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El futuro del PSOE

Pilar Cernuda

Si la cara es el espejo del alma, la de Pedro Sánchez está sumida en la más absoluta desolación. Los días pasados era “desgarro” la palabra con la que la mayoría de los dirigentes socialistas definían su estado de ánimo mientras Sánchez parecía sacar fuerzas de su empecinamiento y su rostro no reflejaba dolor sino rabia, ganas de pelea. Como si no fuera consciente de que llevaba a su partido al desastre. Rostro que cambió poco después de las 8 de la tarde del sábado, cuando conoció el resultado de una votación que le señalaba directamente la puerta de salida de la secretaría general del PSOE.

Antes, se vivieron escenas nunca vistas en Ferraz: fuera, en la calle, escraches a quienes ponían en cuestión a Pedro Sánchez; dentro, gritos, zarandeos, lágrimas e incluso intento de pucherazo. Jamás, en los 40 años de su historia reciente, el PSOE había vivido una situación tan convulsa, tan dramática, tan dura emocionalmente. Llega la hora de preparar el futuro, de pasar página tratando de conciliar los dos bandos, palabra hiriente utilizada por Sánchez y que Javier Fernández tratará de desterrar. Llega la hora de optar por unas terceras elecciones que serían suicidas o por permitir a Rajoy que gobierne, lo que provocaría gran decepción. Llega la hora de decidir si las decisiones las toma el Comité Federal o los militantes, la hora de decidir si el PSOE quiere seguir siendo partido de gobierno o se inclina por ir de error en error hasta dejar la izquierda en manos del populismo radical.

El Pedro Sánchez de rostro descompuesto deja atrás un partido roto. Pero se trata de un partido que es capaz de sacar lo mejor de sí mismo para mantenerse donde debe estar. Siempre que sus nuevos dirigentes actúen con la inteligencia y generosidad que se les supone.

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Pla para desintoxicar

José Antonio Montano

Foto: EFE
EFE

Para desintoxicarme de los nacionalistas catalanes leo a dos catalanes no nacionalistas, trenzados en un libro: el ‘Josep Pla’ de Arcadi Espada (ed. Omega). El libro era inencontrable, pero lo encontró Manuel Arias Maldonado en Palma de Mallorca. Lo trajo a Málaga, me lo prestó, yo me lo llevé a Madrid y de allí a Barcelona para la manifestación del 8 de octubre. Después le pedí al autor una dedicatoria para el dueño y puso, entre otras cosas: “mi mejor libro, lo escribió Pla”.

Tiene razón. El libro está montado con maestría, de manera que deja hablar a Pla –en sus “notas para un diario” de 1965 a 1968 y en otros textos– y sobre él habla Espada, acerca de Pla: expandiendo y ahondando, comentando al paso, sin traicionar a Pla. Me ha recordado al contagio que produce João Gilberto en los otros cuando cantan con él, que quedan imbuidos de su ‘tempo’, de su sosiego. Aquí lo que predomina es la antirretórica, o la retórica sutil de lo concreto, de lo físico y palpable, eludiendo lo sentimental. Esto último tiene tanto más valor por cuanto que en esos años Pla está desgarrado por un asunto amoroso, o mejor, erótico: acometidas solitarias (salvo en sus viajes a Buenos Aires, donde está ella) indisociables ya de la vejez. Tiene miedo de hacer el ridículo y procura no hacerlo. Rechaza además el énfasis.

Luego he vuelto a ponerme la entrevista a Pla de ‘A fondo’ y he regresado a ‘El cuaderno gris’. Al comienzo dice Pla, cuando siente que los padres lo miran decepcionados el día de su veintiún cumpleaños: “Tener hijos en forma de incógnita, de nebulosa, tiene que ser muy desagradable”. Produce nostalgia, pero también esperanza, saber que en la tierra hoy embrutecida por el nacionalismo pudo haber un Montaigne.

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Juan Soto Ivars: “En la poscensura no tienes miedo al estado; tienes miedo a tus amigos”

Borja Bauzá

Foto: Jose Jeosm
Cedida por Juan Soto Ivars

Hace un par de meses Juan Soto Ivars (Águilas, 1985), barcelonés de adopción y columnista destacado de El Confidencial, escribió un artículo afirmando que Cataluña funciona como una república cuántica. “Cuando un político toma una decisión en Cataluña, la toma y no la toma”, explicaba el escritor y periodista murciano. Dos meses después el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, se presentó en el Parlament para declarar la independencia de Cataluña y dijo lo siguiente: “Llegados a este momento histórico, y como presidente de la Generalitat, asumo al presentar los resultados del referéndum ante el Parlamento y nuestros conciudadanos, el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un estado independiente en forma de república. Esto es lo que hoy corresponde hacer. Por responsabilidad y por respeto. Y con la misma solemnidad, el Gobierno y yo mismo proponemos que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia”.

Además de inspirar –sin pretenderlo– al presidente de Cataluña en el momento más tenso de su carrera, Soto Ivars también ha dedicado una parte considerable de su tiempo a investigar los linchamientos digitales. Su último ensayo, Arden las redes (Debate), explora lo que él llama poscensura; el agobiante reino de la corrección política en las redes sociales. También es autor de un libro mitad memoria mitad reflexión sobre la sociedad española titulado Un abuelo rojo y otro abuelo facha (Círculo de Tiza) y de varias novelas. Muchos le han acusado de abordar los conflictos patrios desde la equidistancia. Sin embargo, y como se puede comprobar en las líneas que siguen, Soto Ivars no parece tener ningún problema en mojarse y señalar aquello que detesta.

Juan Soto Ivars: “En la poscensura no tienes miedo al estado; tienes miedo a tus amigos” 3
La prensa internacional destaca en portada la tensión en Cataluña | Imagen vía: Borja Bauzá

El 1-O es un día que ha quedado grabado a fuego en el proceso independentista catalán. Por muchos motivos. Tú que no eres catalán ni tampoco independentista, ¿cómo viviste aquella jornada?

El 1-O produjo una ruptura entre lo que pensaba y lo que estaba viendo. Soy anti independentista y por eso cuando escribo lo hago a favor del unionismo. Lo que pasa es que el día del referéndum vi cómo, al lado de mi casa, la policía hostigaba a gente mayor. Cuando ves a la policía pasándose tanto, lo que tú piensas y lo que piensa la persona que está en la calle deja de importar. Todo se reduce a una cosa: están pegando a tus vecinos. Hablando desde un punto de vista unionista creo que tendríamos que ser muy críticos con lo que ha pasado. Nosotros, los que no queremos la independencia, tenemos que decir que la policía no puede cargar así para cerrar cuatro colegios electorales. Yo el 1-O me agarré un disgusto con los míos.

En los días posteriores al referéndum aparecieron crónicas contando que gente que no pensaba votar bajó a votar después de ver las imágenes de la policía desalojando colegios. ¿Fue la acción policial de ese día contraproducente?

Completamente. Mi propia mujer, Andrea, no pensaba votar porque opinaba que el referéndum, tal y como estaba planteado, no era democrático. Decidió ir después de ver esas imágenes. Conozco bastantes casos parecidos. Lo he dicho en varios artículos: hay que ser consciente de que aquí las cosas se viven de otra manera. A mí lo que más me cabrea de todo este asunto es lo siguiente: ¿si alguien cometió un delito por qué no hay detenidos? Me refiero a los que promovieron el referéndum, a los que lo hicieron posible. ¿Por qué esas personas están libres y otras que sólo fueron allí a votar, y que según los jueces no estaban cometiendo ningún delito, tienen el ojo morado? La polarización ideológica es tal que una parte de la sociedad está aceptando que la pena por un supuesto delito que ni siquiera se ha juzgado sea una somanta de hostias. Eso no es justicia. Es la ley del más fuerte.

El fenómeno de colgar la bandera de turno en el balcón, algo que en Cataluña ya es tradición, se ha empezado a extender por el resto de España. En ciudades como Madrid hay banderas españolas donde antes no había nada. Hay gente que lo celebra diciendo que por fin se está acabando con el complejo de sentirse español. Otros hablan de un rebrote de nacionalismo españolista. ¿Tú qué opinas?

A mí me parece que abrazar la bandera de España cuando Rafa Nadal gana un campeonato es una reacción natural; se abraza en actitud festiva, de celebración. El problema es que ahora se está sacando de forma reivindicativa y contra un nacionalismo. Existen dos posturas principales dentro del españolismo: la que dice no a la independencia pero sí a un estado plurinacional y la que saca banderas a los balcones, que es la misma que dice que España es una y no cincuenta y una. Esta última me parece negativa. De hecho, a mí me asusta más el nacionalismo español que el catalán. Al nacionalismo catalán ya estoy acostumbrado; vivo aquí, no soy nacionalista y nunca he tenido ningún problema por ello.

¿En el resto de España se exagera al hablar de los problemas de convivencia que hay entre nacionalistas y no nacionalistas en Cataluña?

Se exagera mucho al hablar de la mala vida que supuestamente llevan los que no son independentistas. Con esto no quiero decir que los que dicen que han tenido problemas estén mintiendo. Estoy seguro de que hay gente que ha tenido problemas. Pero no es generalizado. Yo nunca he ocultado que el nacionalismo catalán me parece estúpido y nunca me ha pasado nada.

¿Entonces el relato independentista, ese que habla del respeto al disidente, es cierto?

El relato independentista también trae su dosis de mentira. Que existe cierta discriminación es innegable. Esto se nota, por ejemplo, en los institutos. Me han llegado historias de profesores que han sido marginados de una manera u otra. Y conozco personas que llevan 30 años aquí a las que algunos siguen sin considerar catalanas. Hay mucho marketing que presenta el independentismo catalán como un fenómeno abierto y eso es falso. Ahora bien: no tenemos una situación a la yugoslava. Es imposible. No son tan fanáticos.

Ciertos comentarios en redes sociales pueden dar la impresión contraria.

Es que es ahí donde uno puede encontrar a los fanáticos del independentismo catalán: en las redes sociales. Pero son muy engañosas. El día del desfile de la Fiesta Nacional se mató un piloto de caza cuando volvía a su base tras la exhibición. Yo sigo a muchos independentistas en Twitter para ver lo que dicen y en ese momento estaban lamentando lo sucedido. ¿Pero qué es lo que se estaba viendo? Pues pantallazos de 50 gilipollas, entre ellos un concejal de ERC, que se estaban descojonando de lo del piloto. Esa imagen es falsa. Es un espejismo. Es una sombra china; pones el foco muy cerca del imbécil y la sombra que proyecta es gigantesca. El independentismo catalán es un movimiento muy civilizado. Sí, en Cataluña hay propaganda, hay crispación y hay gente que prefiere no tocar según qué temas. Pero no hay Jemeres Rojos. Cuando surgió Podemos pasaba lo mismo: había amigos con los que no podías hablar de Pablo Iglesias porque te saltaban al cuello. Eso se llama emoción política. Una sociedad democrática tiene que convivir con esa tensión.

Ahora que mencionas a Podemos, me ha sorprendido comprobar que en algunos sectores del independentismo es un partido más odiado que el PP o Ciudadanos.

Tiene muchísimo sentido. El independentismo catalán se beneficia del PP y el PP se beneficia del independentismo catalán. A nadie le beneficia más el gobierno de Rajoy que a Junts pel Sí. Saben que Rajoy no se va a sentar a hablar y eso es perfecto para conseguir votos. Y viceversa. ¿Quién va a ser la salvaguardia y el escudo de España frente a quienes quieren romperla? Pues Rajoy. O Albert Rivera, que últimamente se está postulando como extrema derecha en lo que a este tema se refiere. Pero a Podemos lo odian. Yo critico muchísimo a Podemos, pero creo que es el único partido que tiene una visión realista y constructiva de lo que está pasando en Cataluña. Aparte del PSC, que no el PSOE. Esos son los partidos que más caña reciben del independentismo. Al fin y al cabo, los radicalismos siempre intentan dañar las zonas grises. El nacionalista español que vota al PP no vuelve a votar a Rajoy en la vida si Rajoy, en un acto de estadista, decidiera que esto ha llegado muy lejos y que hay que sentarse a hablar para pasar página. Y si Puigdemont renuncia a la independencia y decide sentarse a hablar a cambio de unas cuantas cosas, hay facciones dentro del nacionalismo que le van a llamar traidor.

Puigdemont el pasado 10 de octubre en el Parlament de Cataluña | Imagen vía Reuters

Ya se lo llamaban el otro día, tras su famoso discurso en el Parlament…

Es que lo del otro día fue de risa.

Cuando lo escuché me vino a la mente aquel artículo en el que explicabas que, en realidad, Cataluña es una república cuántica.

¡Estoy contentísimo! Es que la clavé, y mira que es difícil clavarla. Lo de la república cuántica es una buena forma de explicar esto: hay dos leyes que se contradicen, dos poderes que se arrogan la autonomía soberana sobre el otro, y dos masas de ciudadanos que creen versiones enfrentadas. Además, casi no hay puntos de contacto. Es decir: existen dos universos paralelos donde la gente se informa de distinta manera. Tú preguntas a independentistas sobre lo que está pasando y preguntas a españolistas sobre lo que está pasando y te dan dos versiones radicalmente opuestas. Existe un relato paralelo.

¿Y cuál de los dos relatos se acerca más a la verdad?

Ahora hay más mentira en el relato independentista, porque les está yendo fatal, aunque antes había más mentira en el otro. Pero volviendo al tema del que hablábamos, lo que hizo el otro día Puigdemont fue hacer política cuántica. Dijo que la República de Cataluña estaba viva y estaba muerta, que existía y no existía, que la había declarado pero que no la había declarado. Por eso Rajoy le ha pedido que se explique. Es maravilloso. El procés se ha vuelto gallego. Si teníamos confianza en que esto se solucionase de una forma u otra, perdámosla porque ya lo que nos faltaba es tener a un gallego enfrente del otro.

¿Eso invita al optimismo o al pesimismo?

Eso invita al aburrimiento. La marmota Puigdemont salió del tronco en Punxutawney y predijo seis semanas más de invierno. A mí lo que me preocupa es la reforma constitucional, porque no la veo posible

¿Por qué no la ves posible?

Porque se tienen que poner de acuerdo tres de los cuatro grandes partidos nacionales, y hay un punto en el que no se van a poner de acuerdo: PP y Ciudadanos van a intentar quitar competencias para perjudicar al nacionalismo catalán, y Podemos y el PSOE van a intentar lo contrario. El PSOE ahora mismo depende del PSC para esto, y en el PSC, donde conocen muy bien Cataluña, saben que cualquier retroceso en competencias va a ser desastroso para ellos. ¿Cómo van a ponerse de acuerdo? Y sobre todo: ¿quién va a validar luego esa reforma? ¿Se va a celebrar un referéndum? ¿Y si hay referéndum y sale que no se acepta en Cataluña pero sí en el resto de España? Abrir la puerta a una reforma de la Constitución con esta polarización que tenemos es de locos. Si se hubiera hecho antes, hubiera funcionado. ¿Pero ahora? ¿Qué van a cambiar?

Hay muchas voces que abogan por quitar a la Generalitat su competencia en materia de Educación. Creen que es un paso fundamental en la lucha contra el independentismo.

Eso es imposible. Pujol lo hizo muy bien: aisló a Cataluña. Me lo contó José Bou, el director de los empresarios catalanes españolistas, y a él se lo dijo José María Aznar en persona. La historia es la siguiente: en el año 96, cuando Aznar necesitaba a Pujol para formar gobierno, y siendo muy listo, le ofreció varios ministerios a CiU. O sea, ofreció hacer un gobierno central, en Madrid, con ministros catalanes nacionalistas. Pujol se negó. Dijo que su apoyo dependía de recibir más competencias, pero que no quería figurar en el gobierno central. Buscaba aislar a Cataluña. ¿Y la educación qué papel ha jugado ahí? Pues ha dado una visión del mundo que termina en la frontera de Cataluña. ¿Eso significa adoctrinar? No, porque a mí en Murcia me obligaron a aprender todos los ríos de Murcia, que están secos. Eso no es adoctrinar, es el desastre del autonomismo y la gilipollez de que si vives en Ávila pues te enseñan que Ávila es lo más importante. Quizás hay que enseñar desde una perspectiva más global, ¿no? Enseñar todo el país. Pero quitarles una competencia es imposible, porque eso va a multiplicar a los que están en contra de tu postura.

¿Entonces…?

Pues estuve hablando sobre esto con un amigo al que llamaré Joaquín M. y resulta que Joaquín M. tiene una idea que a mí me parece muy interesante: hacer un sistema educativo nacional en el que cada comunidad autónoma tenga sus competencias, pero en el que existan dos cosas comunes.

¿La primera?

Una asignatura sobre España. Una asignatura sobre el país, sobre sus diferentes costumbres y culturas; una asignatura que enseñe a los chavales nociones básicas de las lenguas reconocidas oficialmente en el territorio.

Ajá. ¿Y la segunda?

Un intercambio obligatorio de un mes de duración y pagado por el Estado, porque de lo contrario no puede ser obligatorio. Por ejemplo, un chaval de Barcelona y toda su clase son enviados a un instituto de Madrid durante un mes. Luego a los de Madrid les toca ir un mes a Barcelona. Y en dos meses tienes novios, novias, amigos y mejores amigos. Ese vínculo, el vínculo de la amistad, rompe muchísimo mejor la deriva de separación que cualquier anulación de la inmersión lingüística que quiera promover el gobierno de Rajoy. Hay nacionalistas catalanes que te dicen que han vivido diez años en Madrid y que siguen siendo independentistas. Vale, pero es que esa gente se marchó siendo ya mayor; hasta entonces se había criado en un ambiente de separación mental.

Sea cual sea la solución que se plantea, todas parecen pasar por los niños del mañana.

Sí, la generación actual está perdida. Esto también me lo dijo José Bou. Él cree que hay que centrarse en la siguiente. Aunque lo que él propone es diferente; quiere tirar por lo de españolizar a los niños catalanes, algo que a mí me parece equivocadisimo.

¿Por qué crees que la generación actual está perdida?

Pues, entre otras cosas, por lo ocurrido el 1-O. El día del referéndum yo vi niños que a su vez veían cómo estaban hostigando a sus vecinos. Porque allí había niños. ¿Y qué crees que van a recordar estos niños? Hay mucha manipulación y todo lo que quieras, pero esos niños han visto lo que se ha visto en los videos. Han visto porrazos. Es una generación que ha corrido delante de los grises. Les hemos entregado eso a los independentistas. Nunca nos podrán pagar ese regalo.

¿No tienes la sensación de que en el ámbito independentista la queja por lo que sucedió el 1-O esconde también cierta satisfacción?

Vivimos en una sociedad victimista. Se usa el agravio como medida de reafirmación, tanto en un lado como en el otro. El nacionalismo español ha resurgido de su letargo por el ataque del independentismo catalán, que quiere romper España. Y el independentismo catalán lleva años alimentándose de la catalanofobia. En Cataluña es mucho más popular la gente de Intereconomía que en Madrid. Hay un ensayo de filosofía que se llama Crítica de la víctima (Herder). En él Daniele Giglioli analiza por qué la víctima está tan interesada en ser una víctima. Pues bien: aquí, hasta ahora, teníamos solo un victimismo. Ahora tenemos dos.

Juan Soto Ivars: “En la poscensura no tienes miedo al estado; tienes miedo a tus amigos” 2
Portada de Crítica de la víctima de Daniele Giglioli | Imagen vía Herder Editorial

¿Te preocupan los episodios de violencia que ha protagonizado hace apenas unos días la ultraderecha española en Valencia y en Barcelona?

Lo que me preocupa es que no exista una condena unánime por parte del españolismo. Los que se pegaron el 12 de octubre en la Plaza de Cataluña después del acto convocado por Societat Civil Catalana eran neonazis. Y esas imágenes se han utilizado desde el independentismo para describir lo que, según ellos, es España. Eso es manipulación, de acuerdo, pero sigue sin haber una condena unánime de esas imágenes por parte del PP o Ciudadanos. Un comunicado, por ejemplo. Pero no: se han lanzado al y tú más sacando vídeos de Arran. ¿Qué sentido tiene eso? Acepta que entre los tuyos hay radicales y hay locos y sé el primero en condenarlos. ¿Cómo vamos a exigir luego a Convergència que condene aquel cartel de Arran en el que aparecían las caras de concejales contrarios al referéndum?

De hecho, poco después de tildar de acosadores a los de Arran por ese cartel, el PP de Madrid hizo algo parecido sacando fotos y señalando a través de Twitter a los concejales de Ahora Madrid que acudieron a una concentración a favor del referéndum.

Exacto. Es deprimente.

¿Por qué crees que lo hicieron?

Las redes sociales ponen de manifiesto algo que por otra parte siempre ha estado ahí: el fanatismo se retroalimenta. En Arden las redes he dado muchas vueltas a este tema. Las redes sociales se dedican a hacernos sentir bien porque quieren que estemos todo el rato metidos en ellas. Y un truco que usan es el filtro burbuja. El filtro burbuja consiste en hacerte ver el mundo a través de una ventana en la que todo el mundo te da la razón, y al que no te da la razón lo puedes bloquear y hacerlo desaparecer. La gente se está fanatizando a una velocidad alucinante. Más del 40% de los españoles usa redes sociales; un lugar en el que puedes bloquear al que piensa distinto y en el que puedes participar en un linchamiento al que molesta a tu ideología. Es una fábrica de fanáticos.

Las famosas ‘echo chambers’.

Sí. Lo describe muy bien Eli Pariser, que tiene un libro titulado precisamente El filtro burbuja (Taurus). En ese libro explica desde un punto de vista técnico todo esto y demuestra cómo funcionan los algoritmos que nos están cambiando la visión del mundo. El algoritmo de Facebook tiende a enseñarte en tu pantalla principal opiniones y publicaciones a las que tú sueles poner ‘Me gusta’. Porque Facebook quiere que te quedes, no quiere que pases un mal rato, quiere ahorrarte el sofoco. A lo mejor tú tienes 1.000 amigos, pero Facebook te muestra los 200 con los que sueles estar de acuerdo. Lo que opina el resto no te va a llegar.

Pero esto ya ocurría antes de las redes sociales. Con los periódicos, por ejemplo. La gente solía leer ‘su’ periódico. Y elegía comprar ese periódico y no otro porque quería que le contasen las cosas de una determinada manera.

Es diferente. El periódico puede tener una línea muy marcada, muy cerrada, puede ser La Razón o, cuando todavía salía en papel, Público y aun así, al pasar las páginas, también estás recibiendo una información que no tiene que ver con tus intereses o gustos. Siempre va a haber algo que te hará recordar que existe Pakistán. Es decir, que por muy cerrada que sea su visión del mundo ya estás recibiendo cosas que no dependen de un programa que decide por ti lo que a ti te interesa. Estás más conectado con lo desconocido escuchando una tertulia de radio o leyendo un periódico en papel que a través de Facebook o Twitter.

Te acusan de equidistante, ¿crees que lo eres?

Soy escurridizo. A mí me hubiera ido mucho mejor en lo que a premio y castigo digital se refiere si me hubiese mantenido en mi postura españolista, que es lo que pienso y lo que creo. Pero lo que he hecho ha sido intentar explicar a la gente que me lee qué piensan los que no opinan como yo, qué les pasa, por qué están así de enfadados. Y eso me ha traído muchos problemas. He perdido muchos lectores por el camino. Pero los columnistas tenemos que hacer un esfuerzo de amor propio; intentas no incurrir en la poscensura.

Juan Soto Ivars: “En la poscensura no tienes miedo al estado; tienes miedo a tus amigos” 1
Portada de Arden las redes | Imagen vía Editorial Debate

La poscensura es el gran tema de tu libro Arden las redes. ¿Qué significa exactamente?

La poscensura es un neologismo que saqué precisamente en ese libro. En la poscensura tú no tienes miedo a que el estado franquista, por poner un ejemplo, te ponga una multa; tienes miedo a tus amigos. Es mucho más fácil sostener la pancarta que sacan otros antes que salir a matizarla. Entonces es cuando acabas radicalizándote por miedo a que tus propios amigos te llamen traidor. Esto es fatal para el debate público. La víctima de la poscensura no es al que linchan. El linchado es la víctima colateral; la auténtica víctima de la poscensura es el debate público. La poscensura establece polarización absoluta; o conmigo o contra mí.

Aunque no son pocos los que acusan a Pablo Iglesias de conspirar con los nacionalistas catalanes para romper España, antes comentabas que Podemos es junto al PSC el único partido que parece tener una visión realista y constructiva de lo que está pasando en Cataluña. En este sentido, y aunque suene paradójico para muchos, ¿opinas que son los que más pueden hacer por la unidad de España?

No lo sé. El nacionalismo catalán siempre va a querer más y si la actitud de Podemos es dar lo que piden, ellos van a seguir pidiendo y pidiendo porque no hay que olvidar que su fin es la independencia. Es como pasar por un barrio de carteristas sin cerrar la cartera. El problema es que la alternativa puede ser peor. Lo que no tiene sentido es equiparar a Podemos con los independentistas. Son muy distintos. Cuando en el Parlament pasaron las leyes del referéndum de esa forma tan pirata fue Coscubiela, de Podem, el tío más valiente. Se plantó y les dijo a la cara que era intolerable lo que estaban haciendo, saltándose las leyes de su propia cámara y acallando de aquella manera a los otros grupos. Fue mucho más valiente que Pablo Iglesias, que se mete con el PP pero no con Puigdemont. Me quedo con Coscubiela antes que con Pablo Iglesias y me quedo con Ada Colau antes que con cualquiera de los dos. Creo que haría muy bien la izquierda española en aprender de ella, que critica a Junts pel Sí tanto como a Rajoy. Me jode ese mantra en Podemos que dice que hay que ir contra el PP pase lo que pase. En esta crisis ha habido momentos en los que había que estar a su lado.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo cuando Rajoy hizo lo que hizo la semana pasada. Podía haber aplicado el 155 y lo que hizo fue decirle a Puigdemont que le aclarase qué había dicho. Dejó un margen de tiempo durante el cual han existido reuniones. Ahí Rajoy estuvo muy bien. También en las semanas que transcurrieron desde la aprobación de las leyes del referéndum en el Parlament hasta el 1-O. Podemos podría haber sumado su voz al bando constitucionalista sin dejar tampoco de decir que se necesita una reforma de la Constitución y un referéndum pactado.

Hay personas que se han planteado abandonar Cataluña ante el cariz que ha tomado la situación. ¿Os habéis planteado tu mujer y tú hacer lo propio en algún momento?

Hemos hablado del tema, no tanto por las consecuencias políticas como por la posibilidad de que se desate la violencia. El día del discurso del Rey terminé asustado. Era un discurso de negación, el discurso de alguien que no está mediando. Para mí fue un error; no puedes negar la existencia de dos millones de súbditos, aunque te odien. Tienes que dirigirte también a ellos, dedicarles alguna palabrita. Pensé que se iba a liar. Pero al día siguiente comenzó la fuga de empresas. Eso me tranquilizó.

¿Por qué?

Pues porque cuando se van los bancos y las empresas, en el PdeCat empiezan a ponerse de manifiesto unas diferencias brutales entre la parte más independentista, minoritaria, y los que miran más la pela que otra cosa. Puigdemont es, de hecho, el más independentista de todo el PdeCat. Yo creo que a Puigdemont se lo va a comer el propio partido. Si quiere que las empresas regresen, la burguesía independentista va a tener que bajarse del carro. Luego se cargará a la CUP y, junto a ERC, dará un giro cosmético hacia el federalismo, donde se encontrará con Podemos y el PSOE. Me parece que será la solución. Ganará el capitalismo, como siempre. En cierto modo, que sean los bancos y no la gente quienes se están cargando el procés me parece un fracaso democrático.

Hay quien dice que por más que hagan o deshagan los políticos, a estas alturas ya hay un sector del independentismo que va por libre. Y que eso podría causar disturbios en la calle.

Creo que lo tienen controlado. A lo largo de mi vida he experimentado tres momentos en los que la gente estaba realmente ilusionada: la movilización contra la guerra de Irak, el 15-M y el momento actual. ¿En qué quedaron las protestas anteriores? ¿Qué esperas de la Diada, de la revolución de las sonrisas? Los medios de comunicación independentistas son de los bancos. Cuando llegue la orden cambiarán el tono.

En el libro El fracaso de la no violencia (Segadores/Descontrol) se ponen esos mismos ejemplos, entre otros, para argumentar que la protesta pacífica no consigue nada.

Pero es que vivimos en una sociedad bien alimentada. No hay ningún motivo para que la gente se tome realmente en serio lo de salir a luchar a la calle mientras pueda seguir dando de comer a su hijo. Hay un factor que va a hacer imposible cualquier revolución en España y en Europa: las salchichas Frankfurt del DIA cuestan 25 céntimos, un bote de tomate 39 céntimos y un paquete de medio kilo de espaguetis 30 céntimos. Es decir: que tú por menos de un euro no sólo comes sino que además engordas. Nunca se ha visto una revolución con guerrilleros gordos. Ni la vamos a ver.

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Common decency

Daniel Capó

Foto: IVAN ALVARADO
Reuters

En sus libros, George Orwell hablaba de una common decency que apelaba directamente al fondo moral de las clases medias, base y fundamento de cualquier democracia posible: la fidelidad y la confianza, la generosidad y el respeto mutuo entre los ciudadanos. La decencia común es el gran valor de la política humilde frente al anhelo de perfección que caracteriza a los totalitarismos ideológicos, definidos por una voluntad marcada por el resentimiento, la incomprensión mutua y, en nuestro mundo además, por los eslóganes de la agitación y la propaganda. Orwell sabía demasiado bien –lo pudo comprobar a lo largo de su vida– que estos valores de la decencia común son precisamente los de la democracia imperfecta pero posible: “lo que todas las pequeñas ideologías malolientes que ahora rivalizan por el control de nuestra alma odian con idéntico odio”. El imperio actual de la posverdad nos permite entender de sobra el sentido de las palabras del escritor británico. Que se diga por ejemplo que, “porque se quiere y se puede”, la mitad de una sociedad está dispuesta a convertir en extranjera a la otra mitad, como nos recordaba hace unos días en esta misma sección Juan Claudio de Ramón. O que ese “querer y poder” –la voluntad de poder nietzscheana, en definitiva- sea suficiente para hablar de dignidad democrática.

La decencia común de Orwell constituye la tierra natal de todos aquellos que desconfiamos de los credos excluyentes y que reivindicamos, en cambio, la letra menuda del día a día. Si para un filósofo como Rémi Brague el concepto de la modernidad se vincula en su etimología a la moderación, ninguna propuesta de futuro puede desligarse de ese jardín plural de los afectos que cultiva la memoria: una memoria capaz de rechazar el narcisismo asfixiante del dolor propio para abrirse al dolor de los demás. Una memoria democrática que es fecunda porque se deja fecundar por otras lágrimas y otras esperanzas. En realidad, la dignidad es esta decencia común que nos recuerda continuamente que nos hacemos junto a los demás y gracias a los otros. Y que el mejor patriotismo consiste precisamente en recorrer ese camino largo y difícil que nos permite reconocer la riqueza de la diversidad, nuestra diversidad.

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El gran silencio

Jesús Montiel

Foto: RRSS

El silencio es un ruido. La pista me la dio mi amigo, que lo dejó todo para callarse. Amables adicciones como el tabaco o la cafeína; pero también, lo más trabajoso, un empleo estable y bien remunerado y una novia que lo quería y que por eso no le impidió que se marchase. Ahora vive en la Cartuja de Miraflores, en Burgos. Anónimo, sin selfies ni redes sociales, sin tan siquiera espejos. Muchas veces lo imagino trabajando el huerto o abismado en la visión de un icono que colorea una vela, callado siempre. Su recuerdo se funde con los fotogramas que Philip Gröning filmó durante los seis meses que pasó en la Grande Chartreuse armado sólo con su cámara y un micrófono, sin emplear luz artificial y obedeciendo otras condiciones del prior del monasterio; dicen que el más duro, el más estricto. Allí viven secretamente una veintena de hombres como mi amigo. Fuera del tiempo de los relojes, despabilan sus gargantas en mitad de la noche para prorrumpir en salmodias que ponen el pelo de punta. Hombres que desairan la velocidad de las agendas, pendientes del disco solar y envueltos por la brutal belleza de los Alpes franceses, con meses completos de nieve asesina, que no es la que retratan las postales, mientras el mundo, allende los bosques alpinos, prosigue con su incansable cháchara. Silentes, pero a la escucha.

Porque el silencio, más que la ausencia de ruido, es una palabra, y no una palabra inofensiva, sino transformadora y hasta quirúrgica. Hablo del verdadero silencio, que es parlanchín y que, lejos de negar la realidad, nos incrusta en ella sin pomadas efectistas ni karma, asumiendo que se padece y que es imposible sortear la pesadumbre, que la salud declina, que se enferma temprano o tarde. El silencio es improbable sin una soledad comprometida, por otra parte. El pianista Glenn Gould defendía frente a los periodistas su escasa participación en la vida artística precisamente porque, según él, un artista que desea madurar requiere de esta distancia. Ninguno de los llamados grandes fue hombre de mucha multitud. Sin esta soledad, sin este silencio, nadie puede subir y ascender a sus profundidades, que son las grutas de donde se extrae el material que la gracia avivará. La palabra de quien escribe o la nota de quien compone depende exclusivamente de la relación que tiene el artista con el silencio, de su amistad, de cuánto silencio frecuenta. El silencio es para el artista y para el santo un útero del que constantemente se nace.

Mi amigo, pienso, ha escogido la mejor parte, estoy convencido de que los que son como él sostienen el mundo aunque el mundo los considere inútiles. Yo creo que a veces se le rompe el pecho de tanto regocijo, a mi amigo, cuando parte la noche para rezar o entierra a uno de sus hermanos. Y que nos aventaja. Acaso el silencio sea el ruido preferido de Dios, con el que Dios prefiere hablar. Acaso el silencio, el de mi amigo, sea más ruido de lo que parece y acaso el ruido, el de este mundo, el ruido que nos rodea por todas partes, no tenga nada interesante que decirnos y su misión radique en alejarnos del otro ruido, el que se escucha en el silencio, que es una voz o quizá, me atrevo, una declaración amorosa.

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