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The People v. OJ Simpson, la serie sobre una América machista, morbosa y racista

Raquel Céspedes Guirao

O.J. Simpson pasó de ser un héroe deportivo a un villano. El ocaso de una de las mayores estrellas del fútbol americano de toda la historia comenzó el 12 de junio de 1994 cuando su ex mujer Nicole Simpson y un joven que la acompañaba, Ronald Goldman, fueron hallados muertos de forma violenta en la casa de ella en Los Ángeles. Habían sido brutalmente apuñalados y degollados. Las pruebas encontradas en el lugar del crimen y el historial de denuncias por violencia doméstica que pesaban contra Simpson no hicieron dudar a la policía. Daba comienzo así uno de los casos de la crónica negra de Estados Unidos más mediáticos de la historia.

20 años después de este suceso la pequeña pantalla rescata este pedazo de la historia en The People v. O.J. Simpson: American Crime Story, la serie más nominada en la última edición de los Globos de Oro. La miniserie de FX rememora el juicio que más horas de televisión ha copado un suceso y que debía discernir si el crimen de Nicole y Ronald respondía a un caso de violencia machista. Esta producción, que en España puede verse en Netflix, ha recibido las alabanzas de crítica y público gracias a una primera temporada magistral, en la que por sorprendente que parezca lo que menos importa es la culpabilidad o inocencia de O.J. Simpson.

Esta serie dirigida y producida por Ryan Murphy (American Horror Story y Scream Queens), y escrita por Scott Alexander y Larry Karazweski (Ed Wood, Man on the Moon o The People vs. Larry Flint) entabla una conversación e incita al espectador a reflexionar abriendo el foco de atención. A través de unos personajes a los que se les concede un protagonismo merecido se retrata una sociedad americana indeseable y hecha jirones por divisiones sociales que aún a día de hoy padecen.

El elenco de actores de American Crime Story y los productores de la serie tras recoger el premio de la crítica como ‘Mejor película hecha para televisión’. Foto: Danny Moloshok / Reuters

The People v. O.J. Simpson reabre un capítulo en la historia judicial y de entretenimiento de Estados Unidos que resalta una lista de las debilidades sistémicas de América: el racismo, el abuso doméstico, el trato preferencial a las celebridades, la violencia policial contra los afroamericanos y el sexismo.

Machismo

En este juicio histórico O.J. Simpson no fue al único al que se juzgó, hubo otra persona que fue sometida al escrutinio de la defensa, del juez, del jurado, de los medios de comunicación y de la sociedad americana en general. La fiscal a la que se le asignó el caso, Marcia Clark, se convirtió durante los 134 días que duró el proceso en objeto de análisis superfluos y banales sobre su forma de vestir, su peinado y hasta por su capacidad para ser madre.

El capítulo dedicado a ella, titulado Marcia, Marcia, Marcia, refleja el oprobio que sufrió esta mujer con una dilatada carrera profesional por el simple hecho de ser eso, mujer. Clark tuvo que soportar las burlas implacables sobre su ropa, recibió un trato ominoso y machista dentro de la sala (el juez Lance Ito pidió al jurado que no se distrajese por las faldas demasiado cortas de la fiscal), y los tabloides le dedicaron titulares como ‘Veredicto para el pelo de Clark: CULPABLE”. La prensa publicó fotos de ella en topless e informaron sin aliento sobre la pelea judicial entablada con su ex marido por la custodia de su hija. La defensa la llamó “quejica” y “demasiado emocional” sin que el juez se inmutase. Y un clásico de la misoginia más recalcitrante, el abogado principal de la defensa, Johnnie Cochran, la tachó de “histérica”.

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La fiscal Marcia Clark y la actriz Sarah Paulson caracterizada para la serie. Foto: Archivo/Netflix

Viendo el episodio, uno no puede dejar de sentir una sensación de empatía y culpa. Sarah Paulson, la actriz que magistralmente interpreta a Clark, se reunió con ella cuando le llegó el papel para transmitirle que la serie iba a presentar un nuevo enfoque sobre su rol en el juicio. Y así es, la serie rehabilita la imagen de la fiscal en clave feminista. Una imagen que se había perpetuado como una mala profesional y cuya vida y vestimenta eran más destacables que su trayectoria. De hecho, “Corte de pelo” sigue siendo una de las primeras opciones que ofrece el autocompletador de Google cuando se teclea su nombre.

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La actriz Sarah Paulson ha recibido un premio Emmy por su papel de Marcia Clark. Foto: Netflix

En este artículo de New York Magazine se reflexiona sobre qué hubiera pasado si el juicio del siglo hubiese tenido lugar en la actualidad. Jeffrey Toobin, que escribió un libro sobre el asunto Lewinsky, ofrece esta teoría: “Los 90 parecen un tiempo lejano, una de las razones es porque el ambiente por aquel entonces era muy diferente al de ahora. No había Internet, ni Fox News, ni MSNBC, ni redes sociales. Así que tenías una especie de enfoque bruto y amplio sin la compensación de voces alternativas en Twitter y Facebook. Así que cuando el National Enquirer decidió burlarse del peinado de Marcia Clark, no había ningún artículo en Slate Magazine o Twitter diciendo ‘paren esta mierda sexista'”.

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La fiscal Marcia Clark recibió un trato sexista por parte de los medios de comunicación, la defensa, el juez y la sociedad americana en general. Foto: Netflix

La proliferación de Internet y las redes sociales multiplican las plataformas donde poder exponer nuestra opinión. Esta democratización del discurso favorece la aparición de voces críticas contra multitud de injusticias. Sin embargo, los insultos no fue lo que más dolió a Clark. Años después del juicio aseguró que lo peor del sexismo que experimentó no eran los comentarios sobre la ropa o el cabello o incluso su maternidad. Era la forma en que el juez Ito le hablaba en la sala de audiencias. “Recuerdo que me interrumpió, me reprendió frente al jurado durante las declaraciones de apertura y nunca interrumpes a un abogado durante las declaraciones de apertura a menos que sea algo realmente atroz”. Clark dijo que estaba “horrorizada por su comportamiento. En todos los niveles”. Seguro que a día de hoy, este juez hubiese sido trending topic por su trato imparcial.

Racismo y violencia policial

La estrategia llevada a cabo por la defensa de O.J. Simpson fue clave para desviar el argumento principal de la acusación. Lo que era un juicio por un crimen brutal de violencia de género acabó convirtiéndose en un caso de racismo, aludiendo a los antecedentes de brutalidad que tenía la policía de Los Ángeles.

El contexto era propicio para ello. El juicio contra Simpson se inicia dos años después de los disturbios de Los Ángeles de 1992, conocidos como la revuelta de Rodney King. Aquel año un jurado popular compuesto casi completamente por blancos absolvió a los cuatro agentes de policía que aparecieron en unas grabaciones tomadas por un videoaficionado mientras propinaban una paliza al taxista negro Rodney King. El veredicto desencadenó un disturbio racial y étnico, en el que durante seis días miles de personas, principalmente jóvenes afroamericanos y latinos, cometieron pillajes, incendios y asesinatos. El saldo fue de 60 muertos.

El ideólogo de revestir el supuesto crimen machista en un caso de racismo policial fue Johnnie Cochran, un reputado abogado experto en derechos civiles y un líder de la comunidad negra. Cochran pintó al millonario Simpson –alguien que tenía más amigos blancos que negros y nunca había manifestado un compromiso en firme por alguna causa afroamericana- como un negro víctima del sistema.

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El ideólogo de revestir el supuesto crimen machista en un caso de racismo policial fue Johnnie Cochran, interpretado en la serie por el actor Courtney B. Vance. Foto: Netflix

Otro giro clave del caso se produce cuando el llamado ‘Dream Team’ de abogados de la defensa encuentran las llamadas ‘Furhman tapes’, las cintas en las que una guionista entrevista al agente Mark Fuhrman, el detective que detuvo a Simpson. En las grabaciones se escucha a Fuhrman decir hasta en 41 ocasiones la palabra ‘nigger’ (palabra despectiva que significa negrata), llega a asegurar que en alguna ocasión ha manipulado pruebas para incriminar a afroamericanos en delitos y reconoce haber participado en torturas a detenidos negros. Tras la revelación de las grabaciones, el 70% de los estadounidenses afroamericanos creían que Simpson era inocente y un porcentaje similar de blancos lo juzgaba culpable. El debate se había trasladado únicamente al plano racial, quedando relegado a un segundo plano el hecho a juzgar, que era el asesinato de una mujer a manos de su ex marido.

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El equipo de abogados de la defensa era conocido como el ‘Dream Team’. En la serie era interpretado por -de izqda. a dcha-: Nathan Lane, Courtney B. Vance, John Travolta, Cuba Gooding Jr, David Schwimmer. Foto: Netflix

La formación del jurado también estuvo condicionada por la vertiente racial. Para que un posible veredicto de culpabilidad no se convirtiera en otro caso de impunidad policial como ocurrió en el caso de Rodney King, se optó por constituir un jurado mayoritariamente negro (nueve afroamericanos, de los cuales diez eran mujeres y dos hombres, dos blancos y un hispano). Pero la acusación también se decantó por un mayor número de mujeres, al considerar que tratándose de un caso de violencia de género le podría favorecer. Pero la polarización desatada por la cuestión racial, eclipsó por completo el crimen machista. Como quedó patente en el documental O.J.: Made in America, las mujeres negras detestaban especialmente a Marcia Clark. Una de las mujeres del jurado, Carrie Bess, aparece en una entrevista haciendo un gesto de desprecio con el pulgar hacia abajo cuando se le pregunta por Clark. Incluso llega a admitir que dejar libre a Simpson era para ella “la revancha por Rodney King”, un correctivo a la América blanca.

Telebasura

La historia del caso de O. J. Simpson marcó para siempre la televisión tal como la conocemos actualmente. El juicio del siglo se convirtió en un espectáculo televisivo que muchos no dudan en considerarlo el embrión de la telerrealidad. Elementos no le faltaban: un brutal asesinato, un ídolo nacional acusado de un crimen atroz, un equipo de abogados carismáticos y hasta un Kardashian. Sí, uno de los abogados de la defensa de Simpson fue Robert Kardashian, el fallecido patriarca del clan, que como se puede ver en la serie hasta entonces era un completo desconocido.

Uno de los momentos del juicio en la vida real y en la serie. Foto: Reuters / Netflix

Los canales de noticias de la época detectaron el tirón del caso desde el principio. Todo empezó con la persecución protagonizada por O.J. Simpson cuando se enteró que iba a ser detenido por la muerte de su ex mujer. El 17 de junio de 1994 cerca de 95 millones de personas siguieron en directo por televisión la persecución por una autopista interestatal de Los Ángeles de un Ford Bronco. Dentro estaba O.J. Simpson que amenazaba con pegarse un tiro si no le dejaban escapar. La NBC, ABC News y la CNN interrumpieron su emisión habitual para dar la información de última hora y unirse a la retransmisión del intento de captura.

Luego llegó la emisión del juicio. Todas las mañanas durante 134 días los norteamericanos se desayunaban todos los detalles desgranados en las interminables sesiones judiciales. Cadenas de noticias de cable como la CNN cuadruplicaron sus audiencias y los canales en abierto retiraron de sus parrillas matinales las telenovelas para emitir el minuto a minuto del juicio que duró nueve meses. Este cambio de paradigma fue el golpe de efecto que puso la semilla del reality show. La inexistencia de las redes sociales y los medios digitales, convirtieron a la televisión en el medio perfecto para dar carnaza a un público enganchado a una historia truculenta. Para qué ver una telenovela, si la realidad era más enrevesada y dramática que cualquier culebrón.

Las cadenas eran sabedoras del tirón del caso y no dudaron en hacer negocio con él. Muestra de ello es que el día de la emisión del veredicto las cadenas comerciales más importantes del país vendieron los espacios publicitarios un 20% más caros. El órdago suponía un riesgo, pero la jugada les salió redonda: la lectura del veredicto la vieron por televisión más de 150 millones de espectadores.

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La reacción de O.J. Simpson tras escuchar el veredicto del jurado. Foto: AP

Un dato que demuestra la huella que el caso dejó en el imaginario colectivo norteamericano es que se incluye en la lista de los eventos históricos que más han calado en la memoria de los espectadores, junto a los atentados contra las Torres Gemelas y el huracán Katrina -que por cierto es el tema sobre el que versará la segunda temporada de American Crime Story-.

La cobertura del caso de O.J. Simpson se puede considerar el precursor del género inforeality. Un género que los medios españoles han sabido explotar como hemos podido ver con el caso de las niñas de Alcaçer, Marta del Castillo o Diana Quer, por poner tres ejemplos. La mediatización de un hecho dramático por el que millones de españoles se sienten emocionalmente enganchados.

THE PEOPLE v. O.J. SIMPSON: AMERICAN CRIME STORY "From the Ashes of Tragedy" Episode 101 (Airs Tuesday, February 2, 10:00 pm/ep) -- - Pictured: (l-r) David Schwimmer as Robert Kardashian, John Travolta as Robert Shapiro. CR: Ray Mickshaw/FX
Una escena de THE PEOPLE v. O.J. SIMPSON: David Schwimmer como Robert Kardashian, John Travolta como Robert Shapiro. Foto: FX

Tras el análisis habrás podido comprobar que en American Crime Story coexisten multitud de temáticas universales con las que identificarse. Realidades que dibujan una vida distópica que es racista, machista y sensacionalista, pero no es hipotética sino que es real y actual. Hemos podido comprobar que el machismo más ramplón que sufrió en sus carnes la fiscal Marcia Clark sigue igual de vigente comparándolo con los comentarios despectivos y banales que recibió la candidata demócrata Hillary Clinton durante la campaña electoral por parte de algunos medios. Los disturbios de Ferguson (2014), Baltimore (2015) y Dallas (2016) ponen de manifiesto que Estados Unidos aún tiene mucho que mejorar en sus sistemas policiales y judiciales en casos relacionados con la población negra. Y la televisión cada vez hace más honor al apelativo caja tonta. Y para muestra el reallity de las Kardashian, que lejos de criticar a los seguidores de este show televisivo, es un buen ejemplo de cómo la audiencia ansía conocer cada detalle de la vida de las celebridades, y cuanto más sensacionalista mejor.

Como veis, en esta primera temporada de American Crime Story lo de menos es que O.J. Simpson fue finalmente declarado inocente.

Lo que Trump (y algún otro) aprendió de Nixon

Antonio García Maldonado

El presidente Trump es pionero en Estados Unidos en la impudicia con la que exhibe su ignorancia y sus “ideas” retrógradas. A su lado, los villanos políticos que hemos tenido los progresistas hasta hace pocos años –Reagan, Thatcher, Bush hijo– parecen émulos de Olof Palme o Willy Brandt. Trump ha conseguido que los que creemos que el Estado tiene un papel esencial recordemos con melancolía a quien dijo aquello de que “el Gobierno es el problema, no la solución”. Sin embargo, el asunto de la Russian-Connection no muestra una práctica nueva, aunque se trate mediáticamente como tal en muchos casos.

Escandalizarse por las estrategias diplomáticas –más o menos explícitas– con la que todos los países intentan influir en otros de acuerdo a sus intereses estratégicos es más una muestra de ignorancia histórica que de sagacidad analítica. Putin tiene sus hackers y falsos diplomáticos como Kissinger tuvo a los suyos azuzando a lo más retrógrado del estamento militar de América Latina en la década de 1970. El Plan Cóndor no influyó sobre el resultado de unas elecciones; directamente acabó con ellas e instauró dictaduras represivas durante algunos lustros.

Pero no sólo no es nueva desde Estados Unidos; tampoco lo es en Estados Unidos. Trump parece aquí un alumno aventajado de uno de los políticos más turbios de la historia reciente, Richard Nixon. El candidato republicano, que en 1968 aspiraba a suceder a Lyndon Johnson (que no se presentaba a la reelección) tuvo noticia de que el Gobierno ultimaba un acuerdo de paz con Vietnam del Norte. Dirty Dick y sus asesores pensaron que aquello podría acabar con su campaña y enviaron emisarios a Vietnam para convencer a los dirigentes del país con el que estaban en guerra para que no firmaran aquel pacto. Que él les daría más una vez llegara a la Casa Blanca. Los vietnamitas se retiraron de un acuerdo que estaba hecho, para ira de Johnson, a quien los servicios de contrainteligencia habían avisado de los manejos de Nixon, que ganaría las elecciones. La grabación de la llamada de Johnson a Nixon en la que el primero acusa y el segundo se indigna por la acusación es un monumento sonoro al cinismo político.

Y hay otro caso reciente, que si no ha tenido más repercusión interna y externa es por el bien tan preciado que se busca salvaguardar: la paz en Colombia tras el acuerdo con la guerrilla más antigua de América Latina, las FARC. En las elecciones presidenciales en las que el presidente Santos consiguió la reelección, en 2014, la inteligencia colombiana tuvo conocimiento de que nada menos que el candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga, había mantenido una reunión con un hacker a su servicio, quien estaba comprando información confidencial a funcionarios de inteligencia y militares corruptos, y que además había intervenido los correos de los negociadores gubernamentales en La Habana. El vídeo en el que el hacker le explica al candidato las ilegalidades que hace, ante la tranquilidad de éste, está disponible en Youtube. La idea nixoniana era boicotear el proceso. Curiosamente, la contrainteligencia colombiana utilizó a un español para desenmascarar toda esta estrategia uribista. Los implicados, aunque no el candidato Zuluaga, están en la cárcel. Una idea de patriotismo compartida con Nixon y Trump.

PS: ayer se cumplieron 26 años del intento de asesinato del presidente Reagan que le perforó el pulmón y a punto estuvo de acabar con su vida. Había llegado a la presidencia unos meses antes. El régimen de Jomeini no liberó a los 66 rehenes americanos que habían sido secuestrados en Irán hasta que Carter abandonó el Despacho Oval, con intención de humillarlo. Reagan, en cambio, envió días después a Carter a Alemania para que recibiera a los rehenes, porque había sido él quien había hecho la gestión y padecido el desgaste. Le cedió la medalla. Un republicano y un demócrata. Voilà le patriotisme.

Susana es susuna: todos a una

Gonzalo Gragera

De las Juventudes Socialistas del barrio del Tardón, en Triana, a los pasillos del ayuntamiento de Sevilla. Primeros años del nuevo siglo; cambio de milenio, mudanza en las bases del futuro socialismo andaluz, tan parecido, paradoja viene, al de la eclosión de los años ochenta. Por aquel entonces, Susana Díaz contaba veinticuatro años y un aval de nombres de poder en la selva de lo local y de lo regional, en esa micropolítica que sirve de ensayo, de preparación, de entrenamiento: terreno de juego en donde todo se reduce, en donde las posibilidades de crecer disminuyen, aunque ese pequeño espacio propicie mejores vistas al político joven con ganas de conocer el cómo funciona las redes internas un partido. Menor escala, sí, pero mayor cercanía, que traducido al verbo de las aspiraciones partidistas significa tenerlo todo más a mano, más próximo, más manejable, laboratorio de experiencias que llegarán una vez se cumpla la prometedora carrera política. En cuanto Madrid llame a la puerta.

Susana Díaz supo jugar sus cartas, y aprender de ellas, en esos años de juventud partidista. Juventud en la que consolidó cualidades que la han acompañado durante su trayectoria socialista. Dotes que ella misma demuestra, aunque de manera sibilina, en esta pugna por el poder del PSOE: capacidad para anular a los enemigos, y aquí la clave, sin que se note. En silencio. Tomando alianzas mediáticas –esa medalla de Andalucía a Antonio Caño, director de El País– y financieras –su amistad con Antonio Pulido, en La Caixa-; perpetrando la emboscada mediante las bases, la militancia; desgastando, de puro desconcierto y cansancio, las propuestas de sus rivales, que son López y Sánchez, sí, pero que fueron Pepe Griñán y Manolo Chaves. Recordemos la cita que el primero le apunta al segundo en cuanto se entera de que Díaz comentó en una rueda de prensa que ambos deberían dejar sus ocupaciones políticas debido al caso ERE: “Pepe, Susana nos ha matado”. Si así trató a sus mentores, ¿cómo lo hará con sus rivales?

Dicen que la cámara vieja del PSOE apoya a Díaz, y es cierto, aunque de motivos no vayan sobrados. Es un apoyo más de identidad que de convicción; más de “mal menor” que de confianza, incluso de caballo ganador, de me arrimo a quien me garantiza posición y puesto. La mayoría de los argumentos que se oyen tienen por contenido la abstracción de los ideales –sentido de Estado es uno de los más citados- o las vaguedades del discurso de aplauso mitinero, el carisma, que es la palabra de los que no tienen nada que decir. Así sucede en Andalucía, en donde todo es propaganda de la tele pública y abrazos a señores mayores en las residencias, a pesar de la reducción del dinero público a la sanidad. Mayor recorte de España. Pero Díaz controla la opinión, el gesto, la cúpula y el noticiero. Los cuatro puntos cardinales del político que apunta al cosmos nacional desde la autonomía, ese instrumento del que se benefició para alcanzar lo que de verdad ha ambicionado estos últimos cinco años, que no es la presidencia de Andalucía, sino de España. Susana es susuna: todos a una.

Anna al desnudo

Jesús Nieto Jurado

Foto: Manu Fernandez
AP Photo

Anna Gabriel, apellido arcangélico aunque le duela. Activista de oficio, de beneficio. Diputada en la que reside la soberanía autonómica -“a todo se llega degenerando”, que decía “el Guerra”- . Gabriel es de las que cardan la lana, la fama, y los huevos que se lanzan contra la sede del colonialismo español -léase constitucionalismo-. Ella ya nos anunció, como en una plegaria de Nueva Biblia, eso de que se adoptase un bebé mancomunado, amén de otras adecuaciones de la praxis a la teórica, que ella es activista y barretina; todo al mismo tiempo. Ella es la reducción del abertzalismo catalán a la disciplina férrera de un flequillo y dos pendientes. El mensaje, siempre, en la camiseta, pegado al corazón y a los pezones; allá donde dicen que habita Dios, el misterio o lo Sagrado. Pero lo vistoso de Gabriel, su aportación a la Historia, es esa vestimenta que oculta cuanto ignora o desprecia. Vista así, de rápida mirada, no sé qué aire se da de hermana resabiada del convento. Pero el ‘cuperismo’ es ese puchero de la eclosión de la Barceloneta, cuando por Cataluña hay implosión y la Barceloneta es una delegación de Magaluf.

Anna Gabriel ha entrado en nuestra vida como una primavera, como una brisa batasuna en la Historia canguelona del Principado y hasta de ‘Els Països Catalans’. Su última travesura fue tildar de facha -el miércoles- a Coscubiela por no reirle las gracias a los ‘cuperos’ en lo del asalto a la sede del PP catalán. Llamar facha sale barato, y el pobre Coscubiela no “halló cosa” (Quevedo) donde esconderse.

Anna Gabriel es el cambio; fuera de ella, el heteropatriarcado y Castilla. Avanti el Popolo…

Así es Raven, la nueva serie del creador de Breaking Bad

Clara Paolini

Foto: Wikimedia Commons

Mientras el mundo sigue intentando superar el adiós de Walter White, Vince Gilligan se encuentra dando forma a un nuevo proyecto: La historia del mayor suicidio colectivo de la historia.

El 18 de noviembre de 1978, 918 hombres, mujeres y niños estadounidenses se suicidaron en el remoto asentamiento de Jonestown, en Guyana. Mientras gritaban de dolor tras ingerir dosis letales de cianuro, Jim Jones, el líder de la secta el Templo del Pueblo, les increpaba a través de su megáfono: “Debéis morir con dignidad”. Él, sin embargo, prefirió seguirles hasta la tumba pegándose un tiro con una escopeta.

Casi 40 años después, HBO revive con Raven la historia de la utopía comunista que degeneró en aterradora masacre. El guión de Vince Gilligan, el aclamado creador de Breaking Bad, se basa en el libro Raven: The Untold Story of Jim Jones and His People, escrito por el periodista Tim Reiterman, quien formó parte del grupo de reporteros que acompañaron al congresista Leo Ryan en una misión de investigación a Jonestown poco antes de que la comunidad quedara reducida a un campo de cadáveres.

Así será la nueva serie del creador de Breaking Bad

La delegación buscaba investigar las denuncias de abusos de derechos humanos cometidas por Jim Jones y el Templo del Pueblo, realizando entrevistas a los componentes de la comunidad. Durante su estancia, un periodista recibió una nota que ponía: “Por favor, ayúdame a salir de Jonestown“, mientras que varias familias expresaron secretamente su deseo de abandonar el Templo, por lo que aunque desconocían lo que estaba a punto de acontecer, se esforzaron por quedarse con el objetivo de dilucidar lo que verdaderamente escondía aquella extraña comunidad hippie e intentar “salvar” a los desertores.

Mientras negociaban con los cabecillas de la organización la marcha de algunas familias, un miembro del templo trató de apuñalar al congresista Ryan. Sintiendo el peligro, la delegación y varios desertores se dirigieron a una pista de aterrizaje cercana, pero antes de que pudieran salir de allí, fueron atacados por los miembros del equipo de seguridad de la secta de Jones, armados hasta los dientes. Reiterman sobrevivió al asalto, pero Leo Ryan y otros cuatro miembros de su equipo no consiguieron salir con vida.

Así es Raven, la nueva serie del creador de Breaking Bad 1
Las tropas estadounidenses trasladan los cuerpos tras la masacre | Foto: STR / AP

Tras dar caza a la delegación, Jones ordenó a los habitantes de Jonestown que dieran el paso hacia un “suicidio revolucionario”. Según reveló el informe del FBI, desde hacía varios meses, Jim Jones organizaba pruebas de lealtad a las que denominada “noches blancas”, en las que simulaba suicidios masivos que incluían la ingesta de falsas pociones de veneno. “Durante estas noches blancas, Jones le daba a los miembros de Jonestown cuatro opciones: huir a la Unión Soviética, cometer un suicidio revolucionario, quedarse en Jonestown para luchar contra los invasores o huir hacia la selva”, recoge el informe.

La noche del 18 de noviembre de 1978, tras el asesinato de Ryan, el líder mandó a reunir a todos los integrantes de la comunidad de Jonestown, persuadiéndoles de la inminente llegada de fuerzas hostiles. Las amenazas al paraíso eran para él reales y consideraba que la única salida era una revolución de “muerte”. En las grabaciones de audio de aquel día, pueden escucharse las últimas palabras del líder en estado de delirio antes de la masacre: “Por el amor a Dios, ha llegado el momento de terminar con esto. Hemos obtenido todo lo que hemos querido de este mundo. Hemos tenido una buena vida y hemos sido amados. Acabemos con esto ya. Acabemos con esta agonía“.

Así es Raven, la nueva serie del creador de Breaking Bad 2
Plano aéreo de Jonestown | Foto: STR / AP

HBO no podría haber escogido un mejor equipo para convertir estos espeluznantes hechos en una serie de televisión. No es que Walter White, se parezca al demente Jim Jones, pero sin duda Gilligan demostró con Breaking Bad el oscuro y fascinante camino que recorre un hombre común hasta convertirse en un personaje inesperadamente peligroso.

Por otro lado, el momento elegido para la serie, parece de lo más oportuno. Raven, cuyo lanzamiento se prevé este año, se inserta en la tendencia actual que da impulso a programas, series y películas sobre sectas. Hulu’s The Path (protagonizada Aaron Paul, el actor que encarnó a Jesse Pinkman en Breaking Bad) debutó a principios de este año ganándose el favor de la crítica, y otras producciones seriéfilas como Aquarius, The Following y True Detective no han hecho más que corroborar que los relatos sobre siniestras comunidades sectarias están boga.

Además, Raven no es la única serie sobre Jonestown que se encuentra en desarrollo ya que el actor Jake Gyllenhaal (protagonista de Donnie Darko o Nightcrawler), está produciendo una serie con la que retratará diferentes perfiles de líderes sectarios para A&E, y en su primera temporada estará también centrada en Jim Jones y el Templo de los Pueblos.

En su equipo, la miniserie Raven contará con Octavia Spencer como productora ejecutiva y la dirección correrá a cargo de Michelle McLaren (quien ya dirigió capítulos de Breaking Bad y Game of Thrones), pero aún se desconoce el nombre del actor que interpretará a Jim Jones y la fecha de lanzamiento sigue siendo por ahora una incógnita.

Permanezcan atentos a sus pantallas y soporten la impaciencia porque la cosa promete.

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