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El caballo de Troya

Óscar Monsalvo

En el Parlamento Europeo se ha ratificado el CETA, el tratado de libre comercio entre Canadá y Europa. En el interior del Parlamento, la Izquierda Unitaria (EH Bildu, Podemos) ha votado lo mismo que la derecha de Le Pen, que para estas cosas parece que ya no es ultra o extrema sino simplemente euroescéptica, por eso de las confluencias indeseadas. No hace mucho, Echenique intentó explicar estas extrañas confluencias aludiendo a los motivos: Trump es contrario al libre comercio porque quiere beneficiar a los ricos, mientras que en Podemos son contrarios al libre comercio porque quieren beneficiar a los pobres. Es lógico.

Lo interesante, más allá de estas contradicciones sistemáticas, ocurría fuera del Parlamento, donde unos activistas disfrazados de payasos protestaban contra el tratado. Pancartas coloridas, pelucas, pintura facial, narices postizas, sombreros, globos y hasta un caballo de Troya adornaban la performance. Un caballo de Troya. Hinchable. Esto es lo habitual desde hace años, en la mayoría de las protestas. Sea por los recortes, por los tratados del Capital o por el especismo, la protesta tiene que ser esencialmente una fiesta en la que se baila, se canta y se juega.

La sensación es que una parte de la política no es ya, si es que alguna vez lo fue, una continuación de la guerra por otros medios. Es una continuación del jardín de infancia por los mismos medios: las pinturas, las cartulinas y las canciones. Tal vez sea una consecuencia de haber convertido también la educación secundaria y hasta el Bachillerato en una continuación de la guardería, aunque no sé hasta qué punto esta interpretación puede ser deformación profesional.

En cualquier caso, se podría decir que este comportamiento no supone un gran peligro. Se podría decir incluso que es una forma distinta de ver la política y la vida, y que no hay por qué esforzarse en entenderla. Cada uno ocupa su tiempo como le parece.

Pero había algo fuera de parlamento que sí era preocupante, porque ocurría precisamente dentro del parlamento. Miguel Urbán, eurodiputado de Podemos, llevaba a cabo una “acción” durante la votación del tratado, que consistió en precintar una parte de la cámara. “De la calle al parlamento, del parlamento a la calle”, decía en un tuit.

Y fuera, vacío, el caballo de Troya.

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Me llena de odio -y de satisfacción-

Gonzalo Gragera

Foto: Sipi
EFE

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo incorrecto equivocado Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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Machotas

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Podemos
Twitter

Desde muy pequeña, mi hermana mostró una gran talento creativo para el lenguaje. Acuñó el término “asmia”, para referirse a esa sensación de agobio que las personas experimentamos, por ejemplo, cuando alguien se sienta encima de nuestras piernas, o cuando jugábamos a abalanzarnos sobre nuestros amigos, en el patio del colegio, sepultándolos bajo una montaña de niños. A esa impresión claustrofóbica que tiene que ver con el atrapamiento, Marina la llamó asmia. Hoy es una palabra de uso corriente en mi familia.

También encontró nuevas y evocadoras acepciones para conceptos conocidos. Por ejemplo, bautizó como “pelusas” a quienes no tienen personalidad y se limitan a dejarse llevar por la corriente. Como pelusas. Y asignó la categoría de “medusas” a aquellos que, en la piscina, nadaban despacio y mal, entorpeciendo a los otros. Todos en casa hemos sido nadadores y padecido a los medusas.

También fue más allá de los confines machistas del lenguaje con la candidez de una niña. Debió de suceder más o menos así: algún adulto se refirió a mis hermanos Mario o Álex como un “machote”, probablemente después de haber demostrado alguna hazaña: un logro deportivo, comerse todo el puré, terminar los deberes, vete a saber.

El caso es que Marina captó perfectamente que ser un machote era algo bueno, asociado a atributos como el valor, la superación o la fortaleza. Lo que no sabía es que el término se reservaba para los hombres. Así que comenzó a usarla indistintamente en masculino y en femenino, y todos sus hermanos lo hicimos con ella. Marina también era una machota. Mamá era una machota. Yo era una machota.

Hay quienes, con menor tino que mi hermana, quieren apostar hoy por la creatividad en el lenguaje. Por ejemplo, se han propuesto hablar de “miembras” o “jóvenas” y redoblar la feminidad de algunas palabras: si la “voz” ya es una voz femenina, siempre se le puede añadir una “a” para que quede más claro su linaje. Así habrá portavoces y “portavozas”. Tendría sentido combatir la grafía tradicional de estos términos si, como aquellos valores que definen al machote, estuvieran vedados a las mujeres.

No es el caso. Las mujeres podemos ser portavoces, miembros o jóvenes, incluso podemos ser esas tres cosas a la vez sin necesidad de herir ningún diccionario. Soy muy feminista, pero no voy a dejarme arrastrar, como pelusa, por el discurso del disparate. Hay un feminismo que no quiere liberar, sino asfixiar. De mi hermana pequeña aprendí una lección con la que he tratado de conducirme en la vida: frente a ese feminismo que provoca asmia, seremos libres, valientes, fuertes y osadas. Seremos machotas.

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'Irena Montera' y otros políticos que patearon el diccionario

Redacción TO

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

La portavoz de Podemos en el Congreso de los Diputados, Irene Montero, se suma a la lista de políticos que han desafiado –más involuntaria que voluntariamente– las normas fundamentales del castellano. Esta vez, Irena Montera –como la han bautizado en Twitter– lo hizo aludiendo a las “portavozas” de los otros grupos parlamentarios, y las redes sociales no han perdido la ocasión de recordárselo.

La cuestión se ha convertido casi en una causa de Estado e incluso la RAE ha intervenido para aclarar que la palabra “protavoz” es “común en cuanto al género”, por lo que se usa la misma forma tanto para el masculino como para el femenino.

Con todo, no es la única que ha pasado por este trance. Antes que ella fueron otros políticos, como los socialistas Pedro Sánchez, Bibiana Aído y Soraya Rodríguez o el popular Cristóbal Montoro, quienes protagonizaron algunas de las patadas al diccionario más notorias.

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Ramón González Férriz: “Soy partidario de una política aburrida; no es en ella donde debemos encontrar la realización de nuestros sueños”

Borja Bauzá

Ramón González Férriz (Granollers, 1977) es columnista de El Confidencial y socio de una consultoría llamada Quantio, donde realiza análisis de la situación política para que compañías e inversores puedan tomar sus decisiones a sabiendas. Fue durante varios años el responsable de la edición española de Letras Libres y director del semanario Ahora. También escribió un libro, La revolución divertida (Debate), en 2012. Jonathan Blitzer habló con él para un artículo sobre la llamada Ley Mordaza que apareció en la revista The New Yorker y para otro artículo, esta vez publicado en The New York Times, sobre el Partido X.

La semana pasada, y aprovechando que dentro de tres meses celebramos el 50 cumpleaños de Mayo del 68, salió a la calle su segundo libro: 1968. El nacimiento de un mundo nuevo (Debate). En este ensayo González Férriz habla de lo que sucedió aquella primavera en los campus universitarios de Nanterre y La Sorbona, pero también de lo ocurrido en países como Checoslovaquia, Italia, Alemania, Japón, México o Estados Unidos. Todos esos lugares vivieron protestas y todas esas protestas tenían un denominador común: la lucha contra el orden establecido. Martin Luther King, que por cierto fue asesinado en 1968, Pier Paolo Pasolini, el aperturista checoslovaco Alexander Dubček y Jean-Paul Sartre, entre otros, desfilan por sus páginas.

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1968. EL NACIMIENTO DE UN MUNDO NUEVO. | FOTO: THE OBJECTIVE.

Los 60 son años prósperos en buena parte del mundo occidental. Sin embargo, hacia el final de la década, y concretamente en 1968, surge una oleada de protestas en lugares como Francia, Alemania o Estados Unidos. ¿Qué sucede?

Dentro del contexto de la Guerra Fría, que es inestable de por sí, los 60 son años de gran prosperidad. Eso es verdad. Mucha gente de clase trabajadora entra en la clase media gracias a su nivel de ingresos y por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial cunde el optimismo. Lo que sucede es que algunos jóvenes, y ojo que tampoco eran tantos, creen que ese mundo es profundamente aburrido y que el relato triunfalista según el cual después de la Segunda Guerra Mundial se han construido democracias y países estables e inclusivos es mentira. Estos jóvenes creen que sus países están dominados por un fascismo disfrazado, un fascismo que pone de manifiesto la Guerra de Vietnam. Para ellos lo que pasa en Vietnam es la prueba definitiva de que las democracias occidentales siguen siendo imperialistas. Por resumir: se rebelan contra lo que ven como una continuidad del mundo antiguo.

En tu libro también hablas de México y de Checoslovaquia. Incluso hablas de Japón, un país muy distinto al resto en términos culturales. Por lo tanto, estamos ante un fenómeno global. ¿Qué tienen todos estos países en común?

Eso es lo curioso de 1968. En regímenes muy distintos –una dictadura comunista como la checoslovaca, una dictadura nacionalcatólica como la española, un país como Japón en donde las leyes han sido medio impuestas por Estados Unidos, una democracia discutible como la mexicana– suceden cosas muy parecidas. ¿Por qué? Pues porque en todos esos lugares se dan los mismos fenómenos: la migración del campo a la ciudad, el ya mencionado crecimiento de las clases medias, la tecnificación de la vida con la llegada de los electrodomésticos o la cultura pop. El rock, por ejemplo, emerge en todas partes y en la Unión Soviética se convierte en un fenómeno de masas. Sociológicamente todos estos países están registrando los mismos cambios.

Hay otra cosa que también tienen en común países tan diferentes como Francia y Checoslovaquia y que tú señalas varias veces en el libro: el escepticismo, cuando no desprecio, de los partidos comunistas tradicionales hacia estas protestas que, sin embargo, también son anticapitalistas.

Así es. Lo que sucede es que en 1968 ya se conocen los horrores del estalinismo, incluso dentro del propio bloque soviético. Por eso en lugares como Francia o Italia los partidos comunistas empiezan a darse cuenta de que la dictadura del proletariado quizá no sea tan buena idea. Empiezan a asumir un comunismo mucho más reformista que revolucionario, un comunismo cuyo objetivo es mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, no propiciar una revolución que persiga la dictadura del proletariado. De modo que no es de extrañar que en Francia e Italia se opongan a las ínfulas revolucionarias de los jóvenes universitarios. Los comunistas consideran, como manifestó Pier Paolo Pasolini, que los universitarios son chavales de clase media que no tienen ni idea de los problemas reales de los trabajadores. Por otro lado, los partidos comunistas, a estas alturas, ya se relacionan con el Estado de forma pragmática. Han encontrado una manera de negociar con la patronal y con el gobierno, y las condiciones de los obreros están mejorando. Es un sistema que funciona. De modo que el ensoñamiento revolucionario estudiantil de acabar con el capitalismo y con instituciones conservadoras que también forman parte de la identidad obrera, como por ejemplo la familia, les parece una ensoñación ridícula.

Es decir, que en el 68 nos encontramos con el comunista clásico asumiendo el capitalismo mientras el burgués busca la forma de hacer la revolución…

Es una manera de decirlo, sí. Lo que pasa es que esa ecuación se remonta hasta los primeros revolucionarios socialistas. Marx, Engels y Lenin, por citar la trilogía sagrada, son burgueses, no trabajadores. Las vanguardias revolucionarias siempre han tenido un origen burgués.

Antes has mencionado a Pasolini, que era un intelectual muy heterodoxo…

Sí, sí. Pasolini es una rareza absoluta.

¿No era entonces representativo de una suerte de intelectual que se encontraba a medio camino entre el comunista tradicional y el revolucionario de universidad?

No, para nada. Pasolini es un caso muy extraño. Además, es un hombre fascinante. Hijo de un militar fascista de la época de Mussolini, primero atraviesa una etapa de fervor católico, luego otra de fervor regionalista para, finalmente, abrazar un comunismo muy extraño. Pasolini es interesante por su singularidad, pero no es representativo.

Nada que ver con la intelectualidad francesa, entonces.

Nada que ver. Sartre, por ejemplo, es un comunista tradicional que en un momento dado entiende que el comunismo tradicional ya no tiene sentido y por tanto acusa al Partido Comunista Francés de hacer lo que él llama seguidismo. Sartre cree que los estudiantes son la nueva vanguardia y aporta, junto con otros pensadores del momento, un legado intelectual muy fuerte al 68. Mira, los orígenes del movimiento estudiantil proceden de la intelectualidad de izquierdas que centra sus críticas en el mundo material y capitalista en que se ha convertido Occidente. Unas críticas que ya se hacían en la Revolución Industrial con gente que señalaba que el mundo moderno iba por el mal camino y que decía que la mecanización y la industrialización de la vida era un error. Esa teoría pasa por la Escuela de Frankfurt y se convierte en la gran influencia intelectual del 68. Es un pensamiento que asume que la modernidad se ha equivocado y que el sueño ilustrado debería haber tomado otro camino. Que el capitalismo burocrático, financiero, jerárquico, disciplinado y en cierto sentido militarizado (“todo el mundo tiene su función en la sociedad”) ha sido un error. De modo que hablamos de una izquierda intelectual un poco distinta a la que asociamos con la tradición netamente obrerista, y que además se opone, también, al mundo soviético.

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FRAGMENTO DE UNA DE LAS CANCIONES DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL, QUE FUE UNA ESPECIE DE HIMNO DE COMBATE: “LA VIOLENCIA” | FOTO: THE OBJECTIVE.

Es decir, que los estudiantes del 68 creen que les están vendiendo una moto.

Claro. En realidad el 68 se resume en eso: unos jóvenes que no creen a sus padres cuando éstos les aseguran que todo va bien. El propio Herbert Marcuse, por citar otro ejemplo, reconoce que el mundo occidental se ha convertido en los años 60 en un lugar muy próspero, un lugar en el que muchos jóvenes tienen acceso a cosas con las que sus padres, que eran campesinos o gente de clase baja en general, no podrían ni haber soñado a su edad. Y sin embargo Marcuse, reconociendo que esa prosperidad es real, se rebela. Dice que no, que las cosas no van bien. Que, en realidad, todo va mal.

Muchas personas entienden el 68 como una pataleta adolescente, como una revolución contra el tedio. Pero el poso que ha dejado dura hasta nuestros días…

Es verdad que existía ese punto de frivolidad, de hedonismo. Pero, al mismo tiempo, he intentado tomarme el fenómeno en serio porque la crítica que realiza al capitalismo es pertinente. Se esté o no de acuerdo con ella. Como decíamos antes, el 68 no trae nada nuevo, pero sí extiende y da visibilidad a la idea que defiende la singularidad del individuo frente al estado burocrático e impersonal. Es una idea que la izquierda actual ha comprado. También, por cierto, un sector de la derecha más liberal.

Es cierto. El 68 introduce en el debate público temas como el ecologismo o el feminismo, temas que también ha comprado una parte de la derecha.

Las manifestaciones del 68 son de izquierda dura. Esto es así. Pero, al mismo tiempo, son profundamente individualistas. Esto en los términos actuales puede parecer paradójico, pero en ese momento tenía todo el sentido del mundo. Las democracias de entonces eran mucho más rígidas que ahora; los códigos morales, los códigos sexuales, etcétera. Todo era mucho más estricto que ahora. Una parte del 68 lo que viene a reivindicar es la libertad del individuo frente al Estado. Muchos sesentayochistas se preguntaban por qué el Estado debía meterse en sus vidas sexuales, por ejemplo. Y les hubiese dado rabia pensar que aquello es lo que da lugar al liberalismo posterior; un liberalismo que entiende que las personas no deben someterse al Estado porque eso puede llevar hacia el autoritarismo. Pero así es. Y, en ese sentido, el 68 es como una gran paradoja. Como siempre en la vida, las únicas consecuencias que acaban sucediendo son las que no te esperas. El 68 empieza siendo maoísta-trotskista y acaba alimentando el pensamiento liberal.

Esa deriva ya la intuían algunos líderes sesentayochistas que, por eso, terminan abrazando la vía del terrorismo.

No tengo ninguna simpatía por los grupos terroristas revolucionarios, pero hay un hecho que algunos líderes del 68 entienden: con pacifismo no haces revoluciones. Y ese es, precisamente, uno de los grandes temas de discusión del momento. Hasta qué punto se puede hacer una revolución sin coger las armas. Los propios acontecimientos, además, refuerzan la posición de la gente que se decanta por el terrorismo. En 1968 Martin Luther King llevaba más de una década diciendo que la liberación de los negros en Estados Unidos no podía ser violenta. ¿Y qué pasó? Pues que le pegan un tiro. Ante lo cual los Panteras Negras, que ya habían optado por la violencia, sienten que su tesis, basada en la acción directa, es la correcta. A partir del 68 surgen varios grupos terroristas como los Weatherman en Estados Unidos, la Fracción del Ejército Rojo en Alemania y, un poco más tarde, las Brigadas Rojas en Italia. Incluso en Japón surge un Ejército Rojo que, por cierto, termina atentando en Tel Aviv porque al ser japoneses podían operar en Israel sin levantar sospechas. Incluso ETA, que ya llevaba años operativa, empieza a matar en el 68. Así que es cierto: en el 68 una pequeña minoría –porque es una pequeña minoría– se da cuenta de que con pacifismo no haces revoluciones.

Una minoría que eclipsa otros movimientos como, por ejemplo, el italiano Autonomía Obrera; movimientos que intentan continuar con la lucha anticapitalista sin violencia.

En realidad el 68, y así he querido reflejarlo en el libro, es el epílogo de un tiempo feliz y también el prólogo de un tiempo muy oscuro: los años 70. Claro que en los 70 pasan cosas interesantes. La Transición Española, sin ir más lejos. Pero es una década tremenda. La crisis del petróleo, que es durísima para las economías occidentales. El auge del gran terrorismo internacional, con personajes como Carlos El Chacal. Etcétera. En consecuencia, muchas de las cosas que habían surgido en el 68 vuelven a convertirse en algo subterráneo.

¿En qué se parece el 2018 a 1968?

Hace diez años, antes de la crisis financiera, te habría contestado que el legado del 68 era un legado intelectual, académico y activista, pero sin atractivo para las grandes masas. Hoy, sin embargo, creo que las preguntas que se hacían los sesentayochistas siguen vigentes. Últimamente nos preguntamos mucho sobre feminismo, y no es una discusión muy distinta a la que se tuvo entonces. El 68 fue un movimiento machista en cuyo seno muchas mujeres se preguntaron si una revolución era posible siendo los grupos revolucionarios tan machistas como eran. Esta pregunta llega hasta el 2018 en forma de Hollywood, que es el epítome del progresismo liberal. Hoy observamos cómo este gran defensor del Partido Demócrata y de las causas progresistas e izquierdistas es, en realidad, algo profundamente machista. Otro ejemplo: el exceso de tecnología. Algunos en el 68 ya se preguntaban para qué había llegado la tecnología, si para liberarnos o para esclavizarnos. Es una pregunta que también nos hacemos hoy. Por tanto, sí, hay una continuidad clara en las críticas al orden social y no hace falta ser un tipo de extrema izquierda para comprenderlas.

Leyendo el libro no he podido evitar asociar el 68 al movimiento de los indignados. Hay un paralelismo entre la evolución de los indignados, que han pasado de las plazas al Congreso de los Diputados, y la evolución de los sesentayochistas que luego se metieron en política. Algo que, por cierto, algunos en la izquierda ven como una traición.

Los relatos que hacen que la historia encaje a la perfección siempre son sospechosos, pero tomando prestadas algunas licencias podríamos decir que el 68 es la revuelta de las nuevas clases medias mientras que el 15-M es la revuelta de aquellos que han sido expulsados de las clases medias. De todos modos, la institucionalización que se produjo después del 68 –esos sesentayochistas que más tarde fundaron o entraron en partidos políticos– fue lenta. El movimiento estudiantil alemán tarda casi una década en crear el Partido Verde, por ejemplo. En los últimos años el proceso de institucionalización ha sido mucho más rápido. El caso de Podemos es paradigmático; tarda muy poco tiempo en llegar hasta el Congreso. Y como bien dices hay una parte de la izquierda que esto lo ve como una traición, pero esa izquierda se equivoca. Hay que institucionalizar los movimientos sociales para que peleen desde la democracia. Y más allá de las simpatías que uno pueda sentir hacia Podemos, creo que habla bien de la democracia española que ante un problema económico, social y político surja un partido nuevo que consiga entrar en las instituciones. El 68 lo que demuestra es que, por mucho fervor que tengas en las calles, no puedes cambiar las cosas si no te metes dentro de las instituciones.

Ramón González Férriz: “Soy partidario de una política aburrida; no es en ella donde debemos encontrar la realización de nuestros sueños” 3
Ramón González Ferriz entrevistado por Borja Bauzá | Foto: The Objective

¿Crees que sería exagerado trazar un paralelismo entre el sesentayochista y el votante medio de Trump? Muchos de ellos dicen haberle votado para acabar con unas élites que consideran podridas.

Es cierto que el desdén por las élites, que existe desde tiempo inmemorial, está muy presente en las protestas del 68. Los estudiantes franceses que salen a la calle sueñan con cambiar la sociedad, pero si no consiguen llevar a cabo la revolución qué menos que joder a De Gaulle. Se conforman con eso. Después de la crisis financiera se ha registrado un auge de posturas anti-elitistas, y es comprensible. Esas élites tecnocráticas que, en teoría, saben tan bien lo que hacen y controlan tan bien el funcionamiento de las cosas metieron la pata de una manera extraordinaria en los años que desembocaron en la crisis del 2008. De modo que ese anti-elitismo, que forma parte de la naturaleza humana y que en parte es comprensible, creo que sí tiene algunas conexiones con el anti-elitismo y la anti-tecnocracia del 68. Pero con las élites pasa una cosa, ojo: igual han metido mucho la pata, vale, pero es que la alternativa puede ser peor. Si nos deshacemos del lado tecnocrático de la democracia y vamos a una representatividad absoluta, si eliminamos la intermediación entre los deseos populares y la resolución técnica de esos deseos, igual nos metemos en un lío mayor del que tenemos.

Se suele decir que el descontento con esas élites tecnocráticas se transforma, hoy, en votos para la extrema derecha, y que eso se debe a la ausencia de una izquierda verdaderamente comprometida con los problemas de la sociedad. ¿Estás de acuerdo?

Ese es un debate que existe actualmente en Estados Unidos y que parece girar en torno a la figura del filósofo Mark Lilla. Lilla dice que por supuesto que está a favor de los derechos de la comunidad LGBT, pero también dice que colocar eso en el centro del debate es una forma de alienar a mucha gente que no cree que esa lucha, por legítima que sea, merece ser la principal causa de la izquierda. No sé muy bien qué pienso al respecto, todavía tengo mis dudas. Sucede que la izquierda socialdemócrata ha representado, históricamente, a una clase social muy vinculada a la industria. Hoy, sin embargo, debe reinventarse en países donde un inmenso porcentaje de la población ha cambiado la industria por el sector servicios. ¿Cómo haces socialdemocracia sin obreros? La izquierda se ve en la tesitura de tener que preocuparse más por los precarios que por los miembros de los sindicatos. Así que debemos ser críticos con la izquierda, sí, pero también entender el panorama al que se enfrenta.

Otro problema de la izquierda estadounidense quizá sea comparar a Mark Lilla con líderes del Ku Klux Klan por decir lo que ha dicho…

¿Quién debe ser la izquierda? ¿Quién defienda a los obreros? ¿Quién defienda a los homosexuales? ¿Quién defienda a los hípsters? Una posible respuesta sería que la izquierda debería defender a todos. No es imposible. Ya se ha hecho; el laborismo británico o el PSOE de los años 80 lo consiguió. La izquierda sabe forjar coaliciones. Lo que pasa es que ahora es más difícil. Por ejemplo: entiendo determinadas reivindicaciones feministas que tienen mucho valor y que seguramente son acertadas, pero también entiendo que mucha gente de clase obrera argumente que esas reivindicaciones no le conciernen al proceder de chicas burguesas universitarias de ingresos altos. Es un dilema fuerte, un dilema que el 68 recrudece y que llega hasta nuestros días.

Te quería preguntar por el rol de la televisión en las protestas del 68.

Aunque la propaganda ha existido siempre, es verdad que la televisión supone una vuelta de tuerca más en la espectacularización de la política. Y los jóvenes del 68 lo comprenden al instante. Los yippies son un claro ejemplo. Este grupo, que buscaba llenar de significado político el movimiento hippie, entiende que el contenido no importa, que lo que importa son las imágenes.

Que lo que importa es el espectáculo, el entretenimiento.

Exacto. Uno de ellos dice que para saber si algo es bueno en términos televisivos lo que hay que hacer es quitarle el volumen al aparato. Lo entienden muy bien y, sobre todo, lo entienden mucho mejor que toda una generación de políticos viejos a quienes se les escapa el poder de la televisión. Por ejemplo: ese verano se estaba celebrando en Chicago la convención para elegir al candidato del Partido Demócrata a las elecciones de Estados Unidos. ¿Qué hicieron los yippies? Pues mientras los políticos del Partido Demócrata estaban reunidos en el centro de convenciones votando al candidato, ellos se reunieron en la calle para celebrar su propia votación. Nombraron candidato a un cerdo. Tras el nombramiento soltaron al cerdo por la calle y la policía, claro, se puso a perseguir al cerdo. El espectáculo, grotesco, está servido: un grupo de policías de mediana edad persiguiendo a un cerdo por un parque de Chicago.

Policías a quienes, además, los yippies solían llamar cerdos.

Efectivamente. Y unos policías que además, y como decía Pasolini en Italia, representaban mucho mejor a la clase trabajadora que los universitarios que habían soltado el cerdo. ¿Pero qué hizo la televisión? Pues acudir a la carrera. Aquello era un espectáculo extraordinario. Eso en el 68 se repite una y otra vez. Además, los gobernantes del 68 son, en su mayoría, viejos. De Gaulle, por ejemplo. Nace en 1890. ¡Es alguien que tiene 25 años durante la Primera Guerra Mundial! Esta clase de líderes no entiende lo que sucede en el 68; pero no porque sean viejos reaccionarios sino porque son sencillamente viejos. No entienden la mecánica de la televisión. Para De Gaulle la televisión es salir en un despacho del Elíseo dirigiéndose a la nación. Algo totalmente vertical, jerárquico. Los revolucionarios del 68, sin embargo, entendieron que la televisión lo que busca es espectáculo y que la violencia –de baja intensidad: cócteles molotov, pequeños incendios– gusta. Entendieron que a la televisión le encanta la provocación y ellos, que eran jóvenes y guapos, estaban dispuestos a cumplir. Los sesentayochistas ya entienden cómo funciona esa dinámica comunicativa que llega hasta nuestros días. De hecho, mucha de la televisión que se hace en la actualidad hereda las tácticas provocativas del 68.

Trump llega hasta la Casa Blanca porque es un espectáculo andante, entre otras cosas.

Trump comprende perfectamente que la sociedad contemporánea es una proyección de lo que aparece en la televisión. Podemos frivolizar a Trump todo lo que queramos. Puede parecernos un líder nefasto y tonto al mismo tiempo. Sin embargo, la comprensión de Trump sobre cómo se mueven las sociedades, sobre qué hace que las sociedades tiren para un lado o para otro, es absolutamente extraordinaria. Así que cuidado con la comprensión de las sociedades que tienen los intelectuales de izquierdas, porque luego llega un señor que nos parece completamente grotesco y resulta que entiende mucho mejor que ellos cómo funcionan los seres humanos y la democracia.

Lo que entienden tanto los jóvenes del 68 como Trump es que compensa sustituir la sustancia por el espectáculo. Y yo me pregunto, y también te pregunto a ti, ¿eso no es un fracaso? ¿No hay cosas que deben ser aburridas?

Estoy absolutamente de acuerdo contigo. Una de las cosas más interesantes del 68 es que ninguno de los revolucionarios de entonces tenía un plan económico. En el 68 no importaban ni el programa ni el desarrollo de las ideas, sino el eslogan, el espectáculo y la atracción de lo inmediato. A los tecnócratas cada vez les cuesta más decir que la política tiene un elemento aburrido, un elemento de planificación y de legalismo, que no es excitante ni sexy pero sin el cual la política se convierte en un juego peligroso. Entiendo a quienes se quejan del exceso de tecnicismos, pero al mismo tiempo creo que, del 68 en adelante, se produce una reducción de la política al eslogan. Para algunos la política es un elemento redentor; algo que da sentido a su vida. No obstante, si convertimos la política en eso vamos por el mal camino. Soy partidario de una política aburrida. Debemos asumir que no es en la política donde debemos encontrar la realización de nuestros sueños. No asumir el elemento burocrático, tecnocrático, negociador, legalista y de separación de poderes es muy peligroso. Lo hemos visto con Cataluña, con el Brexit, con Trump. Cuidado con hacer la política demasiado interesante; luego pueden venir los problemas.

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