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En el principio fue el iPhone

Roberto Herrscher

Evangelio del ordenador: En el principio fue el iPhone y el iPhone era con Jobs y el espíritu estaba con él y todo en el mundo era hecho por Steve Jobs y nada en la creación fue hecha antes del momento epifánico en que Bill Gates creó la computadora personal…

Evangelio del móvil: Graham Bell engrendró un teléfono de pared y bocina para llamar a la operadora, este engendro engendró un teléfono negro y cuadrado, el teléfono negro y cuadrado engendró el Walkie Talkie del ejército, el Walkie Talkie engendró el zapatófono de Maxwell Smart, el zapatófono engendró el Blackberry, el Blackberry engendró en Nokia, el Nokia engendró Android y el iPhone…

Evangelio de la legión de informáticos de camisa blanca y cartelito de “Elder Nerd”: Predicaba Bill Gates en un garaje, y se alimentaba de hamburguesas mal recalentadas y sus lomos estaban cubiertos de camisas mal planchadas de leñador, diciendo: “Yo me creí el hijo del verbo revelado pero en verdad os digo que soy un precursor: Viene tras de mí uno que creará la combinación perfecta de ordenador y teléfono, y vestirá camisetas negras y hablará mucho más bonito que yo”…

Bueno, amigos de The Objective: espero que ninguno se haya sentido ofendido en su sentimiento religioso. Después de todo, hasta el Papa de Roma ha admitido que la religión reinante es el teléfono móvil. En su homilía de este domingo, Su Santidad Francisco I instó a los fieles católicos a llevar consigo siempre la Biblia, como se lleva el teléfono móvil, para poder leerla más a menudo y meditar sobre su contenido.

“Por favor, no olvidéis, no olvidéis, qué sucedería si tratáramos la Biblia como tratamos a nuestro teléfono móvil, pensad en esto: la Biblia siempre con nosotros”, dijo el Papa al final del tradicional rezo del Ángelus ante numerosos fieles congregados en la Plaza de San Pedro.

Esta era la noticia. El resto es la invención dominguera y calenturienta de un antiguo niño de colegio con nombre de santo.

Steve Jobs les conserve por los siglos de los siglos la carga y la conexión wifi.

Un poli de plástico para la policía de Río

Melchor Miralles

Foto: YASUYOSHI CHIBA
AFP PHOTO

Buceo en las cloacas de Río de Janeiro, cuerdo de atar, siguiendo los pasos del hombre que no fue. Sorteo transeúntes por las favelas. Transito por una ciudad con elevado índice de delincuencia. Pero en dos días no me he cruzado con un solo policía por las calles. Me extraña. Mucho. Y me topo con lo increíble, lo insólito, que es el culmen del periodismo.

Me acerco con mi equipo, pertrechados de cámaras de televisión, focos, micros y esas cosas, a la sede de la Policía Federal de Río de Janeiro. El corazón de la lucha contra el crimen, que aquí es cosa seria. Fuera del edificio no hay ni un agente. Entro. Solicito a un funcionario en un mostrador un portavoz para que me aclare cosas. Doy con un policía uniformado. Me dice que me olvide, que llevan seis meses de huelgas parciales y que no habla ni Dios. Cero posibilidades.

Educado, pregunto si podemos grabar en el exterior, imágenes del edificio. Y una entrevista. Me dice, literal: “el jefe se ha ido a comer. Tienes dos horas para grabar lo que quieras”. Salgo. Tiramos de cámaras. Y veo a un policía en la garita de entrada de vehículos. Me acerco a ver si me cuenta algo. Y me quedo de piedra.

Un poli de plástico para la policía de Río 1
Poli de plástico. Foto: Melchor Miralles.

Llevaba varios segundos interrogándole cuando mi operador de cámara me dice: “Hablas con un muñeco”. ¿Perdoooooooón? Y sí. Un muñeco de plástico instalado para disuadir. Y allí entraba y salía el personal, en coche o caminando. Y el muñeco ahí instalado. De plástico. O de caucho. Pero muñeco. La locura. El descojono. Lo increíble. Una samba del despropósito.

Buceo en la prensa local. En las últimas cuarenta y ocho horas no ha habido ningún asesinato en Río. No hay noticia de ningún delito grave. Igual es que los muñecos son más efectivos que los humanos. Sobre todo tienes la garantía de que no se corrompen. Brasil. Brasil. Brasil. Un carnaval del despropósito.

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Todos los proyectos de código abierto de Google, disponibles en una única web

Redacción TO

Foto: Kim Jin-a
AP

“2.000 proyectos y contando”. La relación de Google con el código abierto (es decir, desarrollado y distribuido sin restricciones) es larga y ahora da un nuevo giro. El gigante tecnológico acaba de lanzar Google Open Source, una web en la que están contenidos todos los proyectos de código abierto en los que trabaja la compañía o incluso aquellos que apadrina o impulsa. El objetivo de Google Open Source es doble: por un lado, promocionar el uso y divulgación del código abierto; por otro, promocionar en concreto los softwares de este con los que la compañía tiene relación.

En Google siempre hemos usado el código abierto para innovar“, explica la empresa en un comunicado. “Queremos devolver algo, disfrutamos siendo parte de una comunidad. En ocasiones, lanzamos código para impulsar a la industria hacia adelante o para compartir las mejores prácticas que hemos desarrollado. Pero a veces simplemente es código interesante y divertido“, explica Google. “Comunidad” es precisamente la palabra clave de este tipo de software, pues el código de estos programas se hace público y, a partir de ahí, cualquier usuario puede utilizarlo para modificarlo, expandirlo o mejorarlo.

Todos los proyectos de código abierto de Google, disponibles en una única web 1
EL USUARIO PUEDE CONSULTAR EL CÓDIGO DE ANDROID | FOTO: GOOGLE

A diferencia del software libre, que simplemente es de acceso libre y gratuito, el de código abierto permite al usuario acceder a las tripas del programa. La propia Google lo explica en un comunicado: “El código abierto es más que simplemente código. Se trata de la planificación que ocurre antes de que se escriba cada código, del proceso de cómo ese código lo usan otros, de promover un ambiente receptivo donde pueda crecer una comunidad”.

La web que ahora presenta Google no es un almacén de código, sino algo más parecido a una biblioteca de consulta, con cada proyecto indexado para facilitar su búsqueda. Desde el sistema operativo Android al proyecto de navegador Chromium -la matriz de Chrome-, dos de los mayores éxitos de Google en el campo del código abierto. La página contiene, explica la compañía de Silicon Valley “las cosas que son de esperar: nuestros programas, organizaciones que apoyamos y una lista exhaustiva de proyectos de open source que hemos presentado. Pero también contiene algo inesperado: una mirada a cómo hacemos código abierto”.

El ridículo de Harvard

Jordi Bernal

Foto: Manu Fernandez
AP Photo/Archivo

Conocida y repetida es la sentencia de Tarradellas: “En política se puede hacer de todo menos el ridículo”. No parecen los políticos independentistas actuales muy dados al recuerdo del presidente que reinstauró la Generalitat de Cataluña democrática en los años de la Transición. El ridículo es su modo de actuar. Ridículo Junqueras cuando, sin ruborizarse ni abrocharse la americana por imperativo físico, afirmó que podía parar la economía catalana unos días sin más y más chulo que un pisador ubérrimo de uvas. La cara de los eurodiputados debió de ser inenarrable. No entro ya en el hecho de que Junqueras afirmara en otra ocasión que el torturador Miquel Badia fue un demócrata ejemplar. Como siempre, tratándose de Junqueras, la historia es pura mitomanía falsaria. De meapilas mixtificador, vamos. De programa bien-pagá-y-Soler de TV3.

Luego está el ministro de exteriores (sic) del estalinista Psuc Romeva. El nadador sin pelo ni Cheever que le escriba. El compañero de viaje borderline. Ahí está quejándose de que cazas españoles sobrevuelen cielo catalán. Una vez más, el flipe de los representantes europeos tuvo que ser considerable: un tipo que lloriquea porque las fuerzas armadas de su país realizan ejercicios militares en su espacio aéreo.

Si no fuera suficiente, superando a Nat King Cole 4% Arturo Mas, o sería Luther King, yo ya no sé, aparece en escena haciendo el clown uno de Gerona. Y dice, previo viaje pagado por usted y moi, que los EEUU son muy libres y España una cacicada decimonónica. Les recuerda, con apuntes de bachiller, los fundamentos de la democracia norteamericana. Sí, esa que no admite segregaciones ni deslealtades tejanas ni tonterías de pastelero. Se le olvida apuntar al convergente que, en Cataluña, se utiliza el calificativo “unionista” como estigma. Y que su Frente de Liberación Popular para un referéndum se basa en un pacto con comunistas que quieren acabar con la democracia liberal.

También se le olvida, en Harvard oh yeah y pagado por usted y moi, al pastelero de Gerona recordar que la soberanía de España, al igual que la de Estados Unidos, reside en el conjunto de sus ciudadanos. Valor de ley, si atendemos a la formación cultural puramente yanqui.

No se puede ir por la vida haciendo el ridículo, pastelero. Incluso más acá de la política.

Que pase la siguiente generación

Cristian Campos

Foto: Manu Fernandez
AP Photo
De los asaltantes de la sede del PP en Barcelona sorprende, además de la carencia absoluta de sentido de la melodía con la que cantan, su juventud. Sorpresa relativa, porque cantar bien es difícil y requiere esfuerzo. En cuanto a la juventud, es un indicador estadístico infalible de vejez prematura. Con el tiempo casi todos rejuvenecemos intelectualmente para acabar votando conservador como pimpollos, pero a mayor cercanía a los potitos Nutribén mayor simpatía ontológica por Iglesias, Colau, Maduro, Castro, los nacionalismos, el socialismo y demás rebañaduras ideológicas de lo más vetusto del siglo XX.
El caso es que hacía al menos cincuenta o sesenta años que no gozábamos de una generación perdida como la de aquellos que ahora rondan la veintena. Si políticamente son una generación banal, hipersensible y victimista, unas plañideras de mesa camilla y vaso de Cola Cao, culturalmente son intrascendentes.
Los cabezas de cartel de sus festivales de música rondan la edad de jubilación. El trap, probablemente el culmen de su malotismo, le sonaría beato a cualquier cantante folk de los años sesenta, no digamos ya a los Ice-T y NWA de los años ochenta. No compran libros y cuando lo hacen resultan ser los de Marwan, Rayden y Defreds, lo más cerca que la poesía estará jamás de las tazas motivacionales de Mr. Wonderful. Cinematográficamente no se les conoce una sola idea original, un solo director a seguir, un solo ramalazo de talento que invite a pensar que quizá, ojalá, si acaso, tal vez, haya por ahí algo que rascar. Sólo Chazelle y Dolan se salvan de la quema, y sólo el segundo de ellos es lo que podría denominarse un director “generacional”. Sus youtubers son, en el mejor de los casos, interesantes como fenómeno antropológico y poco más.
Su moda es intrascendente y no surge espontáneamente de la calle o de tendencias políticas,  intelectuales, musicales o literarias sino de los intereses comerciales de la marca de moda de turno. Su egocentrismo y su narcisismo los convierten en desesperados attention whores cuya autoestima depende del número de me gusta que reciba su última foto en las redes sociales. Su uso de la tecnología es alienante, gregario e impersonal. Sus aplicaciones de ligoteo, un mercado de carne que convierte en vanguardistas a los autobuses cargados de mujeres solteras que de vez en cuando llegaban a tal o cual villorrio solitario de la España profunda con gran alharaca de los labriegos locales, de la prensa regional y de Televisión Española. Un chollo para los departamentos de marketing de la multinacional de turno, que los prefiere acríticos, uniformados y apelotonaditos.
Sus principales reivindicaciones en el terreno educativo se basan en peregrinas teorías pedagógicas que ya sonaban pánfilamente caducas en 1970. Eso cuando no se limitan a demandar menos exámenes y exigencia con una visión de la realidad que convierte a los defensores de la ley del mínimo esfuerzo y de la teoría de la ciencia infusa en severos calvinistas. Ideológicamente son pasto fácil de las políticas de la identidad, probablemente la superstición más individualista, disgregadora y egoísta de todas las que tenemos el privilegio de disfrutar en la actualidad. Su desconocimiento y desprecio de la ciencia es deprimente.
Parecen obsesionados con sus genitales y sus apetencias sexuales, esas que a nadie más que a ellos le importan un soberano pimiento, hasta el punto de convertirlas en rasgos definitorios, esenciales y sustanciales de su persona. Suelen describirlas con decenas de siglas y acrónimos por cuya pureza y ortodoxia discuten entre ellos hasta el delirio.
Cuando dejan de despellejarse entre sí por el dogma de fe de turno, organizan multitudinarias orgías de pensamiento gregario en las redes sociales. Los medios los llaman “linchamientos” pero no son más que botellones del miedo y el apocamiento, que ellos disimulan amenazando a todo aquel adulto que osa elevar su pensamiento por encima del simplismo del quinceañero medio. Su carencia de herramientas válidas para lidiar con la realidad los convierte en pasto fácil de aprendices de cacique, empresarios del sector de la cultura y populismos varios.
Son grandes devotos de los conceptos del safe space y el apropiacionismo cultural y con eso está todo dicho.
Que pase la siguiente generación, que esta ha salido defectuosa.

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