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Y ahora, Le Pen

Rafa Latorre

El día de la nominación de Donald Trump como candidato republicano a las presidenciales de Estados Unidos una parte de la derecha comenzó un desagradable striptease que, por supuesto, todavía no ha terminado. La siguiente impudicia es ir mostrando, poco a poco, su comprensión con el lepenismo. No mediante un sonoro aplauso, que eso rompería el sugerente clima que requiere el striptease, sino mediante algo más sutil, como la crítica a cualquier crítica que reciba Marine Le Pen.

El malismo es una nueva corrección política. Tan perezosa como el ancestral buenismo, al que ya empezamos a echar de menos aunque sólo sea porque no se quejaba tanto. Las lágrimas socialdemócratas se nos antojan tímidos pucheros ante el incesante llanto de la derecha alternativa, que no encontrará consuelo mientras exista un sólo medio que siga llamando populismo al populismo.

Lo más fascinante de este movimiento es su afán por reinterpretar a quien no desea ser reinterpretado. Marine Le Pen heredó un partido cuyos cuadros se partían de risa cuando su fundador, que resulta que es su padre, decía que los sidaicos eran un peligro para la nación francesa. El Frente Nacional ha vivido un cierto aggiornamento, un salto estético, pero hace falta estar muy enamorado para llamar conservadora a quien quiere demoler toda la arquitectura institucional de la Unión Europea.

Verán como pronto le inventan un adjetivo -qué se yo: exótico, sentimental, patriótico, ¿trágico?- que adosarle al supuesto conservadurismo de Marine Le Pen para hacérnoslo tragable y asimilarla a los conservadores realmente existentes, que son los que pretenden conservar y no destruir.

El vídeo de campaña que presentó el Frente Nacional hace unas semanas es tan brillante como aterrador y lo es porque no oculta una sola de las ideas de Marine Le Pen: Repliegue ante la modernidad, xenofobia, nacionalismo y demonización de la democracia liberal. El barniz épico realza, no oculta. Termina con un lema usurpador: “En nombre del pueblo”. Pero no la llamen populista, que se nos ofenden los trumpianos.

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Por qué la gente solitaria compra marcas con rostros

Redacción TO

Foto: Pat Wellenbach
AP

Hay técnicas de marketing deslumbrantes. Un estudio acaba de revelar que las personas solteras o solitarias se decantan casi de una manera intuitiva e involuntaria por aquellos productos cuyas marcas sean rostros –véase Starbucks, Pringles, Kentucky Fried Chicken o Don Limpio…–. “Los logotipos pueden llenar ese vacío que los consumidores experimentan por su desconexión social”, explica Bettina Cornwell, profesora de marketing en la Universidad de Oregón, en Estados Unidos.

Y continúa: “Cuando esa persona ve una cara en el producto, su preferencia hacia la marca aumenta”.

Starbucks, una de las marcas con un logo identificable como rostro. | Foto: Mohammad Khursheed/Reuters

El descubrimiento, publicado en el European Journal of Social Social Psychology y recogido por la revista de divulgación científica Futurity, es una reafirmación contundente sobre la interdependencia de las personas y el anhelo constante de estar acompañados y vivir en comunidad. Cuando una persona pierde esa conexión fundamental, busca maneras desesperadas de cubrir los vacíos. Y esto se revela incluso en nuestra elección en los supermercados.

“Algunas investigaciones anteriores vinculan esa necesidad de relacionarnos con nuestro comportamiento como consumidores, pero se extraen pocas conclusiones sobre el rol que desempeñan los logotipos en nuestra predilección por una marca u otra”, sostiene Ulrich R. Orth, director de la investigación profesor de la Universidad de Kiel, en Alemania, que continúa: “Nuestro estudio demuestra que ver una cara aumenta el gusto del consumidor sobre esa marca, sobre todo si se sienten solos”.

Apenas importa que sonría o no; el elemento decisivo responde a la morfología en sí, a la silueta. Incluso cuando el rostro es más una representación abstracta que el calco preciso de un rostro. Este proceso, conocido como antropomorfismo, es innato a los humanos y no pasa desapercibido para los profesionales del marketing y la publicidad.

“La falta de relaciones interpersonales motiva a la gente a buscar activamente otras fuentes de conexión con la sociedad”, argumenta Cornwell. “Esto explica que las personas que se sienten solas sean más propensas a ver rostros en las imágenes”. Es una reacción a ese deseo de conocer, a esa voluntad de relacionarnos con los otros. Y consiguieron demostrarlo a través de un estante con varias botellas de vino, cada una con un diseño de marca.

Algunos ejemplos de botellas empleadas en el experimento. | Fuente: Futurity/CC

Emplearon hasta 45 etiquetas diferentes con siete niveles distintos, marcados en función de lo fácil que resultara su asociación a un rostro humano. El experimento concluyó validando la hipótesis inicial, que las caras nos acercan al producto, y los autores del mismo defienden que los hallazgos son importantes para el sector publicitario, que pueden encontrar en el perfil del consumidor solitario todo un nicho de mercado.

Con todo, los autores se esfuerzan por resaltar que estos conocimientos también pueden ser exprimidos por las instituciones públicas, que pueden comprender mejor la vulnerabilidad de los consumidores ante las multinacionales, y las organizaciones caritativas, que pueden alcanzar con mayor efectividad el corazón de las personas, tal y como explica Cornwell:

“Las organizaciones benéficas y sin ánimo de lucro pueden extraer información importante de estos hallazgos, que les ayudarán a servir a sus comunidades. Si eligen usar una cara sobre otra imagen, tendrán más probabilidades de conectar con otras personas y compartir su misión”.

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Pequeños

José Antonio Montano

Qué pequeños han sido los nacionalistas en estos días tristísimos para Barcelona, Cataluña, España. Y los que no han sido pequeños es que no son del todo nacionalistas. Serían estos los nacionalistas llevaderos, o ‘conllevaderos’: aquellos para los que, aunque se consideren nacionalistas, el nacionalismo no es la razón principal –tendente a absoluta– de su vivir. Aquí  hablo de los otros, los nacionalistas puros. Esos insoportables.

El espectáculo que han dado, sobre los cadáveres calientes, ha sido abyecto y repulsivo. Se ha impuesto en ellos la pulsión de abusar, tergiversar, usurpar. Están en una dinámica delirante en la que la realidad se ha disipado; también la de los muertos. Todo vale exclusivamente para la causa. En este sentido, los separatistas han ganado: se han separado por su cuenta y no hay nada que hacer. Solo dejar constancia de la porquería, para que el nacimiento de su nación apeste. (Como ha apestado, por otra parte, el nacimiento de todas las naciones: pero a nosotros nos ha tocado asistir a este).

Además del ‘conseller’ catalán de Interior, Joaquim Forn, distinguiendo entre víctimas españolas y catalanas, sirvan varios como muestra. Raül Romeva, exhibiéndose en la prensa internacional como “ministro de Exteriores”, satisfecho de que lo tomen en serio al fin. La Asamblea Nacional Catalana, pidiendo a un medio de Estados Unidos que no utilice la bandera española en sus homenajes. Josep Maria Mainat, haciendo propaganda independentista y llamando a votar el 1 de octubre en el referéndum golpista. O este tuit de Súmate: “No sé cómo lo veis pero la frase ‘Si la Guardia Civil viene a cerrar el Parlament se encontrará a los Mossos’ hoy ha tomado otro significado”…

Sí, los nacionalistas han sido pequeños estos días. Aunque la cosa va al revés: por ser pequeños es por lo que son nacionalistas.

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La fisura incurable

Ignacio Vidal-Folch

¿Pero cómo pudo ser? ¿Cómo pudieron cambiarles así? Sobre la alienación que permitió al imán diabólico lavar el cerebro a unos chicos de Ripoll a quienes todos, o casi todos los que les conocían, consideraban encantadores, honestos, simpáticos, generosos, sociables y plenamente integrados en la comunidad, y que de repente resultaron ser unos asesinos de masas, lo más veraz, sencillo y sensato que se ha escrito en estos días –o por lo menos, que yo haya leído—es lo que le dijo un tal Raschid, primo de uno de los terroristas y vecino de Ripoll, a Nacho Carretero, de El País:

“Sí, nos criamos aquí y no tenemos problemas de convivencia, pero somos y siempre seremos los moros. En el colegio éramos los moros y las chicas no querían salir con nosotros. Y los mayores creen que vendemos hachís.”

Claro que no por eso cualquiera coge un coche y mata a quien se le ponga por delante. Pero ése es el trauma esencial, la fisura en el orgullo personal por donde se puede colar el discurso destructivo del imán, y no hay programa integrador, por bienintencionado y encomiable que sea, que cierre esa fisura, ese verdadero “hecho diferencial”. Ni los vecinos más cordiales, como hay que suponer que son los de Ripoll, pueden hacerlo. Y así sucede en todo el mundo: incluso en el “melting pot” de Nueva York las comunidades raciales y hasta nacionales siguen instaladas cada una en su propio barrio, y hasta el anterior presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, tuvo que sufrir que quien le sucedería en el cargo, Donald Trump, le acusase de no ser realmente americano de nacimiento.

Es una lástima grande tener que resignarse a una realidad cuya peligrosidad potencial el recurso de la razón, de la política y de la educación puede paliar, pero no suprimir. Puede ser que reconocerlo no ayude a resolver el problema, pero puede por lo menos ayudar a entenderlo.

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Países que permiten el matrimonio infantil y no conocías

Anna Carolina Maier

Foto: Hans Pennink
AP

De acuerdo a los estándares que establecen los Derechos Humanos internacionales, los 18 años debería ser la edad legal mínima para contraer matrimonio. Aún así, en pleno siglo XXI el matrimonio infantil está permitido en al menos 117 países del mundo.

La ONG Girls Not Brides sostiene que ese mínimo de edad, es más que un estándar subjetivo de madurez que pretende salvaguardar a niños y niñas de casarse sin estar preparados física, mental o emocionalmente. Añade que del mismo modo lo entiende la Convención sobre los Derechos del Niño.

Aún así, continúa siendo un debate mundial que la mayoría de las legislaciones del mundo -incluidos los de Occidente- permiten el matrimonio infantil.

Casi todas las naciones tienen leyes que especifican a qué edad una pareja puede casarse, pero resulta curioso que en la mayoría de los países permiten a los menores de 18 años hacerlo. De hecho, al menos 117 naciones (incluyendo Estados Unidos y España) dejan que los niños se casen, según un estudio de 2016 del Pew Research Center.

Marriage age minimums for girls

Aunque parezca sorprendente debido a todos los movimientos sociales en contra del matrimonio infantil, en febrero de este año Human Rights Watch tuvo que enviar una carta a los legisladores y gobernadores del estado de Nueva York pidiéndoles respaldar un proyecto de Ley para aumentar a 17 años la edad mínima para el matrimonio en la entidad.

A pesar de que Nueva York es considerada la capital del mundo, entre 2001 y 2010, casi 4 mil menores de 18 años se casaron allí. Bajo la Ley actual, la edad mínima para contraer matrimonio en la entidad es 18, pero permite excepciones para que personas de 16 y 17 años se casen con la aprobación de sus padres. También para menores de entre 14 y 15 años de hacerlo si tienen permiso de un juez, además del de sus padres.

Aunque resulte poco creíble, en los Estados Unidos entre el 2000 y el 2010, “en 38 (de los 50) estados, más de 167,000 niños –casi todos ellos niñas, algunas muy jóvenes de tan solo 12 años de edad- estaban ya casadas, principalmente con hombres de 18 años o más”, según la ONG Unchained At Last.

De modo que aunque los casos más frecuentes de matrimonios infantiles se dan en Asia Meridional y en África Occidental y Central, todavía Estados Unidos, Australia, Uruguay, España, Dinamarca, entre otros, dan luz verde –en la mayoría de los casos bajo el consentimiento de los padres y un juez- al matrimonio infantil.

Países que permiten el matrimonio infantil y no sabías 1
Los casos más frecuentes de matrimonios infantiles se dan en Asia Meridional y en África Occidental y Central. Foto: Massoud Hossaini | AP

Últimos países dando la batalla

De hecho, fue en enero de este año que el Parlamento danés aprobó una nueva ley que prohíbe contraer matrimonio a los menores de dieciocho años. A pesar de ello, la administración contempla excepciones si la pareja consigue demostrar que no se trata de un matrimonio forzado.

Esta semana, un país latinoamericano dio un paso en la lucha en contra del matrimonio infantil. Se trata de El Salvador donde el Congreso ha prohibido las bodas con niñas y adolescentes cuando estén embarazadas. Esta medida busca frenar el alarmante número de casos de abuso a niñas.

La ley corregida estaba vigente desde 1994 y permitía a un adulto contraer matrimonio con una menor de 18 años por embarazo con autorización de sus padres, lo que según organizaciones de DDHH servía para ocultar violaciones y estupros, reseña EFE.

Las últimas cifras oficiales (de 2016) indican que existen más de 22 mil menores en El Salvador en matrimonio o unión libre, lo que según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) equivale al 20% de las menores de 18 años del país y un 5% de las menores de 15 años.

A pesar de estos avances, a la lucha en contra del matrimonio infantil parece quedarle una larga batalla, no solo en la aulas de clases, sino en los Parlamentos del mundo.

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