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El Rey y las beatas

Rafa Latorre

La rutina democrática era esto. El discurso del Rey en mute mientras uno disfruta en familia. Cualquier mayor de edad sabe lo que el Rey va a decir en Nochebuena y ahí radica la legitimidad de la monarquía parlamentaria. En la levedad de sus mensajes, en su adormecedora previsibilidad. La caída de las audiencias es por tanto un triunfo democrático. El reinado de Felipe VI ha obtenido la sanción de los audímetros. Lo contrario significaría que la institución se está volviendo estridente, invasiva, morbosa. No hay espectáculo más deprimente que un rey mendigando atención.

A Felipe VI en Nochebuena ya sólo le prestan atención sus enemigos, que son sus verdaderos súbditos. Los más leales. El resto de los ciudadanos sólo atienden a la monarquía cuando algo falla. Cuando adviene el escándalo o cuando sospechan que el monarca ya no está dispuesto a asumir las servidumbres del trono. Eso ya lo hemos vivido y nos obligó a desviar la atención a la Corona durante unos años patéticos. La sucesión ha impuesto cordura. Es decir, sopor.

Yo me abono al monarquismo punk de Montano, porque me estoy haciendo viejo y disfruto escandalizando a las beatas. Me gusta decir blasfemias atroces como que viva la Constitución, el imperio de la ley y las instituciones que ponen límites a las periódicas crecidas de la marea, o sea de la muchedumbre. Abrazar a un pensionista que va a votar, reivindicar el mal menor, celebrar la unidad, utilizar el usted y tratar con amabilidad a un policía. Puro erotismo.

Como aquel poema excitante, el Political Incorrectness en el que Luis Alberto de Cuenca le pide a su amada que le diga cosas tremendas, pornográficas.

Sé buena, dime cosas incorrectas

desde el punto de vista político. Un ejemplo:

que eres rubia. Otro ejemplo: que Occidente

no te parece un monstruo de barbarie

dedicado a la sórdida tarea

de cargarse el planeta. Otro que el multi-

culturalismo es un nuevo fascismo,

sólo que más hortera, o que disfrutas

pegando a un pedagogo o a un psicólogo,

o que el Mediterráneo te horroriza (…).

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Donald Trump señala el cambio a la paz

José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez reflexiona acerca de la polémica y el conflicto desatados por Trump luego de que reconociera a Jerusalem como capital de Israel y ordenará trasladar allí la embajada, que ahora está en Tel Aviv.

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La traición

Laura Fàbregas

Foto: YVES HERMAN
Reuters

¿Qué pasa en Cataluña? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué los que no somos independentistas hemos tardado tanto en hablar?

La respuesta tiene que ver con el factor humano. Hemos tardado tanto en alzar la voz porque por mucho tiempo hemos sentido que formábamos parte de ellos: del mismo pueblo, no sé si un sol poble, pero sí un pueblo cívicamente unido. Hemos abandonado progresivamente el espacio público por temor al ostracismo o la muerte civil. A que nuestros más allegados pensaran que no éramos dignos de su confianza. Porque, digan lo que digan, la libertad más difícil no se ejerce ni contra el poder –en democracia, siempre algo abstracto y lejano– ni tampoco contra la publicidad. La libertad más difícil se ejerce contra los amigos. Contra los tuyos.

El sociólogo Émile Durkheim habló de “efervescencia colectiva” para explicar este fenómeno donde una sociedad comparte prácticas, hábitos y creencias como, por ejemplo, las Diadas. Durkheim ha sustituido a Montesquieu quien, probablemente, hoy sería un facha para la mitad de catalanes.

En Cataluña se han roto los valores de la ilustración. Los que hacen que un individuo pueda discrepar de los suyos a través de la razón independientemente de la compasión, el amor y las emociones que pueda sentir por ellos. Por eso tanta gente se sintió interpelada en la jornada del 1 de octubre al ver que una parte de los suyos recibía porrazos. Aunque pensara que eran ellos los que estaban equivocados. Como una madre que no quiere que metan a su hijo en la cárcel, aún sabiendo que es culpable. El valor está en decirle a su hijo que se ha equivocado, pero nadie discutiría el amor y lealtad de esa madre.

El nacionalismo destroza el terreno común que posibilita el debate, incluso entre familiares. Un liberal, un socialdemócrata e incluso un comunista pueden debatir sobre cuál es la mejor manera de generar riqueza y distribuirla. Un nacionalista no puede, porque aunque lo vista de racionalidad, el último eslabón de esta ideología apela a la parte emocional. Y si no estás con los tuyos, eres un traidor.

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Inés a secas

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Pau BARRENA
AFP

‘Merlín el encantador’ es una de las películas que más me gustaban cuando era pequeña. Todavía recuerdo los diálogos. Al principio de la historia, cuando Arturo conoce al mago, este le dice que puede llamarle “Merlín a secas”. Durante mucho tiempo pensé que “Asecas” era el apellido. Luego entendí que Merlín no necesitaba un apellido para ser reconocido.

El cómico Toni Albà llamó el otro día “mala puta” a Inés. Inés a secas. Esta Inés es una persona que, al parecer, se disfraza de demócrata para conseguir votos. Todo el mundo entendió que se refería a Inés Arrimadas, a la que el independentismo desprecia porque va camino de conventirse en la candidata más votada en Cataluña. Tanto la temen que la expresidenta del Parlament, Núria Gispert, quiso mandarla de vuelta a su Andalucía natal: “¿Por qué no vuelves a Cádiz?”.

De este asunto hemos sacado en claro que el actor es un humorista con muy poca gracia y también un machista impresentable. Pero el machismo tiene bula cuanto más a la izquierda en el eje ideológico y más hacia la independencia en el eje territorial se formula. También lo sabe Miquel Iceta, que hace unos días sufrió los insultos homófobos de un profesor de nanociencia, nanotecnología y enano mental de la Universidad de Barcelona.

Ante la indignación y el revuelo provocados por las palabras de Albà, el actor se ha apresurado a decir que no se refería a Arrimadas. Un torpe intento por buscar una exculpación que no ha de llegar. No solo porque Inés, como Merlín, no necesite de apellido para ser reconocida, sino porque no cabe disculpa para quien llama mala puta a ninguna Inés del mundo.

No obstante, estoy convencida de que, de ser preguntado, Albà afirmaría con sinceridad rotunda no ser machista. También creo que Gispert, en su fuero interno, está convencida de que la xenofobia es una idea aborrecible. Y el profesor de Barcelona negará tener nada contra los homosexuales. Pero, ay, todos esos atributos: ser mujer, haber nacido fuera, ser gay adquieren una dimensión moral nueva una vez se pasan por el filtro de la identidad nacional.

Entonces sí, bajo la luz de la vergüenza, contemplados en su españolidad, Iceta es un maricón e Inés es una mala puta que ha de volver a su tierra. No tendrán tanta suerte. Cádiz sabrá esperar.

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Sobre los lugares adecuados y los hombres sirena

Laura Ferrero

Foto: AP
AP Foto

Se llama ‘La silla de Fernando’ y es una película-conversación con Fernando Fernán Gómez que hicieron David Trueba y Luis Alegre. Pero es mucho más que un diálogo en el que el actor y director aborda distintos temas como la guerra civil, sus tiempos mozos, las noches de Madrid, las mujeres, el amor o el franquismo…Desde su silla, Fernán Gómez pontifica, se adentra en todos los terrenos políticamente incorrectos y pantanosos, se ríe y hace reír. Se enfada y hace enfadar. Cuenta, en definitiva su paso por esta montaña rusa a la que comúnmente llamamos vida.

De joven, su deseo era ser guapo y fuerte, el mismo que tenemos muchos de nosotros aunque no lo digamos en público. Siempre me han parecido particularmente admirables las personas que dicen lo que piensan sin temor al juicio ajeno. Mi abuela dice que esas son cosas de la vejez, de la llegada de ese tiempo en el que uno empieza por fin a relativizar las cosas. La vejez no es solo dejar de sufrir por el pasado sino también desacralizar por fin el tabú del qué dirán.

Una de las reflexiones que más me gustó es la que Fernán Gómez hace en torno a la envidia. Siempre se ha dicho que ésta es el pecado capital de los españoles y yo misma, hasta que vi la película, lo hubiera corroborado. Sin embargo, el mítico actor lo desmiente. Envidiar es “querer ser como otro”, es un deseo en positivo en el sentido del que dice “me hubiera encantado escribir El Quijote”. Fernán Gómez matiza que el verdadero pecado nacional no es la envidia sino el desprecio a la excelencia. Aquel que dice, por ejemplo, frente a las 1200 páginas de El Quijote, “pues chico, llevo treinta páginas y no es para tanto. Vaya tostón”.

En la película hay otro momento verdaderamente memorable: aquel en el que el actor y director habla de la búsqueda del amor. En su juventud salía mucho de juerga –al bar del aeropuerto de Barajas, el único abierto hasta las tantas en tiempos de dictadura y prohibiciones– y ahí buscaba a su mujer soñada. Su arquetipo ideal era Marlene Dietrich, una femme fatal en toda regla. “Destrúyeme” hubiera querido decirle Fernán Gómez a la hipotética Dietrich española. Este deseo se lo transmitió Fernando a una amiga con la que salía entonces, que le respondió: “Ay, Fernando, a ti nadie puede destruirte. Tú ya estás destruido”. Por aquellos tiempos amigos y conocidos le advertían seriamente de que estaba buscando a su mujer ideal en los lugares equivocados. Los bares de alterne no eran los adecuados. Pero ahí discrepo: las personas importantes aparecen de entre los rincones más insospechados.

Eso también lo cuenta Samantha Schweblin, que poco tiene que ver con Fernán Gómez. O bueno, igual más de lo que nos pensamos. Ayer terminé el maravilloso Pájaros en la boca y otros cuentos, y más allá de que me enamoré del relato que le da título al libro y asimismo de uno llamado ‘Mujeres desesperadas’, me quedo con uno que se llama ‘El hombre sirena’. En él, una mujer está en un bar del muelle esperando a su hermano Daniel: juntos tienen que ir a cuidar de su madre. De repente, sobre una columna de hormigón del muelle, divisa a un hombre sirena. Tarda en entender el significado de aquello y se acerca. Conocerse, que dice Salinas, es el relámpago, Y así les ocurre a ambos, que se enamoran en un instante, si es que eso es posible y si cuando ocurre es posible dejarlo para más adelante: “Aunque no puedo decirle que lo amo: no todavía, debe pasar más tiempo, debemos hacer las cosas paso a paso (…). Pero la decisión está tomada, es irrevocable”.

Sin embargo, pronto aparece su hermano Daniel en su busca, y ella se levanta, supongo, porque le ocurre como a Fernán Gómez, que no sabe si ese es el lugar donde debería estar buscando el amor. Y sin embargo.

“Se queda mirándome un momento. Me doy vuelta hacia el mar. Él, hermoso y plateado sobre el muelle, levanta un bazo para saludarnos. Y aun así, Daniel entra al auto y abre la puerta de mi lado. Entonces no sé qué hacer, y cuando no sé qué hacer, el mundo me parece un lugar terrible para alguien como yo, y me siento muy triste. Por eso pienso: es solo un hombre sirena, es solo un hombre sirena, mientras subo al auto y trato de tranquilizarme. Puede estar ahí otra vez mañana, esperándome.”

O puede que no, querida. Así que bájate del coche. Dile a Daniel que se vaya por donde ha venido y corre hacia el muelle, hazlo deprisa y cruza los dedos para que el hombre sirena, que ha divisado a lo lejos tus dudas y titubeos siga siendo el vínculo y el hilo, el amarre a la única vida que tienes, que no es la de Daniel ni la de tu madre, ni la de los miedos que viajan raudos dentro del coche. Corre. ¿Sabes que solo ocurre una vez, que solo hay un único hombre sirena?

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