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10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar

Rohmy Cubas

Foto: Maryl Martin
Vintage Postcard

El agua se puede convertir en una especie de culto para el ser humano. Quienes crecieron con el mar a centímetros de su ventana y la arena a pocos pasos de sus pies lo comprenderán. Hay un apego casi hereditario que defiende el aroma a salitre aun cuando toca existir a kilómetros y hasta a países de distancia en algún momento de los años.

Por otro lado, las vacaciones y los fines de semana también están hechas de mar, sobre todo cuando este no se puede ver en el horizonte más próximo. En ese caso la playa se añora como una tregua con la rutina, como una buena noticia que solo se puede oír al ritmo de las olas. Pero independientemente del nivel de natividad que asumas la playa tiene la cualidad de transmitir tranquilidad y paz; no importa que el sol no brille como en el Caribe, la vibra de la costa bordea como una esfera todo lo que se halle próximo al océano.

Tal vez por eso es difícil que el mar sea ignorado en casi todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, cuando se trata de escribir y contar historias hasta un párrafo azul y salado tiene ese efecto sabio y sereno que marca la diferencia.  Con el verano en pleno auge, estos son diez libros en donde hasta los personajes son más entrañables gracias al recuerdo del mar.      

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar
Cubierta de El señor de las moscas de William Golding | Imagen vía: Amazon

El señor de las moscas de William Golding

Clásico pero imprescindible, William Golding no solo se adelantó varias décadas a J.J. Abraham y Damien Lindelof en Lost sino que escribió una de las novelas más estudiadas y leídas del siglo XX.  

Un avión se estrella en una isla desierta con una clase entera de niños de entre cinco y doce años. Ningún adulto sobrevive y de pronto una vida sin normas ni regaños parece el paraíso. Pero ningún hombre es una isla y las sociedades son inevitables, esta mini-tribu se las arregla para sobrevivir aplicando a su lógica lo poco que saben de la vida y, como en todas las sociedades, no pasa mucho tiempo antes de que las naturalezas individuales se enfrenten en una realidad difícil de asumir a los diez años.

La isla del Señor de las moscas es hermosa y emocionante, el mar es ese lugar seguro a la orilla de la playa. Sin embargo, a pesar de que se intenta instaurar una democracia con una caracola de por medio, los niños de esta historia se ven obligados a hacer cosas inconcebibles a su edad. Estos doce capítulos sobre la pérdida de la inocencia y las caras de la civilización han demostrado ser incluso más efectivos que una clase de sociología.

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Cubierta de El viejo y el mar de Ernest Hemingway | Imagen vía: Amazon

El viejo y el mar de Ernest Hemingway

En un pueblo costero de Cuba un hombre llamado Santiago lleva 84 días en su lancha sin pescar absolutamente nada. Una mañana un pez espada se enreda en su anzuelo pero su tamaño es tal que durante tres días y dos noches el viejo lucha con el animal casi hasta la muerte.

El viejo y el mar es uno de los textos más notables de Hemingway. Es sencillo y tajante y se lee sin presión en una sola mañana. Con esa sencillez Hemingway reflexiona sobre los triunfos y las pérdidas personales, sobre la soledad y la relación del hombre con la naturaleza en una historia que apela a la moraleja de los clásicos de época.

“Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y éstos tenían el color mismo del mar…” Ernest Hemingway

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Cubierta de la versión original The Beach de Alex Garland | Imagen vía: Amazon

La playa de Alex Garland

De nuevo las playas no son lo que parecen, y en La Playa un mochilero inglés persigue una playa clandestina en Tailandia a donde pocas personas saben llegar y de donde la mayoría no vuelve.

Libre de turistas y de la sociedad en general, la playa se muestra como una aventura de escape para los mochileros del mundo, un hermoso paraíso de aguas cristalinas en donde se vacaciona todo el año. Pero las historias tienen dos caras y al encontrar la anhelada playa el mochilero también se tropieza con una tribu establecida entre reglas engañosas y secretos alarmantes.

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Cubierta de los peces no cierran los ojos de Erri de Luca | Imagen vía: Seix Barral

Los peces no cierran los ojos de Erri de Luca

El italiano Erri de Luca escribe esta hermosa historia sobre la niñez y el paso hacia la adultez en poco más de cien páginas sostenidas con frases que se quedan en la memoria más tiempo de lo previsto.  

El verano es uno del pasado. Un hombre recuerda sus vacaciones en un pueblo costero de Nápoles a los diez años, un verano en donde se enamora por primera vez y se debate con su cuerpo en desarrollo entre las ganas de pasear como un niño y querer como un adulto. La playa de Los peces no cierran los ojos es la de las primeras veces y las cosquillas de mar entre los dedos de los pies, o como relata el libro: En el mar no es como en el colegio, no hay profesores que valgan. Está el mar y estás tú. Y el mar no enseña nada, el mar hace, y a su manera”.

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Cubierta de Piedra de mar de Francisco Massiani | Imagen vía: Sorboletras

Piedra de mar de Francisco Massiani

Es una de las novelas más representativas de Venezuela,  un cuasi monólogo en donde Massiani narra la nostalgia de la adolescencia en una Caracas que ya no existe. Testamento de juventud que cuenta la diatriba existencial de Corcho mientras este detalla sus amistades, amores frustrados y la aprensión que le produce el futuro. La facilidad de introspección del personaje y el lenguaje intencionalmente inconsecuente crean un vínculo casi ineludible con la novela.  

“Estoy en la playa. He vuelto al mar”, escribe el protagonista. En Piedra de mar es entre la playa y la ciudad en donde los veinte años se diluyen con confesiones en la arena.  

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Cubierta de La isla del tesoro de Robert Stevenson | Imagen vía: Casa del Libro

La isla del tesoro de Robert Stevenson

La novela de aventuras ha recorrido un largo camino, Stevenson fue uno de los primeros junto a Jules Verme en popularizar el género. En la isla del tesoro Jim Hawkins roba un mapa que conduce a una fortuna escondida, el viaje se convierte en una aventura cargada de piratas y peligros marinos que el chico deberá enfrentar para encontrar la ansiada recompensa.

Como Hemingway, Stevenson apela a las moralejas de los viejos clásicos en donde la estructura es simple pero efectiva. Adaptada incontables veces al cine, la televisión y el teatro La isla del tesoro es un referente obligado de la literatura de aventuras.

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Cubierta de La vida de Pi de Yann Martel | Imagen vía: Amazon

La vida de Pi de Yann Martel

Antes de Ang Lee vino Yann Martel. O antes de la película vino el libro.  

Una familia amante de los animales y dueña de un zoológico emigra en barco a Canadá en busca de una vida diferente. Cuando su embarcación naufraga el hijo mayor Pi descubre que junto a un orangután, una hiena, una cebra y un tigre bengala, él es el único sobreviviente.  

La travesía es inmensa y azul como el mar, Pi aprende a sobrevivir con un pequeño bote y un tigre de acompañante entre tormentas y un sol inclemente, entre ballenas azules y tiburones, entre pedacitos de alegría en medio de la pérdida.

La vida de Pi es una historia de introspección que examina la resistencia del ser humano en todas sus aristas: la mente, el cuerpo y el alma.   

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar 8
Cubierta de Al faro de Virginia Woolf | Imagen vía: Lumen

Al faro de Virginia Woolf

Virginia Woolf fue conocida por la prosa y recursos literarios intrincados que utilizaba en sus novelas, y esta no es la excepción. Al faro se posicionó en la cumbre de la novela modernista que popularizaron escritores como James Joyce.

La historia es la de la familia Ramsay y la transición de sus relaciones en una casa de verano de Escocia en los años 20. La novela es un salto temporal y espacial entre la familia, el faro de la isla y en cierta medida la guerra.

El mar de Woolf es nostálgico y distante. El libro explora la infancia, las relaciones adultas y familiares, el papel de la mujer, su transformación en la sociedad y toda una serie de subjetividades que crean una especie de diario; pensamientos y observaciones que se guían por la anticipación que provoca en la familia la visita al faro.

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Cubierta de El mar de John Banville | Imagen vía: Anagrama

El mar de  John Banville

El mar es una ficción en la costa de Irlanda en donde un hombre regresa al agua para refugiarse del presente. Max Morden retorna al pueblo de verano de su infancia tras perder a su esposa gracias a un cáncer. Su huída se vuelve una evocación del pasado cuando este se refugia en el verano en el que conoció a la familia Grace y sus peculiares integrantes.  

La historia evoluciona en un misterio en el que las lagunas de la memoria de Max se aclaran para recordar lo que realmente sucedió ese verano. Su catarsis viene con el mar y el verano.  

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Cubierta de El mar de Iris Murdoch | Imagen vía: De Bolsillo

El mar de Iris Murdoch

Iris Murdoch escribe sobre un dramaturgo retirado que se muda de Londres a una casa en la costa. Cuando este descubre que un amor del pasado vive en el mismo pueblo con otro hombre la crónica se vuelve el relato de un hombre obsesivo que se excusa en la idealización del amor para contener sus ansiedades.

El mar es la excusa de la escritora para reflexionar sobre las vidas pasadas y futuras en una prosa filosófica y humorística que le valió su novela más celebrada.

Diez libros y diez costas para nadar en historias.

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Continua leyendo: Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Beatriz García

Foto: Gunther Von Hagens
Gunther Von Hagens

Dice la asirióloga e historiadora Érica Couto-Ferreira que “somos porque nuestros cuerpos existen” y aunque el suyo se refleje, como es natural, en la superficie de los espejos, los evita desde niña porque los asocia a presencias sobrenaturales que se mueven a través de ellos. También le recuerdan a la muerte, esa muerte material, de la carne, que le provoca tanta fascinación como miedo. Conocida por los amantes del género por el podcast literario ‘Todo tranquilo en Dunwich’, que conduce junto a José Luis Forteza, esta gallega que vive en Italia, país en el que cada iglesia hay criptas con osarios, reliquias de santos y cuerpos incorruptos expuestos en vitrinas, ha cambiado las ruinas y los ritos de civilizaciones antiguas por los teatros anatómicos del siglo XIX, las sociedades de petrificadores, los cuerpos convertidos en arte y la obsesión por parecer eternamente dormidos, inmortales, en un libro que desentierra uno de los mayores tabúes de nuestra sociedad: la muerte física y la forma en que nos acercamos a ella.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 5
Érica Couto-Ferreira. Foto via Érica Couto-Ferreira.

El libro ‘Cuerpos. Las otras vidas del cadáver’ (Ed. Gasmask, 2017) es tanto una reflexión sobre el buen y mal morir como un viaje histórico, inquietante y, si se me permite, bastante divertido hacia los mil y un usos del cadáver como objeto político, médico, técnico, artístico y como depositario de la memoria familiar. Un retablo de anécdotas y referencias literarias sobre diarios de verdugos, difuntos convertidos en arte, danzas macabras, vampirismos y aquellos científicos y artistas que creyeron que muertos somos más longevos que vivos.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 3
Lección de Anatomía, de Rembrandt

A mí la idea de morirme me aterroriza, pero me gusta pasear por los cementerios. Raro, ¿no?

Es que la muerte que queremos ver es una muerte exótica, estética, hermosa, o  bien marcada por la normalidad, como la muerte que sucede de forma violenta, por guerras, terrorismo… Pero el fallecimiento cotidiano por vejez o enfermedad es lo que nos espanta, porque está en nuestro día a día y nos recuerda que nosotros también vamos a morir. Lo que nos atrae es el carácter morboso de la muerte ficticia, la artística, la que no vamos a vivir.

Pienso en las catacumbas de Palermo o en las obras de Fragonard que aparecen en el libro y ya no sé si el arte imita a la vida o la muerte al arte.

Y además muchas de estas obras evocan belleza e incorruptibilidad, y eso no es realmente la muerte, que es putrefacción y decadencia. Y en parte está ligado a que hasta época muy reciente la ciencia y el arte no estaban separados. Por ejemplo, los médicos del siglo XIX y principios del XX estudiaban lenguas clásicas, poesía y arte, y estaban en contacto con grupos intelectuales y literarios, lo que les permitía conjugar más elementos en sus investigaciones y preparados. Y considero que eso lo hemos perdido con la especialización que existe hoy en día.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 2
El jinete del anatomista Honoré Fragonard

Pero no siempre hubo esa obsesión por embellecer e inmortalizar la muerte…

No, en época medieval encontramos manuscritos iluminados y detalles de iconografía arquitectónica que muestran la muerte real, que es el esqueleto que baila. Al inicio de la edad moderna todavía está muy presente y, poco a poco, se abandonan esos motivos y vamos hacia la idea del muerto vivo, del muerto incorruptible, del muerto dormido.

Cuentas en el libro que algunas familias del siglo XIX tenían las costumbre de exhibir el cadáver de sus difuntos en el salón de casa. Pienso en Martin van Butchell, el excéntrico dentista londinense que embalsamó a su mujer y la colocó en su consulta…

Sí, Butchell tenía fama muy merecida de excéntrico, pero cuando se casó por segunda vez a la nueva esposa no le gustaba la idea de que tuviera expuesto el cadáver de la primera y lo donó al Hunterian Museum de Londres. En cuanto a lo que comentas de los muertos en los hogares, imagino que no habrían muchas familias que pudiesen acceder a ese tratamiento, pero nos habla de una sociedad con menores restricciones legales y sociales a ese respecto. Hoy en día un comportamiento así sería imposible, pero en el siglo XIX todavía podías mantener cerca a los propios difuntos de manera literal.

“El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo”

Igualmente, hay comportamientos muy similares hoy en día aunque las formas hayan cambiado. Creo que hay empresas en Japón que fabrican reproducciones exactas de tus hijos muertos y hace unos meses también una compañía proponía realizar vinilos utilizando cenizas del muerto y con la posibilidad de escuchar su voz grabada. No creo que estemos volviendo al pasado, pero tenemos la misma necesidad de lidiar con la muerte y el duelo.

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano” 4
Las catacumbas de Palermo

¿Estamos perdiendo el pudor a la muerte?

A mí me gustaría pensar que sí, pero tengo mis dudas. Creo que este tipo de encargos que predomina es ficticio, solamente estético, como ir un paso más allá de lo que es la tanatomorfosis y la aniquilación del cuerpo. Me refiero a saltarse esa fase entre la agonía y el después, porque igualmente uno no quiere ver la parte más terrible del cuerpo que se deshacen. Es otro mirar a un lado, o más allá del cadáver.

¿Y eso de que la muerte nos iguala a ricos y pobres?

Nadie puede escapar a la muerte  y eso es cierto, pero no nos iguala. No es lo mismo morir apedreado porque el gobierno de tu país así ha decidido hacer justicia o morir como el gran dictador que nunca ha pagado por sus crímenes y al que realizan un funeral de estado que dura una semana.

“Siento una fascinación ilimitada por la muerte y los cadáveres, pero también me provocan miedo y rechazo”

Por no hablar de quienes antaño aspiraban a vivir eternamente pero no por propia voluntad, como los criminales a los que se les imponían destinos aborrecibles. El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo de lo que no debía hacerse.

Así que un cadáver es también un instrumento político…

Lo vemos diariamente, con estas grandes tumbas de generales, dictadores y cabecillas varios que siguen ahí. El mismo Lenin, que quería ser enterrado, sigue en su tumba convertida casi en icono del capitalismo.

Y luego está la venganza en vida y, sobre todo, más allá de ella.

Arqueológicamente se han encontrado muchos ejemplos en distintos periodos cronológicos y áreas de sepulturas que presentan un cadáver enterrado de una manera anormal, que no era consuetudinaria en la cultura o contexto en que ese cadáver se inscribe. En muchos casos era una manera de neutralizar el cadáver o de castigarlo más allá de la muerte, indicando su pertenencia a un credo herético o etnia repudiada… No estamos libres de eso ni cuando nos morimos.

¿Qué te parece que se expongan cuerpos en los museos?

Crea debate y te obliga a pensar y confrontar con otras personas que no piensan como tú. Yo siento una fascinación morbosa por determinadas colecciones, cuando visité el Hunterian estaba emocionadisima, pero al cabo de media hora tuve que salir porque me estaba mareando y tenía náuseas. Eso explica muy bien mi relación con la muerte y los cadáveres, por una parte siento una fascinación ilimitada, pero también una cierta reacción de miedo o rechazo.

Hablas del oficio de verdugo y de las memorias que escribían. Eran peor vistos que el cobrador del frac.

Sí, pero socialmente se estimaba necesario y se ganaban bien la vida, aunque les estuviera vetado el acceso a ciertos espacios públicos y se casasen entre familias de verdugos por su estigma social.

Ya no existen verdugos ni petrificadores pero, ¿se sigue embalsamando gente?

Creo que el Papa Juan Pablo tuvo una embalsamado no permanente para que durase varias semanas incorrupto y poder organizar los funerales de estado, pero ni siquiera hoy duran mucho tiempo. Fue parte de un período de investigación científica y no cuajó por el coste y porque no se consiguió perfeccionar. Aunque es cierto que en países como Estados Unidos hay más tradición, ya que durante la Guerra Civil se embalsamaron muchos cadáveres de soldados para ser devueltos a las familias. En Europa somos más de inhumar o cremar, pero todavía podemos copiar a los norteamericanos…

Como buena gallega, quizás hayas visto algún rito de muerte en los pueblos. He oído que en algunos se siguen haciendo fotografías post mortem.

De fotografía postmortem no sé nada, pero existe todavía una serie de ritos ligados a la muerte o al servicio de ser salvado de la muerte, como las procesiones de las mortajas. Cuando una persona está al borde de la muerte puede hacer un voto con determinado santo y si es salvada su cuerpo es transportado en ataúd, fingiendo que ha muerto, hasta la capilla en la que hizo ese voto. Con los exvotos pasa algo parecido, lo que entregas simboliza tu cuerpo viejo o enfermo, tu vida anterior. Cuando tenía 4 años caí muy enferma y mi familia hizo un voto, cuando me recuperé me llevaron al santuario cubierta con un tul que luego depositaron en el altar y que simbolizaba el cuerpo, el viejo cuerpo enfermo. Quizás sean prácticas menos vigentes ahora, pero se juega mucho con la idea de muerte y de nueva vida.

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Post-turismo, pre-estupidez

Teodoro León Gross

Foto: Costas Baltas
Reuters

Estos días de verano, ya en plena canícula, se está elevando el post-turismo a los altares de las tendencias. Según cuentan, consiste en hacer viajes sin el estrés de cumplir un programa implacable para completar todo-lo-que-hay-que-ver, y por supuesto fotografiarlo, sino viajar para disfrutar de la experiencia, ya sea sentarse en una terraza a probar un vino de la tierra o asistir a un espectáculo. Bien, sí, ¿pero esto es nuevo? Está bien que vaya cundiendo el gusto de viajar no por consumismo sino por placer, pero es algo tan viejo como el mundo. Ya lo predicaba Ibn Battuta. Suele suceder que descubrir nuevas tendencias sólo sea una coartada para inventar nuevas etiquetas.

Más que nunca se percibe la ansiedad por inaugurar ciclos de la historia, con un adanismo algo pueril. Desde los grandes rótulos –de la post-modernidad al post-humanismo de Sloterdijk, del post-capitalismo a la post-democracia formulada por Colin Crouch– hasta las naderías trending, como la moda post-apocalíptica o la música post-metal. La reinvención del capitalismo o la democracia es un fetiche retórico; y sobre la entidad de lo post-humano basta leer a Rosi Braidotti, autora de un ensayo con ese título a partir de “el monismo como ontología política, lo cual implica una visión autoorganizadora, pero sin embargo no naturalista, de la materia viva, porque en nuestro mundo no podemos separar la forma naturaleza de la mediación tecnológica”. Este monismo neospinozista es encantador, por más que la filósofa feminista italoaustraliana es “consciente de la coincidencia esquizoide de diversos efectos sociales diametralmente opuestos”. Después de leerla, quedan dos cosas claras: 1) lo humano sigue vigente; y 2) quizá no en el caso de la autora.

Claro que no sólo se trata de inventar tiempos, sino inventarse como sujetos protagonistas de esos tiempos.  De ahí que sea necesaria también la invención de generaciones. Después de consagrar a los Millennials o Generación Y, sucesores de la Generación X, básicamente quienes tenían menos de 18 ante el nuevo milenio –el milenarismo es propicio para la superchería– ahora se suman los Xennials, para los nacidos entre 1977 y 1983, minigeneración post-analógica pero pre-digital. Apuesten a que no tardarán los post-millennials, pre-generación Z.

Todo este baile de etiquetas no descubre nuevas realidades, claro, sólo nuevas etiquetas. Es la respuesta del marketing a la falta de ideas.Si no hay nada nuevo que decir, al menos que haya nuevos rótulos para tapar el vacío. Se trata de una tómbola inagotable, cuya obra cumbre es la posverdad, como si antes hubiera sido el tiempo de la verdad, último sucedáneo de la mentira. En cualquier caso, preventivamente, la mejor opción ante cada nueva etiqueta post-algo es sospechar que es una pre-estupidez. O sea, simple y llanamente una estupidez.

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Los placeres del libro

Juan Claudio de Ramón

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters

Frente al placer secundario de leerlos, están los verdaderos placeres que proporcionan los libros: el placer de comprarlos, el placer de hojearlos, el placer de encontrarlos –máximo cuando se encuentra un libro que no se buscaba–, el placer de sostenerlos en las manos largo rato, ponderándolos como un melón sin abrir, el placer de comentar sus aciertos y errores, el placer de afirmar, dogmáticamente, que se trata del mejor o del peor libro del autor, el placer de recomendarlos (deber de toda persona de bien: el “tolle, lege” que oyó San Agustín), el placer de leer listas de libros recomendados, el placer de regalarlos (el libro preciso pera la persona precisa, aunque es creencia infundada que sirva para ligar), el placer de dedicarles una concienzuda reseña, el placer de declarar ilegible una obra maestra y el de calzar una mesa con un libro que todos consideran “necesario”, el placer de diseñar un ex libris, el placer –ruinoso– de coleccionarlos, el placer de acariciar un buen papel verjurado, el placer de pasar la mano por un tejuelo dorado o por las guardas de Antolín Palomino, príncipe de encuadernadores, el placer de pasar lentas las páginas de un gran folio, el placer de oler la piel gastada de una cubierta en tafilete, el placer de pasarse horas meditando el mejor método para ordenarlos en la biblioteca, o el placer malicioso de colocar juntos a dos autores que no se soportan (Marías junto a Umbral, por ejemplo). En cuanto a los subrayados y las acotaciones, diría que, más que placer, son manía, pero sin duda es placentero encontrar en un libro viejo los escolios y las glosas garabateadas por un lector perspicaz y más aún si es eminente. No es placer, en cambio, hablar de libros que no se han leído, sino arte; arte de malandrines, porque ninguna persona honrada alardea de erudición que no se posee (el placer, en este caso, es detectar al impostor). Sin embargo, sí es legítimo el placer de afirmar con jactancia que un libro no se ha leído, porque ni falta que hace (y si es una pifia, todos tenemos derecho a fallar en nuestro gusto) y también el placer de tirar un libro (por lo mucho que cuesta y lo mucho que libera), el placer de soñar con haber leído todos los libros (la carne nunca está triste, Mallarmé) y el placer de concebirlos magistralmente en la cabeza, si bien no el trabajo solitario y áspero de ejecutar uno en concreto, pero sí el de haberlo escrito, variante del efímero placer de cumplir con un propósito; el placer –dicen los editores– de editarlos y el placer de traducirlos, cuando el encargo no es tedioso. El placer de poseer un libro prohibido y pasarlo de mano en mano.

Dicen que las cifras de ventas de libros en papel se recuperan. Yo no me preocupo en exceso. Mientras haya hedonismo, habrá libros.

Continua leyendo: ¡Atención veraneantes! La protección solar no es sólo cuestión de humanos

¡Atención veraneantes! La protección solar no es sólo cuestión de humanos

Carola Melguizo

Foto: Lottie
Flickr

Afortunadamente, hoy en día todos somos conscientes de la importancia de la protección solar para los seres humanos. Pero, no somos los únicos que debemos cuidarnos. El sol también es un peligro para los animales. De hecho, una exposición prolongada y sin protección a los rayos UV del sol es igual de perjudicial para un perro que para un ser humano, pudiendo incluso provocar alteraciones cancerígenas en la piel.

La protección solar natural del perro está en el pelo y el color de la piel, lo que hace que la mayoría pueda soportar los rayos solares sin problema. Sin embargo, hay individuos con factores de riesgo como el albinismo, las alergias, etc que deben evitar la exposición solar prolongada y usar protección a base de cremas. Lo mismo ocurre con las razas que son más propensas a sufrir lesiones de piel. En un artículo publicado por Science Daily, Christa Horvath-Ungerböck, dermatóloga de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena asegura que las razas que deben tener más cuidado son: el dogo argentino, el bulldog blanco, el dálmata, el bóxer, el whippet y el beagle.

¡Atención veraneantes! La protección solar no es sólo cuestión de humanos 1
Los perros también pueden sufrir los efectos de las quemaduras solares | Imagen vía Flickr

“Por regla general, los animales deben tener un lugar sombreado para descansar. Especialmente al mediodía, cuando el sol es más fuerte y presenta el mayor riesgo, no sólo para la piel sino para el animal en general.” Apunta Horvath-Ungerböck. Luego, los animales especialmente sensibles requieren protección extra en forma de protector solar en crema, con un SPF de al menos 30. Las medidas de seguridad no aplican sólo en la playa. En el caso de la montaña, por ejemplo, donde los rayos del sol son particularmente agresivos, la especialista recomienda que los perros sensibles utilicen, además del protector solar, una camiseta o un sombrero durante los paseos largos. Sin olvidar, por supuesto, que lo más recomendable es salir a pasear a primera y última hora del día, cuando la temperatura es más fresca.

Los perros que tienen el pelo blanco o muy corto corren un riesgo especial de quemaduras solares ya que los rayos UV penetran hasta la piel. Lo mismo ocurre, obviamente, con los perros sin pelo. Sin embargo, en estos casos, juega un papel especial la pigmentación de la piel, siendo los animales más oscuros los menos vulnerables a los rayos UV. Es importante estar protegidos, sí, pero tampoco se trata de crear alarma. A diferencia de los humanos, no todos los perros necesitan protección extra ante el sol. La Dra. Horvath-Ungerböck aclara: “No todos los perros, o gatos, blancos necesitan protección solar o ropa para protegerse del sol. Pero, si el daño solar ya ha ocurrido o si es un animal altamente sensible, depende de nosotros protegerlo y evitar daños adicionales”. Por eso es importante estar informado y consultar con el veterinario las necesidades de nuestro animal.

¡Atención veraneantes! La protección solar no es sólo cuestión de humanos 2
Las quemaduras solares pueden tener graves consecuencias en los perros | Imagen vía Flickr/Alan Levine

A la hora de comprar el protector solar, por motivos de seguridad, es fundamental elegir un producto especialmente diseñado para perros, sin fragancia, resistente al agua, bloqueador de rayos UVA y UVB y con un factor de protección solar, de ser posible, superior a 15. No se recomienda nunca el uso de cremas para humanos ya que el pH de la piel es diferente y pueden contener ingredientes altamente tóxicos para los perros como el ácido paraaminobenzoico (PABA). En el momento de aplicar la loción, hay que prestar especial atención a las zonas vulnerables como las orejas, la nariz, el hocico, el abdomen y las patas, evitar en todo momento el contacto con los ojos del animal y reaplicar el producto cada tres o cuatro horas, dependiendo de la intensidad del sol y del ritmo de actividad del perro.

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