El Subjetivo
El caballo de Troya
VINCENT KESSLER / REUTERS
16.02.2017 En el Parlamento Europeo se ha ratificado el CETA, el tratado de libre comercio entre Canadá y Europa. En el interior del Parlamento, la Izquierda Unitaria (EH Bildu, Podemos) ha votado lo mismo que la derecha de Le Pen, que para estas cosas parece que ya no es ultra o extrema sino simplemente euroescéptica, por eso de las confluencias indeseadas. No hace mucho, Echenique intentó explicar estas extrañas confluencias aludiendo a los motivos: Trump es contrario al libre comercio porque quiere beneficiar a los ricos, mientras que en Podemos son contrarios al libre comercio porque quieren beneficiar a los pobres. Es lógico.

Lo interesante, más allá de estas contradicciones sistemáticas, ocurría fuera del Parlamento, donde unos activistas disfrazados de payasos protestaban contra el tratado. Pancartas coloridas, pelucas, pintura facial, narices postizas, sombreros, globos y hasta un caballo de Troya adornaban la performance. Un caballo de Troya. Hinchable. Esto es lo habitual desde hace años, en la mayoría de las protestas. Sea por los recortes, por los tratados del Capital o por el especismo, la protesta tiene que ser esencialmente una fiesta en la que se baila, se canta y se juega.

La sensación es que una parte de la política no es ya, si es que alguna vez lo fue, una continuación de la guerra por otros medios. Es una continuación del jardín de infancia por los mismos medios: las pinturas, las cartulinas y las canciones. Tal vez sea una consecuencia de haber convertido también la educación secundaria y hasta el Bachillerato en una continuación de la guardería, aunque no sé hasta qué punto esta interpretación puede ser deformación profesional.

En cualquier caso, se podría decir que este comportamiento no supone un gran peligro. Se podría decir incluso que es una forma distinta de ver la política y la vida, y que no hay por qué esforzarse en entenderla. Cada uno ocupa su tiempo como le parece.

Pero había algo fuera de parlamento que sí era preocupante, porque ocurría precisamente dentro del parlamento. Miguel Urbán, eurodiputado de Podemos, llevaba a cabo una “acción” durante la votación del tratado, que consistió en precintar una parte de la cámara. “De la calle al parlamento, del parlamento a la calle”, decía en un tuit.

Y fuera, vacío, el caballo de Troya.