El Subjetivo
El neurótico conectado
STAFF / REUTERS
05.01.2017 Hay un gracioso hilo de Tumblr que se ríe del cartel de un restaurante que dice “No tenemos Wi-Fi. Hablad entre vosotros. Llama a tu madre. Haz como si fuera 1993. Vive”. Basándose en ese mensaje, varios usuarios de la red social lo parodian yendo hacia atrás en el tiempo:  “No ‘teléfonos’. Hablad entre vosotros. Solo cara a cara. Escribe una carta. Envíale un telegrama a tu madre. Haz como si fuera 1860. Vive.” El siguiente: “No ‘escribir’. Hablad entre vosotros. Tírale una roca a tu madre. Haz como si fuera 10.000 A.C. Vive. Urgga. Rou Graaurh. Ruh”. Llegan hasta el inicio del universo: “No ‘materia’. Existe en el vacío sin propósito ni sentido. No hay un “tú”, solo el vasto concepto de la nada. El tiempo no existe. Sé.”

Es una genial hipérbole y esconde una crítica mordaz a ese discurso que critica que la tecnología nos está haciendo más individualistas, que el mundo va demasiado rápido y es necesaria una vuelta a las esencias. Esas esencias, si uno se detiene a reflexionar, no han existido nunca, o al menos nunca han sido tal como las imaginamos. Cada progreso ha tenido sus reaccionarios. Es ridículo considerar que internet ha conseguido que ya no hablemos entre nosotros. Solo los locos hablan a la gente en el metro. Dicho lo cual, pocos progresos han monopolizado tanto nuestras vidas como internet.

En un largo artículo en New York Magazine sobre su adicción a internet, el periodista Andrew Sullivan, pionero bloguero en EEUU, deja todos sus dispositivos y se aísla en un retiro para gente que desea desengancharse de internet. No tarda mucho en recaer, porque es imposible para un periodista, y menos en mitad de la campaña presidencial en Estados Unidos. Sullivan, famoso católico, piensa que la adicción a internet es una amenaza contra nuestras almas. Cree que la solución es religiosa, o al menos ritual: tener rutinas en las que no se puede estar conectado, sabbaths offline. O restaurantes en los que haya que dejar el móvil en la entrada. O simplemente eliminar las notificaciones.

Aunque apenas tuiteo, me paso el día entero en Twitter. Lo mismo con Facebook e Instagram. Internet ya no es para mí navegar en busca de conocimiento (aunque, ¿lo ha sido alguna vez en mi vida?), es hacer un scroll inercial eterno. Cuando me obligo a no usarlo durante un rato, vuelvo al móvil con mayores ansias, buscando lo que me he perdido. Me recuerda a la adolescencia, cuando usaba Messenger y Tuenti pero no tenía smartphone. Era muy emocionante volver a casa a ver quién te había hablado. Pero ahora es diferente. Cuando intento no estar tan atento al móvil no consigo estar atento a otras cosas (aunque sí a otras personas): calculo el tiempo que llevo sin consultarlo, reflexiono sobre no estar con el móvil, soy demasiado autoconsciente. A veces me entra miedo: ¿y si me ha escrito alguien para decirme algo urgente? Al bajar al chino el otro día sin el móvil, pensé: ¿y si me pasa algo? Me convierto en una madre neurótica.

Mi carácter es neurótico. Soy un Alvy Singer. El móvil no ayuda a mi carácter, desde luego. Pero no es la causa de él. Cuando un periodista de The Verge dejó internet durante meses se dio cuenta de que encontró muchas maneras de procrastinar offline. No necesito internet ni un smartphone para ser un neurótico. Cuando envío un mensaje importante por WhatsApp me obsesiono con la contestación, y la espero ansiosamente. Pero si no existiera WhatsApp, ni smartphones, ni internet, me volvería igual de loco esperando una llamada, o probablemente esperaría obsesivamente en la puerta de mi casa a la llegada del cartero.