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Su tren pasó de largo

Pilar Cernuda

No supo Pedro Sánchez aprovechar el tren que le recogió hace casi tres años para que se pusiera el frente del Psoe, recuperara el ánimo perdido, ganara elecciones y se convirtiera en presidente de gobierno. No supo hacerlo y ahora el tren, implacable, ha pasado de largo al advertir que Sánchez, en lugar de remontada protagonizaría una debacle.

Su aparición en Xirivella ha tenido algo de patético tras su suicidio público a través de “Salvados”. Abarrotado, dicen las crónicas, pero cuando el aforo era de 300 personas el abarrotado es irrelevante. Gritos de noesno, pues suyo es el copyright , y sisisí Pedro ya está aquí, que a los que hicieron la Transición, para desgracia de Pedro, les recordaba a Pasionaria. No fue el único signo de tiempos pasados y bien pasados: como música de fondo la Internacional, y como noticia, ese puño en alto de la ex comandante Zaída. En eso se ha quedado el pedrosanchismo, se comprende que lo desbancaran a golpe de gestora previamente pactada entre quienes todavía creen que es posible recuperar la ilusión y los votos para colocar al Psoe donde merece, donde se encuentran los partidos sólidos, con trayectoria rigurosa y experiencia de gobierno.

Dicen los sanchistas que la ausencia de secretarios regionales se debía a que no habían sido convocados. Suena a excusa non petita. Lo cierto es que la media docena de socialistas con responsabilidades regionales que todavía apoyan a Sánchez no figuran en la primera línea del partido, y si aparecían en Xirivella se mencionaría a los ausentes, los que pisan fuerte, los que están empeñados en levantar el Psoe contra viento y marea … Y no están con Pedro Sánchez sino que participaron en su defenestración para impedir males mayores.

Se suele decir en el amor que no se debe dejar pasar el último tren. El de Sánchez ni siquiera hizo parada: mal que le pese, como se demostró en Xirivella, al desaprovechar el primero ha perdido su oportunidad de labrarse una historia en el Psoe.

Nacionalismo catalán: los ladrones de palabras

Teodoro Leon

No es fácil, incluso en las liturgias líquidas de la política, contemplar un abismo entre las palabras y la realidad equiparable a la intervención de Puigdemont dando un ultimátum con el referéndum bajo el título de ‘Invitación a un acuerdo’. Claro que no se trata de algo excepcional. La ruptura aceptada entre discurso y realidad es uno de los signos de la época. Los populismos han invadido los campos semánticos para apropiarse de ‘la gente’, pero no es privativo de ellos; estos días se ha visto a los socialistas estrangularse con el orgullo y la dignidad, y al PP apelar a sus fetiches de la seriedad y estabilidad para abordar la corrupción. Pero el secesionismo supera todo eso. En sus delirios retóricos han llegado a identificarse como apartheid, como si la riquísima sociedad abierta de Cataluña fuera el Soweto de los años de plomo. Cuando las palabras se desconectan de la realidad, comienza una realidad paralela.

El plan secesionista es anticonstitucional, antiestatutario y antidemocrático, pero el éxito del secesionismo ha sido precisamente generar el marco mental de que libran una batalla por la democracia. ‘Democráticamente inviolable’ dijo Puigdemont. Junqueras: “O referéndum o referéndum; o democracia o democracia”. Colau: “urnas para conseguir una salida democrática”. También Pablo Iglesias.: “la libre decisión democrática es imprescindible”. Y todos repiten ese mantra, bajo la lógica tan goebbelsiana de que repetido cientos de veces se convertirá en la verdad. Apuntaba Guy Durandin en La información, la desinformación y la realidad que la existencia de palabras hace creer en la existencia de cosas, e instala en las mentes juicios de valor. A golpe de repetir la misma letanía, su clientela no ve más que eso: sacar las urnas como gran ejercicio democrático. En una realidad paralela así son las cosas: un ultimátum para destruir el Estado que exigen que sea atendido por ‘sentido de Estado’.

Peter Handke decía el lunes, en víspera de ser investido doctor honoris causa por Alcalá de Henares, que “el proyecto de Cataluña da miedo”. Lo terrorífico es la ceguera del marco mental invocando la democracia, ¡la democracia!, para no pensar más allá. Contra cualquier argumento –Ley, Historia, Europa, resultados electorales…– la respuesta es ¡democracia! ¡democracia! En definitiva, contra la democracia claman ¡democracia! Es el ‘elefante’ con que, según la teoría de Lakoff, han ganado la batalla. El plan es chantajear el Estado con una ley de desconexión sin soporte legal mínimo con la que establecer una Justicia sectaria sin separación de poderes o restringir la libertad de prensa… en definitiva un corpus autoritario reivindicado al grito de ¡democracia! Esto Philip K. Dick lo explicó en dos frases: “La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que usará esas palabras”.

Roger Moore y los actores de nuestra vida

Roberto Herrscher

Uno no elige a su agente 007. Es el que le toca a su generación. La generación de mi padre creció con el James Bond del elegante y desacomplejado Sean Connery. La de mi hijo, con el complejo, traumatizado, posmoderno Daniel Craig.

A mí me tocó Roger Moore, quien murió ayer a los 89 años. Curiosamente, Moore fue el único de los Bonds que alcanzó la cifra de 007 películas. Aunque seguramente no figurará como primero en el ranking  de los fanáticos del personaje creado por Ian Fleming, para mi generación, la que se introdujo en el cine y en las preguntas sobre quiénes éramos y quiénes queríamos ser en la década de 1970, Sir Roger fue el agente secreto que se ajustaba a nuestras necesidades de espejo. En él veíamos reflejada la masculinidad, la seguridad, la ironía que nos marcaría de por vida, para bien y para mal.

Roger Moore era el hombre que yo aspiraba a ser, desde la primera serie que le vi, Dos tipos audaces con el ambiguo, algo amanerado Tony Curtis. Moore era el hombre de sonrisa ladeada que las mujeres buscaban. Ellas lo perseguían, él se dejaba querer. Sólo debía sonreír. Y no lo perjudicaba para nada ese gusto horrendo para vestir y peinarse, que siempre vincularé con ese aire de fiesta pobre y pretenciosa de finales de los setenta. Esas corbatas anchas, esos trajes lustrosos, esos zapatos abrillantados. El mal gusto era parte integrante de ese ser macho sin esforzarse, la marca de El Santo, su segundo gran papel.

En sus películas de Bond, como Vive y deja morir, La espía que me amó y Moonraker, llevó hasta las cotas más altas su tercera gran virtud: la ironía. Roger Moore parecía burlarse de sus jefes, de sus enemigos, de la muerte, de la Corona, del amor y del odio. Pero lo hacía sin que se notara, levantando la ceja, como levemente hastiado de sus propios sentimientos.

Era suficientemente joven como para encandilar a las mujeres y aterrar a los malos y lo bastante viejo como para haber pasado por todo y saberse el libro de la vida de memoria. Con dominar esa ironía, que por supuesto nunca conseguiré, soñaba yo y sospecho que muchos de mis compañeros de generación.

Descansa en paz, Roger Moore. No fuiste el gran actor shakespereano que tal vez soñaste ser cuando te metiste a actor. Pero toda una generación de hombres en busca de una seguridad que se escapaba ante la revolución imparable de las mujeres te agradeceremos siempre que nos dieras esperanza. Fuiste nuestro James Bond. Tu sonrisa de aprobación nos acompañará desde allí donde estés.

Nomina numina

Juan Claudio de Ramón

Puede parecer una trivial, pero la política es una de esas cosas que se hace con palabras. Con ellas el político puede hilvanar razonamientos persuasivos o lanzar conjuros. Porque existe una política basada en razones y otra en el hechizo que provocan ciertos nombres. Nada se consigue a base únicamente de la segunda, salvo el poder, que no es poco, y es quizá por ello la vía preferida. Esto lo saben sobre todo los nuevos teóricos del viejo populismo: quien se apodera de un significante sagrado, no tanto vacío como equívoco, tiene la partida ganada. Nomina numina. Los nombres son dioses –algunos, demonios– y conviene saber movilizarlos para tu causa.

Hay ejemplos recientes del combate entre estas dos maneras de hacer política. Donald Trump o Marine Le Pen buscaron el encantamiento a través de la repetición del nombre numinoso por excelencia: el nombre de país. Make America great again se llevó el gato al agua; Choisir la France estuvo cerca, pero la sabia bondad de la doble vuelta dio una esperanzadora victoria a un atrevido valedor de la política discursiva, basada en razones y en la confianza en el raciocinio del votante. Pero, a decir verdad, tampoco la campaña de Macron estuvo libre del abuso de palabras fetiche como “fascista”: término que despierta de inmediato el deseo de resistencia, si bien es discutible que quepa calzárselo a Le Pen. No todo lo que nos desagrada en política es fascismo, pero ese es otro tema.

Otro ejemplo de lo eficaz que resulta la política mágica, basada en el mero prestigio de palabras convertidas en mantra, lo tenemos en España. La exitosa resurrección política de Sánchez se ha fundado tan sólo en la machacona insistencia en que si el PSOE es un partido de “izquierdas” cualquier entendimiento con la “derecha” es anatema –aunque sea en graves y extraordinarias circunstancias como las que se dieron el año pasado–. Qué políticas pueden ser verdaderamente útiles para la ciudadanía o vitales para el Estado no importa; importa si llevan la etiqueta que sigue cifrando la estima o el desprecio de los militantes. Frente a esta estrategia, Díaz solo podía haber salido con arrojo a explicar las razones que la llevaron, junto a otros, a forzar la abstención en la investidura de Rajoy: por qué era necesaria ésta o indeseable la alternativa perseguida por Sánchez. Quizá hubiera perdido igual, pero al menos se habría ido con la dignidad de haber defendido una idea y no una consigna. Pero no lo hizo. No lo hizo y no es necesario cargar las tintas contra ella, porque lo cierto es que ninguno de los sublevados de octubre hubiera tenido el coraje y la elocuencia para romper el conjuro que desde hace años declaman obsesivamente los cuadros socialistas a sus militantes y potencia electorado: izquierda-no-pacta-con-derecha; el mismo ensalmo que hoy embalsama los restos del que fue el partido más importante y necesario.

Porque, parafraseando a un maestro, mientras no cambien los demonios del socialismo español, nada habrá cambiado.

No es no, ¿Pedro, sí?

Lea Vélez

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Pedro Sánchez perdió las elecciones porque parecía de mentira y ha ganado las del PSOE porque sus emociones, salidas de su encuentro fervoroso con las bases, son verdad.

Durante las campañas de las últimas elecciones muchos no creyeron su discurso. No era todo culpa suya, igual que anteriores victorias electorales no han sido todo mérito de los ganadores. Las circunstancias de una España dilapidada, la fragmentación con la llegada de los populismos, no ayudaban. El peso de la corrupción, el desencanto, la incertidumbre catalana, la escasa claridad de las consignas, que dejaban puertas abiertas a cualquier cosa, ¿Independencia para Cataluña? ¿Referéndum? ¿Reforma constitucional? ¿Reinventar la democracia? Eran cuestiones muy gordas y nada respondidas. El votante se quedó en su casa o votando a lo malo conocido.

No sé cuántos millones de votos le costó al PSOE tener un líder que pareciera perfecto sin concretar en nada, que aparentase ser respuesta para todos -militantes de base y barones, pobres y ricos, ejecutivos de hidroeléctrica y parados de Sabadell- sin un discurso personal, con el que apelar a la empatía. Nadie se creyó a Pedro, ni siquiera él mismo creyó en sí mismo, y pasada la debacle, trató de encontrar contenido en su barricada a Rajoy.

Ya sabemos lo que pasó. Su “no es no” le costó el puesto, porque ese “no” fue enroque y callejón. Irónicamente, no le costó la cabeza. Los barones se equivocaron en su arrogancia, y como ese boxeador ruso que le da una buena paliza a Rocky Balboa, le dieron alas y contenido. Tras la pelea perdida en el ring de Ferraz, de la que salió humillado por la puerta del garaje, nuestro Rocky hispano encontró, como Stallone, mensaje y motivación. Su deambular por España, baños de multitudes, palmadas de militantes apasionados, le construyeron por dentro. Su vuelta, su salto al ring y total su convencimiento de que ganaría por KO, solo podían acabar en cinematográfico triunfo. Presentí que ganaría en el momento en que dio su primer mitin porque, de pronto, el hombre vacío se había llenado de verdad.

A las bases les gusta, les chifla, su no es no. Otra cosa es que le guste al resto de los españoles y que su “no es no”, llegue a ser un “Pedro es sí”, pero ojo, Rocky tuvo seis secuelas.

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