Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

El protocolo de los sabios antisionistas

Ricardo Dudda

Ken Loach no es famoso por sus opiniones matizadas. Sus películas suelen ser siempre maniqueas, un bien virtuoso y perfecto contra un mal horrible y perfectamente identificado. Por eso no sorprende el artículo que ha escrito el cineasta británico en The Independent contra la banda Radiohead. Les acusa de blanquear el “apartheid” israelí al actuar en Tel Aviv. Para Loach, la decisión está clara: o estás con los oprimidos o con los opresores. Para los que no vemos el mundo con ese simplismo, el boicot cultural a Israel es una idea estúpida. Suele ser contraproducente, porque ataca a personalidades favorables a la paz y a la reconciliación. Es un acto narcisista e inefectivo que solo favorece a la derecha nacionalista israelí, siempre fomentando la idea del victimismo y de la amenaza exterior. Y suele coquetear con el antisemitismo: muchos antisemitas se esconden tras el concepto antisionismo. Los antisemitas vestidos de antisionistas confunden a todos los judíos con Israel. Loach, como muchos activistas anti-Israel, confunde el gobierno de Israel, y sus políticas, con todos los habitantes de Israel.

La respuesta de Radiohead sí hace distinciones: “Tocar en un país no es lo mismo que aprobar su gobierno.” Y en una entrevista con la revista Rolling Stone, el cantante Thom Yorke dijo: “Es profundamente irrespetuoso asumir que o bien estamos desinformados o somos tan retrasados que no somos capaces de tomar decisiones nosotros mismos.” Israel es una democracia llena de errores y problemas con los derechos humanos. Pero es también un país tolerante y abierto, cosmopolita y progresista. El boicot no sirve más que para reforzar su aislamiento: es un país rodeado de regímenes que quieren acabar con su existencia. Lo que los progresistas del mundo han de hacer es apoyar a los israelíes que quieren mejorar su país, que quieren convivir con los palestinos y que denuncian las políticas sectarias y autoritarias del gobierno de Netanyahu. La izquierda debe apoyar el boicot a los asentamientos ilegales, apoyado por la Unión Europea; debe apoyar los intentos de ONGs y organizaciones para que haya más rendición de cuentas en el ejército; debe denunciar los excesos bélicos; debe criticar el ultranacionalismo y el dogmatismo ortodoxo. Lo que no debería hacer el progresismo es ver Israel como una idea, como un arma ideológica, y no como una democracia de ocho millones de habitantes.

Continúa leyendo: Ni agua

Ni agua

Ferrán Caballero

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Pues claro que no hay que darles nada a los independentistas. Porque ni al independentista ni a nadie le contenta que le den lo que considera suyo. Y por eso todo lo que pretende ser una concesión se recibe como humillación. Por eso no se les puede contentar con una reforma Constitucional, ni con más competencias ni con un blindaje de cultura y educación ni con una mejora del sistema de financiación autonómica. Nada de eso es suficiente para los independentistas. Y uno de los grandes logros y de las grandes desgracias de este proceso es que esto ya es evidente para todo el mundo. Excepto para De Guindos, que ayer mismo se ofrecía a “hablar del sistema de financiación y otros asuntos si los planes para la independencia se retiran”.

Pero los planes para la independencia no se retiran. Y no se retiran porque los independentistas, como decía García Domínguez, “no se están jugando 15 años de cárcel para conseguir un apañito de la financiación autonómica”. Cree De Guindos y supongo que algunos con él que es posible volver al 2012. Como si nada hubiese pasado. Pero aunque fuese posible volver atrás, ya en el 2012 este apañito era insuficiente. Porque lo que pedía el Presidente Artur Mas no era el dinerito sino “las llaves de la caja”. Lo que pedía Artur Mas no era un nuevo pacto o una nueva cesión, provisional y condicionada por definición, del Estado. Lo que pedía Mas era soberanía fiscal. Y como hemos ido aprendiendo desde entonces, aunque lenta y dolorosamente, la soberanía ni se pide ni se discute sino que se ejerce. 

El problema no es qué puede darse a los independentistas para que retiren sus planes. No es a los dirigentes independentistas, a quienes hay que convencer, sino a la mayoría de los votantes catalanes. Y aquí el auténtico problema está en lo que escribía Cristina Losada: “la solución política es hacer, por una vez, lo que no se ha hecho nunca. Dejar meridianamente claro, desde ya, que no habrá trato de favor y no se dará nada, pero nada, que no corresponda. Como al niño mimado. Llega un día en que hay que decirle que no, que se ponga como se ponga se le va a tratar igual que a sus hermanos.” Pero el votante independentista no es un niño que llora porque se le diga que no, sino alguien que ha dejado de esperar permiso. Y el problema no es que se mime o se castigue a las instituciones catalanas, sino que se las trate como a niño. Dudo mucho que de este proceso se salga con nada parecido a una “solución política”, pero me parece evidente que esta no podría ser, de ningún modo, la perpetuación del paternalismo de Estado.

Continúa leyendo: Vértigo

Vértigo

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: ANDREA COMAS
Reuters/File

Fue una imagen triste. El Pleno del Congreso de los Diputados rechazó este martes una proposición no de ley para cerrar filas en la defensa del Estado de derecho. Algunos señalaron la inconveniencia de la iniciativa planteada por Ciudadanos, y otros reprocharon a los socialistas su falta de arrojo para votar con populares y naranjas. No es el cometido de este artículo analizar las razones de una y otra posturas políticas, sino extraer conclusiones de ese desafortunado desencuentro que parece haber debilitado la acción constitucionalista en su misión de frenar el desafío independentista.

La primera de ellas tiene que ver con el alcance geográfico del problema secesionista. Hace ya muchas semanas que constatamos con dolor que, pasara lo que pasara en Cataluña en las próximas fechas, aquella sociedad y sus instituciones quedarían fracturadas y enfrentadas por largo tiempo. Ahora, esa quiebra amenaza con extenderse también al Parlamento nacional. Es cierto que la división no ha llegado a las calles de España, donde los ciudadanos siguen los acontecimientos con una mezcla distancia y desafección, pero la votación del martes ha puesto de manifiesto hasta qué punto el procés ha mediatizado a la cámara legislativa. Es como si ese eje centro-periferia que lleva décadas condicionando las elecciones autonómicas catalanas se hubiera trasladado al Congreso, afectando a la estrategia, el juego de alianzas y el equilibrio de fuerzas políticas, quién sabe si de forma permanente.

La segunda conclusión sugiere un viraje en las filas de la oposición. Aquella alianza moderada que hizo posible un pacto de gobierno, después frustrado, entre PSOE y Ciudadanos hoy sería irrepetible. Ambos partidos parecen haber derivado en oposiciones mutuamente excluyentes, tendencia que aleja la posibilidad de una alternativa al PP que pivote sobre el centro del espectro ideológico. El retorno de Pedro Sánchez al frente de la dirección socialista ha supuesto un desplazamiento hacia posiciones más escoradas a la izquierda, en un intento por recuperar a los votantes que se marcharon a Podemos en las últimas citas electorales, y una reacción casi alérgica a cualquier contacto con la derecha.

Con todo, los flujos de votos que se produzcan entre PSOE y Podemos no alterarán de forma sustancial el peso neto de la izquierda nacional parlamentaria. Así, una vez escenificada la ruptura con sus antiguos socios naranjas, es posible que Sánchez busque el apoyo de las formaciones independentistas para plantear una moción de censura con opciones de prosperar. Es posible también que ese apoyo tenga lugar a cambio de respaldar un gobierno tripartito en unas hipotéticas elecciones autonómicas, presidido por ERC y con PSC y Catalunya sí que es pot como socios comprometidos con la celebración de un referéndum pactado.

Por su parte, Podemos constituye un elemento de inestabilidad parlamentaria, habida cuenta de su carácter antisistema o semileal al sistema, y de su capacidad para condicionar la acción política. La formación no pudo acometer el desborde popular al que aspiraba en las pasadas elecciones y ha perdido apoyo social en los últimos meses. Íñigo Errejón atribuyó los límites electorales del proyecto populista a la ausencia de una crisis orgánica en España. Es decir, el descontento político y social no consiguió deslegitimar las instituciones democráticas, que continuaron contando con el respaldo y el reconocimiento de la mayor parte de los ciudadanos.

En este sentido, Podemos parece haber descubierto en el procés una ventana de oportunidad para desencadenar la anhelada crisis del sistema, y a este propósito parecen encaminadas sus acciones en el conjunto de España. Al mismo tiempo, la formación morada espera que las arriesgadas maniobras emprendidas por Pedro Sánchez y Miquel Iceta terminen por propiciar la ruptura del PSOE. Algo de eso se vislumbró también el pasado martes, cuando varios diputados socialistas rompieron la disciplina de partido para abstenerse en la votación de la iniciativa de Ciudadanos.

En resumen, la votación del pasado martes nos deja la imagen de un bloque constitucionalista dividido que ha de hacer frente a un independentismo sin fisuras. Estas diferencias dan cuenta de que la cuestión nacionalista no ha conseguido difuminar los matices del discurso político de los grandes partidos, pero también evidencian que el eje centro-periferia se ha instalado en el Congreso y que va a debilitar la respuesta común que exige el reto secesionista. Hace unos meses, despedíamos con optimismo un bipartidismo de décadas para dar la bienvenida a un pluralismo que creíamos moderado. Sin embargo, los últimos acontecimientos nos hablan de polarización y crisis orgánica. Nos hemos instalado en el vértigo.

Continúa leyendo: Choque de trenes

Choque de trenes

Gregorio Luri

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Una parte de Cataluña, convencida de que representa a la Cataluña genuina, ha decidido crear una situación constituyente para dar forma de Estado a lo que tiene por patria. No soy tan ingenuo como para no saber que las naciones suelen cubrir sus orígenes con un velo púdico, porque así como la moralidad surge con frecuencia de la inmoralidad, la legalidad más de una vez ha nacido de la ilegalidad. No estamos viviendo el primer intento histórico de crear un momento constituyente. Léase a Kelsen o a Schmitt.

Todo momento constituyente es un acto de violencia fundadora que no necesariamente ha de ser sangriento, pero que inevitablemente deja heridas, porque pretende instaurar un nuevo orden jurídico fuera del marco jurídico existente, precisamente porque éste último no contempla otro momento constituyente legítimo que el que de su autoconstitución. Es una apelación a la fuerza de los hechos para romper, de facto, con el orden jurídico que hasta ese momento se había acatado; un intento de crear un contrapoder capaz de impugnar la legalidad imperante por medios no legales para fundar así una fuente legítima de derecho. Se pretende, en suma, imponer la voluntad sobre la legalidad mediante el recurso de presentar a la primera como “voluntad popular”.

En agosto del 2011 Jordi Pujol advirtió: “cal que passi alguna cosa, ni que sigui en forma de xoc de trens, en els anys immediats”. La profecía se ha cumplido. Pero en la Europa actual a nadie le gusta ser señalado como el responsable de un choque de trenes o, de lo que es lo mismo, de un momento constituyente. Por eso hay que presentar verosímilmente el encontronazo como un acto de justicia e incluso como un deber moral. No lo crítico. Lo constato. También constato la torpeza del Estado que, no solamente ha ido siempre detrás de los acontecimientos sino que se muestra incapaz de desarrollar un discurso retórico y simbólico que pueda enfrentarse al discurso independentista. Parece carecer de recursos ideológicos para hacerlo, quizás porque lo que llaman “régimen del 78” los hijos mimados del mismo, sólo supo desarrollar un argumento absurdo para desmontar ideológicamente el nacionalismo vasco y catalán: criticar el nacionalismo.

Pierre Vilar recordaba que mientras Menéndez Pelayo inventaba a “España como ideología”, Michelet, en Francia, se sacaba de la chistera a “Francia como persona”. Quizás por eso cuando hemos querido saber qué era España nos hemos perdido en enigmas, problemas y “vividuras”, mientras que Rovira i Virgili o Soldevila creaban una historia nacional en la que “Cataluña es una persona, no un problema”.

Continúa leyendo: Pielfinismo en pleno siglo XXI

Pielfinismo en pleno siglo XXI

Carlos Mayoral

Foto: Vincent West
Reuters/Archivo

Créanme, hay un momento al día en que pienso que no podemos tensar más la piel, fina piel, que cubre esta sociedad moderna y avanzada y renovadora y revolucionaria y bla, bla, bla. Pero luego llega la noche para recordarme que siempre hay tiempo para un penúltimo estirón. Es ésta una sociedad ofendida de base, que cree en la ofensa como método para exhibir cualidades morales que no hacen falta ser exhibidas, y que eleva al ofendido a un altar donde será venerado por remover pijiconciencias ocultas. Pero lo peor en esta peligrosa deriva es la tendencia que empieza a calar en el ánimo del pueblo: nada ofende tanto al hombre medio como el arte. Es extraño, pues el arte, elemento disruptivo por excelencia, ha bombardeado otras corazas, pero pocas veces las del pueblo, que suele aliarse con él para enderezar tuertos y desfacer agravios.

Sí, el arte está más perseguido que nunca, los hostigadores son aquellos que siempre estuvieron de su parte. Sin ir más lejos, días atrás, una noticia corría como la espuma por todas las cabeceras nacionales: un colectivo de payasos de no sé qué país europeo exigía la retirada inmediata de la película ‘It’, basada en una novela de Stephen King, por “denigrar la profesión” y, ojo, por “ofender sus sentimientos”. Vaya, la figura ofendida es esta vez, nada más y nada menos, que el payaso, el pilar en el que se apoyó, por ejemplo, Chaplin para darle vida a Charlot, el maravilloso personaje que con tanta elegancia enarboló la bandera de la crítica social y de la ofensa (aquí sí) conveniente. No, señores payasos, el arte, esa arma que ustedes mismos empuñan, no puede censurarse porque la quemadura en la piel fina de esta sociedad lo exija. El arte está muy por encima de eso.

Pero no todas las censuras se cocinan en “no sé dónde”. España, país de extremos, eleva este pielfinismo a la categoría de costumbre. Sin ir más lejos, hace unos días, artistas como Loquillo, Alejandro Sanz o los chicos de Radio Futura veían cómo ciertas canciones de su autoría eran excluidas de las fiestas de un pueblo de Toledo porque herían la piel del concejal de turno. Este concejal, supongo, no sabe que a menudo el arte vive precisamente de eso, de la herida que provoque. De hecho, y volviendo al asunto de los payasos, precisamente el ‘clown’ en el que se apoyó Chaplin para desarrollar su carrera era español, de Jaca, respondía al nombre de Marcelino Ordés y llegó a convertirse en un icono de la sociedad cultural británica y norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Años más tarde, una criada se encontró el cuerpo de “Marceline“ sobre la cama de un modesto hotel de Manhattan, perforada la sien por una bala funesta. ¿El porqué del suicidio? El payaso consideraba que su arte había dejado de herir. En el entierro, allá en el cementerio de artistas de Kensico, Nueva York, una corona de flores destacaba sobre el resto. La enviaba Charles Chaplin, el hombre que pocos años más tarde hirió de muerte al nazismo con el aire cómico de su gran dictador. Y es que la herida, insisto, está por encima del herido.

TOP