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7 quesos y vinos para sentirte más cerca de Francia

Rodrigo Isasi Arce

Foto: .
Mantequerías Bravo

El 14 de julio las calles Francia se llenan de gente y de color, la enseña nacional tricolor adorna los balcones, los militares desfilan en los Campos Elíseos de París y los ciudadanos salen a celebrar su fiesta Nacional. En este día se conmemora la toma de la Bastilla en 1789 que marcó el inicio de la Revolución francesa, y el día de unión nacional en el Campo de Marte durante la Fiesta de la Federación en 1790. No hay mejor manera de festejar este acontecimiento que acercándose un poco más a su gastronomía. Desde The Objective te ofrecemos 7 quesos y vinos del país para disfrutar de la Fête nationale por todo lo alto, con recomendaciones de tres referentes gastronómicos madrileños, como son Poncelet, La Boulette y Mantequerías Bravo.

Brie

Desde La Boulette, una de las queserías más completas de Madrid, con más de 300 variedades de queso tanto nacional como internacional, nos llega una propuesta un poco diferente de este queso, un Brie de Meaux Trufado. De una selección de los mejores Brie, este queso de pasta blanda es elaborado de manera artesanal con leche cruda de vaca  y en su interior contiene crema de trufa, que le aporta al queso un sabor potente y atrayente.

El precio aproximado de un kilogramo de este queso es de 27 euros.

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Queso Brie y Champagne Bouché | Foto: Mantequerías Bravo

Mantequerías Bravo, una referencia clásica en España como enoteca, nos propone maridar el Brie con el vino Bouché Père & Fils, de la región de Champagne. Nicholas Bouché elabora con su familia en un pequeño château este champán poco conocido que es un placer descubrir. Bravo oferta un millessime – un tipo de vino de excelente calidad – de una inmejorable añada y con un precio de 35,90 euros la botella. Sólo se puede encontrar en esta tienda de Madrid, o al menos, esos nos comentan.

Bravo ofrece miles de vinos y licores nacionales e internacionales en formatos que abarcan desde las miniaturas hasta las botellas de 27 litros de conocidas bodegas, así como varios productos gastronómicos gourmet.

Roquefort

En diciembre de 2004 se abrió en Madrid la primera tienda Poncelet, un establecimiento especializado en quesos nacionales y europeos, “tradición, modernidad, innovación y vanguardia son nuestras señas de identidad”, asegura la empresa, que nos oferta un clásico de los quesos franceses.

La historia de este gran queso azul se remonta más allá de la Alta Edad Media. Ya conocido por los romanos en el siglo I d.C., ha sido alabado por emperadores, reyes y poetas. En 1411, un fuero real de Carlos VI otorgaba a los habitantes de Roquefort el monopolio de la maduración del queso en las cuevas de Combalou. Dicho fuero sigue en vigor.

7 quesos y vinos franceses para celebrar el 14 de julio
Una fábrica de quesos Roquefort |Foto: Bob Edme / AP Photo File

Producido con leche cruda de oveja, y en tambores de 2,5 kilogramos, el Roquefort casi no posee corteza y se distribuye envuelto en aluminio. La pasta es de color muy blanco, con un entramado de vetas azul verdoso. Su textura es firme y lisa y puede untarse con cierta facilidad. Su aroma es lechoso, a nueces y pasas. Su sabor es salado, complejo, con un regusto ácido.

Un kilogramo de este queso ronda los 40 euros, y combina perfectamente con algún vino blanco muy dulce, como un Sauternes o un Borgoña. Mantequerías Bravo recomienda el vino Climens de la región de Sauternes. Una botella de este vino, de la añada de 2014, puede costar aproximadamente 65 euros, mientras que la de 2005, alcanza los 150 euros.

Époisses

Cuenta la leyenda que este queso de la zona de Borgoña fue creado por monjes cistercienses instalados en el pueblo de Epoisses en el siglo XV, y fue muy popular en el siglo XX hasta la II Guerra Mundial, donde estuvo a punto de desaparecer, cosa que no ocurrió gracias a M.Berthaut, de la localidad de Epoisses, que logró recuperarlo en el año 1956.

Este pequeño queso borgoñón era el favorito de Porthos en los Tres Mosqueteros y también de Napoleón, que lo degustaba con un vino de Chambertin (un viñedo de la región de la Côte de Nuits). Es uno de los candidatos a los 10 quesos más ásperos de Francia.

El precio medio por un kilogramo de este queso es de 50 euros, y combina muy bien con vinos tintos de la región de Borgoña. 

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Cientos de quesos en una fábrica francesa | Foto: Eric Risberg / AP Photo

Comté

El queso de pasta dura más popular de Francia se elabora en los Alpes franceses, con leche de vaca autóctonas de la zona y su peso oscila entre los 35 y los 55 kilogramos. Es del estilo gruyere y se elabora solo en verano, en las montañas. Su producción es de aproximadamente 48.000 toneladas.

Se necesitan unos 530 litros de leche para preparar una sola rueda de Comté de 35 kilogramos, es decir, la producción diaria de 30 vacas. Se elabora en las abruptas montañas y las extensas mesetas del Macizo de Jura, una región que abarca el Jura, los Doubs (ambos incluidos en Franco-Condado) y el Ain (en la región de Ródano-Alpes).

La riqueza y la diversidad de los pastos de la montaña y la marcada diferencia de las estaciones aportan al Comté un sabor único, además de la leche de las dos únicas razas nativas de vaca que deben utilizarse: la Montbéliarde, conocida por el dulzor de su leche, constituye aproximadamente el 95% del ganado, y la parte restante procede de las vacas Simmental francesas.

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Queso Comte y vino Château Bertineau | Foto: Mantequerías Bravo

Los precios de este queso varían en función de los meses de maduración: el precio de un kilogramo de un Comté de 9 meses es de 23 euros; de 21 meses cuesta 31 euros y el de 36 meses 50 euros.

Su textura cremosa y sabor afrutado combinan muy bien con el pescado y la carne blanca, así como con vinos Jura de la región, por ejemplo, Chardonnay, Chenin Blanc o Viognier. Mantequerías Bravo, sin embargo, nos recomienda comer este queso con el vino Château Bertineau de Lalande de Pomerol, de la región vinícola de Burdeos, cuyo precio ronda los 27 a 30 euros la botella.

Reblochon Fermier

A partir del siglo XIV en la Alta Saboya, los agricultores alquilaban el pasto de montaña a los terratenientes y les tenían que proporcionar un porcentaje de la cantidad total que ordeñaban de leche, así que para no tener que pagar en exceso, los granjeros decidieron ordeñar dos veces al día a sus vacas. El queso se elaboraba con la leche de los dos ordeños, esto se denominaba re-blochaient-blochaient, por eso el queso fue nombrado Reblochon.

El Reblochon fue el primer queso de la región de Savoie en conseguir la Denominación de Origen, y por 20 euros se puede adquirir un kilogramo de este queso. Combina muy bien con vinos de la misma región, como un Roussette o un Crépy.

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Queso Reblochon francés | Foto: Pierpeter / Flickr

Mimolette

Este queso también se conoce bajo el nombre de Boule de Lille (Bola de Lille). La razón de este nombre es que  los quesos fueron madurados originalmente en bodegas situadas en la ciudad de Lille. En cuanto al término Mimolette, proviene de una derivación de la palabra mi-mou (medio-blando). El método de producción del  Mimolette es el mismo que el queso Edam holandés. Algunos dicen que el queso se originó en Holanda, otros afirman que fue en Francia.

Este queso tiene dos características peculiares: una es que la pasta tiene un color naranja debido a la coloración natural de la semilla del achiote, y otra es el aspecto exterior de la corteza que es de color grisácea.

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Queso Mimolette y vino Château Rocheyron | Foto: Mantequerías Bravo

El queso Mimolette se puede encontrar en varios estados de maduración pero como mínimo tiene que tener seis semanas. “Durante la maduración, se golpea el queso con un martillo de Mimolette y dependiendo de la resonancia obtenida sirve como un indicador de su calidad. Si suena hueco, es una mala señal”, comentan desde Poncelet.

El precio medio por un kilogramo de este queso es de 35 euros y Bravo asegura que puede ser un buen acompañamiento del vino Rocheyron de la región de Saint Emilion. Este vino tiene un precio de 190 euros la botella y es elaborado por Peter Siesseck, uno de los enólogos más reconocidos en el sector, responsable en España del famoso Dominio de Pingus, en la Ribera del Duero.

Camembert de Normandie

Este queso de origen francés se caracteriza por su pasta blanda, untuosa y suave. Camembert es una denominación genérica para este queso, que actualmente se elabora en todo el mundo. Francia no ha solicitado la protección del término genérico ‘Camembert’, pero sí de uno en particular, que es el Camembert de Normandie.

Durante la Revolución Francesa, un sacerdote de Ile de France, huyendo del terror, se refugio en la casa de Marie Harel y le explico la fabricación del Brie, aplicando a su manera el proceso e intentando mejorar la calidad del queso dio como resultado el Camembert, en 1791. En 1850 se empezó a vender en París, lo que provoco su desarrollo y expansión.

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Queso Camambert y vino Château Clarke | Foto: Mantequerías Bravo

Este queso se popularizó cuando se inauguró la línea ferroviaria París-Granville (1855). Marie Paynel, hija de Marie Harel, entregó a Napoleón III un queso Camembert. Al emperador de Francia le gustó que hizo que se lo llevaran con asiduidad al Palacio de las Tullerías. Desde 1880 se envasa en pequeñas cajas de madera.

Un kilogramo de Camembert suele costar entre los 20 y los 30 euros, dependiendo de su calidad, y marida muy bien con el vino Château Clarke de Listrac-Medoc, en la región vinícola de Burdeos, según Bravo. El precio de la botella es de 27,90 euros. Chateau Clarke es elaborado por la bodega Edmond de Rothshild. Esta familia se ha asociado con Vega-Sicilia para elaborar Macán en La Rioja.

  • Poncelet: calle Argensola, 27. Horario: lunes a viernes de 10:30 a 14:30 y de 17:00 a 20:30, sábados de 10:30 a 20:30 y domingo cerrado.

  • La Boulette: Mercado de La Paz Puestos 63-68,  calle Ayala, 28. Horario: lunes a viernes de 09:00 a 14:30 y de 17:00 a 20:00, sábados de 09:00 a 14:30 y domingo cerrado.

  • Mantequerías Bravo: calle Ayala, 24. Horario: lunes a viernes de 09:30 a 14:30 y de 17:30 a 20:30, sábados de 09:30 a 14:30 y domingo cerrado.

Continúa leyendo: Cuando Marruecos invadió el Sáhara español

Cuando Marruecos invadió el Sáhara español

Rodrigo Isasi Arce

Foto: EFE/UPI

El 6 de noviembre de 1975 cerca de 350.000 civiles, enarbolando banderas marroquíes, retratos de su rey, Hasan II, y con el Corán en la mano, cruzaron la última frontera de la España colonial. Fue la llamada Marcha Verde. Marruecos comenzaba de esta manera la invasión de la provincia número 53 de España, el Sáhara Occidental, y obligaba a las tropas españolas a retroceder. Apenas unos días después, el 14 de noviembre de 1975, se firmaron los Acuerdos Tripartitos de Madrid, por los que España cedió el territorio a Marruecos y Mauritania, aunque continuó siendo una provincia española. El 26 de febrero de 1976 las tropas españolas salían para siempre de la zona y abandonaban a su suerte a los saharauis. Dicen que se llevaron hasta los cadáveres de los soldados ya enterrados. La Marcha Verde fue el comienzo de una invasión anunciada que persiste hasta el día de hoy. Con motivo del aniversario de la Marcha Verde, y de los Acuerdos Tripartitos de Madrid, The Objective ha hablado con la delegada de la República Árabe Democrática Saharaui (RASD) en Madrid, Jira Bulahi Bad.

Marruecos, en su afán por controlar el territorio, llevó a cabo, en los años posteriores, ataques con fósforo blanco y napalm, ambas sustancias prohibidas, por los que nunca ha sido condenado. Muchos saharauis se vieron obligados a huir hacia el país vecino, Argelia, y actualmente viven en campamentos de refugiados. Un muro erigido en los años 1980 por Rabat, de 2.700 kilómetros, que cuenta con radares y minas antipersona, les separa de los familiares que decidieron quedarse en el Sáhara Occidental. El muro separa la mayoría del territorio sahararui bajo control marroquí del 20% gestionado por los independentistas del Frente Polisario.

Alrededor de 100.000 saharauis procedentes de un mosaico de tribus nómadas que durante siglos recorrieron el Sáhara con sus dromedarios, llevan cuatro décadas en los campamentos de los alrededores de Tinduf. Los refugiados viven gracias a la ayuda internacional y del dinero enviado por sus familias exiliadas en Europa.

En 1979, Mauritania renunció a sus reivindicaciones en el Sahara Occidental y dejó a Rabat el control de casi todo el territorio. Después de haber proclamado una República Árabe Saharaui (RASD), el Frente Polisario siguió combatiendo a las tropas marroquíes hasta el alto el fuego de 1991 auspiciado por la ONU.

Continúa leyendo: La Fiesta de Muertos, la alternativa mexicana a Halloween, vuelve a Madrid

La Fiesta de Muertos, la alternativa mexicana a Halloween, vuelve a Madrid

Cecilia de la Serna

Foto: CARLOS JASSO
Reuters

En España está el Día de Todos los Santos, con todas sus tradiciones, que a pesar de estar cada vez más demodé -por la proliferación de eventos del anglosajón Halloween que campan por el país-, sigue siendo la seña de identidad española en esta época. Más allá de los disfraces de Halloween y las calabazas iluminadas, hay otras formas de celebrar en estas fechas tan características. En Madrid también hay otros eventos, más allá de esta popular fiesta traída desde las cintas de Hollywood, y nosotros queremos destacar uno en especial.

Se trata del mexicano Día de Muertos, una celebración que honra a los ancestros durante el 1 y el 2 de noviembre, coincidiendo con la festividad católica del Día de los Fieles Difuntos. En Madrid se aprovechará que el 1 de noviembre es festivo para concentrar su celebración en un solo día.

Aunque la Fiesta de Muertos es una festividad principalmente mexicana, también se celebra en muchas comunidades de Estados Unidos donde existe una importante población de origen hispano, y en menor medida también se celebra en algunos otros lugares de Latinoamérica.

La muerte más alegre

En el año 2003 la Unesco declaró la fiesta mexicana de muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Esta festividad de origen precolombino, en la que hay vestigios de celebraciones de las culturas maya, mexica, totonaca y purépecha, es ampliamente popular en tierras mexicanas y cada vez está más presente más allá de sus fronteras.

La originalidad de la propuesta, que coloca a la muerte como un elemento alegre y de festejo en vez de rodearla de miedo o tristeza, es lo que más atrae a los que se atreven a adentrarse en una Fiesta de Muertos.

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La Catrina pinta las caras de estas mujeres en el centro de México DF. | Foto: Tomás Bravo / Reuters

Una de las protagonistas de este Día de los Muertos en México es La Catrina, la “muerte mexicana”. Esta figura, que originalmente era conocida como La Calavera Garbancera, fue creada por el ilustrador José Guadalupe Posada y bautizada por el muralista Diego Rivera. Hoy en día es una imagen del folclore mexicano que se ha convertido en un icono reconocido en todo el mundo.

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Con el Día de Muertos los mexicanos forman un auténtico carnaval. | Foto: Eduardo Verdugo / AP

La fusión entre raíces indígenas y españolas está presente en todo momento en esta original ritual centenario. A pesar de su aura alegre no debemos caer en la superficialidad a la hora de tratar esta festividad. El Día de Muertos supone para muchas familias mexicanas el retorno de lo querido, implica el regreso transitorio de las almas de los difuntos, quienes vuelven a casa, al mundo de los vivos, para convivir con sus seres queridos. Es, por tanto, una tradición llena de sentimiento y solemnidad.

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El color rodea esta festividad. | Foto: Eduardo Verdugo / AP

Entre las prácticas más extendidas están el colorido adorno de las tumbas o la construcción de altares sobre las lápidas, todas estas heredadas directamente de las tradiciones indígenas. Para facilitar el retorno de las almas a la tierra, las familias esparcen pétalos de flores de cempasúchil, la flor típica de la festividad, y colocan velas y ofrendas a lo largo del camino que va desde la casa al cementerio.

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El Día de Muertos también está rodeado por un fuerte espíritu patriota. | Foto: Eduardo Verdugo / AP

La Fiesta de Muertos es, al fin y al cabo, una metáfora sobre nuestro camino por la vida. No se trata de conmemorar una ausencia, sino de celebrar una presencia vital. Un espíritu que coge cada vez más fuerza en otros países, como es el caso de España.

Fiesta de Muertos en el Mercado de la Cebada

Madrid tiene otro año más una cita con esta festividad. En el castizo barrio de La Latina, concretamente en el Campo de La Cebada -adyacente al Mercado de mismo nombre- se está preparando una gran Fiesta de Muertos. Tendrá lugar el miércoles 1, aprovechando que es festivo, desde las 13:00 y la entrada será gratuita. Allí se podrá contemplar un concurso de altares de muertos, además de poder degustar productos típicos de la gastronomía mexicana en esta época como el pan de muerto, champurrado o los tamales. No faltarán los atuendos más coloridos de esta tradición. Una forma original de salirse de ese Halloween que inunda escaparates y planes a lo largo y ancho de nuestra ciudad.

Continúa leyendo: Pénélope Bagieu: "Pienso que mi trabajo es una mierda incluso cuando me dicen que es genial"

Pénélope Bagieu: "Pienso que mi trabajo es una mierda incluso cuando me dicen que es genial"

Jorge Raya Pons

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Pénélope Bagieu (París, 1982) posa para la cámara con la parte interior de los brazos hacia fuera, como haciendo un esfuerzo por que se vea la corona que tiene tatuada en el antebrazo. Su piel es blanca y tiene pequitas en la cara, un rostro dulce, y a veces esconde la mirada tras un largo tupé pelirrojo. Bagieu es una de las ilustradoras más conocidas del mundo: sus viñetas se leen en decenas de países por sus libros y por la fama que adquirió con aquel blog llamado Ma Vie Est Tout À Fait Fascinante. Tiene tantos seguidores en Twitter como un primer ministro.

Bagieu estuvo hace unos días en Madrid para promocionar la última obra que se ha publicado en España, Valerosas 2 (Dubbiks), el segundo tomo de su ambicioso proyecto de relatar a través del dibujo pequeñas biografías de mujeres ejemplares. El trabajo es sorprendente, especialmente para quien no está habituado a la novela gráfica, y las historias se encajan como un golpe en el estómago.

“Antes de este libro, hice otra biografía sobre Mama Cass, de The Mamma and the Pappas, y cuando estaba dibujando esta biografía pensé en la lista de mujeres de las que quería escribir”, dice Bagieu. “Pensé que iban a ser diez años de mi vida escribiendo biografías de 300 páginas sobre estas mujeres. Así que en vez de hacer biografías largas de unas pocas, pensé en hacer biografías cortas de muchas”.

Pénélope Bagieu: "Pienso que mi trabajo es una mierda incluso cuando me dicen que es genial"
Cover del segundo libro de Bagieu está dedicado a mujeres relevantes de la Historia. | Imagen vía Dibbuks.

En este libro hay un capítulo por cada una de las 15 mujeres escogidas, cada una de ellas con un perfil tan distinto. Sin embargo, todas comparten la particularidad estimulante de superar una y otras vez las adversidades: son historias de redención y victorias a medias.

Una de ellas es la tragedia de Phoolan Devi. Esta historia le hizo preguntarse cómo se dibuja el horror. Devi nació como paria en una ciudad rural de la India y la casaron con un hombre rico cuando tenía 10 años. La violó durante meses, hasta que escapó. Regresó con su familia y la detuvo la policía. Los agentes también la violaron. Años más tarde se enamoró del jefe de los dacoits, un grupo de bandoleros, y estos vengaron a su excaptor. Se incorporó a la banda y durante años asaltó a los ricos para entregar los botines a los pobres. Fue encarcelada, primero, e indultada 11 años después. Tras salir de prisión entró en el Parlamento (1996), fue nominada al Nobel de la Paz (1998) y asesinada a balazos en la puerta de su casa (2001). Su victimario fue recibido como héroe por su comunidad.

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Valerosas 2. Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren. | Imagen vía Dibbuks.

La idea de Valerosas nació de Bagieu y contó con el apoyo del diario Le Monde, que se sorprendió en un principio de que el proyecto fuera únicamente con mujeres. Aquella selección no fue sencilla: ella habría incluido decenas, así que el proceso fue necesariamente minucioso. “A algunas de ellas las he admirado siempre”, dice, con voz tímida. “A otras las he descubierto en el camino. Para elegir quería comprobar si era capaz de contar la misma historia una y otra vez a todo el mundo, todo el tiempo, porque eso significa que estoy un poco obsesionada con ella y que es una buena historia”.

Es curioso descubrir cómo todas estas mujeres, cuando fueron niñas, eran inquietas y curiosas, a menudo extravagantes. Uno se pregunta si Bagieu era igual, si ponía la cabeza entre los cojines o disfrutaba más rompiendo a golpes las muñecas que vistiéndolas. “Creo que aprendí a dibujar antes que a caminar”, dice. “Tenía mi propio mundo interior. Pero lo dirigía mucho hacia otras personas. Creé una pequeña cueva en mi cuarto y daba tickets a la gente para que viniera a verla. Y también –y probablemente sea esta la historia más triste que oirás nunca– dibujaba hermanos y hermanas y los colgaba en las paredes. Les ponía nombres y les daba personalidades”. Luego hace un gesto con las manos: “En realidad me crié como una hija única, cuando no lo era. Pasaba mucho tiempo sola. Dibujaba todo el tiempo. Empecé a escribir diarios, empecé a hacer dibujos, hacía libros pequeñitos. El dibujo ha sido siempre mi manera más fácil para comunicarme; no soy muy buena hablando con las personas”.

“Creo que aprendí a dibujar antes que a caminar”

Fue una niña de pocas palabras, dice, y la escuela tampoco le estimulaba. “Me parecía una cosa eterna que tenía que terminar”, dice, bajando suavemente el tono de la voz. “Siempre pensaba: solo me quedan tres años. Dos. Uno”. Porque en el momento en que pudo decidir cómo emplear su tiempo, dice, fue como “nacer de nuevo”: “Descubrí que una puede estar ocho horas sentada frente al escritorio y disfrutar de lo que haces”.

Ya no tenía que esconderse para dibujar, bajo amenaza de castigo, en ese momento confuso que es la adolescencia; en ella no fue distinto. “No tenía aspiraciones, ni autoestima, no tenía ni idea de qué quería con mi vida”, dice Bagieu. “Para mí no había un trabajo posible, no conocía a nadie que se ganara la vida dibujando. Me atormentaba pensar qué trabajo podía hacer. La carrera que tenía en mente era profesora de inglés porque pensaba que tendría tiempo para dibujar por las noches. Era el mejor sueño que podía tener: dibujar por las noches. Por eso cuando visito a adolescentes en los institutos, siempre les digo que sé que hay dos o tres personas que dibujan todo el día. Les digo: ‘¡Sé que existís!’. Y les digo otra cosa: se puede conseguir”.

Todo a base de horas y esfuerzo y una dosis insoslayable de entereza. Cuando le pregunto a Bagieu si ha dudado de su trabajo en algún momento, responde: “¡Buffff!”. Y dice, riéndose un poco: “Casi una vez al día. Cada vez que veo lo que hice el año anterior, hago Arghhhh. Creo que es parte de la complejidad de crear. Pasas la mitad de tu tiempo estando en trance y trabajando como una loca y en medio de la noche porque has tenido una idea, es algo místico. Pasas la otra mitad observando lo que hiciste la otra noche y pensando que es una mierda. Así que simplemente vas y vuelves a cada estado”.

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Pénélope Bagieu, en su visita a la redacción de The Objective | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

Bagieu dice que nunca admite halagos porque los encuentra tramposos, salvo cuando vienen de unas pocas personas de confianza. “Creo que es importante tener a gente buena alrededor, como un editor o un par de amigos, en cuya opinión confíes”, dice. “De lo contrario, habrá momentos en los que querrás tirar todo por la borda y abrir una panadería. Mi editor en Francia está acostumbrado a estos momentos en los que le envío diez páginas por correo y no me responde y creo que es porque el trabajo que le he mandado apesta hasta que me responde y resulta que, simplemente, estaba reunido y no podía atenderme. Cuando el resto me dice que le gusta mi trabajo, pienso que es porque son amables o porque son mis amigos. Tiendo a pensar que mi trabajo es una mierda, incluso cuando todo el mundo me dice que está genial”.

En esos momentos de duda, dice, siempre tiene algunos autores a mano: unos libros, unas pinturas. “Hay una ilustradora llamada Mary Blair que me ayuda mucho”, dice. “Era la directora de arte de Disney en los años 50. Creó toda la belleza de Disney en aquella época. Eso es muy difícil y nunca recibió el reconocimiento que merecía. Era la época de Peter Pan y Alicia en el País de las Maravillas. Aquella belleza era tan concreta. A veces acudo a ella para refrescar mis ojos con la belleza de sus dibujos. Es como el sueño de una noche, como si mis ojos nacieran de nuevo. Me ocurre también con las pinturas de Odilon Redon. Es tan poético, como de otro mundo. O leo al maestro Quino, que es el más grande. Cuando dudo, le leo. Me ayuda a reescribir”.

“Creo que lo que he perdido por el camino es dibujar por dibujar. Lo he perdido para siempre”.

Ahora que Bagieu es tan conocida, que sus libros se venden por miles, es inevitable que pase el tiempo subida en un tren o en un avión, en una gira permanente. Lleva un año de promoción con Valerosas, atendiendo entrevistas como esta, interviniendo en festivales de ciudades como Nueva York, Frankfurt o Madrid, y ahora está deseando retomar las horas en su estudio. “No hay medio más fuerte que las imágenes”, dice. “Hay mucho que puedes decir con los cómics y no de otra manera. Tiene otra música. Y es más barato que el cine”.

Pero no es difícil imaginar que uno renuncia a muchas cosas, más siendo tan joven, cuando tu trabajo –tu vocación– se convierte en tu vida. “Creo que el precio de la ambición es la soledad”, dice, entornando los ojos. “Este es un trabajo muy solitario, y a veces has invertido dos años dibujando lo mismo: los mismos personajes, una página tras otra. Es un proceso muy solitario. No es como algunos artistas de cómic que trabajan juntos y tienen con quien hablar… o tienen un gato”. Y continúa: “Pero la verdad es que –y esto es muy triste también–, cuanto más mayor me hago, más valoro trabajar a solas. A veces termino de trabajar y veo a muchas personas, pero cuando trabajo prefiero no tener a nadie alrededor”.

Pénélope Bagieu parece tímida, pero no lo es tanto, aunque se esconde a ratos tras su largo tupé pelirrojo: “Creo que lo que he perdido por el camino es dibujar por dibujar. Lo he perdido para siempre. Veo que mucha gente ama dibujar y consigue hacerlo cuando está de vacaciones. Yo no puedo. Es como un trabajo adicional. Siempre que dibujo es por algún motivo”.

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Pénélope Bagieu, acercándose a un monumento a Federico García Lorca. | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

Continúa leyendo: Restaurant Week, menús de lujo a precios asequibles para luchar contra la pobreza

Restaurant Week, menús de lujo a precios asequibles para luchar contra la pobreza

Redacción TO

Foto: ElTenedor
Twitter

La nueva edición de Restaurant Week une la solidaridad y la gastronomía en varias ciudades de España. Este evento de fama internacional, que cada año se celebra en ciudades de todo el mundo, vuelve a los restaurantes españoles desde el 25 de octubre hasta el 12 de noviembre.

Los mejores restaurantes de Madrid, Barcelona, Sevilla, Málaga y Valencia ofrecerán menús de lujo a un precio fijo desde 25 euros por persona y además colaborarán con proyectos solidarios de la ONG Ayuda en Acción.

Por cada menú, los restaurantes donarán un euro al proyecto Aquí también de Ayuda en Acción, que quiere acabar con la desigualdad en España.

¿Qué restaurantes participan?

Esta tercera edición de Restaurant Week cuenta con la participación de más de 300 restaurantes repartidos en las distintas ciudades participantes, alrededor de un centenar más de los que participaron el año pasado.

El organizador de este evento, el portal de reservas ElTenedor, destaca algunos de los mejores restaurantes para disfrutar de estos menús en los días en los que dura la Restaurant Week. Entre ellos hay una gran oferta gastronómica con comidas de todo el mundo, desde cocina japonesa hasta los platos españoles más tradicionales.

En Madrid, más de 37 restaurantes ofrecerán sus menús de alta gastronomía a un precio asequible para sumarse a la causa de Ayuda en Acción.

Restaurant Week, menús de lujo a precios asequibles para luchar contra la pobreza
La Restaurant Week comienza el día 25 de octubre y acaba el 12 de noviembre. | Foto: Ayuda en Acción/ Twitter

En la capital destacan algunos restaurantes como el DOMO by Roncero & Cabrera, que ofrece un menú de cocina creativa, el Cinco Jotas con un menú muy español o el Pazo Coruña con su oferta de gastronomía gallega. A estos se suman restaurantes de comida francesa, como La Esquina del Real; japonesa, como el Tori-Key, o mexicana, como la de Entre Suspiro y Suspiro.

En Valencia, la celebración de la Restaurant Week se une a la 17ª edición de València Cuina Oberta. En esta iniciativa participan más de 55 restaurantes, algunos de ellos con estrella Michelin o Soles Repsol.

En esta ciudad, los restaurantes de alta cocina servirán menús a 20 euros al mediodía y 30 euros por la noche, con un suplemento de 15 euros en aquellos restaurantes que cuenten con una estrella Michelin.

En Barcelona destacan algunos como el restaurante Angle, del chef con dos estrellas Michelin Jordi Cruz, o Xerta, del chef Fran López.

En Sevilla y Málaga, la oferta de esta Restaurant Week se centra principalmente en restaurantes de comida tradicional española con un toque andaluz.

¿A qué se destinará el dinero recaudado?

Un euro de cada menú estará destinado al programa Aquí también de Ayuda en Acción, en concreto se invertirá en becas destinadas a 83 colegios en toda España.

El programa Aquí también, que comenzó en 2013, ayuda a familias en riesgo de exclusión social debido a las consecuencias de la crisis económica. En concreto, este programa se centra en los colegios “para poder atender las necesidades básicas de niños y niñas con dificultades y ayudar a sus familias a mejorar su situación”, explica la ONG.

En 2016, la Restaurant Week recaudó más de 20.000 euros para la ONG, el doble que en 2015. La recaudación se destinó a facilitar becas de alimentación, a la dotación de material escolar, la innovación educativa y las actividades extraescolares, entre otros.

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