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Cultura viral

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10 revistas para entender a la derecha estadounidense

Foto: John Bakator | Unsplash

Corrían –vaya si corrían– los últimos días de aquel mes de agosto del 2015 cuando escuché una frase que no se me olvidará nunca: “A mí me gusta que Donald Trump haya decidido presentarse a las elecciones, así anima un poco los debates”. La pronunció un tipo al que no he vuelto a ver, probablemente simpatizante de Bernie Sanders, en un guateque organizado por estudiantes universitarios en un apartamento del West Village. Una de las zonas más caras de Manhattan. Al comentario le siguió un coro de risotadas y gestos de asentimiento. Con el magnate enredando entre bastidores las performances del ultraconservador Ted Cruz, del libertario Rand Paul y de Rick Santorum, el candidato del “conservadurismo compasivo”, serían bastante más llevaderas. El payaso de tupé raro tenía una función que cumplir: amenizar las primarias del Partido Republicano antes de borrarse del mapa y volver a sus excentricidades televisivas. “A ver si tarda en retirarse, así nos deja más momentos para el recuerdo”, dijo otro de los asistentes al guateque. Más risas.

Quince meses después de la fiesta en el lujoso apartamento del West Village la Universidad de Nueva York decidió mandar un correo electrónico a sus alumnos titulado Post-Election Conversations and Student Support  (conversaciones post-electorales y apoyo al estudiante). El primer párrafo decía más o menos lo siguiente: “Sabemos que estas elecciones tan polarizadas han sido muy difíciles para muchos de nuestros alumnos. Por eso queremos ofrecer un lugar de encuentro en el que la gente pueda juntarse, hacer piña y capear la situación en grupo. Ponemos a vuestra disposición el aula 120 del Silver Center. Habrá café y cookies”. En los siguientes párrafos se intentaba tranquilizar al alumnado y se ofrecía, entre otras cosas, un número de teléfono por si alguien sentía la necesidad de hablar con un psicólogo. Donald Trump había sido elegido el 45 presidente de Estados Unidos pocos días antes. Cerca de 63 millones de norteamericanos votaron por él.

La resaca electoral duró cerca de una semana. En esos días se convocaron algunas manifestaciones espontáneas frente a la Torre Trump de la Quinta Avenida y se organizaron innumerables eventos de Facebook con pretensiones revolucionarias; la mayoría buscaban discutir algún tipo de resistencia ciudadana en sesiones de yoga aliñadas con un buen surtido de pastas y muchos abrazos.

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«El vasto centro». Grandview, Missouri | Foto: Eric muhr | Unsplash.

Pasada la primera ola de estupor, muchos neoyorquinos trataron de compaginar su incredulidad con el análisis. ¿Qué demonios había pasado? ¿De dónde había salido tanto votante de Trump? ¿No decía el New York Times pocas horas antes de las elecciones que Hillary Clinton tenía un 84% de posibilidades de ganar? ¿Güat de fak? Y entonces llegó un intelectual progresista llamado Mark Lilla y firmó una columna de opinión en el Times en la que argumentaba que Trump había sido elegido, sobre todo, por culpa de la obsesión de la izquierda estadounidense con la llamada ‘política de la identidad’.

“Hillary Clinton lo hizo muy bien al hablar de los intereses de Estados Unidos en el mundo; defendió que debían ir unidos a lo que la sociedad estadounidense entiende por democracia. Pero cuando daba paso al discurso doméstico perdía perspectiva y caía en la retórica de la diversidad, refiriéndose explícitamente a la comunidad afroamericana, a la latina, a la comunidad LGTB y a las mujeres en general. Una estrategia desastrosa porque si vas a empezar a diferenciar grupos dentro de la sociedad estadounidense más te vale mencionarlos a todos; de lo contrario aquellos que no han sido citados se darán cuenta y se sentirán excluidos. Y eso es básicamente lo que ha sucedido con la clase obrera blanca y aquellas comunidades profundamente religiosas”. Resumiendo: Lilla acusó a la izquierda norteamericana de miopía y de estar más centrada en dividir a los ciudadanos en categorías cada vez más rebuscadas en lugar de ponerse a buscar posibles puntos de encuentro y preocupaciones comunes. En su crítica también atacó a los medios de comunicación progresistas como, por ejemplo, el que le estaba publicando el artículo: “Deberían empezar a prestar atención a esas partes del país que han sido ignoradas”. Lilla explicó a los neoyorquinos –y a los californianos, y a las élites culturales de las grandes ciudades del país– que no habían visto venir la victoria de Trump porque estaban encerrados en una burbuja que les impedía fijarse en lo que definió como the vast middle of America (el vasto centro de Estados Unidos). En términos geográficos: Montana, Idaho, Wyoming, Nebraska, Kansas, Oklahoma, Texas, Luisiana, Arkansas, Missouri, Iowa, Indiana, Kentucky, Tennessee, Virginia Occidental, Pensilvania y las dos Dakotas, sobre todo la del norte.

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Foto: Christophe Dellory vía marklilla.com

El mensaje de Lilla consiguió dos reacciones en la izquierda estadounidense.

La más extendida –o la que más ruido hizo– consistió en llamarle de todo: una de sus colegas en la Universidad de Columbia le acusó de “convertir el supremacismo blanco en algo respetable”, un historiador de Yale dijo que era un trol disfrazado de erudito y el famosísimo ensayista negro Ta-Nehisi Coates le tildó poco menos que de racista. En una entrevista reciente con el periodista Oliver Conroy, Lilla se mostró un tanto resignado ante estos comentarios. “El nivel intelectual es deprimente; la ausencia de reflexión y autocrítica, el rechazo frontal a tratar de comprender la llamada al pragmatismo que he hecho”, dijo.

Sin embargo, hubo quien tomó nota del consejo y decidió que, efectivamente, convenía reconectar con ese espectro político amplísimo conocido como “derecha estadounidense” para ver qué se cocía en el universo de ese vast middle of America.

¿Cómo hacerlo? Primero, intentando usar las redes sociales con más cautela –ergo mayor tolerancia– para escapar a lo que el activista Eli Pariser ha llamado “el filtro burbuja”: un muro en el que sólo aparecen publicaciones afines a la ideología que has ido demostrando a base de likes hasta el punto de hacerte creer que esa realidad es la única realidad. En segundo lugar, y relacionado con el punto anterior, buscando y leyendo publicaciones asociadas a la derecha estadounidense.

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Hay vida más allá de la propaganda. | Foto: Jeremy Galliani | Unsplash.

Cuando se habla de “publicaciones asociadas a la derecha estadounidense” uno piensa automáticamente en Breitbart News, The Gateway Pundit o Fox News. Medios partisanos que no suelen sorprender ni a propios ni a extraños por lo predecible de su discurso. Sin embargo, hay vida más allá de la propaganda; medios en donde conviven desde los clásicos conservadores de centro derecha hasta libertarios, pasando por neocons, paleocons y un buen número de intelectuales católicos. Lo interesante es que estos medios asociados, también, a la derecha estadounidense no se limitan a repetir, de forma un poco más sofisticada, el mensaje de Breitbart. Todo lo contrario: en sus páginas existe un debate de altísimo nivel sobre Trump, sobre su política y sobre otras muchas cuestiones.

No deja de resultar curioso. En un periodo tan convulso como el actual, en el que la propaganda derechista y el histerismo progresista compiten por ver quién se hace con la opinión pública norteamericana, hay toda una serie de revistas y webs de carácter conservador que han adoptado la misión de intentar aportar cierta perspectiva y, por qué no decirlo, talla intelectual a la discusión política del momento.

Estas son algunas de ellas.

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National Review

Fundada en 1955 por William F. Buckley, uno de los intelectuales norteamericanos más influyentes del siglo XX, National Review nació con la intención de definir y representar al conservadurismo estadounidense, hasta entonces dividido en tropecientas corrientes con muy poco contacto entre sí. Buckley reclutó a tradicionalistas, libertarios y católicos. Gente que, pese a sus muchas diferencias, compartía enemigo: el comunismo. En sus inicios la revista se enfrentó al antisemitismo tan característico de cierta derecha estadounidense y mantuvo una fuerte polémica interna en torno a la segregación racial; Buckley se mostró a favor mientras varios de sus colaboradores le acusaban de estar regalando munición a los blancos del sur en su cruzada por mantener a la población negra políticamente capada. En los últimos años National Review se ha mostrado ambigua con respecto a Donald Trump. Si bien durante la campaña electoral el grueso de colaboradores rechazó al magnate (en enero de 2016 la revista salió a la calle con un editorial titulado “Against Trump”), hoy en día el consenso brilla por su ausencia y en sus páginas se pueden encontrar tantos defensores como detractores.

The Weekly Standard

Otro de los grandes referentes del conservadurismo norteamericano. Fundada en 1995, este semanario es conocido por su defensa del intervencionismo. Ha justificado (e impulsado) todas las intervenciones llevadas a cabo en Irak desde los años 90 y considera que con Irán y compañía hay que tener mano dura. No obstante, dentro de la derecha estadounidense es una de las publicaciones más críticas con Donald Trump. Su fundador, William Kristol, un neocon que promocionó a Sarah Palin en su día, ha sido uno de los principales apoyos del movimiento Never Trump. Precisamente, desde su victoria The Weekly Standard destina más recursos que nunca al periodismo de investigación. “Tenemos un presidente que es un mentiroso compulsivo; miente por activa y miente por pasiva; miente sobre cuestiones importantísimas y sobre cuestiones que no importan nada”, declaró hace no mucho el director de la revista, Stephen F. Hayes. “Por eso es importante centrarse en el periodismo de investigación y averiguar cuáles son los hechos. Sólo así podemos tener un debate a escala nacional sobre qué tipo de política necesitamos”. Como era de esperar, Hayes ha sido piropeado en alguna ocasión por el propio Trump. Recientemente le llamó “escritor fracasado”.

The American Conservative

Esta revista fue fundada en el año 2002 por Scott McConnell, viejo columnista del New York Post, el político republicano Patrick Buchanan y el millonario griego Taki Theodoracopulos. Enseguida se convirtió en una rara avis dentro del ámbito conservador por oponerse a la guerra de Irak y adoptar, en líneas generales, una postura contraria a la intervención militar en otros países. Sólo había pasado un año desde el atentado terrorista contra las Torres Gemelas y los nervios seguían a flor de piel. De ahí que un colaborador de National Review llamado David Frum les dedicase en 2003 una columna titulada “Unpatriotic Conservatives”. En un principio esta revista celebró la candidatura de Trump y también su victoria. Sin embargo, en los últimos meses ha dado espacio a voces críticas. Es más: su director, el historiador Robert W. Merry, firmó un artículo el pasado mes de enero acusando al inquilino de la Casa Blanca de abandonar muchas de sus promesas electorales. The American Conservative es, para muchos, una de las publicaciones más irreverentes dentro del conservadurismo estadounidense.

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The New Criterion

Fundada en 1982 por Hilton Kramer, antiguo crítico de arte del New York Times, y un pianista llamado Samuel Lipman. Se suele decir que The New Criterion es la versión reaccionaria de la prestigiosa The New York Review of Books. Es decir: está centrada, sobre todo, en la crítica cultural. Sucede que Kramer comenzó la revista cuando se le acabó la paciencia en el Times; acusó a su antiguo periódico de desgraciarse publicando reseñas culturales “deformadas por la ideología que tanto afecta hoy a la crítica del arte” y, por consiguiente, muy poco honestas. Con The New Criterion quiso introducir una nueva voz –“crítica y disidente”– en el mundo de las artes. Erigirse como uno de los centinelas de Occidente. Es muy respetada incluso por académicos y periodistas situados en las antípodas ideológicas de la revista. El antaño director de la publicación izquierdista The Nation, Victor Saul Navasky, dijo en su momento que “el mundo de la cultura sería mucho más pobre sin Kramer”. The New Criterion fue, además, una de las primeras revistas en tomarse en serio a Trump al comprender que “interpela a todos aquellos que los progresistas han decidido echar de la sociedad decente”. Firmó la columna James Bowman. ¿Fecha? Octubre del 2015.

Claremont Review of Books

Parecida a The New Criterion pero mucho más reciente –comenzó su andadura en el año 2000– y con un enfoque algo más moderado, esta publicación ofrece a sus lectores reseñas de libros mezcladas con ensayos de filosofía política que analizan el estado del conservadurismo anglosajón. La revista celebró la llegada de Trump al poder, algo que sorprendió a muchos, con un texto titulado “The Flight 93 Election”. La pieza, firmada por un tal Publius Decius Mus, que resultó ser el seudónimo de Michael Anton, uno de los asesores del propio Trump, argumentaba que pese a los muchos riesgos que encerraba la llegada del magnate neoyorquino al poder, Trump era la última esperanza que tenía la derecha estadounidense frente a la todopoderosa izquierda cultural.

First Things

Fundada en 1990 por un sacerdote canadiense llamado Richard John Neuhaus, es el buque insignia de los intelectuales católicos. Lo que First Things ofrece cada mes a sus lectores es una ensalada de artículos y ensayos sobre teología, historia de la religión, cultura y política. Para muchos es, además, la prueba empírica de que los intelectuales religiosos no son un oxímoron. Aunque suele estar asociada al catolicismo, entre sus colaboradores habituales se encuentran, también, cristianos protestantes –luteranos, metodistas y presbiterianos, sobre todo– y judíos. De hecho, en 2017 se incorporó a la plantilla de columnistas fijos el rabino ortodoxo Shalom Carmy. Aunque su actual director, R. R. Reno, participó en el editorial “Against Trump” de National Review, en la actualidad se cuenta entre los partidarios del presidente al considerar que hay males mucho mayores.

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Bonus Track: The Spectator

He aquí una de las revistas más vetustas y prestigiosas del Reino Unido. Aparece en el kiosco todas las semanas ofreciendo a sus lectores artículos que van desde el análisis político hasta la crítica cultural (cuando no ambas cosas en un mismo texto). Suele estar alineada con el Partido Conservador británico hasta el punto de haber tenido en nómina a Boris Johnson, por ejemplo, pero esto nunca ha sido óbice para que los Tories reciban sacudidas cada dos por tres. Además, The Spectator también tiene en nómina a varios columnistas de izquierdas como los laboristas Frank Field y Rod Liddle, o el periodista del Guardian Martin Bright. La revista suele adoptar una postura euroescéptica –se declaró a favor del Brexit– y defiende una mayor cercanía entre el Reino Unido y Estados Unidos. Como era de esperar, se opone a la independencia de Escocia y en el frente militar suele predicar prudencia antes de intervenir en hervideros como Irak. En el plano cultural se podría decir que es una revista tradicional y más bien sobria.

Otras publicaciones que merecen un vistazo, o dos, serían Reason –algo así como la biblia de los libertarios–, Commentary –“la revista que transformó a la izquierda judía en la derecha neocon”–, National Interest –centrada en las relaciones internacionales de Estados Unidos– y la australiana Quillette, celebrada por Richard Dawkins y Steven Pinker, y azote de la ‘política de la identidad’ que tanto ha criticado Mark Lilla.

Conclusión: el que quiera entender, que entienda.

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