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Francia y Alemania, otra vez

Víctor de la Serna

Despejemos historias apócrifas: No existe ninguna prueba de que el ‘Times’ de Londres haya publicado jamás ese famosísimo titular, “Niebla en el canal de la Mancha. El continente, aislado”. Pero los últimos acontecimientos, con aquella pacata Theresa May reconvertida a defensora entusiasta de la ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea, devuelven su actualidad a la noción de que los británicos se siguen considerando como ciudadanos aparte, instalados en unas islas situadas más o menos en el centro del océano Atlántico, a medio camino entre aquella Nueva Inglaterra que fundaron y con la que mantienen una relación especial, y esas placenteras tierras francesas que tanto les han dado bajo forma de buenos vinos de Burdeos, amables paseatas por la Promenade des Anglais de Niza y veladas locas junto a los Campos Elíseos. Somos muchos los que queremos y admiramos al Reino Unido, pero hacerlo comulgar con la integración europea sigue siendo, como en tiempos de Maggie Thatcher, una aspiración que choca de bruces con la realidad. El centro del Atlántico sigue atrayéndolos como un imán.

Lo que sucede en 2017 es que las emociones y las frustraciones se han impuesto en muchos sitios a la reflexión y la razón, y que la incómoda europeidad de Gran Bretaña ha dejado paso a una ruptura irreflexiva y que nos va a costar mucho a todos… pero sobre todo a los británicos. Y que, en ese ambiente de desconcierto que ha acompañado a Donald Trump y al Brexit, lo que se pasa a temer es que toda Europa, o quizá toda la democracia occidental, acabe a la deriva, y no precisamente en el centro del Atlántico.

Por eso, tras la primera vuelta de las elecciones francesas, no es mal momento para recordar que hace más de 60 años el general que salvó -desde un micrófono en Londres- la dignidad de Francia en 1940 y el ex alcalde de Colonia que había mantenido el tipo ante Hitler se unieron a unos cuantos supervivientes de las locuras europeas del siglo XX y pusieron en marcha un proceso de integración que ha sido mucho más positivo que negativo, pese a sus carencias -en particular, su exceso de tecnocracia y su falta de contenido político asumible por los ciudadanos- hasta la fecha. Y si sale adelante Emmanuel Macron y restablece con la canciller Merkel aquella sólida compenetración entre dos ex enemigos hechos para entenderse, esto puede salvarse. Quizá haya, como observaban con envidia algunos norteamericanos esta semana, más cabeza ahora mismo en Bruselas y en los países que siguen respaldando a la Unión que en un mundo anglosajón crispadísimo.

¿Y España? Debería ser la tercera pata de una sólida unión europea. Pero por ahora, que no nos esperen, por favor. Estamos de juicios.

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Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada

Romhy Cubas

Foto: Ernest Pignon
Ernest Pignon

Antes de ser maldito fue Jean Nicolás Rimbaud a secas, un francés de Charleville-Mézières, que soñaba con ser poeta y cuya facilidad para desahogarse en un ritmo acelerado de palabras y metáforas se sucede desde la adolescencia. El adjetivo de “poeta maldito” se lo colocó otro poeta fascinado por los infortunios de sus colegas. Paul Verlaine publica en 1884 el primer perfil dedicado a Rimbaud –y a otros cinco poetas- en Los poetas malditos de Saftsack ( Les Poètes maudits de Sáftsàck).

Verlaine fue también su más ferviente fanático y defensor. Sus palabras evidencian una adoración que ha continuado durante siglos. “En ninguna parte, en literatura alguna, hemos hallado algo tan tierno y tan bravío a la vez, tan amablemente caricaturesco y cordial, tan bueno como el raudal franco, sonoro, magistral (…)”, escribe en el ensayo de Saftsack.

Pero la fascinación con el joven de “despeinados cabellos color castaño claro y los ojos de un azul pálido inquietante” comenzó muchos antes, cuando con quince años ya publica líneas, rimas y pequeños poemas que lo llevan a codearse con los intelectuales de París.  Todo esto es bibliografía repetida, Rimbaud fue joven y precoz, entre los 15 y 19 años escribió su obra completa, a los 19 abandonó la literatura para viajar por Europa y sentir el “aire marino quemar sus pulmones”. Dejó la pluma que lo hizo inmortal para vivir, sufrir y convertirse en un alquimista de las palabras. A los 20 años buscaba la perfección de la poesía en la lejanía con la misma. Transitó de poeta a traficante de armas, perdió su pierna derecha por un carcinoma y murió en Marsella seis meses después a los 37 años.  

Cartas del vidente, Una temporada en el infierno e Iluminaciones son sus trabajos cumbres y aquellos que le merecieron la admiración y envidia de escritores, músicos, actores y sin fin de generaciones. Pero ese relámpago que cubrió su carrera como poeta adolescente y luego como nómada “alquimista” fue el principio de una adoración casi enfermiza hacia su figura. De una devoción por su técnica, arrogancia y agresividad; por sus versos inundados de precisión e insolencia sin censuras literarias y de humor franco. Desde el escritor William Burroughs hasta el músico Leonard Cohen o la cantante Patti Smith, las odas a Rimbaud rodean los continentes con versos inspirados en su juventud maldita y sus versos precozmente iluminados.

Estas son algunas de las figuras que se aferran al tiempo de Rimbaud para encontrarse en su irreverencia:  

Stéphane Mallarmé: el poeta francés, que compartió espacios temporales con Rimbaud, escribe en una carta sus impresiones hacia el personaje, y atina en su crítica hacia el fanatismo por el “niño demasiado precoz e impetuosamente tocado por el ala literaria que, antes casi de existir, agotó tempestuosas y magistrales fatalidades, sin recurrir a un futuro. (…)

Mallarmé narra cómo el nombre de Rimbaud se mecía en las veladas en Francia entre curiosos y admiradores

“Quién es, el personaje, se pregunta, que por lo menos, con los libros Une Saison en EnferIlluminations y sus Poèmes otrora publicados en conjunto, ejerce sobre los acontecimientos poéticos recientes una influencia tan particular que, hecha esta alusión, por ejemplo, uno se calla, enigmáticamente, y reflexiona, como si mucho silencio, a la vez, y una ensoñación se impusiera o una admiración inconclusa.”

Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada 3
John Ashbery | Imagen vía: The New Republic Giovanni Giovannetti / Courtesy Effigie

John Ashbery: el gran poeta americano del siglo XX, ganador del Premio Pulitzer y del National Book Award, realizó la traducción de una de las obras más emblemáticas de Rimbaud, “Iluminaciones”. A su ritmo cambia algunas palabras e inclusive moderniza sus líneas para crear a un Rimbaud más melódico.

Realeza

“Una hermosa mañana, en el país de gente muy amable, un hombre y una mujer magníficos gritaban en la plaza pública. “¡Amigos míos, quiero que ella sea una reina!” “¡Quiero ser una reina!”. Ella reía y temblaba. Él hablaba a sus amigos de revelación, de pruebas terminadas. Desfallecían el uno junto al otro.
De hecho fueron regentes durante toda una mañana en que los estandartes carmesíes se alzaron sobre las casas, y durante el resto de la tarde, mientras avanzaron hacia los palmares.”

Antonio Nazarro: el escritor y mediador cultural italiano le dedica a Rimbaud un poema de despedida recordando a su vez a poetas y artistas que también se resguardaron  en las palabras del adolescente francés.

He dejado a Rimbaud

“He dejado a Rimbaud en el baño
y el viejo Walt mantiene la ventana abierta
doblada como una flor entre el borde y el marco
la barba de Allen se entrevé bajo la ceniza
de cigarros mahometanos y angélicos
Ezra escondido por las manchas
círculos de tazas en la mesa con pierpaolo
mientras Dylan se oculta entre macetas y la verde leche
me prendo un cigarro solo como siempre”

Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada 2
Retrato de William Burroughs en Londres, 1988 | Imagen vía: The Irish Post

William Burroughs: el escritor estadounidense vuelve a Rimbaud para revivir agonías y líricas intermedias. Al poeta le grita su lugar en el mundo, uno en donde Rimbaud tiene su propia parcela personal.

“Shakespeare y Rimbaud viven en sus palabras. Recorta las líneas de palabras y escuchará sus voces. A menudo, los recortes emergen como mensajes codificados con significado especial para el recortador. ¿Golpes sobre la mesa? Tal vez. Por cierto, se trata de una mejora de las habituales y deplorables actuaciones de poetas contactados a través de un médium. Rimbaud se anuncia, y lo que surge después es una agónica y pésima poesía. Si recortas las palabras de Rimbaud te asegurarás al menos buena poesía, si no una aparición personal”

René Char: otro de los máximos poetas franceses, partícipe de la segunda generación surrealista en Europa, le canta a las decisiones extremistas de Rimbaud,  a su juventud y a su ruptura con el mundo de la poesía para encontrar la perfección de las palabras en el mar.

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud!

“¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Tus dieciocho años refractarios a la amistad, a la malevolencia, a la estupidez de los poetas de París, así como al ronroneo de abeja estéril de tu familia ardenesa un poco loca; hiciste bien en lanzarlos lejos de ti, meterlos bajo la cuchilla de tu guillotina precoz. Tuviste razón de cambiar el boulevard de los holgazanes, el cafetín de los mea-liras, por el infierno de las bestias, el comercio de los astutos y los buenos días de los simples.

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Nosotros somos algunos que creemos, sin pruebas, que la felicidad es posible contigo.”

Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada 1
Ezra Pound | Imagen vía: The Poetry Foundation Archivo de Cameraphoto Epoche/Getty Images

Ezra Pound: el escritor estadounidense asegura que la lectura de Rimbaud es clave para “entender lo que fue inventado después de 1830”. El poeta llega el extremo de afirmar que nada hay después de Rimbaud y su promesa de alquimia:

“Lo que Rimbaud alcanzó por intuición (genio) en algunos poemas, creado a través de (¿tal vez?) una estética consciente —  Por todo lo que sé, estoy armando una estética más o menos sistemática — Y podría tomar ciertos poemas de Rimbaud como ejemplo.
Y lo cierto es que, más allá de algunos métodos de expresión, el desarrollo de la técnica poética desde 1830—hasta mí, se realizó en Francia. Desde Rimbaud, ningún poeta en Francia ha inventado nada fundamental”

Mario Licón Cabrera: el poeta mexicano, Premio Literario Trilce en la categoría de poesía 2015, le dedica una postal a Rimbaud y a las luces y sombres de su poesía que se perciben todavía en la ciudad natal del francés.

Postal para Rimbaud

Ciertamente
Charleville no fue ni será ciudad
para un poeta
…del grandor tuyo.
Ahora que veo tu sombra entre los arcos
de la Place Ducale, tu sombra
reflejada desde la ventana de tu cuarto
sobre la tranquila corriente de La Meuse.
Ahora que veo tu sombra
…tu luminosa sombra
incitando al viaje a tu abrigo y tu valija
ahora entiendo mejor
aquella carta tuya
…del 2 de Noviembre de 1870.

Charleville, Noviembre 1991.

Arthur Rimbaud: el poeta con la maldición más codiciada 4
Retrato de Patti Smith | Imagen vía: IndiePost

Patti Smith: la cantante reconoce su obsesión con Rimbaud desde la adolescencia; sus sueños con el escritor y el confort de un amor imposible que se aprendía de memoria a través de sus poemas. La cantautora, primero periodista y antes de eso poeta, le dedica a la memoria del francés versos que retumban en su usual irreverencia y franqueza.

“Como tú me salvaste

de las manos del tiempo.

Envolviendo mi corazón.

Los poemas encontrados

en el banco de la estación.

Fui obstinada soñando

con la fuga.

Palabras que no

comprendía.

Pero que descifré con sangre

iluminada…adolescencia.

Escribí con tu imagen

encima de mi escritorio.

Jurando que algún día

rastrearía tus pasos”

Rimbaud, el enfant terrible que conoció la adoración y el infierno de los escritores en la adolescencia, sigue merodeando en la memoria de los lectores como un dios superdotado, un ángel arrogante y diestro de versos. Genio o no, la lista de dedicatorias y odas hacia su “filosofía” es extensa. Paul Verlaine lo bautizó como un poeta maldito, y desde entonces los literatos que acuden a la obra de Rimbaud buscan con ansias esos infiernos a los que emigra en sus poemas y composiciones.

“Yo debería tener un infierno para mi cólera, un infierno para mi orgullo, y el infierno de las caricias; un concierto de infiernos”.
Arthur Rimbaud

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Palabras que valen más que mil imágenes

Carlos Mayoral

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

epónimo, ma

adj. cult. Dicho de una persona o de una cosa: Que tiene un nombre con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad, una enfermedad, etc.

El otro día, mientras hojeaba el libro ‘50 fotografías con historia’ que edita Signo Editores (recomendadísimo), me dio por pensar en la extraordinaria habilidad que tienen algunos nombres para permanecer en el recuerdo, anclados en una imagen. Algunos, incluso, traspasan el objetivo para colarse en los diccionarios, quedándose para siempre en el imaginario popular. Son los llamados epónimos, y no descarto que por culpa de este contexto que hoy pisamos heredemos un “rajoyesco”, un “puigdemontar”, o vaya usted a saber. Vivimos en un mundo que cada día tiene más capacidad de asimilar epónimos, sobre todo si el que lo inspira es un personaje que transmita surrealismo, absurdez, locura, irracionalidad, insensatez. Así que, mezclando epónimo y contexto, me dispuse a buscarle título a esta columna. Rápido surgió la primera opción, que rezaba: “Política kafkiana”. Si kafkiano es, según la RAE, “Dicho de una situación: Absurda, angustiosa”, pensé yo que con el epónimo bastaba para definir el escenario. No parecía buena idea: sobraban cerca de cuatrocientas noventa palabras para completar las quinientas que me exige el editor para cobrar debidamente por un texto.

Así que intenté avanzar y, fíjense, que se cruzó por mi horizonte el siguiente encabezamiento: “Escenario dantesco”, pero de nuevo el problema se me presentó en forma de concreción. Sólo hay que echarle un ojo a la definición académica: “Que causa espanto”. Asustado por el poder de la palabra, que por sí sola estaba bastando para resumir el sindiós, decidí elegir cualquier otra, que de epónimos está lleno el mundo. Sin tardar me crucé con una nueva posibilidad en el horizonte: “Realidad maquiavélica”. En este caso, el problema era contrario, el titular se mostraba poco concreto. Dado que “El Príncipe” de Maquiavelo es un tratado para gobernantes canallas, no supe bien a cuál de los actores asignar un papel tan predominante. Fíjense que es todo tan rocambolesco, que siguen sobrando decenas de palabras. Por cierto, también hubiera sido una opción utilizar este adjetivo, “rocambolesco”, que según la Academia etiqueta a todo lo exagerado e inverosímil, palabras rabiosamente actuales, y que nos llega gracias a Rocambole, personaje creado por Ponson du Terrail, aquel novelista francés. Intentando no perderme entre escritores decimonónicos comprendí que, como en cualquier pregunta moderna, la respuesta tenía que estar en los clásicos, Así me topé, debo reconocerlo, con el epígrafe perfecto: “Futuro pírrico”. Muy certero este Pirro, que dejó escrito en el diccionario que pírrica es esa victoria que acaba con más daño para el vencedor que para el vencido. Con esta conclusión tan cruel cubrí el número de palabras exigido por el editor. Una cosa quedaba clara: hay palabras e imágenes que valen más que mil columnas.

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Llegó el 155

Melchor Miralles

Foto: Francisco Seco
Reuters

Era inevitable. Ya llegó el 155. Puigdemont y los suyos estarán celebrándolo. Han puesto todo de su parte. Ahora veremos lo que sucede. Es un artículo de la Constitución, como tantos otros, sin desarrollar, y dependerá de la resistencia que apliquen las autoridades, o sea, la Generalitat, que genere incidentes o no. Si cada uno cumple con sus obligaciones no sucederá nada más que seguirá aplicándose cada día la legislación que se han dado los catalanes.

Hay más de uno y de dos entre los independentistas que quiere jaleo, resistencia, más palos, fotos de altercados para ocupar escaparate en la prensa internacional y nacional. El papel de los Mossos d’Esquadra, de los mandos, va a ser esencial.

El Gobierno no tenía otra alternativa. Incluso es probable que haya puesto en marcha la maquinaria con retraso. El 155 no suspende la autonomía catalana, es un artículo que pretende que se cumpla la legalidad vigente. No es un Estado de sitio, excepción o guerra, como algunos quieren hacer ver. Lo que se pretende con su aplicación es que aquellas autoridades autonómicas que no están cumpliendo con sus obligaciones sí lo hagan, es, en definitiva, restablecer la normalidad democrática y garantizar que se respetan las leyes.

Si la Generalitat no desobedece, como viene siendo habitual desde hace tiempo, no pasará nada más en Cataluña que los ciudadanos tendrán garantías de que se cumplen la Constitución y el Estatuto en su territorio. Así de difícil y así de complicado, a la vez. El 155 que ya ha llegado.

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La fe política

Gregorio Luri

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters

Cuando la fe religiosa impregnaba el ambiente, depositábamos pocas esperanzas en la política. Teníamos por evidente que las cosas humanas son sui generis y que el futuro siempre llega con sorpresas. Así que confiábamos en el más allá para culminar la aspiración a la perfección que de vez en cuando nos tienta.

La fe política fue creciendo a expensas de la fe religiosa. La fe, cuando parece ausente, es que se ha ido a vivir a otro sitio, a las ideologías supuestamente laicas, por ejemplo. ¿Qué era Marx, sino un predicador que se dirigía al mundo desde un púlpito de creencias? “Esto es así”, clamaba. Pero cuando alguien de otra fe acudía a ver lo que es así, se encontraba con una jaculatoria.

Con el triunfo de la fe política se impuso la convicción de que para todo problema político hay en algún lugar una solución. Por eso el político que elevamos al poder es el que nos ofrece de manera verosímil las soluciones que no sabe que no tiene y lo bajamos en cuanto intuimos que ha descubierto que en las cuestiones políticas –digan lo que digan los profetas a posteriori- nunca sabemos muy bien ni cómo hemos ido a parar en un atolladero ni, cómo, en el caso en que lo consigamos, hemos logrado salir de él. Sabemos cómo hacerlo mal, pero no sabemos garantizar que nuestras buenas intenciones garanticen buenos resultados.

Para desesperación de los que asistían con una vela encendida al entierro de la historia, el predicador político sigue vivo y coleando. Esto del fin de la historia, dicho sea de paso, era la fe en que las categorías políticas ya no tenían nada que ver con las teológicas, pero estamos asistiendo a la entrega de la credibilidad colectiva a políticos que nos aseguran que están en condiciones de conseguir que todo lo que nos va mal nos vaya no ya bien, sino estupendamente y que, además, se muestran dispuestos a cualquier sacrificio por nuestro bien (¿no es esto, exactamente, el populismo?).

La fe, lejos de ser una muleta en la conciencia de los débiles, es la confianza ciega que los fuertes depositan en lo que admiran, sin darse cuenta de que lo admiran porque lo ilumina su fe. La fe precede al ver. De hecho, eso que vemos como mundo no es sino lo que nuestros dioses nos entregan a cambio de la fe que depositamos como ofrenda en sus altares.

Hoy por hoy, a los que vivimos en Cataluña nos separa el mundo que vemos: nos separan los hechos, lo obvio, las evidencias, las perogrulladas. Nos separa, radicalmente, nuestra manera de pensar sintiendo.

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