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10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar

Romhy Cubas

Foto: Maryl Martin
Vintage Postcard

El agua se puede convertir en una especie de culto para el ser humano. Quienes crecieron con el mar a centímetros de su ventana y la arena a pocos pasos de sus pies lo comprenderán. Hay un apego casi hereditario que defiende el aroma a salitre aun cuando toca existir a kilómetros y hasta a países de distancia en algún momento de los años.

Por otro lado, las vacaciones y los fines de semana también están hechas de mar, sobre todo cuando este no se puede ver en el horizonte más próximo. En ese caso la playa se añora como una tregua con la rutina, como una buena noticia que solo se puede oír al ritmo de las olas. Pero independientemente del nivel de natividad que asumas la playa tiene la cualidad de transmitir tranquilidad y paz; no importa que el sol no brille como en el Caribe, la vibra de la costa bordea como una esfera todo lo que se halle próximo al océano.

Tal vez por eso es difícil que el mar sea ignorado en casi todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, cuando se trata de escribir y contar historias hasta un párrafo azul y salado tiene ese efecto sabio y sereno que marca la diferencia.  Con el verano en pleno auge, estos son diez libros en donde hasta los personajes son más entrañables gracias al recuerdo del mar.      

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar
Cubierta de El señor de las moscas de William Golding | Imagen vía: Amazon

El señor de las moscas de William Golding

Clásico pero imprescindible, William Golding no solo se adelantó varias décadas a J.J. Abraham y Damien Lindelof en Lost sino que escribió una de las novelas más estudiadas y leídas del siglo XX.  

Un avión se estrella en una isla desierta con una clase entera de niños de entre cinco y doce años. Ningún adulto sobrevive y de pronto una vida sin normas ni regaños parece el paraíso. Pero ningún hombre es una isla y las sociedades son inevitables, esta mini-tribu se las arregla para sobrevivir aplicando a su lógica lo poco que saben de la vida y, como en todas las sociedades, no pasa mucho tiempo antes de que las naturalezas individuales se enfrenten en una realidad difícil de asumir a los diez años.

La isla del Señor de las moscas es hermosa y emocionante, el mar es ese lugar seguro a la orilla de la playa. Sin embargo, a pesar de que se intenta instaurar una democracia con una caracola de por medio, los niños de esta historia se ven obligados a hacer cosas inconcebibles a su edad. Estos doce capítulos sobre la pérdida de la inocencia y las caras de la civilización han demostrado ser incluso más efectivos que una clase de sociología.

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar 1
Cubierta de El viejo y el mar de Ernest Hemingway | Imagen vía: Amazon

El viejo y el mar de Ernest Hemingway

En un pueblo costero de Cuba un hombre llamado Santiago lleva 84 días en su lancha sin pescar absolutamente nada. Una mañana un pez espada se enreda en su anzuelo pero su tamaño es tal que durante tres días y dos noches el viejo lucha con el animal casi hasta la muerte.

El viejo y el mar es uno de los textos más notables de Hemingway. Es sencillo y tajante y se lee sin presión en una sola mañana. Con esa sencillez Hemingway reflexiona sobre los triunfos y las pérdidas personales, sobre la soledad y la relación del hombre con la naturaleza en una historia que apela a la moraleja de los clásicos de época.

“Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y éstos tenían el color mismo del mar…” Ernest Hemingway

10 libros que ondean con la magia de la playa y el mar 2
Cubierta de la versión original The Beach de Alex Garland | Imagen vía: Amazon

La playa de Alex Garland

De nuevo las playas no son lo que parecen, y en La Playa un mochilero inglés persigue una playa clandestina en Tailandia a donde pocas personas saben llegar y de donde la mayoría no vuelve.

Libre de turistas y de la sociedad en general, la playa se muestra como una aventura de escape para los mochileros del mundo, un hermoso paraíso de aguas cristalinas en donde se vacaciona todo el año. Pero las historias tienen dos caras y al encontrar la anhelada playa el mochilero también se tropieza con una tribu establecida entre reglas engañosas y secretos alarmantes.

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Cubierta de los peces no cierran los ojos de Erri de Luca | Imagen vía: Seix Barral

Los peces no cierran los ojos de Erri de Luca

El italiano Erri de Luca escribe esta hermosa historia sobre la niñez y el paso hacia la adultez en poco más de cien páginas sostenidas con frases que se quedan en la memoria más tiempo de lo previsto.  

El verano es uno del pasado. Un hombre recuerda sus vacaciones en un pueblo costero de Nápoles a los diez años, un verano en donde se enamora por primera vez y se debate con su cuerpo en desarrollo entre las ganas de pasear como un niño y querer como un adulto. La playa de Los peces no cierran los ojos es la de las primeras veces y las cosquillas de mar entre los dedos de los pies, o como relata el libro: En el mar no es como en el colegio, no hay profesores que valgan. Está el mar y estás tú. Y el mar no enseña nada, el mar hace, y a su manera”.

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Cubierta de Piedra de mar de Francisco Massiani | Imagen vía: Sorboletras

Piedra de mar de Francisco Massiani

Es una de las novelas más representativas de Venezuela,  un cuasi monólogo en donde Massiani narra la nostalgia de la adolescencia en una Caracas que ya no existe. Testamento de juventud que cuenta la diatriba existencial de Corcho mientras este detalla sus amistades, amores frustrados y la aprensión que le produce el futuro. La facilidad de introspección del personaje y el lenguaje intencionalmente inconsecuente crean un vínculo casi ineludible con la novela.  

“Estoy en la playa. He vuelto al mar”, escribe el protagonista. En Piedra de mar es entre la playa y la ciudad en donde los veinte años se diluyen con confesiones en la arena.  

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Cubierta de La isla del tesoro de Robert Stevenson | Imagen vía: Casa del Libro

La isla del tesoro de Robert Stevenson

La novela de aventuras ha recorrido un largo camino, Stevenson fue uno de los primeros junto a Jules Verme en popularizar el género. En la isla del tesoro Jim Hawkins roba un mapa que conduce a una fortuna escondida, el viaje se convierte en una aventura cargada de piratas y peligros marinos que el chico deberá enfrentar para encontrar la ansiada recompensa.

Como Hemingway, Stevenson apela a las moralejas de los viejos clásicos en donde la estructura es simple pero efectiva. Adaptada incontables veces al cine, la televisión y el teatro La isla del tesoro es un referente obligado de la literatura de aventuras.

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Cubierta de La vida de Pi de Yann Martel | Imagen vía: Amazon

La vida de Pi de Yann Martel

Antes de Ang Lee vino Yann Martel. O antes de la película vino el libro.  

Una familia amante de los animales y dueña de un zoológico emigra en barco a Canadá en busca de una vida diferente. Cuando su embarcación naufraga el hijo mayor Pi descubre que junto a un orangután, una hiena, una cebra y un tigre bengala, él es el único sobreviviente.  

La travesía es inmensa y azul como el mar, Pi aprende a sobrevivir con un pequeño bote y un tigre de acompañante entre tormentas y un sol inclemente, entre ballenas azules y tiburones, entre pedacitos de alegría en medio de la pérdida.

La vida de Pi es una historia de introspección que examina la resistencia del ser humano en todas sus aristas: la mente, el cuerpo y el alma.   

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Cubierta de Al faro de Virginia Woolf | Imagen vía: Lumen

Al faro de Virginia Woolf

Virginia Woolf fue conocida por la prosa y recursos literarios intrincados que utilizaba en sus novelas, y esta no es la excepción. Al faro se posicionó en la cumbre de la novela modernista que popularizaron escritores como James Joyce.

La historia es la de la familia Ramsay y la transición de sus relaciones en una casa de verano de Escocia en los años 20. La novela es un salto temporal y espacial entre la familia, el faro de la isla y en cierta medida la guerra.

El mar de Woolf es nostálgico y distante. El libro explora la infancia, las relaciones adultas y familiares, el papel de la mujer, su transformación en la sociedad y toda una serie de subjetividades que crean una especie de diario; pensamientos y observaciones que se guían por la anticipación que provoca en la familia la visita al faro.

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Cubierta de El mar de John Banville | Imagen vía: Anagrama

El mar de  John Banville

El mar es una ficción en la costa de Irlanda en donde un hombre regresa al agua para refugiarse del presente. Max Morden retorna al pueblo de verano de su infancia tras perder a su esposa gracias a un cáncer. Su huída se vuelve una evocación del pasado cuando este se refugia en el verano en el que conoció a la familia Grace y sus peculiares integrantes.  

La historia evoluciona en un misterio en el que las lagunas de la memoria de Max se aclaran para recordar lo que realmente sucedió ese verano. Su catarsis viene con el mar y el verano.  

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Cubierta de El mar de Iris Murdoch | Imagen vía: De Bolsillo

El mar de Iris Murdoch

Iris Murdoch escribe sobre un dramaturgo retirado que se muda de Londres a una casa en la costa. Cuando este descubre que un amor del pasado vive en el mismo pueblo con otro hombre la crónica se vuelve el relato de un hombre obsesivo que se excusa en la idealización del amor para contener sus ansiedades.

El mar es la excusa de la escritora para reflexionar sobre las vidas pasadas y futuras en una prosa filosófica y humorística que le valió su novela más celebrada.

Diez libros y diez costas para nadar en historias.

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Continúa leyendo: La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago

La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago

Romhy Cubas

Reflexionar en pasado, presente y futuro tiene un eco de responsabilidad innegable en la literatura. La ficción es solo otra forma de contar la realidad, sobre todo cuando esta se tambalea en su propia deshumanización. Uno de los escritores que en vida siempre insistió en presentar esta crítica en formato de ensayos ficticios e utópicos fue José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998 y autor de novelas como El Evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995), Todos los nombres (1997), La caverna (2000), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004) y El viaje del elefante (2009).

El escritor portugués se afincó en la imaginación y las ironías de esa ficción tan parecida a la realidad para crear ensayos literarios con un mensaje universal que advierte contra los status quo y la contradicción del poder político.

Recordar a Saramago es entender que entre la lucidez y la ceguera hay una línea tan delicada como los fracasos políticos y sociales que cada día se afincan más en el periódico de las mañanas.

Las hipótesis de Saramago son más que conjeturas. Cuando creó aquél país en el cual más del 80% del electorado de su capital decidió votar en blanco en los comicios municipales, abrió la grieta para entrever una crisis institucional que en el presente no necesita de votos en blanco para desarrollarse. Ensayos sobre la lucidez es una crítica a la “democracia” y sus instituciones, el cuestionamiento de un sistema mediante el silencio y una papeleta en blanco. Un ensayo que luego de su publicación en el 2004 provocó molestar, sobre todo entre ciertas posiciones políticas, por el hecho de satirizar una democracia mucho más endeble de lo que quisiera aparentar.

La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago 1
Portada de Ensayo sobre la lucidez de José Saramago editado por Alfaguara.

Esa conjetura del voto en blanco no permanece enclaustrada en las páginas de la literatura. En Argentina en las elecciones de 1957 la proscripción y prohibición del peronismo en los comicios electorales por parte de La Revolución Libertadora provocó que desde el exilio Perón utilizara el recurso del voto en blanco como una forma de protesta entre sus acólitos. Más que un recurso fue una exigencia a distancia. Una demanda que tuvo éxito cuando el voto en blanco fue mayoría en las urnas de aquél año con 2.115.861 votantes. Sin embargo, en este escenario el voto en blanco seguía siendo un voto para un representante, y en Ensayo sobre la lucidez Saramago plantea una población totalmente insatisfecha con todos los nombres y partidos políticos; personas de todas las edades, ideologías y condiciones sociales se manifiestan contra la política como un género.

En la realidad, los votos en blanco son considerados por la ley de muchos países como votos válidos que se tienen en cuenta en la primera fase del escrutinio, cuando se procede a la barrera del 3% de los votos en cada circunscripción.

“Mal tiempo para votar” apunta Saramago en este ensayo que hace demasiados guiños al presente y sus disyuntivas. Uno en donde el voto ha perdido esa fuerza democrática por la que se libraron batallas. En la historia del Nobel los votos válidos no llegan al 25% del escrutinio, los políticos inquietos intentan hallarse en el resultado inesperado, el gesto capaz de mover montañas para evitar conjeturas internacionales y desastres nacionales. Los miembros del Gobierno implantan entonces un estado de sitio para protegerse a sí mismos, la máquina política se pone en marcha y entran factores tan desafortunadamente comunes como la corrupción, la manipulación de los medios de comunicación, las falsas promesas y los discursos de intimidación.

Esta opción del voto en blanco no fue respaldada por el escritor en la vida real, sin embargo Saramago siempre dejó clara su posición ante la historia y sus contadores. “La historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores, los vencidos nunca han escrito la historia. Y se escribe, fatalmente, desde un punto de vista masculino”.

Una ceguera anunciada

La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago 2
Adaptación cinematográfica de “Ensayo sobre la ceguera” dirigida por Fernando Meirelles en el 2008.

Luego está el Ensayo sobre la ceguera, o antes, si se considera que la novela fue publicada una década previa al Ensayo sobre la lucidez, en 1995, y que es de hecho la precuela de un mismo país propenso a las pandemias sociales.

“Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran”, escribe Saramago en este ensayo en donde utiliza la deshumanización y el egoísmo de una especie que intenta sobrevivir a una ceguera que traspasa los límites físicos y se establece como una epidemia moral. Sus personajes experimentan la falta de luz desde un semáforo, un cine, una caminata por el parque. Entonces la capacidad para ver se vuelve una parábola que se deshace en la naturaleza humana. “Lo que quería era no tener que abrir los ojos”.

La incertidumbre de la civilización y la inestabilidad de  sus acciones se asemejan  a un entorno que se repite como la historia, intentando aprender de sus errores pero sin conseguirlo por completo. Y es que esta ceguera no es una simple ausencia de luz, al contrario es una  “blancura insondable como el sol dentro de la niebla” que se expande cual gripe de invierno.

La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago
Portada de Ensayo sobre la ceguera de José Saramago editado por Alfaguara.

La vigencia de las novelas de Saramago permanece en esa especie de experimentos sociológicos que reflexionan disfrazados de ficción sobre el presente. El voto en blanco como crisis institucional, la sátira crítica de la democracia, la ambivalencia del color blanco como instrumento de ceguera y lucidez. El debate necesario e imperativo a través de una literatura que a propósito, carece de signos de puntuación.

Saramago murió de leucemia en junio del 2010, hace ya un poco más de siete años, pero de sus ensayos quedaron debates e hipótesis vigentes que aunque se expresan entre los extremos de la literatura, es necesario releer para evitar esa ceguera de luz y de lucidez que reincide con una confianza peligrosa en la actualidad.

“Hoy es hoy, mañana será mañana, y es hoy cuando tengo la responsabilidad, no mañana si ya estoy ciega. Responsabilidad de qué. La responsabilidad de tener ojos cuando otros los han perdido” 

Ensayo sobre la ceguera. José Saramago.

  

Continúa leyendo: Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España"

Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España"

Ariana Basciani

Foto: Alejandra López
Penguin Random House

La escritora y guionista argentina, Claudia Piñeiro, pasa por Madrid en medio de la álgida situación política en España. Su libro Las maldiciones (Alfaguara, 2017) no puede estar más acorde con el momento, ya que es un thriller que se adentra en cómo la nueva política ha cambiado la sociedad y sus valores, vanagloriando el pragmatismo y el engaño, perdiendo lo esencial del pensamiento crítico y centrándose solo en el individualismo y la ambición de poder.

Piñeiro dispone de una prosa ágil, con humor, enriquecida con datos históricos –aunque ella misma diga que no podría escribir una novela histórica- y con un estilo fácil, sin caer en simplezas.

Antes de que deje Madrid, rumbo al Hay Festival, en Arequipa, Perú, se tomó unos minutos para hablar de su nueva novela y sobre cómo ha cambiado el pensamiento político tanto en los representantes del gobierno como en nosotros, los votantes.

Aunque en Las viudas de los jueves o Betibú ya tocabas el tema político ¿qué te motivó a centrarte en la política en Las maldiciones?

Normalmente yo arranco de una imagen disparadora. En este caso, no necesariamente tenía que ver con política; era esa escena en la que el líder político está en la playa con su asistente, Fernando Rovira y Román Sabaté. En el momento en que lo pensé, no sabía que pertenecían a un partido político, para mí eran un líder y su aprendiz, un jefe y su empleado; con una relación de poder en la cual el jefe cree que le puede pedir algo personal a su empleado y este tiene que decidir si lo hace o no, incluso contra sus principios. Cuando yo pensé en esta imagen que tenia mucho que ver con la relación del amo y el esclavo de Hegel, me imaginé esa escena en una playa: al chico desorientado, pensando “acepto, porque si no pierdo este trabajo, o no lo acepto”, y me pregunté en qué mundo puede transcurrir esto de una manera más rica y más potente. Y el mundo de la política es un lugar adecuado, porque es un lugar donde están las ambiciones y necesidad de subsistencia de muchos personajes. Allí se iba a dar esta historia mejor. Además, para los argentinos es un mundo de todos los días, vas a la panadería, vas en el colectivo o llegas a tu casa y encuentras un programa que está hablando de política; te da para contar un montón de cosas, interesantes, ricas. Mis otras novelas, como Las viudas de los jueves o Betibú, son políticas en cómo cuentan la sociedad, pero la política no era la protagonista.

Hablas de que la política es un tema común en Argentina, quizás en Latinoamérica y en Estados Unidos desde el mandato de Trump, ¿cómo crees que será acogido este nuevo libro por los lectores españoles?

Los escritores tratamos de escribir historias universales, aunque estemos hablando de la particular de nuestro país. Yo acabo de terminar Patria de Aramburu, que transcurre en el país vasco, y yo lo siento propio así sea un mundo en el cual no vivo. A mi me gusta que me cuenten las cosas que no conozco de ese país, pero hay muchas cosas que cuenta de los conflictos personales que son perfectamente trasladables a Argentina o a Latinoamérica. Eso de que la sociedad se divide porque unos piensan de una manera y otros de otra es fácilmente entendible y como el autor va acompañando los personajes te lleva a sentir empatía permanentemente. Entonces la novela es una novela de conflicto, de personajes con las que cualquier lector de estos países puede identificarse. Después hay otras cuestiones muy particulares de la Argentina, de otros países latinoamericanos o de España. Habrá lectores a quienes les interese cosas así y a otros menos. Siempre en un libro uno se apoya más en un aspecto que en otro, pero eso ya tiene que ver con los lectores, no tiene que ver con si se es un lector español o de un país determinado. En este caso, cada lector decidirá si le da más importancia o se entusiasma con lo que les pasa a estos personajes.

¿Hay alguna inspiración autobiográfica en el personaje de La China o de Macri con el personaje de Fernando Rovira?

Siempre la gente trata de hacer relaciones y en definitiva, a mi como escritora me pasa y quizás a otros escritores también, que los personajes son una mezcla de gente que uno conoce y uno le va incorporando características a muchas personas y hasta de uno mismo. La China, por ejemplo, fui extrayendo rasgos de muchas amigas mías periodistas, sobre todo del oficio, preocupadas por hacer su trabajo bien y que tienen que padecer un montón de cosas propias del mundo editorial y de la prensa; pero no es ninguna de ellas. Sí le he sacado cositas que me interesan a distintas personas y me las he apropiado para este personaje. En cuanto al político, la relación es muy directa porque tiene que ver con una forma de hacer política relacionada con el marketing, con los nuevos discursos. El personaje de Fernando Rovira no tiene nada que ver con Macri, yo creo que no hay ninguna relación entre los dos; los dos sí pertenecen a un tipo de partido que es lo que llamamos la nueva política, gente que viene del mundo empresarial con sus herramientas del manejo de empresas, con las que se puede dirigir un país; a veces tienen éxito, otras veces no. Es la política que se asienta en los asesores de imagen, en los focus group. En ese sentido el partido que yo invento en la novela, Pragma, es parecido al partido de Macri, pero es parecido al de otros países en Latinoamérica o en cualquier otra parte. De alguna manera, Trump por la derecha o Macron por la izquierda, son dos construcciones hechas desde la publicidad del marketing, y no desde partidos tradicionales que han venido batallando un discurso de ideologías.

 

Volviendo a los personajes y a la novela, si el verdadero libro de La China es “Las maldiciones”, ¿sería entonces “La maldición de Alsina” el verdadero libro de Claudia Piñeiro?

En esta novela el personaje de La China tiene un proyecto de libro sobre un hecho histórico. Yo nunca hice investigación historia para una novela, me costaría hacerlo, me sentiría muy presionada. Es muy probable que nunca escriba una novela de este tipo porque sentiría que no tengo todos los elementos, que no sé exactamente qué pasó. Sin embargo, sí puedo permitirme esas cuestiones en la ficción, de ir hacia la historia y si no ha ocurrido exactamente así no importa, porque es una ficción y el lector lo sabe.

Al personaje de la China le pongo cosas de mi mundo, relacionadas con la dificultad para publicar y la comunicación con los editores. Esos momentos cuando los editores te dicen: “tenés que pensar en un libro que venda, pero no, métele un muerto”. Entonces de alguna manera al hablar de la política y los políticos no quería dejar de lado también la hipocresía en el mundo editorial para algunas cosas. A mi me gusta reírme o hablar de determinados temas pero también incluirme, por ello también está incluido el mundo editorial y con lo que tenemos que transar algunas veces los escritores para poder publicar un libro.

Una especie de crítica

Sí, no mirar solamente la paja en el ojo ajeno, sino también en el propio.

Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España" 1
Portada de Las maldiciones | Imagen vía Alfaguara

¿Es un libro para reivindicar la vieja política en los tiempos convulsos que vivimos?

No en todos los aspectos, porque la vieja política nos ha llevado a este punto. Pero sí rescatar cuestiones de la ideología, como comentabas parece que estamos ante una perdida de las ideologías, de que son algo malo y las ideologías implican una reflexión, un pensamiento critico. Uno no debería embanderarse detrás de una ideología porque sí, sino porque leíste, porque estudiaste, porque tenés los elementos para tomar una decisión. Y un político de la vieja política te daba un discurso que estaba lleno de contenido y de ese contenido tu podías sacar tus conclusiones; ahora lo que te dan es una apelación de marketing para que le compres el producto. Hay una reflexión menor, como instantánea, me dices esto y voy ya y lo voto. Antes había una reflexión acerca de la política, del bien común, de lo que es bueno para un país, una mirada más de estadista; ahora se parece más a un CEO de empresa, donde hay que generar determinado resultado. En ese sentido sí está la añoranza de ese discurso político anterior, de la reflexión, del pensamiento critico.

¿Allí estaría la maldición? en cómo se ha pervertido el lenguaje…

Lo más doloroso es que nos han robado la palabra relato, el relato es una palabra nuestra, de la literatura y la política nos robó esa palabra. Como si lo que hacen los políticos es un relato. En realidad es una palabra más importante, pero se ha bastardeado al punto de convertirse en una mentira hecha por un político para contarnos un cuento.

También es un tema de superficialidad, al final hacer política se convierte en algo superfluo, ¿se debe quizás a la pérdida de las ideologías?

Sí y hay una subestimación de quien recibe el relato. Si yo doy un relato completo, con ideología y con peso, lo va aburrir, no le va a interesar, no lo va a divertir, no va a querer leer, no lo va a entender. Entonces yo subestimo al que va a recibir ese discurso y lo bajo de categoría. Cada vez el discurso es más fútil, porque si no lo va a entender, no me va a votar. Cada vez se degrada más.

Ahora en España, con el independentismo, el símbolo de la bandera ha tomado una carga muy importante, quizás se han pervertido debido al extremismo ideológico de ambos lados de la historia. ¿Nos hemos quedado sin símbolos?

En Argentina no hay problema con la bandera, cada provincia tiene la suya, pero no hay necesidad de representarlas tan diferentes, de diferenciar su lenguaje, etc. En Argentina, como pasa España, por más que se dice que es un país federal, es un país absolutamente centrado en Buenos Aires. Desde los acontecimientos culturales hasta donde llegan los trenes, es tremendo; ojalá tuviéramos más peso en otras provincias, pero termina funcionando un centrismo tremendo en un país que se declara federal en su constitución. En Argentina no nos pasa con la bandera pero sí con otras cuestiones que son simbólicas y que terminan sirviendo para discutir. Las sociedades están discutiendo últimamente, le pasa a España, le pasa a Argentina, y eso genera grietas muy profundas en gente que está de un lado o del otro, y en esa grieta cualquier cosa es un símbolo; uno levanta una bandera y ya quiere decir algo. En Argentina los que tenemos la posibilidad de decir algo -periodistas, escritores- y que lo escuchen los demás, inmediatamente eso que decís es tomado para un lado u otro de esa grieta, y vos no puedes decir nada que se pueda interpretar desde el kirchnerismo o del anti kirchnerismo o desde el macrismo o del anti macrismo, porque independientemente de cuál sea tu criterio, y que no tenga nada que ver con tu posición política, es criticado por un lado o por el otro lado político. En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas que comentas en España.

Lo único que tenemos como seres humanos es el pensamiento y la palabra, ¿Cómo podemos resistir ante el ruido?

Tenemos una obligación de seguir resistiendo y seguir diciendo lo que uno piensa. Las redes sociales no ayudan mucho por los ataques en ellas. Nosotros hasta hace poco tuvimos un caso muy importante como la desaparición de Santiago Maldonado en una circunstancia en la cual la gendarmería estaba reprimiendo un corte de rutas. Entonces si vos decís cualquier cosa o si vos vas a una manifestación, sos anti macri o sos kirchnerista. No es así, hay un montón de gente que quiere saber qué pasó con la desaparición de Santiago Maldonado. Con las redes sociales debes pensar si poner algo o no y creo que eso es lo que se busca, tratar de hacer una censura preventiva; no te prohíben que lo digas, pero te atacan tanto que la siguiente vez lo vas a pensar antes de decirlo.

En la novela, comentas sobre los casos de “NiUnaMenos” en Argentina, ¿cómo te posicionas ante la violencia de género y el feminismo de hoy en día?

Yo desde el primer momento he estado apoyando el movimiento, hay una situación muy grave de violencia de género en la Argentina, y es un problema sobre el que hay que seguir batallando y educando para que no suceda. Lo que yo hago en la novela es mostrar la falsedad de algunos discursos con respecto a eso. Cómo el personaje del político termina diciendo “Ni una Menos” si no le importa nada, ni la violencia de género ni el feminismo, lo usa porque sabe que decir “Ni una menos” le va a generar votos o simpatía entre los votantes. Y porque le dijeron decís “Ni una menos”. Me preguntas mi posición, por supuesto que es luchar por la igualdad de la mujer. En la Argentina las mujeres no ganan el mismo sueldo por el mismo trabajo que un hombre, no tienen la misma oportunidad para ciertos trabajos por más que vos digas que pueden entrar. Ves la foto del presidente con sus ministros y el 90% son hombres. Por ejemplo, yo he trabajado en empresas donde el listado de teléfono era “Juan Pérez” y “María de Tesorería”. Las Marías no tenían apellido, pero los hombres sí. Todo eso tiene que ver con la violencia de género. La situación de las mujeres en Argentina abarca muchos temas, lo que a mí me molesta es el uso político hipócrita, que se representa en la novela.

¿Crees que como electores hemos fallado al no entender el doble discurso?

Sí, aunque no se puede pedir a todo el mundo que comprenda el alcance. Nosotros como periodistas o como escritores que estamos atentos a la palabra del otro, captamos rápidamente ese doble discurso, pero lo que no debería existir es ese doble discurso. Es importante que se eduque a las nuevas generaciones con pensamiento critico, con recursos para descubrir el doble discurso. Aunque los que educan son los mismos que gobiernan, no es fácil, pero la solución está en la educación.

Las maldiciones de Claudia Piñeiro es un thriller perfecto para relatar cómo ha cambiado la política y al mismo tiempo, un reflejo de cómo seguimos pervirtiendo nuestros valores por el beneficio personal sin reflexión ni autocrítica que parezca cambiarnos al respecto.

Continúa leyendo: Cómo repoblar la vegetación marina puede salvar nuestros océanos

Cómo repoblar la vegetación marina puede salvar nuestros océanos

Redacción TO

Foto: Chris Gillette
AP

En lugares como la costa del Atlántico Norte se decía que había tantos peces que se podía cruzar el océano sobre sus espaldas. Así, solo en Reino Unido, por ejemplo, se capturaban 1,2 millones de toneladas de pescado en 1913. Hemos explotado los océanos por encima de nuestras posibilidades a lo largo de los siglos y, necesariamente, este nivel ha tenido que descender. Ahora, en el propio Reino Unido, se capturan cerca de 0,4 millones de toneladas anuales.

Hace un siglo la biodiversidad era inmensa, había espacios de praderas marinas y bosques de algas mucho más extensos, pero esa realidad se ha difuminado: los hábitats se han destruido y las aguas están muchos más contaminadas. Todo por la pesca furtiva y el desarrollo de las zonas costeras. Al menos así lo ponen de manifiesto, apoyándose en numerosos estudios científicos, Richard KF Unsworth y Ruth Callaway, investigadores de la Universidad de Swansea, en la revista especializada The Conversation. Estos científicos, del mismo modo que hacen un certero diagnóstico, proponen una medida para revertir la situación: reforestar los océanos.

Cómo repoblar la vegetación marina puede salvar nuestros océanos 3
Una tortuga, en la Gran Barrera de Coral australiana. | Foto: Daniel Muñoz/Reuters

Esta restauración de los océanos a gran escala sería la gran baza para contrarrestar el impacto del hombre. Aunque la propuesta parece una quimera, los precedentes en otros ámbitos son numerosos. Las campañas de repoblación de especies amenazadas, como los castores o los lobos, invitan a pensar que se puede hacer lo propio con especies como las ostras, por ejemplo. También las experiencias de repoblación de bosques y montañas hacen pensar que se puede recuperar la vegetación.

Y, para colmo, existen unos pocos y esperanzadores precedentes que vienen a demostrar que estas prácticas, aplicadas al fondo marino, pueden resultar efectivas en algunos de los lugares más castigados del planeta.

Un ejemplo de éxito sería el caso de Chesapeake Bay, ubicado en la costa de Virgina (Estados Unidos), donde se ha conseguido recuperar parte del entorno marino mediante la dispersión de semillas. El objetivo no ha sido otro que el de crear un pasto marino que configure un hábitat óptimo para la pesca y el desarrollo de vida submarina, y a su vez una vegetación que puede capturar grandes cantidades de dióxido de carbono, uno de los gases causantes del efecto invernadero.

Cómo repoblar la vegetación marina puede salvar nuestros océanos 1
Montones de plástico acumulados en la costa de Panamá. | Foto: Carlos Jasso/Reuters

Teniendo en cuenta que ya se han dado pasos hacia la pesca sostenible y el cuidado del agua costera, los autores del artículo proponen dar otro más para la repoblación de la fauna marina. Para ello se apoyan –también– en su propia experiencia. Desde 2014 han llevado a cabo ensayos de reforestación subacuática, y ahora han comenzado a aplicarlo en superficies marinas. Además, pretenden implantarlo manteniendo unos estándares de respeto medioambiental muy elevados. Porque la idea, en muchos casos, es desarrollar las plantas vegetales en laboratorios para luego llevarlas hasta las zonas necesitadas.

En Países Bajos, además, están haciendo ensayos con superficies de plástico biodegradable para el mantenimiento de estos pastos, pues uno de los principales retos medioambientales para esta generación y la que están por venir es el uso de plásticos, tan contaminantes. De hecho, en España ya existe un compromiso para 2020 de prohibir la venta de bolsas de plástico. Los científicos quieren asegurarse de que sus experimentos no colaboran directamente con la destrucción de otros ecosistemas.

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Duelo en la etiqueta

Lea Vélez

Foto: ELOY ALONSO
Reuters

Los muertos nos han hablado. Cada año, la tierra pasa junto a su morada, en algún punto de la órbita terrestre que coincide con el 1 de noviembre. El tiempo de difuntos es como la primavera. Un lugar. Un lugar astronómico que varía en función de la velocidad de la tierra, de la posición exacta del sol. Un espacio-tiempo con portal hacia el interior, en el que vemos con más claridad las formas que habitan en nuestra conciencia. Es la zona en la que se nos permite, como quien cruza la frontera de la consciencia, hablar de los muertos, mencionarlos sin resultar pesados con el dolor, o el llanto, o el recuerdo de batallas sencillas.

Por estas fechas, resurgen los artículos sobre literatura “del duelo” y las listas de libros que tratan sobre el tema, como si el duelo fuera un género literario. Yo no creo que sea un género, o no exactamente. Esa etiqueta “duelo”, no es el nombre de un género unificador, para atraer al lector a aquello que le gusta: “novela negra”, “novela histórica”, sino el cartel de una advertencia. “Novela de duelo” significa: si entra usted aquí, lector, le hablarán de los muertos. Y el lector, entonces, se aleja, porque imagina su propio dolor y cree que va a revivir la cara oculta del corazón, o tiene miedo cerval, instintivo, y basta. Nada hará que camine por esa vereda. Ante las palabras “literatura del duelo”, solo un lector iniciado, valeroso o motivado, abre la puerta con advertencia que es la tapa de un libro.

Por eso no me gusta la etiqueta de “duelo” como género. ¿Por qué decir “duelo”? ¿Acaso a Hamlet la etiquetamos como una “obra de duelo”? Y no es otra cosa. Es la locura del hijo que ha perdido a su padre y que siente lo que se siente en el duelo. Desesperación, normalidad, alejamiento, irrealidad. Es, en mi opinión, el texto de duelo por antonomasia, en las visiones del espíritu que se le aparece, en su búsqueda de venganza y de mantener al padre vivo en su espada, en su alteración mental, en la escena de la calavera de Yorik, pobre Yorik, que lo cargaba a hombros, en su debatirse suicida del ser o no ser, ¿para qué ser si vamos a morir, si somos cadáveres andantes? Qué absurdo es esto de la muerte… y la de Ofelia, que enloquece con la misma pasión que una mujer de hoy día a la muerte de su padre o de su madre, o una Virginia Woolf, y se suicida porque vive dos locuras, la del desamor y la de la pérdida. Y no decimos que es duelo, aunque en Hamlet no puede haber más duelo psicoanalizable en sus páginas. Decimos que es, simplemente, Shakespeare.

Claro que también puedo estar muy equivocada en mi percepción. Quizá sea necesaria la advertencia, “va usted a entrar en una zona de duelo…, esa bandera roja para que solo se adentren por algunos libros extraordinarios los sabios receptores de palabras.

Sea como sea, la advertencia, el etiquetaje, representa el tabú social que muchos de esos autores, precisamente, quieren destruir dando a conocer su visión de lo que se genera en sus mentes tras la muerte, que no es más que el retrato poético e intrigado de la vida que nos queda. ¿Pero qué es el duelo?

En este mal llamado género, hay libros muy distintos. Tan distintos como sus muertos. Libros que nada tienen que ver a veces con el duelo real, el que se produce semanas después de un fallecimiento. Un proceso largo de aceptación, de reconstrucción, de curación. En estos libros, el autor está en conexión, pulsión directa, con sus emociones animales y como él es eso, autor, encuentra formas de expresión inusuales, nuevas conexiones y significados y se produce lo que ocurre cuando se renueva el lenguaje y el simbolismo de palabras corrientes como “arena” o “voz” o “sangre”. Se produce poesía. El autor, el artista, habla de lo que ve por dentro, un universo desconocido y brillante, para el que no existe un lenguaje coloquial, o prosaico. El autor ha de encontrar las palabras, inventarlas, recolocarlas, sacarlas de su uso habitual y se producen explosiones literarias.

No, no son libros “de duelo”. Son obras poéticas, filosóficas, íntimas, extrovertidas, simples, también, de frases fascinadas por su propia capacidad de desgarro o desafecto, amor o desprendimiento, de pura rutina vital. Son vida desde el golpe de todo lo que se había comprendido mal hasta la llegada de la pérdida.

Yo siempre me pregunto lo mismo. ¿Cómo se explica el duelo? El duelo no se puede explicar igual que no podemos explicar la Gioconda. Sería absurdo decirle a alguien: es el retrato de una mujer que mira hacia el pintor como si no quisiera sonreír, pero que tampoco desea estar muy seria y caer antipática. Tiene el pelo largo y a la espalda hay un paisaje que parece que no le corresponde”. Sería absurdo narrar el arte para arrancar la misma emoción visual de una composición. Igual que es absurdo narrar la emoción del miedo o de la fe o del vértigo o del sabor a vainilla a quien nunca los haya sentido. Y como es absurdo, es literatura. El duelo, yo creo, es, en realidad, una de las formas del amor. El duelo es pensar cosas raras, asomados a un día de noviembre, y escribirlas:

“Recorro tu taller. Palos de golf, tornillos, sierras. Soy la única persona en el mundo que conoce los nombres. Los lugares. Los antiguos propietarios de cada herramienta y los mercadillos donde regateaste con aquel hombre barbudo, esa señora obesa, la viuda de algún jubilado optimista. Si no hubiera nadie, si estuviéramos muertos, las plantas no serían ni “las plantas”. Nada tendría nombre. Los perros serían salvajes y los gatos no tendrían calles. ¿Qué quedará de tus cosas cuando ya no esté yo para nombrarlas?

Las cosas de un muerto.

Las imagino solas, como extraños estorbos sin palabras.

¿Cuánto tarda un objeto en perder un cuerpo?

¿Cuándo dejará esta sábana de llevar la forma de aquellos días? El mar todo lo aguanta, pero los hombres somos barcos de cristal. Pasadas fortunas sobre la mesa, que hoy caben en el bolsillo. Nunca más. Palabras dichas mil veces que no tuvieron el más mínimo significado hasta hoy. Y hoy, de repente, estallan en mí las palabras más tristes. Las palabras ausentes. La oscuridad está sobre el pecho. Sobre mí. No me envuelve, como en las malas novelas. Me aplasta. Ya nada me envuelve, ni esta sábana que no ha cambiado. Que no ha cambiado, y precisamente por eso, no me envuelve y me quema, porque es la misma sábana nuestra de aquellos sueños entrelazados”.

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