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Espinar sin futuro

Rafa Latorre

El éxito arrollador de Podemos entre los jóvenes se funda en una advertencia: “Viviréis peor que vuestros padres”. Es una idea narcisista, ignorante y eficaz. Arropa al párvulo bajo el reconfortante manto del victimismo y excita su autocomplacencia, porque ya se le había anunciado que pertenece a la generación más preparada de la historia. Es una idea mentirosa y es una idea creíble. Los jóvenes de hoy no vivirán peor que sus padres pero su frustración se lo hará creer porque sus expectativas no conocen límites.

Ramón Espinar es el perfecto ejemplo de ese párvulo, un caso de laboratorio. Ustedes dirán que es un cínico, que el tráfico de esa mercancía política es su modus vivendi, y puede que el tiempo le haya convertido en tal. Pero el joven Espinar no era así, era el primer consumidor de ese narcótico ideológico. Yo le creo. Ningún burgués con conciencia de clase tendría el descaro de hacer suyos los inmortales versos de Evaristo: “Somos los hijos de los obreros que nunca pudisteis matar”.

Como suele ocurrir con los moralistas, la noticia que le retrata como un especulador inmobiliario no es más que un prólogo. El verdadero affaire Espinar es su relato de lo ocurrido. Piensen en el proyecto de vida del joven Espinar. Con 21 años decide meterse en la compra de un piso que la Comunidad de Madrid, ogro neoliberal, ofrece en condiciones ventajosas. Adelanta los 60 mil euros que le presta su familia y logra una hipoteca milagrosa para alguien que no tiene ingresos ni patrimonio y que, para colmo, estudia la prometedora carrera de Políticas. Sólo necesitó 9 meses para que su inversión en una vivienda protegida obtuviera un rendimiento de 20 mil euros y, según él, maldita sea, no tenía otra opción que embolsárselo.  A este chico, en cuanto se descuidaba, la administración y los bancos le metían el dinero en los bolsillos. Y todo era normal. Y dice que ésta puede ser la biografía de cualquier joven. Estudiaba Políticas y estaba convencido, hasta el punto de hipotecarse, de que recién licenciado conseguiría un trabajo que le permitiría afrontar los 500 euros mensuales de cuota. Y se declaraba entonces Juventud sin Futuro. Nunca antes una juventud sin futuro había tenido una fe tan ciega en el futuro.

Ramón Espinar dimitirá y no lo hará por ladrón o por corrupto, por usurpador o prevaricador; porque no lo es. Dimitirá por algo más imperdonable en política. Porque su biografía es la refutación perfecta de todo el ideario de Podemos.

Nacionalismo catalán: los ladrones de palabras

Teodoro Leon

No es fácil, incluso en las liturgias líquidas de la política, contemplar un abismo entre las palabras y la realidad equiparable a la intervención de Puigdemont dando un ultimátum con el referéndum bajo el título de ‘Invitación a un acuerdo’. Claro que no se trata de algo excepcional. La ruptura aceptada entre discurso y realidad es uno de los signos de la época. Los populismos han invadido los campos semánticos para apropiarse de ‘la gente’, pero no es privativo de ellos; estos días se ha visto a los socialistas estrangularse con el orgullo y la dignidad, y al PP apelar a sus fetiches de la seriedad y estabilidad para abordar la corrupción. Pero el secesionismo supera todo eso. En sus delirios retóricos han llegado a identificarse como apartheid, como si la riquísima sociedad abierta de Cataluña fuera el Soweto de los años de plomo. Cuando las palabras se desconectan de la realidad, comienza una realidad paralela.

El plan secesionista es anticonstitucional, antiestatutario y antidemocrático, pero el éxito del secesionismo ha sido precisamente generar el marco mental de que libran una batalla por la democracia. ‘Democráticamente inviolable’ dijo Puigdemont. Junqueras: “O referéndum o referéndum; o democracia o democracia”. Colau: “urnas para conseguir una salida democrática”. También Pablo Iglesias.: “la libre decisión democrática es imprescindible”. Y todos repiten ese mantra, bajo la lógica tan goebbelsiana de que repetido cientos de veces se convertirá en la verdad. Apuntaba Guy Durandin en La información, la desinformación y la realidad que la existencia de palabras hace creer en la existencia de cosas, e instala en las mentes juicios de valor. A golpe de repetir la misma letanía, su clientela no ve más que eso: sacar las urnas como gran ejercicio democrático. En una realidad paralela así son las cosas: un ultimátum para destruir el Estado que exigen que sea atendido por ‘sentido de Estado’.

Peter Handke decía el lunes, en víspera de ser investido doctor honoris causa por Alcalá de Henares, que “el proyecto de Cataluña da miedo”. Lo terrorífico es la ceguera del marco mental invocando la democracia, ¡la democracia!, para no pensar más allá. Contra cualquier argumento –Ley, Historia, Europa, resultados electorales…– la respuesta es ¡democracia! ¡democracia! En definitiva, contra la democracia claman ¡democracia! Es el ‘elefante’ con que, según la teoría de Lakoff, han ganado la batalla. El plan es chantajear el Estado con una ley de desconexión sin soporte legal mínimo con la que establecer una Justicia sectaria sin separación de poderes o restringir la libertad de prensa… en definitiva un corpus autoritario reivindicado al grito de ¡democracia! Esto Philip K. Dick lo explicó en dos frases: “La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que usará esas palabras”.

Nomina numina

Juan Claudio de Ramón

Puede parecer una trivial, pero la política es una de esas cosas que se hace con palabras. Con ellas el político puede hilvanar razonamientos persuasivos o lanzar conjuros. Porque existe una política basada en razones y otra en el hechizo que provocan ciertos nombres. Nada se consigue a base únicamente de la segunda, salvo el poder, que no es poco, y es quizá por ello la vía preferida. Esto lo saben sobre todo los nuevos teóricos del viejo populismo: quien se apodera de un significante sagrado, no tanto vacío como equívoco, tiene la partida ganada. Nomina numina. Los nombres son dioses –algunos, demonios– y conviene saber movilizarlos para tu causa.

Hay ejemplos recientes del combate entre estas dos maneras de hacer política. Donald Trump o Marine Le Pen buscaron el encantamiento a través de la repetición del nombre numinoso por excelencia: el nombre de país. Make America great again se llevó el gato al agua; Choisir la France estuvo cerca, pero la sabia bondad de la doble vuelta dio una esperanzadora victoria a un atrevido valedor de la política discursiva, basada en razones y en la confianza en el raciocinio del votante. Pero, a decir verdad, tampoco la campaña de Macron estuvo libre del abuso de palabras fetiche como “fascista”: término que despierta de inmediato el deseo de resistencia, si bien es discutible que quepa calzárselo a Le Pen. No todo lo que nos desagrada en política es fascismo, pero ese es otro tema.

Otro ejemplo de lo eficaz que resulta la política mágica, basada en el mero prestigio de palabras convertidas en mantra, lo tenemos en España. La exitosa resurrección política de Sánchez se ha fundado tan sólo en la machacona insistencia en que si el PSOE es un partido de “izquierdas” cualquier entendimiento con la “derecha” es anatema –aunque sea en graves y extraordinarias circunstancias como las que se dieron el año pasado–. Qué políticas pueden ser verdaderamente útiles para la ciudadanía o vitales para el Estado no importa; importa si llevan la etiqueta que sigue cifrando la estima o el desprecio de los militantes. Frente a esta estrategia, Díaz solo podía haber salido con arrojo a explicar las razones que la llevaron, junto a otros, a forzar la abstención en la investidura de Rajoy: por qué era necesaria ésta o indeseable la alternativa perseguida por Sánchez. Quizá hubiera perdido igual, pero al menos se habría ido con la dignidad de haber defendido una idea y no una consigna. Pero no lo hizo. No lo hizo y no es necesario cargar las tintas contra ella, porque lo cierto es que ninguno de los sublevados de octubre hubiera tenido el coraje y la elocuencia para romper el conjuro que desde hace años declaman obsesivamente los cuadros socialistas a sus militantes y potencia electorado: izquierda-no-pacta-con-derecha; el mismo ensalmo que hoy embalsama los restos del que fue el partido más importante y necesario.

Porque, parafraseando a un maestro, mientras no cambien los demonios del socialismo español, nada habrá cambiado.

Los mejores 'memes' del zasca de Rajoy a Espinar

Redacción TO

Foto: ERIC VIDAL
Reuters

Mariano Rajoy y Ramón Espinar, portavoz de Unidos Podemos en el Senado, se han enzarzado esta tarde en la Cámara Alta y, según los jueces de internet, el peor parado ha sido el más joven, que no ha visto venir el zasca dialéctico del presidente. Aunque no le ha faltado apoyo en forma de tuits.

En el debate ha habido gritos, aplausos y recriminaciones constantes, pero la contienda verbal ha terminado por acaparar todas las miradas. Espinar ha comenzado acusando al presidente del Gobierno de “usar en beneficio propio algunas instituciones del Estado”, como la fiscalía, para controlar los casos de corrupción, y le ha invitado a irse “a su casa”

Rajoy, ni corto ni perezoso, ha devuelto la acusación recordándole, primero, la condena de su padre por el caso de las tarjetas black y, segundo, su famosa polémica con la Coca-cola, que se remonta a cuando vieron a Espinar con botellas de este refresco después de llamar a su boicot por los despidos en las plantas de producción madrileña. Con este golpe directo ha nacido el hashtag , y la imaginación de los tuiteros se ha disparado.

Cómo los millennials árabes cambiaron el Mediterráneo

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Nasser Nasser
AP Photo, File

Los jóvenes que nacieron entre 1982 y 2004, los llamados millennials y postmillennials, serán más del 70% de la fuerza laboral del mundo desarrollado en 2025. No todos los grupos de adolescentes y veinteañeros producen movimientos históricos centrados en su identidad juvenil, pero parece que los millennials árabes lo hicieron. Hace seis años una juventud urbana irrumpió en el escenario, empujada por el malestar social y económico y por el descubrimiento de nuevas expectativas vitales, frente a unos regímenes cuyo único interés era perpetuarse en el poder.

En el el marco del Arabismos: Festival de jóvenes creadoresCasa Árabe en Madrid organizó una conferencia en la que participaron Juan Cole, intelectual público, prominente blogger y ensayista, y profesor de Historia en la Universidad de Michigan, y Nessrin el Hachlaf, licenciada en Derecho y Periodismo y miembro del Observatorio de Justicia y del Observatorio Euromediterráneo de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Ambos expusieron su particular punto de vista sobre estas revueltas.

Egipto y Túnez, revueltas con final agridulce

Cole asegura que las revoluciones en estos países fueron impulsadas por jóvenes, con apoyo de la clase trabajadora y que su principal preocupación actual es el terrorismo, pero con una concepción diferente a la de occidente, en la que prima el terror y el miedo. Las siguientes preocupaciones son el empleo, la seguridad y la política. Asimismo, considera que los periodistas han interpretado erróneamente estos movimientos y que el motivo fundamental de los revolucionarios no era conseguir una democracia al estilo occidental. Los jóvenes creían que los gobiernos corruptos estaban acabando con el empleo y las inversiones extranjeras, algo que se sabe por unas filtraciones de WikiLeaks de 2006.

“De hecho, McDonald’s intentó implantarse en Túnez, pero el gobierno de Ben Ali le pidió un soborno a la compañía, por lo que esta se negó y no llegó a entrar en el país africano, aunque quizá esto fue algo bueno para la salud de los tunecinos”, bromea Cole.

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Un manifestante durante las revueltas en Egipto de 2011 | Foto: Muhammed Muheisen/AP Photo File

Según este experto estadounidense estos movimientos no se fundaron con un fin religioso. Los laicos lideraron las revueltas en Egipto, a los que se unieron posteriormente los Hermanos Musulmanes. Las estadísticas indican que solo un 25% de los revolucionarios de Tahrir pertenecían a los Hermanos Musulmanes. A esto se le añade que “en países como Palestina o Túnez un gran porcentaje de los jóvenes no se sienten identificados con los islamistas, los consideran anquilosados, anticuados y que no avanzan”.

Las principales causas que impulsaron las revueltas de 2011-2013 de los millennials árabes fueron la corrupción y las denominadas “monarquías republicanas”, es decir los regímenes autoritarios hereditarios, como el de Bashar Al Assad. “Se puede decir que la llamada Primavera Árabe no fue perfecta, pero los jóvenes consiguieron acabar con las ‘monarquías republicanas’ hereditarias, como las de Gadafi, en Libia, o las de Ben Ali en Túnez”.

Lo que está claro es que los jóvenes no pudieron tener éxito sin apoyos. Los millennials que participaron en estas revueltas eran de clase media, pero con apoyos de los sindicatos y de los trabajadores. Un ejemplo claro es el Movimiento 6 de abril, que surgió a causa de una huelga de trabajadores de la industria textil en Egipto. La muhabarat – policía secreta – no dejó manifestarse a los trabajadores de  Al Mahalla en El Cairo, pero los jóvenes pudieron grabar vídeos de la represión y de esta situación con sus smartphones y compartirlos en internet. Más tarde, cadenas como Al Jazeera los difundieron a más de 20 millones de espectadores.

Cómo los millennials árabes cambiaron el Mediterráneo
Manifestantes pisan un cartel con la efigie de Ben Ali | Foto: Hassene Dridi/AP Photo Dile

Uno de los casos más sonados en Egipto fue el de Khaled Said, un joven egipcio con estudios en Estados Unidos, bloguero en Egipto y perseguido por la policía. Los revolucionarios afirman que le perseguían por recoger en su blog los abusos policiales que se llevaban a cabo en Egipto, mientras que las Fuerzas de Seguridad del entonces presidente Hosni Mubarak, aseguraba que lo hacía porque Said consumía drogas.

El 6 de junio de 2010, Said se encontraba en un cibercafé de Alejandría cuando llegó la policía y le obligó a salir a la calle, lo llevaron a un callejón, y acabaron matándolo a golpes. Cuando su familia tuvo que ir a la morgue a identificar el cadáver, su hermano no dudó ni un momento en sacar una foto, que no tardó en hacerse viral en las redes y generó protestas que derivaron en la revolución egipcia que acabaría derrocando el 11 de febrero de 2011 a Mubarak.

En cuanto a Túnez ,el caso más sonado y que también fue la mecha que prendió fuego a la revolución en el país fue el de Mohamed Bouazizi, un joven vendedor ambulante tunecino que se inmoló -se plantó delante del Ayuntamiento y se quemó vivo– el 17 de diciembre de 2010; esta fue su forma de protestar por la confiscación de su puesto de frutas y la humillación que dijo haber recibido de los oficiales municipales cuando fue a presentar una queja por este hecho. Fue un caso muy mediático y desencadenó en protestas que llevaron a las revueltas en el país y a la huida del dictador Zine El Abidine Ben Ali a Arabia Saudí.

Una de las principales tácticas de las revueltas en ambos países fue usar los flashmob como herramienta política, con quedadas en la Plaza de Tahrir de El Cairo o la avenida Habib Bourguiba de Túnez.

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Una manifestante durante las protestas de 2011 en El Cairo | Foto: Amr Nabil/AP Photo File

En Túnez, según asegura Cole, al principio tan solo un 25% de los jóvenes conocía las quedadas y manifestaciones por redes sociales, el resto lo hacía a través de llamadas, del puerta a puerta o de panfletos. Este uso de las nuevas tecnologías y de las maneras tradicionales hizo que triunfaran las revueltas.

Si bien es cierto que con estas revueltas se consiguieron algunas mejoras, según Cole, los jóvenes fueron un poco ingenuos, tras haber cumplido bien la primera parte de las protestas, pero despreocupándose de la segunda parte, las elecciones políticas, pasando el testigo a generaciones mayores. Incluso algunos jóvenes no tenían la edad necesaria para votar.  Esto derivó en el triunfo en las urnas de los partidos de derechas y los islamistas.

Para combatir estos nuevos gobiernos islamistas (Enahda en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto), los jóvenes volvieron a salir a las calles a protestar. El final en Egipto fue una regresión al antiguo régimen y un Gobierno militarizado y represor, sin haber avanzado en derechos. En Túnez, “el final fue más feliz”, con la reforma de la Constitución.

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Carros de combate en las inmediaciones de la Plaza Tahrir de El Cairo | Foto: Rodrigo Isasi

15M, la “primavera española”

“Crecimos con la caída del muro de Berlín, con la muerte de Kurt Cobain, con las olimpiadas de 1992. Nuestros padres no nos dejaron usar el móvil hasta que teníamos 16 años, pero somos adictos a él, a las redes sociales. No somos una generación dormida, como dicen de nosotros”. Así se expresa Nessrin el Hachlaf sobre los millennials españoles, y no duda en hacer una comparación de estos movimientos revolucionarios árabes con los que ocurrieron en España.

“En España nacimos en una sociedad distinta a la de nuestros padres, más estable, pero de repente chocamos con la crisis económica”. El Hachlaf también asegura que la diferencia con la generación anterior es que ellos trabajaban para sobrevivir, pero que los millennials trabajan para “vivir bien”.

El 53% de los millennials españoles, según datos de la conferenciante, tiene formación universitaria, y muchos de ellos se han visto obligados a emigrar al extranjero para “acabar trabajando en los empleos que hacían los inmigrantes en España durante la década de los 90”.

“Es una generación narcisista que quiere vivir por encima de sus posibilidades”

Según Nessrin, los millennials españoles crecieron con el 15M pero “defraudados por la democracia y la política, algo que tampoco han conseguido arreglar nuevos partidos  como Podemos o Ciudadanos”. Ante esto, los jóvenes españoles no sienten pereza por la política, pero sí por “sus políticos y por la corrupción”.

Antes se decía que no había esperanza en la política pero sí en la Justicia, en la actualidad, esto ha cambiado. “Como jurista estoy perdiendo la fe en la Fiscalía”, dice Nessrin. “Los fiscales ya no están libres de pecado”, añade.

Es verdad que las redes sociales han permitido cambiar las cosas, realizar mayores llamamientos colectivos de protestas pero, “detrás de una pantalla no se puede luchar contra la brecha salarial, la guerra en Siria, la violencia de género…”. Para Nessrin tanto el 15M como la Primavera Árabe han sido “oportunidades fallidas” y, en el caso de los países árabes, “han acabado dando mayor visibilidad a los islamistas”. “Por muchos tweets que realicemos y acampadas en Tahrir o en Sol que hagamos, no vamos a conseguir nada. Las revueltas han sido un fracaso”.

España es también un país que no cumple con las cuotas de refugiados. “Ojalá (la alcaldesa de Madrid) Carmena quitara la pancarta de ‘Refugees Welcome‘ y la pusiera cuando se cumplan las cuotas y no se niegue el asilo a miles de refugiados y no se les deje morir en las fronteras”, asegura Nessrin.

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