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7 curiosidades de Gadafi que no sabías

Rodrigo Isasi Arce

El 20 de octubre de 2011, milicianos del Consejo Nacional de Transición asesinaban a Muammar Muhamad Abu-minyar Al Gadafi. La ciudad que  le vio nacer, Sirte, se convirtió en su tumba. Una vez realizada la autopsia, el cuerpo de Gadafi fue expuesto públicamente durante cuatro días, junto con el de su hijo Mutassim y su ministro de Defensa, Abu-Bakr Yunis Jabr, en una cámara frigorífica de la ciudad de Misrata. Las imágenes de su cadáver inundaron las portadas de todos los medios internacionales. Según anunció el gobierno provisional, al amanecer del 26 de octubre el cadáver de Gadafi fue enterrado por dos miembros del Consejo Nacional de Transición en un lugar desconocido del desierto, para evitar que pueda ser objeto de futuras peregrinaciones de sus seguidores.

7 curiosidades de Gadafi que no sabías
Portadas de medios internacionales informan sobre la muerte de Gadafi | Foto: Brendan McDermid/Reuters

La captura y muerte del líder marcó el fin de la Rebelión en Libia y la total liberación del país. El Consejo Nacional de Transición finalmente asumió de manera provisional, oficialmente, el gobierno y el control total del territorio. Se ha escrito mucho sobre la vida y la muerte de Gadafi, pero al menos hay 7 curiosidades sobre él que no conocías. Descúbrelas en este vídeo.

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El más viejo fantasma

Pablo Mediavilla

Foto: Jean-Marc Bouju
AP

Diría que es un sueño, si no estuviera seguro de haberlo vivido. Eran dos o tres mansiones blancas en lo alto de una colina de tierra roja. No tenían puertas, ventanas o muebles; eran carcasas de otro tiempo habitadas por familias enteras; la lumbre al pie de la escalinata y las miradas desconfiadas -quizás solo cansadas- hacia los recién llegados. Los niños, que no tienen miedo, se acercaron, y rieron a carcajadas con la crema solar que les aclaraba las mejillas. Estábamos en una antigua hacienda belga en la región de Bunia, al noreste de la República Democrática del Congo, y los descendientes de los esclavos ocupaban las residencias de los amos.

Cada brazo amputado, cada castigo bíblico que los belgas infligieron a los congoleños para que sacaran más caucho y maderas y oro, engrosó la fortuna del rey Leopoldo II y de Bélgica. Con ella pagó la construcción de la estación de tren de Amberes, una de las más fastuosas del mundo, en la que, como describe W.G. Sebald en su novela Austerlitz: “resultaba apropiado que en los lugares elevados, desde los que, en el Panteón romano, los dioses miraban a los visitantes, en la estación de Amberes se mostraran, en orden jerárquico, las divinidades del s. XIX: la Minería, la Industria, el Transporte, el Comercio y el Capital”. Es una historia vieja y, como todas, ilumina el presente.

Llegan ahora imágenes de ventas de esclavos en Libia. Se sabía ya, pero la CNN ha conseguido las primeras imágenes, grabadas con un teléfono móvil, vehículo del horror contemporáneo. Son jóvenes negros, fuertes, aterrados, y, como antaño, sus cualidades tienen precio. Dice el periodista que el negocio se solventa en minutos. En París, otros jóvenes negros se manifestaron contra la ignominia, y futbolistas negros, como Kondogbia, del Valencia, o Pogba, del Manchester United, han expresado su indignación por el asunto. Desde que Italia -la Italia sobrepasada y abandonada por el resto de Europa en el rescate de refugiados en el mar- paga a los señores de la guerra libios para frenar los envíos a sus costas, el tráfico se ha reducido en un 85%. Los tratantes han virado el negocio, sin más.

La esclavitud no desapareció, solo dejó de practicarse a la luz del día. Es probable que, por cuestiones demográficas, haya más esclavos ahora que en el siglo XIX. Está presente en todos los continentes, en los burdeles de nuestras nacionales y en los campos de cultivo de medio mundo; en los talleres de costura y en las fábricas que, por no saber, no sabemos ni que existen. En la soltura de la transacción libia está la costumbre de lo que nunca se ha abandonado. La imagen digital nos devuelve la incredulidad y el terror ante el más viejo fantasma. Querríamos olvidarlo, devolverlo a la oscuridad, pero una vez visto, ya no es posible.

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Versos fúnebres para el procés

Antonio García Maldonado

Foto: PASCAL ROSSIGNOL
Reuters

No da más de sí. Cada minuto que pasa es una losa en el prestigio y las posibilidades futuras de un proyecto político que reclama, a su vez, ser parte de la Unión Europea. La tragicómica huida de Puigdemont a Bruselas, lejos de internacionalizar el “conflicto”, ha extendido el miedo a los nacionalismos en el resto de la UE, que reacciona y toma nota. La solidaridad con España en el exterior crece al mismo ritmo en que lo hace la pulsión interior por defender la unidad y la democracia constitucional. Quién lo hubiera dicho hace dos meses.

En su huida hacia adelante, el ex president ha actuado –y actúa– como vacuna preventiva y acelerador de la integración comunitaria, y como costurero de los jirones nacionales en España. Su poder taumatúrgico ha conseguido disolver de golpe algunos complejos bien arraigados, como la urticaria hacia la bandera, la simpatía política progresista hacia los nacionalismos periféricos o el tabú ante la recentralización de competencias. Su hoja de resultados es desoladora: pérdida del autogobierno, división social, irreparable crisis reputacional de su movimiento político, incertidumbre e incluso recesión económica, abandono de aliados históricos, fortalecimiento de rivales políticos y horizonte penal sombrío.

El viaje de Puigdemont y sus exconsejeros (que patéticamente ellos presentan como un celiniano “viaje al fin de la noche”), así como las declaraciones ante el Tribunal Supremo de los miembros de la Mesa del Parlament acatando el 155 y hablando del poder exclusivamente “simbólico” de la declaración de independencia, dejan clara una cosa: el tránsito de la etapa mesiánica a la del sálvese quien pueda. Del romanticismo político se ha pasado a un miedo hobbesiano básico, aun travestido con una épica de cartón piedra para la campaña electoral que no alcanza a esconder en algunas miradas vidriosas un lamento de fondo: “¿cómo he llegado hasta aquí?”.

Decía Paul Valéry que “todo el que participa en una discusión defiende dos cosas: una tesis y a sí mismo”. La segunda parte del epigrama parecía olvidada en muchos sectores independentistas, pero quién puede echar en cara a nadie que intente evitar la cárcel y acabar sin patrimonio. Más razonable parece reprochar a esos líderes el engaño previo durante tantos años. Y autorreprocharse la candidez para dejarse engañar a estas alturas de la Historia cuando te venden una moto averiada nacionalista en la Europa democrática y en construcción del siglo XXI.

Recuerdo estos días unos versos oscuros de José Hierro sobre el sinsentido de la vida que se amoldan a la perfección al sinsentido del funesto procés: “No queda nada de lo que fue nada. / (Era ilusión lo que creía todo / y que, en definitiva, era la nada). / Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”.

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Hay una gran literatura africana (y la estamos ignorando)

Jorge Raya Pons

Foto: Neil Hall
Reuters

Cuenta Sonia Fernández, experta en literatura africana, que el conocido autor Nuruddin Farah supo expresar con acierto la situación de silencio que sufren los autores africanos en el mundo editorial, salvo por excepciones como la suya: soy el somalí que el mundo ha aceptado en la fiesta. En la misma lista de invitados aparecen nombres como J.M. Coetzee o Chimamanda Ngozie Adichie. Ambos en grandes editoriales, con difusión y lectores; el primero con un Premio Nobel de Literatura, incluso. Con todo, la realidad nos demuestra que existe toda una literatura riquísima que no llega a las librerías o que, solamente a veces, asoma con timidez en los últimos estantes.

Hace unas semanas, en los días anteriores a que se anunciara el ganador del Premio Nobel de Literatura de 2017, cobró fuerza el nombre del keniano Ngugi Wa Thiong’o. Pero se lo llevó Kazuo Ishiguro. “La literatura africana es muy desconocida”, dice Fernández, con cierto lamento. “Encontrar un libro de literatura africana en una librería es muy difícil. Este año he empezado a ver, y es algo significativo. Pero muy poquito, a cuentagotas”.

El escritor Antonio Lozano ahonda en el debate y afirma: “Es como si no existiera: le hemos dado la espalda”. Luego añade: “La literatura africana no es que haya sido olvidada, es que no ha sido visitada. Existe un cuerpo literario riquísimo desde los años 20 hasta ahora. Pero es raro encontrar a gente que haya leído literatura africana”.

Así pues, a beneficio de la literatura africana, surgen varias preguntas.

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Chinua Achebe, posando para una entrevista en 2008. | Foto: Craig Ruttle/AP

¿Cómo hacer que el lector español (o europeo) se interese por esta literatura?

Fernández reconoce que no aboga por ofrecer privilegios como método: “No soy partidaria de que haya que darle visibilidad por ser de África”. Pero asegura que la mejor manera es esforzarse en dar difusión a las obras que nos gustan. “Una forma que hemos encontrado últimamente y que está dando mucho resultado son los clubs de lectura basados únicamente en letras africanas”, dice. “Es una forma de dar visibilidad”.

Esta postura guarda muchos puntos comunes con las propuestas de la novelista ecuatoguineana Remei Sipi Mayo, afincada en Barcelona. “Debemos hacer mucho trabajo de campo”, dice. “Difundir para crear interés en el público llano. Tanto por la literatura como por África, que no interesa”.

La escritora sostiene que hay dos razones por las que no se lee literatura africana: porque –a priori– no tienen lectores y no dan dinero, por lo que las editoriales grandes renuncian a ella, y porque África no interesa: “La gente solo conoce África por estereotipos: mujeres sumisas, niños con los mocos caídos, etcétera”.

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Nuruddin Farah, durante una entrevista. | Foto: Thomas Mukoya/Reuters

En su ansia por encontrar lectores, ¿para qué público están escribiendo los autores africanos?

Fernández responde con entusiasmo: “Es uno de los eternos debates”. Dice que la mayor parte de los temas que preocupan a los escritores de África tienen que ver con nuestra visión respecto al continente. Dice que abordan cuestiones de inmigración, de racismo. “No es lo mismo que una historia que se desarrolla en Uganda con personajes de Uganda y problemáticas de Uganda”, dice. “Esa clase de obras se ven con cuentagotas”.

Y va más allá: clasifica a los autores africanos –si puede aplicarse como concepto más que como gentilicio– en tres categorías. El primero tiene que ver con los autores que viven, escriben y publican en África. El segundo, con los que han vivido en África pero, por circunstancias laborales o personales, han salido al extranjero y han desarrollado su obra en Europa o Estados Unidos. El tercero, con los que no han nacido en el continente africano, aquellos que son de segunda generación. Dice que los dos últimos grupos acaparan el 90% de la literatura africana que llega a nuestras manos.

“Sin duda el escritor africano escribe más bien para el lector europeo y americano, o en todo caso para la élite cultural de sus propios países”, comparte Lozano. “Hay que pensar que estos países suelen tener una alta tasa de analfabetismo”. En este sentido, surge la cuestión de la lengua: conforme menos extendida esté la lengua de los escritores, más difícil es encontrar un mercado. A veces es incluso imposible encontrar traductores. Por ello, muchos renuncian a sus idiomas maternos para escribir en la lengua de los colonizadores, principalmente francés o inglés. Hay honrosas excepciones, como el propio Ngugi, que renunció al inglés en los 70 para escribir únicamente en kikuyu, exclusivo de su etnia. Y esta es una cuestión que genera cierta discusión entre autores, que se cuestionan entre sí el compromiso con su cultura en función de la lengua que emplean.

“Los autores africanos suelen escribir en las lenguas del antiguo colonizador y en países ajenos al suyo”, continúa Lozano. “Es que la industria editorial está poco desarrollada en África, sobre todo en la África negra. Aunque en el Magreb, por ejemplo, hay muchos escritores que escriben en árabe y publican allí”.

A pesar de estas posiciones, Sipi Mayo no se resigna a aceptar esta visión. “Los autores africanos no escriben para el público europeo, solamente”, dice, desencantada. “Tampoco para el público africano, solamente. El escritor escribe para que le lean, sin elegir el público. Para que le lean y sobre lo que conoce”.

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Ediciones en castellano de ‘Todo se desmorona’, de Chinua Achebe (Mondadori), y ‘Mi carta más larga’, de Mariama Ba (Altaya).

¿Con qué libros o autores hacer la primera incursión en las letras africanas?

“Hay bastante literatura africana traducida al español”, arranca Lozano. “La Casa de África ha hecho una colección que tiene ya 18 títulos importantes, pero hay otras editoriales que también han publicado cosas. También es verdad que son editoriales pequeñas, de difícil acceso”. Así, Fernández recomienda que el lector comience con títulos más recientes, que aborden problemas de hoy, para luego continuar con los clásicos, aquellos centrados en la etapa precolonial.

Lozano se lanza a dar nombres: “Hay títulos fundamentales, como Todo se desmorona, de Chinua Achebe. Hay novelas reivindicativas muy importantes, como El baobab que enloqueció, de Ken Bugul. O la primera gran obra feminista, que es Mi carta más larga, de Mariama Ba. O Boubacar Boris Diop, del que destacaría Murambi, que es una obra sobre el genocidio de Ruanda”.

A estos, Sipi Mayo añade nombres como la propia Chimamanda o Buchi Emechita, aunque también incluye a Colson Whitehead, que es estadounidense. Lo hace por su libro El ferrocarril subterráneo. “Describe la situación de la gente que vivió la esclavitud”, dice la escritora. “Y si hablas de esclavitud, tienes que partir de África”. Para Sipi Mayo, esta literatura también forma parte de las letras africanas.

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Cómo la elección de Donald Trump hace un año ha afectado la imagen de Estados Unidos en el mundo

Tal Levy

Foto: CARLO ALLEGRI
Reuters

¡No!, ¡no!, ¡no!, igual que un niño malcriado que desbarata el juego y se va o, más bien en su caso, da media vuelta y ya se verá, el presidente Donald Trump se desmarca de las deliberaciones internacionales y renuncia al histórico liderazgo desempeñado por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial para centrarse en avivar el nacionalismo de su “America first” y abocarse a los asuntos domésticos, a los que tampoco acaba de enfrentar.

Ha transcurrido un año desde que fue electo para ocupar la Casa Blanca y desde aquel 8 de noviembre los temores sobre su política exterior se han visto refrendados por polémicas decisiones como el retiro del Acuerdo de París sobre cambio climático, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), además de las dudas sembradas sobre su compromiso con los aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). A esto hay que sumar –con la consiguiente resta aparejada– el lenguaje belicista con Corea del Norte y la amenaza de romper el pacto nuclear con Irán.

“Él promete situar a Estados Unidos primero, mientras que al mismo tiempo lo condena a un papel secundario en las deliberaciones globales. Es una política extraña y contradictoria: al tratar de liberar a EEUU de obligaciones internacionales y al emprender una guerra contra instituciones multilaterales, no solamente está destruyendo la reputación del país como un aliado de confianza, sino que cede el futuro a los mismos poderes agresivos, especialmente los regímenes autoritarios de China y Rusia, de los que pretende proteger a los estadounidenses”, fijó posición el diario The New York Times hace un par de semanas.

Cómo la elección de Donald Trump hace un año ha afectado la imagen de Estados Unidos en el mundo 2
El “Trump Chicken” enfrente a una escuela en en Alexandria, Virginia. | Foto: Aaron P. Bernstein / Retuers.

Trump sigue siendo el mismo que se lanzó a una campaña a la que pocos apostaban en sus inicios. Como outsider que es, no sólo está cambiando el modo de hacer política, con su verbo encendido, desbocado; también, el rol de Estados Unidos en la escena internacional, a un tiempo que deja en duda el futuro del orden mundial.

Para Federico Guerrero, profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Ramón Llull, el mandatario intenta recuperar la capacidad para marcar la agenda de un sistema internacional en el que Estados Unidos lleva varios años en declive y cuya estructura tiende a la multipolaridad, por lo que resulta difícil, como pretende, lograr recentralizar el poder en manos de una potencia hegemónica en descenso.

“Trump considera que durante los años de la administración Obama la ‘agencia’ internacional de Estados Unidos (capacidad de actuación autónoma) ha ido en retroceso frente a ‘the rise of the rest’ (las potencias emergentes, con China en posición preeminente), porque lo que para Barack Obama significaba el reacomodo estadounidense a un contexto cambiante, para Donald Trump representaba una claudicación ante la influencia y competencia de China y el resto de potencias”.

Impacto impredecible

La política de desvinculación de los mecanismos internacionales se traduce en una reducción de la maquinaria diplomática del país. El Departamento de Estado, según ha informado la prensa estadounidense, prepara un recorte de unos 2.300 puestos de trabajo.

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Reacciones a los conteos en la sede demócrata. | Foto: Carlos Barría / Reuters.

Más aún, muchos cargos clave de la diplomacia permanecen vacantes y Trump ha dejado claro que no tiene interés en cubrirlos. “El único que importa soy yo porque, llegada la hora, esa va a ser la política. Ya la has visto con claridad. Se llama ahorro de costos y no tiene nada de malo”, ha dicho durante una entrevista en la cadena Fox el 3 de noviembre.

Los fondos de ayuda internacional han sido recortados un 28%. De allí, por ejemplo, el anuncio de no renovar la contribución al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en apoyo a proyectos de desarrollo en América Latina, como lo venía haciendo la nación desde que se creó en 1993 el Fondo Multilateral de Inversiones.

“Para Trump el fenómeno de la globalización está afectando negativamente los intereses de Estados Unidos, no sólo los económicos y comerciales, sino también los políticos, mediante esa redistribución de poder, y pretende ‘bajarse’ del tren de la globalización con medidas proteccionistas a nivel comercial y de corte más aislacionista respecto a su participación en organismos multilaterales. El problema es que la globalización es un fenómeno del que es muy difícil ‘bajarse’, incluso aunque seas uno de sus máximos promotores a nivel histórico. Digamos que la globalización dispone de una agencia propia”, explica Guerrero a The Objective.

Pero ¿cuál será el impacto global de la política de Trump de desmarcarse de compromisos internacionales asumidos en pasadas administraciones y reformular el papel de EEUU en el mundo, al disminuir su respaldo a organismos multilaterales y esquemas de integración?

“El impacto global resulta una cierta incógnita a nivel de efectos prácticos, dado que el alto nivel de interdependencia económica y política existente en el sistema internacional dificulta en extremo dicho tipo de medidas. Estados Unidos se convierte en ‘prisionero’ de la propia ‘inercia’ de la globalización liberal. De este modo, se plantean dos escenarios: primero, que la política de Trump quede en simple retórica de consumo interno para sus votantes/ciudadanos siguiendo el discurso de ‘Bring America back’, debido a la imposibilidad técnica de ‘bajarse del tren’ de un sistema del que EEUU ha sido su principal diseñador; segundo, que aplique efectivamente esa política de corte aislacionista pero el sistema de gobernanza internacional no se resienta de manera sustancial, lo que consolidaría la idea de que realmente nos hayamos frente a un sistema de fuerte tendencia multipolar y la confirmación del fin de la hegemonía estadounidense”, contesta el investigador y profesor universitario.

Espejito, espejito

Pero ¿cómo ha afectado el triunfo de Trump, hace un año ya, la imagen de Estados Unidos internacionalmente?

Cuando Barack Obama fue electo presidente, la confianza en su figura creció al mismo tiempo que la imagen favorable de la nación norteamericana en el extranjero. De igual modo, meses después de la llegada de Trump a la Casa Blanca la manera como es vista la superpotencia ha sido afectada, en su caso, por la desconfianza que él inspira más allá de las fronteras.

Cómo la elección de Donald Trump hace un año ha afectado la imagen de Estados Unidos en el mundo
Protestas en contra de Trump en Corea del Sur. | Foto: Kim Kyung-Hoon / Reuters.

De acuerdo con datos del estudio más reciente realizado sobre el tema por el Pew Research Center, que abarcó 37 países, mientras 64% había expresado su confianza en Obama en los últimos años de su mandato, tan sólo 22% cree que Trump está haciendo lo correcto en materia de política internacional, lo que ha impactado negativamente en la imagen que se tiene de EEUU en el extranjero, sobre todo en las economías avanzadas. Entre los españoles, la confianza en el presidente estadounidense se redujo drásticamente de 75% con Obama a 7% con Trump.

El porcentaje de quienes poseen una opinión positiva de Estados Unidos en el mundo ha decrecido en promedio de 64% a 49%, según ese sondeo realizado en junio.

“Tras los dos gobiernos de Obama, que en cierto modo intentaban recuperar la imagen exterior de Estados Unidos como un ‘hegemón’ benévolo –aunque en declive– que retornaba a las instituciones y al respeto por el derecho internacional mediante la promoción del multilateralismo, la llegada al poder de Trump ha significado un claro retroceso en dicha imagen, pero un retroceso que va incluso más allá de la negativa imagen proyectada por George W. Bush durante sus mandatos con las guerras de Irak y Afganistán”, afirma Guerrero.

La confianza en Trump sólo ha experimentado un notable incremento de 42 puntos porcentuales en Rusia, donde 53% apuesta por él, lo que probablemente pueda ser atribuido a su discurso favorable a un entendimiento con el presidente ruso, Vladimir Putin. Es inevitable, también, establecer nexos con el escándalo conocido popularmente como “Russiagate”, la macroinvestigación que comanda el fiscal especial Robert Mueller acerca de la supuesta relación entre Moscú y miembros del equipo de Trump para interferir en la elección estadounidense de 2016.

Cómo la elección de Donald Trump hace un año ha afectado la imagen de Estados Unidos en el mundo 5
Foto: Aaron P. Bernstein / Reuters.

De hecho, el exasesor en política exterior de la campaña de Trump, George Papadopoulos, se confesó culpable de haber mentido al Buró Federal de Investigaciones (FBI) sobre sus contactos con una persona cercana al Kremlin que ofrecía datos “sucios’’ sobre la candidata presidencial Hillary Clinton. Además, Paul Manafort, quien fuera director de campaña de Trump, y su socio, Richard Gates, han sido acusados de una docena de delitos, entre los que destaca lavado de dinero y conspiración contra Estados Unidos.   

Israel es el otro país en el que la valoración positiva del dirigente estadounidense experimentó un aumento, situándose en 56%, lo cual tampoco sorprende más aun tomando en cuenta el apoyo irrestricto que el mandatario ha demostrado hacia el Estado hebreo. Una de las manifestaciones más recientes de este respaldo fue el retiro de EEUU de la Unesco, medida anunciada el pasado 12 de octubre que se hará operativa el 31 de diciembre de 2018 y que fue justificada, entre otros argumentos, por el continuado sesgo de la organización contra Israel.

En México, la confianza en el inquilino de la Casa Blanca ha caído 44 puntos porcentuales desde el término del mandato de Obama, lo cual sin duda se vincula con la promesa de Trump de construir un muro a lo largo de toda la frontera común.

No sólo su política en materia internacional es impopular, también los rasgos de su personalidad. En América Latina, por ejemplo, 82% sugiere que es arrogante; 77%, intolerante; y 66%, peligroso.

El profesor Federico Guerrero destaca que el presidente estadounidense se mueve en unos parámetros fuera de lo que se puede considerar “racional” dentro de los márgenes de la política internacional, lo que dificulta en extremo la aplicación de cualquier modelo de análisis y previsión de sus decisiones políticas.

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Artista pinta un miembro del KKK en una protesta en el barrio de Anapra en Ciudad Juárez. | Foto: José Luis González.

“Al final hay que remitirse al análisis de factores personales y psicológicos para poder entender la mayoría de sus decisiones. Esto comporta una imagen burda y distorsionada de la administración estadounidense, cómica y peligrosa a la vez. El último ejemplo es el intercambio de declaraciones respecto a cómo afrontar –por la vía militar– la amenaza nuclear norcoreana. Digamos que es una imagen ‘machista’ de la política, y no sólo por la manifiesta actitud irrespetuosa de Trump respecto a las mujeres. Por machismo entendemos una forma beligerante y agresiva de afrontar los temas de la agenda de seguridad, económica, medioambiental o migratoria, en contraposición a una actitud más conciliadora y negociadora”, señala.

Entre desaprobación y desconfianza

Y es que cuando en el verano de 2015 Trump anunció su candidatura parecía más bien una broma, una osadía por parte de un magnate más vinculado al mundo del espectáculo, a los medios, que a la política. Pronto emprendió una campaña electoral inusual, de desmesurado tono, a la que pocos apostaban, muy distinta a la de su rival demócrata.

“Yo estaba llevando a cabo una campaña tradicional con políticas muy pensadas y coaliciones meticulosamente construidas, mientras Trump hacía un reality show que, de forma experta e implacable, avivaba la ira y el resentimiento de los estadounidenses”, apunta Hillary Clinton en What happened (Lo que sucedió), el libro lanzado el 12 de septiembre en el que la aspirante presidencial narra las causas de la dolorosa derrota a la que no ha acabado de sobreponerse. 

De nada le valió a Clinton sumar 2.868.000 votos más que su contrincante pues el sistema estadounidense otorga la victoria a quien logre obtener más apoyos en los llamados colegios electorales.

Pasado un año del triunfo de Trump, según la encuesta nacional llevada a cabo por Pew Research Center entre el 25 y el 30 de octubre, su desempeño cuenta con 59% de desaprobación entre los estadounidenses. El número de quienes confían poco o nada en la capacidad del gobernante para manejar una crisis internacional, de igual modo, va en aumento, pues pasó de 51% en abril a 60% en octubre.

Son todas como piezas de dominó que van impactando una sobre otra. Así, el interés por parte de estudiantes internacionales de matricularse en las escuelas de negocios de EEUU ha mermado casi en dos tercios desde que Trump fue elegido presidente, según se desprende de un estudio difundido en octubre de la organización sin fines de lucro GMAC (Graduate Management Admissions Council) sobre las peticiones de ingreso para el año académico 2017-2018 efectuado en 965 programas en 351 escuelas de negocios y facultades ubicadas en 45 países del mundo.

La razón del declive en las solicitudes por parte de candidatos extranjeros se asocia a las políticas antiinmigración del mandatario estadounidense. Los beneficiados: Canadá y Reino Unido, además de otros países europeos.

Lo que Trump dice o quizá más bien tuitea, lo que hace o más bien deja de hacer, repercute, tiene un impacto en derredor. Andrés Ortega, investigador senior asociado del Real Instituto Elcano y director del Observatorio de las Ideas, ha resumido en un artículo reciente : “Un problema central es que no construye nada en lugar de lo que destruye”. Al menos eso es lo que ha sucedido tras un año de su elección.

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