Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Adolf Eichmann, un burócrata del Holocausto

Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo
AP Photo

Otto Adolf Eichmann había vivido una década de trabajos anodinos en Argentina bajo la protección de una identidad falsa cuando el Mossad, los implacables servicios de inteligencia israelíes, irrumpieron en territorio ajeno y lograron sacarlo a la fuerza, violando todos los tratados internacionales y las leyes argentinas. Detrás del secuestro de este funcionario nazi, escondido en Sudamérica como tantos otros que nunca aparecieron, estaba el primer ministro de Israel, David Ben Gurion, quien creyó adecuado anteponer su sed de venganza a proceder en conveniencia con la Ley.

Adolf Eichmann, un burócrata del Holocausto 1
David Ben Gurion, primer ministro de Israel, junto a su esposa en 1967. |  Foto: John Duricka/AP Photo

Al ex trabajador nazi lo introdujeron en un coche en marcha cuando se dirigía a su trabajo, luego lo llevaron a un piso franco donde fue maniatado y forzado a confesar su verdadera identidad y nueve días después, el 20 de mayo de 1960, lo sacaron del país en un vuelo con destino a Jerusalén. Todo en secreto, sin el supuesto consentimiento de la República de Argentina.

Un día como hoy de 1961 comenzó uno de los juicios más sonados del siglo XX. A Eichmann se le acusó de quince delitos relacionados con crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra durante los años de gobierno nazi (1933-1945).

Casi tan conocido como su juicio fue el reportaje que escribió Hannah Arendt para The New Yorker, que tituló Eichmann en Jerusalén y que más adelante se convirtió en libro. La filósofa alemana, de origen judío, recibió el encargo de cubrir el juicio para la revista y se desplazó hasta la Ciudad Santa para ello. Allí encontró numerosas deficiencias en el proceso, comenzando por las traducciones del hebreo al alemán, tan confusas para el acusado, y comenzó su relato explicando que el juicio había sido “organizado y sus procedimientos regulados con especial atención para evitar todo género de parcialidad”. Arendt fue muy crítica con la decisión de Ben Gurion de raptar a Eichmann en Buenos Aires, aun tratándose de un criminal, y puso en cuestión las intenciones del primer ministro.

Adolf Eichmann, un burócrata del Holocausto 2
El proceso contra Adolf Eichmann comenzó en 1961, tras ser raptado en Argentina. | Foto: AP Photo

Fue una publicación que agitó mucho los ánimos de la comunidad judía, a la que ella misma pertenecía, especialmente tras preguntarse a sí misma en el texto “¿Cómo es posible que los judíos cooperaran, a través de sus dirigentes, a su propia destrucción?” o “¿Por qué los judíos fueron al matadero como obedientes corderos?”. Arendt no fue en ningún caso condescendiente con la barbarie nazi, sino crítica con un proceso que arrancó con irregularidades y que no perseguía tanto un acto de justicia como de represalia.

Eichmann representaba para Arendt el hombre común entregado a una causa injusta, pero masiva. Eichmann fue teniente coronel de las temidas SS, cuerpo paramilitar de protección nazi, y uno de los arquitectos de la eufemística Solución Final, programa que puso en marcha el genocidio del pueblo judío. Fue el responsable logístico de las deportaciones de judíos a los campos de la muerte y uno de los hombres que con más ánimo trabajó por acelerar el proceso de exterminio. Con todo, Arendt interpretó que Eichmann no era un hombre de grandes aspiraciones, sino un hombre necesitado del reconocimiento del grupo, cuya identidad particular se diluía en la colectiva y que, como tal, se trataba de un hombre “temiblemente normal”. La pensadora alemana trató de demostrar a partir de Eichmann que cualquier hombre o mujer común es capaz de ejercer y consentir el peor de los horrores bajo determinadas circunstancias, y a esta teoría la bautizó como la banalidad del mal.

Adolf Eichmann, un burócrata del Holocausto 3
Adolf Eichmann, en su celda de Ramla, Israel. | Foto: AP Photo

Eichmann no era inteligente, ni culto, ni idealista. Eichmann cumplía órdenes, pero también la ley. Y sin embargo, consideraba Arendt, este hecho no le eximía de responsabilidad; además de ser un burócrata disciplinado y eficaz, era un hombre inclemente, sin compasión, entregado a la Solución Final hasta el hundimiento del régimen. Tanto es así que cuando el oficial nazi Heinrich Himmler ordenó una moderación del trato a los judíos, Eichmann protestó, convencido de que el genocidio debía llevarse hasta último término.

El antiguo teniente coronel de las SS fue ahorcado en la madrugada del 30 de mayo al 1 de junio en la prisión israelí de Ramla. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas vertidas al mar Mediterráneo, en aguas internacionales, para evitar que se hiciera de sus restos un lugar de peregrinación. Eichmann es uno de los mayores tiranos del siglo XX y su vulgaridad causa miedo. De esto nos advirtió Arendt; no hay límites para la tiranía cuando la burocracia es obediente.

Adolf Eichmann, un burócrata del Holocausto
Esta fotografía muestra algunas barracas del campo de concentración de Auschwitz Birkenau, Polonia, en 1946. | Foto: AP Photo

Continua leyendo: La Transición española terminó con Barcelona 92

La Transición española terminó con Barcelona 92

Cecilia de la Serna

Foto: EFE
EFE

Casi 17 años separan la muerte de Franco en el 75 y la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, que este 25 de julio celebran sus bodas de plata. En esos 17 años, España se esforzó por abrirse al mundo, por dar a entender que los años más oscuros de la dictadura franquista eran algo del pasado y, en definitiva, por parecer algo menos paleta. La gran oportunidad de hacerlo llegó en 1992, gracias a la trascendencia internacional de grandes eventos como la Expo de Sevilla y, especialmente, por la celebración de los Juegos Olímpicos en la ciudad condal.

La Transición española terminó con Barcelona 92
Las mascotas de la Expo 92 de Sevilla, “Curro”, y de las Olimpiadas de Barcelona 92, “Cobi”, posaban juntas en el recinto de la Exposición Universal de Sevilla. | Foto: Efe

De camino al sueño olímpico

El propio recorrido de Barcelona hasta ser sede olímpica es una muestra de la voluntad conjunta de enseñar al mundo una España diferente, más moderna y libre. Frente a Barcelona competían otras ciudades, algunas entonces con más nombre y peso como París o Ámsterdam, que sin embargo no lograron batir a lo que representaba el milagro español post franquista.

Antes de 1992, Barcelona había sido candidata para los Juegos Olímpicos de 1924, 1936 y 1940, candidaturas de las que había salido sin pena ni gloria. Narcís Serra, quien ocupó la alcaldía barcelonesa del 79 al 82 -años clave de la Transición-, fue el que inició un proceso que pasó, primero, por la autorización del rey Juan Carlos I y, después, por la aprobación popular en masa de los barceloneses. El sueño olímpico fue transformándose en una probabilidad muy clara gracias a la euforia generalizada y a una importante trama diplomática.

Por entonces presidía el COI el español Juan Antonio Samaranch, quien sin duda jugó un papel fundamental en la elección final de Barcelona para acoger el evento más grande del planeta y quien, después de la clausura, llegó a afirmar que habían sido los mejores Juegos de la era moderna. Fue él el encargado de anunciar en Lausana, en un perfecto francés, que la segunda ciudad más grande de España organizaría los Juegos tras una no muy apretada lucha con la capital gala. Ya estaba hecho, y Barcelona se tornó en una fiesta. El comité de la candidatura voló rápido de vuelta hasta el Prat para poder festejar con los barceloneses este gran hito por las calles de la ciudad. “Aquello que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña y aquello que es bueno para Cataluña es bueno para España”, gritó al mundo el entonces alcalde de la ciudad condal, Pasqual Maragall. Todos incluidos, todos contentos. Desde los que formaron parte de ese comité inicial recuerdan a menudo que la idea que primó es que fueran los Juegos los que estuvieran al servicio de Barcelona, y no al revés.

España mira cara a cara al mundo

El reto que presentaba la celebración de estos Juegos era mayúsculo. Por un lado, la organización española debía ser capaz de mostrarse segura y seria, superando todos los clichés que allende de nuestras fronteras tenían –y todavía mantienen- sobre los españoles, y por otro debía ser capaz de sorprender al mundo. No es de extrañar que la organización del evento invirtiera tanto tiempo, esfuerzo y dinero en crear un auténtico espectáculo de primera para inaugurar y clausurar los Juegos Olímpicos. Barcelona debía mostrarse como es, sin complejos, para poder maravillar al mundo. Y lo consiguió.

No es casualidad que la gran ceremonia la dirigiera un publicista. Luis Bassat, fundador de la prestigiosa firma publicitaria Bassat, Ogilvy & Mather en España, fue el responsable de crear una inauguración que terminó convirtiéndose en “el spot más largo y mejor de mi vida”, en sus propias palabras. Se trataba, efectivamente, de venderse. No es baladí, ya que la exitosa organización de estos Juegos originó el boom turístico de la ciudad condal que en la actualidad le está pasando una factura desmesurada.

Las malas lenguas dicen que el encendido del pebetero, que se hizo a través del lanzamiento de una flecha por parte de Antonio Rebollo, estuvo trucado. Sin embargo, poco parece importar lo que las malas lenguas dicten, ya que esa imagen quedará siempre para la Historia.

Los seis grandes momentos deportivos de Barcelona 92

Deportivamente hablando, los Juegos de la XXV Olimpiada destacaron por ser un auténtico torbellino de emociones, inesperadas medallas y por suponer la mejor marca en el medallero histórico de España, con 22 metales en su haber. En total fueron 7.555 deportistas -de los que 3.008 eran mujeres- los que representaron a las 71 naciones que participaron. Además, por primera vez en muchas ediciones, ninguna nación intentó boicotear el evento.

La Transición española terminó con Barcelona 92 3
El ‘Dream Team’ del baloncesto norteamericano celebra su oro frente a Croacia. | Foto: Ray Stubblebine / Reuters

Quien destacó por encima de todos no fue un atleta, sino un equipo: el Dream Team, la selección estadounidense de baloncesto liderada por las ya leyendas Magic Johnson, Michael Jordan y Larry Bird. Este conjunto que se estrenaba en unos Juegos Olímpicos -se admitió por primera vez la participación de jugadores de la NBA-, logró 117 puntos de promedio en 8 partidos y ganó la medalla de oro derrotando en la final a Croacia, y atrajo además toda la atención de la Villa Olímpica.

La Transición española terminó con Barcelona 92 2
El entonces príncipe Felipe abandera la delegación española en Barcelona. | Foto: EFE

El ahora rey Felipe VI fue el abanderado español en la ceremonia inaugural, ya que participaba en la clase soling de vela, pero el atleta español que destacó por encima de todos fue Fermín Cacho. Gracias a su oro logrado, con gran sorpresa, en los 1.500 metros de atletismo, Cacho se ganó el respeto de sus competidores y el cariño de los españoles.

Otro momento deportivo que sigue en la retina de muchos es el denominado ‘espíritu de Redmond’. No lo hace por ser un extraordinario alarde de talento o fuerza, sino por encarnar el verdadero espíritu olímpico: nunca te rindas. Este atleta británico era uno de los favoritos para el podio de los 400 metros lisos, pero no pudo llegar siquiera a la final. A mitad de carrera de la semifinal, Redmond se lesionó y cayó al suelo, tras lo que se levantó y recorrió entre lágrimas los metros que le faltaban para llegar a la meta. Su gesta fue recordada por el COI con ocasión de los pasados Juegos de Río.

En atletismo volvió a reinar Carl Lewis, que ganó el oro en salto de longitud y en el relevo 4×100. El ‘Hijo del Viento’, uno de los mejores atletas de toda la Historia, no defraudó en la cita olímpica de 1992, a la que llegó ya con 31 años.

También destacó el nadador ruso Alexander Popov, que ganó los 50 y 100 metros estilo libre. La atleta etíope Derartu Tulu consiguió otro de los grandes hitos deportivos de Barcelona 92 gracias a su triunfo en los 10.000 metros, convirtiéndose en la primera atleta africana en llevarse un oro.

Cada uno de estos momentos suponen leyendas y récords -a veces ya superados, y es que en 25 años hay tiempo para batir cualquier marca-, pero sobre todo suponen la historia narrada de unos Juegos que marcaron un antes y un después en el deporte de élite mundial.

Iconos de una generación

La celebración de unos Juegos Olímpicos suelen trascender lo meramente deportivo. En Barcelona, esta máxima se hizo evidente. Los iconos de Barcelona 92 fueron los iconos de toda una generación. Desde Cobi, la mascota creada por el diseñador español Javier Mariscal y que todavía protagoniza el merchandising de los más nostálgicos, hasta canciones como Barcelona -interpretada por Montserrat Caballé junto al ya por entonces fallecido Freddie Mercury– o Amigos para siempre, esa rumba catalana de los Manolos que cerraron por todo lo alto los Juegos.

Con atletas, canciones, mascotas y un sinfín de anécdotas, Barcelona 92 supuso un punto de inflexión en la última década del siglo XX español. El mundo tuvo la oportunidad de redescubrir una España que ya abrazaba a Europa desde la Comunidad Económica Europea, y que sin complejos se erigía como un puerto para la cultura y el deporte globales. Los que no tuvimos la ocasión de disfrutar de estos Juegos -o que lo hicimos con apenas un añito de edad- debemos rescatarlos con una nostalgia impostada. Los historiadores no atinan aún en coincidir en una fecha clave para el fin de la Transición española -desde el 23F hasta el primer gobierno de Aznar hay opiniones para todos los gustos-, pero si una fiesta puso fin a esa Transición esa fue la de Barcelona 92.

Continua leyendo: Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

Continua leyendo: Cataluña y la adolescencia política

Cataluña y la adolescencia política

Andrea Mármol

Foto: RRSS

Cataluña amaneció el 18 de julio de 2017 repleta carteles a lo largo y ancho del territorio con el rostro de un Francisco Franco joven y el lema: ‘No votes, el 1 de octubre, no a la República’. A primera hora, se atribuía la hazaña a organizaciones de extrema derecha que llamaban a boicotear el referéndum ilegal; poco después se supo que la autoría era de una filial del partido antisistema catalán, la CUP, que buscaba aprovechar la fecha del calendario para lanzar un nítido mensaje que a nadie se le escapa: “Franco no participaría el primero de Octubre. ¿Y tú? ¿Qué harás ese día?”

Los carteles no eran una alegoría al dictador, sino que entrañan un toque de atención a los millones de catalanes que no participarán en la movilización independentista que prepara el gobierno autonómico para el 1-O. Por supuesto, la CUP puede hacer gala sin pagar peaje alguno del reduccionismo que entraña señalar a sus conciudadanos como simpatizantes de la dictadura franquista, del mismo modo que estos días, junto a parte importante de la izquierda española, anda dando carta blanca a las comparaciones entre el régimen autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela y la democracia española.

Y es que de la lógica binaria que algunos pretenden instalar en Cataluña, claro, no hay que culpar en exclusiva a la CUP. Cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se erigen en adalides únicos de la democracia en Cataluña y exigen el apoyo de todos-los-demócrtas-del-mundo (sic), no están dejando a sus adversarios políticos en mejor lugar que los carteles de los antisistema. Es difícil denunciar que alguien hace trampas cuando juegas con varios ases en la manga. Y así, los churumbeles siempre superan al padre político.

Hay, en ese mismo sentido, episodios entrañables en la política catalana más reciente. Recuerdo los altercados en el barrio de Gracia hace algo más de un año: la CUP se negaba a desalojar un local ilegalmente ocupado y protagonizaba un enfrentamiento con la policía autonómica catalana, controlada por el gobierno catalán, que a su vez exigía a los antisistema respeto a la autoridad. Y a la ley. El mismo ejecutivo que ya entonces quería liquidarla. ¿Alguien cree hoy que el PDeCAT o ERC pueden reguir la responsabilidad de que se normalicen los postulados de la CUP?

El desprecio a la ley tiene consecuencias inasumibles para una mayoría de ciudadanos en democracia. Pero no está de más señalar también las causas. Y estas se vislumbran de más nítida manera dentro de la ilusión antisistema: las comparaciones con Franco o con Maduro sólo caben en la mente de alguien que necesita retorcer la realidad para encontrar una excusa que le permita no afrontarla. La realidad es que la ley no hizo mucho más que hacernos libres, lo cual implica que cada desconsuelo y cada insatisfacción y cada caída sólo son hijos de nuestra propia responsabilidad.

Un precio demasiado alto para todo adolescente, más cómodo con alguien a mano a quien culpar de todos sus males y empeñado en renacer en un nuevo mundo revolución mediante cada cinco minutos. En Cataluña muchos que pasaban por adultos han jugado a la adolescencia política: y de aquellos polvos, estos lodos.

Continua leyendo: Glaciares sorpresa

Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

TOP