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El neurótico conectado

Ricardo Dudda

Hay un gracioso hilo de Tumblr que se ríe del cartel de un restaurante que dice “No tenemos Wi-Fi. Hablad entre vosotros. Llama a tu madre. Haz como si fuera 1993. Vive”. Basándose en ese mensaje, varios usuarios de la red social lo parodian yendo hacia atrás en el tiempo:  “No ‘teléfonos’. Hablad entre vosotros. Solo cara a cara. Escribe una carta. Envíale un telegrama a tu madre. Haz como si fuera 1860. Vive.” El siguiente: “No ‘escribir’. Hablad entre vosotros. Tírale una roca a tu madre. Haz como si fuera 10.000 A.C. Vive. Urgga. Rou Graaurh. Ruh”. Llegan hasta el inicio del universo: “No ‘materia’. Existe en el vacío sin propósito ni sentido. No hay un “tú”, solo el vasto concepto de la nada. El tiempo no existe. Sé.”

Es una genial hipérbole y esconde una crítica mordaz a ese discurso que critica que la tecnología nos está haciendo más individualistas, que el mundo va demasiado rápido y es necesaria una vuelta a las esencias. Esas esencias, si uno se detiene a reflexionar, no han existido nunca, o al menos nunca han sido tal como las imaginamos. Cada progreso ha tenido sus reaccionarios. Es ridículo considerar que internet ha conseguido que ya no hablemos entre nosotros. Solo los locos hablan a la gente en el metro. Dicho lo cual, pocos progresos han monopolizado tanto nuestras vidas como internet.

En un largo artículo en New York Magazine sobre su adicción a internet, el periodista Andrew Sullivan, pionero bloguero en EEUU, deja todos sus dispositivos y se aísla en un retiro para gente que desea desengancharse de internet. No tarda mucho en recaer, porque es imposible para un periodista, y menos en mitad de la campaña presidencial en Estados Unidos. Sullivan, famoso católico, piensa que la adicción a internet es una amenaza contra nuestras almas. Cree que la solución es religiosa, o al menos ritual: tener rutinas en las que no se puede estar conectado, sabbaths offline. O restaurantes en los que haya que dejar el móvil en la entrada. O simplemente eliminar las notificaciones.

Aunque apenas tuiteo, me paso el día entero en Twitter. Lo mismo con Facebook e Instagram. Internet ya no es para mí navegar en busca de conocimiento (aunque, ¿lo ha sido alguna vez en mi vida?), es hacer un scroll inercial eterno. Cuando me obligo a no usarlo durante un rato, vuelvo al móvil con mayores ansias, buscando lo que me he perdido. Me recuerda a la adolescencia, cuando usaba Messenger y Tuenti pero no tenía smartphone. Era muy emocionante volver a casa a ver quién te había hablado. Pero ahora es diferente. Cuando intento no estar tan atento al móvil no consigo estar atento a otras cosas (aunque sí a otras personas): calculo el tiempo que llevo sin consultarlo, reflexiono sobre no estar con el móvil, soy demasiado autoconsciente. A veces me entra miedo: ¿y si me ha escrito alguien para decirme algo urgente? Al bajar al chino el otro día sin el móvil, pensé: ¿y si me pasa algo? Me convierto en una madre neurótica.

Mi carácter es neurótico. Soy un Alvy Singer. El móvil no ayuda a mi carácter, desde luego. Pero no es la causa de él. Cuando un periodista de The Verge dejó internet durante meses se dio cuenta de que encontró muchas maneras de procrastinar offline. No necesito internet ni un smartphone para ser un neurótico. Cuando envío un mensaje importante por WhatsApp me obsesiono con la contestación, y la espero ansiosamente. Pero si no existiera WhatsApp, ni smartphones, ni internet, me volvería igual de loco esperando una llamada, o probablemente esperaría obsesivamente en la puerta de mi casa a la llegada del cartero.

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Querida Joan

Laura Ferrero

Foto: Kathy Willens
AP Photo, File

Querida Joan:

Cada vez que abro mi libreta, esa que siempre llevo en el bolso, me sorprende, anotada en una esquina, tu dirección postal. Hace un par de años, cuando trabajaba en una pequeña editorial de Nueva York, la encontré entre archivadores, papeles y contratos, y la apunté. Fue un instinto, algo que hice rápido como si hubiera cámaras y estuviera asumiendo un riesgo mortal.

Pero la historia no se quedó ahí. Un miércoles de agosto me armé de valor y me dirigí a tu casa y, al llegar al portal, me detuve y miré hacia dentro. Pasé tiempo ahí fuera tratando de imaginar cómo serían las paredes y los pasillos entre los que te moverías. Deseaba verte salir, pequeña y frágil, a través de aquella puerta simplemente para decirte: “Hola Joan, gracias por salvarme la vida”. Pero pasé cerca de dos horas ahí, sufriendo el calor, el bochorno y los nervios –¿alguien iba a desenmascarar a la chica que había robado una dirección y quería verte?– y no, claro. No apareciste.

De todas maneras, aunque lo hubieras hecho, no me hubiera atrevido a decirte nada.

Nunca llegué a entrar en tu casa pero ahora ya sé cómo son las paredes entre las que te imaginaba moviéndote y deslizándote de una estancia a la otra con sigilo, como si temieras despertar a los demás, a los que ya no estaban contigo.

Te vi. En el sofá, en la cocina. Y lo hice desde una ciudad extraña, muy lejos de Nueva York, sobre el cubrecama impoluto de un hotel.

Me emocioné al verte. Eran tus manos, la ternura con la que mirabas a tu sobrino, Griffin Dunne en The center will not hold, el documental que ha rodado sobre tu vida. Ese documental del que leí que solo era interesante para fans y del yo diría lo contrario: es una pieza interesante para todos aquellos que crean en la crónica, en el periodismo. Para todos aquellos que alguna vez se hayan preguntado cómo puede narrarse aquello que no tiene nombre, que se llama dolor y que es justamente lo que no puede compartirse.

Te vi: preparabas sándwiches de pepino quitándoles la corteza y yo, que apenas sé cocinar, me imaginé aprendiendo una receta, cocinando para ti para decirte que no sé si a los demás también, pero lo cierto es que a mí me salvaste la vida.

Explicabas en el documental que a los 28 años descubriste que no todas las promesas –tanto las que te habían hecho como las que te habías hecho–  iban a cumplirse. Que algunas cosas eran y son irrevocables y que los errores y evasiones también cuentan en ese camino que vamos trazando al que comúnmente llamamos vida. Cuando te escuché pensaba que hablabas de las evasiones y de aquel verbo que se ha puesto tan de moda, procrastinar, en un sentido negativo. Sin embargo, hace unos días entrevisté a un pintor de 94 años que me dijo que lo importante en la vida es la estructura y la perseverancia; la coherencia con el proyecto vital de cada uno. Al terminar, me acerqué, sibilina, por detrás, cuando nadie me escuchaba y le dije “perdón, maestro, yo es que siempre tengo muchas dudas”. Carlos, que así se llama, sonrió y me dijo que la perfección venía siempre por la acumulación: “la acumulación de errores”, matizó. Así que entendí, claro, que en el documental tú no hablabas de nada en negativo sino únicamente de asumir que la vida surge también de los caminos que no tomamos y de la responsabilidad frente a lo que uno renuncia y se le escapa.

Pero volvamos a esa tarde de agosto en la que me quedé detenida ante tu puerta. Sin saber qué decir, como canta Ariel Roth. Sin saber por qué sentía yo que me habías salvado la vida. El otro día, en mi hotel, mientras veía el documental a través de la pantallita del portátil, lo entendí por fin.

Verás, unos años atrás perdí a alguien muy importante para mí y durante un tiempo no quería, como tú, que el tiempo pasara. Era consciente de que el reloj y el calendario seguían avanzando pero cuando llegaban los grandes acontecimientos como las Navidades, fin de año, veranos y cumpleaños, lo pasaba mal. No podía celebrarlos. Me hablaba a mí misma en estos términos: hace seis meses que, hace nueve meses que, hace ya dos años que. Eran una suerte de fronteras con las que delimitaba mi tiempo y siempre pensé que la mía era una nostalgia extraña, una manera como otra de bajarme del tren y decir “seguid vosotros que yo aquí me quedo”.

En un momento dado de The center will not hold explicabas que no querías dar por concluido El año del pensamiento mágico porque terminarlo significaba decir adiós a John. A veces se escribe para estar cerca de los que se han ido, así que poner el punto final a un libro no deja de ser otra manera de estar lejos. Aún más lejos.

Joan, no puedo decir que te entienda del todo. No he sido madre ni he perdido tantas cosas como tú. Pero, ¿cómo decir entonces que te entiendo? ¿Cómo decir que sé cómo se resquebrajan las cosas hasta que un día desaparecen y ya no son tuyas porque dejan de existir?

Cuando terminó el documental, perpleja, sobre mi colcha blanca de hotel pretencioso, entendí por fin por qué quería darte las gracias aquella tarde de verano de Nueva York. Así que tarde pero aquí va: gracias, Joan Didion porque me hiciste entender que no estaba sola. Que si bien el dolor es una celda en la que cada uno gritamos sin que los demás puedan escucharnos, saber que hay gente allá fuera que también grita y se separa y no quiere que el tiempo pase, es un consuelo. Así que te abrazo desde aquí, Joan. Y que sepas que un día de estos volveré a tu casa para seguir esperándote, abajo, escondida. Me reconocerás pronto: seré la chica que no se atreverá jamás a saludarte pero que te seguirá con la mirada hasta que vayas desapareciendo. Entonces yo volveré a pensar en la receta que un día aprenderé a cocinar para darte las gracias por haberme salvado no solo la vida sino también de mí misma.

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Vox Dei

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: JUAN MEDINA
Reuters/File

Pedro Sánchez ha asegurado que “Ciudadanos es el Vox de la política”. Palabra de Dios. Es verdad que la frase no podría estar peor construida: ¿Qué otra cosa es Vox si no un partido político? Pero atendamos a la comparación. Las encuestas señalan que el procés ha espoleado el ascenso de Ciudadanos en el conjunto de España, mientras en Cataluña la candidatura de Inés Arrimadas se ha consolidado como primera fuerza del constitucionalismo.

Entonces a Pedro Sánchez se le ocurre establecer esa equivalencia, Ciudadanos es Vox. Situar a la formación naranja a la derecha del PP no se compadece con la realidad programática ni parlamentaria, pero además sugiere una estrategia inquietante: la de equiparar la crítica al independentismo con el extremismo ideológico. Ciudadanos es el partido que más ha combatido el nacionalismo y, por tanto, según el líder del PSOE, solo cabe concluir que es un partido de extrema derecha. Sin embargo, me inclino a pensar que el líder del PSOE no se cree lo que dice.

¿O acaso hemos de pensar que el PSOE firmó un acuerdo de gobierno “reformista y de progreso” con Vox? Un pacto que incluía medidas tan reaccionarias como “reformar la Constitución para asegurar eficazmente los derechos sociales y completar el funcionamiento federal de la organización territorial de nuestro Estado”. Un pacto por una Europa “más social y más solidaria”, que diera respuesta a la emergencia que viven los refugiados. Un pacto por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Un pacto contra la pobreza. Un pacto por la ciencia.

¿Firmó un acuerdo de gobierno Sánchez con un partido de extrema derecha? Y, en Andalucía, ¿gobierna el PSOE gracias al apoyo del Vox de la política? ¿Compartirá Susana Díaz las palabras de su secretario general?

En realidad, atendiendo a su posición sobre derechos civiles y libertades individuales, Vox se parece mucho más a Uniò, el partido que se integrará en las listas del PSC de cara a las elecciones del 21 de diciembre, contrario al aborto y que presentó un veto en el Senado contra el matrimonio gay.

Las encuestas coinciden en señalar una tendencia: la subida de los partidos más próximos al centro político, PSOE y Cs, y el retroceso de PP y, sobre todo, Podemos. Aunque sin elecciones generales a la vista es pronto para lanzar vaticinios, no es descabellado pensar que, de cara a un adelanto electoral, PSOE y Cs sumarían más escaños de los que tenían cuando pactaron, tras los comicios de diciembre de 2015.

Eso plantea una posibilidad real de articular una alternativa progresista a Mariano Rajoy. De confirmarse el declive de Podemos, Pedro Sánchez necesitará contar con Ciudadanos si aspira a gobernar algún día, razón por la que haría bien en ser más prudente en sus comparaciones. Le ha dicho a sus votantes que Rivera es el líder de una formación de extrema derecha y, aunque sabemos que en los días de la política líquida las palabras se las lleva el viento, eso dificulta la capacidad de maniobra de cara a una eventual negociación. Así que mejor dejemos que sean los ciudadanos quienes decidan en qué lugar ponen a cada partido. Vox populi, vox Dei.

Continúa leyendo: La 'app' iSex es la prueba de que no se ha entendido nada sobre las agresiones sexuales

La 'app' iSex es la prueba de que no se ha entendido nada sobre las agresiones sexuales

Bea Guillén Torres

Foto: Unsplash
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Conoces a alguien. Supón que te gusta y que le gustas, y que, además, decidís mantener relaciones sexuales. Pero no solo eso, sino que os parece una idea sensata y de sentido común utilizar una aplicación de móvil para sellar vuestro consentimiento. Para garantizar que los dos estáis completamente de acuerdo en el encuentro sexual que vais a mantener y, así, os podéis evitar desagradables sorpresas en el futuro como que uno de los dos denuncie al otro por agresión sexual. ¿Razonable, eh? O eso es lo que ha debido pensar José Luis Sariego, creador de la aplicación iSex y antiguo abogado de Francesco Arcuri, el exmarido de Juana Rivas condenado por maltrato, que tiene el firme objetivo de facilitar el “enviar, recibir, almacenar y exportar el consentimiento mutuo antes de una relación sexual”. Tal y como detalla en Google Play —la app no está disponible para iOS—.

Pero, ¿qué es lo que facilita iSex, en realidad? Demostrar que hay gente, como Sariego, que no ha entendido absolutamente nada sobre lo qué es el consentimiento ni sobre lo qué son las agresiones sexuales.

La 'app' iSex es la prueba de que no se ha entendido nada sobre las agresiones sexuales
Fases de la aplicación iSex.

La app de iSex funciona de la siguiente manera. Tú te registras con el nombre que quieras, por supuesto no tiene que ser real porque no hay ninguna clase de verificación ni está asociado a ninguna red social. Así que ese supuesto consentimiento podrá estar a nombre de B B B o de Perico el de los palotes.

Después, el consentimiento se puede firmar de varias maneras. Enviando un formulario de consentimiento, en el que introduces el nombre de la persona a la que quieras enviárselo. Por supuesto aquí el nombre también puede ser absolutamente falso. También escribes su email, para que le llegue y se lo quede ahí bien guardado. O, incluso más fácil y rápido, conectándolo por Bluetooth. Las dos personas se conectan a la app, se dan el consentimiento (que aparecerá firmado con el nombre inicial que cada uno ha escrito —que, recordemos, puede ser falso—) y, hala, pues ya estaría. Todo arreglado.

A ver, señor Sariego, no.

En ningún caso el consentimiento sexual se puede encajar en el marco de una transacción mercantil, porque en un encuentro sexual tú no estás comprando ni vendiendo nada. Tampoco estás adquiriendo nada que te pertenezca ni te dé derecho a nada. El deseo de un encuentro sexual no es algo inamovible, rígido e inflexible, sino que puede estar en un momento y al momento siguiente no estar. Por lo que firmar un consentimiento en un momento no significa absolutamente nada, porque puede no haberlo al momento siguiente.

Volvamos a la situación inicial. Conoces a alguien. Supón que te gusta y que le gustas, y que, además, decidís mantener relaciones sexuales. Pero no solo eso, sino que os parece una idea sensata y de sentido común utilizar una aplicación de móvil para sellar vuestro consentimiento. Pero, después, uno de vosotros, después de firmar y mandar este consentimiento, decide que no. Que ya no le apetece mantener relaciones sexuales. ¿Qué valor tiene ese consentimiento firmado? El mismo que antes, ninguno.

Así, todo lo que es esta aplicación es un burdo y vulgar intento de deslegitimar a las víctimas de agresiones sexuales y de violaciones. Ignorando el trauma y tratando de magnificar la leyenda negra de las denuncias falsas, que son manifiestamente mínimas. En una de sus últimas memorias, la institución del Fiscal General del Estado hablaba de un “escasísimo porcentaje” de denuncias falsas: desde 2009 hasta 2012, solo un 0,005% de las denuncias sobre violencia contra las mujeres se saldaron con una condena para la mujer por acusaciones falsas. Además, la app muestra un absoluto desconocimiento sobre una realidad como son las violaciones en pareja.

Solo esperamos que esta aplicación sirva para recordarle al señor Sariego y a los otros que no lo han comprendido todavía: que no es no, que no es no si no se dice que sí y que no es no aunque en algún momento haya sido sí.

Continúa leyendo: La víctima de “La manada” merece respeto

La víctima de “La manada” merece respeto

Melchor Miralles

Foto: J. Diges
EFE

Imagino a la joven víctima de “la manada”, cómo debe estar pasándolo durante el juicio contra los cinco hombres que abusaron de ella, la vejaron y la violaron, y encima ha de soportar escuchar sandeces y barbaridades como que si no tenía lesiones y arañazos es porque no se resistió, y que no debía estar muy traumatizada cuando desde que ocurrieron los hechos hasta la fecha, según el informe de unos detectives, salió a veces con amigos a tomar una cerveza o a alguna fiesta. Imagino a esta joven de 18 años, lo que estará viviendo, e imagino su voz, y en ella todo el dolor y la rabia concentrados.

¿Es que una mujer violada por cinco tipejos, no tiene derecho a seguir viviendo y a tratar de salir adelante? ¿En qué país vivimos? La imagino culta, ilustrada, y lúcida, pero no amnésica ni indiferente. Ella estaba tranquilamente sentada y cinco hombres que pretextaron acompañarla a su casa la metieron en un portal y le reventaron la vida, seguro. ¿Tiene encima que pedir perdón por algo? Para ella seguro que dese entonces los días son todo noche, y las noches pesadillas hasta que llega de nuevo el día. Y encima, ahora, cuando llega el juicio, la Justicia siempre tan tarde, soportar el escarnio, aguantar lo que está aguantando. Una Justicia que se precie ha de ser rápida, y ha de proteger a las víctimas, y la impresión que tengo en la distancia es que no está siendo así. Hemos leído los mensajes que se enviaban por whatsapp los criminales, presumiendo de su “hazaña”, me cuentan el contenido de las imágenes de video. Y encima algunos actúan como si la víctima debiera disculparse por algo. Qué asco, qué inmenso asco. Esta mujer merece un respeto que no se le está teniendo. ¡Qué asco! Le queda quizá a ella el consuelo, triste e injusto consuelo, de que, como escribió Marat, “el que ha sufrido algún mal puede olvidarlo, pero jamás el que lo ha causado”.

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