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Actuaciones para perros amantes del arte

Carola Melguizo

Foto: Diriye Amey
Flickr

“El arte es una mentira que nos acerca a la verdad”, decía Picasso. Y no hay más verdad que la que transmite un animal. Siempre honesto, siempre presente y libre de prejuicios. No por casualidad muchos artistas han encontrado en los animales su principal fuente de inspiración. Hay infinidad de obras con perros y gatos como protagonistas. Sin embargo, pensar en ellos como público no tenía mucho sentido. Hasta ahora.

Krõõt Juurak (Estonia) y Alex Bailey (UK) son los artistas que dan vida a Performances for Pets, un proyecto artístico para mascotas, representado por Galerie International, que nació en Viena en 2014 y que desde entonces no ha parado de viajar por Europa. Sus actuaciones son privadas y personalizadas y tienen como principal objetivo ofrecer entretenimiento teatral a las mascotas. Así de simple y así de complejo.

Los animales han sido fuente de entretenimiento para los humanos, probablemente, desde que el mundo es mundo. Sin ir más lejos, en Youtube hay vídeos protagonizados por gatos que tienen más de 70.000.000 de visualizaciones. Sí, más de setenta millones. Por ejemplo: Surprised Kitty. Esto, sumado a la idea de que “cada mascota es, en cierto sentido, un performer para los humanos” sirvió de inspiración para Juurak y Bailey.

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Imagen vía Flickr/Pete

En la página web del proyecto los artistas lo explican así: “Queríamos invertir los roles y ofrecer a los animales la posición del espectador. Cuando se trata de actuar y de ser interesantes, las mascotas son superiores a nosotros de muchas maneras. Cuando una mascota sale al escenario, por ejemplo, captura de inmediato la atención de todos. Así que la inspiración para el proyecto fue realmente un “y si” invertimos los roles por un momento.” El resultado se resume en más de tres años de actuaciones para perros y gatos en ciudades como Zúrich, Bruselas, Berlín, Tallin, Viena y Barcelona.

“Las mascotas contemporáneas ya no tienen una función práctica en el hogar. Los gatos no necesitan cazar ratones, los perros ya no necesitan vigilar la casa. Las mascotas han actualizado su trabajo a lo que llamamos trabajo inmaterial o afectivo. En pocas palabras, las mascotas se las arreglan para ganarse la vida siendo ellos mismos en lugar de producir algo. Y eso nos parece muy contemporáneo.” Reflexiona el dúo creativo en el portal oficial de Performances for Pets. En este sentido, el proyecto aborda el hecho de que el entretenimiento proporcionado por las mascotas que trabajan desde casa, a menudo no se reconoce como trabajo real y que ya era hora de devolverles el favor.

Actuaciones para perros amantes del arte
Perro viendo un proyecto artístico para mascotas | Imagen vía: Matthew McCullough / Flickr

¿Cómo se desarrolla cada performance?

Detrás de cada actuación hay un trabajo importante de investigación para conocer al animal y a su humano. Con preguntas sobre el carácter y los gustos de la mascota, los artistas personalizan al máximo el performance, así que cada representación es única. El escenario, por su parte, es siempre el hábitat natural de la mascota, que puede ser su casa o un lugar que visite con frecuencia en el que se encuentre realmente cómoda y relajada. La actuación en sí tiene una duración aproximada de 15 a 20 minutos para los perros y de 20 a 30 minutos para los gatos.

Es importante destacar que aunque las actuaciones están pensadas para entretener a las mascotas, los humanos del entorno más cercano del animal también son bienvenidos. Al estar emocionalmente conectados con sus mascotas, disfrutan en la medida en la que las ven disfrutar a ellas.

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La furgoneta asesina

Valenti Puig

La respuesta vital del pueblo de Barcelona al atentado yihadista ha sido ejemplar, desde la recuperación inmediata del pulso de la ciudad a los héroes anónimos o al “No tinc por” de la Plaza de Cataluña, nucleado por la figura de Felipe VI. Imparable, la vida prosigue sin amedrentarse pero el problema seguirá siendo, como en otras ciudades atacadas por el terror islamista, la gestión racional del día después. Es decir: tras el paradigma emocional de humanidad unida en el pesar, al volver a lo cotidiano seguimos sin reconocer que alguien nos ha declarado la guerra y que hay que responderle en su condición de enemigo, mirarle cara a cara como lo que ha decidido ser atacando a una sociedad que vive en el respeto a la ley, la separación de Iglesia y Estado, los plenos derechos de la mujer, la libertad de expresión y la resolución del conflicto por el Derecho.
Aun siendo las circunstancias políticas de Cataluña las que son, es evidente que las tramas yihadista llevan largo tiempo asentándose en el Levante español al margen de las vicisitudes políticas. Barcelona era un objetivo yihadista con o sin independentismo. De todos modos, no puede soslayarse que la incertidumbre institucional y el enfrentamiento del secesionismo con el Estado, con un referéndum ilegal a meses vista, no contribuyen a la respuesta más efectiva cuando una furgoneta asesina zigzaguea por la Rambla. Uno puede preguntarse si los mossos d’esquadra, modélicos en su operativo pronto y eficaz, hubiesen tenido una mejor y más clara capacidad de gestión de no haberse producido –y cómo- los cambios recientes en la consejería de interior. La prioridad era y sigue siendo garantizar la seguridad de la ciudadanía y no hacer apuestas sobre a quién deben obediencia los mossos sino es a la ley.

Por ejemplo, el conseller anterior dejó su cargo por implícitas discrepancias con el proceso independentista y por idénticas razones dimitió el director de los mossos. Tanto el nuevo conseller como el nuevo director de la policía autonómica –quien decía que los españoles le dan pena- no ocuparon sus despachos en virtud de su conspicua experiencia en cuestiones de seguridad sino dada su fidelidad al proceso y a la necesidad secesionista de controlar el aparato funcionarial y concretamente policial para el caso de una declaración unilateral de independencia, precisamente cuando la CUP iniciaba sus ataques contra la industria hotelera de Barcelona y las huelgas en el aeropuerto del Prat dañaban ostensiblemente la marca Barcelona, con evidente beneficio de otras ciudades y destinos turísticos en un sector tan competitivo. La guinda la puso el cantante Lluís Llach, diputado autonómico, amenazando a los funcionarios que no aceptasen la ruptura ilegal con España. En este caso, todo restaba, mientras que el pueblo de Barcelona hubiese deseado que todo sumase.

Esa es una guerra global y las estrategias de interconexión son capitales, en controles de aeropuertos, en el pool” de los servicios secretos europeos, en vigilancia costera, en prevención y vigilancia. Por ejemplo, de las mezquitas e imanes salafistas que tanto ha favorecido el buenismo multiculturalista en Cataluña. Conviene tener en cuenta que las primeras candidaturas municipales anti-inmigración aparecieron en Vic. Ahora la cuestión en si seguir con el buenismo y dar pie a una nueva derecha anti-inmigración o insistir infatigablemente en la razón política y no negar la brutal evidencia del enemigo.

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Armagedon

Daniel Capó

Foto: PASCAL GUYOT
AFP

Desconozco la biografía de Younes Abouyaaqoub, principal sospechoso de la matanza de Barcelona, pero puedo imaginármela: el hijo de una ideología del resentimiento, a la que se le superpone el fracaso social y educativo. Lo que en otra época se hubiera denominado “lumpen”. Nada lo distingue de tantos otros asesinos islamistas, ni del fanatismo de sus compañeros de grupo. Joven y falto de un futuro, el odio –porque sólo se mata por odio– prende en ese fuel del resentimiento, mezclado con un complejo de inferioridad que se asume de forma dolorosa. La ideología del radicalismo islámico ofrece, en definitiva, un marco de redención que canaliza esa rabia y justifica el asesinato: un sentido que resulta, además, claramente apocalíptico. Para empezar, un Armagedón en cualquier esquina de cualquier país libre.

Las ideas tienen implicaciones, al igual que los sentimientos. Y nosotros debemos sabernos guiar por el realismo. En primer lugar, reconociendo que se trata de una guerra, aunque no en un formato tradicional, que se dirige contra nuestras creencias. En segundo lugar, siendo conscientes de que la cooperación internacional es fundamental para contener el yihadismo. En tercero, contando con la necesidad de asfixiar las distintas fuentes de financiación del terrorismo. En cuarto, acompañando la contundente actuación policial de un proceso, a medio y largo plazo, de integración cultural, profesional y humana que permita desacreditar el Apocalipsis. Por varios motivos también, esto último será lo más complicado.

Primero, porque la propia dinámica tecnológica y económica de la globalización acelera la quiebra de clases sociales en Occidente (pero no en los países en vías de desarrollo). Segundo, porque sin éxito académico apenas habrá trabajo de calidad en el futuro y es cosa sabida la influencia del entorno social en la excelencia académica. Tercero, y quizás el más importante, porque –por decirlo a la manera de Rémi Brague– se trata del difícil intento de integrar no sólo una cultura o una religión distintas, sino toda una civilización que engloba desde la superstición al derecho, desde la fe al funcionamiento de la economía. Y no entenderlo, me temo, resulta sencillamente suicida.  

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Barcelona tiene una luz

Laura Ferrero

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

En una cartulina enorme de color lila había escrito un título en letras mayúsculas y apretadas: “Barcelona: my city”. Tenía siete años y daba mis primeras clases de inglés en un momento en el que aún no distinguía un verbo de un adjetivo. Con tijeras y pegamento de barra llené aquella cartulina infinita –en la que siempre quedaban huecos– de recortes de mi ciudad: la eternamente inacabada Sagrada Familia, las Ramblas con sus quioscos de flores, el símbolo de El Corte Inglés –ahí es donde me llevaba mi abuela a merendar–, un escudo del Barça y el dragón del parque Güell. También añadí, en el último momento y para cubrir uno de aquellos dichosos huecos, una pegatina que decía “Barcelona posa’t guapa” que mostraba la cara de una mujer cuyos ojos eran balcones. Y a mí me gustaba perderme en esos balcones porque eran, en realidad, una promesa de las vidas que habitaban dentro. De la mujer. De la ciudad.

Tuve que hacer una exposición oral de “Barcelona: my city”, y me hice un lío con los verbos, los demostrativos, el she y el he. Sin embargo, entre tanto caos, dije algo que me acompaña desde entonces. Barcelona has a light.

La profesora me corrigió: “Barcelona tiene luz, sí, pero como cualquier otra ciudad”. Y yo le respondí –siete años, un diente que se me movía mucho y ganas de llevar la contraria–, que no. Que Barcelona tiene una luz y que esa luz es distinta.
Me pusieron un seis por aquello de “lo importante es participar” y, enfadada, tiré el collage a la basura, pero los balcones de “Barcelona posa’t guapa” me siguen mirando ahora desde la distancia que ofrece la memoria en lo que fue una iniciativa del ayuntamiento para la rehabilitación de la ciudad.
Poco después llegaron Cobi, y Petra, y las torres Mapfre que, antes de visitar Nueva York, me parecían un delirio de altura y sofisticación.
En poco tiempo mi pequeña ciudad se ensanchó y empezó a mirar al mar.

Pero con los años dejé de amar Barcelona. Porque la vida es un proceso de cambio y hay que ser serpiente y mudar la piel, y uno cree que a los primeros amores hay que cambiarlos por otros mejores. Me fui muchos años de aquí. Tantos como diez y lo hice en busca de otros lugares. Olvidé las calles, la Virreina, la chocolatería de la calle Petritxol, la azotea de aquel hotel de las Ramblas en el que me enamoré por primera vez, el parque de El Tibidabo con su noria y la calcomanía en la mano. Todo eso lo olvidé.
Me fui para poder volver, aunque digan aquello de que regresar es irse.

Barcelona es un conjunto de cosas que no tienen nombre que son memorias, deseos, esquinas, lugares de cambio, no solo de mercancía o de letreros de vendo oro. En Barcelona se cambian palabras, esperanzas, encuentros. Soledades. Porque el secreto de los buenos matrimonios, como decía Rilke, es ser el guardián y el custodio de la soledad del otro.
Te quiero, Barcelona, porque tus esquinas, tus callejuelas del gótico y tus adoquines. Porque a veces llueve y siempre hay soportales, porque el Eixample y porque la filmoteca. Porque la Rambla del Rabal y los kebabs. Y sí, también por aquella azotea en la que me enamoré: porque el chico se fue pero se quedó el horizonte siempre lleno de posibilidades.

Te quiero, Barcelona, porque aquí he sido todas las personas que nacieron de una cartulina lila y de unos balcones que miran al infinito.
Y por último, te quiero, Barcelona porque siempre me has dejado volver de mis quiméricas ciudades de la imaginación. Porque tienes una luz y nunca me has dejado a oscuras.

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Y pasó en Barcelona

Andrea Mármol

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Ha pasado. Ha sido Barcelona. Antes fueron París, Londres, Bruselas o Niza. También Nueva York. Y Jerusalén. Una suerte de hermanas mayores para los barceloneses, cuyas semblanzas con nuestra morada nos habían activado falsos anticuerpos frente a la más inexplicable sangre abrupta, la estampida inmediata o el socorro improvisado. Las imágenes de las antes golpeadas urbes, las haya o no pisado, obligan a uno a repetirse para sí que el terror es algo con lo que hay que acostumbrarse a vivir. Arrastrados todos a asumir que al odio menos sofisticado le basta nuestra mera existencia para convertir a los nuestros en víctimas.

Con la ola de atentados terroristas recorriendo aeropuertos, avenidas y salas de concierto, he especulado en infinidad de ocasiones -durante un paseo por el barrio Gótico, tomando un café en la Plaza Real, dejándome la voz en Sala B o caminando rumbo el Camp Nou- con las posibilidades de ser víctima del próximo ataque. Mortal o no, poco importa, porque la imaginación es caprichosa, rápida y no escatima en torturas. Uno intuye de manera difusa el momento del estallido, el tiroteo, -ahora cabe añadir una furgoneta- pero la angustia, incluso la angustia imaginada que busca amortiguar la real, siempre es nítida: uno imagina a su madre esperando una llamada o una última conexión, a sus amigos que se quedaron en el bar tratando de huir o a ese abuelo lento, afectado por el ataque, quedando atrás de la muchedumbre.

No andaba demasiado alejada del lugar de los hechos, pero el jueves, como tantos otros, hube de hacer llamadas. Alguna para tranquilizar de inmediato, otras para recibir esa misma anestesia. Lejos de lo especulado, unas llamadas tan esperadas por quien las ha de recibir entrañaban una sobriedad algo anómala. Mientras intentaba abrirme paso por Vía Laietana, sin saber todavía dónde ni cuándo habían perpetrado el atentado, cientos de personas a las que nos había sorprendido cerca -pero mucho más lejos que cerca- no compartíamos ya solo una calle: de pronto todos los desconocidos allí presentes éramos parte de un trazado espontáneo que llegaba hasta los familiares y amigos de cada uno, todos cómplices y, por esta sola vez, del mismo bando.

El gélido dato confirma lo inusitado de esa situación en el corazón de Barcelona. De los trece muertos ahora confirmados, dos son españoles -ambos granadinos-, un ejemplo que da cuenta de una de las muchas disparidades que se respiran a diario entre viandantes en la ciudad. Es así, claro, en todas las ciudades que han sido sacudidas para siempre por los bárbaros, cuya elección no es azarosa, y así con su golpe a Barcelona hacen añicos el espejismo de eternidad de cualquiera que pudiera dejarse envolver en esta urbe de “gentes de cien mil raleas”, que cantaba Serrat. ¿No es, acaso, el de barcelonés, uno de esos gentilicios nada estridentes?

Tampoco es casualidad lo que ha venido después. La respetada solemnidad en la conmemoración en una Plaza Cataluña que cerró el grito unánime y espontáneo ‘no tenim por’, así como los ayuntamientos de toda España unidos en respuesta a la barbarie han sido sólo la culminación de mensajes de apoyo que llegaban desde cualquier rincón del mundo. Todos encontraban sus más sinceras palabras para la ciudad y para el horror y la angustia que les produjo imaginarla con la sangrienta mácula del terror. Podría decirse que a Barcelona, en pocas horas, le fue devuelto en justa correspondencia todo el calor con que supo arropar en su día a cuantos pudieron siquiera asomarse por aquí por primera vez.

Como todos, yo me asomé un día también a la ciudad. Recuerdo el primer día que paseé de noche por el Gótico, las primeras escaleras mecánicas en el metro de Las Glorias. Cómo me enamoró el retrato que de ella hacía Zafón en los libros primeros, luego sustituidos por las narraciones de Martínez de Pisón en la estantería. Mis primeras veces de casi todo fueron en Barcelona, pero esta ciudad permite esas primeras veces para casi cualquiera: lo fue para que Picasso pintara a sus señoritas de Aviñón, para que Lorca se emocionara con el extrañísimo topónimo ‘Urquinaona’ o para que, mucho antes, en la obra magna en lengua castellana, alguien la introdujera tal que así: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto”.

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