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Cuba 2017. Un futuro nada claro

Tania Díaz Castro

Al inicio del nuevo año, en un evento de la Asamblea Nacional del Poder Popular de los comunistas cubanos, el delegado e Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, pronunció un discurso donde tocó un tema muy controvertido en la realidad cubana de hoy.

Con motivo del fallecimiento de Fidel Castro, dijo que “nuestro desafío es no convertir en consignas, algarabía, alharaca o jolgorio el pensamiento del líder invicto, sino hacer realidad sus postulados”.

Sin duda, el señor Leal interpretó al fin lo que ocurre en la Cuba de hoy y de ayer, cuando Fidel Castro se hizo con el poder y se mantuvo en él por espacio de más de medio siglo, sin querer saber jamás si el pueblo prefería su modelo político-económico a través de unas elecciones libres.

Leal, haciendo uso de su prestigio bien merecido no sólo como cubano, sino además como buen orador, criticó lo que siempre seguramente tuvo deseos de criticar: que la Revolución sea más  consignas que realidad; consignas que no son otra cosa que órdenes dadas por el que manda a sus partidarios para lograr su apoyo incondicional, a través de demostraciones de algarabía, griterío, alharaca, demostración excesiva de admiración y alegría y jolgorio.

Todo parece indicar que nuestro Historiador citadino ahora prefiere que la isla mayor de las Antillas tenga una dictadura distinta: más seria, más racional, más reposada, más digna y no propia de un gobierno convertido en promotor cultural de espectáculos al aire libre, con escenarios y coreografías programadas en el despacho militar de más ringorrango, para un público espectador que ni siquiera abarca la tercera parte de la población cubana y que asiste a esas “fiestas políticas” tanto por reflejo condicionado como por compromiso o agradecimiento.

Eso hace el gobierno castrista con sus acólitos, desde que Fidel Castro -en silencio tuvo que ser- comenzó a ver que cada día perdía apoyo de las mayorías, ya fuera por aplicaciones de leyes draconianas, represión contra los que piensan distinto, pésima administración por parte de los organismos gubernamentales, por el totalitarismo y sobre todo, porque en el socialismo, comunismo o como se le quiera llamar a su modelo económico, la prosperidad económica era y es una quimera imposible de alcanzar.

Pero, el Historiador de la Ciudad, ¿nunca se percató de que todo aquel andamiaje de la fauna política era pura estrategia que tenía como fin hacer ver lo que no era verdad? Recordemos que muy pronto, en vez de concentraciones de verdaderos fanáticos, como fue muy al principio, comenzaron a colocarse miles de sillas o butacas, cada una con nombre y apellido, para asegurar un público confiable, cercano a la tribuna de los líderes. Y empezó a ser difícil programar concentraciones masivas de forma sincera.

La gran mayoría, al fin se había dado cuenta de que vivíamos una de las dictaduras más sangrientas del Continente, con miles de fusilados, miles de presos políticos durante más de treinta años, miles de cubanos muertos en las guerras secretas de Fidel Castro, miles de jóvenes comidos por los tiburones, en busca de libertad.

Cuba es la misma que a través de leyes improvisadas y locas a partir de 1959, destruyó uno de los mejores comercios de Latinoamérica, surgido gracias a España, cuando la pequeña isla, que no era una colonia cualquiera, se convirtió en el primer productor de café del mundo, en el primer productor de azúcar, de bananos, luego de cobre, de miel de abeja, etc.

Cuba era así, cuando de un solo golpe, perdimos la libertad de prensa y de expresión, cuando fue destruida una de las mejores industrias latinoamericanas con tecnología norteamericana, gracias al libre desarrollo económico que aplicaban los gobiernos democráticos de la República.

Hoy no vemos nada claro nuestro futuro. Las llamadas reformas económicas, las mismas que tuvieron lugar cuando la administración estatal entraba en sus peores crisis, y aceptaba a  los “cuentapropistas” -dueños de pequeños negocios-, más tarde suprimidos y encarcelados por supuestos delitos de enriquecimiento ilícito, no indican otra cosa que no sea el fracaso total y definitivo de un gobierno militar que se mantiene en el poder por las armas y por una exigua minoría de alabarderos, desengañados asalariados, pero “indisciplinados”, como llama el General Raúl Castro a todos por igual.

Como telón de fondo, están las mayorías, desarmadas, indiferentes, cansadas, los trabajadores con sus miserables salarios, los ancianos mal alimentados, los niños obligados a ser como el Che. Entre ellos, miles de opositores pacíficos y cientos de periodistas independientes, que no bailan ni cantan al compás de trompetas y tambores militares.

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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Cataluña y la adolescencia política

Andrea Mármol

Foto: RRSS

Cataluña amaneció el 18 de julio de 2017 repleta carteles a lo largo y ancho del territorio con el rostro de un Francisco Franco joven y el lema: ‘No votes, el 1 de octubre, no a la República’. A primera hora, se atribuía la hazaña a organizaciones de extrema derecha que llamaban a boicotear el referéndum ilegal; poco después se supo que la autoría era de una filial del partido antisistema catalán, la CUP, que buscaba aprovechar la fecha del calendario para lanzar un nítido mensaje que a nadie se le escapa: “Franco no participaría el primero de Octubre. ¿Y tú? ¿Qué harás ese día?”

Los carteles no eran una alegoría al dictador, sino que entrañan un toque de atención a los millones de catalanes que no participarán en la movilización independentista que prepara el gobierno autonómico para el 1-O. Por supuesto, la CUP puede hacer gala sin pagar peaje alguno del reduccionismo que entraña señalar a sus conciudadanos como simpatizantes de la dictadura franquista, del mismo modo que estos días, junto a parte importante de la izquierda española, anda dando carta blanca a las comparaciones entre el régimen autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela y la democracia española.

Y es que de la lógica binaria que algunos pretenden instalar en Cataluña, claro, no hay que culpar en exclusiva a la CUP. Cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se erigen en adalides únicos de la democracia en Cataluña y exigen el apoyo de todos-los-demócrtas-del-mundo (sic), no están dejando a sus adversarios políticos en mejor lugar que los carteles de los antisistema. Es difícil denunciar que alguien hace trampas cuando juegas con varios ases en la manga. Y así, los churumbeles siempre superan al padre político.

Hay, en ese mismo sentido, episodios entrañables en la política catalana más reciente. Recuerdo los altercados en el barrio de Gracia hace algo más de un año: la CUP se negaba a desalojar un local ilegalmente ocupado y protagonizaba un enfrentamiento con la policía autonómica catalana, controlada por el gobierno catalán, que a su vez exigía a los antisistema respeto a la autoridad. Y a la ley. El mismo ejecutivo que ya entonces quería liquidarla. ¿Alguien cree hoy que el PDeCAT o ERC pueden reguir la responsabilidad de que se normalicen los postulados de la CUP?

El desprecio a la ley tiene consecuencias inasumibles para una mayoría de ciudadanos en democracia. Pero no está de más señalar también las causas. Y estas se vislumbran de más nítida manera dentro de la ilusión antisistema: las comparaciones con Franco o con Maduro sólo caben en la mente de alguien que necesita retorcer la realidad para encontrar una excusa que le permita no afrontarla. La realidad es que la ley no hizo mucho más que hacernos libres, lo cual implica que cada desconsuelo y cada insatisfacción y cada caída sólo son hijos de nuestra propia responsabilidad.

Un precio demasiado alto para todo adolescente, más cómodo con alguien a mano a quien culpar de todos sus males y empeñado en renacer en un nuevo mundo revolución mediante cada cinco minutos. En Cataluña muchos que pasaban por adultos han jugado a la adolescencia política: y de aquellos polvos, estos lodos.

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Por los pelos

Guillermo Garabito

El bigote de Dalí ha sido padre. Si logran extraerle algo de ADN de un pelo -más que de un hueso-, el padre en caso afirmativo, digo yo, habrá sido el bigote. Y si resulta negativa la prueba habrá resultado otra fantástica campaña de publicidad para volver a dar actualidad a alguien que nunca la perdió. El ADN de Dalí, en honor a Dalí, habrá de ser un jaleo desoxirribonucleico como el que dibujó Chema Nieto ayer. Como el mismo Salvador. Tanto hablar del bigote, de cuidarlo, de promocionarlo, que el bigote ya cansado pudo haberse independizado del pintor, tener vida propia y engendrar hijos. Ser una simbiosis. Aquel bigote aficionado a las moscas limpias, “como vestidas por Balenciaga”.
En realidad escribir de Dalí hoy o de su bigote es una mera excusa para reclamar la vuelta de “A fondo” a TVE y puestos a exhumar que desentierren y le extraigan una muestra de ADN a Soler Serrano para ver si dejó por ahí algún hijo periodístico con raza que pudiera tomarle el testigo. Aquello era televisión. Y aquello eran entrevistados, todo hay que decirlo. A los que nacimos después de la muerte del genio catalán nos resuena su voz en la cabeza gracias a aquella conversación con Joaquín Soler Serrano. Hoy a Dalí lo entrevistaría Bertín Osborne preguntándole por el jamón más que por el camembert teológico o los huevos fritos. Y Dalí habría contestado como Dalí, con alguna cosa de genio. Pero en la España morbosa del aburrimiento crónico del verano, tanta polémica sobre el extravagante pintor no habrá servido para que nadie se proponga conocer su obra con más detalle o a leer cualquiera de sus libros. Todo queda en el bigote.
Mientras devuelven a Dalí al descanso eterno uno no puede evitar preguntarse sobre qué ocurrirá si resulta que el padre no es Dalí, ni su bigote. Quizá haya que desenterrar también al hermano muerto en 1901 del que heredó el nombre. Puestos a conseguir algo más de vuelo mediático… Porque la “familia me hizo una cosa muy buena y terrible al mismo tiempo. Me llamó con el mismo nombre que al hermano muerto: Salvador.” Y aquello no le encuentro yo el lado bueno, aquello es una putada no exenta de dudoso gusto. La genialidad es una ruta de caminos inescrutables.
Dalí, genio también del marketing. Porque según presumía con esa “humildad” tan suya tenía “cierto instinto profético”. Quién sabe si no será esto su última gran campaña, a falta de barras de pan desmedidas, para volver a darse titulares con sorna.  Al pintor de Figueras todo parecía salirle a partir del bigote, también, quién sabe, una hija pitonisa.

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Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

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