagerado es insignificante. Lo dijo Talleyrand, que fue político y sacerdote: algo así como Pablo Iglesias. Esta máxima se aplica a casi todo en esta vida, y el líder de Podemos debería tomar nota. Lo que comenzó como una moción de censura contra Rajoy terminó por convertirse en una moción de censura contra Iglesias, que no recibía tantas calabazas desde bachillerato, o BUP, o lo que sea que se estudiara antes de los millennials.

A Podemos no se le da bien el trabajo parlamentario, así que pensó que una moción de censura era la estrategia perfecta para recuperar el centro mediático y retornar al clima electoral de polarización en el que mejor se desenvuelve. El momento era propicio, pues pillaría al PSOE a contrapié, inmerso en un proceso de renovación doloroso como un parto.

Parecía la jugada perfecta para acometer el penúltimo asalto a Ferraz, que es de lo que va todo lo que hace Podemos. Pero Iglesias se precipitó, dejando a los socialistas una salida franca: así no se hacen las cosas y votaremos abstención. Podemos se dio de bruces contra Ábalos, un secundario apaciguado y con el traje bien planchado, que evocaba un socialismo institucional y con tablas, y frente al que Iglesias lucía como un amateur exaltado.

Con todo, el principal beneficiario de este deceso simulado es Mariano Rajoy. El presidente no quiso delegar y subió a la tribuna a interpretar el papel en el que más brilla. Frente a las embestidas hiperbólicas de Iglesias, Rajoy parece un señor normal, que es una ambición secreta y húmeda que le queda muy lejos de la mano: Luis, sé fuerte.  El censurable iba tan sobrado que no dudó en proporcionar al censor la razón de sus fracasos: “El exceso es el veneno de la razón”, dijo con Quevedo, concediendo, de paso, que el discurso de Iglesias erraba en las formas pero no el en fondo.

Después, Iglesias trató con displicencia de semiculto a todo el fue pasando por el atril. Se prodigó en pedanterías, que es una afección muy disculpable en la adolescencia pero crecientemente ridícula e irritante conforme uno se aproxima a los 40, y no se ahorró el mal gusto de andar corrigiendo a los oradores. Sus señorías, que son más educadas, no le habían hecho notar que llevaba toda la moción llamando Dustis al ministro Alfonso Dastis.

Cerró el debate Rafa Hernando, que por alguna razón subió a la tribuna sin una copa de Soberano y sin palillo entre los dientes. Entonces Iglesias se puso tierno y digno porque suyo es el monopolio legítimo de la testosterona y la chulería. Hernando mintió con la generosidad que acostumbra, con los pulgares asidos al cinturón, y se volvió a su escaño con la cabeza alta, dejando a su paso un reguero de huesos de aceituna y cabezas de gamba.

Se apoderó del Congreso una sensación de acabamiento y una galbana como de viernes. Por los pasillos, silencio, y solo algún rumor: Montero fue mejor.

Niños de San Ildefonso

José Antonio Montano

Foto: Ballesteros
EFE

El de ayer era un martes 13 con la mala suerte programada. Pese a su fama, en esa fecha no suele cumplirse la superstición. Pero si ponen una moción de censura, el martes 13 será aciago por necesidad. En nuestro parlamento de castelares (¡atención, ironía!) un debate extra, sacado de la manga y con la canícula, solo podía traducirse en una brasa decretada. Era un día echado por alto antes de que naciera.

Y se cumplió. ¡Maldita fue nuestra estampa! Cuando el debate no llevaba ni veinte minutos, con Irene Montero en el uso (y el manoseo) de la palabra, el periodista Brais Cedeira comentó que su tono repetitivo era como el soniquete de la lotería. Y ahí estuvo la clave, no solo de la intervención de Irene Montero, sino también de la de Pablo Iglesias; e incluso, por contagio, de la de Mariano Rajoy. Son los únicos a los que he visto en el momento de escribir esta nota (bien entrada la tarde: ¡ha sido larguísimo!).

Iglesias y Montero eran como niños (¡y niñas!) de San Ildefonso. Pero su matraca monocorde carecía del aliciente de la del sorteo de Navidad: no había esperanza de que en algún momento se interrumpiese con el estallido del Gordo; ni siquiera con el del segundo o tercer premio. Era una gota malaya sin posibilidad de pedrea. El rosario de los horrores del PP rezados como el rosario.

Y por su parte Rajoy, comodísimo, con el rosario de las virtudes del PP. Aunque estas eran secundarias al lado del rosario de las virtudes de nuestra democracia constitucional, que también rezaba. Y que inevitablemente tenía que encarnar Rajoy frente a Iglesias, aplaudido desde sus escaños por Rufián, Tardà y los proetarras de Bildu. Por más amigos que Rajoy tuviera en la cárcel (como con gracia señaló Iglesias).

Pero lo mejor (melancólico, como todo lo bueno) es lo que tuiteó Perplejo sin Guía, de envidiable nick: “Poder hacer esos discursos. Eso es lo que le gusta a Mariano de Podemos. Que se los hiciesen a él es lo que detestaba de UPyD”. Y aquí me paro.

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