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La corbata rosa

Pilar Cernuda

No es difícil adivinar que el Rey eligió con cuidado el color de la corbata que debía ponerse para su discurso de Navidad.

Cuidado con el azul, rojo, naranja o morado, alguien podría interpretarlo como simpatía hacia un partido determinado, lo que un Rey no puede permitirse aunque como todo ser humano debe tener preferencias. El verde esperanza no estaba mal, porque quería transmitir que los españoles son capaces de superar las dificultades. En sus viajes por diferentes provincias había visto problemas serios pero también “trabajo duro y honesto, sacrificado, capacidad y talento, y sobre todo determinación y ganas de salir adelante”. Quizá la corbata debería ser rosa, un color positivo, que gusta a todos, y que además de esperanza como el verde provoca cierta sensación de intimidad, de cercanía. Rosa.

Y es que en esta ocasión D. Felipe antepuso su deseo de llegar al corazón de los españoles a meterse en profundidades políticas, a las que ha dedicado discursos, frases y gestos sobradamente. Insistió en la unidad, no podía dejar de hacerlo, y en la necesidad de diálogo, pero estas Navidades deseaba el Rey poner en valor los valores de aquellos que forman parte de su reino. Y deseaba también además recordarles que de ellos, de su actitud, depende que España sea un país grande: “La convivencia exige siempre, y ante todo, respeto. Respeto y consideración a los demás, a los mayores, entre hombres y mujeres, en los colegios, en el ámbito laboral; respeto al entorno natural que compartimos y que nos sustenta. Respeto y consideración también a las ideas distintas a las nuestras. La intolerancia y la exclusión, la negación del otro o el desprecio al valor de la opinión ajena, no pueden caber en la España de hoy.”

No se puede decir más con menos palabras.

Algunas claves sobre el Brexit

Redacción TO

Foto: YVES HERMAN
Reuters

La notificación oficial por parte de Reino Unido a sus todavía socios de la Unión Europea de abandonar el bloque, ha puesto en marcha este miércoles un mecanismo hasta ahora desconocido en la historia de la UE, acostumbrada a realizar ampliaciones desde su creación en 1957. Han pasado 40 años desde que Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia y Luxemburgo pusieron en marcha una comunidad europea que en la actualidad cuenta con 28 socios.
La Unión Europea ha protagonizado seis ampliaciones y ningún abandono hasta ahora, con la invocación del artículo 50 del Tratado de Lisboa y el envío de la carta formal del gobierno británico a Bruselas que pone en marcha oficialmente el Brexit, la desconexión del Reino Unido, y un proceso de negociaciones que durará dos años como máximo.

La promesa del referéndum

Reino Unido ha mantenido desde que se integró en la UE el 1 de enero de 1973 una relación en el que no han faltado los desencuentros con el bloque que ha provocado la desconfianza mutua y el aumento del número de euroescépticos entre los ciudadanos británicos, según las encuestas publicadas durante años.

En el ámbito político, el pistoletazo de salida del Brexit lo inició en 2013 David Cameron. El entonces primer ministro del Partido Conservador se comprometió a celebrar un referéndum antes de 2018 sobre la permanencia o salida del Reino Unido de la UE si ganaba las elecciones en mayo de 2015. El Partido Conservador ganó los comicios con mayoría absoluta y en septiembre el parlamento autorizó la convocatoria de una consulta popular.

Resultado inesperado

El prometido referéndum se celebró el 23 de junio de 2016. El gobierno de Cameron protagonizó una campaña a favor de la continuidad de Reino Unido en una Unión Europea “reformada” que, confiaba, calara entre los ciudadanos tal y como apuntaban las encuestas, que daba una estrecha victoria a los defensores de permanecer en Europa. Ni el gobierno británico ni la Unión Europea imaginaron que el referéndum lo ganaría la opción del Brexit, que se impuso con un 51,9% de los votos al 48,1% de quienes votaron a favor de seguir en la UE.

Por regiones, en Inglaterra se impuso la opción del Brexit con un 53,4% frente al 46,6%. También Gales votó a favor de la desconexión (52,5% contra 47,5%). Escocia votó mayoritariamente a favor de la permanencia con un 62% frente al 38%. También en Irlanda del Norte ganó el no al Brexit aunque por una diferencia menor (55,8% frente al 44,2%).

La sociedad británica quedó dividida y tras el referéndum se han sucedido las manifestaciones a favor y, sobre todo, en contra del Brexit.

Claves para entender el Brexit 1
Portada de un periódico con el anuncio de la dimisión de Cameron tras perder el referéndum | Foto: Matt Dunham / AP Photo

Para los que defienden la salida de la UE, el principal argumento es que el bloque impone muchas exigencias que perjudican los negocios británicos y, sobre todo, los euroescépticos consideran que Reino Unido paga una contribución económica muy alta por pertenecer al bloque y recuperar el control de la fronteras, además de reducir el número de inmigrantes que llegan al país.

Theresa May

La derrota de la opción defendida por David Cameron le llevó a anunciar su dimisión el mismo día del referéndum, aunque no se hizo efectiva hasta julio, cuando la titular de Interior, Theresa May, es proclamada líder del Partido Conservador, pese a haber defendido la permanencia en la UE aunque manteniendo un perfil bajo durante la campaña. Dos días después, el 13 de julio, Cameron presenta su dimisión a la reina Isabel II y May recibe el encargo para formar Gobierno.

Empiezan entonces a tomarse las primeras decisiones  para cumplir con el mandato de los ciudadanos, empezando por el nombramiento de David Davis como ministro encargado de negociar la salida del país de la UE. May deja claro desde el primer momento que “Brexit means Brexit”, y, por tanto, que Reino Unido dejará de formar parte de la Unión Europea, y por tanto del Mercado Único y de la Unión Aduanera. Se compromete a iniciar el proceso antes de finales de marzo de 2017, como así ha sido, después de cumplir con la obligación del Tribunal Superior de Londres de consultar al Parlamento británico antes de activar el Brexit, tras perder el recurso presentado contra esta decisión.

La libre circulación de los ciudadanos europeos es la principal preocupación para Reino Unido y la Unión Europea 

El pasado mes de enero el Gobierno presentó el ‘Proyecto de ley de la Unión Europea (Notificación para la retirada)’ para invocar el artículo 50 y lo somete a debate y votación en la Cámara de los Comunes que el 8 de febrero aprueba la ley del Brexit con 494 votos a favor y 122 en contra. El texto pasa a la Cámara de los Lores que da su visto bueno con la inclusión de una enmienda para “garantizar los derechos de los ciudadanos comunitarios que viven en Reino Unido”, uno de los temas que más preocupan. El proyecto es aprobado definitivamente por el Parlamento el 13 de marzo y tres días después es sancionado por la reina, dando luz verde al Gobierno de Londres a comunicar a Bruselas su decisión de activa la salida del Reino Unido de la UE.

El artículo 50

Mucho se ha hablado del artículo 50 y su vinculación con el Brexit. Incluido en el Tratado de Lisboa suscrito por los Estados miembros en 2009, establece el mecanismo formal para que un país de la UE pueda abandonar el grupo con la exigencia de que, una vez activado, el proceso finalice antes de los dos años desde su invocación.

¿Y ahora qué?

Existen muchas incertidumbres sobre lo que va a pasar a partir de ahora y cómo y en qué términos se van a llevar las negociaciones para el proceso que ponga fin a la presencia de Reino Unido como socio de la UE. Ambas partes deben establecer las bases de dicha negociación y cómo se articularán las relaciones entre ambas partes. Las autoridades de la Unión Europea ya han dicho que quieren empezar abordando el espinoso tema de la factura que supondrá para Reino Unido abandonar el grupo y que cifra en 60.000 millones de euros.

Tras la notificación formal de la invocación del artículo 50, se sentarán las bases para comenzar la histórica negociación. Está previsto que el 29 de abril, la UE ofrezca una respuesta formal a la iniciativa de Reino Unido en la cumbre de jefes de Estado y del Gobierno que, por primera vez se celebrará con 27 miembros, ya sin Reino Unido.

El tema que más preocupa a ambas partes es la libre circulación de los ciudadanos. May ya expresó en su momento su deseo de “garantizar los derechos de los ciudadanos de la Unión Europea residentes en Reino Unido y los de los británicos que se encuentran en otros países” del bloque “lo antes posible”. Algo en lo que coincide con los estados miembros.

Desde Bruselas se ha insistido en que la salida de Reino Unido no será un castigo pero está claro que el ex socio quedará en una situación de desventaja en muchos aspectos con respecto al resto de los países del grupo. La UE teme el efecto dominó si las negociaciones benefician a los intereses de Reino Unido.

“Queremos un Brexit fluido y tranquilo”, ha declarado Theresa May durante su intervención en el Parlamento británico tras invocar el artículo 50. “Habrá consecuencias para Reino Unido, sabemos que perderemos influencia”, ha admitido, “pero nos acercamos a una posición de cooperación sincera a la negociación”, ha añadido. Reino Unido quiere seguir siendo amigo de la UE y ambas partes deben salir beneficiadas de este proceso, ha indicado.

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La primera ministra Theresa May firma la invocación del artículo 50 para iniciar el proceso del Brexit | Foto: Christopher Furlong / Reuters

Que pase la siguiente generación

Cristian Campos

Foto: Manu Fernandez
AP Photo
De los asaltantes de la sede del PP en Barcelona sorprende, además de la carencia absoluta de sentido de la melodía con la que cantan, su juventud. Sorpresa relativa, porque cantar bien es difícil y requiere esfuerzo. En cuanto a la juventud, es un indicador estadístico infalible de vejez prematura. Con el tiempo casi todos rejuvenecemos intelectualmente para acabar votando conservador como pimpollos, pero a mayor cercanía a los potitos Nutribén mayor simpatía ontológica por Iglesias, Colau, Maduro, Castro, los nacionalismos, el socialismo y demás rebañaduras ideológicas de lo más vetusto del siglo XX.
El caso es que hacía al menos cincuenta o sesenta años que no gozábamos de una generación perdida como la de aquellos que ahora rondan la veintena. Si políticamente son una generación banal, hipersensible y victimista, unas plañideras de mesa camilla y vaso de Cola Cao, culturalmente son intrascendentes.
Los cabezas de cartel de sus festivales de música rondan la edad de jubilación. El trap, probablemente el culmen de su malotismo, le sonaría beato a cualquier cantante folk de los años sesenta, no digamos ya a los Ice-T y NWA de los años ochenta. No compran libros y cuando lo hacen resultan ser los de Marwan, Rayden y Defreds, lo más cerca que la poesía estará jamás de las tazas motivacionales de Mr. Wonderful. Cinematográficamente no se les conoce una sola idea original, un solo director a seguir, un solo ramalazo de talento que invite a pensar que quizá, ojalá, si acaso, tal vez, haya por ahí algo que rascar. Sólo Chazelle y Dolan se salvan de la quema, y sólo el segundo de ellos es lo que podría denominarse un director “generacional”. Sus youtubers son, en el mejor de los casos, interesantes como fenómeno antropológico y poco más.
Su moda es intrascendente y no surge espontáneamente de la calle o de tendencias políticas,  intelectuales, musicales o literarias sino de los intereses comerciales de la marca de moda de turno. Su egocentrismo y su narcisismo los convierten en desesperados attention whores cuya autoestima depende del número de me gusta que reciba su última foto en las redes sociales. Su uso de la tecnología es alienante, gregario e impersonal. Sus aplicaciones de ligoteo, un mercado de carne que convierte en vanguardistas a los autobuses cargados de mujeres solteras que de vez en cuando llegaban a tal o cual villorrio solitario de la España profunda con gran alharaca de los labriegos locales, de la prensa regional y de Televisión Española. Un chollo para los departamentos de marketing de la multinacional de turno, que los prefiere acríticos, uniformados y apelotonaditos.
Sus principales reivindicaciones en el terreno educativo se basan en peregrinas teorías pedagógicas que ya sonaban pánfilamente caducas en 1970. Eso cuando no se limitan a demandar menos exámenes y exigencia con una visión de la realidad que convierte a los defensores de la ley del mínimo esfuerzo y de la teoría de la ciencia infusa en severos calvinistas. Ideológicamente son pasto fácil de las políticas de la identidad, probablemente la superstición más individualista, disgregadora y egoísta de todas las que tenemos el privilegio de disfrutar en la actualidad. Su desconocimiento y desprecio de la ciencia es deprimente.
Parecen obsesionados con sus genitales y sus apetencias sexuales, esas que a nadie más que a ellos le importan un soberano pimiento, hasta el punto de convertirlas en rasgos definitorios, esenciales y sustanciales de su persona. Suelen describirlas con decenas de siglas y acrónimos por cuya pureza y ortodoxia discuten entre ellos hasta el delirio.
Cuando dejan de despellejarse entre sí por el dogma de fe de turno, organizan multitudinarias orgías de pensamiento gregario en las redes sociales. Los medios los llaman “linchamientos” pero no son más que botellones del miedo y el apocamiento, que ellos disimulan amenazando a todo aquel adulto que osa elevar su pensamiento por encima del simplismo del quinceañero medio. Su carencia de herramientas válidas para lidiar con la realidad los convierte en pasto fácil de aprendices de cacique, empresarios del sector de la cultura y populismos varios.
Son grandes devotos de los conceptos del safe space y el apropiacionismo cultural y con eso está todo dicho.
Que pase la siguiente generación, que esta ha salido defectuosa.

La Unión Europea a varias velocidades, renovarse o morir

Leticia Martínez

Foto: VINCENT KESSLER
Reuters/Archivo

Desde su torre de marfil, Bruselas ha sido incapaz de anticipar lo que sobrevenía. El desconocimiento de aquellos a los que gobierna, la falta de transparencia, la toma de decisiones a puerta cerrada y sobre todo los problemas graves derivados de la crisis económica de 2008 han provocado desunión, desconfianza y expectación ante el desmoronamiento del proyecto europeo. Ahora, tras el anuncio del Brexit, los cambios en la UE son inevitables. Cómo afrontará Europa estos cambios depende del interés y la voluntad de los países miembros en cooperar en los diferentes niveles que componen la UE, especialmente en economía y seguridad.

Por el momento, el futuro de Europa se ajusta a cinco escenarios, como constató la Comisión Europea en el Libro Blanco que publicó a principios de febrero. De entre todas las opciones, que iban desde el federalismo hasta el modelo de mercado común sin unión política, los dirigentes de los países miembros, salvo Polonia, parecen decantarse por la política de Europa a varias velocidades.

¿Qué es la Europa a varias velocidades?

La política de la Europa a dos o varias velocidades, también llamada de geometría variable o integración diferenciada, consiste en una integración a là carte en la que la situación económica, cultural y social de cada país dictará en qué áreas cooperar y a qué ritmo. Se diferencian dos grupos, uno avant-garde o núcleo duro encargado de tomar decisiones sobre la unión política, Francia y Alemania y otro que iría a la zaga, el resto de la UE.

“Europa no va a ir más allá de lo que es ahora, apostará por el pragmatismo y por los cambios conservadores”

Esta flexibilidad política no es nueva porque, sin ser oficial, siempre ha estado presente en aspectos como el Mercado Común, la Unión Monetaria o Schengen. Solo hay que mirar hacia Suiza, Dinamarca o Noruega, que están dentro y a la vez fuera de ciertas políticas de la UE y son el ejemplo a seguir para el Reino Unido. De hecho, es más que una realidad. El acuerdo entre 19 países de la UE para la futura creación de una fiscalía común tras cuatro años de negociaciones y a pesar de la oposición de Suecia, Polonia, Hungría, Holanda y Malta, lo demuestra.

Esta política, tendrá su mención en la próxima Declaración de Roma de el sábado pasado. La referencia lo dice todo y nada pues ‘actuaremos juntos cuando sea posible, con diferentes ritmos e intensidades cuando sea necesario’ tan solo deja patente que Europa no va a ir más allá de lo que es ahora, que apostará por el pragmatismo y por los cambios conservadores.

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El Consejo de la Unión Europea y su presidente Donald Tusk en la cumbre de Bruselas el 10 de marzo. REUTERS/Francois Lenoir

¿En qué beneficia una Europa a distintas velocidades?

1. Rapidez y eficacia

Las diferencias entre norte y sur, este y oeste son claras y en muchas ocasiones insostenibles. La expansión de la UE y la inclusión de más ámbitos políticos generan un incremento de la heterogeneidad en los intereses nacionalistas que perpetúan el constante estancamiento político. Es decir ¿cómo pueden ponerse de acuerdo 27 países en temas como la economía o la defensa? Visto está que no es imposible, pero ¿cuánto tiempo se necesita para que una política prospere? Si cada vez que se vota no se obtiene una mayoría cualificada, esto es un 55% de los miembros que represente al menos al 65% de la población europea, la votación queda anulada. Esta es una de las razones por las que se cree que un modelo flexible puede ayudar a accionar los mecanismos de toma de decisiones.

“La expansión de la UE y la inclusión de más ámbitos políticos perpetúan el estancamiento político”

2. Mayor integración o menor integración

La integración fuerte de unos pocos puede acabar teniendo un efecto llamada sobre el resto. Tal como ocurrió con la creación de Schengen fuera de los Tratados de la UE, la estructura de esta política limitó las opciones de otros estados que inicialmente se mostraron en contra. Es decir integración llama a integración. Los Euro-federalistas de hecho argumentan que esta política ayudará a perseguir proyectos más ambiciosos como la armonización fiscal. Francia y Alemania serían el eje sobre el que la UE podría apoyarse. Si por el contrario hay varios estados miembro que no quieren o no se encuentran en condiciones de aceptar la unión en cierta área es posible que se queden al margen sin que esto suponga un obstáculo para que el resto lleve a cabo sus planes

3. Flexibilidad y adaptación 

Las políticas que para unos están bien, para otros pueden no estarlo. Como se vio en 2008, las economías del norte de Europa no tenían nada que ver con las de los países del sur y sin embargo las reglas que seguían las políticas de economía se dictaban desde Berlín. La valoración de las condiciones de un país es necesaria para una mejor adaptación de las políticas que al final afectan a todos.

Pero, ¿cuáles son las consecuencias de la integración variable?

1. Mayor complejidad

Es de conocimiento general que el funcionamiento de la UE no es simple. Es cierto que la rapidez en la toma de decisiones se verá, en gran medida, afectada positivamente, pues a menos países, más acuerdos. Sin embargo, actuar por bloques independientes y no en un bloque común aumenta la confusión, la complejidad de la institución y contribuye al aumento de la burocracia. Será por eso por lo que  la implementación de esos acuerdos tarden más y al final no habrá tanta diferencia entre una velocidad para todos o varias para unos cuantos.

“La rapidez en la toma de decisiones se verá afectada positivamente, pues a menos países, más acuerdos”

2. Completa desintegración

El resultado de Europa a varias velocidades puede ser opuesto al esperado. Si la idea de la UE era reconciliar los intereses y valores de 27 países, la flexibilidad de esta política podría perpetuar las divisiones. Si las diferencias entre unos y otros acaban pesando más que las acuerdos para una unión mayor entonces la UE podría quedar obsoleta.

3. Marginalización y falta de legitimidad

En el peor de los casos restará legitimidad, pues los funcionarios de la UE, procedentes de todos los estados miembros, deberán decidir en áreas que solo afectan a unos cuantos, multiplicando así los procesos burocráticos. Además hasta ahora, los estados más pequeños podían mostrar su disconformidad ante las políticas de la UE que no se adaptaban a sus necesidad incluso llegar a vetar una propuesta y obligar a los países más poderosos a escuchar y a sentarse en la mesa de negociación. Con esta política los países de menor peso podrían quedar marginalizados y la solidaridad de la que hace gala la UE podría acabar olvidada.

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Líderes de los países miembros de la Unión Europea en la cumbre de Roma del sábado 25 de marzo para celebrar el 60º aniversario de la fundación de la UE AFP PHOTO / Andreas SOLARO

La elección de esta nueva política es pues lógica y es también la única que los 27 países de la Unión estarían dispuestos a aceptar. Incluso si las velocidades de la UE perpetúan esas profundas diferencias que se exhibieron durante la crisis de 2008, es una realidad que los estados miembros no pueden seguir un mismo ritmo por cuestiones económicas y sociales. Institucionalizar esas divergencias es un riesgo que la UE está dispuesta a asumir por el simple hecho de que los beneficios pueden llegar a sacar a la UE del agujero negro en el que se encuentra.

La UE debe recordar que el pasado mostró al mundo los beneficios de la unión política, los valores democráticos y la integración social. La UE debe enfrentarse a sus complejos y responder a los populismos con más integración y más sentido común. Debe bajar de su torre de marfil, dejar a un lado los complejos y los discursos grandilocuentes para escuchar y tener en cuenta las necesidades de sus ciudadanos con el fin último de democratizar y mejorar el funcionamiento de la UE.

Treinta mil

Roberto Herrscher

Te queman la casa. Te tiran el auto al mar. Te roban todo lo que tienes. Esconden los documentos. Te niegan la información del catastro, de tu situación laboral y fiscal. Y te hacen responsable de decir exactamente cuánto valía lo que te robaron, lo que te destruyeron, lo que te escondieron. Y si das un número aproximado, te acusan de no decir con exactitud cuánto fue. “Está diciendo más; es que quiere ganar plata con esto. Calcula en su beneficio”.

En el remanido tema de la acusación a las organizaciones de derechos humanos de Argentina (también en otros países de la región, pero sobre todo en Argentina) por “inflar” el número de desaparecidos siento que están haciendo lo mismo. Este 24 de marzo, el 41º. Aniversario del Golpe de Estado del general Videla en Argentina, vuelve a la palestra esta “acusación”: que no fueron 30.000 los desaparecidos, que son muchos menos. Que las organizaciones mienten para avanzar en sus supuestos oscuros intereses.

Los que defendieron a los dictadores, los que miraron para otro lado, los que tuvieron suficiente para lavar su conciencia diciendo entonces que “algo” habrán hecho, ahora acusan a las asociaciones de derechos humanos de no ser precisos, de aumentar en su beneficio el número de desaparecidos. Como si en eso hubiera algún beneficio.

Quiero decir hoy que esta acusación me parece una infamia. El sistema que impuso la dictadura militar tuvo precisamente como uno de sus ejes centrales el horror del no saber. El desaparecido desaparece de las estadísticas. No está, no existe.

Ellos mismos se cuidaron bien de no dejar rastro. Y de quemar después los pocos rastros que sí habían dejado. Y también de infundir miedo, miedo atroz a pedir explicaciones, a preguntar, a presentarse, a poner el nombre en una lista.

¿Realmente se puede acusar a algunos, muchos o pocos, de los familiares por no haber presentado una denuncia formal? ¿Son todos los que fueron en 1979, en plena dictadura a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, a que las turbas arengadas por un locutor deportivo los increpara en plena calle? ¿Realmente en un país donde hubo un golpe de estado tras otro durante medio siglo se puede exigir que a muy poco de acabar una dictadura se presentaran todos a dar testimonio a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas?

¿No es cierto que en muchas provincias los que acusaron, fomentaron, ayudaron en las desapariciones y el establecimiento de campos de concentración todavía tienen poder y pueden provocar miedo? Fueron ellos los que hicieron todo lo posible para que no se sepa el número. En esa nebulosa aterradora del “nadie sabe qué pasó” está el triunfo del terror.

Hace unos años estaba dando unos talleres para periodistas en Guatemala. Y en el Museo Histórico de la Policía Nacional, donde se guardan los documentos que cuentan muy fragmentaria y tenuemente las matanzas de ese trágico país centroamericano,  me contaron que en los comienzos de las dictaduras dejaban los cuerpos torturados en las cunetas, para que los familiares los encontraran.

Pero que después que vinieron los “asesores militares” argentinos, los represores de Centroamérica aprendieron que era mucho más efectivo como arma de disuasión el horror del no saber. A partir de entonces los cuerpos entonces se enterraron en fosas comunes, se tiraron al mar, desaparecieron.

¿Cuántos? Esa era una de sus armas más efectivas: no se debía saber cuántos. ¿Y ahora acusan a las víctimas de mentir con el número?

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