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Un presidente buzzfeed

Rafa Latorre

Tiene algo de poético que haya sido precisamente Buzzfeed el medio que ha desatado el goldenshower affaire. Donald Trump es a la política lo que Buzzfeed al periodismo. Son dos subproductos del entretenimiento que han degradado el discurso periodístico y político hasta convertirlo en una lista de sonoras chorradas. Hace ya tiempo que se habla de la buzzfidización del periodismo, el proceso por el cual medios serios se van transformado en recetarios de lo absurdo. El juramento de Donald Trump como presidente de Estados Unidos dentro de una semana será la señal para los historiadores de la buzzfidización de la política.

La inteligibilidad de un discurso de Obama, o un artículo del exdirector de The New York Times Bill Keller, tiene un suelo. Por más que ambos se esfuercen en simplificar sus mensajes, estos jamás podrán descender de un nivel de complejidad que los hace ininteligibles, o mortalmente aburridos, para una parte de la población que jamás ha consumido literatura política ni periodística. Ni ganas que tiene.

No es una cuestión de elitismo sino de economía. El discurso de Trump está construido como una pieza de Buzzfeed, mediante el ensamblaje de simplezas breves  y aislables. Células mínimas con sentido propio, que impactan al instante y que podría entender hasta un niño de cuatro años. A Trump puedes odiarle pero lo que no puedes decir es que no le entiendes. O que no dispones del tiempo necesario para desentrañar su pensamiento.

Era inevitable que Buzzfeed y Trump se encontraran, porque ambos proceden del mismo lugar. Buzzfeed decidió publicar en bruto -sin que operara la intermediación de un periodista- el documento en el que los servicios de inteligencia advertían al presidente electo de que Rusia podía poseer material comprometedor sobre él. Hay una notable diferencia con la información que elaboró CNN y con el papel que el canal de noticias ha jugado en esta historia. El portal de entretenimiento no está limitado por las convenciones del periodismo, porque no es periodismo. Trump actúa como si no estuviera limitado por las convenciones del ejercicio del poder en democracia. Lo terrible es que él sí será presidente.

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Por qué la gente solitaria compra marcas con rostros

Redacción TO

Foto: Pat Wellenbach
AP

Hay técnicas de marketing deslumbrantes. Un estudio acaba de revelar que las personas solteras o solitarias se decantan casi de una manera intuitiva e involuntaria por aquellos productos cuyas marcas sean rostros –véase Starbucks, Pringles, Kentucky Fried Chicken o Don Limpio…–. “Los logotipos pueden llenar ese vacío que los consumidores experimentan por su desconexión social”, explica Bettina Cornwell, profesora de marketing en la Universidad de Oregón, en Estados Unidos.

Y continúa: “Cuando esa persona ve una cara en el producto, su preferencia hacia la marca aumenta”.

Starbucks, una de las marcas con un logo identificable como rostro. | Foto: Mohammad Khursheed/Reuters

El descubrimiento, publicado en el European Journal of Social Social Psychology y recogido por la revista de divulgación científica Futurity, es una reafirmación contundente sobre la interdependencia de las personas y el anhelo constante de estar acompañados y vivir en comunidad. Cuando una persona pierde esa conexión fundamental, busca maneras desesperadas de cubrir los vacíos. Y esto se revela incluso en nuestra elección en los supermercados.

“Algunas investigaciones anteriores vinculan esa necesidad de relacionarnos con nuestro comportamiento como consumidores, pero se extraen pocas conclusiones sobre el rol que desempeñan los logotipos en nuestra predilección por una marca u otra”, sostiene Ulrich R. Orth, director de la investigación profesor de la Universidad de Kiel, en Alemania, que continúa: “Nuestro estudio demuestra que ver una cara aumenta el gusto del consumidor sobre esa marca, sobre todo si se sienten solos”.

Apenas importa que sonría o no; el elemento decisivo responde a la morfología en sí, a la silueta. Incluso cuando el rostro es más una representación abstracta que el calco preciso de un rostro. Este proceso, conocido como antropomorfismo, es innato a los humanos y no pasa desapercibido para los profesionales del marketing y la publicidad.

“La falta de relaciones interpersonales motiva a la gente a buscar activamente otras fuentes de conexión con la sociedad”, argumenta Cornwell. “Esto explica que las personas que se sienten solas sean más propensas a ver rostros en las imágenes”. Es una reacción a ese deseo de conocer, a esa voluntad de relacionarnos con los otros. Y consiguieron demostrarlo a través de un estante con varias botellas de vino, cada una con un diseño de marca.

Algunos ejemplos de botellas empleadas en el experimento. | Fuente: Futurity/CC

Emplearon hasta 45 etiquetas diferentes con siete niveles distintos, marcados en función de lo fácil que resultara su asociación a un rostro humano. El experimento concluyó validando la hipótesis inicial, que las caras nos acercan al producto, y los autores del mismo defienden que los hallazgos son importantes para el sector publicitario, que pueden encontrar en el perfil del consumidor solitario todo un nicho de mercado.

Con todo, los autores se esfuerzan por resaltar que estos conocimientos también pueden ser exprimidos por las instituciones públicas, que pueden comprender mejor la vulnerabilidad de los consumidores ante las multinacionales, y las organizaciones caritativas, que pueden alcanzar con mayor efectividad el corazón de las personas, tal y como explica Cornwell:

“Las organizaciones benéficas y sin ánimo de lucro pueden extraer información importante de estos hallazgos, que les ayudarán a servir a sus comunidades. Si eligen usar una cara sobre otra imagen, tendrán más probabilidades de conectar con otras personas y compartir su misión”.

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Pequeños

José Antonio Montano

Qué pequeños han sido los nacionalistas en estos días tristísimos para Barcelona, Cataluña, España. Y los que no han sido pequeños es que no son del todo nacionalistas. Serían estos los nacionalistas llevaderos, o ‘conllevaderos’: aquellos para los que, aunque se consideren nacionalistas, el nacionalismo no es la razón principal –tendente a absoluta– de su vivir. Aquí  hablo de los otros, los nacionalistas puros. Esos insoportables.

El espectáculo que han dado, sobre los cadáveres calientes, ha sido abyecto y repulsivo. Se ha impuesto en ellos la pulsión de abusar, tergiversar, usurpar. Están en una dinámica delirante en la que la realidad se ha disipado; también la de los muertos. Todo vale exclusivamente para la causa. En este sentido, los separatistas han ganado: se han separado por su cuenta y no hay nada que hacer. Solo dejar constancia de la porquería, para que el nacimiento de su nación apeste. (Como ha apestado, por otra parte, el nacimiento de todas las naciones: pero a nosotros nos ha tocado asistir a este).

Además del ‘conseller’ catalán de Interior, Joaquim Forn, distinguiendo entre víctimas españolas y catalanas, sirvan varios como muestra. Raül Romeva, exhibiéndose en la prensa internacional como “ministro de Exteriores”, satisfecho de que lo tomen en serio al fin. La Asamblea Nacional Catalana, pidiendo a un medio de Estados Unidos que no utilice la bandera española en sus homenajes. Josep Maria Mainat, haciendo propaganda independentista y llamando a votar el 1 de octubre en el referéndum golpista. O este tuit de Súmate: “No sé cómo lo veis pero la frase ‘Si la Guardia Civil viene a cerrar el Parlament se encontrará a los Mossos’ hoy ha tomado otro significado”…

Sí, los nacionalistas han sido pequeños estos días. Aunque la cosa va al revés: por ser pequeños es por lo que son nacionalistas.

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La fisura incurable

Ignacio Vidal-Folch

¿Pero cómo pudo ser? ¿Cómo pudieron cambiarles así? Sobre la alienación que permitió al imán diabólico lavar el cerebro a unos chicos de Ripoll a quienes todos, o casi todos los que les conocían, consideraban encantadores, honestos, simpáticos, generosos, sociables y plenamente integrados en la comunidad, y que de repente resultaron ser unos asesinos de masas, lo más veraz, sencillo y sensato que se ha escrito en estos días –o por lo menos, que yo haya leído—es lo que le dijo un tal Raschid, primo de uno de los terroristas y vecino de Ripoll, a Nacho Carretero, de El País:

“Sí, nos criamos aquí y no tenemos problemas de convivencia, pero somos y siempre seremos los moros. En el colegio éramos los moros y las chicas no querían salir con nosotros. Y los mayores creen que vendemos hachís.”

Claro que no por eso cualquiera coge un coche y mata a quien se le ponga por delante. Pero ése es el trauma esencial, la fisura en el orgullo personal por donde se puede colar el discurso destructivo del imán, y no hay programa integrador, por bienintencionado y encomiable que sea, que cierre esa fisura, ese verdadero “hecho diferencial”. Ni los vecinos más cordiales, como hay que suponer que son los de Ripoll, pueden hacerlo. Y así sucede en todo el mundo: incluso en el “melting pot” de Nueva York las comunidades raciales y hasta nacionales siguen instaladas cada una en su propio barrio, y hasta el anterior presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, tuvo que sufrir que quien le sucedería en el cargo, Donald Trump, le acusase de no ser realmente americano de nacimiento.

Es una lástima grande tener que resignarse a una realidad cuya peligrosidad potencial el recurso de la razón, de la política y de la educación puede paliar, pero no suprimir. Puede ser que reconocerlo no ayude a resolver el problema, pero puede por lo menos ayudar a entenderlo.

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Los perros y el sentido de la justicia

Carola Melguizo

Científicos de la Universidad de Kioto, Japón, han demostrado a través de una serie de pruebas que los perros tienen un sentido de la justicia, e incluso de la moralidad, que les lleva a sentirse más cómodos con un humano que actúa de forma justa que con uno que no lo hace. Así lo recoge el estudio publicado este año en el portal de referencia ScienceDirect, en el que se establece que tanto los perros como los monos tienen una clara percepción de lo que está bien y lo que está mal y, en consecuencia, juzgan a los humanos. Dicho en otras palabras, a los perros nos les gusta la injusticia.

Para poner a prueba a los animales, los científicos recrearon una escena en la que tres actores interactuaban: Uno de ellos pedía una lata de comida a otro, que a veces se la daba y a veces no. La tercera persona, aunque estaba presente, no intervenía en ningún momento. Los animales observaban la situación y utilizaban lo que estaban viendo para formarse una opinión sobre los humanos. Una vez terminada la escena, los actores se acercaban a los animales para ofrecerles algunas chuches. Todos mostraron una clara desconfianza hacia la persona que se había negado a dar la lata de comida. En cambio, aceptaban encantados las chuches que les ofrecían los otros actores, dejando claro que tanto los perros como los monos prefieren a las buenas personas.

Los perros y el sentido de la justicia
Un Collie sonriente viendo a su dueño | Imagen: Lottie

El papel de la domesticación

Hasta hace poco, la aversión a la injusticia sólo se había comprobado en especies de primates. Al demostrarse en perros, la domesticación parece la respuesta lógica. Sin embargo, estudios realizados con lobos apuntan en otra dirección, lo que lleva a pensar que el sentido de la justicia es innato y no fruto de la convivencia con humanos, como sostienen algunos autores. Uno de los estudios más relevantes se publicó el pasado mes de junio en Current Biology. En él, investigadores de la Universidad de Viena, Austria, concluyen que la justicia y la equidad juegan un papel importante en el comportamiento tanto de perros como de lobos.

Para el estudio, los científicos colocaron a dos animales de cada especie en jaulas adyacentes y entrenaron a uno para que tocara un timbre con una pata. En la primera prueba, cuando el animal tocaba el timbre sólo el compañero recibía un premio, mientras que el animal de prueba no recibía nada. En la segunda, ambos obtenían recompensa, pero la del otro animal era mejor. Los perros de prueba se dieron cuenta de la injusticia y poco a poco dejaron de reaccionar, hasta el punto de no querer tocar el timbre. Lo mismo ocurrió con los lobos, demostrando que la desigualdad de la recompensa era perfectamente entendida tanto por perros como por lobos. “Tiene mucho más sentido decir que esto sería algo compartido de un antepasado común que decir que evolucionó dos veces, o decir que vino de la domesticación,” asegura Jennifer Essler, coautora del estudio.

Sin embargo, la domesticación se aprecia en otro aspecto del estudio y hace una marcada diferencia entre perros y lobos, incluso entre los perros mascota y los perros de vida en manada. Aquellos que habían compartido largos períodos con humanos, se mostraron más receptivos a participar en el estudio por el mero hecho de complacer a su dueño. Lo otros, aunque socializados con los humanos durante sus primeras semanas de vida, no habían tenido una relación mascota-cuidador y, sin embargo, mostraban más interés por complacer al humano que los lobos. “Parece que tener una experiencia de vida con los seres humanos los hace más tolerantes a la desigualdad que proviene de los seres humanos”, concluye Essler.

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¿Cómo nos juzgan los perros? | Imagen Alan Levine

¿Qué pasa cuando la inequidad los beneficia?

Un tercer estudio abre una puerta interesante. Cuando los perros son víctimas de la injusticia o son sólo testigos, claramente muestran rechazo y se inclinan por los humanos que actúan correctamente. Pero qué pasa cuando esa misma injusticia los beneficia. La científica Alexandra Horowitz del Departamento de Psicología del Barnard College, EEUU, se propuso averiguarlo con un estudio en el que participaron 38 canes domésticos de distintas razas y edades.

Los perros fueron colocados en parejas, uno en estudio y otro en control. Luego, interactuaron con varios entrenadores que les daban comida como premio. Algunos entrenadores recompensaron excesivamente a los perros de control, otros los recompensaron muy poco y otros recompensaron de forma justa a ambos perros. Una vez que los perros llegaron a conocer bien a los entrenadores, se les permitió elegir a cuál querían aproximarse en ausencia de otros perros. Los perros mostraron una clara preferencia por los entrenadores que habían premiado en exceso al perro de control, pero no mostraron ninguna preferencia por los entrenadores que habían recompensado poco o por los que se habían mostrado justos y equitativos.

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Felix conoce a Chester | Imagen: Alan Levine

Tomando como referencia estudios anteriores podemos asegurar que los perros prefieren entrenadores justos a entrenadores que premian muy poco. Pero, como concluye Horowitz en su publicación, ahora sabemos que para los perros “lo justo es bueno, pero obtener más es aún mejor.” Sin embargo, es muy importante destacar que los perros de mayor edad prefirieron a los entrenadores más justos, revirtiendo así la tendencia. A ojos de los científicos, esto sugiere que los perros pueden desarrollar una preferencia por la justicia y la equidad como consecuencia de la relación a largo plazo con los seres humanos.

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