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Fiebre lectora

Pablo Mediavilla Costa

Hace un par de meses volví a leer. Fue “Patria” de Fernando Aramburu y me gustó mucho. Luego empecé a frecuentar librerías, robar ejemplares en casas de amigos y recuperar otros que había prestado. En ese montón estaba, decían, lo más prometedor de la literatura española actual. En una de esas obras, se incurría en dos errores de bulto en las primeras páginas. No diré el nombre. Lo que en la cinco era, pongamos, un triciclo, en la siete era una canoa. Es bien sabido que solo la realidad se puede permitir algo así, nunca una novela.

La fiebre pasó. Volví a la pantalla y las horas perdidas en Twitter. Sería fácil decir que la culpa es mía y de esta era de distracción digital. Todo para obviar el elefante en la habitación, para no señalar lo evidente: que lo que ya no es necesario es escribir. ¿Cómo escribir los días después de Montaigne? ¿Un viaje en autobús después de Pla? Uno lee ya todo con una pereza preventiva, un mecanismo de defensa ante la metáfora absurda e inevitable que te van a calzar, superar la primera línea es toda una hazaña.

Sé que es un deseo imposible, pero querría un “Llámenme Ismael”, una descripción bajo cero de Dashiell Hammett, esas frases de resonancias bíblicas que parecen esculpidas en mármol porque sólo pueden ser dichas así y no de otra forma. Un buen libro, un gran relato, cualquier artefacto literario realmente meritorio renace con cada lectura. Es inmortal, es una roca. Un puñado de palabras escritas sin fuste, sin apenas un rayo de inteligencia, una mala copia nace muerta. Ahora todo es repetir, decir peor lo ya dicho. La prueba de esta tesis apresurada es esta misma columnita hueca, liviana y olvidable.

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Piolín se convierte en un aliado independentista sin quererlo

Redacción TO

Foto: RRSS

El viernes pasado reportábamos la llegada a Barcelona de un barco decorado con la imagen Piolín, el Coyote y el pato Lucas, para alojar a los policías destinados en Cataluña el próximo 1 de octubre, fecha en la que el Govern pretende organizar el referéndum que ha sido declarado ilegal por el Tribunal Constitucional. Bien, pues la redes, que rieron con este hecho, ahora vuelven a la sorna con otra noticia: el Moby Dada, el barco atracado en el puerto barcelonés, se ha quedado sin Piolín. Las autoridades han decidido taparlo con lonas, tal vez por las reacciones que ha provocado. Por eso, y a través del hashtag #FreePiolin, el personaje creado por Bob Clampett se ha convertido -sin quererlo- en un aliado de la causa independentista.

Aquí algunos de los mejores tuits sobre la cuestión:

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¿Son realmente privados tus mensajes de Facebook Messenger? Descúbrelo y protégelos

Redacción TO

Foto: Eric Risberg
AP

Más de 1.000 millones de personas se comunican diariamente a través de la aplicación de mensajería de Facebook Messenger. El gigante de las redes sociales asegura que está tomando medidas para mantener segura la información privada de los usuarios. Pero, ¿son seguros realmente esos millones de mensajes? Vyas Sekar, miembro del laboratorio de ciberseguridad de la Universidad Carnegie Mellon de Pensilvania (Estados Unidos) y profesor de Ingeniería Informática, ha dado a la revista Time las claves para descubrirlo y proteger nuestras conversaciones.

¿Qué medidas de seguridad ha implantado Facebook?

La red social utiliza los mismos protocolos de seguridad que los bancos y las páginas web de tiendas, según la propia red social. Además, en Facebook aseguran que utilizan una protección adicional para frenar el spam y el malware. En 2016, la compañía de Mark Zuckerberg incorporó un filtro adicional de seguridad llamado “conversaciones secretas” que ofrece una encriptación similar a la que ya utiliza WhatsApp (también propiedad de Facebook): de extremo a extremo. Eso supone que los mensajes están cifrados desde el emisor hasta el receptor de manera que ni la propia red social puede tener acceso a ello. Sin embargo, mientras, esta opción de cifrado está activada por defecto en WhatsApp y otras apps como Signal, hay que activarlas manualmente en Facebook Messenger. Ese es uno de los primeros pasos necesarios para proteger la cuenta.

¿Se puede burlar la seguridad de Facebook?

“Es importante recalcar que todo puede ser hackeado“, ha dicho el experto en ciberseguridad. Sekar ha añadido que en ocasiones no cuenta solo la seguridad interna del cifrado, sino también si alguien puede tener acceso físico a los dispositivos. Esta última parte es la más importante, puesto que en el momento en el que dejamos que alguien tenga acceso físico al dispositivo la seguridad se puede ver gravemente comprometida con la instalación de una aplicación espía que de un acceso continuo a la información del teléfono o el ordenador, explica el experto.

¿Son realmente privados tus mensajes de Facebook Messenger? Así puedes descubrirlo
Conferencia de desarrolladores de Facebook en San José, California. | Foto: Noah Berger/AP

Otro punto débil son las contraseñas. Al contrario que apps como WhatsApp a las que se solo se puede acceder desde el teléfono del usuario, Facebook es una web con entrada por contraseña. “Para los hackers es posible utilizar herramientas de robo de contraseñas para entrar en la cuenta de Facebook de la víctima. Además, es muy frecuente que la gente dé en su perfil público suficiente información para encontrar la contraseña”, ha advertido Sekar. Por lo que, otro consejo: utilizar contraseñas elaboradas, los expertos recomiendan una mezcla de números, letras y signos, además de utilizar distintas combinaciones para cada red social, correo y aplicaciones.

Además, los hackers también pueden lanzar una aplicación falsa que imite a la interfaz de Facebook y Messenger, lo que implica que el usuario al intentar entrar con su propia contraseña está, en realidad, dándosela a terceras personas, ha avisado Sekar.

Entonces, ¿cómo puedo proteger mis mensajes?

Esta es la recopilación de consejos:

1. Activar el cifrado de extremo a extremo en Facebook Messenger.

2. Mantener el dispositivo físico seguro, con un código de acceso que solo el usuario sepa para entrar al terminar.

3. Poner contraseñas largas, con letras, números y símbolos, diferentes para el resto de cuentas.

Continúa leyendo: El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones

El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones

Romhy Cubas

Foto: Wikicommons
Wikimedia Commons

“Es posible que la invasión de los marcianos resulte, al fin, beneficiosa para nosotros; por lo menos, nos ha robado aquella serena confianza en el futuro, que es la más segura fuente de decadencia”.

La guerra de los mundos

El escritor, historiador y filósofo británico Herbert George Wells es uno de los grandes precursores de la ciencia ficción en la literatura. Su obra se puede comparar en alcance y relevancia con las geografías fantásticas de Julio Verne. Hace 151 años, un 21 de septiembre de 1866, Wells nació en el seno de una familia convencional de la Inglaterra de época, su visión totalmente utópica y fantástica para entonces dejó un registro crudo de  escenarios que con el tiempo se deshicieron de la etiqueta de ciencia ficción para convertirse en sucesos concretos.

Sin la ciencia, y específicamente la biología, Wells no habría creado relatos como el del Hombre invisible o La máquina del tiempo, publicado en un principio bajo el título de Los argonautas crónicos. Wells estudió biología en el Royal College of Sciences de Londres, y eventualmente se tituló en zoología en la Universidad de Londres. Gracias a estas experiencias y a un diagnóstico de tuberculosis que lo impulsó a dedicarse exclusivamente a la escritura, reunió una centena de obras de fantasía científica, predicciones tecnológicas y agudas observaciones sobre el poder y las consecuencias de la guerra que inclusive se manifiestan con mayor lucidez en el presente que en aquella época.

En sus novelas Wells dejó constancia de una inquietud por la supervivencia de las sociedades. Sus posiciones pacifistas y políticas hicieron de su obra una declaración sobre lucha de clases, la ética científica, y las utopías –muchas de carácter socialista-. Con frecuencia propuso la creación de un Estado mundial en donde hubiera una renta universal y donde los individualismos fueran suprimidos.

En sus obras están presentes la bomba atómica, la tecnología, las puertas y censores automáticos, la guerra biológica, la comida artificial, los rayos láser y decenas de otras fantasías que en aquél entonces no tenían espacio en la racionalidad de los lectores. Hasta ahora, y que nosotros sepamos, no existen hombres capaces de volverse invisibles o máquinas para viajar en el tiempo, pero si hay un puñado de escenarios y tecnologías que Wells planteó en sus libros y que hace décadas dejaron de ser ciencia ficción, otorgándole al escritor un halo visionario y certero.

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Portada del libro Hombres como dioses de H.G.Wells | Imagen vía: Amazon

Teléfonos y televisión

En Men Like Gods (1923), Wells crea una versión futurista de la Tierra en donde luego de cientos de años de progreso la gente se comunica exclusivamente mediante sistemas inalámbricos. Los guiños con lo celulares y los correos electrónicos de los que hoy dependemos para comunicarnos son evidentes, aunque la idea es un crudo formato de lo que conocemos en el presente. El principio de acumulación de mensajes, transmisión inalámbrica y comunicación a distancia son premonitorios.

Wells también desarrolló en When the Sleeper Wakes (1899) una forma utópica de entretenimiento en donde las tecnologías del audio libro y la televisión se disfrazan de ficción.

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Comic de La isla del Dr Moreau ilustrado por Gil Kane. Basado en la adaptación cinematográfica de 1977 del libro de H.G. Wells | Imagen vía: MyComicShop

La ingeniería genética

En  La isla del Dr. Moreau (1896) una nueva especie de animales biológicamente manipulados es parte de los experimentos de un científico demente que incursiona en la ingeniería genética. Las técnicas utilizadas son crudas y primitivas, pero la idea de trasplantes de órganos entre animales y humanos para adquirir longevidad, la creación de híbridos y el intercambio de células entre las especies son principios que guardan una relación obvia con las ambiciones de los científicos, quienes se vuelven cada vez más insaciables con los años. Precisamente Wells expone la codicia que puede presentarse cuando los humanos endiosan sus capacidades de creación y buscan en la tecnología un sustituto para todas las formas de vida.

“¿Quiénes son esas criaturas? -dije, señalando hacia ellas y alzando cada vez más el tono de voz para que todos me oyeran-. Antes eran hombres, hombres como nosotros; hombres a los que ha poseído una sustancia bestial, hombres a los que se ha esclavizado y convertido en monstruos y a los que todavía teme”.

La isla del doctor Moreau. H.G. Wells

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Bomba nuclear detonada por el gobierno francés en la Polinesia Francesa. | Imagen vía: Reuters

La bomba atómica y las armas nucleares

En The World Set Free (1914) Wells plantea el concepto de objetos que explotan gracias a distintos niveles de radiactividad, adelantándose inclusive al control de las naciones ante estos objetos para evitar una destrucción masiva. En el presente estos prototipos literarios tienen nombre e historial: la bomba atómica y las armas nucleares.

Wells reconoce y plantea principalmente el poder destructivo de la tecnología y las ambiciones humanas. En sus historias estas granadas  tienen el poder de explotar continuamente por días, semanas y hasta meses.

Actualmente conocemos de sobra su poder destructivo, pero Wells literalmente anuncia la creación de un objeto portátil con la capacidad para devastar una ciudad entera.

El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones
Portada del libro La guerra de los mundos de H.G. Wells | Imagen vía: GoodReads

El Láser

En uno de sus libros más famosos, La guerra de los mundos (1898), que principalmente desarrolla el escenario de una guerra interplanetaria, las armas futuristas de los marcianos incluyen un devastador rayo de calor capaz de incinerar hectáreas a kilómetros de distancia. La descripción de Wells no es tan precisa como para construir un láser de trabajo, pero su parecido con el dispositivo y otras armas de “energía dirigida” es prueba suficiente.

“Todo lo que sea combustible se convierte en llamas al ser tocado por el rayo: el plomo corre como agua, el hierro se ablanda, el vidrio se rompe y se funde, y cuando toca el agua, esta estalla en una nube de vapor”. La guerra de los mundos. H.G. Wells

Muchas de las “predicciones” de Wells son ciertamente visionarias, otras se apegan al sentido común de un hombre de letras. A la par de cada avance, por muy pequeño que sea, es inevitable magnificar sus posibilidades y consecuencias. Wells también se anticipó al aterrizaje de la nave Apolo en Los primeros hombres en la luna (1901)  y entendió las probabilidades de un conflicto global en Europa con La forma de las cosas por venir (1933). No obstante, su predicción más valiosa es la de los escenarios que germinan cuando la tecnología intenta imponerse a la naturaleza humana.

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Pielfinismo en pleno siglo XXI

Carlos Mayoral

Foto: Vincent West
Reuters/Archivo

Créanme, hay un momento al día en que pienso que no podemos tensar más la piel, fina piel, que cubre esta sociedad moderna y avanzada y renovadora y revolucionaria y bla, bla, bla. Pero luego llega la noche para recordarme que siempre hay tiempo para un penúltimo estirón. Es ésta una sociedad ofendida de base, que cree en la ofensa como método para exhibir cualidades morales que no hacen falta ser exhibidas, y que eleva al ofendido a un altar donde será venerado por remover pijiconciencias ocultas. Pero lo peor en esta peligrosa deriva es la tendencia que empieza a calar en el ánimo del pueblo: nada ofende tanto al hombre medio como el arte. Es extraño, pues el arte, elemento disruptivo por excelencia, ha bombardeado otras corazas, pero pocas veces las del pueblo, que suele aliarse con él para enderezar tuertos y desfacer agravios.

Sí, el arte está más perseguido que nunca, los hostigadores son aquellos que siempre estuvieron de su parte. Sin ir más lejos, días atrás, una noticia corría como la espuma por todas las cabeceras nacionales: un colectivo de payasos de no sé qué país europeo exigía la retirada inmediata de la película ‘It’, basada en una novela de Stephen King, por “denigrar la profesión” y, ojo, por “ofender sus sentimientos”. Vaya, la figura ofendida es esta vez, nada más y nada menos, que el payaso, el pilar en el que se apoyó, por ejemplo, Chaplin para darle vida a Charlot, el maravilloso personaje que con tanta elegancia enarboló la bandera de la crítica social y de la ofensa (aquí sí) conveniente. No, señores payasos, el arte, esa arma que ustedes mismos empuñan, no puede censurarse porque la quemadura en la piel fina de esta sociedad lo exija. El arte está muy por encima de eso.

Pero no todas las censuras se cocinan en “no sé dónde”. España, país de extremos, eleva este pielfinismo a la categoría de costumbre. Sin ir más lejos, hace unos días, artistas como Loquillo, Alejandro Sanz o los chicos de Radio Futura veían cómo ciertas canciones de su autoría eran excluidas de las fiestas de un pueblo de Toledo porque herían la piel del concejal de turno. Este concejal, supongo, no sabe que a menudo el arte vive precisamente de eso, de la herida que provoque. De hecho, y volviendo al asunto de los payasos, precisamente el ‘clown’ en el que se apoyó Chaplin para desarrollar su carrera era español, de Jaca, respondía al nombre de Marcelino Ordés y llegó a convertirse en un icono de la sociedad cultural británica y norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Años más tarde, una criada se encontró el cuerpo de “Marceline“ sobre la cama de un modesto hotel de Manhattan, perforada la sien por una bala funesta. ¿El porqué del suicidio? El payaso consideraba que su arte había dejado de herir. En el entierro, allá en el cementerio de artistas de Kensico, Nueva York, una corona de flores destacaba sobre el resto. La enviaba Charles Chaplin, el hombre que pocos años más tarde hirió de muerte al nazismo con el aire cómico de su gran dictador. Y es que la herida, insisto, está por encima del herido.

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