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Algunas verdades desagradables

Andrés Cañizález

Foto: Cristian Hernandez
EFE

En estos días atroces que vive Venezuela, cuando logro desconectarme de la mecánica nacional, he vuelto sobre las páginas de un texto clásico de la historia del siglo XX. Se trata de “La República española y la guerra civil (1931-1939)” del estadounidense Gabriel Jackson, que ni más ni menos permite entender, literalmente desde su incubación, cómo se fueron dando los pasos hasta llegar a la guerra civil, cuyas heridas aún no están curadas del todo en la España del siglo XXI.

No trazaré acá un paralelismo entre aquello y lo que vivimos en Venezuela, aunque no tengo dudas de que sería un terreno de interesante indagación. En realidad, Jackson me ha permitido dar con algo que desde hace varias semanas me viene dando vueltas en la cabeza. Se trata de las verdades incómodas, aquellas que nadie quiere oír, pese a que pocos segundos antes en una reunión social o familiar alguien te dice ¿Y cómo ves la vaina?

Jackson lo sintetiza de esta forma: “las pasiones políticas impidieron a la mayoría de los observadores reconocer las verdades desagradables con respecto al bando con el cual simpatizaban”. En no pocas ocasiones he manifestado públicamente mi voto de confianza a la dirigencia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). En mi rol de periodista e intelectual público intento que el apoyo a la MUD no me empañe la visión y el análisis del momento tan dramático y definitorio que vivimos.

Esta adhesión pública, sin que medie un interés económico o un vínculo partidista, no la hago sólo ahora cuando día por medio tenemos a algún diputado opositor herido o vejado por estar al frente de las manifestaciones de calle. Lo expresé sin ambages en noviembre-diciembre del año pasado, cuando la vocería opositora pasaba por una hora oscura tras el fracasado diálogo con el gobierno y lo que fue, en el imaginario popular, el enfriamiento de la calle.

Sobre esto último hay mucha tela para cortar, pues si se revisan las cifras del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social en realidad la calle tiene bastante tiempo sin estar lo que se dice fría, aún pese a la represión y la criminalización de la protesta popular, ésta última ampliamente denunciada por Provea.

Primera verdad. No hay ninguna señal de un resquebrajamiento serio al interior de las Fuerzas Armadas, al menos al momento en que escribo estas líneas. Hay malestar en mandos medios y cansancio en los uniformados que deben salir a la calle, pero el duopolio represivo de alto mando de la FAN y gobierno de Nicolás Maduro se mantiene amalgamado. Sin una ruptura en esta alianza no habrá cambio. La represión de la protesta, junto a las muertes a cuentagotas que se vienen registrando, hay que decirlo, se pueden mantener por largo tiempo.

Segunda verdad. Un escenario de cambio no nos conducirá necesariamente a la democracia. Como demócrata que soy y venezolano que vive en Venezuela sin plan B de emigrar, deseo profundamente que cualquier posibilidad de cambio desemboque en la restauración democrática, bajo los principios trazados en la Constitución de 1999. Ese es, sin duda, mi deseo más profundo.

Pero existe un claro riesgo (y la constituyente empujada por Maduro le pone fecha a ese escenario) de que pasemos no a más democracia sino a más dictadura. La represión puede subir de tono, se eliminen instancias judiciales independientes y sencillamente se militariza todo aquello que tenga que ver con la protesta política (ya hay bastante señales de que se puede ir en esa dirección). El punto culminante de tener más dictadura podría ser la salida de Maduro del poder y su reemplazo por alguna junta militar que asuma bajo la lógica de que “hay que poner orden”.

Tercera verdad. La caída de la dictadura no se resolverá en cuestión de horas con la huida del tirano. En el imaginario venezolano pesa mucho la visión idílica de que una vez que Pérez Jiménez huyó hubo en el país un florecimiento democrático inmediato, en 1958.

El madurismo, como degeneración autocrática del chavismo, combina no sólo la condición de una dictadura convencional (represión, censura, control de las instituciones) sino que hay dos elementos que a veces soslayamos. Por un lado, la condición de narcotraficantes que han adquirido muchos de quienes son figuras oficiales, junto al poder tras bambalinas que tiene la dictadura cubana en Venezuela, asunto que se ha acrecentado tras la muerte de Hugo Chávez y la asunción de Nicolás Maduro.

Cuarta verdad. Tarde o temprano llegaremos a una mesa de negociación. El enquistamiento del chavismo en la estructura del Estado y la adhesión sin reticencias del sector militar (que además se encarga del trabajo represivo) no se acabará solamente con la renuncia de Maduro (en caso de que éste renuncie por voluntad propia o forzado por los militares).

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Las autoridades venezolanas reprimen con violencia las protestas de la oposición. | Foto: Ivan Alvarado / Reuters

Lo último que se ha discutido, de un grupo de países “amigos”, con naciones que sean colocadas a partes iguales por el gobierno y la oposición, podría ser una vía concreta no de dialogar (el tiempo del diálogo creo yo se acabó el 1 de diciembre de 2016) sino de negociar. Si usted le da crédito a lo que he dicho en las líneas anteriores entenderá que hay mucho que negociar.

Ni la crisis económica (aún agudizándose como se prevé) ni una agenda permanente de protestas en la calle (con la intensidad que viene sucediendo) generarán –por sí solas- el anhelado cambio democrático.

Ni será rápido, ni será fácil. Esa es la quinta verdad. Un buen amigo me considera un pesimista, cuando le comparto esta visión. Trato de mirar la realidad sin que los cristales de mis anteojos estén empañados por lo que deseo para mis hijos (que vivan en un país libre y próspero). No estoy diciendo que estamos condenados como sociedad, sólo que debemos afrontar este momento definitorio para la vida nacional mirando no sólo las posibilidades, sino también los riesgos.

Se trata de mantenerse, en esta hora de crisis, con convicciones firmes y resiliencia en la actuación cotidiana, tanto social como individualmente.

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Venezuela, las voces de una crisis humanitaria anunciada

Redacción TO

Foto: Lidia Ramirez

La rutina en Venezuela: horas de colas y escasez de alimentos

Miriam Ringel, de 45 años, y madre de dos niñas de 12 y 25 años, cuenta a The Objective, cómo en su nevera sólo hay “dos tomates, una cebolla y algo de pescado”. Conseguir comida es imposible en un país donde los alimentos brillan por su ausencia y un pollo, por ejemplo, vale 4.200 bolívares. Teniendo en cuenta que el sueldo mínimo mensual está entorno a 15.000 bolívares, unos 13 euros, y que un kilo de carne equivale a la tercera parte de un salario mínimo, para que una familia de cinco miembros pueda cubrir la cesta de la compra de un mes debe invertir, al menos, 18 salarios mínimos. Y en medio de ese panorama, donde la moneda ha perdido el 99% de su valor desde 2012, el FMI pronostica que los precios subirán un 720% este año y un 2.200% en 2017.

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De esta forma, Miriam asegura que lleva más de un mes sin comer carne ni beber leche. Incluso el agua es un lujo en un país donde la del grifo no es potable y en los supermercados hacerte con una botella es todo un triunfo. “En Caucagua hemos estado 19 días sin agua, los vecinos tuvimos que reunirnos y hacer un pozo. Después había que hervirla porque salía sucia”, nos comenta Miriam.

Hacer la compra en Venezuela no es una tarea fácil. Conseguir los alimentos más básicos como leche, harina o pan se ha convertido en toda una odisea que puede requerir muchas horas y esfuerzo debido a la escasez crónica. “Los lunes y los sábados –cuando a Miriam le toca hacer la compra según su libreta de racionamiento– me levanto a las cuatro de la mañana para hacer cola. Eso no me garantiza que vaya a conseguir alimentos, la mayoría de las veces me voy con las manos vacías”.

Cientos de personas esperan en la puerta de un supermercado. (FOTO: Carlos Garcia/Reuters)
Cientos de personas esperan en la puerta de un supermercado. (FOTO: Carlos Garcia/Reuters)

Pero toda esta situación se agrava aún más si de un día para otro, de repente, te quedas en la calle, sin vivienda. Y esto es lo que le ha pasado a esta joven caucagüeña, que tiene dos hijas de 14 y 20 años. Hace siete meses perdía su casa al quedar totalmente destruida cuando un árbol cayó encima y la hizo añicos. “Ahora vivimos en casa de mi suegra. El Gobierno y el Ayuntamiento me dicen que no me pueden ayudar”.

Los colegios: blanco fácil de saqueos

Los datos que aporta la ONG Observatorio de Salud añaden más leña al fuego crítico ya que señalan que el 12% de los venezolanos no tienen acceso a las tres comidas diarias. Los relatos de niños que se desmayan en los colegios son cada vez más frecuentes e incluso un gran porcentaje de pequeños están dejando de ir al colegio. “De esta forma no tienen que madrugar, se levantan tarde y, por lo tanto, no desayunan”,  nos comenta Luisa Pernalete, coordinadora del Centro de Formación e Investigación Fe y Alegría. “Es una comida que se ahorran los padres”, señala Pernalete, quien asegura que nunca ha visto a la gente tan hambrienta en su país. Voz sabia que lleva más de 40 años trabajando en zonas populares al lado de los más desfavorecidos.  “El otro día me contaban como una niña recogía la merienda que le sobraba a sus compañeros del colegio para llevársela a sus padres. Llevaban tres días sin comer”.

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Los robos de comida en los comedores de los colegios cada vez son más frecuentes. “Saben cuando llegan los alimentos de ayuda gubernamental a los centros educativos y los roban”, nos comenta Luisa que además denuncia que hace unas semanas la comida de 450 estudiantes de la escuela Santa Ana fue saqueada.  

Venezuela, se ha convertido en un estado fallido. Porque nunca un país que debería haber sido tan rico ha terminado siendo tan pobre.  Es lo que se llama un colapso social y económico completo. Y esto ha sucedido a pesar de que Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo. Según la Energy Information Administration, tiene una reserva de 298.000 millones de barriles. Cierto es que el precio del crudo, que ronda los 50 dólares el barril, no ha ayudado. Sin embargo, todos los demás países cuya economía dependen de este combustible han logrado evitar este final destino.

A medida que los precios del petróleo se han desplomado en los últimos dos años, también lo ha hecho la economía, que se encuentra ahora en una severa recesión. Para algunos analistas es el país con peor situación económica en el mundo. El Fondo Monetario Internacional estima que la caída del producto interior bruto durante 2015 y 2016 será de casi un 18%.

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Este país es el resultado de un desastre hecho por el hombre. Un estado corrupto donde dos ex funcionarios aseguran que unos 300 mil millones de dólares han sido objeto de apropiación indebida en la última década. Transparencia Internacional señala al país sudamericano como el noveno país más corrupto del mundo, tan sólo le superan Somalia, Corea del Norte, Afganistán, Sudán, Sudán del Sur, Angola, Libia e Irak.

Caracas, la ciudad más violenta del planeta

Sí, ya está confirmado. Caracas, tras destronar a San Pedro Sula –Honduras–, es la ciudad más violenta del mundo. Con 119,87 homicidios por cada 100.000 habitantes, en 2015 se rompieron todos los récords, 28.750 muertes violentas, según el Observatorio Venezolano de la Violencia.  Y es que la muerte te puede estar esperando en cualquier parte, en cualquier esquina, sin respetar edad, sexo, ni condición. Hace unos días una adolescente perdía la vida en un autobús cuando de repente se desató un tiroteo en la calle. Una bala la alcanzó. “Tenía sólo 17 años y se graduaba en julio”, nos cuenta la coordinadora del centro de formación.

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La comparativa con Madrid, por ejemplo, es impactante: la capital española sumó 16 homicidios en todo 2015, cuando en Caracas se ha calculado que la media diaria es de 14 asesinatos.

Casi nada parece imposible en un país donde matar sale gratis y la vida no cuesta nada. ¿La razón? Impunidad, más del 90% de los casos no llegan a juicio. Incluso salvar vidas a veces se puede volver en contra. Es lo que le pasó recientemente a un médico venezolano. Por falta de medios no pudo operar a un paciente al que atendió con un tiro en la pierna. Finalmente, para salvarle la vida, el doctor no tuvo más opciones que amputarle el miembro. Sin embargo, como si de una película de ciencia ficción se tratase, una vez recuperado, el chico estuvo buscando al médico para matarlo. Pues según el joven, le “había dejado sin pierna y debía pagar por ello”.  El chico murió finalmente en una reyerta.

Un agente yace en el suelo tras ser atropellado por un autobús durante una  protesta en San Cristobal. (FOTO: Carlos Eduardo Ramírez/Reuters)
Un agente yace en el suelo tras ser atropellado por un autobús durante una protesta en San Cristobal. (FOTO: Carlos Ramírez/Reuters)

Patricia Yala, periodista venezolana residente en España, también sabe bien las consecuencias de vivir en la ciudad más peligrosa del mundo. En tres ocasiones le robaron su coche a punta de pistola. Además, su madre fue secuestrada cuando volvía de trabajar. Horas más tarde la abandonaron sana y salva en un descampado a cientos de kilómetros de su casa, querían robarle su vehículo. Tuvo suerte, la mayoría acaban en la cuneta de cualquier carretera con un tiro en la cabeza. 

Ahora Patricia ha viajado a su país para llevar a amigos y familiares aquellos productos de primera necesidad que allí son ya imposibles de conseguir. En su maleta no hay lugar para camisetas, vestidos o pantalones; sólo hay espacio para medicinas, aceite, salvaslip, cremas, alimentos…

Maleta de Patricia Yala llena de productos de primera necesidad para llevar a Venezuela.
Maleta de Patricia Yala llena de productos de primera necesidad para llevar a Venezuela.

De esta forma, cada día son más las personas que huyen de Venezuela en busca de mejor calidad de vida, en busca de una vida. Emigrar se ha convertido en la prioridad de un país en el que se vive bajo la amenaza de la delincuencia. Y es que la migración venezolana en el mundo ha crecido hasta alcanzar el millón y medio de personas, de las cuales un 50% se han ido durante los últimos seis años, –200.000 venezolanos viven en España–.  Además, según un sondeo realizado por la empresa DatinCorp,  el 49%  de los 30 millones de venezolanos planea salir del país tan pronto se le presente alguna posibilidad.

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El drama de vivir sin medicinas

Que te diagnostiquen cáncer es una experiencia aterradora. Pero que te diagnostiquen cáncer en Venezuela es sólo el comienzo de una odisea, una batalla por la vida y otra por conseguir medicamentos para mantener el tratamiento necesario.  De acuerdo con la Federación Farmacéutica Venezolana –Fefarven– hay una falta del 95% de los medicamentos en el país suramericano a causa de una deuda de 6.000 millones de dólares que el gobierno de Nicolás Maduro tiene con los productores.

Esto es algo que conoce de buena mano Yasmari Bello, de 39 años. En noviembre de 2014 a esta joven venezolana conferencista le detectaron cáncer de mama. Desde el año pasado vive en un eterno viacrucis en busca de las medicinas que necesita para su enfermedad. De diciembre de 2015 a mayo de este año estuvo sin recibir ningún tipo de tratamiento. “Los médicos aseguran que suspender el tratamiento es tan riesgoso como no haberlo iniciado”, nos contaba una emocionada Yasmari al recordar como a una conocida, también con cáncer de mama, le tuvieron que extirpar los ovarios y el útero además de amputarle la otra mama, cuando los tratamientos que recibía le fueron interrumpidos por falta de medicación.

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Por ello, en un intento desesperado de conseguir uno de los medicamentos más necesarios para este tipo de patologías, Herceptin, Bello ha acudido a las redes sociales [email protected] iniciando una campaña a la que cada vez se suman más personas.

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El pasado 31 de marzo, la imagen de Yasmari Bello llorando en una protesta de pacientes exigiendo medicinas dio la vuelta al mundo. A partir de ese momento pidió no salir más en una foto llorando, porque esta joven venezolana es, según ella misma se define, “vida y alegría a pesar de las circunstancias”. Y eso es lo que transmite: VIDA. En ningún momento de la entrevista Yasmari perdió la sonrisa, una sonrisa que se percibe tras el teléfono con tanta fuerza que traspasó miles de kilómetros y llega en grandes dosis de felicidad a nuestra redacción de la Plaza Santa Ana, en Madrid.  “No podemos estar todo el día quejándonos”, comenta risueña.

Yasmari Bello en una clase de yoga
Yasmari Bello en una clase de yoga.

De esta forma, con el objetivo de abastecer al pueblo venezolano de medicinas, una de las principales defensoras de los Derechos Humanos de Venezuela y esposa del preso político Leopoldo López, ha lanzando una campaña mundial –#RescateVenezuela– con la que llegaba el pasado martes 7 a España. Cientos de madrileños se volcaban con esta iniciativa y la Puerta del Sol de Madrid se llenaba de medicamentos, mascarillas, tensiómetros y guantes esterilizados, recaudándose cinco toneladas de material médico.  Sin embargo, el régimen chavista de Nicolás Maduro niega toda ayuda humanitaria, por lo que Lilian, en declaraciones en exclusiva a The Objective en una entrevista que pueden leer de forma íntegra en Investigations, exige al presidente venezolano que “abra el canal humanitario porque cada día hay personas que mueren por falta de estos insumos”.

Lilian Tintori durante la recogida de medicinas en la Puerta del Sol de Madrid. Foto: Alberto Hernández/The Objective
Lilian Tintori durante la recogida de medicinas en la Puerta del Sol de Madrid. Foto: Alberto Hernández/The Objective

 Y es que el drama de Venezuela no es sólo es un gran problema democrático, político e institucional. Es mucho más grave: es un problema humanitario. Entrar en alguno de sus hospitales es como entrar en una zona de guerra, un lugar suicida. La escasez de antibióticos, de soluciones intravenosas y de alimentos, sumado a los apagones eléctricos, causa la muerte de un número incalculable de personas. Los hospitales se han convertido en improvisadas morgues –siete bebés mueren al día en ellos–, donde, en el mejor de los casos, los pacientes esperan en rotas y sucias camillas. El pasado 15 de mayo The New York Times publicaba un reportaje fotográfico que daba la vuelta al mundo.  En él se puede ver el interior de varios hospitales venezolanos que parecen los de cualquier país en guerra.

Una de las camillas de operación llena de sangre. (FOTO: Meridith Kohut/The New York Times)
Una de las camillas de operación del Hospital Luis Razetti llena de sangre. (FOTO: Meridith Kohut/The New York Times)

Impactantes fotografías del Hospital Luis Razetti donde se perciben pacientes enfermos, cubiertos de sangre, soportando la miseria y la calamidad donde los médicos no disponen de las herramientas necesarias para trabajar, obligados incluso a operar alumbrados con la luz de sus teléfonos móviles debido a los cortes eléctricos, y en sucias camillas cubiertas de sangre debido a la escasez de jabón y agua –como se puede contemplar en la fotografía–.

Esto es algo que nos ha confirmado Efraim Vegas, médico cirujano del Hospital Leopoldo Manrique Terrero, quien no sólo denuncia la falta de material médico y la suciedad, sino que también asegura que los hospitales están “plagados” de ratas. “La placenta de los partos se la comen las ratas y los gatos”, nos comenta Vegas, quién añade que en estos momentos en el centro donde trabaja hay una plaga de caracoles africanos que complica mucho más la situación. “Los hospitales están contaminados, la solución es cerrarlos todos, desinfectarlos y rehabilitarlos uno por uno”.

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La falta de ambulancias es otro de los problemas a los que tiene que hacer frente el pueblo venezolano. Enfermos trasladados a ambulatorios u hospitales en camillas improvisadas, sillones e incluso en camiones de escombros ya es una imagen frecuente por las calles de cualquier ciudad del país. “Para 10.000.000 habitantes hay sólo 18 ambulancias, lo que supone una por cada 500.000 personas”, nos confirma Efraim, quien además es profesor en la Universidad Central de Venezuela, y asegura que se está produciendo una “fuga masiva” de médicos –un profesional de la medicina cobra unos 25 euros mensuales–. “De 100 alumnos, 90 se van fuera”, apunta.

Y es que en este mundo hostil de guerras, hambrunas y conflictos políticos y religiosos, Venezuela ha conseguido algo peor que la muerte, ha conseguido el infierno.

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Los 'millennials', la nueva e imprescindible cara de las protestas en Venezuela

Cecilia de la Serna

Foto: Carlos Garcia Rawlins
Reuters

Los jóvenes suelen ser protagonistas en los grandes movimientos sociales, como en los últimos años hemos podido presenciar en acontecimientos como la Primavera Árabe o el 15-M español. Ya en 2002, en Venezuela, muchos universitarios se levantaron contra el entonces presidente Hugo Chávez. No obstante, hace 15 años esos jóvenes aún formaban parte de una generación que había conocido la Venezuela pre chavista. Hoy, los rostros más frescos pertenecen a los millennials, que han crecido bajo la revolución que desde 1999 rige el país latinoamericano.

Los millennials y post-millennials, también denominados ‘Generación Z’, jóvenes nacidos durante la era del chavismo -y que por lo tanto no han conocido otra cosa-, adoptan un papel principal en esta nueva oleada de protestas, provocadas por una importante crisis política y socioeconómica, y que desde hace dos meses se han saldado con más de 60 víctimas mortales. Muchas de ellas eran personas de corta edad. Soñadores con un futuro mejor, o hastiados con la situación que vive su país, que luchaban por lo poco que les quedaba por perder.

Un cambio de parecer generalizado

Johan es un joven de 22 años que acude a las protestas que invaden Caracas desde hace semanas con su hijo de 2 años. Johan, como muchos otros, fue un fuerte defensor del presidente Chávez, e incluso luce un tatuaje en el brazo con la firma del mandatario chavista. A su juicio, “el camino se desvió”, por eso protesta. “Estoy aquí por mi derecho al voto, ya debería haber elecciones. Estoy aquí por mi derecho al trabajo, estoy aquí por mi país y por mi hijo”, puntualiza a la agencia EFE, indicando que ahora “hay guerreros del barrio, hay guerreros de clase media, hay guerreros de todo tipo” porque “la lucha es por un solo país”.

La fuerza opositora en Venezuela no entiende de edades. | Foto: Carlos Garcia Rawlins / Reuters
La fuerza opositora en Venezuela no entiende de edades. | Foto: Carlos Garcia Rawlins / Reuters

Johan no es el único decepcionado, sino que es uno de tantos a los que vendieron el sueño bolivariano como una ruta hacia la libertad y la cohesión social, como una utopía con visos a la igualdad entre todos los venezolanos. Forma parte de esa generación de hijos del chavismo, hijos de un movimiento que convenció rápidamente a una mayoría importante del pueblo de Venezuela. Ahora que ese movimiento se revela caduco y fallido, los que defendían las ideas del fallecido Hugo Chávez, apoyando sus esperanzas en él, cambian de parecer y se levantan ahora contra quien consideran un tirano, Nicolás Maduro.

Jóvenes con un porvenir incierto

Para el presidente del Comité de Alianza Social de la Cámara Venezolano Americana de Comercio e Industria, “los jóvenes son fundamentales para construir una sociedad sana, tanto en el entorno de hoy, como en el porvenir”. En un marco como el actual, con el drama de la muerte mezclado con el fervor de la lucha, que los jóvenes se pongan en cabeza es fundamental. Ellos deben construir un futuro incierto.

Los más jóvenes toman parte activa en las protestas en Venezuela. | Foto: Nelson Ovalles / El Estímulo
Los más jóvenes toman parte activa en las protestas en Venezuela. | Foto: Nelson Ovalles / El Estímulo

Según un estudio del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), en las protestas que vive el país hay “un protagonismo de una generación de activistas millennials, que tiene como referentes la cultura digital, los videojuegos, los cómics, las series de televisión y las películas, así como referentes sociales más recientes como la Primavera Árabe”. Además, estos jóvenes también se inspiran en la Euromaidán, la revolución en Ucrania que en su clímax derrocó al presidente electo Víktor Yanukóvich.

Un 23% de los millennials venezolanos no trabaja ni estudia, y un 44% no termina siquiera bachillerato

El propio porvenir de los millennials es el que está en juego, y tomar las riendas de su futuro se revela imprescindible. Según la ONG venezolana RedSoc, un 23% de los millennials del país latinoamericano no trabaja ni estudia, y un 44% no termina siquiera bachillerato. Otros tantos han huido de Venezuela, buscando allende un futuro más prometedor. Los que están fuera son conscientes también de la desesperación que vive estos días su país, cuyas noticias copan portadas e informativos en el extranjero.

Los adolescentes también alzan su voz en las protestas en Caracas. | Foto: EMILY AVENDAÑO / El Estímulo
Los adolescentes también alzan su voz en las protestas en Caracas. | Foto: EMILY AVENDAÑO / El Estímulo

Cabe destacar que gran parte de la masa de multinacionales que operaban antaño en Venezuela, como Microsoft, el grupo Ford, la petrolera Royal Dutch/Shell o Coca-Cola, entre otras, ha abandonado el país, dejando huérfanas las esperanzas de trabajo para miles de jóvenes.

Internet como agente del cambio

El acceso a Internet en Venezuela es pésimo. Lo denuncian diversas ONGs, entre ellas las 15 que a mediados del pasado año pusieron énfasis en la “grave crisis” del sector de las tecnologías de información y comunicación en el país latinoamericano, y lo viven a diario los venezolanos para los que conectarse supone un auténtico calvario. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), un organismo dependiente de Naciones Unidas, remarcó ya en 2015 que Venezuela estaba entre los últimos países en velocidad de descarga del continente, junto con Bolivia y Perú. La situación no ha hecho más que empeorar, y no parece una casualidad. Los medios de comunicación digitales, así como las redes sociales, se han convertido en el único canal fiable para entender lo que ocurre en el país, donde los medios oficiales no informan de las protestas.

La red es la última oportunidad en Venezuela para no perderse en un mar de desinformación

Los medios digitales venezolanos los encabezan hoy en día reputados periodistas, como es el caso de La Patilla, El Estímulo, Runrunes y Efecto Cocuyo, entre otros, mientras que los medios oficialistas han caído en el descrédito para la mayoría de la población. El gobierno de Maduro, en su afán de controlar la información, ha cerrado y comprado medios, ha encarcelado y amenazado a periodistas, y ahora -según denuncian los opositores- quiere bloquear el acceso a otras formas de información, aquellas que residen en la red. A pesar de las dificultades de conexión a las que se enfrentan los venezolanos, día tras día acuden a la red para conocer el estado de las manifestaciones, las detenciones, o las víctimas de las protestas. Es su última oportunidad para no perderse en un mar de desinformación.

Las redes sociales se han inundado de imágenes de las protestas en Venezuela. | Foto: Marco Bello / Reuters
Las redes sociales se han inundado de imágenes de las protestas en Venezuela. | Foto: Marco Bello / Reuters

A través de redes como Twitter, los opositores convocan las marchas, y además difunden las imágenes más crudas de la represión. En algunas ocasiones, los internautas venezolanos tienen que acudir a la imaginación y a la trampa para eludir los métodos represores y censores del gobierno de Maduro. En la oleada de protestas de 2014, los usuarios recurrieron a TunnelBear, una VPN, para evitar el bloqueo del gobierno sobre algunas webs y servicios -como las fotos de Twitter-. Las aplicaciones VPN (red privada virtual) permiten a sus usuarios conectarse a Internet como si estuvieran en otro país, de manera que pueden acceder a contenidos que están bloqueados en su propio país. Finalmente, el gobierno bloqueó también TunnelBear para evitar que los internautas lo utilizaran para librar la censura.

Los esfuerzos censores del gobierno, o la pésima calidad de la conexión, no son obstáculos insalvables. La generación más joven es consciente de ello y participa incansablemente de la conversación en redes. Incluso se convierte en el reportero de campo, en el periodista inesperado. Es el caso de decenas de jóvenes que convierten sus redes personales en agencias improvisadas de noticias. Por ejemplo, Salvador Benasayag H, un joven periodista de 22 años que desde su cuenta personal de Twitter mantiene una cobertura muy ágil que ha logrado el seguimiento de más de 4.000 personas.

Las redes también tienen su lado oscuro. En este caso, las noticias falsas y la desinformación corren con facilidad en un clima de caos informativo. Por eso es importante saber a quién seguir y qué leer para no perder el hilo.

12.000 jóvenes perdieron la vida en 2016, y el 77% quiere emigrar

Ante los obstáculos que presentan esta desinformación y la manipulación -las autoridades siguen afirmando que la violencia la provocan los manifestantes-, los jóvenes no cesan en su empeño de emprender una lucha que se adivina imparable si la represión del gobierno no logra lo que desea, que es acallar las voces a base de balazos y bombas lacrimógenas.

Los opositores más jóvenes se enfrentan con constancia a la represión de las marchas. | Foto: Marco Bello / Reuters
Los opositores más jóvenes se enfrentan con constancia a la represión de las marchas. | Foto: Marco Bello / Reuters

La disyuntiva de una generación

El drama en Venezuela trasciende la actual oleada de protestas. 21.752 personas fallecieron en 2016, según cifras ofrecidas por la Fiscalía General, de las cuales más de 12.000 eran jóvenes. Por otro lado, según resultados de una encuesta de la firma Datos, el 77% de los jóvenes de entre 18 y 21 años quiere emigrar. Otros muchos se han marchado ya. El hambre, la falta de medicamentos, la delincuencia generalizada o la violencia extrema hacen que el país sea insufrible. Ahora los millennials y post-millennials venezolanos están ante la disyuntiva de ser una generación perdida o seguir luchando hasta encabezar una nueva era. Save

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Nicolle Yapur

Foto: Nicolle Yapur

El año 2014 fue un periodo de contracción económica para Venezuela. El país con las mayores reservas de petróleo del mundo cerró el período con una inflación de más del 68%, una caída sistemática de su producto interno bruto y una escasez crónica que mantiene a la población haciendo largas colas por productos básicos.

Casualmente, también fue un año en el que el barril de petróleo, principal producto de exportación del país sudamericano, se ubicó en $88,42 de precio promedio, lo que significó para Caracas ingresar más de 61.000 millones de dólares. Se espera que este año ese monto se reduzca a la mitad.

Entonces, ¿cuál es el origen de la crisis? El desempeño de la economía venezolana en 2014 evidencia que la causa del problema no es la caída de los precios del petróleo que inició a mediados del año pasado, sino las políticas económicas puestas en marcha por Hugo Chávez y Nicolás Maduro durante sus 16 años en el poder.

El propio gobierno ha reconocido que algo se hizo mal, pero ha dado pasos cortos para corregirlo. Según los analistas, debido a que teme que las soluciones, impopulares por definición, terminen por exacerbar el descontento y le hagan perder las elecciones parlamentarias de este año.

El problema es que revertir años de desequilibrios no es fácil, sobre todo cuando los ingresos que recibió Venezuela durante ese período no van a volver. La bonanza petrolera que le generó al país más de 800.000 millones de dólares entre 1999 y 2015 llegó a su fin y ahora el gobierno se ve obligado a pedir prestado para cubrir sus compromisos básicos, tanto internos como externos.

Volver la vista atrás permite observar las cinco principales decisiones en política económica que, según expertos consultados, dejaron al país en total indefensión ante la época de las vacas flacas.

Anclar la moneda pese a tener una elevada inflación

Oscar fue uno de los miles de ciudadanos que descubrió que podía ahorrar viajando gracias al control cambiario que existe en Venezuela desde 2003 y que establece un límite a las divisas que una persona puede comprar cuando va a hacer turismo al extranjero.

En 2013, el monto autorizado para este fin era de $2.500 (2.233 euros) cargados a la tarjeta de crédito y $500 (446 euros) en efectivo. En septiembre de ese año, Oscar invirtió en un boleto para Miami y solicitó el cupo de divisas a la muy favorable tasa de 6,30 bolívares por dólar, girado contra su tarjeta de crédito.

Como pudo hospedarse en casa de un familiar, gastó su dinero comprando cosas que en Venezuela le costarían el triple y se las arregló para regresar con algunos dólares que luego vendió en el mercado negro de divisas por un precio nueve veces superior al que él había pagado en bolívares.

Oscar solo aprovechó sus circunstancias personales, pero hay quienes hicieron –y hacen- de esta distorsión un millonario negocio. El año pasado, el Centro Nacional de Comercio Exterior (Cencoex), organismo encargado de adjudicar dólares a la tasa oficial, citó a miles de viajeros y estudiantes para que rindieran cuentas sobre el uso de las divisas entregadas por el gobierno entre 2011 y 2013.

Ese último año, altos funcionarios del gobierno admitieron que se habían fugado por “fraudes cambiarios” más de 20.000 millones de dólares (unos 17.800 millones de euros). Sin embargo, de acuerdo con los datos del propio Cencoex a los viajeros sólo les asignaron 5.100 millones de dólares, lo que implica que incluso si todos hubieran cometido ilícitos no serían los mayores responsables del gran desfalco a la Nación.

En una entrevista realizada en febrero, el ex ministro de Planificación Jorge Giordani afirmó que “según algunas estimaciones” desde 2004 –año siguiente a la instauración del control de cambio- y 2012 “se han ido” del país entre 215 mil millones de dólares y 250 mil millones de dólares.

Según explican analistas, la corrupción es exacerbada por el creciente diferencial entre el precio de la divisa oficial –que se mantiene en 6,30 bolívares para la mayor parte de las transacciones y aunque tiene otras dos cotizaciones oficiales a 12 y 170 bolívares- y el del dólar paralelo –que se cotiza en torno a los 275 bolívares por dólar-. De acuerdo con los datos recabados por el analista y profesor universitario, Boris Ackerman, a finales de 2012 comenzó a abrirse una brecha cada vez mayor entre el precio del dólar oficial y el del dólar paralelo, lo que coincide con el momento en el que el gobierno empezó a reducir las asignaciones de divisas a las tasas oficiales.

La alta demanda de dólares era estimulada por una inflación de pulverizaba los salarios, por lo que adquirir divisas extranjeras era para los venezolanos una forma de ahorrar, y por una sobrevaluación de la moneda que hacía que importar fuese más barato que producir o comprar productos elaborados localmente.

Desde que instauró el control cambiario en 2003 el gobierno ha devaluado cinco veces, llevando el tipo de cambio oficial –actualmente “preferencial- de 1,92 bolívares por dólar a 6,30 bolívares por dólar.

La última tasa permanece igual desde febrero de 2013. Desde entonces, el índice nacional de precios al consumidor acumula 134% de aumento, impulsando el tipo de cambio en el mercado negro. Para aliviar la presión, el gobierno ha creado seis mecanismos alternos de asignación de divisas a precios más elevados.

El último, llamado Sistema Marginal de Divisas (Simadi), inició operaciones el 19 de febrero. Fue diseñado como un tercer mercado de divisas con una tasa de libre flotación. La tasa promedio del Simadi en su primer día de operaciones cerró en 170 bolívares por dólar, apenas 20 bolívares por debajo de la cotización del dólar paralelo. Si Oscar vendiera hoy sus ahorros obtenidos a 6,30 bolívares en el mercado negro de divisas obtendría una ganancia de casi 4.300%.

Tener un gasto público fuera de control

Imagine que acaba de terminar de comer en un restaurante y llega la cuenta, en la que se detalla que no está incluida la propina. Después de pagar, usted saca el billete de más alto denominación que existe, lo deja sobre la mesa y se retira, mientras observa al salir del restaurante que ningún camarero se apresura a recogerlo.

Si le parece que esto es absurdo, entonces no ha salido a comer en Venezuela, donde para dar una correcta compensación por el servicio -10% de lo consumido- es necesario sacar uno o más billetes de 100 bolívares, el de más alta denominación.

Desde 2007, la moneda venezolana ha perdido un poco más de 88% de su valor. Para comprar los alimentos que ese año se adquirían con 100 bolívares se necesitaría hoy un billete de 1.300 bolívares, según estimaciones de la consultora Econométrica basadas en el análisis de datos oficiales.

No solo la moneda se ha empobrecido sino también el poder de compra de los salarios. En 2014, la inflación anualizada cerró en 68,5%, la cuarta más alta de la historia según las estadísticas del Banco Central de Venezuela. En el rubro de alimentos, la situación fue más dramática: 102,2%, la primera de tres dígitos desde que el chavismo llegó al poder.

Analistas coinciden que el principal detonador de esta situación fue una reforma de la Ley del Banco Central de Venezuela (BCV) en el año 2005 que facultó a esa institución para otorgar financiamiento a empresas públicas, principalmente la petrolera estatal Pdvsa. Desde entonces, la compañía, buscando llenar su déficit de bolívares, emite pagarés que el BCV adquiere y paga con papel moneda que imprime sin ningún tipo de restricción, como si de billetes de Monopoly se tratara. Con ese dinero en mano, Pdvsa cumple con sus compromisos en moneda local, muchos de ellos asociados a programas de ayuda social o a puestos de trabajo creados por el gobierno pero cuya manutención ha sido atribuida a la petrolera.

Para el economista venezolano Francisco Monaldi, profesor de política energética de la Universidad de Harvard, esta ha sido una de las peores decisiones de política económica. Considera que Venezuela tiene “posiblemente el peor manejo macroeconómico del planeta”.

Esos bolívares que se imprimen salen a la economía en forma de gasto público que, según el experto, en 2012 representó 51 puntos del producto interno bruto. Como no tiene soporte en divisas ni responden a la producción real de la economía termina buscando convertirse en moneda fuerte por lo que termina presionando al alza el tipo de cambio en el mercado paralelo de divisas, que se ha convertido en la tasa de referencia para la economía, generando una espiral inflacionaria indetenible. En otros casos, esos bolívares compiten en el mercado para comprar unos bienes durables cada vez más escasos que terminan por encarecerse ante la alta demanda.

¿De cuánto dinero se trata? Hasta diciembre del año pasado, el BCV había emitido Bs 672.000 millones –casi $107.000 millones al tipo de cambio de 6,30 bolívares por dólar- en asistencia financiera a Pdvsa.

Monaldi añade que otros problemas asociados con el mal manejo de la macroeconomía, además de la expansión monetaria, es el no haber creado un fondo de ahorros que permitiera hacer frente a los momentos de bajos ingresos. El Fondo de Estabilización Macroeconómica, creado para este fin antes de la llegada de Chávez al poder, dispone sólo de 3 millones de dólares, según datos del BCV.

Subsidiar y controlar

Cuando Luis –es un nombre ficticio para proteger su identidad- decidió abandonar el negocio de trasladar hortalizas desde los estados andinos a Caracas porque ya no era rentable, decidió dejarle el camión que tenía a su hermano para que “lo pusiera a producir” mientras él se dedicaba a otros negocios en la capital venezolana.

Su hermano decidió usar el vehículo para viajar a la ciudad colombiana de Cúcuta, que queda justo al otro lado de la frontera, transportando ilegalmente combustible venezolano. Cada traslado implica una ganancia de 7.000 bolívares, de los cuales 1.000 bolívares son para el funcionario de la Guardia Nacional que se hace la vista gorda. Le quedan 6.000 bolivares diarios, un monto 6,4% superior al salario mínimo mensual de cualquier trabajador.

Esto solo es posible debido a un subsidio que existe sobre el precio de la gasolina y que le cuesta al Estado más de $12.500 al año, según cifras oficiales. En Venezuela, un litro de gasolina cuesta 0,097 bolívares y es, probablemente, el bien más barato de la economía venezolana. Llenar el depósito de un coche pequeño cuesta menos que un billete de un autobús urbano.

Lo mismo ocurre con alimentos, medicinas y otros bienes básicos regulados por orden el gobierno. El Estado inició en 2003 un férreo control de precios para intentar frenar la inflación. 12 años después, Venezuela registra el índice de precios al consumidor más elevado de América Latina y el Caribe, que equivale a 8 veces el promedio de la región, de acuerdo con los datos más recientes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Además, el gobierno suministra productos subsidiados a la población a través de las redes de distribución públicas, los cuales, muchas veces, terminan en manos de contrabandistas o revendedores.

El control de precios ha sido señalado por los analistas como una de las principales causas de la escasez, no solo porque al abaratar artificialmente el costo de un producto la demanda se hace infinita, sino porque el rezago entre el precio regulado al que se puede vender y los costos reales de producirlo hace que muchas veces las empresas se vean obligadas a trabajar a pérdida.

Para Monaldi, esta ha sido una de las políticas que ha terminado por mermar la capacidad productiva del sector privado venezolano. A esto se suman las expropiaciones, los controles sobre las ganancias a través de la Ley Orgánica de Precios Justos y la inseguridad jurídica. “Esto genera gigantescas distorsiones macroeconómicas”, sostiene Monaldi.

La Confederación Venezolana de Industriales, que agrupa 90% de la industria nacional, publicó el 30 de enero de 2015 un un boletín sobre lo que consideran es el fracaso del control de precios:

“La situación actual con la nueva Ley de Precios Justos, es que gran cantidad de artículos se mantienen con precios congelados por largo tiempo, en niveles que dificultan la necesaria rentabilidad de un negocio y favorecen la triangulación cuando son adquiridos para la reventa. El llamado “bachaqueo” (extracción de productos de las cadenas de supermercados o del Estado para venderlos en el mercado negro a más del doble) no es más que una consecuencia de las distorsiones generadas por estos controles. El impacto inicial de la ley (principalmente por el temor generado) redujo la inflación durante unos meses, pero luego generó un aumento gradual de la misma y de la escasez”.

La falta de divisas oficiales para adquirir materias primas, el control de precios y la incertidumbre son los principales problemas para producir citados por los agremiados de Conindustria en una encuesta correspondiente al tercer trimestre de 2014. De acuerdo con este informe, el sector manifestó haber trabajado en promedio a 48,67% de su capacidad instalada.

Endeudarse

A pesar de los altos ingresos petroleros, Venezuela emprendió una agresiva política de endeudamiento, tanto interno como externo.

De acuerdo con los cálculos del analista financiero, Orlando Zamora, sobre datos oficiales, hasta el 2 de febrero de este año el país había contraído 44.791 millones de dólares en compromisos externos; 87.790 millones de dólares en deuda interna; 22.300 millones de dólares en préstamos de China; 6.139 millones de dólares en bonos emitidos por la banca pública para financiar viviendas; y un poco más de 43.800 millones de dólares en títulos de Pdvsa.

Indicó que la deuda consolidada de Pdvsa, contando los préstamos de bancos del Estado, el financiamiento de sus socios, sus compromisos con proveedores, el crédito otorgado por China y la ayuda del BCV, es mayor a la de la nación.

Ahora, con una caída de los ingresos petroleros calculada en más de $35.000 millones de dólares para 2015, los mercados internacionales perciben un alto riesgo de impago por parte de la República, lo cual ha hecho caer la cotización de la deuda externa venezolana a niveles de “bonos basura”.

Dado a que en los actuales momentos emitir un título para recabar fondos sería muy costoso, el país recurre a su principal acreedor: China, de quien obtiene fondos a cambio de petróleo. De acuerdo con las declaraciones de Nicolás Maduro, los últimos acuerdos de financiamiento con el gigante asiático para proyectos ascendieron a más de 20.000 millones de dólares. Sin embargo, analistas estiman que solo una pequeña porción de ese monto será recibida en efectivo.

Según los economistas, este esquema de endeudamiento con China tiene la desventaja de que compromete la producción futura de petróleo. El ministro de Petróleo y Minería, Asdrúbal Chávez, anunció en noviembre de 2014 que se elevaría el suministro de China, a la que actualmente se le envían unos 524.000 barriles diarios de crudo, 22% de las exportaciones totales.

Descuidar a la principal industria del país

La petrolera estatal Pdvsa genera el 96% de las divisas que ingresan a Venezuela. Actualmente, la extracción petrolera total se encuentra estancada, pese las enormes inversiones que se han hecho en la Faja del Orinoco en conjunto con empresas rusas, chinas y de otros países. De acuerdo con los datos suministrados por la propia estatal, mientras la producción de crudo extrapesado de la Faja crece, la explotación de petróleo liviano declina, debido principalmente a la falta de inversión.

El problema es que el crudo pesado y extrapesado es más difícil de vender porque para transportarlo se debe diluir con otros productos, como la nafta y el crudo liviano. Esto obliga a Pdvsa a hacer millonarias compras de estos combustibles en el exterior, ya que la producción local no es suficiente.

“El debilitamiento de Pdvsa y la expropiación de las petroleras privadas han llevado a que en vez de subir más de 1 millón de barriles la producción petrolera, esta haya caído en más de 600.000 barriles. Es decir, producimos muchísimo menos de lo que deberíamos”, señaló Monaldi.

Al mismo tiempo, la estatal se ha encargado de usar sus propios recursos para financiar actividades que no le corresponden. Pdvsa está encargada de la importación de alimentos para ser distribuidos en las redes del Estado a precios subsiados; también financia la construcción de viviendas que se entregan de forma gratuita –al menos por los momentos- a una parte de la población.

Sin embargo, las dificultades financieras de Pdvsa se han visto reflejadas en una reducción de su aporte social. El último reporte de la petrolera muestra que las contribuciones de dinero a los programas sociales se redujeron un 41% entre 2012 y 2013, especialmente a los destinados a las áreas de educación y de salud.

Analistas coinciden en que la mejor forma de auxiliar a Pdvsa, al menos en bolívares, es permitiendo que cambie en el BCV las divisas que le ingresen por explotación petrolera a una tasa más elevada que la de 6,30 bolívares por dólar, frenando así sus necesidades de acudir a este ente por financiamiento.

Los economistas advierten en que todos los problemas macroeconómicos de Venezuela están conectados de algún modo por lo que las soluciones no pueden ser aisladas, ya que los ajustes que no formen parte de un plan integral solo agravarán la situación más adelante.

“Venezuela es como la versión más grotesca de todos los males que han ocurrido en el mundo durante periodos de bonanzapetrolera, acumulados en un solo país. Casi todos los otros productores mitigaron esta vez esos males”, lamenta Monaldi.

NICOLLE YAPUR

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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