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Alejandra Guzmán Almagro: “Los fantasmas femeninos empoderan a la mujer”

Beatriz García

Foto: Wikimedia Commons
Wikimedia Commons

Hablamos con la autora de ‘Fantasmas, apariciones y regresados del Más Allá’ (ed. Sans Soleil), una antología de textos inéditos sobre lo fantasmal que nos conduce al origen de algunas de nuestras supersticiones y leyendas urbanas más terroríficas.

Barcelona es una ciudad embrujada, en cada una de sus calles habita el misterio. En la plaza de Sant Felip Neri, en el barrio del Gótico, los balones de los niños que salen del colegio impactan contra los muros heridos de metralla que fueron testigos del horror durante la Guerra Civil. Y bajo aquellos mismos adoquines por los que caminan los turistas aún permanecen los restos de un antiguo cementerio medieval. Es una plaza donde muertos y vivos conviven en un paz que impone el tiempo y, por eso, un lugar ideal para una historia de aparecidos.

“¿Habéis escuchado hablar de la amante fantasma? Había una mujer llamada Filínion que tras morir se enamoró de un joven con el que pasó los días y las noches, y comió y bebió, y mantuvo sexo con él como si estuviese viva”, nos cuenta Alejandra Guzmán, doctora en Filología Clásica y autora del libro ‘Fantasmas, apariciones y regresados del Más Allá’, publicado por la editorial San Soleil.

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Portada del libro “Fantasmas, apariciones y regresados del más allá” | Imagen: Editorial Sans Soleil

Diana y yo esquivamos los balones y contenemos el aliento. En los muros de la plaza, picados de viruela, nos parece que se esconde el origen de muchas de las leyendas en las que seguimos creyendo, aunque sean más antiguas que la primera piedra de la murallas de la ciudad. Porque la mayoría de las supersticiones que nos acompañan desde la infancia provienen, dice Alejandra, del Más Allá de la historia, en concreto, de la Antigua Grecia y Roma.

Tras años investigando y traduciendo del latín y el griego textos clásicos y documentos medievales y renacentistas, ha recopilado asombrosas historias sobrenaturales que revelan que aquello que nos asusta -las chicas de la curva, las Verónicas que aparecen en un espejo si las nombras, los errantes espectros vengativos y las casas encantadas-, también erizó el vello de nuestros ancestros. Y sus testimonios son tan reales como un crujir de muebles o la temblorosa voz de una psicofonía.

“Las damas blancas, las lamias y las ninfas han sido muy temidas por los hombres no solo por su componente sobrenatural, sino erótico”

“En la Antigüedad ya se hablaba de fantasmas que vestían una mortaja blanca y arrastraban cadenas. Recojo en el libro un relato de Plinio El Joven que fue considerado el primer cuento de fantasmas de Occidente e influyó en los escritores del siglo XIX y las películas del siglo XX, a pesar de que él lo narrase como algo real, porque recuperó una leyenda urbana que debía explicarse en todo el Mediterráneo. En su crónica ya figuraba el tópico de la casa barata que nadie quiere habitar y el muerto sin descanso que sigue rondando porque falleció de forma violenta. De hecho, en Roma se podía denunciar a quien te vendiera una casa sin informarte de que estaba poseída por espíritus. Los arquetipos son universales y hay historias similares de ‘poltergeist’ y platos que vuelan que han seguido en nuestro imaginario hasta la actualidad”, cuenta Alejandra.

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Mosaico romano en el Museo Arqueológico de Nápoles | Foto: Marie-Lan Nguyen

Vengativos fantasmas femeninos

En uno de los nueve libros de ‘Historias’, el erudito griego Heródoto explica el caso de un tirano de Corinto, Periandro, que recurre a su difunta esposa a través de un oráculo para preguntarle por un dinero oculto, y ella le reprende desde la tumba por haber “metido el pan en un horno frío”. Es decir, el cruel Periandro además de asesino era necrófilo y ella, ofendida y helada, le pide un tributo para poder descansar en paz.

El tópico del difunto que vuelve para vengarse ha sido una constante a lo largo de la historia. Sobre todo, recalca la autora, cuando se trata del espíritu de una mujer, las llamadas ‘damas blancas’. “Una de las cosas de las que me he dado cuenta leyendo toda la literatura desde la Antigüedad hasta los siglos XVI y XVII es la poca presencia femenina en la historia, que luego se reivindica más allá de la muerte. Los fantasmas femeninos empoderan de alguna manera a la mujer. Desde la época romana se narra cómo esposas y madres que sufrieron las afrentas de los hombres, fueron asesinadas o murieron en circunstancias trágicas, cuando regresan como fantasmas tienen más poder del que tuvieron en vida”, asegura.

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La leyenda de la chica de la curva tuvo su origen en la antigua Grecia | Foto por: Angela Deane

Como las chicas de la curva y las novia perpetuas que rondan a quienes viajan por una carretera de madrugada o las seductoras entidades que arrastran a la muerte a los caballeros que atraviesan un bosque solitario. “Criaturas como las lamias, las ninfas de agua y las ondinas de los lagos fueron muy temidas por los hombres no solo por su componente sobrenatural, sino también erótico. Luego, en la literatura medieval, esos mismos poderes demoníacos se les atribuyen a las brujas, de las que se dice que son esposas del diablo y que pueden arrebatar la virilidad masculina”, resume.

“Desde la Antigüedad, los filósofos justificaron que la gente veía cosas porque tenían los sentidos distorsionados”

Estas supersticiones llegaron a ser tan reales que incluso acabaron en los tribunales. Quintiliano, abogado y orador romano, refiere el caso de una mujer que denunció a su esposo por malos tratos porque no le permitía relacionarse con su difunto hijo que la visitaba cada noche en sueños.

En otras ocasiones, no era el fantasma quien obraba una venganza, sino que penaba lastrando una condena el resto de la eternidad o hasta que se celebrase una misa por su alma. “En la Edad Media aparece la idea de Purgatorio y la imposición de un castigo en el Más Allá. Los muertos regresan para reclamar misas y decirles a los vivos lo que les puede ocurrir si acaban pecando. En una de mis historias favoritas del libro, que titulé ‘Los zapatos de la concubina’, se narra cómo la amante de un sacerdote le pide antes de morir que mande hacer unos zapatos de piel para ella. Una noche, la dama se le aparece a un caballero únicamente vestida con un camisón y aquellos zapatos, la persigue un cortejo de perros y diablos con antorchas por el bosque. En su huida, el caballero le arranca un mechón de pelo y al día siguiente, cuando lo explica en el pueblo, abren la tumba de la concubina y descubren que le falta un mechón”.

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Fantasmas o apariciones en el cine | Imagen: Wikimedia commons

¿Fantasía o fantasma?

A la mayoría de nosotros nos produce vergüenza confesar que seguimos siendo tan supersticiosos como quienes nos precedieron. Sin embargo, en los pueblos se mantiene la creencia en lo sobrenatural sin que por ello nadie se sienta estúpido ni desconfíe en los beneficios de la Ciencia. “Muchísimos rituales como que la sal es catalizadora de buenas y malas vibraciones o que el novio debe coger en brazos a la novia en el umbral las heredamos de los romanos. Las sociedades rurales que tienen un apego a lo espiritual funcionan prácticamente igual que en la época grecolatina”.

Mucho antes de que Google se convirtiera en nuestro oráculo de Delfos, ya existían los escépticos. Filósofos como Platón o Aristóteles se preguntaron sobre la naturaleza de las apariciones fantasmales y otros fenómenos de corte paranormal.

“Los filósofos griegos justificaron que la gente veía cosas porque tenían los sentidos distorsionados o porque recordaban algo y lo reproducían en su mente como si fuera real. Esta idea luego se retomó con la aparición del Diablo en la Edad Media, que era el culpable de las ilusiones fantasmagóricas. La palabra alemana ‘poltergeist’, de hecho, surgió en los círculos protestantes y los seguidores de Lutero negaron que existieran almas en pena y un Purgatorio. Ahora le damos muchísima prioridad a lo científico y parece que la historias que nos han acompañado siempre sean absolutamente ‘freak’ y secundarias, cuando pertenecen a un acervo cultural que se debe reivindicar”, concluye la autora.

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La escritora Alejandra Guzmán Almagro en las calles del Gótico barcelonés | Foto: Diana Rangel / The Objective

Cuando era niña, mi abuela solía colocar un limón bajo las camas si notaba en la casa alguna energía ‘perturbadora’, y si se te dormían los pies debías hacerte cruces con saliva en las plantas. Los nietos llevábamos puñados de sal en los bolsillos el día de un examen. Decía cosas como: “Hay que fregar el suelo del interior hacia la entrada para que se vaya lo malo” o “ni se te ocurra barrer la puerta de un cementerio”. He crecido escuchando historias de fantasmas familiares, de caserones de pueblo donde unos brazos invisibles salvaron a uno de mis tíos de caer en una piscina y de hombres que aparecen en el quicio de la puerta vestidos de época y se sorprenden de verte tanto como tú a ellos.

Los fantasmas que me producen más miedo son los de carne y hueso, le digo a Diana. Y ella asiente y busca calles oscuras y solitarias para tomar una fotografía. Ninguna de las dos quiere volver sola a casa.

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Espada, balanza, venda

Juan Claudio de Ramón

Foto: Jonathan Evans
Reuters

Pocas alegorías hay tan redondas como Justicia. Ya en Roma, la iconografía la representaba sosteniendo por el fulcro una balanza con una mano y empuñando con la otra una espada de doble filo. Dos objetos que eran sendos atributos: la facultad de sopesar los argumentos en una causa y el poder de castigar al infractor del orden justo. Solo a partir del siglo xv es habitual el añadido de la venda en los ojos. Con ello se pone de manifiesto no que la justicia sea ciega, como se dice a veces, sino más bien lo contrario: la diosa Justicia ve perfectamente pero elige no ver. Porque la diosa se sabe, en el fondo, humana, y por lo mismo sujeta a las pasiones de la piedad y el soborno. Para evitar que esas u otra pasiones interfieran en su tarea, Justicia se priva voluntariamente de la visión: podrá pesar los hechos, pero no conocer a sus protagonistas. Hechos que pesan lo mismo en un rey que en un mendigo. La triada simbólica es perfecta: solo con espada, la justicia sería venganza; solo con balanza, sería impotente; y sin venda, el árbitro podría ser arbitrario.

Hablamos, claro, de un ideal regulativo que no se alcanza nunca. Todos los que nos hemos vendado alguna vez los ojos, con ocasión de algún juego o disfraz, sabemos que es fácil dejar alguna rendija por donde mirar o intuir el contorno de las cosas. Eso es justo lo que se pedía a la juez Lamela en la causa abierta contra el destituido gobierno catalán: que alzara con sus dedos furtivamente la venda que le cubría la mirada para dejarse guiar, no por la balanza sino por el paisaje: hacer entrar en prisión a ocho políticos independentistas, por muchos delitos que hubieran podido cometer, podía ser inconveniente en vísperas de elecciones. Pero la juez no miró, solo pesó. Su auto, por supuesto, es discutible. Pero eso no importa: nos basta con saber que no es arbitrario. Ni la balanza judicial es electrónica ni la ley es el metro de platino iridiado. La justicia lleva incorporada en su cálculo la prudencia, y la prudencia acepta que en la vida y el juzgado a veces hay más de una solución aceptable para un mismo caso. La juez Lamela hubiera podido no aplicar la prisión provisional, y lo hubiera podido fundamentar también. Pero lo que no hubiera podido hacer en ningún caso es decidir una cosa u otra en función de quiénes eran los acusados, que es lo que con tan poco recato le pedían algunos.

Fiat iustitia et pereat mundus: es un reproche lícito. Retrocedemos ante la idea de que la recta aplicación de la justicia pueda incendiar el mundo. Pero es también el reproche de quien se siente demasiado seguro de saber cual es el daño mayor. Por mi parte, confieso haber sentido vértigo también al saber de la encarcelación provisional de los acusados. Pensé, como todos, en el impacto en las elecciones de diciembre. Pero cabe preguntarse qué es más corrosivo a estas alturas: si ofrecer un agravio más a quienes hasta de una gracia hacen casus belli, o si reforzar la impresión de que al nacionalismo le salen siempre baratas las afrentas. A veces, por no hacer justicia, también perece el mundo.

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El último animal mitológico

José Antonio Montano

Foto: Juan Pablo Aparicio Vaquero
Flickr bajo Licencia Creative Commons

He buscado el mail que les escribí a los amigos cuando murió mi padre, con la emoción de entonces: “Venimos de enterrar a mi padre. Murió ayer sábado, 9 de agosto. Ha estado diez días en el hospital, aunque en los tres últimos ya sabíamos que el final era inminente. Estos tres días los ha pasado sedado, dormido y sin sufrimiento alguno. Durante los anteriores, aunque también estaba sedado, guardó un resto de conciencia, que le hacía sensible a las caricias, los besos y las palabras. A veces ponía una mirada como de melancolía infantil, como si fuese a cometer la travesura de morirse, cuando sin duda hubiera preferido quedarse. A veces sonreía. Una enfermera, al mirarlo una tarde, me dijo: ‘Tiene cara de ser muy bueno, muy noble’. Y noté cómo mi padre, con los ojos cerrados, puso una expresión de profunda satisfacción; una sonrisa ética. Ayer, cuando lo amortajaron en la cama del hospital, envuelto solo con la sábana, tenía un rostro sereno y limpio, de paz”.

Fue en 2014. Yo estaba convencido de que el párrafo terminaba con la frase: “Parecía un senador romano”. Ahora me doy cuenta de que no la escribí, aunque la pensé; y he seguido recordándola todo este tiempo. Había buscado el mail por ella. El domingo fui a ver el monólogo de Javier Gomá ‘Inconsolable’, en su última representación en el teatro María Guerrero de Madrid. El verano pasado leí el texto cuando se publicó en ‘El Mundo’; hoy forma parte del libro ‘La imagen de tu vida’ (Galaxia Gutenberg). El hijo –así comparece, sin nombre– dice en el momento culminante que su padre muerto parecía un patricio romano. Por este parecido, que fue mi parecido, en la obra se habla de la piedad filial. ‘Inconsolable’ es un profundo ejercicio de piedad filial. El efecto más compacto de la recreación del duelo del hijo –con las angustias y reflexiones que salen al paso acerca de la muerte, la fugacidad de la vida, el fin de la infancia, las sombras de la edad, la culpa por el comportamiento– es el de la restitución, en estos tiempos, de la figura del padre. Para Gomá, la conmoción que produce su muerte se debe a que el padre no es solo una persona: es “el último animal mitológico”.

La duda trágica de si se ha sido un buen hijo solo puede apaciguarse con la vida que viene: con la vida que le queda al que queda. Mediante la acción ejemplar que honre al padre muerto y transmita la posibilidad de una vida “digna y bella” a los hijos, y al prójimo. Gomá formula su imperativo así: “Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”. La emoción de ‘Inconsolable’ está en que muestra con intensidad y brillantez ese desgarro: la obra es la escenificación de la injusticia de la muerte del suyo. Y del mío.

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7 curiosidades de la Capilla Sixtina

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Stefano Rellandini
Reuters/File

Los frescos de la Capilla Sixtina celebran hoy su 509 cumpleaños. Un 10 de mayo de 1508 uno de los más grandes artistas renacentistas de la historia, el italiano Michelangelo Buonarroti, conocido en español como Miguel Ángel, inició la que sin duda sería su obra más grandiosa y trascendente, los frescos de la Capilla Sixtina de El Vaticano. Fue el Papa Julio II quien pidió al arquitecto, escultor y pintor italiano que realizara la pintura del techo de la Capilla Sixtina, lo que le llevó cuatro años de su vida. En la bóveda de cañón rebajada, el artista diseñó una complicada arquitectura simulada donde incluyó el desarrollo de historias del Génesis. Sus pinturas ocupan 1.100 metros cuadrados.

Como el propio Vaticano indica, la decisión de Julio II de volver a decorar totalmente la bóveda se debió muy probablemente a la larga grieta que se abrió en el techo a causa de las excavaciones tanto al norte como a sur del edificio, para la construcción de la Torre Borgia y del nuevo San Pedro. En mayo de 1504 se encargó a Bramante, en aquel entonces arquitecto de Palacio, que pusiera remedio; éste colocó unas cadenas en el local ubicado sobre la Capilla. Sin embargo, los daños sufridos por las antiguas pinturas debían de haber sido tantos que convencieron al pontífice a encargar a Miguel Ángel una nueva decoración pictórica.

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Parte de los frescos de la Capilla Sixtina | Foto: Stefano Rellandini/reuters

No siempre se ha conocido a la Capilla Sixtina por su nombre, ya que se lo debe al Papa Sixto IV della Rovere, quien hizo reestructurar la antigua Capilla Magna entre el año 1477 y el 1480. La decoración del siglo XV de las paredes incluye: las falsas cortinas, las Historias de Moisés y de Cristo y los retratos de los Pontífices. Fue realizada por un equipo de pintores formado originariamente por Pietro Perugino, Sandro Botticelli, Domenico Ghirlandaio, Cosimo Rosselli, asistidos por sus respectivos talleres y por algunos de sus colaboradores más estrechos. Estas pinturas fueron concluidas en 1482, y el 15 de agosto de 1483, con motivo de la festividad de la Asunción, Sixto IV celebró la primera misa en la capilla y la consagró a la Virgen María.

“Los frescos que aquí contemplamos nos introducen en el mundo de los contenidos de la Revelación. Las verdades de nuestra fe nos hablan desde cada lugar. De ellas, el genio humano ha sacado la inspiración empeñándose en revestirlas de formas de una belleza inigualable”, así los describió el Santo Padre Juan Pablo II durante la Santa Misa celebrada el 8 de abril de 1994 con motivo de la conclusión de los trabajos de restauración del Juicio Universal.

Las curiosidades más destacadas de la Capilla Sixtina:

1. Miguel Ángel tuvo que construir su propio andamio para pintar la bóveda. Este consistía en una plataforma de tablas de madera sujetas sobre soportes creados a partir de agujeros de las paredes, a la altura de las ventanas. De esta manera, los andamios se sustentaban a modo de puente y era posible celebrar misas en la capilla. Actualmente, en ella se celebra cada año una misa con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor, durante la cual el Santo Padre imparte el bautismo a los recién nacidos.

2. A la derecha debajo de los pies de Cristo está San Bartolomé, que muestra en una mano el instrumento con el cual fue despellejado vivo y con la otra mano, su piel, que le fue arrancada. Se dice que la piel despellejada es un autorretrato de Miguel Ángel. Una de las interpretaciones dice  que se reflejó de esta manera porque odiaba pintar.

3. El maestro de ceremonias del Papa, Biagio da Casena, aseguró que era vergonzoso que en un lugar santo se hubieran representado todas esas figuras desnudas, y que era una decoración propia de un baño público o de una taberna, pero no de una capilla papal. En respuesta a dicho comentario, Miguel Ángel lo representó en el fresco como Minos, el juez del infierno. La leyenda cuenta que cuando Cesena se quejó al Papa, el pontífice respondió que su jurisdicción no incluía el infierno, por lo que el retrato se mantendría.

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La Guardia Suiza sale de la Capilla Sixtina después de una misa especial en el Vaticano 22 de enero de 2006 | Foto: Maurizio Brambatti/Reuters

4. En 1564 el Papa Pío V encomendó al artista Daniele da Volterra, amigo de Miguel Ángel, la polémica tarea de cubrir los genitales del fresco del Juicio Final, lo que le hizo ganarse el apodo de ‘Il Braghettone’ (El Pintacalzones).

5. Desde 1870, la Capilla Sixtina es la sede del cónclave, la reunión en la que los cardenales electores del Colegio Cardenalicio eligen a un nuevo papa. Una vez se ha elegido Papa, se le conduce a la diminuta sala de las lágrimas de la Capilla Sixtina. Esta sala, que se encuentra a la izquierda del altar bajo El Juicio final, recibe este nombre, según cuentan, porque el nuevo pontífice  suele irrumpir en llanto por la emoción del nombramiento. Durante el cónclave, se instala una chimenea en el tejado de la capilla, y el humo, al ser visto desde la plaza de San Pedro, actúa como una señal. Si sale humo blanco, fumata bianca, formado al quemarse en una estufa las papeletas de la elección, significa que el cónclave ha finalizado y que se ha elegido a un nuevo papa. Si ningún candidato obtiene la mayoría, dos tercios de los votos, sale humo negro, fumata nera, formado al quemarse las papeletas junto con paja húmeda y algunos productos químicos.

Siete curiosidades de la Capilla Sixtina
Cardenales entran en la Capilla Sixtina para comenzar el cónclave para elegir al sucesor del Papa Benedicto XVI | Foto: Osservatore Romano/Reuters

6. Hay un coro permanente, la Capilla Musical Pontificia, schola cantorum o escolanía de la Capilla Sixtina, para el que se han compuesto algunas piezas originales, siendo la más famosa el Miserere de Gregorio Allegri. El coro fue creado por el Papa Sixto IV el 9 de agosto de 1471, y actualmente sigue en activo.

7. Las dimensiones de la Capilla Sixtina no son al azar o por las necesidades de la época, sino que tienen un origen bíblico imitando a lo que era el Templo de Salomón que, según el Antiguo Testamento de La Biblia tenía un largo y ancho de 40,9 metros por 13,4 metros. Se accede a ella con la entrada de los Museos Vaticanos, a diferencia de la Basílica de San Pedro que es gratis, para visitar la Capilla Sixtina hay que pagar 20 euros. Se estima que cinco millones de personas visitan la Capilla Sixtina al año.

Para aquellos que no pueden visitar la Capilla Sixtina en persona, El Vaticano ofrece la posibilidad de realizar una visita virtual.

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Desatinos de Bruselas

Valenti Puig

Foto: FRANCOIS LENOIR
Reuters

La aberrante escenificación de la troika de la Comisión Europea aterrizando en Grecia, en plena convulsión económica para revisar las cuentas, es uno de esos errores de cálculo que el europeísmo oficialista perpetra demasiado a menudo. Si las normas –como es el caso- la capacitan para revisar las contabilidades nacionales en razón de riesgo o préstamo, la Comisión tiene el derecho y el deber de hacerlo pero, ¿no había otro modo que enviar a tres tecnócratas vestidos de negro y con samsonite? Tal vez eso generaba más aversión al proceso de integración entre la ciudadanía afectada por la crisis y, todo sea dicho, arruinada por la gestión del gobierno griego, un clásico en el incumplimiento de las normas comunitarias.

Un desatino más reciente ha sido la felicitación de Jean-Claude Juncker a Macron por su victoria en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El rol de Juncker consiste en felicitar a quien acabe siendo elegido definitivamente en la segunda vuelta. Si como hipótesis improbable imaginamos la llegada de Marine Le Pen al Elíseo, ¿cómo saludarle cuando has manifestado ostensiblemente y de modo institucional tu preferencia por Macron? Incluso con esta salvedad, un desatino similar es llamar antieuropeos a quienes han votado por Le Pen. En otra circunstancia, la consumación del Brexit dejaría Gran Bretaña fuera de las instituciones europeas pero no significa que los euroescépticos no sean ciudadanos de Europa.

Esta decantación de Bruselas es tan asombrosa como cuando, dados los postulados derechistas de Haider en Austria, se dijo de modo reiterado que eso requería expulsar a los austríacos de la Unión Europea. No era así. En realidad, Haider sigue en Austria y Austria sigue en la Unión Europea. Si Le Pen llegase al Elíseo el efecto sería catastrófico entre otras cosas por su negación del euro, pero no le corresponde a Juncker felicitar a Macron y sus votantes antes de saber los resultados del ballottage. Es más: esos parabienes pueden favorecer a Le Pen porque a casi nadie le gusta que desde Bruselas le digan cómo votar.  Todo eso corresponde a un europeísmo institucionalizado que no está a la altura de los tiempos, a diferencia de cuando -hace ahora sesenta años- Schumann impulsó el Tratado de Roma dando paso a un proceso de integración europeo que hoy tiene desencantados a sectores de la ciudadanía europea. Gran parte de la crisis europea corresponde ciertamente a la aparatosa distanciación entre la clase política –especialmente el microcosmos de Bruselas- y los que todos los días intentan sobrevivir pisando la calle y con el sueldo devaluado.

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