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¿Censuradito?

Rafa Latorre

Si hay algo peor que nuestro escandalito diario es el escandalito sobre el escandalito, ese sofocón que se alimenta de los sofocos de los demás. Así ha ocurrido con el Instituto de la Mujer del País Vasco y su lista de canciones recomendadas para las fiestas. Uno se asoma al periódico y se imagina a Luis Fonsi como a Shostakovich, con la maleta hecha esperando aterrado de madrugada a la policía política.

En realidad ha sido una de tantas anécdotas que solo demuestran dos cosas: que en España hay organismos públicos ocupando su tiempo en elaborar playlists y que la incorrección política tiene unos engranajes muy parecidos a los de la corrección política. La ruedas dentadas de la hipervigilancia, la susceptibilidad y la precipitación.

El Instituto de la Mujer del País Vasco no pidió que censurasen Despacito y yo no he conseguido encontrar un solo entrecomillado de alguno de sus responsables que critique la letra de la canción. El organismo recomendó una serie de canciones que a mí no me apetece nada escuchar porque creo que no hay nada peor que la música aleccionadora. Pero allá cada cual. Como el propio Mark Twain dijo sobre los rumores de su muerte, la noticia de la censura de Despacito ha sido sin duda algo exagerada.

Es terrible descubrirte los mismos tics que aquellos a los que no soportas. Y, creanme, si hay alguien a quien no soporto es a esos beatillos custodios de lo correcto. Llevaba todo el día pensando en escribir sobre la censura del Despacito, ya me había sentado y a la manera de aquel aguerrido editorialista había exclamado “¡Se van a enterar en el Kremlin!”. Y al informarme me di cuenta de que no había tema y de que yo mismo llevaba varias horas comportándome como un beato de lo antibeato. Qué descubrimiento tan deprimente.

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Navidad obscena

Manuel Arias Maldonado

Foto: JON NAZCA
Reuters

En Navidad, de un tiempo a esta parte, uno siente nostalgia de la Navidad. O sea, de la Navidad tal como era antes o como uno la recuerda: breve, concentrada, sintética. Su modesta estructura se componía de una semana preparatoria y una quincena de ejecución: desde las vísperas de la lotería hasta la comida de Reyes. Se parecían, o querían parecerse, al anuncio de turrones El Almendro que rodó Víctor Erice: sentimentales pero austeras, representaban un breve descanso organizado alrededor de la idea de la reunificación familiar. Su contención las hacía soportables, hasta el punto de que uno no dudaba en darles una cautelosa bienvenida.

Ahora, en cambio, se hace difícil no estar de acuerdo con los neomarxistas que denuncian la colonización mercantil del mundo de la vida. Por más que uno comprenda la importancia del consumo privado para la buena salud de la economía, parecemos empeñados en dar la vuelta a la conocida inscripción de Delfos que recomienda vivir sin excesos. ¡Todo en demasía! El calendario es implacable: la maquinaria estético-comercial navideña se activa con el así llamado Black Friday en la última semana de noviembre, momento en que también suele procederse al cada vez más melodramático alumbrado de nuestras ciudades, después se intensifica durante el largo puente de diciembre y aún incrementa su presión -formidables descuentos mediante- cuando se acercan las fechas marcadas en rojo en el calendario oficial. En paralelo, se suceden los ágapes: la moda imparable de las comidas navideñas -sean de empresa, gimnasio o asociación excursionista- atraviesa todo diciembre dejando tras de sí un rastro de matasuegras y éxitos de los 80.

De manera que bajo el fulgor deslumbrante de las bombillas LED, compradores y festejantes se amontonan en unos centros urbanos intransitables durante seis semanas orgiásticas. Los tiempos cambian: hemos pasado de Erice a Amenábar. Para cuando llega la cena de Nochebuena, no digamos la Nochevieja, el agotamiento es total: uno solo desea que el rápido curso del tiempo le transporte pronto al escenario posvacacional. Y uno siente, sí, una punzada de nostalgia por las viejas Navidades. Aunque se pregunta, también, si no será él quien se está haciendo viejo.

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El último gag de Andy Kaufman

Jaime G. Mora

Foto: CLAUDIO ONORATI
AP

‘Jim & Andy’ es un documental perturbador. Relata la interpretación que hizo Jim Carrey de Andy Kaufman en la película ‘Man on the Moon’, que se estrenó en 1999, cuando Carrey era una estrella de Hollywood, y no ese tipo desquiciado al que acusan de haberle contagiado tres enfermedades sexuales a su exnovia. Hace veinte años Carrey era una estrella de Hollywood, decía, y Milos Forman lo eligió como protagonista del filme. Había pasado más de una década de la muerte del comediante Kaufman y era hora de llevar su vida a las salas de cine. Kaufman no se veía como un humorista. decía que nunca había contado un chiste y se consideraba más bien un “artista de variedades”.

Kaufman no buscaba hacer reír a la gente, sino provocar, y lo llevaba todo al extremo, aunque eso supusiera ganarse el odio de seguidores y ejecutivos. Los que le aplaudían y los que le pagaban, casi nada. Uno de sus ‘números’ más recordados tuvo lugar en pleno movimiento feminista: se le ocurrió organizar peleas de “lucha libre” con mujeres, a las que mandaba a casa a fregar y cuidar de los niños. Hacía todo lo posible, ya fuera en la televisión o en el ring, para enfurecerlas. Era un personaje excesivo para todo, incluso para morir: una variante muy rara del cáncer de pulmón se lo llevó por delante cuando solo tenía 35 años. Lo intentó curar con “medicina natural” y con la ayuda de chamanes.

Jim Carrey, para interpretar su papel, optó por hacer de Kaufman a todas horas, también después del “corten”, y todo aquello quedó grabado. El documental, disponible en Netflix después de haberle quitado el polvo a esas viejas cintas, muestra cómo fue aquel rodaje tan delirante. Se ven las caras de incredulidad de los actores cuando descubren la actitud del actor en el set, la impotencia inicial del director de la película, que no sabe cómo tratar a Carrey, o más bien a Kaufman. Carrey se presentó desde el minuto uno como Andy, y se relacionó con sus compañeros como si fuera su personaje: gritando, disfrazándose, llevando al plató a los Ángeles del Infierno…

“Estaba en Malibú, mirando el océano y pensando: ¿Dónde estará ahora Andy? ¿Qué estará haciendo?”, dice Carrey al recordar los días previos al rodaje. “De repente, Andy Kaufman apareció, me tocó el hombro y me dijo: puedes descansar. Yo haré mi película”. El hilo conductor del documental es una entrevista al actor, que habla fijamente a cámara, sin apenas moverse, con una barba poblada que lo aleja de esa imagen con la que triunfó en los años 90. Dice cosas como “Andy me poseyó, hasta tal punto que llegué a pensar que nunca me liberaría de él”, “A veces no puedo dormir porque siento que he salido de mi cuerpo y solo soy una nube de amor y gratitud y energía” “No somos nada. Y tener eso claro es increíblemente liberador”.

Hacer de Kaufman a todas horas, dice Carrey, lo llevó a dudar incluso de su propia identidad. Cuando acabó la película se sintió vacío, como si él no fuera nadie. ¿Quiénes somos? ¿Somos en realidad quienes creemos ser? En estas reflexiones sobre la identidad se ve que Carrey lleva años haciendo meditación, su remedio para luchar contra la depresión. Pero más que estos desvaríos espirituales, lo interesante de la cinta es ver hasta dónde llegó Carrey haciendo de Kaufman en la vida real. Se plantó sin ningún complejo en la casa de Steven Spielberg para hablar con él, sal en las noticias un incidente que tuvo con otro actor durante la grabación, se plantó en una fiesta en la mansión Playboy como si fuera uno de los personajes de Kaufman…

Carrey convirtió todo el rodaje de ‘Man on the Moon’ en un gag de Kaufman, que para eso lo grabó todo. El último gag de Kaufman. Puede que Carrey sea un lunático, desde luego lo parece, pero es un lunático brillante.

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Estados Unidos acaba con la neutralidad de la red: ¿Es el fin de Internet como lo conocemos?

Ana Laya

Foto: Kyle Grillot
Reuters

Desde el jueves 14 de diciembre Internet ha dejado de ser un servicio público de libre acceso. La norma, aprobada por la mayoría republicana de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos, le ha otorgado a las compañías proveedoras de Internet el poder de modificar las experiencias online de millones de ciudadanos estadounidenses, ya que ahora éstas podrán bloquear páginas o cobrar extra por una mayor calidad del servicio o por el acceso a ciertos contenidos (¿bajo qué criterio? Buena pregunta, la respuesta es tristemente obvia). Esta medida no solo afecta directamente a Estados Unidos sino que además sienta un precedente peligroso para el resto del mundo.

Como explica la web Save the Internet, la neutralidad es el principio básico que siempre ha regido a Internet. Es Internet, tal y como lo conocemos hasta ahora, sin que compañías como AT&T, Comcast y Verizon, en el caso de Estados Unidos, o en un futuro en España: Movistar, Orange y Vodafone, tengan el derecho a decidir a qué contenidos puedes acceder y cómo acceder a ellos. La neutralidad es lo que garantiza que no haya exclusión, que todos, independientemente de que nos conectemos a la red desde un locutorio o desde un iPhone X, tengamos acceso a los mismos contenidos.

La propuesta de revertir las reglas que la misma FCC aprobara en 2015 fue liderada por Ajit Pai, actual Presidente de la FCC nombrado por Donald Trump y ex-abogado corporativo de Verizon. Pai ignoró la presión no sólo de la opinión pública sino también de una gran parte de abogados, legisladores, corporaciones y organizaciones sin fines de lucro. Mientras que parte de los apoyos que logró la polémica discusión online de la propuesta, aparentemente fueron dejados por… ¿zombies?.

La FCC acaba con la neutralidad de la red: ¿Es el fin de la internet como la conocemos? 1
Sí, el hombre que bebe (siempre) de una taza de Reese’s gigante y le parece una broma graciosísima es el que de momento ha logrado acabar con la neutralidad de la red. | Foto: Aaron P. Bernstein / Reuters.

El argumento de esta mayoría nada silenciosa, entre la que se encuentran los representantes de gigantes como Facebook, Twitter y Amazon, es que esta ley pretende solucionar un problema que no existe y sus consecuencias, en cambio, son peligrosas. “La decisión adoptada por la FCC hoy es decepcionante y dañina”, comentó Sheryl Sandberg, COO de Facebook, “un Internet abierto es clave para nuevas ideas y oportunidades económicas”, agregó.

Werner Vogels, CTO de Amazon, Brad Smith CLO de Microsoft, Alexis Ohanian, cofundador de Reddit, y plataformas como Netflix y Vimeo también expresaron a través de Twitter su rechazo a la decisión de la FCC augurando que este es solo el comienzo de una larga batalla legal.

La FCC acaba con la neutralidad de la red: ¿Es el fin de la internet como la conocemos? 2
Manifestantes congregados frente a la FCC durante las deliberaciones. | Foto: Yuri Gripas / Reuters.

Sí, la neutralidad en la red no es simplemente importante, la neutralidad ES la red. Aquí algunas claves para entender lo que la decisión de la FCC simboliza, implica, permite, prohibe y cómo puede ser revertida:

¿En qué consiste la decisión de la FCC?

Después de una batalla de 10 años sobre el futuro de Internet, en 2015 la FCC adoptó medidas para asegurar la neutralidad de la red basándose en el Título II del Acta de Comunicaciones.

Específicamente, en febrero las compañías proveedoras de Internet fueron recalificadas como “teleoperadores comunes” bajo el Título II, dándole así a la FCC la autoridad de asegurar que compañías como Verizon, AT&T y Comcast no pudieran bloquear, ralentizar o interferir de ninguna manera con el tráfico web (AT&T fue condenada en el pasado por bloquear FaceTime, y en general, los teleoperadores no son empresas que gocen particularmente de buena fama en cuanto a transparencia), preservando así un terreno de juego neutral para todos los involucrados. Estas reglas acompañaron un pico histórico de innovación e inversión online especialmente en Estados Unidos.

Ahora, de acuerdo con la nueva decisión de la FCC, los teleoperadores han dejado de estar calificados bajo ese “Título II”. Esto deja con las manos atadas a la FCC porque retira su capacidad de imponer sanciones a las compañías que decidan, por ejemplo, discriminar la velocidad de transmisión de datos de algunos servicios a su favor. La única regla real que tienen que seguir los proveedores de Internet es anunciar que están haciendo lo que están haciendo. Por ejemplo, si un servicio de streaming pertenece o tiene algún acuerdo con un proveedor, este podría funcionar mejor que otro sin dicho acuerdo. Sin ir muy lejos, HBO, Netflix, Amazon Prime, se verían afectadas a menos que se decidan a pagar un fee, una cuota, o a asociarse (¿a qué costo?) a un teleoperador.

Y si esto afecta a los gigantes del streaming y a los de la redes sociales, está demás decir cómo afectará a los potenciales nuevos emprendedores que quieran triunfar o busquen sencillamente tener algo de presencia online.

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Manifestantes en California a favor de la Net Neutrality. Photo: Kyle Grillot / Reuters.

¿Cómo rechazar la decisión?

El Congreso tiene la potestad de revertir la decisión de la FCC, por eso numerosas entidades como Save the Internet están llamando a los ciudadanos a escribirle a sus representantes en el Congreso para que implementen una ‘moción de desaprobación’. Medida permitida por una ley conocida como Revisión de Acta del Congreso (Congressional Review Act, CRA).

Michael J. Coren afirma en Quartz que el uso de la CRA es probablemente el único camino que podría seguir el Congreso y que, en efecto, en 2017 los republicanos ya se han valido de la misma para rechazar 15 regulaciones impuestas por la Administración Obama, y esta vez por primera vez podría ser usada para salvar una.

El senador de Massachussetts Ed Markey y el representante de Pensilvania, Mike Doyle, ambos demócratas, ya han comunicado sus planes de aplicar la CRA para que se discuta la decisión de la FCC en el Congreso. Si la moción pasa y recibe la firma del presidente, la decisión de la FCC sería rechazada, el orden abierto de Internet de la era Obama sería reinstaurado y cualquier decisión similar de la FCC tendría que tener aprobación previa del Congreso.

La Administración Trump está haciendo todo lo posible para acallar a las voces disidentes, señala Save the Internet. “Si perdemos la neutralidad de la red, lo habrá logrado”, sentencia.

¿Afectará esta medida a Europa?

Michael McLoughlin señala en El Confidencial que por aquí Internet seguirá siendo igual, por lo menos hasta nuevo aviso, y que “el pasado año la UE dio luz verde a una serie de directrices emitidas por el Berec, la máxima autoridad comunitaria a la hora de regular las telecomunicaciones en el Viejo Continente”. Las regulaciones publicadas por Berec el 16 de agosto para proteger Internet son hasta la fecha, según el grupo Save the Internet Europe, fuertes y representan una victoria avasallante de la neutralidad.

Sin embargo, añade McLoughlin, las consecuencias de la votación de la FCC pueden sentirse en Europa, ya que plataformas como Netflix o HBO son globales, y “si una de estas plataformas se ve afectada en un mercado tan importante como EEUU esto podría conllevar, por ejemplo, una subida de precios o la restricción de algunos servicios debido a menores capacidades de transmisión”.

Por otra parte, Saurabh Singh, en India Today señala que aunque técnicamente la medida aplicada en Estados Unidos no debería tener demasiado impacto, considerando que Internet es una entidad con menos fronteras que los mercados financieros o de bienes, los expertos de la industria creen que sus efectos se harán sentir en muchos otros países, incluida, en este caso, India. No será inmediatamente, señala, pero será pronto (¿y será para siempre?).

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Trabajar en un café con internet gratis (de manera medianamente eficiente) puede convertirse en un recuerdo lejano. | Foto: Brendan McDermid / Reuters.

¿Cómo te puede afectar a ti?

Un buen ejemplo de los cambios que podrían suceder ahora que las compañías teleoperadoras se ven empoderadas frente a los individuos es que Internet empiece a funcionar como lo hace la televisión por cable. Los teleoperadores podrían empezar a vender Internet por paquetes, uno básico sin costes adicionales, que incluya Wikipedia y Google, por decir algo, y otro premium que incluya acceso a redes sociales, y así.

Ro Khanna, representante del Congreso por el Distrito 17 de California (donde está Silicon Valley) ha mostrado el modelo portugués como ejemplo de lo que podría y no debería suceder.

Otra gran preocupación es que sin reglas que prohiban el acceso prioritario prepago a grandes compañías a Internet de alta velocidad, los pequeños negocios, las startups innovadoras pero sin un mecenas millonario, los estudiantes, las bibliotecas públicas y cualquier usuario con menor poder adquisitivo, serán relegados al “canal lento” de Internet.

Si bien, como argumentaba Farhad Manjoo en el New York Times el pasado noviembre, internet como lo conocemos está agonizando, ya que las grandes compañías como Apple, Facebook, Google, Microsoft y Amazon ya controlan “gran parte de la infraestructura online, desde las app stores hasta los sistemas operativos y la nube para almacenar contenidos”, la desaparición de lo que queda de neutralidad, no ayuda para nada. En todo caso introduce un nuevo gigante en la ecuación: los teleoperadores.

Si las reglas de juego ya no eran particularmente justas, en este escenario son directamente absurdas. Este, por suerte, parece no ser el capítulo final de esta historia.

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