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Alain Badiou nos corrompe: ¿cuál es la verdadera vida?

Redacción TO

Considerado el heredero de Jean-Paul Sartre y Louis Althusser, la editorial Malpaso lanza La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes del filósofo francés Alain Badiou. En sus páginas, el autor reflexiona a sus ochenta años como si fuese un adolescente: ¿qué significa ser joven hoy?. A partir de esa pregunta se generan otras más interesantes que confrontan la cotidianidad para los millennials o la generación Z:  ¿en qué se diferencian los jóvenes de hoy de los de ayer? ¿A qué influencias están sujetos? ¿De qué manera los afecta la tecnología? ¿Qué opciones vitales y políticas tienen? ¿Por qué un filósofo de ochenta años debería ocuparse de estos asuntos y dirigirse directamente a los lectores más jóvenes?

Alain Badiou nos corrompe: ¿cuál es la verdadera vida? 1
La verdadera vida, un mensaje a los jóvenes | Imagen vía Malpaso.

Badiou no solo se hace esta pregunta, reflexiona hasta el cansancio en este breve ensayo crítico pensado no solo para intelectuales sino para los propios jóvenes. Este libro se divide en tres apartados: el primero contiene una reflexión general sobre la juventud en el mundo contemporáneo; el segundo está dirigido a los jóvenes, y el tercero, a las mujeres jóvenes.

Desde Platón a Nietzsche hasta llegar a los diálogos socráticos, Badiou los utiliza para argumentar su tesis.

No es un libro de filosofía para filósofos, es un libro para jóvenes, donde se retrata lo demoledor de la sociedad capitalista contemporánea para corromper a los jóvenes desde el pensamiento de los grandes filósofos clásicos para explicar cómo el éxito material y los placeres interminables pueden abrir un camino a la desilusión y a la infelicidad.

Badiou relata cómo los jóvenes hechizados por la tecnología, se han convertido en presas fáciles de tres alternativas que, de uno u otro modo, niegan la vida: el nihilismo o la autonegación, el radicalismo o el sacrificio y el conformismo o la abnegación.

La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes estará en las librerías a partir del 22 de junio. Aquí dejamos sus primeras páginas para hojear y abrir el apetito lector.

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Así es el gracioso 'reboot' de Friends para millennials que responde a sus críticas a la serie

Redacción TO

Foto: YouTube

A los millennials no les gusta Friends, o al menos a los millennials más jóvenes. La exitosa sitcom de mediados de los noventa ha sido acusada de homófoba y machista, según recoge una encuesta del diario británico The Independent. Las generaciones más jóvenes rechazan la forma de hacer comedia de la recordada serie de la NBC.

La ficción, disponible para su visionado en streaming a través de Netflix, no ha logrado calar en estos jóvenes ya que están “impactados” por el tratamiento que se hace de determinadas situaciones relacionadas con temas de género e identidad sexual.

Por poner un ejemplo de momentos que molestan, los millennials critican la escena en la que Ross le quita una muñeca Barbie a su hijo, que está jugando con ella, y la cambia por un muñeco de G.I. Joe. Este momento es descrito como un claro ejemplo de perpetuar los roles de género de manera equivocada, y un pensamiento totalmente lejano a la sensibilidad actual sobre la identidad de las personas.

Uno de los momentos descritos como homófobos es de la paranoia de Chandler ante la opción de que el resto lo crea homosexual y los recurrentes chistes en relación a la condición de travesti de su padre, algo que es rechazado por estos jóvenes.

En respuesta a toda esta controversia, un grupo de millennials ha difundido unos títulos de Friends destinados a ellos. En un video que ha se ha hecho viral en las redes sociales se puede ver a los seis amigos haciéndose selfis y utilizando sus móviles, como locos, mostrando esa particular forma de actuar de los millennials.

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La próxima generación de 'influencers' no será humana

Cecilia de la Serna

Foto: @lilmiquela
Instagram

Los influencers generan beneficios millonarios, son líderes de opinión para una generación entera y rediseñan día a día el concepto de liderazgo. Estas celebridades, generalmente erguidas gracias al enorme influjo de Internet en la sociedad, sobre todo entre los más jóvenes que se sirven de las herramientas digitales para prácticamente todo, son de igual o mayor relevancia que muchos líderes mundiales.

Los influencers que conocemos son seres humanos, como todos nosotros, que sienten y piensan y viven como el común de los mortales. Por tanto, hierran y tienen sus puntos débiles. Sea en la piel del personaje o en la de la persona, sus propias personalidades generan un vínculo con sus hordas de seguidores a través de un principio humano: la empatía. Y esta empatía que se construye de individuo a individuo puede estar en riesgo con una tendencia que ya empieza a dibujarse: los influencers que llegan no serán necesariamente humanos.

La competencia que le saldrá a Dulceida, a las Kardashian o al youtuber de turno vendrá de la mano de imágenes generadas por ordenador, cyborgs y otros entes virtuales o semi-virtuales. El primer y gran ejemplo es la bloguera Miquela (@lilmiquela), que en Instagram cuenta con más de 520.000 seguidores y no es humana.

mfw I’m buying furniture for my first apartment in LA ☺️💛

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Miquela Sousa -que es brasileña y americana- tiene una historia y un recorrido propio. Desde 2016 ha ido generando su propio discurso estético, artístico, de estilo de vida e incluso ideológico, un discurso que se ha mantenido coherente y que ha generado esa empatía que mencionaba como necesaria en la relación influencer-seguidor.

La delgada línea entre virtualidad y realidad se hace patente en el caso de Miquela, que a pesar de ser una imagen generada por un ordenador puede llegar a parecer real ante los ojos de los que la siguen. La controversia en este caso ha estado servida por la verosimilitud del personaje, que resulta muy auténtico ante los ojos del espectador. La pregunta que muchos se harán es ¿quién está detrás de esta modelo? No se sabe. Al menos no a ciencia cierta. Se ha especulado con la autoría de Miquela, si es individual o compartida por varios usuarios, pero -al contrario que en el caso de, por ejemplo, Gorillaz– no se sabe exactamente quién o quiénes están detrás de la peculiar bloguera.

Winter in LA 🌴

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2018 Desert Litty!!

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El misterio que rodea a esta it girl la convierte en algo aún más atractivo. El secreto tras su verdadera identidad atrapa a sus seguidores, que han llegado a teorizar sobre quién o qué es, hablando de estrategias de marketing, diseñadores gráficos e incluso de que Miquela no sea más que un adelanto de la quinta edición del célebre videojuego de simulación Los Sims. Lo único claro es que sus miles de fans viven con entusiasmo cada paso de Miquela, que cuenta incluso con una tienda de ropa propia y hasta su propia música en Spotify.

Lil Miquela no es la única no humana que está a la caza de la influencia digital. El progreso de la tecnología ha permitido un increíble desarrollo en las herramientas 3D, como en el caso que hemos mostrado, que combinan a la perfección imagen real e imagen generada por ordenador (CGI, por sus siglas en inglés). El mundo CGI es muy extenso, sin embargo en la vida real y gracias a elementos como la Inteligencia Artificial también encontramos a influencers no del todo humanos. Es el caso de los cyborgs, esas criaturas compuestas de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos​ que hemos visto cientos de veces en las películas de ciencia ficción y que no están en absoluto lejos de la realidad.

Estos seres, híbridos entre lo real y lo virtual, están apuntando alto y quieren hacerse también con las redes. Es el caso de LaTurbo Avedon, que en su biografía de Twitter se define como “artista avatar” y que quiere, a través de su presencia en las redes sociales, mostrar un punto de vista distinto sobre su percepción artística.

Club Rothko Save 04 (Mirror) from LaTurbo Avedon on Vimeo.

Las implicaciones verdaderas de estas tecnologías y personalidades inventadas -como muchas de las que actual y humanamente copan los Instagrams más seguidos- no están claras. No obstante, el futuro de estas celebridades cibernéticas podría ofrecer una pista de cuán borrosas pueden ser las diferentes líneas entre lo real y lo virtual. ¿Estás preparado para la nueva generación de influencers no humanos?.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

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Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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Céline, ¿publicar la abyección?

Anna Maria Iglesia

“Sin duda contradictorios, arrebatados, ‘delirantes’ si se quiere, los panfletos de Céline (Mea Culpa, 1936; Bagatelles pour un massacre, 1937; L’Ecole des cadavres, 1938; Les beaux draps, 1941), a pesar de la estereotipia de los temas, prolongan la belleza salvaje de su estilo. Aislarlos del conjunto de su texto es una protección o una reivindicación de izquierda o de derecha, ideológica en todo caso, pero no un gesto analítico o literario”.

En la misma Francia que hoy pide, consiguiéndolo, que Gallimard no publique los panfletos antisemitas de Céline, la crítica Julia Kristeva sostenía en 1982, en su ensayo Poderes de la perversión (publicado en Argentina en 1988), la importancia literario-analítica de conocer los panfletos del autor de Viaje al fin de la noche: “Los panfletos otorgan el sustrato fantasmático sobre el cual se construye, por otro lado y en otro lado, la obra novelesca. Es así como, muy ‘honestamente’, aquel que firma no sólo sus novelas sino también sus panfletos con el nombre de su abuela, Céline, reencuentra, el nombre de su padre, su estado civil, Louis Destouches, para asumir la paternidad totalmente existencial, biográfica, de los panfletos”. En Bagatelas por una masacre, así como en sus otros textos panfletarios, especialmente en L’Ecole des cadavres, encontramos al Céline intelectual, es decir, no al novelista, no al escritor que hace del abyecto una poética, sino al ciudadano que, a través de la escritura, se sitúa y se compromete políticamente con el nacionalsocialismo.

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Portadas de los viejos panfletos de Céline. | Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Publicadas en 1937, las Bagatelas fueron promocionadas por su editor, el belga Robert Denoël, con las siguientes palabras: “El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Releídas ahora, es difícil encontrar comicidad en aquellas 379 páginas -algunas se pueden encontrar sin mucho problema en internet, tanto en francés como en inglés-, en aquel vómito de improperios que el escritor francés escribió en tan solo dos meses y que, como escribe el crítico argentino Mariano Dupont, puede definirse como un “furor demente antisemita, antimasónico, anticomunista, antitodo. Un viaje febril y espeluznante, intolerablemente cómico, al corazón de sus odios, de sus miedos, de sus fantasmagorías, de sus indigestas alucinaciones”.

“El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Robert Denoël.

Hace algunas semanas, la editorial Gallimard anunció la publicación en un solo volumen de Bagatelles pour un massacre, L’Ecole des cadavres y Les Beaux Draps; los textos irían acompañados por un aparato crítico firmado por Régis Tettamanzi, profesor de literatura francesa de la universidad de Rennes. El anuncio de dicha publicación provocó de inmediato mucho revuelo y varios colectivos vinculados a la lucha contra el racismo, el antisemitismo y contra la homofobia pidieron que se impidiera la publicación del libro, sosteniendo que los textos ahí reunidos hacían apología del racismo y de la homofobia. Razón, sin duda, tenían, sin embargo, asumiendo su carácter ideológicamente deplorable, ¿es adecuando prohibir su publicación? El escándalo suscitado fue tanto que Gallimard ha anunciado que cancela el proyecto de editar los panfletos de Céline a través de un comunicado en el que, sin embargo, se reafirma en su proyecto y en la relevancia histórica de los textos: “Los panfletos de Céline pertenecen a la historia del más infame antisemitismo francés, pero condenarlos a la censura impide esclarecer sus raíces y su impacto ideológico y fomenta una curiosidad malsana ahí donde tendríamos que ejercer nuestra facultad de juicio”, sin embargo, añade la editorial, “entiendo y comparto la emoción de los lectores”, pues es consciente que la edición de estos textos, “choca, hiere o inquieta por evidentes razones humanitarias y éticas”.

Céline nunca renegó de sus escritos y, en efecto, en una entrevista con Albert Zbinden, en 1956, no dudaba en afirmar: “no reniego nada de nada… no cambio para nada de opinión, tengo simplemente una pequeña duda, pero será necesario que me prueben que me equivoqué y no probar yo que tengo razón”. Sin embargo, era consciente de que, tras su condena in absentia, puesto que se había exiliado en Dinamarca, por colaboracionismo y ser amnistiado en 1951, gracias a la defensa pública de varios intelectuales, entre los cuales se encontraba Sartre, sus panfletos no podían volver a publicarse. Como le advirtió su mujer, Lucette Destouches, la primera lectora de los textos, él sería, tarde o temprano, víctima de sus propios escritos.

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Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Durante todos estos años, desde su muerte en 1961, su viuda, hoy centenaria, ha respetado la voluntad de su marido. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Como señala Marc Bassets en El País, la publicación de Los escombros de Lucien Rebatet, ante la cual Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, le hizo pensar que el contexto había cambiado, los años habían transcurrido y, por tanto, podía ser el momento de que las Bagatelas salieran a la luz. Lucette Destouches se equivocaba, Francia no está preparada para los escritos de quien fuera su marido, por mucho que éstos se acompañen de un aparato crítico.

La polémica suscitada recuerda mucho o demasiado a la que rodeó en Alemania la publicación de una edición crítica del Mein Kampf, libro que se agotó a los pocos días. Si bien es cierto que todavía hoy hay más de un detractor, la publicación del escrito de Hitler en una edición crítica supone una indagación en la raíces ideológicas, sociales y económicas del nazismo, supone el redescubrimiento de un documento esencial para estudiar un momento histórico central de la historia europea y un movimiento político, cuyas réplicas son más que notables. Leer el Mein Kampf no es fácil, como dice el comunicado de Gallimard, sus palabras chocan, hieren e inquietan, pero ¿es mejor acaso no conocerlas? ¿Es mejor  ignorar el relato que justificó la mayor barbarie de la humanidad, al menos, en lo referente al siglo XX?

“¿Cuál es el verdadero amigo del pueblo? El fascismo. ¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!” Escribe Céline en L’École des cadavres. ¿Son sus palabras apología del nazismo? Lo fueron, sin duda, y lo pueden seguir siendo si no se analizan críticamente, si no se contextualizan, si no sirven para relatar la historia intelectual de la Francia nazi, donde encontramos nombres como Pierre Drieu de la Rochelle o Charles Maurrás. Como hizo Kristeva en su ensayo 1982, los panfletos de Céline son útiles para elaborar un completo perfil crítico del escritor y, por entonces, intelectual francés, pero habría que añadir que también son útiles para conocer el germen del totalitarismo nacionalsocialista en Francia. “La República masónica desvergonzada, llamada francesa, completamente a merced de las sociedades secretas y de los bancos (Rotschild, Lazarre, Barush, etc.) entra en agonía. Gangrenadas a más no poder, se descompone por escándalos. Ya no son más que jirones purulentos de los que el judío y su perro francmasón arrancan a pesar de todo, cada día todavía, algunas nuevas golosinas, restos cadavéricos, se llaman, ¡jolgorio! Prosperan, se muestran jubilosos, exultan, deliran de carroñería”, prosigue Céline páginas después. ¿Pueden utilizarse como propaganda antisemita sus palabras? Sin duda, pero ¿acaso no es más fácil que se utilicen como tal mientras circulen por la red libremente que si se editan?

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Louis-Ferdinand Céline con sus perros. Foto vía The New York Review of Books.

Sin duda sus palabras hieren y hieren sobre todo porque nos recuerda aquello que sucedió hace poco más de setenta años. Negar la historia es todavía más peligroso que dulcificarla por no ser testigo de determinados testimonios. “Los judíos, híbridos afroasiáticos, un cuarto, seminegros y Cercano-orientales, fornicadores desenfrenados, no tienen nada que hacer en este país”, escribía Céline, pero sus palabras las suscribían muchos, demasiados, todos aquellos que convencidos desfilaron brazo en alto y fueron partícipes de la maquinaria nacionalsocialista. Y, todavía peor, sustituya “judío” y ponga “refugiado”, ¿cuántos hoy suscribirían esas mismas palabras? Muchos, demasiados, y esto es lo que da miedo, esto es lo que hiere: ver reflejado en esas palabras nuestro pasado, pero también parte de nuestro presente. El judío es, para Céline, el otro, aquel que se impone, que domina, es el usurpador que priva a Francia del bienestar: “Están todos camuflados, travestidos, son unos camaleones los judíos, cambian de nombre como de fronteras, se hacen llamar bretones, auverneses o corsos, otras veces son turandotes, durindainos o cassoules… cualquier cosa… que introduzca el cambio”.

En las palabras de Céline, desgraciadamente, resuenan demasiados ecos de los discursos populistas de la actual extrema derecha, basta cambiar el sujeto de la frase. Situar los textos del escritor francés junto a los programas electorales de partidos como el Frente Nacional sería un importante ejercicio para observar la pervivencia de ciertas ideas. No sé si, como dice el comunicado de Gallimard, la no publicación de dichos textos fomentará la curiosidad, pero de lo que no cabe duda es que hará posible su mal uso. El desprecio del judío, hacia el cual Céline dirige homófobos insultos, es el desprecio al otro, omitir textos en el que se leen frases completamente abyectas –“Los 15 millones de judíos encularán a los 500 millones de arios”- y completamente descriptivas de un tiempo histórico es, involuntariamente, una forma de negar esa misma historia. Se escribieron estos textos, se publicaron y se aplaudieron, fue así, aunque duela reconocerlo.

Publicar ahora estos textos de Céline no es homenajearlo, todo lo contrario, es retratarlo en su abyección ideológica, es condenarlo a través de sus propias palabras. Publicar los textos de Céline es retratar la Historia, sin matices, es obligarnos a mirar críticamente hacia ese pasado incómodo y, sobre todo, es enfrentarnos a un presente que comparte demasiadas similitudes con aquellos años ya pretéritos.

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