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El Rey y las beatas

Rafa Latorre

La rutina democrática era esto. El discurso del Rey en mute mientras uno disfruta en familia. Cualquier mayor de edad sabe lo que el Rey va a decir en Nochebuena y ahí radica la legitimidad de la monarquía parlamentaria. En la levedad de sus mensajes, en su adormecedora previsibilidad. La caída de las audiencias es por tanto un triunfo democrático. El reinado de Felipe VI ha obtenido la sanción de los audímetros. Lo contrario significaría que la institución se está volviendo estridente, invasiva, morbosa. No hay espectáculo más deprimente que un rey mendigando atención.

A Felipe VI en Nochebuena ya sólo le prestan atención sus enemigos, que son sus verdaderos súbditos. Los más leales. El resto de los ciudadanos sólo atienden a la monarquía cuando algo falla. Cuando adviene el escándalo o cuando sospechan que el monarca ya no está dispuesto a asumir las servidumbres del trono. Eso ya lo hemos vivido y nos obligó a desviar la atención a la Corona durante unos años patéticos. La sucesión ha impuesto cordura. Es decir, sopor.

Yo me abono al monarquismo punk de Montano, porque me estoy haciendo viejo y disfruto escandalizando a las beatas. Me gusta decir blasfemias atroces como que viva la Constitución, el imperio de la ley y las instituciones que ponen límites a las periódicas crecidas de la marea, o sea de la muchedumbre. Abrazar a un pensionista que va a votar, reivindicar el mal menor, celebrar la unidad, utilizar el usted y tratar con amabilidad a un policía. Puro erotismo.

Como aquel poema excitante, el Political Incorrectness en el que Luis Alberto de Cuenca le pide a su amada que le diga cosas tremendas, pornográficas.

Sé buena, dime cosas incorrectas

desde el punto de vista político. Un ejemplo:

que eres rubia. Otro ejemplo: que Occidente

no te parece un monstruo de barbarie

dedicado a la sórdida tarea

de cargarse el planeta. Otro que el multi-

culturalismo es un nuevo fascismo,

sólo que más hortera, o que disfrutas

pegando a un pedagogo o a un psicólogo,

o que el Mediterráneo te horroriza (…).

Qué nos enseña el libro más repelente de todos

Miguel Ángel Quintana Paz

¿Qué título de libro podría considerarse el más repelente de entre todos los clásicos? Si la pregunta atañera a las partes de una obra, seguramente cualquiera de la autobiografía de Friedrich Nietzsche, Ecce homo, sería digna candidata: “Por qué soy tan inteligente”, “Por qué soy tan sabio”, “Por qué escribo tan buenos libros”. En cuanto a volúmenes completos, Leszek Kołakowski alcanzó una marca importante con su “Por qué tengo razón en todo”, rótulo que tantas veces habrán anhelado, al menos como subtítulo, tantos otros profesores en tantos otros escritos más.

Con todo y con eso, de modo menos pomposo, pero igual de mordaz, fue el filósofo Søren Kierkegaard quien acuñó hace casi dos siglos un título febrilmente repulsivo para nuestra mente contemporánea. Lo hizo en su libro Enten-Eller, que suele traducirse con la disyuntiva “O lo uno o lo otro”, aunque podría asimismo ser “O bien una cosa, o bien la otra”.

¿Por qué resulta repulsivo ese título de Kierkegaard hoy en día? Vivimos en una época en que se nos ha vuelto más antipático que nunca renunciar a nada. Señores sesentones confían en verse bien juveniles y disfrutar a la vez de las mieles del reconocimiento por su amplia experiencia; jóvenes veinteañeros gustan de presentarse como tiernos modernetes, pero a la vez se quejan si su sueldo no alcanza el de un curtido profesional. Hacemos viajes lejanos con la intención de sumergirnos en otras culturas, pero allí nos refugiamos en el hotel que más se asemeja al de enfrente de casa. Queremos educar a nuestros hijos para el mundo real, pero les rodeamos de algodones que solo les prepararían para vivir sempiternamente en una colchonería.

Acaso este fenómeno adquiera especial virulencia en nuestro país. No pocos españoles están convencidos de que nuestra nación podría funcionar igual una escandinava, pero sin la sólida confianza entre sus ciudadanos que reina en aquellas sociedades. Deseamos tener impuestos tan bajos como en las Bahamas, pero con servicios públicos tan caros como los fineses. Protestamos porque nuestras universidades no están entre las mejores del mundo, pero acatamos que los criterios de selección en ellas sigan columpiándose entre el padrinazgo y el amiguismo. Si la asistencia a la eucaristía dominical continuara siendo masiva en España, no resultaría raro comprobar cada semana cómo varios feligreses porfiarían por estar a la vez en misa y repicando.

Ante este panorama, Kierkegaard nos recuerda una verdad repelente: a veces (muchas más veces de las que hoy creemos) se debe optar entre o bien una cosa o bien otra. Enten-Eller, en danés. Hoy suena fascista hablar de esa manera, pero aun así es preciso recordarlo: no puedes hacer todo lo que quieras ni tener todo lo que quieras ni hablar con solvencia de todo cuanto te gustaría hablar (aunque uses Twitter).

¿Cómo es que hemos llegado en nuestros días a olvidar tan simple verdad? El mismo libro de Kierkegaard nos responde con una de sus fábulas más famosas, la del payaso en el escenario del teatro. Reza así:

Se declaró en cierta ocasión un incendio entre los bastidores de un teatro. Un payaso salió al escenario para dar la noticia al público. Pero este creyó que se trataba de un chiste y aplaudió fervoroso. El payaso repitió la noticia y los aplausos se volvieron aún más entusiastas. Así sospecho yo que se irá a pique el mundo, entre el júbilo general de la gente biempensante, que creerá que solo se trata de un chiste.

Hoy se ha vuelto un lugar común decir que vivimos en una “sociedad del espectáculo”. Pero las cosas no estaban tan claras hace dos siglos, por lo que no resulta arbitrario atribuir a Kierkegaard cierto mérito previsor. En su cuento del payaso, este filósofo nos habla de un mundo en que todo se verá ya como mero espectáculo teatral. Y por ello pensaremos que todo es posible. Cierta teatralidad tendrán las desgracias que vemos en nuestros televisores; nadie se creerá del todo las noticias que nos proporciona una prensa que día tras día ensucia su fiabilidad. Solo algún sectario se tragará ya del todo lo que declama un político desde su escenario; solo algún ingenuo escuchará las previsiones de los expertos como si de veras se fueran a cumplir. Gracias a las redes sociales, las vidas de los otros desfilan ante nuestras butacas, mitad dramas y mitad comedia; nosotros mismos recitamos la trama de nuestros días ante un público silencioso, que nos contempla tras el foco de la pantalla de nuestro dispositivo.

Teatro, lo nuestro es puro teatro, cantaría hoy La Lupe. Y si somos todos actores, no puede acusársenos entonces de mentir exactamente, pero tampoco debe tomárselos muy en serio durante nuestra actuación. Desde antiguo nos lo han explicado los teóricos de la dramaturgia: ante un escenario (o, con el cine, ante una pantalla) conviene suspender nuestra credulidad, para no hacer el ridículo de aquellos espectadores que, cuando los hermanos Lumière les proyectaron por primera vez la escena de una locomotora que entraba en una estación, se reclinaron contra el respaldo de sus asientos, como temerosos de que el tren les fuese a arrollar.

El problema, naturalmente, es el que nos recuerda Kierkegaard en su fábula del payaso: por mucho que vivamos en un teatro, a veces sí que irrumpen cosas que nos podrían arrollar. Nos resistimos a creérnoslo, cobijados como nos pensamos en nuestro elegante patio de butacas; con esa sonrisa alelada de bebé (Philippe Muray dixit) con que intentamos tomárnoslo todo; convencidos de que es posible seguir contemplando las cosas con un distanciamiento elegante, sin tener nunca que optar de veras por algo contundente: o esto o aquello. Ahora bien, en ocasiones se declarará un incendio. Se acabará la función. Habrá que elegir en serio: o bien por una cosa, o bien por otra. Enten-Eller. Y más nos valdría atender a quienes nos lo anuncien desde el escenario, por muy payasos que sean.

Semanas llevan ardiendo las llamas de la represión chavista en Venezuela. Se ha cobrado ya docenas de muertos. Por bufonesco que resulte Nicolás Maduro, no es con balas de broma como sus tropas acribillan a los venezolanos. Mientras, en España, otros bufones le respaldan y, oh, resultan tan entretenidos. ¿Cómo tomarnos en serio a un payaso que justifica los crímenes del régimen de Caracas, si al fin y al cabo todos sabemos que las llamas del incendio venezolano no nos pueden alcanzar? ¡Démosles más escenarios, otorguémosles mejores púlpitos desde los que propaguen su mensaje, sería tan aburrida la temporada sin ellos! ¡Aplaudamos, aplaudamos! Límpiate eso que te ha saltado sobre la pechera, sin duda es solo salsa de tomate. Y, ante todo, no ceses nunca de sonreír.

Otro enemigo del pueblo: una historia barbateña

José María Albert de Paco

Atún y chocolate, sí, pero no se te ocurra decirlo. En el otoño de 2003, Pablo Carbonell rodó entre Barbate y Zahara una comedia con ese mismo título, Atún y chocolate, que trata sobre un lugareño (Manuel, interpretado por el propio Carbonell) que, sin posibles para costear el banquete de su boda, decide robar un atún destinado al mercado japonés. La película, en la que sobresale la actuación de Antonio Dechent, el Jack Palance español, tiene como telón de fondo la crisis pesquera, el tráfico de hachís, la inmigración ilegal… Ken Loach metido por chirigotas y pasado por un cristal de aumento. Cuenta Nacho Carretero en Fariña, el gran reportaje sobre el narcotráfico gallego, que el cine español no ha dejado más testimonio de aquel cataclismo que Airbag. Resulta extraño, en efecto, más en un gremio que se ufana de comprometerse con todas las causas imaginables. Ni su tiempo ni la realidad, en fin, parecen estar entre ellas. Atún y chocolate viene a ser el ‘airbag’ del sur. Pero no vayas y lo digas. En sus desquiciadas memorias, El mundo de la tarántula, de las que ya me ocupé en The Objective, Carbonell desmenuza los problemas que le trajo la película. ¡Qué se habrá creído ése, relacionarnos a nosotros con la droga! Ni el hecho de que una legión de barbateños participara en la figuración ni el alegre desparrame de dinero que supuso el rodaje libró a Carbonell, con casa en Zahara, de la difamación. A ello contribuyó una entrevista promocional en el programa de Jesús Quintero, que no hizo sino confirmar la sospecha fuenteovejunera.

JQ- Si vivieras en Zahara o en Barbate, ¿te dedicarías al atún o al chocolate?

PC- Me dedicaría al atún, pero si no me fuera bien, al chocolate.

“Algunas personas de Barbate y Zahara vieron la entrevista y entendieron que yo había estado en el programa diciendo que en esa zona sólo se vive del atún o del chocolate. Al presidente de los hosteleros de Zahara, Gaspar, fueron a contarle el chisme de que yo había declarado exactamente eso. ¿Acaso pretendían que respondiera a Quintero que también podía dedicarme a ser cocinero, camarero, abogado, policía municipal o perito agrícola? […] A Gaspar le faltó tiempo para mandar una carta al periódico manifestando el malestar de todos los hosteleros por mis afirmaciones. A otros también les faltó tiempo para pegar carteles con mi foto en la puerta de mi casa pidiendo que se me declarara persona non grata. A mi hija Carlota le dijeron que en cuanto yo pusiera un pie en Zahara me iban a romper las piernas.”

El infundio que más disgustó a Carbonell tuvo que ver con su acento. Gaditano de nacimiento, el cantante de Los Toreros Muertos fue uno de aquellos damnificados del estándar madrileño, que ahormó en la atonía a varias generaciones de intérpretes andaluces, canarios y extremeños. Para su papel de Manuel, no obstante, recuperó el ceceo de La Caleta, lo que fue tenido por un menosprecio a la cultura local.

“Me planté allí a dar la cara. El primer sitio al que acudí fue el epicentro de la maledicencia. Pedí una cerveza y una tapa de huevas aliñadas. Me contestaron que, ya que iba por ahí diciendo que todos ellos eran unos delincuentes, si no quería también un poco de hachís. […] Tendría que armarme de paciencia para dar todas las explicaciones que me pidieran los ofendidos. Y las fui dando. Una a una. De vez en cuando alguien me gritaba desde una obra que me iban a rajar. Otros me aconsejaban que no fuera solo por la calle. […] Si queda algún vestigio de aquella insidia suelo achacarlo a la merma neuronal del que me ataca, el cual, habitualmente, no recibe ninguna respuesta por mi parte.”

Los peligrosos mitos sobre las vacunas que ponen en riesgo la salud de todos

Jorge Raya Pons

Foto: Bryan Snyder
Reuters

En Italia se han encontrado con un problema: en menos de cinco meses han registrado 2.935 casos de sarampión y la causa de fondo parece llamativa. El 89% de ellos no fue vacunado y todo responde a un movimiento antivacuna cada vez más ruidoso, extendido e influyente. El gobierno decidió atajar la crisis adoptando un decreto por el que impone la vacunación obligatoria de los niños menores de seis años si quieren ser escolarizados. A edades superiores, podrán hacerlo siempre que estén dispuestos a pagar multas de hasta 7.500 euros.

“Con esta decisión enviamos un mensaje fuerte a la población”, advirtió la ministra de Salud, Beatrice Lorenzin, que se encontró con la oposición del Movimiento Cinco Estrellas, que insinuó que su decisión no responde tanto a argumentos sanitarios como a intereses de la industria farmacéutica.

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Beatrice Lorenzin, ministra de Sanidad italiana. | Foto: Remo Casilli/Reuters

En 2015 se diagnosticaron 250 casos de sarampión en Italia; el año pasado fueron 840. El aumento ha sido del 1.174% en año y medio. El 48% de los casos de sarampión en la Unión Europea se produce en Italia y Rumanía, según la Organización Mundial de Salud (OMS). “Y aquí el sarampión es que te salgan granitos y mucho picor, pero en África causa la muerte a 150.000 niños cada año”, recuerda José Antonio Forcada, coordinador del Grupo de Trabajo en Vacunaciones del Consejo de Enfermería de la Comunidad Valenciana (CECOVA) y miembro de la Asociación Española de Vacunología (AEV).

Porque la pregunta que nos hacemos al ver unas cifras tan altas en un país tan similar, tan cercano como España, consiste en si esto podría ocurrirnos a nosotros, en si estamos en una condición de vulnerabilidad equiparable a Italia. Forcada, tajantemente, responde que no. “Nadie en su sano juicio se ha atrevido a abrir un debate sobre si sería necesario poner las vacunas obligatorias o no”, dice el experto. “En España estamos trabajando con una cobertura en los dos primeros años superiores al 95%, somos una excepción en el mundo. Yo creo que tiene mucho que ver con que los padres creen que son obligatorias”. Y claro, bromea Forcada, “nosotros tenemos una cultura en la que basta con que nos digan una cosa para hacer la contraria”.

Una familia de Olot denunció a una asociación antivacuna por aconsejar que su hijo, que murió de difteria, no se inmunizara

Este escenario de tasas de cobertura tan altas garantiza lo que en términos médicos se conoce como inmunidad de grupo: cuantas más personas estén vacunadas, más difícil será la circulación de estos microorganismos. Sin embargo, siempre existen casos aislados.

El 27 junio de 2015, en la localidad gerundense de Olot, un niño de seis años murió por difteria después de un mes hospitalizado. Los padres no lo habían vacunado y denunciaron a la asociación que les recomendó no hacerlo. Después de la muerte del niño, las autoridades descubrieron que otros 47 chicos del colegio permanecían vulnerables al no estar inmunizados a la bacteria que provoca esta enfermedad grave, que afecta a las funciones respiratorias, cardíacas y renales del cuerpo. “Es muy triste que en un país donde nadie tiene problemas para acceder a la vacunación se produzca un caso como este”, declaró el entonces conseller de Sanidad, Boi Ruiz.

También en Estados Unidos, en diciembre de 2014, un brote de sarampión en el parque temático de Disneyland, California, se extendió por todo el país y provocó 102 casos de infección en 14 estados. La circunstancia despertó la alerta sobre una enfermedad que las autoridades sanitarias creían erradicada; los niños afectados no habían sido vacunados y se volvió a poner el foco sobre la influencia de los lobbies antivacuna, tan influyentes en el país, que se han alimentado de una infinidad de mitos para crecer como la espuma.

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La gran arma de los movimientos antivacuna reside en su capacidad para sacar a relucir los casos en que se han producido reacciones adversas, que son excepcionales. | Foto: Pascal Lauener/Reuters

“En España hay grupos antivacuna que piensan que es mejor que un niño pase una enfermedad a que lo vacunes”, explica Forcada. “Es gente que actúa de buena fe, siguiendo sus creencias, por tu naturismo. Pero luego está quien se aprovecha de las circunstancias, quien busca a las personas que han tenido alguna reacción para tener notoriedad, para ganar dinero, para vender libros”.

Forcada cree que estos movimientos exprimen los casos residuales para convencer a los sectores más escépticos: “Es verdad que a veces la noticia no es que el perro haya mordido a un hombre, sino que el hombre haya mordido al perro. Si de 200.000 niños vacunados hay cuatro que tienen una reacción adversa, no vemos que hay casi 200.000 a los que estamos librando de una enfermedad que puede matarles”.

“Si se dejara de vacunar, podrían rebrotar enfermedades y tener consecuencias muy graves”

Con todo, aboga por mantener el régimen actual, ahora que la información funciona, que no existen grandes campañas y se confía en el trabajo de concienciación diaria de los sanitarios, que explican a los padres la importancia de vacunarse y prevenir causas mayores. En cuanto a los antivacunas, cree que la clave consiste en ignorarlos: “Una lucha encarnizada contra ellos sería amplificar el ruido”.

Las vacunas, recuerda, han permitido que enfermedades como la polio, que hace medio siglo persistía en España provocando muertes y parálisis, hayan desaparecido. Esta enfermedad permanece únicamente en Nigeria, Pakistán y Afganistán. Por este y otros motivos, incide en la importancia de vacunar contra enfermedades como la meningitis C, la tos ferina o la difteria. “Si se dejara de vacunar”, concluye, “cualquiera de estas enfermedades podría rebrotar y tener consecuencias muy graves”.

Nacionalismo catalán: los ladrones de palabras

Teodoro León Gross

No es fácil, incluso en las liturgias líquidas de la política, contemplar un abismo entre las palabras y la realidad equiparable a la intervención de Puigdemont dando un ultimátum con el referéndum bajo el título de ‘Invitación a un acuerdo’. Claro que no se trata de algo excepcional. La ruptura aceptada entre discurso y realidad es uno de los signos de la época. Los populismos han invadido los campos semánticos para apropiarse de ‘la gente’, pero no es privativo de ellos; estos días se ha visto a los socialistas estrangularse con el orgullo y la dignidad, y al PP apelar a sus fetiches de la seriedad y estabilidad para abordar la corrupción. Pero el secesionismo supera todo eso. En sus delirios retóricos han llegado a identificarse como apartheid, como si la riquísima sociedad abierta de Cataluña fuera el Soweto de los años de plomo. Cuando las palabras se desconectan de la realidad, comienza una realidad paralela.

El plan secesionista es anticonstitucional, antiestatutario y antidemocrático, pero el éxito del secesionismo ha sido precisamente generar el marco mental de que libran una batalla por la democracia. ‘Democráticamente inviolable’ dijo Puigdemont. Junqueras: “O referéndum o referéndum; o democracia o democracia”. Colau: “urnas para conseguir una salida democrática”. También Pablo Iglesias.: “la libre decisión democrática es imprescindible”. Y todos repiten ese mantra, bajo la lógica tan goebbelsiana de que repetido cientos de veces se convertirá en la verdad. Apuntaba Guy Durandin en La información, la desinformación y la realidad que la existencia de palabras hace creer en la existencia de cosas, e instala en las mentes juicios de valor. A golpe de repetir la misma letanía, su clientela no ve más que eso: sacar las urnas como gran ejercicio democrático. En una realidad paralela así son las cosas: un ultimátum para destruir el Estado que exigen que sea atendido por ‘sentido de Estado’.

Peter Handke decía el lunes, en víspera de ser investido doctor honoris causa por Alcalá de Henares, que “el proyecto de Cataluña da miedo”. Lo terrorífico es la ceguera del marco mental invocando la democracia, ¡la democracia!, para no pensar más allá. Contra cualquier argumento –Ley, Historia, Europa, resultados electorales…– la respuesta es ¡democracia! ¡democracia! En definitiva, contra la democracia claman ¡democracia! Es el ‘elefante’ con que, según la teoría de Lakoff, han ganado la batalla. El plan es chantajear el Estado con una ley de desconexión sin soporte legal mínimo con la que establecer una Justicia sectaria sin separación de poderes o restringir la libertad de prensa… en definitiva un corpus autoritario reivindicado al grito de ¡democracia! Esto Philip K. Dick lo explicó en dos frases: “La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que usará esas palabras”.

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