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Fiebre lectora

Pablo Mediavilla Costa

Hace un par de meses volví a leer. Fue “Patria” de Fernando Aramburu y me gustó mucho. Luego empecé a frecuentar librerías, robar ejemplares en casas de amigos y recuperar otros que había prestado. En ese montón estaba, decían, lo más prometedor de la literatura española actual. En una de esas obras, se incurría en dos errores de bulto en las primeras páginas. No diré el nombre. Lo que en la cinco era, pongamos, un triciclo, en la siete era una canoa. Es bien sabido que solo la realidad se puede permitir algo así, nunca una novela.

La fiebre pasó. Volví a la pantalla y las horas perdidas en Twitter. Sería fácil decir que la culpa es mía y de esta era de distracción digital. Todo para obviar el elefante en la habitación, para no señalar lo evidente: que lo que ya no es necesario es escribir. ¿Cómo escribir los días después de Montaigne? ¿Un viaje en autobús después de Pla? Uno lee ya todo con una pereza preventiva, un mecanismo de defensa ante la metáfora absurda e inevitable que te van a calzar, superar la primera línea es toda una hazaña.

Sé que es un deseo imposible, pero querría un “Llámenme Ismael”, una descripción bajo cero de Dashiell Hammett, esas frases de resonancias bíblicas que parecen esculpidas en mármol porque sólo pueden ser dichas así y no de otra forma. Un buen libro, un gran relato, cualquier artefacto literario realmente meritorio renace con cada lectura. Es inmortal, es una roca. Un puñado de palabras escritas sin fuste, sin apenas un rayo de inteligencia, una mala copia nace muerta. Ahora todo es repetir, decir peor lo ya dicho. La prueba de esta tesis apresurada es esta misma columnita hueca, liviana y olvidable.

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'Bad day', la historia tras el primer vídeo viral de internet

Redacción TO

Foto: Kacper Pempel
Reuters

Se trata de uno de los vídeos más famosos de internet: un hombre pierde la paciencia con su ordenador y comienza a aporrearlo con su teclado, que acaba completamente destrozado. Una vez tumba el monitor, continúa pateándolo. Todo ante la mirada curiosa de su compañero, que asoma la cabeza desde la cabina contigua. Seguro que empatizas con su reacción.

El vídeo se hizo famoso en una era en que las redes sociales no estaban más que en fase embrionaria. Era 1997 y el vídeo circulaba a través del correo electrónico, muchas veces bajo el nombre Bad day (Mal día, en castellano). No es extraño encontrar todavía respuestas en Twitter o Whatsapp empleando el GIF de este vídeo que, como relata Wired, incluso despertó teorías de la conspiración al respecto: que si el trabajador sonríe mientras golpea la pantalla, que si el ordenador está desconectado… Y no andaban desencaminados.

Porque la realidad es que el protagonista de la escena, que se llama Vinny Licciardi –que no supo del éxito de masas hasta que uno de sus compañeros de oficinas se lo advirtió–, estaba actuando.

La revista estadounidense contactó con Licciardi, que relata los pormenores del vídeo junto al que era su jefe, Peter Jankowski. Ambos trabajaban en una start-up tecnológica llamada Loronix, del que presumen que era un lugar divertido con un ambiente idílico. Uno de los proyectos de la empresa por aquel entonces consistía en una tecnología para sistemas de seguridad y necesitaban escenas que enseñar a los clientes para demostrar la efectividad de su producto.

La primera idea se fundamentaba en filmar a Licciardi robando. Instantes después entraban varias personas por sorpresa para desbaratar sus planes. Luego Licciardi pensó una idea mejor, tal vez el sueño de todo oficinista: destruir el ordenador que te saca de quicio día tras día. Para ello emplearon un ordenador que ya no funcionaba. Necesitaron más de uno y esto tiene una explicación. “Durante la primera toma la gente se reía tanto que tuvimos que hacer otra”, explica Licciardi. Convirtieron el vídeo resultante a MPEG-1, con una resolución de 352×240 –¿quién dijo alta definición?– y lo introdujeron en CDs promocionales de Loronix. La sorpresa llegó un año después: se había convertido en un fenómeno viral. Y eso que el vídeo superaba los 5 megas –demasiado en aquella época– y los receptores tenían que esperar 20 minutos a que se completara la descarga.

El impacto del vídeo influyó tanto que incluso ha dado pie a escenas míticas de la comedia en Estados Unidos. ¿Puedes recordar cuando tres trabajadores la toman con una impresora y la destrozan a patadas y con un bate en Trabajo seguro (1999)? Sí, la escena está inspirada en el vídeo que Licciardi y Jankowski idearon como una simple broma. El resto es historia de internet.

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El muro

Jordi Bernal

Cada vez que la justicia condena a los nacionalistas por corruptos es casi inevitable recordar aquellas palabras que, desde el balcón de la Generalitat y a propósito de la querella que interpuso Carlos Jiménez Villarejo, a la sazón fiscal general del Estado, contra ex dirigentes de Banca Catalana, Jordi Pujol arrojó hace más de treinta años a una masa enfebrecida de patrioterismo: “El Gobierno central ha hecho una jugada indigna. A partir de ahora, cuando alguien hable de ética, de moral o de juego limpio, hablaremos nosotros, no ellos”.

Cada vez que las excrecencias convergentes salen a flote se debería resquebrajar un poco más el infame muro que el pujolismo alzó para dividir el nosotros del ellos. El pueblo pacífico y laborioso del yermo bronco y parasitario. La nación sonriente y solidaria del Estado cruel y opresor.

Sin embargo, el desvarío ha llegado a tales extremos que, en lugar de entender la corrupción como un mal no exclusivo pero sí intrínseco de cualquier nacionalismo, se excusa tratando al mangante de anécdota, de quintacolumnista (el pobre santo inocente Rufián señalando a Millet como miembro de FAES, por ejemplo) o de hipérbole pergeñada por los enemigos de la patria con fines espurios.

Para el catalanismo siempre ha habido y habrá una justificación que impida la posibilidad de que el muro se desmorone al fin y la realidad se muestre de nuevo tal y como siempre ha sido. De hecho, la supervivencia del nacionalismo necesita de ese muro que sirve tanto de lamentaciones en la fase depresiva como de euforias supremacistas en fase maniaca.

Así acabó el constructor Pujol su arenga triunfal: “Podéis estar orgullosos de vuestra condición de catalanes y, ahora, con la confianza en nosotros mismos, hemos de volver al trabajo, después de la gran victoria que hemos conseguido con esta rotunda manifestación de catalanidad, de democracia y de convivencia (…) Hoy hemos hecho una cosa bien hecha, de la que hablará la historia. No lo dudéis, el de hoy es un acto histórico”.

Unas palabras que bien pudieran escribirse hoy en un hilo de twitter desde Bruselas o en una epístola de Estremera.

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Miedo vintage en Hawai

Pablo Mediavilla Costa

Foto: Lee Jin-man
AP Foto

Aunque vivamos en el futuro, lo viejo es obstinado. El botón como imagen del cataclismo nuclear ha regresado con fuerza. Trump ha advertido a Kim Jong-un que el suyo es más grande y que se ande con ojo. En realidad es un código que el presidente debe llevar siempre a cuestas -Mónica G. Prieto contaba ayer en El Mundo que Clinton lo extravió durante unos meses-, pero lo del botón, una antigualla en este mundo táctil, es más gráfico y se ajusta a lo azaroso del asunto. ¿Quién no ha encendido sin querer alguna vez la luz del pasillo?

El pasado sábado, los habitantes de Hawai vivieron media hora de agonía por culpa de un funcionario que apretó por error otro botón -de nuevo, inaudita y solvente explicación- que envió la siguiente alerta a móviles, televisiones y radios del archipiélago: “Amenaza de misil balístico en dirección a Hawai. Busque refugio de inmediato. Esto no es un simulacro”. Mientras algunas familias metían a sus hijos en el sistema de alcantarillado, un turista se alegraba en Twitter de lo despejado que había quedado el buffet libre de su hotel.

Se vive tan bien que no se acaba de tomar en serio esta nueva Guerra Fría, aunque haya instalado su decorado y su léxico; sus maniobras de la OTAN, el espionaje de gabardina y bigote, el agitprop y el miedo. Rusia tiene sometida a media Europa con su psicodrama de hombrecillos agazapados en los bosques nevados y Estados Unidos parece tentado a volver a Asia, donde tanta piel ha cobrado y se ha dejado. China observa, como acostumbra; Irán y Arabia Saudí se enzarzan en Siria y Yemen, Europa enredada en sus fantasmas… El sueño erótico del pesimista profesional.

Si es cierto el dicho popular sobre lo que cada presidente norteamericano trae bajo el brazo; nadie quiere ni pensar en el turno de Trump. Corea del Sur ha dejado claro que cualquier acción contra sus hermanos descarriados del norte debe pasar por sus manos, pues son las que pagarían todas las facturas: la de la Bomba, la de la reconstrucción y los millones de refugiados que debería acoger y la de lo que tanto le gusta apuntar a nuestro hombre en Pyongyang, Alejandro Cao de Benós, cuando pasea a los periodistas por la Zona Desmilitarizada: los campos del norte están sembrados de piezas de artillería que destruirían Seúl en minutos, a solo 56 kilómetros de la frontera. La evaporación del norte está asegurada en cualquiera de los escenarios agresivos.

Los números dicen que el mundo está mejor que nunca, pero hay una nostalgia del desastre; una pulsión aguafiestas por creer que estamos a un loco y un botón del abismo. Prefiero pensar que, al menos, seguiremos en la paz del buffet libre hawaiano y no volveremos al blanco y negro de Sterling Hayden atrincherado en su base y mascullando que los comunistas han fluorizado el agua.

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El dilema de Rivera

David Blázquez

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Decía san Pablo en una de sus cartas que quien está en pie debe cuidar de no caer. Otro Pablo, santón para los suyos, parece que no supo –o no pudo, paradojas del lenguaje– mantenerse en pie. Al espaldarazo interno del Bis de Vistalegre le siguieron trompicones varios hasta que Cataluña le dio la puntilla. Puntilla política, se entiende, que la taurina habría obligado a los Mossos a llevar a alguno a la cárcel.

El domingo pasado El País publicaba una entrevista con Albert Rivera, la primera desde que Metroscopia situara a Ciudadanos como primera fuerza política en España, casi cuatro puntos por delante del Partido Popular. Descontemos o no el margen de posible patinazo metroscópico, los resultados de la encuesta marcan sin duda, como dice bien Rivera, “una tendencia”. Ciudadanos se sitúa por primera vez como alternativa de gobierno al PP, lo que podría ser una tentación demasiado grande para un buen número de votantes de centro-derecha que llevan años depositando su papeleta con una sola mano, ocupada como tienen la otra en taparse la nariz.

En Ciudadanos saben que la euforia desmedida podría pasarles factura, como ya sucedió en diciembre de 2015, cuando el partido se desinfló en una recta final de campaña de pesadilla, justo antes de Navidad. Escribe Camus, precisamente en La Caída, que “no hay que esperar al Juicio Final, porque éste se celebra cada día”. Albert sabe que el orgullo puede enfadar a los dioses y por eso predica la modestia y habla de prudencia. En el partido saben, además, que demasiada exposición podría dañarlo, por lo que algunos hablan ya de “congelar al líder” para evitar reveses imprevistos antes de las próximas generales. Pero Albert, que ya presumió de físico, es consciente de que la naturaleza, como el poder, aborrece el vacío y que, dicen los chismosos, una ausencia demasiado grande podría dejar demasiado espacio a la popularidad a otros dentro del partido.

Hasta el momento, Ciudadanos ha sabido tocar el segundo violín y no ha aventado luchas intestinas significativas. Los excelentes resultados en Cataluña y la proyección a nivel nacional invitan a Rivera a asumir mayor protagonismo. Sin embargo, el riesgo de la sobreexposición existe y una nota mal dada podría pasar factura a un partido con un doloroso historial de volatilidad y al que se acusa en ocasiones de depender demasiado del liderazgo de Rivera. La opción de recular tiene su sentido estratégico, pero podría suponer un incentivo demasiado grande para algunas figuras, deseosas quizás de arrimarse a las ascuas del poder interno del partido. Pero quizás esas sospechas no sean más que eso, chismes.

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