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Las mentiras de la razón

Ricardo Dudda

A nadie puede sorprenderle excesivamente que Marhuenda haya inventado noticias para beneficiar a un amigo implicado en un caso de corrupción. El director de La Razón ha sido imputado junto al presidente del periódico por intentar limpiar la imagen de Edmundo Rodríguez, consejero delegado de la empresa editora de La Razón. Rodríguez está implicado en la Operación Lezo de corrupción en el Canal de Isabel II. Marhuenda presionó al gobierno de Cifuentes e incluso elaboró noticias falsas para que la presidenta de la Comunidad de Madrid no tirara de la manta en el caso.

Arcadi Espada ya escribió, con mucha dureza, sobre el carácter de Marhuenda. “Hace unos 30 años Paco Marhuenda subía las cocacolas en la redacción de “El Noticiero Universal”, diario de la tarde. Y mucho peor: se las subía al director, Jordi Doménech, que lo había colocado en aquel periódico con funciones ambiguas, que nunca supe exactamente cuáles eran.” Todos hemos sido becarios, pero Arcadi ve en él aún hoy un “indemne carácter servil.” Es un personaje con una agenda tan explícita y transparente que es casi de agradecer. Lo agradecen sus contrincantes, que solo tienen que tratarlo como un portavoz histriónico del PP, y lo agradecen en televisión, donde da muchísimo juego en el reality show de la política.

Está el peligro de banalizarlo. Marhuenda es más que un meme. Las grabaciones que lo implican en el caso de corrupción del Canal de Isabel II lo muestran usando tácticas mafiosas. No es un tonto útil, es un mercenario. Su periódico, sin embargo, cada vez influye menos, si es que acaso ha llegado a influir alguna vez. Cuesta creer que pueda amenazar con éxito a alguien con publicar algo desfavorable: publícalo, si no lo leerá nadie. Su influencia es grande, pero está más allá de las páginas de su periódico, cuyo competidor directo es la revista Mongolia.

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El tamaño no importa

Jesús Montiel

Un paseo por el barrio pijo de La Herradura sirve como polígrafo del alma. Para quien ande geográficamente despistado, La Herradura es un pueblo de la costa granadina frontero con Málaga que muchos extranjeros con parné eligen como diana vacacional. Se nota en los coches que pululan sus caminos asfaltados, en las propinas que uno ve en los chiringuitos con luces tropicales y también en los negros que cantan Sinatra para niños rubísimos en esos mismos chiringuitos.

Digo que mis paseos por el barrio más pijo de La Herradura me sirve como polígrafo del alma porque muchas veces, durante los mismos, me sorprendo soñando con que una de esas casas será mía cuando me haga millonario gracias a mi quehacer literario (no se rían que esto es serio). A la vuelta del paseo, no obstante, cuando entro en la casa que ocupo por dos semanas y que es la de mi abuelo paterno, me ocurre todo lo contrario: que dejo de soñar con casas a lo Bertín Osborne. Mi abuelo compró ésta con su trabajo y yo me siento culpable por ocuparla y tumbarme sobre su esfuerzo. La ocupo porque que mi abuelo ya no viene, no puede, su casa es la farmacia. A punto de cumplir noventa veranos, él y mi abuela van aprendiendo forzosamente a desprenderse de todo, son alumnos de la pérdida  porque a la muerte se entra sin piso playero, y sin libros (hace poco mi abuelo me entregó los suyos con expresión tristona).

Me encuentro entonces con dos sentimientos contrarios: de una parte mi afán de riqueza durante mis paseos matinales por el barrio más opulento de La Herradura; y de la otra un deseo de no atesorar si pienso en mi abuelo y en el piso que ocupo y que fue suyo. Quiero decir que dentro de mí anida un ansia de atesorar lo que perece, y fuera encuentro una ley antónima que me invita al desprendimiento porque nada se lleva uno más que el amor que ha procurado.

Precisamente hoy he bajado a las ocho para mi paseo por el barrio pijo y me esperaba al pie del ascensor el cadáver de un hombre que, aun con los ojos cerrados, sin vida que los abriera, me miraba con fijación a medida que yo bajaba las escaleras y los del 061 intentaban resucitarlo con desfibriladores. Afuera, su mujer gimoteaba arropada por otros vecinos disimulando el terror con palabras que todos aprendemos para momentos de catástrofe humana. Escribo ahora con los ojos del muerto delante de mí, sobre la mesa, como los cráneos que coronaban aquellas de los antiguos anacoretas. El tamaño no importa, me dice el cráneo mientras mis hijos me importunan con sus requerimientos, lo importante es que haya un hogar al otro lado de la puerta de entrada y no solo una casa.

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Turismofobia

Juan Claudio de Ramón

Foto: Khairil Yusof
Flickr

Recién salida de la ceca, turismofobia es ya la palabra del verano. Querría acertar a decir algo sobre el asunto y advierto de entrada un sesgo perturbador: yo adoro a los guiris, esa nación itinerante que orea naciones, ciudades y pueblos. Lo que arruinan o afean es seguramente menos de lo que resucitan o conservan y aunque no son mejores ni peores que nosotros, nos recuerdan que no somos tan malos y lo mucho bueno que tenemos: gran clima y bellos paisajes, pero también alta cultura y gastronomía, servicios de calidad, calles seguras y carácter acogedor. Además de ser ya la primera industria española, no se debe desdeñar el efecto benéfico que el turismo ha tenido en nuestra mortificada autoestima, desde aquel primer viento fresco que entró por el boquete abierto en plena dictadura por unas suecas. Por mucho sol y playa que se tenga, 80 millones de personas al año no visitan un país que no sea afortunado en más de un sentido.

Pero hoy toca encararse con el aspecto menos amable del fenómeno, que una xenofilia ingenua haría mal en minimizar. Si la convivencia entre turista y residente ha podido ser hasta ahora cordial y provechosa, es porque, en cierto modo, uno y otro vivían en ciudades distintas. La ciudad real y la turística se solapaban en algunos puntos, pero los respectivos ámbitos de influencia estaban claros: el hotel y el monumento, de un lado, el barrio y los pisos, de otro, con un amplio lugar de encuentro en la playa. La posibilidad abierta por la economía digital de que cualquier vivienda se convierta en alojamiento turístico lo cambia todo. Al contraer el menos lucrativo mercado de alquiler residencial, los locales se ven obligados a pagar rentas astronómicas por vivir en su ciudad o a marcharse a una periferia cada vez más lejana. Se quedan, literalmente, sin espacio.

Así las cosas no es difícil comprender el malestar de los afectados ni tampoco la necesidad de regular el mercado de forma que se restaure un cierto equilibrio. No es sencillo conciliar la libertad económica de los propietarios con la función social que, según nuestra Constitución, debe tener la propiedad, pero hay fórmulas sensatas para hacerlo que ya están poniendo en práctica algunas ciudades. Sin olvidar que esta polémica es otro avatar más del cuadro general de precarización de la economía, una tendencia de largo alcance que se deja sentir en numerosos debates y cuya solución duradera todavía no se avizora.

Por lo demás, tan sólo una catástrofe ecológica planetaria podría detener el triunfal avance del turista. Entre otras razones, porque el turismo es una consecuencia de la democracia. Desde los lejanos días del granturista inglés, descargando con sus criados y baúles en un palazzo romano, hasta hoy, lo que ha mediado es la gran democratización del mundo. En la medida en la que este proceso sigue en marcha, es previsible que nuevos contingentes de turistas se incorporen a la marea guiri. Y, huelga decirlo, en algún lugar de esa muchedumbre con sombrero mexicano y palo para selfies, felices y despreocupados, también estaremos nosotros.

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Ser ser humano

Lea Vélez

Foto: JOSHUA ROBERTS
Reuters

Grupos neonazis desfilan, arrollan, queman y matan. Grupos neonazis, que ya son hijos y nietos de neonazis. Que ya, de tan antiguo su corte de pelo y sus botas y su violencia, han viajado al pasado de un campo de concentración con los ojos cerrados, sin ver nada, acostumbrados a la verdadera muerte y han escogido sus cuatro símbolos molones: bandera confederada, Dixie, blancura, pistola. Parece que los veo asesinando a Ana Frank. Pero no, qué demonios, no saben ni quién es Ana Frank porque no han leído un libro en su puñetera vida que no esté diseñado para refrendar lo que ya nacieron siendo: hombres defectuosos, sin generosidad ni amor, ni empatía, ni nada. En todo eso consiste la maldad. La maldad no es ser, es carecer.

Confieso que hasta estos días de vacaciones, no había leído el famoso diario. Qué joya. Qué inteligencia. Qué emoción. Sí estuve hace más de veinte años en la casa museo de Amsterdam. Me impactó el reducido espacio, el escondite. El olor de la madera de ese ático quedó dentro de mi. Me impactó que el ser humano pudiera permitir tanto horror. Vuelvo a lo mismo. “Ser humano” viene de ser. Ser es tener. Tener preguntas, tener cavidades, tener compasión y empatía. Tener lógica.

Recuerdo el día en que mi hijo de 6 años, que jugaba a ser Spiderman, descubrió que existían los neonazis y me dijo muy alterado:

“¡¿Cómo?!” ¡¿que aún hay nazis?! ¿Pero estos nazis no saben lo malo que fue Hitler, que asesinó a los judíos, que invadió toda Europa matando, robando? ¿Es que no han visto La Gran Evasión o La lista de Schindler? ¿Quien es tan idiota para ver esas pelis y pedirse ser el malo?” Seis años tenía, lo juro. Seis años y ya era más hombre que estos tíos de las antorchas.

Tuve que responderle que solo un malo se pide ser nazi en la representación de la vida. Porque en la vida, cuando crecemos, seguimos jugamos a ser, más que somos. Representamos, más que hacemos. En la vida, casi siempre, somos ficción y nos disfrazamos de algo conforme a nuestra cultura y a nuestro deseo de aceptación: los malos se disfrazan de nadie, de clichés, de violencia, de terror, los buenos, ah… “mamá, ¿y de qué se disfrazan los buenos?”, siento que me pregunta aquel niño inquisitivo de seis años que como todos los niños del mundo, nació siendo persona.

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Nolan, Churchill y Dunkerque

Jordi Bernal

Finalmente veo la peli de Nolan sobre Dunkerque. Notable. Estéticamente impresionante. Una de tiros. Responde a la definición de Sam Fuller sobre el cine: “Una película es como una batalla. Amor, odio, acción, violencia y muerte. En una palabra, emoción”. Bien lo sabía el bueno de Sam, que desembarcó en Europa para liberarla de los nazis.

La peli de Nolan me pilla en plena faction. Leo un ensayo admirable. La Guerra de Churchill, de Max Hastings. Una de esas cosas que solo los ingleses pueden. La lluvia pertinaz y monótona, la ausencia de sol invitan a la concentración y el trabajo riguroso. La documentación es abrumadora y vasta, de un interés histórico notabilísimo.

Crónicas, diarios dispersos, correspondencias impúdicas, archivos oficiales desclasificados. Solo Putin negó la investigación de los hechos. Natural.

Dos ejemplos que demuestran la honradez intelectual y la labor granítica de Hastings (admirador de Churchill, pero sin esconder todos sus defectos, cagadas descomunales y esa venganza sin justificación de un sentimental borracho que fue el bombardeo de Dresde):

“Era esa alegría lo que hizo que un hombre como el esteta y diarista James Lees-Milne escribiera en tono de disgusto una vez que hubo acabado  todo: “Churchill se lo pasó a todas luces tan bien en la guerra que nunca  llegó a resultarme agradable. Simplemente reconozco que, como Gengis Khan, fue grande”.

“La gente sencilla tenía otra visión. Nella Last, una ama de casa de Lancashire, escribió el 11 de mayo en  su diario “si tuviera que pasar toda mi vida al lado de un hombre, eligiría a Chamberlain, pero creo que no tardaría en cambiarlo por Churchilll si se desatara la tormenta y estuviera  a punto de naufragar. Tiene una cara divertida, como la de un bulldog que vive en nuestra calle  y que ha hecho más por echar a los perros y gatos descamados que todas las quejas y protestas de los vecinos”.

No está mal la peli de Nolan. Pero comparto la crítica de los franceses de que salen de refilón. Cubrieron la retirada inglesa y aguantaron la embestida nazi. Churchill ordenó que los evacuaran ya que los iban a dejar tirados. A la mitad no les quedó más cojones que rendirse.

Se es muy injusto con los franceses en la II Guerra Mundial.

Tanto como con los españoles.

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