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Verstrynge y el caudillo Errejón

Ricardo Dudda

Foto: J.J.Guillen
EFE Fototeca

Jorge Verstrynge es uno de los personajes más siniestros de la política española. Aunque inofensivo, su presencia en los medios como analista defensor de Trump y Le Pen es preocupante. Tras la victoria de Macron afirmó en La Sexta que Le Pen no es fascista, porque él sabe bien lo que es un fascista, ya que lo fue. Vestrynge empezó militando en la extrema derecha, en el grupo neonazi CEDADE, donde escribió sobre los peligros de “la degeneración de nuestra raza y la progresiva judaización de nuestras instituciones”. Luego pasó a Reforma Democrática, de Fraga, que acabó convirtiéndose en Alianza Popular. En Alianza Popular fue secretario general desde 1979 a 1986. Tras su abandono del partido, fue asesor de Francisco Frutos en el PCE e Izquierda Unida, y ya se quedó en la izquierda radical. Ahora es defensor de Podemos, y a la vez el analista al que llama La Sexta, como buena prensa equidistante y sensacionalista, cuando quiere a alguien pro Trump. Es un personaje despreciable.

Muchos se sorprenden de su trayectoria ideológica incoherente, pero no lo es tanto. Como le ocurría a Arthur Koestler, sufre de “absolutitis”. Pasa de un radicalismo, de un absolutismo al otro. Koestler fue comunista furibundo, anticomunista tan radical que la CIA lo consideraba excesivo, y luego se pasó a las pseudociencias y los fenómenos paranormales. Como dice Jorge Freire, autor de Arthur Koestler. Nuestro hombre en España, Koestler fue más coherente de lo que pensamos durante su vida. (Antes de nada: el abismo entre Koestler y Verstrynge es inconmensurable, inabarcable: junto a uno de los mayores intelectuales del siglo XX, Verstrynge es una ameba). Muchos neocons surgidos en EEUU en los años sesenta, como Norman Podhoretz o Irving Kristol, comenzaron en el trostkismo. Tras la aparición de la Nueva Izquierda en los sesenta, se pasaron a la derecha pero se llevaron consigo las tácticas y el dogmatismo marxista, que aplicaron en las guerras culturales. Los neocons que idearon la guerra de Iraq en 2003 hablaban de “exportar la democracia” como hablaría un trostkista exportando la revolución.

Escuchando algunos comentarios de Errejón uno puede comprender por qué Verstrynge es de Podemos. En un vídeo reciente sobre las elecciones francesas, Errejón habla de la “transcendencia comunitaria” que crea Le Pen, de la “belleza del caudillo”, en referencia a la idea del político providencial que conduce al pueblo a su salvación (o a un golpe de Estado y una guerra civil, vaya), y se pregunta por qué se ha demonizado tanto las propuestas “modestas” y “moderadas” de los populistas, sean reaccionarios o progresistas: solo proponen algo tan sensato como una “vuelta a las certezas de posguerra”. En ese cóctel de nacional populismo, patriotismo, mesianismo político y nostalgia reaccionaria Verstrynge está a gusto. Y en Podemos no les molesta mucho que sea uno de sus politólogos de cabecera. La xenofobia, el negacionismo y el neofascismo de Le Pen son lo de menos. Como es lo de menos el supremacismo prorruso de Verstrynge. En la Nueva Guerra Fría todo vale.

Macron, el reaccionario

Daniel Capó

Foto: Pool
Reuters

En términos estrictos, cabe tildar a Emmanuel Macron de reaccionario posmoderno. Su lenguaje no es el del integrismo, sino el de un hombre lúcido que entiende cuál es rostro de la política contemporánea y, sobre todo, en qué consisten sus riesgos. Quiero decir que Macron es un reaccionario postmoderno porque no se bate contra la modernidad –entendida en sus justos términos– sino a favor de ella. Frente a la perplejidad y a ese rumor inquietante propagado por un populismo que nos invita a descreer de la democracia tradicional, el nuevo presidente francés reivindica de forma inusual la responsabilidad del ciudadano adulto. «He apostado por la inteligencia de los franceses y de las francesas –ha declarado Macron en la entrevista concedida a un grupo de periódicos europeos–. No les he adulado, sino que le he hablado a su inteligencia. Lo que agota a las democracias son los responsables políticos que piensan que sus conciudadanos son idiotas, utilizando con demagogia sus temores y contrariedades y apoyándose en sus reflejos. […]. Deseo volver a retomar el hilo de la historia y recuperar la energía del pueblo europeo».

Son palabras mayores que merecen ser subrayadas: historia e inteligencia, responsabilidad y vida adulta. Ante la avalancha de política basura que embrutece los parlamentos y el debate público, se abre ante nuestros ojos una curiosa paradoja: en nuestro tiempo, ser reaccionario –un reaccionario no antiguo sino posmoderno, un reaccionario alla Macron– consiste en rechazar las vulgarizaciones de la ideología, en reivindicar el peso de la razón ilustrada y la inestimable moderación del parlamentarismo. Es algo tan sencillo como atreverse a decir la verdad en una época de posverdades. Del éxito de políticos así –dispuestos a rechazar la salmonella de la mentira–, depende en buena medida el futuro de Europa.

¿Es The New York Times el nuevo 'agente político' de la era Trump?

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Richard Drew
AP Photo, File

La Administración Trump está inmersa en varios escándalos, el presidente de Estados Unidos Donald Trump mantiene una evidente lucha contra los medios no afines, con The New York Times como uno de sus principales enemigos, el país se encuentra dividido como nunca antes, y las redacciones tienen que elegir entre mantener su independencia desde la beligerancia y sin pestañear de los días del Watergate, o transformarse en algo más parcial, disparando munición contra un objetivo favorito deleitándose en el caos.

El pasado mes de mayo marcó un momento decisivo para la Administración Trump y los periodistas que cubren información de la Casa Blanca. El lunes 15 de mayo, el diario The Washington Post publicó que el presidente Donald Trump había revelado información altamente clasificada en una reunión con altos funcionarios rusos.

Al día siguiente, fue The New York Times el que salió con la demoledora noticia de que Trump había pedido al todavía director del FBI, James Comey, que cerrara la investigación del entonces asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn.

Las exclusivas (scoops en lenguaje periodístico) han convertido a estos medios en referentes del periodismo en EEUU. En ambos casos, sus informaciones son convincentes y están acreditadas.

¿Es el New York Times el nuevo agente político de la era Trump?
El ex director del FBI, James Comey, testifica ante el Comité de Inteligencia del Senado el pasado 8 de junio | Foto: Jonathan Ernst / Reuters

Los periodistas de ambos medios sabían el poder que tenían y se limitaron a dar una información desconocida por el gran público, permitiendo que los hechos hablaran por sí solos, “sin florituras, ni suposiciones”. Para The New York Times “así es como se presenta el periodismo ejemplar en cualquier momento, pero especialmente cuando va dirigido a una Casa Blanca sospechosa de desafiar el estado de Derecho”, escribió la entonces editora del diario, Liz Spayd.

Ambos medios cuentan con una larga trayectoria de exclusivas, con años de periodismo de investigación que los ha convertido en medios de referencia dentro y fuera de Estados Unidos.

Recuperar la credibilidad

Para el NYT su resurgimiento como medio creíble y de referencia era una necesidad, después del devastador escándalo de 2003, cuando se hizo público que el periodista Jayson Blair había plagiado buena parte de unos reportajes de portada, cuando no inventado algunas de sus historias e incluso fuentes citadas en las mismas. El caso Blair supuso una seria amenaza para la reputación del Times como mejor periódico de América.

Han pasado unos años desde aquello y el diario neoyorquino ha ido recuperando su lugar entre los medios de comunicación más influyentes del mundo. En el caso de la historia sobre Comey destapada por el NYT, el origen de la información está perfectamente clara: las notas del director del FBI, James Comey. No hay duda de dónde salió la filtración de la noticia que citaba “fuentes oficiales del gobierno”. El nivel de especificidad de lo que se contaba es lo que hizo imposible que la revelación fuera insignificante incluso para los republicanos. Muchos legisladores conservadores, normalmente reticentes a sumarse al “drama político” procedente de los medios, rompieron su silencio. Los comités de Justicia e Inteligencia dirigidos por los republicanos y el Comité de Supervisión de la Cámara llamaron a Comey a testificar.

Tres congresistas republicanos dijeron que considerarían el impeachment – juicio político al presidente de EEUU – si se demostrara que Trump presionó para que se cerrara una investigación federal. Poco después, el ayudante del Fiscal General designó un “fiscal especial” para dirigir una investigación sobre los posibles vínculos entre el equipo de campaña de Trump y Rusia. Incluso Fox News, en vez despachar la información del NYT calificándola de “noticia falsa”, fue más allá al confirmarla.

Estos hechos son clarificadores para una prensa que intenta definir su lugar en un periodo exigente de la historia del país, no sólo con un presidente que se salta las normas de conducta y de sinceridad, sino con una sociedad más polarizada que nunca. En palabras de Dean Baquet, editor ejecutivo del NYT, “se reconoce cada vez más fuera de nuestras cuatro paredes que el Times es vital para el futuro del país”.

La pregunta que se hacen los periodistas del diario es si los medios deberían comprometerse haciendo una oposición abierta a la Casa Blanca y tomar partido en una batalla política, o deberían informar con agresividad pero desapasionadamente con la esperanza de retener la credibilidad de la mayoría de la audiencia. Juzgado por gran parte del periodismo, el NYT ha optado desde que Trump asumió el poder, por una preferencia por la estricta independencia. Al menos así lo ven en la redacción, y así lo expresaba Liz Spayd en mayo.

Pero, es verdad que a veces hay un sesgo en la cobertura de noticias que “puede ser percibida erróneamente” como una intensa búsqueda de informaciones para acabar con Trump. De hecho, el NYT ha relatado cada tweet del presidente, cada cambio de humor y cada lucha interna en el Despacho Oval. Algunos de estos seguimiento son necesarios y justificables. Los periodistas de este medio admiten que el problema es que, cuando empiezan a salir en primera página, puede parecer que el diario está en campaña.

De ahí que se pregunten qué estrategia es más efectiva: ¿cuando el diario aparece como si se hubiera sumado a la resistencia, o cuando ahonda en hechos sin una predisposición determinada? En el sistema legal, recuerdan, existe la diferencia entre un investigador y un fiscal.

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La relación de Donald Trump cono los periodistas nunca ha sido muy buena | Foto: Yuri Gripas / Reuters

Algunos lectores, alarmados por la presidencia de Trump, quieren que la redacción se ponga en modo combate total. Quieren que los editores adopten un vocabulario directo, que llamen mentira a lo que es una mentira, por ejemplo, y resistan cualquier interpretación de los acontecimientos que pueda “normalizar” a Trump. Ven al NYT como un lugar para voces que discrepan de la ortodoxia liberal. Y si todo eso implica tomar partido y situarse en un bando, bueno, eso es lo que demanda la crisis.

“La otra estrategia periodística – imparcial, agresiva, libre de ataduras – es lo que demostramos” con exclusivas como la de Comey, asegura el diario en un editorial. En el periódico, lo que es especialmente atractivo de esta forma de hacer periodismo es su eficacia. Porque la historia de Comey estaba tan fuera de discusión, que capturó la atención de aquellos que de forma instintiva, en otras circunstancias, la habrían rechazado.

Joe Kahn, director editorial del NYT, dijo que el caso Comey era un marco de referencia para lo que aspira a ser la cobertura informativa del medio. “Queremos, básicamente, producir una información que hable a todas las partes en este debate, y la manera de hacerlo no es a través de inventarnos nada, es a través de profundizar, de buscar fuentes y realizar las preguntas difíciles, y trabajar toda la noche”.

Jeremy Peters, que cubre información política para este diario, ha comentado que muchos republicanos están indignados por lo que califican de “histeria sobre Trump”. “No es sólo que estén junto a Trump, sino que lo apoyan reflexivamente frente a la reacción de la izquierda sobre el presidente. Están como locos tratando de acabar con la idea de que la presidencia de Trump es un caos y creen que los medios son los que levantan esta controversia”.

A su vez, alimentar esta dinámica es la piedra angular para la supervivencia de Trump. Cuando la noticia sobre Comey se convirtió en el centro de atención de los medios nacionales e internacionales, Trump dijo durante una intervención ante los guardacostas graduados en Connecticut: “Mirad de qué modo he sido tratado últimamente. Especialmente por los medios. Ningún político en la historia de Estados Unidos, y digo esto con total seguridad, ha sido tratado peor o de una manera más injusta”. A la mañana siguiente repitió el mismo mensaje en Twitter, asegurando que estaba siendo objeto de una caza de brujas desconocida hasta el momento en el país. Se ha convertido en casi una norma que Trump responda a las noticias críticas calificándolas de “falsas” (¡Fake News!, dice siempre).

La reacción de Trump tras el caso Comey fue publicada por todos los medios, que es lo que quiere el presidente, según NYT. “Cuanto más pueda hacer aparecer a los medios que están tomando partido, más fácil es para él desautorizar su trabajo”.

Lo que Trump no sabe es que no es tan fácil socavar informaciones “imparciales e irrefutables como las publicadas por NYT”, decía Liz Spayd en uno de sus últimos editoriales.

Inversión millonaria

The New York Times ha recuperado su espacio a través de su compromiso con la información y con la necesidad de desenmascarar a una administración como la de Trump que no parece respetar los límites de lo que se puede y lo que no se puede hacer desde el poder político. Esta situación ha llevado a los responsables del diario a duplicar su redacción, y en estos momentos seis periodistas se encargan de cubrir la información de la Casa Blanca, apoyados por un equipo de investigación formado por otros cinco periodistas.

Ha desplegado también corresponsales por todo el país para conocer el sentimiento de los electores, con especial interés en conocer si los votantes de Trump siguen apoyando al presidente.

En enero, el diario desbloqueó cinco millones de dólares para cubrir la información de la administración Trump, informa El Financiero.

Esta inversión parece que está obteniendo sus frutos. Las cifras así lo indican: entre septiembre de 2016 – en plena campaña electoral – y marzo de 2017 – con Trump ya en la Casa Blanca – el periódico ha ganado 644.000 abonados. Además, ha logrado 308.000 nuevos suscriptores online, un récord atribuido en parte a la presidencia de Trump, según informaba la CNN a primeros de mayo citando al CEO del diario, Mark Thompson.

La ganancia total de la compañía fue de 11 centavos de dólar por acción en el primer trimestre, un aumento de un centavo desde el mismo trimestre del año pasado, según el diario.

Críticas

Lo que el diario NYT considera periodismo independiente, sacando a la luz todo lo que sea informativamente relevante de la administración Trump, para otros medios no es más que periodismo basado en mentiras. Uno de los más críticos es The National Interest, que en febrero dedicó una portada al NYT con este titular: ¿Por qué miente el New York Times sobre Trump?.

“Después de meses de historias presentando a Donald Trump como un depredador sexual, un empresario defraudador, marioneta de Vladimir Putin, evasor de impuestos, y todo lo que uno pueda imaginar, el New York Times ha llamado a Trump mentiroso…”. Para este medio, el diario neoyorquino actúa así porque ha interiorizado su papel de oposición, en vez de actuar como un medio de comunicación.

Otros medios afines a Trump, entre los que destaca la Fox News, creen que con su actitud, The New York Times ha demostrado que no sabe perder, después de apostar durante la campaña para que Trump no ganara las elecciones de noviembre.

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Entrada del edificio del New York Times en Nueva York | Foto: Carlo Allegri

En parte, el propio diario reconoció este exceso cuando pocos días después de las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, el presidente y director ejecutivo del diario, Artur O. Sulzberger Jr, y el editor ejecutivo, Dean Baquet, publicaron una carta a los lectores asegurando que el periódico iba a reflexionar sobre la cobertura que había hecho de la campaña, comprometiéndose a continuación a “dedicarnos de nuevo a nuestra misión fundamental del Times que es informar a América y al mundo con honestidad, sin miedo ni favor, esforzándonos siempre por comprender y reflejar todas las perspectivas políticas y experiencias de vida en las historias que os traemos”.

Orgullosos

Miguel Ángel Quintana Paz

Hay gente a la que no le gusta festejar la Navidad, hay gente que aborrece la Semana Santa e incluso, por incomprensible que me pareciera de pequeño, hay gente que desprecia a los Reyes Magos. Por consiguiente, no parece extraordinario que haya también gente a la que displazca la fiesta del Orgullo LGBT. Ahora bien, el problema suele empezar cuando se ponen a justificar ese su desagrado: suelen proporcionar argumentos asombrosamente endebles.

El primer argumento de este tipo lo comparte el Orgullo con Halloween: ambos son acusados de ser festividades “foráneas”, “importadas” y, por tanto, sospechosas de algún tipo de confabulación antinacional. La verdad es que razonamientos así resultan un tanto sorprendentes: ni la Navidad, ni la Semana Santa, ni el día de Reyes se idearon tampoco en un piso de Alcobendas o junto a alguna vaca asturiana. Si nos tuviésemos que quedar solo con las celebraciones nacidas en nuestra tierra, en Salamanca, por ejemplo, disfrutaríamos solo de fiestas un tanto políticamente incorrectas: San Juan de Sahagún, que cometió el milagro de atrapar un toro desbocado (para disgusto de animalistas), y el Lunes de Aguas, en que se conmemora el retorno de las prostitutas, tras la Cuaresma, a la ciudad (para disgusto de Pedro Sánchez y su afán de prohibir la prostitución). En un mundo en que se importa mantequilla, iPads, tatuajes, armas, electricidad y toallas, no parece desquiciado importar también algo tan divertido como una festividad.

Un segundo motivo que se aduce para oponerse al Orgullo LGBT nace de una mala comprensión de lo que significa la palabra “orgullo”. Una reciente carta al director en la edición sevillana de ABC mostraba de modo paradigmático este tipo de razonamiento: “Se puede sentir orgullo de haber terminado los estudios con matrícula de honor”, aducía Antonio Rodríguez Mármol, su autor, “por haber sacado el número uno en unas oposiciones, por haber sido campeón mundial de alguna competición… Pero sentirse orgulloso por ser gay o lesbiana… hombre no [sic]”. La idea que aquí parece presuponer el señor Rodríguez es que el orgullo solo es legítimo si uno ha realizado proezas insólitas: por ejemplo, si eres campeón mundial de bádminton acaso sí que puedes enorgullecerte, pero si solo eres subcampeón nacional o campeón local quizá ya no. Dado que ser gay, lesbiana, bisexual o transexual no resulta algo inaudito (en España se calcula que su porcentaje ronda el 7 %, aunque se acerca al 15 % entre los jóvenes), la lógica conclusión es que poco orgullo cabría ante algo tan relativamente común.

Sin embargo, no es cierto que para estar orgulloso de algo deba resultar inusitado o convertirnos en los mejores del mundo al respecto. Pondré un ejemplo: el señor Rodríguez podría, acaso, aprender un día a poner la coma que va tras “hombre” cuando se usa como en su carta; y asimismo podría luego sentirse orgulloso de haber por fin asimilado tal cosa, aun cuando ello no le convierta en campeón de ortografía mundial.

De hecho, ni siquiera es preciso, para estar orgullosos, que lo estemos de algo que hayamos conseguido por nuestros propios méritos, como también parecen presuponer quienes hablan así. Uno bien puede sentirse orgulloso de sus padres, por ejemplo, y no parece que hayamos hecho muchos esfuerzos por tener los padres que tenemos o porque sean como son: simplemente nos acaeció. El orgullo consiste en cierto respeto por ti mismo, cierta satisfacción por tu propio valor y por el de tus seres cercanos, que te instala más a gusto en la vida y, por tanto, te vuelve proclive a acometer grandes obras. Aristóteles ya decía que quien siente orgullo tiene el alma amplia (megalopsicología) y lo oponía al pusilánime o de alma pequeñita, de quien poco cabe esperar. Como toda virtud, claro, el orgullo puede exagerarse y degenerar en un vicio: sería la vanidad, es decir, el blasonar de aspectos que en realidad son vanos; o la soberbia, el darte una importancia a ti mismo mucho mayor que la real. Estos vicios, aunque parecen engrandecer nuestra alma, solo nos la hinchan. Bien entendida, en cambio, la virtud del orgullo solo molesta a los envidiosos, que se sienten achicados cuando ven que otro sabe expandir su alma como ellos no. Bienvenido sea, pues, el orgullo de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales, como empalizada frente a todos cuantos aún les intentan capitidisminuir.

Una tercera razón, en este caso contra los desfiles del Orgullo LGBT, surge de la ignorancia de lo que en realidad significan: gente que nunca los ha visto más que a través del sensacionalismo televisivo (perdón por la redundancia) cree que los pocos exhibicionistas que las cámaras persiguen son representativos de sus cientos de miles de asistentes. Toda esa gente se sentirá decepcionada si un día, por fin, acuden a contemplar el desfile por sí mismos: lejos de la bacanal y muy menguado el frenesí que sus mentes imaginaron, comprobarán que la mayor parte de los que participamos somos personas (más o menos) decentes que vestimos nuestras (más o menos) aburridas ropas de siempre. Cierto es que, a diferencia de Halloween o Carnaval, el Orgullo se celebra en pleno verano y ello invita a cierta ligereza en el atuendo.

Pero, en contra de lo que temen (¿o desearían?) ciertos puritanos, no es tan fácil contemplar una orgía callejera. Además, sería un error juzgar toda una fiesta por lo que hacen solo algunos de sus participantes: si así hiciésemos, la Nochebuena habría de verse como una fiesta de borrachos, y el 12 de octubre como un día en que todos tenemos que descubrir nuevos continentes.

Por último, una cuarta argumentación usada a veces contra la celebración del Orgullo LGBT es que no existe algo así como “el Orgullo heterosexual”. En coherencia con todo lo que he expuesto antes, la verdad es que yo no vería ningún problema a que también se celebrase semejante orgullo. Bienvenido sea el disponer de más fiestas con que hacer más liviano nuestro fugaz paso por esta vida mortal. Animo desde aquí, pues, a cuantos heterosexuales animosos haya para que convoquen a tantos millones de personas como ya congrega el Orgullo LGBT, y a organizar una fiesta al menos igual de divertida.

Y es que, de hecho, tras haber desmentido varias razones contra la celebración del Orgullo LGBT, me queda por indicar cuál es el principal argumento por la que estoy a favor de tales galas. Todo empieza porque estoy convencido de que vivimos en aquello que el escritor Robert Hughes anunció hace ya casi 25 años: en una cultura de la queja. Esto no solo significa que hoy nos circunde todo tipo de jeremiadas, sino que llega a parecer que el único modo de llamar la atención en el espacio público es gimotear contra algo o alguien. “Me quejo, luego existo”, parece ser el lema en boga. Debido a esa obsesión por llenar nuestras calles y plazas de lamentos, quejicas, exigencias iracundas, reproches, ceños fruncidos y puños airados, a muchas personas no se les ocurre honestamente cómo podrían defender algo en público si no es por tan lúgubres métodos.

A todas esas personas les invito a aprender del ejemplo de gais, lesbianas, bisexuales, transexuales y demás minorías sexuales. Han conseguido hacer de sus reivindicaciones una colorida fiesta: la más multitudinaria de una ciudad, de por sí, fiestera como Madrid. Han conseguido oponerse a cosas y estar a favor de cosas (algo consustancial a la democracia), pero con regocijo en vez de con rencores, con gozo de ser uno mismo en lugar de con resentimiento ante cómo viven otros. Bailando, en vez de lamentando. En ese sentido, la fiesta del Orgullo es todo un ejemplo moral cuya mera contemplación nos hará seguramente mejores personas, como ya atisbó Santo Tomás de Aquino: plus movent exempla quam verba. Ojalá todos en la vida aprendiésemos a llevar los estigmas con que otros tratan de dañarnos derrochando tanta alegría como este desfile arcoíris.

Macron y los estados de gracia

Valenti Puig

Foto: Etienne Laurent
AFP

La norma no escrita de dar una tregua crítica a los cien primeros días de todo gobierno ha ido quedando arrumbada como un uso vetusto. En coincidencia cuantitativa con la duración del retorno de Napoleón desde la isla de Elba hasta Waterloo, esos cien primeros días a veces han ido a la par con el estado de gracia, un período de levitación en el que la confianza en el nuevo elegido parece casi unánime. No lo hemos visto con Theresa May pero sí con Macron. En general, una nueva presidencia de la Quinta República garantiza ese período de gracia. Tras la victoria presidencial, haber conseguido una nueva mayoría parlamentaria –para un partido de hace dos días- convierte a Macron en un político en estado de gracia, llegado en el momento más oportuno para, después del “Brexit”, rehacer el eje franco-alemán dándole un toque gaullista. ¿Hasta cuándo? En un mundo tan acelerado, la erosión política parece haber liquidado los privilegios del estado de gracia. Lo hemos visto otras veces: un político de nuevo cuño –caso Obama- se convierte en paradigma, para acabar entrando y saliendo del taller de reparaciones.

Ahora la fulguración del nuevo presidente de la República Francesa genera un efecto mimético aunque lo realmente significativo es que haya llegado al poder gracias al hundimiento del socialismo francés y las torpezas habituales de la derecha. ¿Macron o Corbyn? ¿Macron o Bernie Sanders? ¿Qué queda del modelo Blair? Son interrogantes que pueden aplicarse al retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, más bien dispuesto a romper con las tesis de centro-izquierda propias del felipismo y presuroso por expansionarse hacia la izquierda, colindando arriesgadamente con Podemos para conjugar una alternativa.

La posición de Sánchez en contra del acuerdo comercial con Canadá –CETA- ha resultado incómoda para Bruselas, como ya se ha cuidado de exponer el comisario Moscovici, procedente de la izquierda radical y luego ubicado en el sector rocardiano del socialismo francés. Curiosamente, Sánchez ha sido proclamado a menudo por sus partidarios como gran conocedor del laberinto comunitario, dado que de muy joven fue asesor en Bruselas antes de ser jefe de gabinete de Carlos Westendorp, alto representante de las Naciones Unidas en Bosnia, en pleno conflicto de Kosovo.

Tampoco en la oposición perduran los efectos del estado de gracia. El futuro de Pedro Sánchez, por ejemplo, depende mucho de que logre zafarse de la presión de Podemos y de la militancia socialista más radical para lograr la adhesión del electorado real de centro-izquierda, marcando de cerca a un gobierno de Rajoy debilitado por la corrupción siempre que decida, cuanto antes mejor, si quiere ser un Macron o un Corbyn. La crisis del socialismo europeo tiene una sombra muy alargada. Ahora mismo, para Bruselas, aunque Donald Tusk parafrasee a John Lennon, un PSOE deslizándose hacia la izquierda es una mala noticia. Hay abundantes quejas sindicalistas pero el PSOE todavía no ha dado un contenido coherente a su rechazo a los acuerdos comerciales EU-Canadá. ¿Qué hay de malo en mantener relaciones de libre comercio con Canadá?

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