Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

La corbata rosa

Pilar Cernuda

No es difícil adivinar que el Rey eligió con cuidado el color de la corbata que debía ponerse para su discurso de Navidad.

Cuidado con el azul, rojo, naranja o morado, alguien podría interpretarlo como simpatía hacia un partido determinado, lo que un Rey no puede permitirse aunque como todo ser humano debe tener preferencias. El verde esperanza no estaba mal, porque quería transmitir que los españoles son capaces de superar las dificultades. En sus viajes por diferentes provincias había visto problemas serios pero también “trabajo duro y honesto, sacrificado, capacidad y talento, y sobre todo determinación y ganas de salir adelante”. Quizá la corbata debería ser rosa, un color positivo, que gusta a todos, y que además de esperanza como el verde provoca cierta sensación de intimidad, de cercanía. Rosa.

Y es que en esta ocasión D. Felipe antepuso su deseo de llegar al corazón de los españoles a meterse en profundidades políticas, a las que ha dedicado discursos, frases y gestos sobradamente. Insistió en la unidad, no podía dejar de hacerlo, y en la necesidad de diálogo, pero estas Navidades deseaba el Rey poner en valor los valores de aquellos que forman parte de su reino. Y deseaba también además recordarles que de ellos, de su actitud, depende que España sea un país grande: “La convivencia exige siempre, y ante todo, respeto. Respeto y consideración a los demás, a los mayores, entre hombres y mujeres, en los colegios, en el ámbito laboral; respeto al entorno natural que compartimos y que nos sustenta. Respeto y consideración también a las ideas distintas a las nuestras. La intolerancia y la exclusión, la negación del otro o el desprecio al valor de la opinión ajena, no pueden caber en la España de hoy.”

No se puede decir más con menos palabras.

Continúa leyendo: Hacia dónde va el procés

Hacia dónde va el procés

Aurora Nacarino-Brabo

El su columna de hoy Aurora Nacarino-Brabo habla de la situación de la coalición independentista en un momento en el que parece que desescalar la tensión parece difícil.

Continúa leyendo: Ser español es respirar

Ser español es respirar

José Antonio Montano

Foto: ANDREW WINNING
Reuters

La nación no es una metafísica, sino un resultado histórico. Depende del momento. Y desde 1978 ser español es respirar, porque no es nada, no implica contenidos ni un modo determinado de comportarse. Ser español hoy no es un ser, sino un tener: tener una ciudadanía. Democrática y europea. O un ser vacío, estructural: ser ciudadano.

La metafísica de las naciones –como dijo Nietzsche respecto a otra– es una metafísica del verdugo. O del carcelero. O del opresor: literalmente del opresor. El que oprime los pulmones y tapa la boca con su melaza. El que asfixia.

Ser español fue también asfixiante en el franquismo, porque entonces sí se exigían contenidos y adhesiones y una forma determinada de comportarse, y había una imposición sentimental y mangoneo y énfasis. Lo que ocurre ahora con el nacionalismo catalán, nuestro franquismo realmente existente. Un franquismo no del deshilachado final, sino de la primera época: muy falangistizado.

El nacionalismo español es hoy, por fortuna, irrelevante. Pero es una bestia el nacionalismo y a veces se le ve asomar: como cuando se echó encima de Fernando Trueba por decir que no se sentía español. El ideal es poder decirlo y que no pase nada. Y en realidad, en la vida cotidiana, salvo esas explosioncillas molestas pero con pocas consecuencias, no pasa nada. Esto es lo relevante.

Ser español hoy es lo que vi el domingo pasado en Barcelona. Estuve en la manifestación con amigos barceloneses. Ellos veían (y algunos llevaban) las banderas españolas como puro aire fresco. Verlas en sus calles era para ellos ver recuperadas sus calles. No “para España”, sino para la ciudadanía. Lo único que ellos querían, su anhelo, era que el nacionalismo les dejase en paz. Que la ciudad no fuese de unos pocos, sino de todos. Eso es allí ser español.

Continúa leyendo: Por un nuevo patriotismo español

Por un nuevo patriotismo español

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: JON NAZCA
Reuters

Cada vez que asisto a algún congreso de filosofía política en Estados Unidos y llega el momento de tomar un tentempié entre conferencia y conferencia, me invaden dos certidumbres. La primera, que el café que nos ofrezcan estará bastante malo. La segunda, que otros profesores me preguntarán a qué me dedico. Yo entonces contestaré que, entre otros, a analizar las diferencias entre patriotismo y nacionalismo. Mi interlocutor me inquirirá entonces amablemente si no son diferencias evidentes. Y yo deberé aclararle, algo azorado, que en España no.

En efecto, sorprende aquí la cantidad de personas informadas que reputan nacionalismo y patriotismo como básicamente la misma cosa: sentir grandes emociones amorosas (y quizá algo cursis) hacia tu propio país. Para toda esa gente carece de sentido, pues, una estupenda cita que recogió Albert Camus: “Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista”. Es una frase que les resulta absurda: ¿no es el nacionalismo justo ese desbocado amor?

La verdad es que no. Sentir afecto hacia los tuyos es algo que el ser humano ha experimentado siempre, mientras que el nacionalismo es una doctrina relativamente nueva. No hay autor alguno que la defienda antes de la llegada de filósofos como J. G. Fichte o J. G. Herder a nuestro panorama intelectual: es decir, no lo hay antes de finales del siglo XVIII, principios del XIX.

Sus dos tesis principales son sencillas de formular. La primera, que la humanidad se halla dividida en diversos “pueblos” o “etnias”. La segunda, que la división política del mundo debe coincidir con esa otra división previa. Cada comunidad política (preferiblemente, cada Estado) debe coincidir con una comunidad étnica preexistente, un pueblo que posee una identidad común. Si gente con la misma lengua no tiene aún un Estado propio, o al menos un autogobierno propio con amplios poderes, habrá de luchar por lograrlos. Cada “pueblo” debe abstenerse de mezclarse con otros y debe gobernarse a sí mismo. (Los nacionalistas tienen siempre un puntito puritano). Si gente que vive en un mismo territorio no tiene la misma identidad cultural, sino varias, habrá que “nacionalizarles” (dado que la otra opción, expulsar a los raritos, está hoy mal vista). Esto es, habrá de conseguirse (con la educación, con los medios de comunicación) que acaben compartiendo una misma cultura: españolizándolos, catalanizándolos, italianizándolos, americanizándolos.

Esto es lo que quiere un nacionalista español para España, esto es lo que quiere un nacionalista catalán para Cataluña. Y este es el motivo por el que, pese al histerismo con que nos azota, el nacionalismo se lleva mal con los tiempos contemporáneos: hoy más que nunca nuestras identidades se entremezclan y comparten ciudades, bibliotecas, internet, la UE. El nacionalismo se lleva mal con la realidad.

Ahora bien, si el nacionalismo es una doctrina política, no un mero sentimiento amoroso, ¿es en ese apasionamiento hacia tu propio país en lo que consiste el patriotismo, al menos? Tampoco. Ser patriota no es cosa de sentimientos, y menos aún de sentimentalismos. Obras son amores y no buenas razones. El patriotismo se demuestra no por el ritmo de tus palpitaciones cardiacas ante un himno, sino en la medida en que te comprometes en ayudar a tu país. Al igual que ser buen hijo se demuestra en cómo tratas a tus padres, y no en cuántos poemas de amor encendido les dediques, ser buen patriota se percibe en qué haces por tus conciudadanos, no en los golpes de pecho que te inflijas mientras musitas el nombre de tu nación.

Por eso el patriotismo no es un sentimiento, sino una virtud. La virtud de cumplir con tus obligaciones hacia tus connacionales. Sentir afecto hacia ellos probablemente te ayudará (igual que ayuda en la relación con tus padres); pero en último término no son esas emociones lo esencial. Por mucho que le cueste a nuestra época, plagada de sentimentalismo, admitirlo.

De este modo podemos entender mucho mejor la frase de Camus. Cuando afirma que ama demasiado a su país como para caer en el nacionalismo, solo nos dice que si queremos de veras servir a nuestros conciudadanos no les obligaremos a compartir una misma identidad. Es una frase que nos invita a ser patriotas, pero no nacionalistas, precisamente porque indica que el nacionalismo perjudica a tu patria, a los tuyos, a aquellos hacia los que te ligan ciertas obligaciones especiales.

Llegados a este punto, siempre surge la pregunta típica de alguien que se considera ciudadano del mundo, no de una u otra nación, e inquiere: pero ¿por qué voy a tener ciertas obligaciones especiales hacia mis connacionales que no tengo hacia el resto de la humanidad? ¿Por qué debo comprometerme más con un español como yo que con un zimbabuense o un japonés? ¿No somos todos humanos y merecedores de igual consideración? ¡Viva la gente, la hay donde quiera que vas! ¡Viva la gente, es lo que nos gusta más!

Es sencillo, empero, responder a estas dudas. Podemos perfectamente admitir que, en efecto, todos los seres humanos tenemos una misma dignidad, sin que ello implique que tengamos las mismas obligaciones hacia todos. Mi vecina del quinto tiene la misma dignidad que usted, amigo lector (¡y eso que ella no me lee!). Pero si yo ensucio el portal de mi casa eso no le afectará a usted, aunque sí a ella. De igual modo, la dañaré mucho más que a usted si no pago las cuotas de mi comunidad de vecinos. Dicho de otra forma: existen vínculos que ya tengo de hecho con mi vecina, pero no con usted. Y esos vínculos especiales implican obligaciones especiales. Incluso el mero hecho de caminar al lado de un viandante desconocido que tropieza y cae al suelo ya crea hacia él un deber especial mío (el de ayudarle a levantarse), que no tengo hacia las personas que se tropiecen, o tengan experiencias aún peores, en estos mismos momentos en Reikiavik.

Una patria es eso, un conjunto de vínculos, una trama de relaciones. Esas relaciones conllevan automáticamente ciertos deberes que no existen con aquellos con los que tengo menos o escasa ligazón. Por supuesto, puedo empezar a entablar relaciones con otras personas, pero de momento negar las que tengo es solo un modo de escabullirme de mis obligaciones para con ellas. Y esta idea de que las relaciones con otros humanos creen obligaciones especiales no es extraña: todos vemos lógico que también los amigos posean obligaciones especiales hacia sus amigos; que los que van en un mismo barco cuiden entre todos de su barco; y que los padres tengan obligaciones hacia sus hijos que no tienen hacia el resto de niños del mundo. En un capítulo de la serie de televisión House un paciente afirma que no ve motivos para cuidar de modo especial a su crío, habiendo como hay en la Tierra tantas otras personitas que necesitan también el cuidado de un mayor. El doctor House acaba descubriendo que una parte del cuerpo de ese hombre le está fallando, pero de no ser así sospecharíamos que su ética tampoco marcha del todo bien.

España vive momentos duros. Nos azota el nacionalismo que durante décadas hemos dejado florecer en varios de nuestros rincones. A veces hemos tenido miedo de combatir ese nacionalismo separatista con patriotismo español, como si eso fuera ponernos a su misma altura, como si el único modo de no ser nacionalista residiera en ser ciudadano de la humanidad, o invocar la mera legalidad; como si fomentar el patriotismo equivaliera a promover (otro) nacionalismo. Con el agua sucia nacionalista hemos arrojado al niño de la virtud patriótica.

Esa estrategia, hoy no cuesta mucho trabajo constatarlo, ha sido un error.

Pero podemos explorar la idea de un nuevo patriotismo español. Un patriotismo que no ha de ser nacionalista, aunque sí combatir todo nacionalismo. En la histórica manifestación barcelonesa del pasado 8 de octubre creí detectarlo: ese patriotismo que no busca imponer identidades (escuché hablar español, catalán, incluso gallego, mientras un amigo ruso-asturiano me animaba por Twitter), sino que persigue salvar los vínculos que, pese a quien pese, aún hoy nos ligan. Ese patriotismo que puede darnos energías para afrontar juntos los desafíos que el siglo XXI plantea a toda la humanidad, dado que nos pillarán a todos juntos, y que son retos que hoy, por culpa de las tretas nacionalistas, tenemos descuidados. Un patriotismo, en suma, que aproveche la inmensa herencia de nuestros mayores y que luche por nuestros hijos y nietos. Porque estos no son ni más ni menos valiosos que los descendientes de otros grupos humanos; pero es a ellos a los que más afectará lo que acabemos haciendo, haciéndonos, haciéndoles.

Continúa leyendo: Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes

Redacción TO

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Miles de ciudadanos han salido a las calles este sábado en toda España, para pedir a los políticos una salida dialogada a la crisis catalana originada por la celebración del referéndum de autodeterminación, anulado por el Tribunal Constitucional, y la decisión del gobierno de Cataluña de seguir adelante con la independencia. En Madrid, la concentración de la plataforma ‘¿Hablamos? frente al Ayuntamiento ha coincidido con otra manifestación multitudinaria celebrada en la plaza de Colón convocada por la Fundación Denaes en defensa de la unidad de España.

En la madrileña Plaza de Colón, las banderas españolas han sido las protagonistas de la concentración que ha llenado el recinto y las calles aledañas desde mucho antes de las 12.00 horas,  cuando había sido convocada la concentración.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes
Foto: The Objective

En Barcelona, la plataforma ‘¿Parlem?’ ha congregado a miles de personas vestidas de blanco, con globos blancos y pancartas pidiendo diálogo a los gobiernos de Madrid y Cataluña.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 5
Los manifestantes de Barcelona levantan sus manos pidiendo diálogo a los políticos. | Foto: Eric Gaillard/ Reuters

Banderas españolas en la Plaza de Colón.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 1
Foto: Néstor Villamor / The Objective

Familias enteras con sus mascotas han acudido al llamamiento por la defensa de una España unidad y a favor de la Constitución en la plaza de Colón.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 2
Foto: Néstor Villamor / The Objective

En Madrid, una marea blanca ha llenado la Plaza de Cibeles.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 6
Manifestantes frente al Ayuntamiento de Madrid levantan las manos para mostrar su petición de diálogo. | Foto: Sergio Pérez/ Reuters

Muchos ciudadanos han participado en las concentraciones con las manos pintadas de blanco.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 9
Foto: Eloy Alonso / Reuters

En Madrid, las pancartas pedían diálogo a Mariano Rajoy y a Carles Puigdemont con originales mensajes.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 8
Foto: Ana Laya / The Objective

Al término de la concentración de la Plaza de Colón, a las 13.30h, los asistentes han aplaudido mientras sonaba el himno de España.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 4
Foto: Javier Barbancho / Reuters

La Plaza de Colón se ha llenado de personas que se han sumado a la manifestación contra la independencia de Cataluña.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 3
Imagen de la Plaza de Colón. | Foto: Sergio Pérez / Reuters

En Barcelona, la Plaza de Sant Jaume ha quedado pequeña para los cientos de ciudadanos vestidos de blanco que se han unido para pedir una salida dialogada a los políticos de Madrid y Cataluña.

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 10
Los manifestantes de Barcelona piden “diálogo sin condiciones, sin excusas”. | Foto: The Objective

Las manifestaciones a favor del diálogo y la unidad de España, en imágenes 7
Una gran marea blanca en Barcelona. | Foto: Eric Gaillard/ Reuters

TOP