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Fiebre lectora

Pablo Mediavilla

Hace un par de meses volví a leer. Fue “Patria” de Fernando Aramburu y me gustó mucho. Luego empecé a frecuentar librerías, robar ejemplares en casas de amigos y recuperar otros que había prestado. En ese montón estaba, decían, lo más prometedor de la literatura española actual. En una de esas obras, se incurría en dos errores de bulto en las primeras páginas. No diré el nombre. Lo que en la cinco era, pongamos, un triciclo, en la siete era una canoa. Es bien sabido que solo la realidad se puede permitir algo así, nunca una novela.

La fiebre pasó. Volví a la pantalla y las horas perdidas en Twitter. Sería fácil decir que la culpa es mía y de esta era de distracción digital. Todo para obviar el elefante en la habitación, para no señalar lo evidente: que lo que ya no es necesario es escribir. ¿Cómo escribir los días después de Montaigne? ¿Un viaje en autobús después de Pla? Uno lee ya todo con una pereza preventiva, un mecanismo de defensa ante la metáfora absurda e inevitable que te van a calzar, superar la primera línea es toda una hazaña.

Sé que es un deseo imposible, pero querría un “Llámenme Ismael”, una descripción bajo cero de Dashiell Hammett, esas frases de resonancias bíblicas que parecen esculpidas en mármol porque sólo pueden ser dichas así y no de otra forma. Un buen libro, un gran relato, cualquier artefacto literario realmente meritorio renace con cada lectura. Es inmortal, es una roca. Un puñado de palabras escritas sin fuste, sin apenas un rayo de inteligencia, una mala copia nace muerta. Ahora todo es repetir, decir peor lo ya dicho. La prueba de esta tesis apresurada es esta misma columnita hueca, liviana y olvidable.

Treinta mil

Roberto Herrscher

Te queman la casa. Te tiran el auto al mar. Te roban todo lo que tienes. Esconden los documentos. Te niegan la información del catastro, de tu situación laboral y fiscal. Y te hacen responsable de decir exactamente cuánto valía lo que te robaron, lo que te destruyeron, lo que te escondieron. Y si das un número aproximado, te acusan de no decir con exactitud cuánto fue. “Está diciendo más; es que quiere ganar plata con esto. Calcula en su beneficio”.

En el remanido tema de la acusación a las organizaciones de derechos humanos de Argentina (también en otros países de la región, pero sobre todo en Argentina) por “inflar” el número de desaparecidos siento que están haciendo lo mismo. Este 24 de marzo, el 41º. Aniversario del Golpe de Estado del general Videla en Argentina, vuelve a la palestra esta “acusación”: que no fueron 30.000 los desaparecidos, que son muchos menos. Que las organizaciones mienten para avanzar en sus supuestos oscuros intereses.

Los que defendieron a los dictadores, los que miraron para otro lado, los que tuvieron suficiente para lavar su conciencia diciendo entonces que “algo” habrán hecho, ahora acusan a las asociaciones de derechos humanos de no ser precisos, de aumentar en su beneficio el número de desaparecidos. Como si en eso hubiera algún beneficio.

Quiero decir hoy que esta acusación me parece una infamia. El sistema que impuso la dictadura militar tuvo precisamente como uno de sus ejes centrales el horror del no saber. El desaparecido desaparece de las estadísticas. No está, no existe.

Ellos mismos se cuidaron bien de no dejar rastro. Y de quemar después los pocos rastros que sí habían dejado. Y también de infundir miedo, miedo atroz a pedir explicaciones, a preguntar, a presentarse, a poner el nombre en una lista.

¿Realmente se puede acusar a algunos, muchos o pocos, de los familiares por no haber presentado una denuncia formal? ¿Son todos los que fueron en 1979, en plena dictadura a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, a que las turbas arengadas por un locutor deportivo los increpara en plena calle? ¿Realmente en un país donde hubo un golpe de estado tras otro durante medio siglo se puede exigir que a muy poco de acabar una dictadura se presentaran todos a dar testimonio a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas?

¿No es cierto que en muchas provincias los que acusaron, fomentaron, ayudaron en las desapariciones y el establecimiento de campos de concentración todavía tienen poder y pueden provocar miedo? Fueron ellos los que hicieron todo lo posible para que no se sepa el número. En esa nebulosa aterradora del “nadie sabe qué pasó” está el triunfo del terror.

Hace unos años estaba dando unos talleres para periodistas en Guatemala. Y en el Museo Histórico de la Policía Nacional, donde se guardan los documentos que cuentan muy fragmentaria y tenuemente las matanzas de ese trágico país centroamericano,  me contaron que en los comienzos de las dictaduras dejaban los cuerpos torturados en las cunetas, para que los familiares los encontraran.

Pero que después que vinieron los “asesores militares” argentinos, los represores de Centroamérica aprendieron que era mucho más efectivo como arma de disuasión el horror del no saber. A partir de entonces los cuerpos entonces se enterraron en fosas comunes, se tiraron al mar, desaparecieron.

¿Cuántos? Esa era una de sus armas más efectivas: no se debía saber cuántos. ¿Y ahora acusan a las víctimas de mentir con el número?

Roma: risorgimento de Europa

Gonzalo de Mendoza

Hoy se reúnen en Roma los Jefes de Estados de Gobierno de 27 países de la Unión Europea, junto a los presidentes de las principales instituciones europeas, incluidos el Parlamento, la Comisión y el Consejo. Celebran el aniversario del Tratado de Roma, que es celebrar el inicio de una revolución. La revolución social, económica y política más importante que haya visto nunca nuestro continente. Una revolución en forma de declaración de interdependencia entre las naciones de Europa. Con Roma, por primera vez en nuestra historia, los europeos decidimos (lo hacemos ya cada día) que nuestras relaciones no se basarán en las reglas de la dominación, la asimilación y el conflicto; sino que lo harán sobre la base de la cooperación y la solidaridad. Así, durante los últimos sesenta años, los europeos nos hemos acercado los unos a los otros, y hemos hecho realidad un sueño de libertad. Y así, estos sesenta años han sido los años de mayor progreso y estabilidad en toda nuestra historia. Y así, nos hemos convertido en la región más prospera del mundo.

Pero hoy, la Unión Europea esta una encrucijada. En una crisis existencial provocada por otras tantas crisis: la económica, la migratoria, la institucional, la de seguridad, la global. Pero sobre todas estas crisis, quizás las más peligrosa sea la crisis de confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas y en sus representantes. Nos enfrentamos a un desafío mayúsculo, relanzar el proyecto europeo como receta para la supervivencia de nuestra cultura, nuestro estilo de vida y nuestro sistema de valores. Y para que esta labor concluya con éxito, es necesario empezar ya, siendo conscientes de al menos tres realidades. La primera es que la Europa de los Primeros Ministros ha tocado techo. Lo hemos visto durante la crisis económica. Esa Europa arrastra los pies y los retos del siglo XXI requiere agilidad en la toma de decisiones. La segunda es que en la Europa de las instituciones hace falta más política. De esta crisis no saldremos con una enésima reforma de los tratados. Europa tiene que reformase, pero a través de decisiones políticas que centren su acción en áreas concretas donde de verdad aporte valor añadido. A la Europa de hoy no le hacen falta más competencias, le hace falta más determinación. Más claridad de ideas. Más acción concreta en crecimiento económico y en creación de empleo, en seguridad, en defensa, en política migratoria, en liderazgo global. Le sobra retórica profesional, procedimientos y carteras ministeriales. La tercera es que es el turno de la Europa de los ciudadanos. La Unión se tiene que reencontrar con los europeos. Ser más social. Esto significa que es hora de profundizar en la Europa de la libertad, de la prosperidad y de la seguridad. Y en esta tarea tenemos además una responsabilidad global. Ante la vuelta del aislacionismo, el significado del proyecto europeo adquiere una importancia todavía mayor. No es hora de retraernos, sino de exportar nuestros valores, nuestro modelo de integración y de bienestar.

Una Europa lenta, tecnocrática y que no defiende sus valores es una Europa para perder. Un proyecto desconectado de los ciudadanos. Una presa fácil para el populismo y el nacionalismo. La cumbre de Roma nos abre una ventana de oportunidad para volver a confiar en el proyecto europeo para los próximos 50 años. Un risorgimento para Europa. La Unión Europea ha sido nuestro “sueño americano”. España es un gran ejemplo de ello. Se calcula que la solidaridad europea en nuestro país ha representado en términos económicos tres veces más de lo representó el Plan Marshall para la Europea de la post-guerra. No hay un solo rincón del país en el que no haya huella del apoyo europeo: el AVE Barcelona-Madrid, la restauración del Monasterio de Guadalupe, el saneamiento de la bahía de Santander o la depuradora del Nervión son solo algunos ejemplos. Como estos, hay centenares de miles por todos los países de la Unión. Pero no solo se trata de ejemplos remotos, sino que los hay muy actuales. Hoy miles de pymes europeas reciben créditos gracias, por ejemplo, al fondo de inversiones estratégicas, y la mayoría de ellas ni siquiera saben que es gracias a Europa. Se estima que las operaciones acordadas en los dos últimos años por este nuevo fondo alcanzarán los cerca de 6.000 millones de euros en inversiones, solo en España. Lo ejemplos son tantos y tan cuantiosos por toda Europa que incluso es difícil hacer un listado de todas las acciones europeas de los últimas tres décadas. Y eso solo en lo económico. Deberíamos hacer un esfuerzo memorístico y recopilar esa información. Seguro que en las elecciones europeas de 2019, y con la memoria llena solo de esto ejemplos cotidianos, daríamos el sí más grande a Europa que ha recibido jamás. Y eso, sería un delicioso risorgimento.

Nuestra última defensa

Ferrán Caballero

Después de cada atentado sale algún líder prometiendo que esta guerra la vamos a ganar, algún cínico preguntando qué pinta tiene la victoria y unos cuántos nostálgicos pidiendo que nos pongamos serios de una vez y afrontemos el problema de raíz. Esto pasa después de cada atentado, del desarme de ETA, y pasa también muy a menudo cuando hablan de Trump o del proceso independentista. Y es que hace tiempo que me parece ver a los más presumidos de nuestros demócratas un tanto desorientados buscando al guardián último de nuestras libertades. Hoy como ayer hay quienes lo buscan en los tribunales, y particularmente en el Constitucional. Otros desesperan esperando la decisión firme y valiente del Presidente o soberano. E incluso hay algunos que creen que la defensa última de la democracia es la movilización de la sociedad civil; la protesta; la calle.

Nos cuesta poco entender que las garantías del presente son insuficientes. Pero nos cuesta un poco más aceptar que no hay nada que pueda asegurar la supervivencia de los estados ni de sus democracias. No hay ejército que pueda acabar con el terrorismo, ni siquiera estando dispuesto a acabar también con todas y cada una de nuestras libertades. No hay check ni balance que pueda privar a Trump de toda capacidad de hacer el mal y que pueda seguir llamándose democrático. Nadie puede garantizar la supervivencia de la democracia contra la voluntad del pueblo y nadie puede salvarlo si este decide entregarse a un salvapatrias. No hay soluciones finales porque no hay garantía posible del triunfo de la ley sobre sus enemigos. El cuidado de nuestras frágiles e imperfectas democracias y libertades pasa por el cuidado de la conciencia liberal, que impone no exigir para los nuestros el poder que no estaríamos dispuestos a dar a los otros. Y de la virtud republicana, que impone no exigir a nuestros políticos mayor virtud de la que somos capaces de recomendarnos a nosotros mismos.

Los niños refugiados, nuestro futuro

Melchor Miralles

Foto: ALKIS KONSTANTINIDIS
Reuters

Tiene toda la lógica. El trato “pésimo” a los menores refugiados en Europa, que es un tercio de quienes buscan asilo, incrementa el riesgo de radicalización y su implicación en catos criminales, según advertencia del Consejo de Europa. “Lo que están pasando ahora definirá en quién se van a convertir, y también definirá, en algunos aspectos, nuestro futuro común”, explica a The Guardian Tomás Bocek, secretario general de migraciones. No estamos siendo capaces en la Unión de hacer frente al problema y de nuevo los niños, como siempre, los más débiles, son las principales víctimas.
 
Hay una idea generalizada que parte de un error. Buena parte de quienes huyen del horror en Siria, Afganistán o Irak no son pobres de solemnidad que huyen por su condición de parias. Se trata incluso de hombres y mujeres de élites, con una posición económica más desahogada, con estudios universitarios, que pueden pagar a las mafias que les terminan abandonando a su suerte.
 
Bocek, tras visitar campos de refugiados de Grecia, Macedonia, Francia, Turquía, Francia e Italia, lanza la advertencia. No podemos pretender otra cosa. Estremece escuchar a los niños y a los adolescentes. Están conformando su temperamento, su carácter, lo propio de la edad, a partir de vivencias extremadamente duras, que dejan huella en el corazón, el alma y la cabeza. Y no podemos pretender construir un ejército de pacifistas ofreciéndoles lo que ahora les suministramos. Es así, no es demagogia. O nos lo tomamos muy en serio o lo lamentaremos severamente. Porque son víctimas, porque podemos evitarlo, porque es nuestra obligación, por humanidad y, en última instancia, porque nos interesa.

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