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El futuro del PSOE

Pilar Cernuda

Si la cara es el espejo del alma, la de Pedro Sánchez está sumida en la más absoluta desolación. Los días pasados era “desgarro” la palabra con la que la mayoría de los dirigentes socialistas definían su estado de ánimo mientras Sánchez parecía sacar fuerzas de su empecinamiento y su rostro no reflejaba dolor sino rabia, ganas de pelea. Como si no fuera consciente de que llevaba a su partido al desastre. Rostro que cambió poco después de las 8 de la tarde del sábado, cuando conoció el resultado de una votación que le señalaba directamente la puerta de salida de la secretaría general del PSOE.

Antes, se vivieron escenas nunca vistas en Ferraz: fuera, en la calle, escraches a quienes ponían en cuestión a Pedro Sánchez; dentro, gritos, zarandeos, lágrimas e incluso intento de pucherazo. Jamás, en los 40 años de su historia reciente, el PSOE había vivido una situación tan convulsa, tan dramática, tan dura emocionalmente. Llega la hora de preparar el futuro, de pasar página tratando de conciliar los dos bandos, palabra hiriente utilizada por Sánchez y que Javier Fernández tratará de desterrar. Llega la hora de optar por unas terceras elecciones que serían suicidas o por permitir a Rajoy que gobierne, lo que provocaría gran decepción. Llega la hora de decidir si las decisiones las toma el Comité Federal o los militantes, la hora de decidir si el PSOE quiere seguir siendo partido de gobierno o se inclina por ir de error en error hasta dejar la izquierda en manos del populismo radical.

El Pedro Sánchez de rostro descompuesto deja atrás un partido roto. Pero se trata de un partido que es capaz de sacar lo mejor de sí mismo para mantenerse donde debe estar. Siempre que sus nuevos dirigentes actúen con la inteligencia y generosidad que se les supone.

Macron, el reaccionario

Daniel Capó

Foto: Pool
Reuters

En términos estrictos, cabe tildar a Emmanuel Macron de reaccionario posmoderno. Su lenguaje no es el del integrismo, sino el de un hombre lúcido que entiende cuál es rostro de la política contemporánea y, sobre todo, en qué consisten sus riesgos. Quiero decir que Macron es un reaccionario postmoderno porque no se bate contra la modernidad –entendida en sus justos términos– sino a favor de ella. Frente a la perplejidad y a ese rumor inquietante propagado por un populismo que nos invita a descreer de la democracia tradicional, el nuevo presidente francés reivindica de forma inusual la responsabilidad del ciudadano adulto. «He apostado por la inteligencia de los franceses y de las francesas –ha declarado Macron en la entrevista concedida a un grupo de periódicos europeos–. No les he adulado, sino que le he hablado a su inteligencia. Lo que agota a las democracias son los responsables políticos que piensan que sus conciudadanos son idiotas, utilizando con demagogia sus temores y contrariedades y apoyándose en sus reflejos. […]. Deseo volver a retomar el hilo de la historia y recuperar la energía del pueblo europeo».

Son palabras mayores que merecen ser subrayadas: historia e inteligencia, responsabilidad y vida adulta. Ante la avalancha de política basura que embrutece los parlamentos y el debate público, se abre ante nuestros ojos una curiosa paradoja: en nuestro tiempo, ser reaccionario –un reaccionario no antiguo sino posmoderno, un reaccionario alla Macron– consiste en rechazar las vulgarizaciones de la ideología, en reivindicar el peso de la razón ilustrada y la inestimable moderación del parlamentarismo. Es algo tan sencillo como atreverse a decir la verdad en una época de posverdades. Del éxito de políticos así –dispuestos a rechazar la salmonella de la mentira–, depende en buena medida el futuro de Europa.

La voz de Leopoldo López

José Carlos Rodríguez

Foto: Ariana Cubillos
AP
“¡Me están torturando!”. Era el grito desesperado de Leopoldo López mientras practicaban el socialismo sobre su cuerpo. López está en la cárcel militar de Ramo Verde por cometer el crimen de convocar una gran manifestación contra el gobierno de Nicolás Maduro. Llevaba 78 días incomunicado con sus abogados, según acababa de denunciar su mujer, Lilian Tintori, y recurrió a la voz que aún tiene, y que llega más allá de las vallas de la cárcel. “¡Denuncien!”, vociferaba utilizando el único medio de defensa que le queda; su voz.
Hay motivos para el miedo y la inquina que siente el régimen por Leopoldo López. Fue nombrado el tercer mejor alcalde del mundo en 2008. Poco después, el régimen le inhabilitó para cargo público, sin que mediara un juicio en su contra. La Corte de Derechos Humanos le rehabilitó, pero la decisión de Hugo Chavez sirvió para apartarle del liderazgo de la Mesa de Unidad Democrática, que es la confluencia de la oposición al régimen. Su lugar lo ocupó Henrique Capriles, que sigue una estrategia menos combativa, aunque no menos firme. Ahora, el régimen ha inhabilitado a Capriles. Cuando Leopoldo recobró la capacidad de maniobra política, se recorrió el país para crear el partido Voluntad Popular. Lo había convertido en el partido con más alcaldes el día de su encarcelamiento. Maduro le teme porque tiene lo que el régimen carece desde la muerte de Chávez: liderazgo.
El socialismo ha llevado la sociedad venezolana al caos, a las colas, al hambre. Es la realidad. Es la vida de la gente. Es lo que llega al salón antes de encender la televisión. Esa realidad ha arruinado al régimen, y la cuestión es cuándo y, sobre todo, cómo va a caer, y los cadáveres que dejará como eternos testigos de la revolución.

Macron y los estados de gracia

Valenti Puig

Foto: Etienne Laurent
AFP

La norma no escrita de dar una tregua crítica a los cien primeros días de todo gobierno ha ido quedando arrumbada como un uso vetusto. En coincidencia cuantitativa con la duración del retorno de Napoleón desde la isla de Elba hasta Waterloo, esos cien primeros días a veces han ido a la par con el estado de gracia, un período de levitación en el que la confianza en el nuevo elegido parece casi unánime. No lo hemos visto con Theresa May pero sí con Macron. En general, una nueva presidencia de la Quinta República garantiza ese período de gracia. Tras la victoria presidencial, haber conseguido una nueva mayoría parlamentaria –para un partido de hace dos días- convierte a Macron en un político en estado de gracia, llegado en el momento más oportuno para, después del “Brexit”, rehacer el eje franco-alemán dándole un toque gaullista. ¿Hasta cuándo? En un mundo tan acelerado, la erosión política parece haber liquidado los privilegios del estado de gracia. Lo hemos visto otras veces: un político de nuevo cuño –caso Obama- se convierte en paradigma, para acabar entrando y saliendo del taller de reparaciones.

Ahora la fulguración del nuevo presidente de la República Francesa genera un efecto mimético aunque lo realmente significativo es que haya llegado al poder gracias al hundimiento del socialismo francés y las torpezas habituales de la derecha. ¿Macron o Corbyn? ¿Macron o Bernie Sanders? ¿Qué queda del modelo Blair? Son interrogantes que pueden aplicarse al retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, más bien dispuesto a romper con las tesis de centro-izquierda propias del felipismo y presuroso por expansionarse hacia la izquierda, colindando arriesgadamente con Podemos para conjugar una alternativa.

La posición de Sánchez en contra del acuerdo comercial con Canadá –CETA- ha resultado incómoda para Bruselas, como ya se ha cuidado de exponer el comisario Moscovici, procedente de la izquierda radical y luego ubicado en el sector rocardiano del socialismo francés. Curiosamente, Sánchez ha sido proclamado a menudo por sus partidarios como gran conocedor del laberinto comunitario, dado que de muy joven fue asesor en Bruselas antes de ser jefe de gabinete de Carlos Westendorp, alto representante de las Naciones Unidas en Bosnia, en pleno conflicto de Kosovo.

Tampoco en la oposición perduran los efectos del estado de gracia. El futuro de Pedro Sánchez, por ejemplo, depende mucho de que logre zafarse de la presión de Podemos y de la militancia socialista más radical para lograr la adhesión del electorado real de centro-izquierda, marcando de cerca a un gobierno de Rajoy debilitado por la corrupción siempre que decida, cuanto antes mejor, si quiere ser un Macron o un Corbyn. La crisis del socialismo europeo tiene una sombra muy alargada. Ahora mismo, para Bruselas, aunque Donald Tusk parafrasee a John Lennon, un PSOE deslizándose hacia la izquierda es una mala noticia. Hay abundantes quejas sindicalistas pero el PSOE todavía no ha dado un contenido coherente a su rechazo a los acuerdos comerciales EU-Canadá. ¿Qué hay de malo en mantener relaciones de libre comercio con Canadá?

Cataluña: fiarlo todo al día después

Iñaki Ellakuría

Foto: ALBERT GEA
Reuters

En estos días de verano, cuando el curso político catalán se acerca al breve parón estival, una pregunta se cuela en la mayoría de conversaciones: ¿Qué ocurrirá en otoño? A veces es planteada con una mueca de satisfacción, la del independentista que anhela tras cinco años de proceso que se rompa la baraja; otras, con un rictus de preocupación y hartazgo por un horizonte de agitación, inestabilidad y más ruido. Y en ninguno de los casos, actores del proceso, espectadores o rehenes del mismo, nadie sabe exactamente qué responder. ¡Qué decir si los dirigentes en Barcelona y Madrid parecen huidizos adolescentes cuando se les cuestiona sobre el cacareado choque de trenes!

El proceso se ha instalado en un tiempo de espera e incertidumbre, donde cualquier predicción es una osadía. Con todo, hay elementos que no invitan al optimismo de los moderados. Veamos:

Los funcionarios. El informe de los letrados del Parlament expresando su preocupación y consejos técnicos a la propuesta de modificar el reglamento de la Cámara, una treta urdida por el bloque separatista para agilizar la tramitación de la llamada ley de “desconexión”, pone en evidencia como la estrategia de la confrontación iniciada por el Gobierno de Puigdemont empieza a romper las costuras de las instituciones catalanas e incomodar a muchos funcionarios que no quieren subvertir el marco legal. Ya sea por convicción o simplemente para evitar una inhabilitación.

Escalada verbal. A medida que el proceso se ha ido acercando a la frontera que separa la retórica de los hechos (y sus consecuencias), el discurso independentista ha optado por dividir, ya sin disimulo, la sociedad entre el pueblo, los independentistas, y los “antidemócratas”, todo aquel (persona, partido o institución) que no asuma como legítimo un referéndum unilateral. Esta escalada verbal recibe, ciertamente, el aplauso del núcleo duro separatista, al tiempo que enciende redes sociales y tertulias radiofónicas, pero también agranda la brecha político/sentimental que reflejaron las urnas el 27-S. Incomoda, asimismo, al independentismo moderado y expulsa a los catalanes que apuestan por modificar desde el pacto el actual marco constitucional. Mientras, el inmovilismo del Gobierno central alimenta a los predicadores de la confrontación.

Abucheos. Un síntoma del malestar que acumulan los tildados de “antidemócratas”, fueron los abucheos dirigidos a Puigdemont en Llefiá (Badalona) y Meridiana (Barcelona), dos barrios populares y populosos, donde, como en tantos otros del área metropolitana, el artero relato del “España nos roba” no cuela. La reacción de algunos independentistas, incluido un alto cargo de la Generalitat, fue la de calificar a los presentes de arrabaleros, colonos y fascistas.

Resignación. Recientes declaraciones confirman que Gobierno y Generalitat, uno confiado en la acción de la justicia, el otro anhelando una movilización como la de la cairota plaza Tahir, dan por hecho el choque otoñal. Soraya Sáenz de Santamaría, en un acto en Barcelona, afirmó: “Se habla mucho del 1 de octubre, pero la inmensa mayoría de los que están en el debate público están pensando en el 2 de octubre, y espero que sea el día del sosiego”. Oriol Junqueras, en La Vanguardia, declaró: “Hay que pensar en el día después del 1-O y actuar con responsabilidad”.

Nos aventuramos, pues, a tres mes de larga cuenta atrás y guerra de posiciones. Paciencia y cuerpo a tierra.

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