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Alain Badiou nos corrompe: ¿cuál es la verdadera vida?

Redacción TO

Considerado el heredero de Jean-Paul Sartre y Louis Althusser, la editorial Malpaso lanza La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes del filósofo francés Alain Badiou. En sus páginas, el autor reflexiona a sus ochenta años como si fuese un adolescente: ¿qué significa ser joven hoy?. A partir de esa pregunta se generan otras más interesantes que confrontan la cotidianidad para los millennials o la generación Z:  ¿en qué se diferencian los jóvenes de hoy de los de ayer? ¿A qué influencias están sujetos? ¿De qué manera los afecta la tecnología? ¿Qué opciones vitales y políticas tienen? ¿Por qué un filósofo de ochenta años debería ocuparse de estos asuntos y dirigirse directamente a los lectores más jóvenes?

Alain Badiou nos corrompe: ¿cuál es la verdadera vida? 1
La verdadera vida, un mensaje a los jóvenes | Imagen vía Malpaso.

Badiou no solo se hace esta pregunta, reflexiona hasta el cansancio en este breve ensayo crítico pensado no solo para intelectuales sino para los propios jóvenes. Este libro se divide en tres apartados: el primero contiene una reflexión general sobre la juventud en el mundo contemporáneo; el segundo está dirigido a los jóvenes, y el tercero, a las mujeres jóvenes.

Desde Platón a Nietzsche hasta llegar a los diálogos socráticos, Badiou los utiliza para argumentar su tesis.

No es un libro de filosofía para filósofos, es un libro para jóvenes, donde se retrata lo demoledor de la sociedad capitalista contemporánea para corromper a los jóvenes desde el pensamiento de los grandes filósofos clásicos para explicar cómo el éxito material y los placeres interminables pueden abrir un camino a la desilusión y a la infelicidad.

Badiou relata cómo los jóvenes hechizados por la tecnología, se han convertido en presas fáciles de tres alternativas que, de uno u otro modo, niegan la vida: el nihilismo o la autonegación, el radicalismo o el sacrificio y el conformismo o la abnegación.

La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes estará en las librerías a partir del 22 de junio. Aquí dejamos sus primeras páginas para hojear y abrir el apetito lector.

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La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago

Romhy Cubas

Reflexionar en pasado, presente y futuro tiene un eco de responsabilidad innegable en la literatura. La ficción es solo otra forma de contar la realidad, sobre todo cuando esta se tambalea en su propia deshumanización. Uno de los escritores que en vida siempre insistió en presentar esta crítica en formato de ensayos ficticios e utópicos fue José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998 y autor de novelas como El Evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995), Todos los nombres (1997), La caverna (2000), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004) y El viaje del elefante (2009).

El escritor portugués se afincó en la imaginación y las ironías de esa ficción tan parecida a la realidad para crear ensayos literarios con un mensaje universal que advierte contra los status quo y la contradicción del poder político.

Recordar a Saramago es entender que entre la lucidez y la ceguera hay una línea tan delicada como los fracasos políticos y sociales que cada día se afincan más en el periódico de las mañanas.

Las hipótesis de Saramago son más que conjeturas. Cuando creó aquél país en el cual más del 80% del electorado de su capital decidió votar en blanco en los comicios municipales, abrió la grieta para entrever una crisis institucional que en el presente no necesita de votos en blanco para desarrollarse. Ensayos sobre la lucidez es una crítica a la “democracia” y sus instituciones, el cuestionamiento de un sistema mediante el silencio y una papeleta en blanco. Un ensayo que luego de su publicación en el 2004 provocó molestar, sobre todo entre ciertas posiciones políticas, por el hecho de satirizar una democracia mucho más endeble de lo que quisiera aparentar.

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Portada de Ensayo sobre la lucidez de José Saramago editado por Alfaguara.

Esa conjetura del voto en blanco no permanece enclaustrada en las páginas de la literatura. En Argentina en las elecciones de 1957 la proscripción y prohibición del peronismo en los comicios electorales por parte de La Revolución Libertadora provocó que desde el exilio Perón utilizara el recurso del voto en blanco como una forma de protesta entre sus acólitos. Más que un recurso fue una exigencia a distancia. Una demanda que tuvo éxito cuando el voto en blanco fue mayoría en las urnas de aquél año con 2.115.861 votantes. Sin embargo, en este escenario el voto en blanco seguía siendo un voto para un representante, y en Ensayo sobre la lucidez Saramago plantea una población totalmente insatisfecha con todos los nombres y partidos políticos; personas de todas las edades, ideologías y condiciones sociales se manifiestan contra la política como un género.

En la realidad, los votos en blanco son considerados por la ley de muchos países como votos válidos que se tienen en cuenta en la primera fase del escrutinio, cuando se procede a la barrera del 3% de los votos en cada circunscripción.

“Mal tiempo para votar” apunta Saramago en este ensayo que hace demasiados guiños al presente y sus disyuntivas. Uno en donde el voto ha perdido esa fuerza democrática por la que se libraron batallas. En la historia del Nobel los votos válidos no llegan al 25% del escrutinio, los políticos inquietos intentan hallarse en el resultado inesperado, el gesto capaz de mover montañas para evitar conjeturas internacionales y desastres nacionales. Los miembros del Gobierno implantan entonces un estado de sitio para protegerse a sí mismos, la máquina política se pone en marcha y entran factores tan desafortunadamente comunes como la corrupción, la manipulación de los medios de comunicación, las falsas promesas y los discursos de intimidación.

Esta opción del voto en blanco no fue respaldada por el escritor en la vida real, sin embargo Saramago siempre dejó clara su posición ante la historia y sus contadores. “La historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores, los vencidos nunca han escrito la historia. Y se escribe, fatalmente, desde un punto de vista masculino”.

Una ceguera anunciada

La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago 2
Adaptación cinematográfica de “Ensayo sobre la ceguera” dirigida por Fernando Meirelles en el 2008.

Luego está el Ensayo sobre la ceguera, o antes, si se considera que la novela fue publicada una década previa al Ensayo sobre la lucidez, en 1995, y que es de hecho la precuela de un mismo país propenso a las pandemias sociales.

“Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran”, escribe Saramago en este ensayo en donde utiliza la deshumanización y el egoísmo de una especie que intenta sobrevivir a una ceguera que traspasa los límites físicos y se establece como una epidemia moral. Sus personajes experimentan la falta de luz desde un semáforo, un cine, una caminata por el parque. Entonces la capacidad para ver se vuelve una parábola que se deshace en la naturaleza humana. “Lo que quería era no tener que abrir los ojos”.

La incertidumbre de la civilización y la inestabilidad de  sus acciones se asemejan  a un entorno que se repite como la historia, intentando aprender de sus errores pero sin conseguirlo por completo. Y es que esta ceguera no es una simple ausencia de luz, al contrario es una  “blancura insondable como el sol dentro de la niebla” que se expande cual gripe de invierno.

La reincidencia de la ceguera y lucidez de José Saramago
Portada de Ensayo sobre la ceguera de José Saramago editado por Alfaguara.

La vigencia de las novelas de Saramago permanece en esa especie de experimentos sociológicos que reflexionan disfrazados de ficción sobre el presente. El voto en blanco como crisis institucional, la sátira crítica de la democracia, la ambivalencia del color blanco como instrumento de ceguera y lucidez. El debate necesario e imperativo a través de una literatura que a propósito, carece de signos de puntuación.

Saramago murió de leucemia en junio del 2010, hace ya un poco más de siete años, pero de sus ensayos quedaron debates e hipótesis vigentes que aunque se expresan entre los extremos de la literatura, es necesario releer para evitar esa ceguera de luz y de lucidez que reincide con una confianza peligrosa en la actualidad.

“Hoy es hoy, mañana será mañana, y es hoy cuando tengo la responsabilidad, no mañana si ya estoy ciega. Responsabilidad de qué. La responsabilidad de tener ojos cuando otros los han perdido” 

Ensayo sobre la ceguera. José Saramago.

  

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Así ven el mundo los millennials: 5 cosas que no sabías de ellos

Callum Brodie

Foto: Maxim Shemetov
Reuters/File

Más de la mitad de la población mundial tiene menos de 30 años. Cerca de 25.000 personas de entre 18 y 35 años de edad de 186 países y territorios han participado en la Encuesta Anual de Global Shapers 2017. Esta ha revelado que los millennials son una fuerza cada vez más poderosa y constituyen el futuro de la sociedad pero, el 55,9% de ellos considera que sus opiniones no se tienen en cuenta al tomar decisiones importantes. La influencia de los millennials solo se hará más fuerte a medida que ocupen un porcentaje cada vez mayor de la fuerza de trabajo mundial y la base de votantes, y su poder adquisitivo crezca.

La Comunidad de Impulsores Mundiales (Global Shapers) del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), ha sido la encargada de recoger los datos de la encuesta, que ofrece una perspectiva interesante de cómo los millennials ven el mundo y sus desafíos. Estas son cinco cosas que no sabías de ellos:

El cambio climático, una prioridad

De todos los temas que afectan el mundo de hoy, los jóvenes están más preocupados por el impacto del cambio climático y la destrucción general de la naturaleza. Este es el tercer año consecutivo en que el cambio climático se vota como el problema mundial más importante, lo que indica que los jóvenes aún no están convencidos de los esfuerzos globales —como el Acuerdo de París— para enfrentar el problema.

Quizá no resulte sorprendente que el nivel actual de inestabilidad global, las guerras y la desigualdad se enumeran como la segunda y tercera preocupación más grande. La pobreza, los conflictos religiosos y la responsabilidad y transparencia de los gobiernos también ocupan un lugar destacado.

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El cambio climático es el problema mundial más importante para los millennials | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

No confían en los medios ni en los gobiernos

El crecimiento de la desconfianza hacia los medios de comunicación entre los millennials se puede explicar por el surgimiento de noticias falsas durante las recientes elecciones en todo el mundo. Poco más del 30% de los encuestados dijeron que confiaban en los medios de comunicación, en comparación con casi el 46% que dijo que no lo hacían.

Existen niveles similares de desconfianza hacia las grandes empresas, los bancos y los gobiernos. Esto refleja el hecho de que al 22,7% de los millennials les preocupa la corrupción. Las instituciones a las que los jóvenes consideran más dignas de confianza son las escuelas, las organizaciones internacionales, los empleadores y los tribunales de justicia.

Así ven el mundo los millennials: cinco cosas que no sabías de ellos
Instituciones en las que confían los millennials | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

Workaholics

En algunas ocasiones se ha tachado a los millennials de ser perezosos, sin embargo, los datos recogidos en la Encuesta Anual de Global Shapers 2017 demuestran que, en realidad, están muy enfocados en su carrera profesional.  Ante el reto de los jóvenes de enfrentarse a nuevas oportunidades de trabajo, el salario es una de sus principales preocupaciones, seguido por la identificación con una meta y el progreso profesional. Solo alrededor del 16% aseguró estar dispuesto a sacrificar la carrera y el salario para disfrutar de la vida.

Para confirmar el punto de que los jóvenes no son holgazanes, la encuesta reveló que el 81,1% de los encuestados estaría dispuesto a trasladarse al extranjero para avanzar en su carrera.

Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Alemania y Australia se consideran los países más atractivos para trasladarse por una oportunidad de trabajo.

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Países a los que prefieren trabajar los millennials | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

¿La tecnología destruirá empleos?

Los avances tecnológicos de los últimos años han despertado la preocupación dentro de la sociedad en general de que los empleadores buscarán cambiar trabajadores humanos por robots. Sin embargo, el 78,6% de los jóvenes  cree que la tecnología generará empleos en lugar de destruirlos.

Cuando se les pidió que nombraran la próxima gran tendencia tecnológica, el 28% de los encuestados dijo que la inteligencia artificial tendrá el impacto más significativo. Consideran que la educación es el sector con más probabilidades de beneficiarse de la adopción de nuevas tecnologías.

Sin embargo, solo el 3,1% de los encuestados confiaría en los robots para tomar decisiones en su nombre. Ante la posibilidad de insertar un implante debajo de la piel, el 44,3% de los jóvenes encuestados rechazó la idea.

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Los millennials no confían en los robots para tomar decisiones en su nombre.| Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

Se preocupan por los refugiados

Según la encuesta de este año, esta es una generación empática. Esto quizá se refleje mejor con el hecho de que casi tres cuartas partes, el 73,6 %, aseguraron que recibirían refugiados en su país.

Ante la pregunta de cómo deberían responder los gobiernos a la crisis mundial de refugiados, más de la mitad, el 55,4 %, sostuvo que sería necesario hacer más para incluir a los refugiados en la mano de obra nacional. Solo el 3,5% dijo que se debería deportar a los refugiados.

En tiempos de incertidumbre global y de tendencia al aislacionismo, la gran mayoría de los jóvenes, el 86,5%, se considera simplemente “humano”, en lugar de identificarse con un país, una religión o un grupo étnico determinado.

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Los millennials se muestran dispuestos a acoger refugiados. | Foto: encuesta Anual de Global Shapers 2017

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

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Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España"

Ariana Basciani

Foto: Alejandra López
Penguin Random House

La escritora y guionista argentina, Claudia Piñeiro, pasa por Madrid en medio de la álgida situación política en España. Su libro Las maldiciones (Alfaguara, 2017) no puede estar más acorde con el momento, ya que es un thriller que se adentra en cómo la nueva política ha cambiado la sociedad y sus valores, vanagloriando el pragmatismo y el engaño, perdiendo lo esencial del pensamiento crítico y centrándose solo en el individualismo y la ambición de poder.

Piñeiro dispone de una prosa ágil, con humor, enriquecida con datos históricos –aunque ella misma diga que no podría escribir una novela histórica- y con un estilo fácil, sin caer en simplezas.

Antes de que deje Madrid, rumbo al Hay Festival, en Arequipa, Perú, se tomó unos minutos para hablar de su nueva novela y sobre cómo ha cambiado el pensamiento político tanto en los representantes del gobierno como en nosotros, los votantes.

Aunque en Las viudas de los jueves o Betibú ya tocabas el tema político ¿qué te motivó a centrarte en la política en Las maldiciones?

Normalmente yo arranco de una imagen disparadora. En este caso, no necesariamente tenía que ver con política; era esa escena en la que el líder político está en la playa con su asistente, Fernando Rovira y Román Sabaté. En el momento en que lo pensé, no sabía que pertenecían a un partido político, para mí eran un líder y su aprendiz, un jefe y su empleado; con una relación de poder en la cual el jefe cree que le puede pedir algo personal a su empleado y este tiene que decidir si lo hace o no, incluso contra sus principios. Cuando yo pensé en esta imagen que tenia mucho que ver con la relación del amo y el esclavo de Hegel, me imaginé esa escena en una playa: al chico desorientado, pensando “acepto, porque si no pierdo este trabajo, o no lo acepto”, y me pregunté en qué mundo puede transcurrir esto de una manera más rica y más potente. Y el mundo de la política es un lugar adecuado, porque es un lugar donde están las ambiciones y necesidad de subsistencia de muchos personajes. Allí se iba a dar esta historia mejor. Además, para los argentinos es un mundo de todos los días, vas a la panadería, vas en el colectivo o llegas a tu casa y encuentras un programa que está hablando de política; te da para contar un montón de cosas, interesantes, ricas. Mis otras novelas, como Las viudas de los jueves o Betibú, son políticas en cómo cuentan la sociedad, pero la política no era la protagonista.

Hablas de que la política es un tema común en Argentina, quizás en Latinoamérica y en Estados Unidos desde el mandato de Trump, ¿cómo crees que será acogido este nuevo libro por los lectores españoles?

Los escritores tratamos de escribir historias universales, aunque estemos hablando de la particular de nuestro país. Yo acabo de terminar Patria de Aramburu, que transcurre en el país vasco, y yo lo siento propio así sea un mundo en el cual no vivo. A mi me gusta que me cuenten las cosas que no conozco de ese país, pero hay muchas cosas que cuenta de los conflictos personales que son perfectamente trasladables a Argentina o a Latinoamérica. Eso de que la sociedad se divide porque unos piensan de una manera y otros de otra es fácilmente entendible y como el autor va acompañando los personajes te lleva a sentir empatía permanentemente. Entonces la novela es una novela de conflicto, de personajes con las que cualquier lector de estos países puede identificarse. Después hay otras cuestiones muy particulares de la Argentina, de otros países latinoamericanos o de España. Habrá lectores a quienes les interese cosas así y a otros menos. Siempre en un libro uno se apoya más en un aspecto que en otro, pero eso ya tiene que ver con los lectores, no tiene que ver con si se es un lector español o de un país determinado. En este caso, cada lector decidirá si le da más importancia o se entusiasma con lo que les pasa a estos personajes.

¿Hay alguna inspiración autobiográfica en el personaje de La China o de Macri con el personaje de Fernando Rovira?

Siempre la gente trata de hacer relaciones y en definitiva, a mi como escritora me pasa y quizás a otros escritores también, que los personajes son una mezcla de gente que uno conoce y uno le va incorporando características a muchas personas y hasta de uno mismo. La China, por ejemplo, fui extrayendo rasgos de muchas amigas mías periodistas, sobre todo del oficio, preocupadas por hacer su trabajo bien y que tienen que padecer un montón de cosas propias del mundo editorial y de la prensa; pero no es ninguna de ellas. Sí le he sacado cositas que me interesan a distintas personas y me las he apropiado para este personaje. En cuanto al político, la relación es muy directa porque tiene que ver con una forma de hacer política relacionada con el marketing, con los nuevos discursos. El personaje de Fernando Rovira no tiene nada que ver con Macri, yo creo que no hay ninguna relación entre los dos; los dos sí pertenecen a un tipo de partido que es lo que llamamos la nueva política, gente que viene del mundo empresarial con sus herramientas del manejo de empresas, con las que se puede dirigir un país; a veces tienen éxito, otras veces no. Es la política que se asienta en los asesores de imagen, en los focus group. En ese sentido el partido que yo invento en la novela, Pragma, es parecido al partido de Macri, pero es parecido al de otros países en Latinoamérica o en cualquier otra parte. De alguna manera, Trump por la derecha o Macron por la izquierda, son dos construcciones hechas desde la publicidad del marketing, y no desde partidos tradicionales que han venido batallando un discurso de ideologías.

 

Volviendo a los personajes y a la novela, si el verdadero libro de La China es “Las maldiciones”, ¿sería entonces “La maldición de Alsina” el verdadero libro de Claudia Piñeiro?

En esta novela el personaje de La China tiene un proyecto de libro sobre un hecho histórico. Yo nunca hice investigación historia para una novela, me costaría hacerlo, me sentiría muy presionada. Es muy probable que nunca escriba una novela de este tipo porque sentiría que no tengo todos los elementos, que no sé exactamente qué pasó. Sin embargo, sí puedo permitirme esas cuestiones en la ficción, de ir hacia la historia y si no ha ocurrido exactamente así no importa, porque es una ficción y el lector lo sabe.

Al personaje de la China le pongo cosas de mi mundo, relacionadas con la dificultad para publicar y la comunicación con los editores. Esos momentos cuando los editores te dicen: “tenés que pensar en un libro que venda, pero no, métele un muerto”. Entonces de alguna manera al hablar de la política y los políticos no quería dejar de lado también la hipocresía en el mundo editorial para algunas cosas. A mi me gusta reírme o hablar de determinados temas pero también incluirme, por ello también está incluido el mundo editorial y con lo que tenemos que transar algunas veces los escritores para poder publicar un libro.

Una especie de crítica

Sí, no mirar solamente la paja en el ojo ajeno, sino también en el propio.

Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España" 1
Portada de Las maldiciones | Imagen vía Alfaguara

¿Es un libro para reivindicar la vieja política en los tiempos convulsos que vivimos?

No en todos los aspectos, porque la vieja política nos ha llevado a este punto. Pero sí rescatar cuestiones de la ideología, como comentabas parece que estamos ante una perdida de las ideologías, de que son algo malo y las ideologías implican una reflexión, un pensamiento critico. Uno no debería embanderarse detrás de una ideología porque sí, sino porque leíste, porque estudiaste, porque tenés los elementos para tomar una decisión. Y un político de la vieja política te daba un discurso que estaba lleno de contenido y de ese contenido tu podías sacar tus conclusiones; ahora lo que te dan es una apelación de marketing para que le compres el producto. Hay una reflexión menor, como instantánea, me dices esto y voy ya y lo voto. Antes había una reflexión acerca de la política, del bien común, de lo que es bueno para un país, una mirada más de estadista; ahora se parece más a un CEO de empresa, donde hay que generar determinado resultado. En ese sentido sí está la añoranza de ese discurso político anterior, de la reflexión, del pensamiento critico.

¿Allí estaría la maldición? en cómo se ha pervertido el lenguaje…

Lo más doloroso es que nos han robado la palabra relato, el relato es una palabra nuestra, de la literatura y la política nos robó esa palabra. Como si lo que hacen los políticos es un relato. En realidad es una palabra más importante, pero se ha bastardeado al punto de convertirse en una mentira hecha por un político para contarnos un cuento.

También es un tema de superficialidad, al final hacer política se convierte en algo superfluo, ¿se debe quizás a la pérdida de las ideologías?

Sí y hay una subestimación de quien recibe el relato. Si yo doy un relato completo, con ideología y con peso, lo va aburrir, no le va a interesar, no lo va a divertir, no va a querer leer, no lo va a entender. Entonces yo subestimo al que va a recibir ese discurso y lo bajo de categoría. Cada vez el discurso es más fútil, porque si no lo va a entender, no me va a votar. Cada vez se degrada más.

Ahora en España, con el independentismo, el símbolo de la bandera ha tomado una carga muy importante, quizás se han pervertido debido al extremismo ideológico de ambos lados de la historia. ¿Nos hemos quedado sin símbolos?

En Argentina no hay problema con la bandera, cada provincia tiene la suya, pero no hay necesidad de representarlas tan diferentes, de diferenciar su lenguaje, etc. En Argentina, como pasa España, por más que se dice que es un país federal, es un país absolutamente centrado en Buenos Aires. Desde los acontecimientos culturales hasta donde llegan los trenes, es tremendo; ojalá tuviéramos más peso en otras provincias, pero termina funcionando un centrismo tremendo en un país que se declara federal en su constitución. En Argentina no nos pasa con la bandera pero sí con otras cuestiones que son simbólicas y que terminan sirviendo para discutir. Las sociedades están discutiendo últimamente, le pasa a España, le pasa a Argentina, y eso genera grietas muy profundas en gente que está de un lado o del otro, y en esa grieta cualquier cosa es un símbolo; uno levanta una bandera y ya quiere decir algo. En Argentina los que tenemos la posibilidad de decir algo -periodistas, escritores- y que lo escuchen los demás, inmediatamente eso que decís es tomado para un lado u otro de esa grieta, y vos no puedes decir nada que se pueda interpretar desde el kirchnerismo o del anti kirchnerismo o desde el macrismo o del anti macrismo, porque independientemente de cuál sea tu criterio, y que no tenga nada que ver con tu posición política, es criticado por un lado o por el otro lado político. En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas que comentas en España.

Lo único que tenemos como seres humanos es el pensamiento y la palabra, ¿Cómo podemos resistir ante el ruido?

Tenemos una obligación de seguir resistiendo y seguir diciendo lo que uno piensa. Las redes sociales no ayudan mucho por los ataques en ellas. Nosotros hasta hace poco tuvimos un caso muy importante como la desaparición de Santiago Maldonado en una circunstancia en la cual la gendarmería estaba reprimiendo un corte de rutas. Entonces si vos decís cualquier cosa o si vos vas a una manifestación, sos anti macri o sos kirchnerista. No es así, hay un montón de gente que quiere saber qué pasó con la desaparición de Santiago Maldonado. Con las redes sociales debes pensar si poner algo o no y creo que eso es lo que se busca, tratar de hacer una censura preventiva; no te prohíben que lo digas, pero te atacan tanto que la siguiente vez lo vas a pensar antes de decirlo.

En la novela, comentas sobre los casos de “NiUnaMenos” en Argentina, ¿cómo te posicionas ante la violencia de género y el feminismo de hoy en día?

Yo desde el primer momento he estado apoyando el movimiento, hay una situación muy grave de violencia de género en la Argentina, y es un problema sobre el que hay que seguir batallando y educando para que no suceda. Lo que yo hago en la novela es mostrar la falsedad de algunos discursos con respecto a eso. Cómo el personaje del político termina diciendo “Ni una Menos” si no le importa nada, ni la violencia de género ni el feminismo, lo usa porque sabe que decir “Ni una menos” le va a generar votos o simpatía entre los votantes. Y porque le dijeron decís “Ni una menos”. Me preguntas mi posición, por supuesto que es luchar por la igualdad de la mujer. En la Argentina las mujeres no ganan el mismo sueldo por el mismo trabajo que un hombre, no tienen la misma oportunidad para ciertos trabajos por más que vos digas que pueden entrar. Ves la foto del presidente con sus ministros y el 90% son hombres. Por ejemplo, yo he trabajado en empresas donde el listado de teléfono era “Juan Pérez” y “María de Tesorería”. Las Marías no tenían apellido, pero los hombres sí. Todo eso tiene que ver con la violencia de género. La situación de las mujeres en Argentina abarca muchos temas, lo que a mí me molesta es el uso político hipócrita, que se representa en la novela.

¿Crees que como electores hemos fallado al no entender el doble discurso?

Sí, aunque no se puede pedir a todo el mundo que comprenda el alcance. Nosotros como periodistas o como escritores que estamos atentos a la palabra del otro, captamos rápidamente ese doble discurso, pero lo que no debería existir es ese doble discurso. Es importante que se eduque a las nuevas generaciones con pensamiento critico, con recursos para descubrir el doble discurso. Aunque los que educan son los mismos que gobiernan, no es fácil, pero la solución está en la educación.

Las maldiciones de Claudia Piñeiro es un thriller perfecto para relatar cómo ha cambiado la política y al mismo tiempo, un reflejo de cómo seguimos pervirtiendo nuestros valores por el beneficio personal sin reflexión ni autocrítica que parezca cambiarnos al respecto.

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El choque generacional entre los millennials españoles y los políticos

Ignacio Martín Granados

Foto: Vincent West
Reuters

La generación Y, también conocida como generación millennial, del milenio o milénica, incluye a los nacidos entre 1982 y 1998 -aunque también existen discrepancias respecto a cuándo empieza y cuándo termina este periodo-.

Hijos del baby boom, considerados la primera generación nativa digital, se les llama así debido a que se hicieron adultos con el cambio del milenio (en plena prosperidad económica, antes de la crisis), aunque la expresión se puso de moda en 2013, cuando la revista Time publicó en su portada el artículo Millennials: The Me Me Me Generation.

Si se habla tanto de ellos es por su importancia estadística: son 83 millones de personas en Estados Unidos, más de 51 millones en Europa y en España más de ocho millones, el 18% de la población total. Según diversos informes globales, en 2025 supondrán más del 70% de la fuerza laboral del mundo desarrollado.

Lo cierto es que este grupo que ahora tienen entre 18 y 35 años, son la generación de moda, los últimos en incorporarse a la vida adulta plena, al mundo laboral y cada poco tiempo se publican informes para conocer sus comportamientos y actitudes sobre su relación con las nuevas tecnologías, el ocio y la cultura, el trabajo, la banca, etcétera.

En este sentido, la Fundación Felipe González ha presentado los resultados del informe Millennial Dialogue Spain, un proyecto transatlántico de la Foundation for European Progressive Studies (FEPS) y el Center for American Progress que aplica técnicas de investigación conectada para comprender y entender a los millennials en un contexto democrático.

El proyecto Millennial Dialogue es la encuesta internacional de millennials con más alcance llevada a cabo. Se trata de un estudio comparativo realizado en más de 20 países (desde Francia, Italia, Reino Unido, Alemania o Bulgaria, pasando por Canadá, Estados Unidos y Chile hasta Turquía, Sudáfrica, Senegal o Australia) por fundaciones socialdemócratas con el objetivo de encontrar conjuntamente una solución sobre cómo volver a involucrar a los jóvenes en la política, comprender sus actitudes y ofrecer una nueva agenda progresista que reduzca la brecha entre la socialdemocracia y los jóvenes para construir y dar forma a las instituciones democráticas que se adapten a las necesidades del siglo XXI.

La Fundación Felipe González es el único socio español de una iniciativa que intenta superar los estereotipos y lugares comunes sobre esta generación para proporcionar información de gran calidad sobre las aspiraciones, prioridades y valores de estos jóvenes, centrándose especialmente en la política.

Según los datos de este informe, el retrato generacional de los millennials españoles es que están poco interesados por la política. El 51% está poco o nada interesado frente al 16% que está muy interesado (24% en Turquía, 20% en Alemania, 19% en Italia, 18 % en Austria, 16% en EE.UU. o 6% en Hungría) y su inclinación por la política se sitúa en el último lugar de una lista de preferencias donde prima ser feliz o tener buena salud.

Sin embargo, el 85% de los entrevistados afirma que iría a votar, aduciendo como razones para no hacerlo la falta de confianza en los políticos, que todos los partidos y los políticos son iguales, que no les gusta ninguna de las opciones políticas existentes, porque no apoyan el sistema político actual o porque no hay un partido que represente sus opiniones.

De hecho, en las últimas elecciones generales en España, en junio de 2016, se estima que dentro del grupo de personas entre 18 y 34 años, tan solo votó el 61% de los ciudadanos, nueve puntos menos que la media nacional (70%) y 18 puntos menos que el colectivo de más de 55 años (79%), según un estudio de Metroscopia.

Infografía: WEF

Por tanto, podemos presumir que los millennials españoles están desencantados con los políticos, pero no con la política. De hecho, según datos de este estudio, entre los que participan en política, el 6% dice haber asistido a una reunión política, en comparación con el 26% que dice haber participado en una protesta o manifestación. Es decir, no estamos hablando de un desinterés generalizado por lo público sino más bien una visión crítica sobre algunos elementos de la vida política.

Los millennials se ven a sí mismos como una generación de transición entre dos mundos: afirman que existe una brecha generacional respecto a sus padres o abuelos ya que el 47% siente que están menos interesados en la política debido al alto nivel de corrupción, las promesas rotas y un sentimiento de decepción respecto a los políticos, así como la sensación de no tener mucho por lo que luchar. Una radiografía muy esclarecedora de un sentir cuyas soluciones para fomentar su interés en votar serían principalmente una mayor confianza en los políticos y que su voto fuera relevante.

Más preocupantes son los datos respecto a su relación con la clase política. Sólo el 20% confía en que pueden hacerse oír y el 41% piensa que muy pocos políticos animan a los jóvenes a involucrarse en la política. Y cuando se les pregunta si los políticos ignoran las opiniones de los jóvenes, el porcentaje sube hasta el 78% (en el rango de países como Italia o Chile -81%- frente al 68% de EE.UU. o 64% de Alemania y 31% de Noruega) y el 69% estima que la mayoría de los políticos se interesan más por las personas mayores que por ellos, información que parece corroborar la Encuesta de Condiciones de Vida del INE que refleja que desde el inicio de la crisis, el riesgo de pobreza ha aumentado 11 puntos porcentuales entre los jóvenes de 16 y 29 años (de 18,1 a 29,2%), mientras que ha descendido 13 puntos porcentuales (de 25,5 a 12,3%) entre los mayores de 65 años.

Así, sólo un 21% de los millennials está de acuerdo con la cuestión de si la mayoría de los políticos quieren el mejor futuro posible para los jóvenes (más llamativo si cabe cuando se contrasta con las respuestas de jóvenes de otros países: Alemania 97%, Turquía 79%, Noruega 78%, Italia 27% o Bulgaria 24%).

Si seguimos profundizando en los datos del informe, cada vez queda más clara la distancia entre los jóvenes y los políticos y la forma de entender la política. Los motivos por los cuales los millennials desconfían de los políticos son los numerosos escándalos de corrupción, el incumplimiento de las promesas a los ciudadanos y que no se escuchan las necesidades y problemas de los ciudadanos. Para que la relación entre ambos sea mejor proponen interacciones más frecuentes, que los políticos escuchen y se interesen por sus problemas, conozcan sus opiniones y mantengan sus promesas. En definitiva, más atención y ser empoderados.

Así, consideran a Podemos como el partido que mejor les entiende y estiman que en los próximos 15-20 años PP y PSOE disminuirán su popularidad o la mantendrán como en la actualidad, frente a Podemos y Ciudadanos que la aumentarán.

Como no podía ser de otra manera en una generación educada en un entorno plenamente digital, apuestan por la tecnología y el voto online para aumentar la participación electoral. Y en cuanto al papel de las mujeres en la política, ellas se muestran más críticas y dos de cada tres encuestadas consideran que el equilibrio no es correcto (frente a la mitad de sus compañeros varones) y más de la mitad estiman que debería haber una mayor representación.

Respecto al futuro, los millennials piensan que la situación económica nacional será el principal factor que influya en su futura calidad de vida, seguida de la economía global y las decisiones tomadas por los políticos (respuesta idéntica a la dada por los millennials británicos), siendo los temas que más les importan la creación de empleo, la educación y la sanidad (94%), considerando que es en estos asuntos dónde debería centrarse la labor de los políticos ya que estiman no están trabajando lo suficiente en ello.

En definitiva, el retrato que realiza el informe Millennial Dialogue Spain es el de una generación en transición, la más preparada de nuestra historia, pero precaria en lo laboral, con dificultades para acceder a una vivienda y marginados de las prioridades políticas de los dos principales partidos que han gobernado desde la restauración democrática.

Por tanto, en lo político, no es de extrañar que su comportamiento sea de rechazo a la política convencional. Realmente no están alejados de la política, sino de la forma actual de hacerla. Se sienten poco atraídos por la oferta existente, abandonados, desencantados y desconfiados con los políticos, pero no con la política y recurren a otras alternativas para hacer oír su voz y prefieren movilizarse en las calles y en las redes, haciendo política de manera diferente, disruptiva, a través del activismo, la movilización y la tecnología.

La corrupción, las promesas incumplidas y la distancia entre las necesidades y problemas reales de los ciudadanos y las acciones de la clase política son los ingredientes que alimentan la desafección y decepción de los millennials. Y para combatirla demandan ser tenidos en cuenta, fortalecer relaciones con los políticos, poder confiar en ellos, ser escuchados y tener capacidad de influencia en las políticas públicas. En definitiva, que su voto sea importante.

No es sólo una cuestión de cariño intergeneracional. Este informe pone de manifiesto que la forma de ejercer la política hoy está mal adaptada a las aspiraciones y expectativas de la generación millennial, aquella que reclama su protagonismo en el presente porque serán los líderes del futuro. Un futuro que está a la vuelta de la esquina. Todos aquellos a los que nos interesa la calidad y mejora de la democracia deberíamos tomar nota.

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

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