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5 razones por las que 'Nunca me abandones' es completamente vigente en 2017

Nerea Dolara

Kazuo Ishiguro se ganó el Nobel de Literatura de 2017 y Nunca me abandones es una de sus mejores novelas. La adaptación al cine es genial. Aquí te decimos por qué hay que verla (o leer e libro) en 2017.

Kazuo Ishiguro se ganó un merecido Nobel de Literatura por una carrera discreta pero excelente escribiendo silenciosos dramas que marcaron tanto a sus lectores que terminó llevándose este premio 35 años después de escribir su primer libro. Ishiguro es un autor delicado y muy particular que se extiende entre dramas muy íntimos, como Lo que resta del día (que ganó el Booker Prize en 1989), hasta historias ubicadas en mundo imaginarios muy complejos, como El gigante enterrado (2015). Pero es una de sus novelas, publicada en 2005 y adaptada al cine en 2010, la que salta para muchos como la más memorable de su no muy extensa bibliografía (tiende a tomarse unos 5 o 6 años de promedio para escribir sus novelas, aunque también escribe cuentos y guiones): Nunca me abandones.

El libro, un hermoso ejemplo de narración en primera persona, y de desapego calculado que destruye al lector en cuanto llega a los tres momentos más emocionales de la historia porque sorprende y conmueve de forma intensa y real (es un relato que saca lágrimas, sin duda), fue incluido en la lista de Times como una de las 100 mejores novelas en lengua inglesa desde la fundación de la publicación, en 1923. Cinco años después de su publicación la historia llegó al cine en una adaptación fiel, conmovedora y excelente que tuvo poca o ninguna repercusión (para sorpresa general de críticos y quienes la vieron). Y hoy, para celebrar el Nobel de Ishiguro (y para invitar a comprar el libro, que es una joya), vamos a revisar las razones por las que la película (y la novela) son indispensables en el presente en que vivimos.

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Imagen de la adaptación al cine de la novela de Ishiguro | Imagen vía Fox Searchlight Pictures.

La trama

Nunca me dejes ir es una historia dura, pero también misteriosa. Saber su secreto no cambia su impacto, pero sería ignorar los deseos del autor, que revela la terrorífica realidad lentamente, no decir SPOILER ALERT antes de seguir. En este relato tres niños, Kathy, Tommy y Ruth, crecen en un internado británico, al parecer son huérfanos, como todos los niños del lugar, en que, a cierta edad, los adolescentes son llevados a otro sitio. Desde el principio se habla de deber y servicio y cuando los niños, que crecen en una infancia casi tan idílica que es sospechosa, son informados de su responsabilidad de vida la narradora, Kathy, lo cuenta sin inmutarse: ellos, todos ellos, son clones de personas vivientes que quieren desafiar la muerte, para hacerlo sus copias humanas se convierten en donantes de órganos vitales que fallan, hasta que mueren tras haber cumplido su función.

Puede que ya en el año 2005 este futuro pareciese a la vez una paranoia retro y una escabrosa visión de futuro. Como si de un episodio de Black Mirror se tratara, pero mucho antes de que existiese, esta historia parece alcanzable en poco tiempo y tan posible que es terrorífica. ¿Quién no imagina a clases privilegiadas, a ese 1% que acumula más del 80% de la riqueza mundial, cultivando donadores eternos de órganos? ¿Quién no se imagina que esto podría pasar ya?

El problema que tienen Kathy, Ruth y Tommy es que son humanos, aunque no lo sean en origen. Sienten amor y dolor, son capaces de la traición y la amistad, son seres con emociones que serán despedazados por piezas… y eso, salvo que nos neguemos a la realidad de un mundo cada vez más indiferente y relativista, resulta altamente posible.

La estética

Mark Romanek es un buen director. Miembro de una generación de directores de vídeos musicales (como Spike Jonze), es el responsable de los vídeos de Criminal, de Fiona Apple; de Hurt, de Johnny Cash y otros cientos más. Su currículo cinematográfico tenía, antes de Nunca me abandones, a Retratos de una obsesión (esa película en que Robin Williams traumó a todo el mundo como el dependiente de un sitio de revelado fotográfico que acosa a una familia) a la cabeza, pero poco más relacionado con cine. Sin embargo, la estética retro-futurista de Nunca me abandones parece sacada de la cabeza de alguien mucho más avezado en el mundo del cine. Romanek tiñe los espacios de blancos y azules fríos, y a sus personajes de ropas entre vintage y roñosas de colores terrenales. Nunca hay colores intensos, nunca una paleta que exude felicidad… más bien una suma de colores escandinavos y estética minimalista y marrones y mostazas y espacios antiguos y descuidados. Un balance que hace de este futuro incierto (nunca se sabe el año en que se desarrolla) algo tan posible como atemporal para el espectador.

El reparto

Los tres personajes principales tienen nombres de actores británicos que en ese entonces ya eran conocidos, pero no eran nombres alla Hollywood como ahora. Carey Mulligan, Keira Knightley y Andrew Garfield interpretan a los adultos en que se convierten los niños protagonistas, quienes viven la desgracia y la rutina de ser quienes son y tener las responsabilidades que tienen. Charlotte Rampling es la encargada del internado en que crecen, distante y señorial, y Sally Hawkins es una de sus profesoras que, agobiada por el peso de la culpa, los abandona en su infancia y mira hacia otro lado. Hay pocos más personajes importantes. El drama, aunque plagado de ciencia ficción, se relata muy cerca del alma, del ser de cada uno, de su reducida experiencia vital.

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Imagen de la adaptación al cine de la novela de Ishiguro | Imagen vía Fox Searchlight Pictures.

La narración

Como la adaptación televisiva de The Handmaid’s Tale de Margaret Atwood, esta adaptación al cine adopta con propiedad el monólogo interno de su narradora (ambas son mujeres). Y como en el de Atwood (aunque no en la serie, que opta por darle un espíritu más rebelde), la narradora de esta historia retrata sus circunstancias sin criticar en exceso. Ambas mujeres asumen su doloroso estatus quo porque un cambio es completamente inviable cuando el abuso y la injusticia están tan asumidas como normales. Nunca me abandones recuerda a The Handmaid’s Tale y aunque más apagada en su versión fílmica (es mucho más fiel al material original) genera la misma angustia existencial sobre el valor de la vida y el peligro del mal manejo del poder en nombre del miedo.

Las preguntas

Nunca me abandones plantea una pregunta que es casi tan vieja como la ciencia ficción: si un ser creado (sea un clon, sea un robot…) piensa y siente, ¿es humano? ¿Qué lo diferencia? ¿Ser humano está definido por la forma de nacimiento? Mucha literatura y audiovisual han explorado el tema, y en este caso no está ahí como una discusión abierta, ni siquiera los propios personajes que lo sufren se rebelan ante la idea de su “naturaleza útil”, y es justo esa indiferencia, esa normalización, ese aire de fábrica y de producción en serie lo que hacen de esta pequeña historia algo universalmente conmovedor.

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Kazuo Ishiguro, el lento camino a la cumbre

Jorge Raya Pons

Foto: TOBY MELVILLE
Reuters

Kazuo Ishiguro nació nueve años después de que un avión norteamericano bombardeara su ciudad, Nagasaki. Aquel acontecimiento cambió su vida, pero eso no lo supo hasta más adelante. “Mi madre estaba allí cuando cayó la bomba atómica”, dijo Ishiguro en una entrevista para The Paris Review. “Su casa tembló, y solo cuando llovió se dieron cuenta de la magnitud del daño. El techo comenzó a caer en pedazos, como si un tornado lo hubiera golpeado. Mi madre fue la única herida de su familia, con dos padres y cuatro hermanos, que resultó herida. Un pedazo de las malezas le alcanzó. Ella cuenta que la bomba no era lo que más le asustaba. Lo que realmente le asustaba era un refugio subterráneo situado en la fábrica donde trabajaba. Todos estaban hacinados en la oscuridad y las bombas caían sobre ellos. Pensaban que iban a morir”.

La familia Ishiguro abandonó Japón cuando el pequeño Kazuo tenía cinco años, y el escritor no regresó a sus orígenes hasta 29 años más tarde. Su japonés, como él mismo reconoce, es terrible. Su infancia comenzó a construirse en un pequeño pueblo al sur de Inglaterra, llamado Guilford, y descubrió su vocación literaria tras un curso de escritura creativa cuando era universitario. En aquel entonces su verdadera pasión era la música, y algo de aquello permanecía cuando se llevó las manos a la cabeza y saltó de alegría por la concesión del Nobel en 2016 a la leyenda Bob Dylan.

Ahora es él, que anteponía la guitarra a la pluma, quien recibe el honor y los nueve millones de coronas suecas. “Ha revelado, en novelas de una poderosa fuerza emocional, el abismo que hay bajo nuestro ilusorio sentimiento de confort en el mundo”, ha argumentado la secretaria vitalicia de la Academia Sueca, Sara Daniu, tras anunciar la decisión de los académicos. “Si mezclamos a Jane Austen con Kafka, tenemos como resultado a Kazuo Ishiguro”.

Las obras que marcan su lento camino a la cumbre tienen un punto de soledad y de amargura y de cierto alivio en la distopía. Los académicos señalan Los restos del día como su “obra maestra”, pero es improbable que hayan olvidado Nunca me abandones. Kazuo recuerda que cuando escribió Los restos del día su vida se convirtió en la ficción de la novela. “No hacía otra cosa que escribir desde las 9 de la mañana hasta las 10 y media de la noche, de lunes a sábado”, dijo en una entrevista. “Me tomaba una hora para comer y dos horas para cenar. No se trataba solamente de trabajar más, sino también de alcanzar un estado mental en el cual mi mundo ficcional se volviera para mí más real que el mundo actual“.

Quien confió en editarlo en España fue Jorge Herralde, editor de Anagrama, que conoce bien su obra y que apunta sin dudar a los compañeros de EFE que este reconocimiento es “tan inesperado como merecido”. “Es un autor magnífico, de trabajo lento”, dice. “Desde el anterior libro hasta El gigante enterrado (2015) han pasado siete años. Me recuerda al caso de Patrick Modiano, que siempre había publicado como en sordina libros excelentes y cuando le dieron el Nobel la secretaria que leyó el fallo dijo que ‘era el triunfo de la gran literatura’. En el caso de Ishiguro eso se redobla”.

Cuenta Herralde que el autor británico está “como al margen de la sociedad literaria”. “Me ha contado su agente que, cuando le han dicho que había ganado el Nobel, ha contestado: ‘¿Qué premio?’”. Su nombre estaba muy lejos de los primeros puestos de las casas de apuestas. “Ishiguro ni se lo imaginaba”. Entonces uno vuelve atrás y piensa en aquel curso de escritura: qué le enseñarían y cuánto existiría.

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Distopías en las que nunca acabará el mundo...o en las que puede que sí

Nerea Dolara

Inteligencia Artificial, calentamiento global, Estados totalitarios, esos son rasgos de futuros humanos que no parecen tan lejanos. Pero el cine y la televisión no sólo se imaginan distopías viables, también las hay imposibles.

Imaginar futuros catastróficos es un ejercicio muy común en la ficción. Una especie de fábula y una oportunidad de dejar a la imaginación volar libre (la mayoría de las veces de forma sádica) y crear un mundo que no se conoce aún. La oferta es amplia y diversa y, en un momento que parece bañado por señales de malos tiempos por venir (intolerancia, prejuicios, populismos, terrorismo, calentamiento global),  (a modo de quienes guardan mochilas de supervivencia o tienen planes para una epidemia zombie) y los que son muy poco viables.

(Advertencia de Spoilers)

Firefly (2002-2003). Poco viable.

Esta serie de Joss Whedon, que sólo duró una temporada y que se ha convertido en un producto de culto, se desarrolla en el año 2517 y asume un futuro en que, sí, hay viajes espaciales y muchos planetas “terrificados” (en los que han reproducido las condiciones de la Tierra) y un gran gobierno controlador, La Alianza, pero la realidad del día a día del grupo que vuela en una nave destartalada comandada por Malcolm Reynolds (Nathan Fillion) es el de un western espacial. Y sí, puede que todo lo demás sea viable, pero que el futuro se convierta en el Viejo Oeste espacial es poco probable -a menos que se asuma como un “juego”, sí, hablo de ti Westworld-, aunque muy entretenido.

Nunca me dejes ir (2010). Viable.

Basada en una novela de Kazuo Ishiguro, esta excelente película -que pasó muy desapercibida sin merecerlo- se desarrolla en un futuro cercano, aunque al principio no sea obvio. Si no se sabe nada de la historia es mejor evitar tener más información, parte del horror proviene de la revelación de lo que este futuro significa para los protagonistas y para nosotros como humanos. Kathy, Tommy y Ruth crecen huérfanos en una escuela algo sospechosa que resulta ser el lugar en que cuidan y educan a los clones de seres humanos con recursos e intención de vivir eternamente y que utilizarán, antes de que lleguen a sus treinta años, como donantes de órganos vitales… hasta que mueran en una de las cirugías. Los problemas morales y éticos no se toman en cuenta, tampoco el hecho de que estos clones sienten y piensan. La naturalidad con que se desarrolla la historia es lo que más hiela la sangre.

La carretera (2009). Viable

Esta adaptación de la novela de Cormac McCarthy en que un padre y un niño intentan sobrevivir en un mundo arrasado por un desastre -que parece nuclear- y en el que el canibalismo, la violencia y la deshumanización son la norma no parece muy alejado de lo que podría pasar si un gran desastre acabase con los recursos y el hambre y el miedo se apoderaran de la rutina. Al final se trata, como todos los escenarios que parecen posibles, de imaginar el desarrollo de la naturaleza humana en las peores condiciones… y según los ejemplos que tenemos a mano (aunque haya excepciones de bondad y solidaridad) las probabilidades no son buenas.

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Fotograma de “Idiocracy”

Idiocracy (2006). Por favor no.

Hace unos años pensar que el mundo de esta película, en que un tipo mediocre es congelado y aparece en el futuro sólo para descubrir que el mundo se ha convertido en lo peor de la televisión basura y la publicidad engañosa -ah y que la contaminación es rampante y todo el mundo es idiota-, era viable parecía un mal chiste… una exageración ante, sí, el aumento de reality shows, productos que se inventan necesidades y una cultura que enaltece más a Kim Kardashian que a Cervantes. Ahora, con la llegada del mundo “post-hechos” no parece tan gracioso.

Bladerunner (1982). Viable.

En este futuro, 2019, el mundo está ultra contaminado, gobernado por las leyes salvajes del mercado, los animales están casi extintos en su totalidad y los replicantes, modelos de androides humanoides, son utilizados como mano de obra esclavizada fuera de la Tierra… los que se rebelan y viven en el planeta son cazados y asesinados.

Logan’s Run (1976). No viable.

A ver en este futuro la alegoría va de la obsesión con la juventud en nuestra cultura y el miedo a la sobrepoblación -miedo con base- pero la solución que ofrece este futuro parece demasiado exagerada… incluso en una lista en que el canibalismo y la inteligencia artificial asesina parecen posibles. En este mundo una vez que llegas a los 30 tus opciones son renacer o morir de forma brutal… o, como deja claro el nombre, correr a ver si escapas de la policía y logras vivir unos años más. ¿Le tenías miedo a los 30 años? Ya tienes la solución, sólo piensa en Logan y compañía, te relajará.

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Fotograma de “Black Mirror”

Black Mirror (2011-). Viable

Cada episodio es diferente en esta traumática serie británica, pero en la mayoría de los casos el futuro cercano, y terrorífico, que exhiben es tan posible que las pesadillas son una consecuencia casi indeleble. Ya sea un mundo en que chips implantados en el cerebro para hacer re-play de todo lo que hemos visto en el día o uno en que todo se define por el ránking que tengas en una red social o uno en el que un dibujo animado se postula como presidente… el futuro que presenta Black Mirror es horrible, pero nunca parece muy lejano.

The Purge (2013). No viable.

En esta franquicia cinematográfica se resume en esta premisa: en este futuro hay un día al año, el día de la purga, en que es legal matar, violar y torturar a quien sea. La gente, armada con lo que se encuentre, sale a las calles a desatar sus peores instintos… si eres pobre estás peor -nada de rejas en tu casa y ya ni hablemos si tienes la poca fortuna de vivir en la calle- y si eres rico no estás salvado, pero pagas protección. No parece un gran horizonte al que aspirar y a nivel de posibilidad está en los porcentajes bajos…a qué gobierno se le ocurriría dejar a la gente armarse y matarse un día al año (conste, la duda no proviene de que un gobierno tenga la sensatez de no hacer esto, sino de que tenga la previsión de que gente armada y suelta no tiende a dejarse controlar).

Ex-Machina (2015). Viable

Esta película indie no es Terminator, pero propone la misma premisa… sólo que con mucha menos acción y mucha más discusión moral y filosófica. En un lugar remoto un científico ha creado la que cree es la primera expresión de verdadera Inteligencia Artificial. Para comprobarlo llama a uno de sus empleados, que, encerrado en ese espacio sin ventanas y aislado, debe interactuar con la robot diariamente y evaluar si tiene conciencia. No es difícil imaginar que las cosas no terminan bien y que los humanos no están retratados de la mejor manera.

Distopías en las que nunca acabará el mundo...o en las que puede que sí
Fotograma de “Wall-E”

Wall-E (2008). No viable

Siempre se espera que no llegue a esto, pero en el mundo de Wall-E la Tierra ha tenido que ser abandonada – la basura se quedó con todo el espacio y el aire es irrespirable – y los humanos recorren el espacio en una gran nave crucero, subidos a sillas móviles y pegados a pantallas: sin interactuar, sin moverse, sin saber lo que es una planta o la vida como se conoce en el presente. ¿Exagerado? Sí. Viable, por favor esperemos que no.

Cuando el destino nos alcance (1973). Por dios no.

Vale, ninguno de los futuros presentados en la lista es deseable, eso es claro. Pero en este nada, y es nada, es deseable… y eso antes de conocer la revelación final. La economía del mundo ha colapsado, la contaminación es rampante, los recursos naturales casi han desaparecido y hay sobrepoblación… ah y la alimentación que provee el Estado a quienes tienen la “suerte” de recibirla es en forma de barras energética elaboradas con “plancton” o, como se descubre luego, con gente. Sí, es un muy mal futuro en el que existir.

(Fuera de la lista están las distopías más clásicas como 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y otras narraciones míticas que han establecido muchas de las características de las historias posteriores).

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7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Nerea Dolara

El asesino y líder de un culto se convirtió en icono pop y ha sido el sujeto de muchas creaciones culturales. Ahora que ha muerto te recomendamos desde libros hasta podcasts sobre este tenebroso personaje que tanta obsesión ha generado desde los sesenta.

No es un secreto que los asesinos despiertan una oscura curiosidad en la gente “normal” (véase Seven o más recientemente Mindhunter, por ejemplo). Tampoco lo es que gracias a esa pulsión la cultura les ha dedicado muchas horas y páginas a sabiendas de que siempre habrá personas interesadas en saber más. Uno de los asesinos que se ha mantenido como una enorme figura influyente, incluso tras años de cárcel, es Charles Manson. El hippie que quería ser músico y que terminó liderando varios sangrientos asesinatos murió esta semana, pero su presencia sigue siendo amplia y poderosa en la cultura. Manson y sus crímenes están en todos los géneros y aquí revisamos su presencia en la cultura y qué puedes mirar, leer o escuchar si quieres descubrir su larga influencia en la cultura.

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Un libro

Las chicas tuvo un éxito inusitado el año pasado. No es de extrañar. La primera novela de Emma Cline relata, con nombres cambiados, la experiencia de una chica de clase media que deja su casa para unirse a un grupo de casi adolescentes que viven con un gurú, una clara referencia a Manson y La Familia. La novela retrata con maestría el momento histórico y la capacidad de Manson de atraer, seducir y someter. Su cariño y su violencia, su volátil personalidad. Y retrata a las chicas, todas amantes, todas jóvenes, todas perdidas. Una novela que no romantiza un tiempo que muchas veces se ha visto como idílico, que relata una historia dura y a la vez capaz de enganchar.

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Un disco

The Downward Spiral, de Nine Inch Nails (1994), no sólo recicla letras de Mechanical Man, una canción de Charles Manson, e incluye una colaboración con Marilyn Manson (cuyo apellido falso proviene claramente del nombre del asesino), sino que se grabó en 10025 Cielo Drive, la casa en que Sharon Tate y sus amigos fueron brutalmente asesinados y donde Trent Reznor construyó un estudio al que llamó Pig (en referencia a las pintadas que los asesinos dejaron en las paredes). Reznor luego reconoció que tal vez esto fue un error. The Guardian lo cita explicando que poco después se encontró con la hermana de Tate que le reclamó por explotar la muerte de Sharon. “Por primera vez pensé: ¿Y si fuese mi hermana?. Pensé: Que se joda Charlie Manson. No quiero que me vean como alguien que apoya a un asesino en serie”.

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Un ensayo

The White Album es un extenso ensayo en que Joan Didion analiza -posteriormente, se publicó en los setenta pero habla de su vida en la California de los sesenta- el fenómeno hippie y de la contracultura en California y su vida en ese tiempo. Los asesinatos perpetrados por La Familia aparecen en el libro y Didion los identifica como los responsables de la muerte de un momento, de un espíritu libre y despreocupado. California se llenó de paranoia y miedo. Y cuando Manson, el perfecto ejemplo del hippie descarrilado (el discurso dominante en los medios) fue detenido, el flower-power recibió su última estocada. Didion entrevistó a Linda Kasabian, una de las asesinas y amantes de Manson, más de una vez, de hecho le compró el vestido que llevó a su juicio. Y en el libro relata estas conversaciones.

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Una serie

Aquarius no tuvo demasiado éxito, pero claramente cuenta la historia de los comienzos de Manson y lo que va a venir después. Un policía, completamente conservador y que rechaza a los hippies, interpretado por David Duchovny, sigue la pista de una adolescente desaparecida que se une al grupo de un gurú. La serie se toma libertades, pero resulta un ejercicio interesante.

Una canción

Death Valley 69, de Sonic Youth, hace referencia directa a Manson, La Familia y los asesinatos. La canción fue llamada por Rolling Stone “la mejor fusión de punk y estética de película de terror que ha hecho la banda”.

Un podcast

You Must Remember This es un excelente podcast sobre historia de Hollywood que hace Karina Longsworth, antigua jefa de cultura del L.A. Times. ¿Qué hace la historia de Charles Manson en su podcast? La serie de 10 episodios sobre el asesino existe en sus archivos porque, como sabrá casi todo el mundo, los discípulos de Manson mataron, entre otras personas, a la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski. Las muertes afectaron no sólo al país y al verano del amor, que mucha gente considera que murió en ese instante, sino al mundo del cine. Profundamente investigada, la serie relata la completa historia de Manson y cómo pasó de ser un extraño y violento aspirante a músico a líder de un culto con tendencias asesinas. Una joya del periodismo y un excelente retrato de ese tiempo y este personaje.

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Una película

Manson (1973) es un documental nominado al Oscar en que el cineasta, Robert Hendrickson, tuvo total acceso al rancho que era hogar de La Familia y entrevistó a sus miembros antes, durante y tras los juicios por los asesinatos Tate-LaBianca. También habla con ex miembros de la familia y muestra segmentos de noticias y análisis del momento en televisión. El documental presenta la visión que tienen los seguidores de su líder y de lo que defiende. Interesante y aterrador.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

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Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

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Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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