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Sociedad de amigos del terror

José María Albert de Paco

Patria, de Fernando Aramburu, explica cómo el terrorismo horadó los cimientos morales de la sociedad vasca. Para ello, despliega un escenario innominado por el que transitan todos y cada uno de los arquetipos que, bajo la férula de ETA, se fueron enquistando en las páginas de sucesos.

El terrorista, la madre del terrorista, la novia del terrorista, el cura, el dueño de la herriko, la víctima del terrorista, la viuda de la víctima del terrorista, sus hijos… No hay personaje al que no corresponda, siquiera teóricamente, un colectivo: Jarrai, ETA, Batasuna, Gestoras, Asociación de Víctimas del Terrorismo. De hecho, el éxito de la novela se debe, en parte, a la formidable semejanza del relato con un juego de rol, a ese escuálido (y aun tosco, en ciertos lances) microcosmos que nos permite vislumbrar, precisamente, a una víctima del terrrorista antes que a una víctima del terrorismo. Una ficción, sí, pero como lo son esos cultivos de laboratorio en los que aletea la vida.

Con todo, el mayor acierto de Patria, su aspecto más estremecedor, no se halla en ninguno de sus protagonistas sino en el ambiente: en la mano que pintarrajea un ‘cómplice’ frente a la casa del empresario, en los amigos de la peña ciclista que, al reparar en la pintada, dejan de serlo, en los vecinos que, también enterados, omiten el saludo, en la capital contribución del mujerío al sostén del tinglado criminal, en el paralelismo entre Don Serapio y cualquiera de nuestros imanes, en el aire envenenado de un pueblo sin nombre que, justamente por ello, tan familiar nos resulta.

Un poli de plástico para la policía de Río

Melchor Miralles

Foto: YASUYOSHI CHIBA
AFP PHOTO

Buceo en las cloacas de Río de Janeiro, cuerdo de atar, siguiendo los pasos del hombre que no fue. Sorteo transeúntes por las favelas. Transito por una ciudad con elevado índice de delincuencia. Pero en dos días no me he cruzado con un solo policía por las calles. Me extraña. Mucho. Y me topo con lo increíble, lo insólito, que es el culmen del periodismo.

Me acerco con mi equipo, pertrechados de cámaras de televisión, focos, micros y esas cosas, a la sede de la Policía Federal de Río de Janeiro. El corazón de la lucha contra el crimen, que aquí es cosa seria. Fuera del edificio no hay ni un agente. Entro. Solicito a un funcionario en un mostrador un portavoz para que me aclare cosas. Doy con un policía uniformado. Me dice que me olvide, que llevan seis meses de huelgas parciales y que no habla ni Dios. Cero posibilidades.

Educado, pregunto si podemos grabar en el exterior, imágenes del edificio. Y una entrevista. Me dice, literal: “el jefe se ha ido a comer. Tienes dos horas para grabar lo que quieras”. Salgo. Tiramos de cámaras. Y veo a un policía en la garita de entrada de vehículos. Me acerco a ver si me cuenta algo. Y me quedo de piedra.

Un poli de plástico para la policía de Río 1
Poli de plástico. Foto: Melchor Miralles.

Llevaba varios segundos interrogándole cuando mi operador de cámara me dice: “Hablas con un muñeco”. ¿Perdoooooooón? Y sí. Un muñeco de plástico instalado para disuadir. Y allí entraba y salía el personal, en coche o caminando. Y el muñeco ahí instalado. De plástico. O de caucho. Pero muñeco. La locura. El descojono. Lo increíble. Una samba del despropósito.

Buceo en la prensa local. En las últimas cuarenta y ocho horas no ha habido ningún asesinato en Río. No hay noticia de ningún delito grave. Igual es que los muñecos son más efectivos que los humanos. Sobre todo tienes la garantía de que no se corrompen. Brasil. Brasil. Brasil. Un carnaval del despropósito.

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El ridículo de Harvard

Jordi Bernal

Foto: Manu Fernandez
AP Photo/Archivo

Conocida y repetida es la sentencia de Tarradellas: “En política se puede hacer de todo menos el ridículo”. No parecen los políticos independentistas actuales muy dados al recuerdo del presidente que reinstauró la Generalitat de Cataluña democrática en los años de la Transición. El ridículo es su modo de actuar. Ridículo Junqueras cuando, sin ruborizarse ni abrocharse la americana por imperativo físico, afirmó que podía parar la economía catalana unos días sin más y más chulo que un pisador ubérrimo de uvas. La cara de los eurodiputados debió de ser inenarrable. No entro ya en el hecho de que Junqueras afirmara en otra ocasión que el torturador Miquel Badia fue un demócrata ejemplar. Como siempre, tratándose de Junqueras, la historia es pura mitomanía falsaria. De meapilas mixtificador, vamos. De programa bien-pagá-y-Soler de TV3.

Luego está el ministro de exteriores (sic) del estalinista Psuc Romeva. El nadador sin pelo ni Cheever que le escriba. El compañero de viaje borderline. Ahí está quejándose de que cazas españoles sobrevuelen cielo catalán. Una vez más, el flipe de los representantes europeos tuvo que ser considerable: un tipo que lloriquea porque las fuerzas armadas de su país realizan ejercicios militares en su espacio aéreo.

Si no fuera suficiente, superando a Nat King Cole 4% Arturo Mas, o sería Luther King, yo ya no sé, aparece en escena haciendo el clown uno de Gerona. Y dice, previo viaje pagado por usted y moi, que los EEUU son muy libres y España una cacicada decimonónica. Les recuerda, con apuntes de bachiller, los fundamentos de la democracia norteamericana. Sí, esa que no admite segregaciones ni deslealtades tejanas ni tonterías de pastelero. Se le olvida apuntar al convergente que, en Cataluña, se utiliza el calificativo “unionista” como estigma. Y que su Frente de Liberación Popular para un referéndum se basa en un pacto con comunistas que quieren acabar con la democracia liberal.

También se le olvida, en Harvard oh yeah y pagado por usted y moi, al pastelero de Gerona recordar que la soberanía de España, al igual que la de Estados Unidos, reside en el conjunto de sus ciudadanos. Valor de ley, si atendemos a la formación cultural puramente yanqui.

No se puede ir por la vida haciendo el ridículo, pastelero. Incluso más acá de la política.

El viejo topo se hace europeísta

Juan Claudio de Ramón

Se critica el decorado: algunos lo quieren minimalista; otros, suntuoso. Casi todos coinciden en que falla la iluminación, pero cada uno pondría el foco en un lugar distinto. El encargado de la tramoya, que se ha ido complicando a lo largo de los años, está bajo constante escrutinio. El casting suscita comentarios de todo tipo, aunque hay consenso en que los intérpretes de antaño tenían más grandeza. Un desarrollo interesante es que cada vez se presta más atención a los actores secundarios, e incluso sucede que alguien a quien se creía figurante concentra de pronto todas las miradas. Sobre todo, preocupa el guion: según una influyente escuela de comentaristas, le falta dramatismo y le sobran acotaciones. No se atiene a moldes conocidos: no está claro si es comedia del arte o teatro épico; más parece que se está inventando un nuevo género. Sobre todo, la trama ha dejado de avanzar. Algunos sospechan, aunque no se atreven a decirlo, que el problema está en un público filisteo que no entiende: habría que evacuar el patio de butacas, o mejor aún, representar la obra a telón bajado. Los espectadores creen, en cambio, que es el director el que no entiende nada y están como locos por traspasar la cuarta pared.

Da igual. El caso es que todos hablan de lo mismo. La Unión Europea es ya la única obra en cartel, the only show in town, como se dice en inglés. La utopía tecnocrática de un puñado de altos funcionarios de los años cincuenta se ha colado en los bares de todo el continente. En Europa se habla, en suma, de Europa, dato que no parece condecirse con prematuras actas de fallecimiento. Por una suerte de heterogénesis de los fines, o acaso eso que Hegel llamaba argucias de la razón, todas las amenazas existenciales de la Unión Europea están contribuyendo a generar esa conciencia europea que nos hacía falta, peso previo y necesario para la conformación de un demos europeo. Sí, un nutrido grupo de espectadores ha abandonado el palco; ahí se les ve discutiendo acaloradamente entre ellos a la salida del teatro, sin saber a dónde dirigirse ni si les hará falta paraguas. Cunde la sensación de que si finalmente la obra bajase del cartel, a los pocos días los europeos empezarían a producir el remake.

En el primer acto, los europeos se mataban; en el segundo, aprendieron a cooperar; no descartemos que al acabar el tercero, que ahora empieza envuelto en brumas, seamos los europeístas los que también podamos exclamar, admirados: ¡Bien excavado, viejo topo!

Ojos en el corazón

Lea Vélez

Foto: DENIS BALIBOUSE
Reuters

Año 2004. Viajábamos de Inglaterra a Madrid en coche, sin paradas. El viaje había sido incómodo, largo, cansado. Dejábamos Francia atrás. En cuando cruzamos la frontera de Irún y cogimos esa cuesta de pura curva y contra curva a 120 por hora, vimos los primeros coches quemados. Los restos de un horrible accidente. Cien metros más abajo, un camión volcado en la cuneta. Un kilómetro después, dos coches con los hierros entrelazados en un abrazo mortal, cristales rotos, esqueletos oxidados, restos de coches volcados, frenazos frescos sobre el asfalto, vehículos empujados de cualquier forma hacia el arcén. Durante las siguientes cuatro horas de viaje hasta Madrid, mi marido y yo nos encontramos con cada accidente, tragedia, despiste, con cada sueño agotado en los arcenes de aquel verano. Eran los restos de la guerra.
Alucinados ante aquel paisaje apocalíptico buscábamos explicación. ¿Hubo lluvias torrenciales? ¿Bancos densos de niebla? ¿Un loco al volante? Al fin, adivinamos la causa. No era cosa del clima, ni de que hubiera habido más despistes de la cuenta, ni más borrachos o chiflados o atentados terroristas. Es que existen las guerras constantes e invisibles. Esas que se barren cada día porque da miedo mirar. Las guerras que nadie sabe que existen hasta que el tipo al que le toca siempre barrer, recoger, ordenar y esconder los restos de todo lo malo, se planta. En el verano de 2004 hubo una huelga de conductores de grúa. Comenzó en el País Vasco y se extendió al resto de España. Nadie retiró los coches siniestrados durante más de un mes y en ese mes, las carreteras se llenaron de fantasmas. Aquel viaje me marcó para siempre, y el corazón, ese que si no ve no siente, aprendió a mirar lo que no está.
A veces hago ese ejercicio mental con otras cosas terribles, como el cáncer. Imagino todos los cuerpos graves, enfermos, asustados, los muertos que causa la enfermedad. Pienso en lo que no se ve y le doy la imagen metafórica de aquel cementerio de coches del verano del 2004.

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